ID de la obra: 1433

Doble lealtad

Het
R
En progreso
2
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planificada Midi, escritos 137 páginas, 71.131 palabras, 26 capítulos
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Capítulo 3 : Una invitada

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Los trillizos de Hiverax sostuvieron a su rehén con fuerza y sin piedad, a pesar de saber quién era. La chica no opuso resistencia; más bien, parecía estar inmersa en una calma filosófica mucho más profunda de lo que Nexus hubiera presenciado antes. No había señales de lucha ni en ella ni en sus captores, lo que lo llevó a concluir que se había tratado de una emboscada bien planeada. Desde su posición, el ciborg observaba a sus copias exactas, que movían ligeramente las cabezas una hacia la otra en un silencio inquietante. Nexus conocía esos gestos: estaban hablando telepáticamente, igual que cuando él era uno de ellos. Ver a Dexus, su reemplazo, tan bien integrado entre los trillizos fue un golpe a su orgullo. Ese nuevo integrante se comportaba como él, claro; al fin y al cabo, los cuatro compartían una personalidad plana, insustancial. Poco más que metal y circuitos con trazas mínimas de voluntad propia y biología. Nexus recordaba el día en que despertó, cuando Lokar lo creó en su cueva. Él y sus hermanos habían sido perfeccionados durante meses, hasta que el poder de Lokar comenzó a desvanecerse. Solo hizo falta inyectarles kairu oscuro para darles vida y someterlos a su voluntad. Crear un cuarto reemplazo no debió ser un desafío para Lokar. Al final, eran máquinas, con apenas algo de biología. Pero muy poco. Cuando el maestro salió de su guarida para recibir a los trillizos, Nexus contuvo el aliento. Lokar nunca se molestaba en recibir a nadie. Su sombra alta y desgarbada parecía envolverse en el poder del kairu oscuro que lo rodeaba. Maya lo miraba fijamente, con esos ojos dorados que destacaban incluso en la penumbra. A pesar de lo deteriorado que estaba, Nexus ajustó su sensor auditivo con precisión para captar cualquier palabra. Escondido tras el marco de la ventana, se convenció de que curiosear un poco no causaría problemas. Después de todo, su turno ya había terminado. —Suéltenla —ordenó Lokar con su voz fría y calculada—. Pero no bajen la guardia. Es más peligrosa de lo que parece. Los Hiverax soltaron a Maya de sus amarras, la cuerda gruesa y áspera había dejado surcos en sus muñecas y la mordaza un trecho rojo en su rostro. La chica movió ligeramente las manos en circulos, buscando recuperar la normalidad de la circulación de su sangre mientras los trillizos se apartaron de ella, dejándole lugar a Lokar para acercarse a ella y a ellos para actuar si fuese necesario. La figura oscura y alta inclinada hacia la adolescente se veía más imponente y ominosa de lo que ya parecía. —Estoy intentando discernir el porqué de esta sorpresa —habló con calma calculada el maestro, sin dejar de mirarla— ¿porqué después de tanta insistencia por fin vienes a mi? —He entendido lo que decías sobre el kairu y... sobre su forma de usarlo. —sentenció ella, con un tono de voz que sugería estar completamente convencida de lo que decía— si me he escapado de mi equipo y de mi maestro y me he entregado a los Hiverax, ha sido para poder aprender de ti... abuelo. Nexus, desde la ventana, ató cabos con rapidez comprendiendo lo que sucedía y, aun con el ojo lastimado, hizo el amago de alzar una ceja. Así que por eso es que esa chica era tan poderosa y talentosa, en su sangre llevaba reminiscencias del poder oscuro de su abuelo, el gran maestro Lokar. Su creador llevaba más tiempo del que creía creando guerreros poderosos, solo que en este caso, había usado genética y biología por completo. —Me complace que hayas recapacitado, Maya. —aprobó esa idea él con un asentimiento— pero, debes entender que desconfíe de ti. No es algo común que se hagan ofrecimientos voluntarios en este lado, no es habitual, mucho menos de servicios y voluntades. —Comprendo, maestro —bajó la cabeza con docilidad— por eso dejé que me atasen y estoy dispuesta a pasar mis días en una celda a la que solo usted tenga acceso, si eso lo hace sentir más seguro. Solo necesito que me entrene... deseo seguir sus pasos y convertirme en su aprendiz. Lokar tomó esto como un alago en gran medida. —Ya que me comprendes, agreguemos otra condición —dijo a esto, no dando el brazo a torcer tan pronto— en tu celda, recibirás mi sombra cada vez que yo lo crea necesario. Eso pareció sorprenderla pero, ante esta afirmación ella hizo una reverencia— Nada me honraría más, maestro. Lokar pareció darse por convencido al completo porque dirigió su mirada a los trillizos. Ellos aun tenían la cuerda entre las manos y la mordaza, como si consideraran que deberían volver a usarla en algún momento, y se veían confusos y algo inseguros, pero callados y fieles a su maestro. Nexus los observó con desprecio. La sincronización de Dexus con el equipo lo enfermaba. Parecía como si siempre hubiera estado ahí, en la posición que una vez ocupó él. Talvez se había obsesionado con eso, pero Nexus no pudo evitar apretar los puños con impotencia. Abrumado ante sus propias emociones, decidió seguir poniendo atención a lo que se decía. —Llévenla a su celda —ordenó Lokar—. Asegúrense de avisar a la servidumbre que a mi invitada se le dará el mejor trato. —Si, maestro —se inclinaron ellos para hacer su saludo kairu, reverenciando a su maestro antes de que este volviese al complejo de la guarida como la sombra que era. Nexus supo que aquí no todo estaba como se planteaba ni cómo se decía. Él admiraba a su creador por su desconfianza, él también habría tomado esas y otras medidas mil veces más fuertes, como mantenerla atada y lejos de su X-Reader así como hacerle un dreno kairu por lo menos hasta que se supiese que ella no haría un desastre dentro. Incluso vigilancia constante, ninguna medida sería tomada a menos tratándose de ella. La conocía, no solo por el hecho de haber peleado varias veces con ella—porque la mejor forma para conocer a alguien era sabiendo cómo reaccionaba ante la agresión y el miedo a la muerte—sino por el hecho de que Lokar los había programado con todo lo que sabían sus aprendices sobre el equipo Stax, solo de esa forma podrían llegar a anticiparse a sus movimientos y acciones más impredecibles. Él sabía que Maya era inteligente, que lo era más que sus compañeros incluso. Sabía que, si se lo proponía, podría llegar a destruir el complejo completo, con todos dentro, con menos de su propio poder, sin necesidad de ningún monstruo ni ninguna transformación. Su maestro se estaba arriesgando en gran medida por aceptarla, aunque fuera de rehén. El asunto le pareció interesante, algo que lo sacaba de su rutina, pero no más que eso, por lo que cuando sus hermanos escoltaron a la chica dentro, él también decidió olvidarse del asunto. El agudo dolor regresó no bien se hubo enfriado su adrenalina. Ahora casi le costaba respirar de tanto que se sentía, hasta lo más hondo de su ser. Un rápido estudio a su situación interna le arrojaba múltiples daños en varios circuitos. Estos malditos casi lo habían dejado inhabilitado con sus juegos de niños. Tenía que buscar la forma de repararse, lo antes posible. Pero ¿como? Pensó que, lo que debía hacer primero era atender las heridas biológicas, esas eran más fáciles de tratar. Luego, vería la forma de aprender a reparar sus partes robóticas que eran más que las biológicas. Suspiró y fue pesadamente a la cocina por hielo para las heridas y magulladuras más desagradables en rostro y mandíbula, luego a su cuartucho a cambiarse de ropa por una que no estuviera manchada con su propia sangre. Luego de efectuar una maldición a los Battacord, decidió sentarse un momento, con el hielo en el ojo y otro bajo la mandíbula. No quería que se viese tan mal, no por estética, sino por puro orgullo. No quería que los demás lo viesen y que supieran que ellos lo habían herido así. No les iba a dar la satisfacción. Eran capaces de repetirlo más seguido. Lokar los había creado. Solo él podía repararlos. Pero ahora no estaba su señor con tiempo para ponerle atención a él o a nadie más que no fuera su nieta recuperada. Nexus sabía que no podía seguir perdiendo sangre internamente ni condenarse a permanecer roto por más tiempo. Cada movimiento le recordaba su fragilidad, algo que su programación le había enseñado a ignorar, pero que ahora era imposible de pasar por alto. Mientras su mente positrónica cavilaba en posibles soluciones, los sonidos de los pasillos alcanzaron sus oídos: susurros, pasos apresurados, y el murmullo constante de los adolescentes. Los equipos hablaban entre sí con ansiedad, mencionando a Maya con voces cargadas de duda y desconfianza. "Una trampa", había dicho uno. "¿Cómo sabemos que no es un engaño para destruirnos desde dentro?" Las palabras no sorprendían a Nexus, pero le resultaban desagradables. No podía ignorar el eco de sus propios pensamientos cuando escuchó esa frase. Maya no era más que un peón en un tablero mucho más grande, pero su presencia perturbaba a todos, incluido a él. Se apoyó en el marco de la puerta por un momento, indeciso. El laboratorio de Lokar estaba en la segunda planta, lleno de herramientas que podría usar, pero entrar ahí sería un riesgo. Cada paso que daba atraía miradas, y su aspecto actual —una bolsa de hielo sobre el ojo hinchado y un andar torpe— lo hacía parecer aún más débil de lo que estaba dispuesto a admitir. Decidió salir de su habitación de todos modos, pero apenas cruzó el umbral, se encontró cara a cara con Zair. El cabello rojizo de ella pareció encenderse bajo la tenue luz del pasillo, y las escamas de su frente se fruncieron de manera extraña, casi cómica, mientras lo observaba con una mezcla de sorpresa y diversión. —¡Vaya, Nexus! —dijo, cruzándose de brazos y mirándolo de arriba abajo—. ¿Qué te pasó? ¿Te metiste en problemas con un triturador de basura? Nexus no respondió. La mirada de Zair era un recordatorio de todo lo que estaba mal en ese lugar: desconfianza, burlas, y una jerarquía que nunca favorecía a los caídos. Ella soltó una carcajada, su voz resonando en el pasillo. —Deberías ver tu cara —continuó, burlona, con una sonrisa ladeada—. Pareces un miserable. Nexus apretó los dientes, el sonido metálico resonando apenas en su mandíbula. Había aprendido que responder a las provocaciones solo empeoraba las cosas. Zair disfrutaba demasiado viendo a los demás fallar, y lo último que necesitaba era darle el placer de un enfrentamiento o de acarrearle un castigo. Podía soportar el dolor físico, pero no más conflictos innecesarios. Ella se cruzó de brazos, inclinándose ligeramente hacia él, como si quisiera examinarlo mejor, antes de soltar la siguiente bomba: —Lokar quiere que le lleves la cena a Maya a su celda. Y quiso que fueras tú específicamente quien lo hiciera. La expresión de Nexus se endureció— ¿A mí? —preguntó, alzando las cejas con incredulidad—. Mi turno ya terminó. —Haz lo que se te dice, lata. Si Lokar lo ha pedido así, es para que ella vea lo que le pasa a los que lo desafían. —Nexus tragó en seco, bajando la mirada— No te sientas especial por esta predilección. Créeme, solo busca ponerte de ejemplo. Antes de que Nexus pudiera replicar, Zair se giró con un movimiento fluido y desapareció por el pasillo, dejando tras de sí el eco de su risa. Nexus permaneció allí, inmóvil, su mente positrónica procesando las implicaciones de la orden. Lokar no había dado una explicación, como era costumbre, pero la lógica detrás del encargo era evidente: mostrar a Maya las consecuencias de desobedecer, utilizando a Nexus como ejemplo vivo. Cuando finalmente comenzó a caminar hacia la cocina para recoger la bandeja de alimentos, sus pasos resonaron en el pasillo vacío, un eco apagado de la piedra muda que parecía rebotar contra las paredes, amplificando su soledad. Por dentro, una chispa de algo más que rabia latía junto a su sistema de enfriamiento, un calor artificial que se entremezclaba con su creciente frustración. El deseo de vengarse.  Sabía que sus partes biológicas estaban en proceso de regeneración, lo sentía en el dolor punzante que recorría su torso y en la tirantez de los músculos. Pero lo que más le preocupaba era la falla mecánica en su abdomen, como el zumbido irregular de la estática que había ignorado durante varios minutos, pero que se había negado a desaparecer. Si no encontraba pronto la forma de repararse, un desperfecto letal sería inevitable. Debía esperar a que los pasillos estuvieran completamente vacíos para escabullirse hasta el laboratorio, pero la paciencia no era algo que abundara en su estado actual. Era temprano aún, aunque la cena hacía horas que había sido cocinada, servida y consumida. Al llegar a la cocina, Nexus tuvo que preparar algo él mismo, sus movimientos rígidos y automáticos mientras los pensamientos se arremolinaban en su mente. Las palabras de Zair seguían resonando como una herida abierta: “Para que ella vea lo que le pasa a los que lo desafían”. Si la comida pudiera impregnarse de emociones, Maya estaría a punto de recibir un plato de puro veneno. Pero, sorprendentemente, el resultado no fue un desastre. Cuando una sirvienta que pasaba por la cocina probó un bocado, comentó con una sonrisa: —Sabes, no está mal. Tienes talento hasta para esto. Nexus apenas reaccionó, limitándose a un gesto vago mientras se llevaba la mano al costado en un acceso de dolor. La mujer lo miró con preocupación. —Puedo llevarlo yo, si quieres —sugirió, con un tono suave pero firme. —Las órdenes de Lokar son que sea yo quien le lleve la comida —resopló, sin mirarla directamente. Ella frunció el ceño, evidentemente molesta con el maestro. —Bien, no hay vuelta de hoja en ese sentido —asintió, resignada—. Pero asegúrate de regresar a tu cuarto cuando termines. Estás muy mal. Yo podría ayudarte con esas heridas. Nexus dejó escapar una risa seca, amarga, que murió rápidamente en su garganta. —Podrías con las biológicas —respondió, señalando con un movimiento vago su rostro—. El tejido vivo, la carne, los huesos… —Y la sangre —interrumpió ella, observando la cortada en su brazo, el rastro seco en su nariz rota y la mancha oscura en la comisura de su labio. Él asintió, sus ojos vacíos— Pero no podrías hacer nada por las piezas robóticas. Y son la prioridad. Sin ellas, este cuerpo biónico no sobrevivirá. La mujer asintió en silencio, su expresión tensándose con un gesto de impotencia. Decidió ayudarlo a preparar la bandeja mientras él disponía todo para la entrega. No era comida gourmet, por supuesto; los recursos del refugio no daban para tanto. Pero era suficiente para alimentar a los adolescentes que Lokar mantenía bien nutridos, esclavos más que estudiantes de su propia voluntad al servicio de planes que Nexus detestaba cada vez más. Con la bandeja lista y el dolor punzante en su abdomen, Nexus avanzó hacia el pasillo que llevaba a las celdas. Nexus se sentía el ser más miserable de la existencia y, muy por lo bajo, se encontraba creando una venganza inigualable para su maestro. No culpaba a sus hermanos por lo que había pasado, sino a si mismo. Se culpaba a sí mismo, a su pasividad, a su sumisión. Pero sabía que no ganaría nada dejándose consumir por la rabia. Tenía que moverse hasta saber cómo hilar a la perfección su venganza. Una idea inquebrantable germinaba en su mente, creciendo en las sombras de su ser. Una que abarcase a todos los adolescentes de esa guarida de villanos.
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