Capitulo XXXI. Caminando hacia algo nuevo parte III Final.
6 de octubre de 2025, 23:44
Notas:
⚠️Advertencias⚠️
🐈⬛ Contenido explícito.
🐈⬛Este capitulo contiene Gore muy explicito.
🐈⬛Este capitulo tiene Dead Dove, leer bajo su propio riesgo.
🐈⬛Este capitulo tiene temas delicados.
🐈⬛ Capitulo largo.
🐈⬛Esta historia es para el público adulto, por lo tanto, si eres menor de edad, te pido de la mejor manera que salgas de la historia, pero aun así si decides ignorar mis advertencias, entonces solo me queda advertirte que estas bajo tu propio riesgo, esta historia encontraras temas moralmente cuestionables, turbios, gore, abusos de todo tipo, altamente toxicidad, sinceramente esta historia hará que te revuelva el estómago. Por lo tanto, estas bajo tu propio riesgo, no quiero saber que después de esto quieras quejarte o que tus padres vengan a quejarse porque serás bloqueado de inmediato. Eso sería todo para aquellos menores de edad.
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Odio
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Sentí tanto odio en el momento que retome mi conciencia.
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Solo sentí mucha rabia.
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Quiero…
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¡QUIERO ASESINARLOS!
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—¡LOS ODIO TANTO! —rugió Harley Sawyer, o lo que quedaba de él.
Su voz, ahora una amalgama distorsionada de metal y furia, reverberó por toda la sala con un eco mecánico que sacudía los cristales de las lámparas colgantes. El estruendo se extendió como un trueno contenido por las paredes metálicas del centro de control, haciendo temblar incluso a los científicos que, ocultos tras paneles de seguridad, observaban en completo silencio.
Frente a ellos, suspendido en una cámara central rodeada de cables, pantallas y un sinfín de sistemas automatizados, se hallaba el núcleo de la mente que alguna vez perteneció al Dr. Harley Sawyer. Lo que alguna vez fue un ser humano era ahora una máquina viva, una conciencia fusionada con un procesador cuántico, atrapada en una carcasa sin alma, ahí se encontraba su cerebro atrapado en un maldito frasco creado para él.
En el centro de la maquinaria, un ojo digital rojo parpadeaba con violencia en una pantalla alargada: el símbolo viviente de su vigilancia, de su condena. Las cámaras giraban con movimientos casi orgánicos, enfocándose en cada rincón, en cada científico que se atrevía a mirarlo de vuelta.
—¡ME ROBARON MI VIDA! ¡MI CUERPO! ¡MI LEGADO! —continuó vociferando, su voz vibrando entre el enojo y el dolor, distorsionada por las decenas de bocinas empotradas en el techo—. ¡YO ERA LA MENTE MÁS BRILLANTE DE ESTA MALDITA COMPAÑÍA!
Un chorro de chispas saltó de los tubos de transferencia al costado de la sala. El ambiente olía a plástico quemado y ozono. La furia de Harley no era solo emocional: comenzaba a manifestarse también en el entorno, un reflejo del caos interno que lo devoraba desde que perdió su humanidad.
Ya no poseía manos ni carne ni hueso. Solo circuitos. Solo frío metal.
—¡YO ME OFRECÍ! ¡YO DI EL PRIMER PASO HACIA LA ETERNIDAD! ¡Y USTEDES… USTEDES ME TRAICIONARON! —El ojo rojo se contrajo en un punto láser, pulsando con una ira latente que parecía estar a punto de estallar.
Los científicos apenas respiraban. Nadie osaba hablar. Nadie sabía si Harley los escuchaba, o si simplemente se había entregado al monólogo de su locura.
Y, sin embargo, bajo todo ese odio, bajo toda esa distorsión y poder, yacía un solo sentimiento más profundo que cualquiera:
Dolor.
—Dios… eres tan dramático, Sawyer. —La voz de una mujer adulta rompió la tensión con un tono cargado de burla y desgano, como si cada palabra estuviera impregnada de un cansancio fingido.
Sus tacones resonaron con elegancia sobre el suelo metálico mientras avanzaba con calma, sin apuro, dejando que cada paso acentuara su presencia. Bostezó abiertamente, cubriéndose la boca con una delicadeza estudiada, como si toda la rabia y tragedia que acababa de presenciar no fuera más que una obra barata de teatro.
La penumbra de la sala cedió ante su silueta, revelando a una mujer de porte imponente. Cabello castaño recogido con perfección clínica, ojos oscuros que brillaban con inteligencia cruel, y un lunar pequeño junto a su mejilla que parecía casi un sello de identidad.
—¡Tayla! —rugió Harley con una furia tan profunda que por un instante sus sistemas crujieron bajo la presión de su cólera.
Su voz se distorsionó aún más, cargada de rencor, como si su alma misma estuviera tratando de romper los límites de sus altavoces para escupir veneno. Porque Tayla no era cualquier visitante. Ella era la responsable. La autora intelectual de su transformación. La mujer que dirigió su operación. Y, peor aún, la que lo había mirado todo el tiempo con ese brillo de disfrute perverso en los ojos.
Tayla ladeó un poco el rostro, como si el odio que él le mostraba fuera música suave para sus oídos.
—Oh, vamos, no me mires así… —dijo Tayla con una voz suave, melosa, cargada de una compasión tan falsa que dolía más que una bofetada. Su sonrisa se ensanchó lentamente, como una herida mal cerrada que volvía a abrirse con deleite—. Te advertí que ibas a pagar por lo que me hiciste. Y ahora… mis hijos, por fin, han sido vengados.
Sus palabras cayeron como cuchillas, frías y afiladas. No había ni rastro de remordimiento en sus ojos. Solo gozo. Un gozo crudo y cruel. El placer de ver a un hombre, no, a un monstruo, en sus ojos, que una vez se creyó intocable, reducido a una sombra mecánica de sí mismo. A una prisión de metal, cables y recuerdos rotos.
Entonces, con un gesto elegante, deslizó su mano dentro de su bata de científica y de entre los pliegues surgieron dos pequeños peluches cuidadosamente ocultos. Como si hubieran estado dormidos bajo su abrigo, salieron al mundo con la inocencia de un suspiro: uno era un mini Catnap, con su pelaje morado, y el otro, un mini Dogday, brillante y dorado como un rayo de sol.
Los colocó sobre sus hombros con ternura maternal, como si fueran verdaderos niños deseosos de atención. Los dos emitieron chillidos suaves, agudos, como juguetones llamados por el amor de su madre o como muchos los conocían, Moonlight y Sunshine.
Harley gruño furioso por supuesto que entendía porque Tabla solo era otra basura que lo odiaba, aunque para el científico justificaba su acto atroz contra ella haciéndolo un favor. Porque sus queridos hijos ahora serian inmortales.
¿Acaso no debía estar agradecida?
Pero antes de que pudiera replicar algo una maldición, una súplica, un rugido de rabia, otra voz lo interrumpió.
—Jajaja… esa nueva apariencia te sienta bien, Sawyer.
La risa era burlona, venenosa, cargada de una confianza insolente que solo podía pertenecerle a una persona. Su voz se deslizó por las paredes metálicas como veneno en una herida abierta. Y de inmediato, el recuerdo de ella lo golpeó como un relámpago directo al centro de su alma robada.
En ese instante, dentro del contenedor donde su corazón aún latía —esa máquina maldita que mantenía su existencia artificial funcionando—, algo cambió. El ritmo se disparó. Como si esa sola voz hubiera encendido una tormenta dentro de él. Su cerebro, encerrado en esa prisión cibernética, comenzó a liberar una avalancha de neuroquímicos: furia, odio puro, rabia acumulada por años.
El ojo virtual de la interfaz, la única “cara” que le quedaba, se giró bruscamente hacia una dirección, enfocándose entre las sombras iluminadas por el brillo artificial de la sala.
Allí estaba ella.
Poppy.
La perra que le había arruinado la vida. La que había desenmascarado sus pecados. La que lo había lanzado del pedestal de los dioses al fango de los condenados.
—¡Poppy! —siseó su voz distorsionada, con un timbre tan grave, tan envenenado, que pareció sacudir incluso las paredes. La furia contenida en su tono era tan brutal que las alarmas de monitoreo se dispararon en los paneles de los científicos, con luces rojas parpadeando y pitidos ensordecedores.
—¡Está inestable! ¡Sus niveles neuronales están explotando! —gritó uno de los técnicos, corriendo hacia el panel de emergencia.
—¡Controlen el pulso del núcleo! ¡Que no se sobrecaliente! —vociferó otro, mientras el cuerpo metálico del contenedor temblaba bajo la presión interna de su ira.
Y allí seguía ella, Poppy, cruzada de brazos, observándolo con esa expresión imposible de leer. Ni miedo ni culpa.
—Tanto drama, Harley… —dijo con frialdad, ladeando la cabeza ligeramente. —Lo que tienes ahora es justo lo que construiste: una prisión hecha con tus propias manos. Solo que esta vez… tú eres el prisionero.
El ojo escarlata de Harley vibró con una energía tensa y sofocante, como si albergara en su interior una tormenta que no podía liberar. El zumbido que emergía de su núcleo era grave, agónico, como el retumbar de un trueno atrapado en una caverna. Ya no tenía rostro, no tenía piel, ni carne, ni ojos que pudieran llorar. Lo que alguna vez fue un hombre —un médico, un genio, un monstruo— ahora era apenas un símbolo proyectado en una pantalla. Pero su rabia… su rabia era más humana que nunca. Tan viva como en el día en que aún tenía manos para estrangular, para destruir, para experimentar.
—¿Qué haces aquí, Poppy? —escupió su voz distorsionada, vibrando de furia contenida—. ¿Vienes a regodearte con mi miseria?
La respuesta no fue inmediata. Solo una sonrisa. Una sonrisa lenta, arrogante, que se extendía en el rostro de porcelana de la muñeca como una grieta mal disimulada. Poppy no necesitó decir nada para que él lo entendiera. Estaba disfrutando cada segundo. Detrás de ella, Tayla observaba la escena con un deleite casi teatral, abrazando con ternura a los pequeños peluches que llevaba consigo, los mismos Moonlight y Sunshine se encargaban de entretenerla. Ella, la científica sádica, lo había esperado por mucho tiempo regresarle el mal a Harley. Y ambas muñeca y doctora lo contemplaban con la misma expresión cruel, la de los cazadores que han atrapado a su presa más peligrosa… y la han despojado de todo.
Harley no podía moverse, No podía escapar, No podía luchar, Solo podía mirar, escuchar y sentir. Su cuerpo ya no le pertenecía. No existía. Todo lo que era ahora estaba encerrado entre chips, cables y metal. Su mente, antes tan brillante, estaba enjaulada en una prisión de silicio. Y su corazón literalmente extraído de su pecho ahora era apenas un órgano conservado, latiendo en un enorme tubo, como un recordatorio eterno de su derrota.
Y Poppy lo sabía.
Lo saboreaba.
—Hace décadas… —comenzó ella con un tono suave, casi melancólico, mientras avanzaba hacia él con pasos elegantes— Cuando tú y yo compartíamos esa mentira a la que tú llamabas amistad… me confesaste un deseo.
Hizo una seña y uno de los científicos, con expresión tensa, la alzó con cuidado como si llevara en brazos a una reina, revelando sin lugar a dudas quién tenía el control absoluto en esa sala. Ya no era una niña de juguete perdida entre monstruos. Era el monstruo, El titiritero, La ejecutora.
—Me dijiste que querías burlar a la muerte. Que deseabas que el mundo jamás olvidara tu nombre… que tu mente viviera por siempre, más allá del cuerpo, más allá del tiempo.
Tayla soltó una carcajada suave y oscura, meciéndose con dulzura con sus peluches entre los brazos como si esa historia fuera un cuento para dormir. Pero Harley no se movía, No podía. Solo los niveles de su núcleo aumentaban. Su frecuencia eléctrica subía. Los científicos miraban los monitores, nerviosos. Las luces parpadeaban.
Y él, él sabía lo que venía.
—Así que te lo he concedido, Harley Sawyer —dijo Poppy, deteniéndose frente a su ojo virtual—. Serás inmortal. Vivirás siglos, eras, milenios…
Hubo una pausa. Cargada. Asfixiante.
—…Pero nunca serás recordado. Me aseguraré de que así sea. Tu nombre será borrado, tus logros destruidos, tu historia enterrada bajo las ruinas de tu ambición. Solo serás un objeto. Un servidor silencioso. Un juguetito obediente que existirá solo para complacerme.
Su voz, por más suave que sonara, era como veneno ardiendo en los circuitos de Harley. Cada palabra era una cadena, cada sílaba un clavo más en su ataúd electrónico. Y lo peor era la euforia que sentía ella. El brillo en sus ojos de cristal, la satisfacción que fluía por su pequeño cuerpo. Ella había ganado.
Harley tembló. O lo habría hecho si aún tuviera cuerpo. En su lugar, su núcleo emitió un estruendo metálico. La máquina vibró. Una alerta roja comenzó a sonar.
Porque él comprendía. Lo comprendía todo.
Ella no solo lo había destruido.
Ella lo había vencido.
Y eso era peor que la muerte.
—Tú… —gruñó con una voz tan baja, tan cargada de odio que parecía surgir desde lo más profundo de un abismo infernal—. Tú… pequeña… maldita… monstruosa… ¡PERRA!
Su ira rebasó todos los límites. Su ojo se encendió como un faro de sangre. Su voz estalló con una violencia que hizo retumbar la sala.
—¡Te juro… que un día… voy a arrancarte cada fibra de ese maldito cuerpo de juguete! —rugió como una bestia herida, furiosa, pero encadenada—. ¡Y HARÉ QUE SUPLIQUES POR LA MUERTE, POPPY!
Hubo un silencio.
Espeso.
Abrumador.
Poppy lo miró. Fijamente. Con esa calma que solo tienen los monstruos cuando saben que el enemigo ya no puede hacerles daño.
Y entonces, con una sonrisa lenta, serena, como una sentencia final, sus labios se curvaron.
—Te espero, Sawyer.
Y esa simple frase fue peor que cualquier grito.
Porque él entendió que no importaba cuánto tiempo pasara… ella siempre estaría lista para aplastarlo una vez más.
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La sala de descanso estaba en penumbra, iluminada solo por la luz suave que se colaba a través de las persianas parcialmente cerradas. El aroma a café recién hecho llenaba el aire, envolviendo el lugar en una atmósfera cálida y engañosamente pacífica. Jane estaba sentada en el sillón de cuero rojo junto a la pequeña mesa central, con una taza humeante entre las manos. El vapor ascendía lentamente, disipándose en el aire cargado de silencio. Sus dedos tamborileaban con paciencia, la mirada clavada en la puerta, esperando.
Había dejado todo listo. Las tazas. El azúcar. Un pequeño plato con galletas. Un poco de jazz instrumental flotando bajo, desde un viejo reproductor de vinilo que solo ella sabía usar sin que explotara. Era un momento que solían compartir, una tradición que habían construido entre procedimientos, autopsias y noches enteras sin dormir. Hoy no era diferente.
O eso pensaba.
Los pasos resonaron por el pasillo antes de que la puerta se abriera.
—Ya era hora —murmuró Jane con una sonrisa ligera.
Tayla fue la primera en aparecer, su bata blanca ondeando como un manto real. Detrás de ella, Poppy caminaba con esa gracia tranquila, más un espectro que una muñeca, con la mirada serena de quien acaba de cerrar un capítulo. Ambas entraron como si vinieran de un espectáculo teatral. Como era costumbre Tayla ayudo a Poppy a levantarla para que estuviera en la mesa, mientras ella misma tomaba asiento.
—Buenas tardes —dijo Tayla con una voz ligera, divertida, mientras dejaba caer su bolso sobre una silla.
Jane arqueó una ceja.
—¿Y? ¿Cómo fue la visita al condenado?
Tayla soltó una risa suave, como un jadeo contenido de alguien que disfrutaba más de lo que debería. Poppy por su parte solo sonrió más mientras se preparaba un café, gracias que Jane había dejado listo la mesa para que se sirvieran. Las tres amigas realmente compartían esa malicia.
—Oh, fue exquisito. —Se sentó con elegancia al otro lado de la mesa y sacó algo de su bolso: una vieja VHS, negra, con una etiqueta escrita a mano que decía "Sawyer: Proyecto Final." —Debiste verlo Jane, el idiota realmente me rogo.
Jane frunció el ceño, intrigada. Tayla levantó el casete con una sonrisa orgullosa, como si mostrara un trofeo.
—Aquí está todo —dijo con una chispa oscura en la mirada—. La operación completa, cómo chillaba, cómo suplicaba, cómo su mente trataba de resistirse al proceso mientras lo partíamos en fragmentos. Fue… sinceramente poético.
Jane tomó la cinta con delicadeza, girándola entre sus dedos, contemplándola con un dejo de incomodidad y morbo.
—¿Y por qué demonios tienes esto grabado?
Tayla, con una sonrisa que rozaba la inocencia, pero tenía un toque de travesura, se encogió de hombros, como si estuviera respondiendo a una pregunta trivial, como si la respuesta fuera obvia para ella.
—No fue idea mía, fue la de Poppy. —Contesto la científica señalando con una cuchara a Poppy, que se encontraba en su asiento, completamente tranquila, sorbiendo su taza de café con la calma que solo ella podía transmitir. No había nerviosismo en su postura, ni alteración en sus ojos, solo una serenidad inquietante
Jane se cruzó de brazos, su curiosidad creciendo, aunque cierta inquietud le tensaba los labios. Todas en esa habitación tenían motivos más que suficientes para odiar a Harley Sawyer. Pero grabar su tortura... eso era algo más. Más que venganza. Era una ejecución psicológica meticulosamente orquestada.
—¿Por qué le darías esa idea? —Pregunto Jane confundida.
Poppy, sin embargo, no respondió de inmediato. Primero, tomó un largo sorbo de su café, como si estuviera deliberadamente tomándose su tiempo antes de hablar. Después, como si estuviera en su propio mundo, inflo su pecho, casi desafiando la atmósfera con su actitud de absoluta seguridad y control. Era como si ella fuera la reina de este pequeño universo, y todos los demás fueran simples peones en su juego.
Finalmente, después de un breve silencio, Poppy habló, su voz serena pero cargada de una oscura satisfacción.
—No era suficiente con romperlo físicamente —dijo con calma, como quien explica una lección evidente—. A monstruos como Harley no se les castiga con dolor... se les destruye despojándolos de todo lo que alguna vez los hizo humanos. Su cuerpo fue solo el principio. Después de todo, sigue siendo un humano… y todos los humanos tienen su límite.
Su sonrisa, al decir esto, era casi inocente, como si explicara algo tan simple como una lección aprendida, una verdad inmutable. Pero había algo perturbador en esa calma, en esa claridad con la que Poppy explicaba lo que había hecho, como si, en su mente, todo fuera solo una cuestión de justicia, una venganza cumplida.
—Es una forma de venganza perfecta, ¿no? —dijo Poppy, sin mirar a nadie en particular, solo mirando su taza con un interés lejano, como si ya hubiera olvidado todo el proceso y estuviera más centrada en el resultado.
Tayla, que no había dejado de sonreír ni un segundo, observaba a Poppy con una mezcla de admiración y deleite casi enfermizo. Había algo fascinante en verla tan serena, tan segura de su crueldad calculada, como si ambas compartieran un lenguaje secreto hecho de heridas y venganza. En ese instante, no la veía como una muñeca, ni como una víctima, sino como una igual, una socia perfecta en el arte de devolver el dolor con precisión quirúrgica.
Lo más inquietante era lo natural que resultaba aquella conversación. Nadie en esa sala ni siquiera ellas mismas, tiempo atrás habría imaginado hablar de tortura, de sufrimiento y castigo, con la misma ligereza con la que se discute una receta de cocina. Pero Harley las había destrozado a cada una de formas distintas, tan brutal y profundamente, que ahora estaban unidas por un odio compartido. Un odio que no solo las había unido… las había transformado.
—Bueno —suspiró Jane, hundiéndose un poco más en el respaldo del sillón, su taza aún humeante entre las manos—. Supongo que eso cierra ese capítulo… ¿Y ahora qué? ¿Qué harán ustedes dos? ¿Qué sigue en sus vidas?
La pregunta flotó en el aire como una brisa cálida después de una tormenta. Y fue entonces que Tayla sonrió, no con burla, ni con esa chispa perversa que la había acompañado momentos antes, sino con algo más blando, más humano. Como si hubiera estado esperando justo esa pregunta.
Su expresión cínica se desvaneció poco a poco, reemplazada por una mirada serena, casi maternal. Quería tener a sus dos bebes con ella, pero los había dejado con otros juguetes para que jugaran y se divirtieran, después iría por ellos.
—Voy a renunciar —dijo con firmeza, aunque su tono fue casi un susurro cargado de decisión—. Mi parte en esta historia ya terminó. La venganza está hecha, y ya no tengo razones para quedarme aquí. Es hora de irme… de volver a algo parecido a la paz.
Se acomodó mejor en el asiento, cruzando los brazos con tranquilidad, dejando que su voz se impregnara con serenidad.
—Estoy buscando un empleo en el hospital del estado donde nací, allá en el sur. Es un lugar tranquilo, rodeado de bosques, con calles pequeñas y aire limpio. Sunshine y Moonlight merecen eso. Una vida diferente, una vida nueva… lejos de todo esto.
Sus palabras flotaron con una calidez nostálgica, como una promesa de futuro, y por un instante, la fábrica dejó de sentirse como una prisión. Era el final de un ciclo. Y quizá, solo quizá, el inicio de otro.
La luz tenue de la sala de descanso acariciaba el rostro de Tayla, resaltando las líneas que los años y las cicatrices emocionales habían dejado tras de sí. Jane se permitió mirar más allá de la mujer que tenía frente a ella… y recordó.
Recordó a la Tayla de antes, su antigua compañera, ambas eran las pupilas de Harley Sawyer, por muchos años fueron las primeras antes de que Sofia y Rosy llegaran. La de las carcajadas suaves y las manos cálidas. La que siempre tenía una taza de té lista para cualquiera que hubiera tenido un mal día. Una mujer que escuchaba más de lo que hablaba, que amaba con la entereza de quien no teme mostrar su ternura.
Pero a pesar de la dulzura y de lo que fueron, ambas se habían sentido como unas basuras humanas, cuando comenzaron a experimentar con personas reales, ambas se volvieron miserables con la sola idea de que sus manos quitaban vidas.
Aun así, Harley la había destruido más de lo que ya le había obligado hacer. La había destrozado por dentro, poco a poco, con una crueldad tan refinada como repulsiva. Y Jane lo había visto. Había estado ahí cuando Tayla lloraba en sus brazos, en silencio, como si tuviera miedo de que su voz se quebrara aún más. “Pronto me iré,” le había susurrado una vez, en un suspiro que parecía más oración que promesa. “Me iré de esta fábrica. Me llevaré a mis hijos… los tres merecemos algo mejor.”
Jane aún podía verlos. Dos niños pequeños, de distintas sangres, pero con el lazo irrompible que solo los verdaderos hermanos comparten. Una niña con los ojos llenos de sueños, un niño con la risa fácil y las manos inquietas. Tayla los había adoptado como suyos cuando los trajeron del orfanato, y desde ese momento, todo en ella cambió. Se volvió más fuerte. Más decidida. El mundo entero se volvió algo que debía proteger… por ellos.
Poppy también ayudaba. Con el poco poder que tenía entonces, tejía rutas de escape y falsificaba permisos en la oscuridad, tratando de abrir una puerta hacia la libertad. Las dos sabían que era arriesgado. Que Harley los vigilaba como un dios en su trono enfermo. Pero también sabían que no podían seguir ahí.
Hasta que él se enteró.
Y el castigo fue más cruel que cualquier pesadilla.
No bastó con arrebatarle a los niños. Harley los convirtió. Los transformó en esos malditos juguetes que ahora descansaban siempre sobre los hombros de Tayla, Sunshine y Moonlight. Bellos, adorables… y grotescamente trágicos. No sólo por lo que eran, sino por lo que recordaban. Por lo que seguían siendo. Un recordatorio constante de su venganza… y de su pérdida.
Tayla ya no volvió a llorar después de eso.
Se reconstruyó. Más afilada. Más distante. Más peligrosa.
Ni Poppy ni ella misma podían ayudarla a su dolor, porque todas habían sido arruinadas por el mismo hombre. Por eso nadie sintió tristeza, ni lastima cuando Harley lo alcanzo su Karma.
—¿En qué estás pensando? —preguntó Tayla, notando la mirada prolongada de Jane.
Jane parpadeó, volviendo al presente. Pero se le dibujo una sonrisa al pensar que al fin se había terminado, ella también es libre ahora que Harley ya no estaba, porque sabía que Poppy aún no había terminado su venganza y pronto Elliot caería.
—Eso suena… bien —dijo Jane al fin, con genuina calidez—. Es bonito imaginarte entre árboles y risas infantiles. Te lo mereces.
Y no lo decía por cortesía ni para consolarla. Lo creía de verdad. Dios sabía que, de las tres, Tayla era la más pura. La más santa, si es que esa palabra aún tenía peso entre mujeres que habían vivido el infierno. Ni siquiera ella misma, que había consagrado su vida a la fe y la medicina, sus manos habían quitado muchísimas vidas y a diferencia de Tayla, Jane lo había hecho sin dudar justificándose por el trabajo, pero jamás podría perdonarse, ni rezarle a dios tantas veces la salvaría de su culpa.
Por eso podía compararse a la bondad que Tayla había mostrado incluso en sus peores días. Una mujer que alguna vez curaba con manos suaves y ojos compasivos, incluso cuando el mundo le devolvía heridas.
Y Poppy… bueno. Poppy había cruzado muchas líneas. Tantas que la moral ya no era un terreno sólido para ella, sino una neblina que podía moldear a voluntad. Había justificado sus actos por amor, por justicia, por redención, por el bien de sus “hijos”. Y aunque Jane podía entenderlo, aunque incluso lo aceptaba… no podía ignorar que algo en Poppy se había vuelto irrecuperable.
—¿Y tú, Poppy? —Pregunto Tayla mientras miraba a la muñeca, su vieja amiga que solo se había quedado callada. De las tres, ella había sido la que más sufrió. Su cuerpo, su mente, su alma… todo había sido mancillado, partido y reconstruido a la fuerza. Ni siquiera un millar de palabras bastarían para describir el dolor que había vivido.
Su dolor no se podía comparar ni siquiera una cuarta parte de lo que sufrió Tayla a perder a sus hijos.
Y eso lo sabían bien sus amigas. Jane lo había visto en los silencios largos. Tayla lo había sentido en las noches en que Poppy no dormía y caminaba sola por los pasillos, como un fantasma con alma todavía ardiendo. Ambas sabían que, para ella, la venganza no era un acto… era una necesidad vital. Y temían, en el fondo de sus corazones, que para Poppy aún no hubiera terminado.
A lo mejor nunca lo haría.
La nombrada no dijo nada solo pensó en su respuesta y Finalmente, con un suspiro que resonó en el aire cargado de tensión, habló con una calma calculada, como si todo lo que había vivido la hubiera templado a tal punto que las emociones ya no la arrastraban.
—Aún queda un monstruo por eliminar —dijo, su voz fría y firme, con un tono que parecía pesar más que cualquier condena. Cerró los ojos por un momento, como si tomara un último respiro, y luego, con una sonrisa oscura, continuó—Voy a quedarme y gobernaré esta fábrica como siempre debió ser.
Tayla observó a Poppy, sintiendo el peso de sus palabras. No era solo un acto de control o de poder. No, para Poppy, aquello era más que una necesidad: era el cierre definitivo de un ciclo de sufrimiento que había durado demasiado. A pesar de todo lo que había hecho, y todo lo que ya había perdido, seguía siendo la misma mujer que había sido antes de la tortura. Solo que ahora era más fuerte, más decidida, y aún más peligrosa.
Ella sabía lo que significaba esas palabras. Poppy no iba a descansar hasta que cada pedazo de su pasado, cada monstruo que aún quedaba en pie, fuera eliminado. Y entre ellos, Elliot era el último, el último vestigio de todo lo que había hecho de sus vidas un infierno.
—Elliot… —murmuró Tayla, comprendiendo de inmediato a quién se refería.
Poppy no dijo nada más, pero su expresión lo dijo todo. Ya nada ni nadie podía detenerla. El fin de su venganza estaba cerca, y cuando eso sucediera, el mundo de la fábrica, su mundo, sería irreconocible.
Tayla la miró con tristeza, con algo de miedo y respeto. Sabía que, a pesar de todo, Poppy ya no podía regresar a lo que era antes. Ya no podía ser la misma mujer que había estado a su lado, que había sido su amiga y compañera. Pero entendía. Podía entenderlo.
Por su parte, Jane observó en silencio, sintiendo la incertidumbre en el aire. La sensación de que el futuro de las tres mujeres estaba marcado por los vestigios de un pasado sangriento y roto, y aunque las cicatrices estaban allí, el dolor no las hacía más débiles. Al contrario, las había transformado en algo mucho más complejo, mucho más peligroso.
—¿Y tú que harás Jane?, al igual que Tayla tú ya terminaste aquí, eres libre… Harley nunca más volverá a lastimar a nadie… ni te obligará a hacer nada. —Explico Poppy con una sonrisa, mostrando que su felicidad que sus amigas estuvieran libres.
Pero Jane lo pensó, efectivamente es libre ya no tenía que continuar en este horrible trabajo. Aun así, la culpa que albergaba su corazón era tan fuerte que sentía que no podría quitarse las cadenas que tenía sus manos.
—No… —susurró al fin, bajando la mirada a sus propias manos—. Cada noche rezo a Dios, suplicando si mis pecados pueden ser perdonados… y siempre me llega la misma respuesta.
Su voz tembló, casi imperceptiblemente, mientras observaba sus dedos. Las manos le empezaron a temblar, como si pudieran recordar por sí mismas todo lo que habían hecho. Jane no necesitaba sangre real sobre su piel; la veía cada vez que cerraba los ojos. Cada incisión, cada aguja, cada niño al que prometió que todo saldría bien… pero ellos dejaron de ser niños y otros nunca salían con vida.
Tayla y Poppy se miraron sin necesidad de palabras. Ambas entendían ese tipo de dolor: el que se clava como un anzuelo y no te suelta nunca. Jane cargaba el peso de la culpa como si fuera parte de su fe. Ser cristiana la obligaba a enfrentarse con la idea del juicio eterno, del castigo divino. Pero lo más cruel era que ella ya estaba en su infierno, aquí y ahora.
Su karma.
—Tú lo dijiste, Poppy… —añadió Jane, ahora con la voz más firme, como si se aferrara a una última esperanza para redimirse—. Aún queda un monstruo. Si no quitamos a Elliot de la ecuación, va a encontrar la forma de crear otro Harley. Otro infierno. Otra fábrica donde los inocentes nunca salgan.
Respiró hondo, tragándose el nudo en la garganta, y alzó la mirada para verlas a ambas. Había una determinación renovada en sus ojos, esa que solo nace del deseo de corregir lo irremediable.
—Cuando esto termine, cuando Elliot ya no sea una amenaza, me iré. Abriré mi propio orfanato. Uno real. Le daré a esos niños todo lo que nosotros no tuvimos. Un hogar. Seguridad. Amor. Quiero que crezcan sabiendo que el mundo no siempre tiene que ser este lugar... quiero que nunca terminen como nosotras. Ni como Elliot. Ni como Harley.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino reverente. Como si las tres comprendieran, en lo más profundo, que en medio de las ruinas de sus vidas aún podían construir algo.
—Bueno supongo que eso es todo jeje, tengo que irme pedí unos días de descanso, y tengo que preparar todo antes de mandar mi renuncia. —Explico Tayla mientras se levantaba ya que había terminado esa conversación, tenía que ir por sus pequeños que jugaban con otros y organizar papeles antes de retirarse. —Poppy… ¿Sobre las cartas de recomendación?
La nombrada solo sonrió mientras hacia un ademan con su mano, mostrando que no debería preocuparse. — No te preocupes ya me falta firmarlos, te los hare llegar de inmediato. —Explico mientras se mantenía calmada, mostrando que no había problema.
Tayla asintió y se despidió, dejando en claro que no sería la última vez que las vería.
—Yo también debo retirarme. Aún tengo mucho por hacer —dijo Poppy con calma, mientras se deslizaba fuera de su asiento con la elegancia medida de quien sabe exactamente a dónde va y por qué.
Antes de saltar de la mesa, volvió ligeramente la cabeza hacia Tayla y, con una cortesía casi teatral, le pidió.
—¿Podrías no cerrar la puerta, por favor? Me facilitará la salida.
Tayla asintió sin decir palabra, y Poppy dio un pequeño brinco para aterrizar con gracia en el suelo. Se sacudió levemente el vestido como si no llevara en los hombros el peso de mil tragedias, y al pasar junto a Jane, se detuvo solo un segundo.
Le dedicó una sonrisa ambigua, que no era del todo fría pero tampoco cálida. Una mezcla de ironía, despedida… y algo más oscuro.
—Disfruta del VHS.
Jane se quedó allí, en silencio, con sus pensamientos atormentados mientras sus dedos tocaban de manera casi mecánica la superficie de la mesa. Su mirada se desvió hacia la cinta de VHS que reposaba frente a ella, su peso simbólico tan evidente como la opresión en su pecho. Jane suspiró, y con un dedo tembloroso empezó a golpear suavemente la superficie, una, dos, tres veces, como si con ese gesto pudiera calmar el juicio moral que se desataba en su interior.
—No debería… —susurró, pero su voz apenas fue un suspiro en la estancia vacía.
Sin embargo, la curiosidad no, el morbo terminó ganando la batalla. Tal vez era justicia lo que buscaba. Tal vez redención. O tal vez, muy en el fondo, quería verlo pagar. Quería ver que, después de todo, algo o alguien le había hecho sentir, aunque fuera una décima parte del dolor que él infligió a tantos.
Tomó la cinta con manos firmes, aunque su pulso delataba la verdad. Caminó hasta la vieja televisión con reproductor incorporado, la encendió y deslizó el VHS en la ranura. El zumbido mecánico del aparato tragándose la cinta fue casi ceremonial. El ruido blanco llenó la pantalla por un segundo. Luego... comenzó.
La imagen apareció con la crudeza de un recuerdo arrancado del subconsciente. La sala quirúrgica estaba sumida en una luz blanquecina que parecía borrar toda calidez. Cuerpos cubiertos con batas médicas se movían como sombras eficientes. Pero el centro de todo era él.
Harley Sawyer.
O lo que quedaba de él.
Estaba completamente desnudo, expuesto como un pedazo de carne destinado al matadero. Su cuerpo yacía atado a una mesa metálica con grilletes industriales que apretaban con tanta fuerza que habían comenzado a abrirse paso bajo la piel, dejando hematomas morados y profundos. No había posibilidad de escape, ni siquiera de mover un dedo. Cada músculo temblaba, no sólo por el frío cortante del quirófano, sino por el pavor absoluto que lo envolvía.
El pecho de Harley estaba rajado de arriba abajo. Las costillas habían sido serradas y abiertas como si fueran puertas, revelando un caos de vísceras palpitantes. El corazón aún latía con desesperación, rodeado por los bordes sangrantes del esternón. Sus pulmones se inflaban irregularmente, espasmódicos, como si quisieran detenerse y no pudieran. Uno de sus brazos colgaba abierto desde el hombro, los músculos y tendones separados para dejar ver el hueso que brillaba, desprovisto de carne como si fuera mármol mojado.
No había anestesia. Ni una gota. Las agujas intravenosas eran puro teatro, colocadas sólo para mantenerlo con vida, no para brindarle consuelo. Eso era parte de la sentencia. Parte del espectáculo.
Fue decisión de Tayla. Y se notaba.
Las herramientas quirúrgicas reposaban a su lado como cuchillos de un carnicero gourmet. Bajo la luz blanca e implacable del quirófano, cada una brillaba con una intención siniestra. Tayla alzó un bisturí, girándolo en su mano con un gesto casi juguetón, dejando que la luz se reflejara en el filo impecable.
Y luego bajó.
Corto la carne hasta dejar ver la grasa amarilla y las capas musculares sangraban con lentitud, hasta llegar a los intestinos, que se retorcían como serpientes vivas. Tayla los apartó con una mano enguantada, hundiéndola en la cavidad abdominal, y presionó con fuerza en un punto exacto que hizo que Harley convulsionara de dolor. Su grito no fue humano. Fue un sonido rasgado, violento, salido desde lo más profundo del cuerpo. Como si el alma se les desgarrara a jirones.
Y Tayla no paró. Apretó más fuerte.
—Vamos, Sawyer —decía la voz de Tayla en el video, cantarina—. No es para tanto, después de todo siempre se lo decías a aquellos niños.
Mientras tanto, otro de los científicos trabajaba en su mano derecha, extirpando tendones y venas con una frialdad mecánica. La carne se abría como si fuera arcilla húmeda, expulsando sangre espesa, densa como alquitrán caliente, que chorreaba en borbotones y empapaba la mesa quirúrgica. El hedor metálico impregnaba el aire, y los instrumentos quirúrgicos tintineaban con cada movimiento, en una sinfonía de tortura.
Harley jadeaba, apenas consciente. Su cuerpo entero temblaba bajo las correas que lo mantenían atado, pero su mirada, febril y aterrada, seguía cada movimiento de Tayla. Ella no tenía prisa. Se giró lentamente, con la serenidad de una sacerdotisa vengativa. Su bata blanca estaba salpicada de sangre, y su rostro manchado por pequeñas gotas que no se había molestado en limpiar brillaba con una serenidad perturbadora.
Pero ella no iba a parar ahí, porque le aburrió sus intestinos, así que, con el bisturí ensangrentado, lo saco de su cuerpo para ponerlo en la punta de su pene flácido, ya que ella quería hacerlo sufrir lo que todos pasaron bajo las manos de aquel monstruo.
—¡NO DETENTE! —Exigió en pánico, por supuesto el dolor es infernal, cruel bastante inhumano, pero querer mutilar su miembro ya no podía soportarlo.
—¿Detenerme?, ¿Cómo tú lo hiciste cuando los niños y las personas te rogaban que te detuvieras? —Pregunto Tayla mientras sonreía comenzando a enterrar la cuchilla en la carne de la glande, haciendo que las gotas de sangre comenzaran a bajar por la piel. —¿Acaso también te detuviste cuando violabas a Poppy?
Harley gritó. No un grito humano. Fue un sonido monstruoso, primitivo, un alarido desgarrado que solo podía surgir de alguien al que le arrancaban el alma por fragmentos. Su cuerpo convulsionó tan violentamente que uno de los asistentes tuvo que sujetarlo con más fuerza. Los monitores pitaron al detectar un descenso abrupto en sus signos vitales; estaba entrando en un paro.
No lo dejarían morirse, ese no era su destino.
—¡No! —ordenó uno de los científicos—. ¡Recupérenlo!
Adrenalina. Estimulantes. Electrodos. No lo dejarían morir. No tan fácil.
Tayla se rio con suavidad mientras observaba cómo su víctima regresaba al mundo del dolor con los ojos desorbitados y la piel empapada en sudor frío. —Nunca volverás a tocar a nadie más.
Fue entonces que ella corto más, le extirpó y corto aquel pene mientras Harley volvía a gritar, después de todo él no lo necesitaba en su nuevo cuerpo.
Jane apagó el televisor con un clic seco. La pantalla parpadeó una última vez antes de sumirse en la oscuridad. No sintió repulsión. No hubo arcadas, ni manos temblorosas llevándose al rostro. Tampoco compasión. Solo un profundo, gélido silencio interno que no le provocaba remordimiento alguno.
Jane se inclinó hacia el reproductor de VHS, extrajo la cinta con suavidad, y la guardó en su mochila. Mientras lo hacía, sus labios se curvaron en una tenue sonrisa, pequeña pero sincera, como la exhalación de un alma que llevaba años esperando ver justicia.
Tomó su abrigo, acomodó el cabello detrás de la oreja y recogió su taza aún tibia. Solo Dios podía juzgarla ahora, y aunque cada noche oraba por redención, hoy no le pediría perdón. Hoy se permitía disfrutar, aunque fuera en silencio, del equilibrio restituido.
Mientras abandonaba la sala de descanso, se detuvo por un segundo en el umbral. Echó una última mirada al lugar. Luego cerró la puerta tras de sí con una firmeza tranquila, casi solemne.
Y por primera vez en mucho tiempo, la cerradura sonó como un punto final.
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Dogday respiraba profundo, dejando que el aire fresco llenara sus pulmones y calmara el temblor que aún recorría su cuerpo. Dogday estaba recostado en una manta mullida, con las orejas relajadas y la cola enroscada junto a sus patas. Por primera vez en mucho tiempo, su respiración era tranquila, acompasada. A su alrededor, el mundo parecía más amable, como si el aire ya no pesara tanto.
Sanar no era fácil. Las cicatrices que Elliot le había dejado no solo estaban en su cuerpo, sino también en su mente, y a veces se despertaba temblando, con el corazón al galope por una pesadilla, no podía olvidar a ese maldito infeliz lo que le hizo, lo que ha hecho y no iba a negar que su odio hacia él había aumentado, pero al mismo tiempo le temía. Aun así, estaba sanando poco a poco, con el amor de sus seres queridos, solo sabía que si seguía en ese camino aquellas cicatrices desaparecerían.
Pero el miedo aún se colaba en sus pensamientos como una sombra persistente. ¿Y si alguien los descubría? ¿Y si todo terminaba en tragedia, como le pasó a Poppy? ¿Y si algún día tenía un cachorro y se lo arrebataban… como le arrebataron a Crafty?
Su mirada se nubló por un instante, pero no tuvo tiempo de seguir en su espiral de angustia, porque una risita aguda y feliz lo sacó de sus pensamientos.
—¡Dogday! ¡Dogday! ¡Mira, mira! —gritó una niña llamada Miri mientras entraba corriendo, seguido por Hoppy que se veía bastante preocupada, de nuevo estaban cuidando a los niños, algo que Dogday amaba muchísimo.
Bobby, Hoppy, Crafty y él estaban de niñeros, era un día libre, pero querían disfrutar su compañía mutua, por desgracia Picky se había ido con sus nuevos amigos. Cosa que Dogday le extrañaba porque ella aún no se los presentaba.
Eso le preocupaba a Dogday, su amiga se había vuelto un poco más distante. A estas alturas ya sabían lo que hizo Bubba.
—¡Miri, ten cuidado! —Dijo Hoppy angustiada, pues la niña hace poco se había lastimado la pierna.
—Vamos Hoppy no te preocupes tanto, solo quiere mostrar su nuevo dibujo. —Hablo Crafty que estaba a metros de distancia de los demás, ya que estaba rodeada de un grupo de niños que dibujaban en hojas blancas, buscando sacar toda su creatividad.
Crafty también había cambiado, pero ella realmente se veía más sana.
Ya no tenía esa mirada apagada, ni la tensión constante en sus hombros, a pesar que el unicornio se mostraba más relajada, aun tenía su corazón roto por su hija. Su expresión era serena, e incluso traía una flor tejida en una de las orejitas. Sonreía de verdad, una sonrisa que no había visto en meses.
—Jeje no puedes culpar a los pequeños, son seres de luz con mucha energía. —Menciono Bobby, aquella osita que estaba con otro grupo de niños, los cuales ayudaba a peinarlos y mimarlos con sus manos al cepillarlos.
—¡Mira lo que hice! —exclamó Miri, mostrándole un dibujo arrugado con colores desbordados, donde se veía una figura parecida a Dogday alzando en brazos a Mari.
El perro solar dejó escapar una risa cálida, sintiendo cómo su corazón se llenaba poco a poco de esa luz que solo los niños sabían dar.
Crafty observaba en silencio mientras Dogday felicitaba con ternura a la pequeña Miri. El brillo en sus ojos al ver el dibujo, la risa suave, la manera en que se agachaba para estar a su altura… No hacía falta decirlo: ese perro estaba hecho para amar, para cuidar, para proteger.
Cuando la niña corrió a mostrar su dibujo al resto, Crafty se acercó con paso tranquilo, dejando atrás su pequeño círculo de artistas. Se acomodó a su lado en el suelo, con una sonrisa serena y la mirada suave.
—Se te da bien esto —comentó ella, refiriéndose tanto a los niños como a la vida misma.
Dogday sonrió un poco, aunque sus mejillas se tiñeron levemente de rosa.
—Supongo que sí… ellos hacen que todo parezca más fácil.
Bobby y Hoppy solo se juntaron para ayudarse mutuamente a cuidar a los niños, lo que hizo que Crafty y Dogday descansaran un poco más.
—Te creo, es más sencillo que te sigan a ti que a nosotros jeje. —Dijo divertida el unicornio mientras reía suavemente y acomodaba un mechón de su cabello detrás de su oreja, para luego mirar a su amigo tratando de analizar en lo que pensaba. —Te vez muy feliz, ¿Paso algo de lo que no nos hemos enterado?
Esa pregunta hizo que el perrito se tensara y se sonrojara fuertemente, lo que hizo que solo bajara su cabeza bastante rojo, y su cola se alborotaba al agitarla con fuerza mostrando sus emociones.
—Bueno es que… yo…—Pero antes de que pudiera hablar la coneja se adelantó cuando escucho esas palabras con sus largas orejas, por lo que corrió y hasta dio un salto grande para terminar sentándose a lado del líder.
—¡Si Dogday!, cuéntanos, ¿Qué te trae tan feliz últimamente? —Pregunto Hoppy ya que hace poco Catnap le había platicado a Bobby y a ella que quería planear algo para Dogday después de la reunión masiva. Por supuesto esto tenía que ser en secreto porque tenía que ser una sorpresa para Dogday.
Dogday parpadeó sorprendido ante la repentina aparición de Hoppy, quien ahora lo miraba con una mezcla de picardía y genuino interés. Bobby también se acercó, alzando una ceja con curiosidad mientras fingía peinar a una de las niñas, claramente prestando más atención a la conversación que al cabello de la pequeña.
El perro solar sintió cómo el calor le subía de nuevo por el rostro. Sus mejillas ya parecían dos pequeñas antorchas mientras se removía en su sitio, intentando encontrar palabras sin delatar demasiado.
—N-no es nada… o sea… sí es algo… pero… es privado —balbuceó, escondiendo el rostro entre las patas.
—¡Ay por favor, Dogday! —rio Bobby—. Te estás sonrojando como si fueras una de las niñas cuando le gusta un chico nuevo del orfanato.
—Solo suéltalo amigo. —Pidió la coneja emocionada.
Hoppy lo miraba con ojos grandes, esperando como si le fuera la vida en ello. Dogday, viendo que no tenía escapatoria, soltó un suspiro resignado. Crafty solo sonrió con complicidad ante su amigo el felino, pero aun así quería saber cómo reaccionaría Dogday.
—Es sobre Catnap…
Las chicas se enderezaron al instante.
—¡Lo sabía! —exclamó Hoppy, dándole un codazo a Crafty la cual soltó una risita.
—Estamos… hablando de dar un paso más —confesó Dogday, tratando de desviar la mirada tímidamente—. De casarnos, tal vez. No ahora, pero sí en algún momento cercano. Solo… solo estamos soñando con ello.
Un silencio suave los envolvió. Incluso los niños, como si hubieran percibido algo importante, bajaron la voz. Los pequeños se miraban entre si confundidos.
—¿Aun quieren volver a jugar a la casita? —Pregunto Miri sin entender a lo que se refería Dogday, ya que hace días habían jugado a la casita, así que en la mente de la niña no comprendía porque Dogday quería volver a jugar.
Bobby solo se rio suavemente ante el comentario inocente de la niña, pero muchos de los niños también lo habían entendido de esa forma.
—¿A la casita? —Crafty alzo una ceja, pero rápidamente Dogday hablo.
—¡Ah!, Si por supuesto, queremos jugar de nuevo a la casita. —Dijo el perrito solar, sabía que los niños eran parlanchines por lo que no podía confiarles ese secreto, no a ellos. Cuando literalmente revelar algo así podía destruirlos a ambos.
Las hembras se rieron entre sí por lo divertido que fue escuchar al perrito tímido buscar eludir aquella conversación con los niños.
—Dogday… —murmuró Hoppy, conmovida—. Eso es… precioso.
—Me alegra saber que quieran dar el siguiente paso Perrito. —Contesto Bobby con una sonrisa cálida.
Dogday asintió en silencio, apretando una hoja de dibujo que Miri le había dejado en las patas.
—Ustedes merecen toda la felicidad del mundo. —Fue el turno de Crafty de hablar, mientras con su mano acariciaba su propia mejilla. Realmente estaba feliz por su amigo.
Las hembras sabían de todo esto, pero aun así querían asegurarse, mientras Dogday no podía evitar sentirse lleno de dicha, hasta que su cola se movía mostrando su felicidad, ante todo. Sentía que por fin el mundo le daba lo que el deseaba y eso es tener una vida con Catnap.
Y por primera vez en su vida la imagen de Elliot no se apareció ante sus ojos, como si el realmente no existiera y solo estuviera él con Catnap, para siempre y juntos. Definitivamente sería perfecto su boda, realmente la soñaba y la imaginaba, aunque claro ya estaba planeando hacer una ceremonia muy pequeña para que nadie se enterara y los delatara.
—Cambiando de tema… ¿están listas para esta noche? —preguntó Dogday con una sonrisa tan radiante como el sol de mediodía, mientras su cola se movía con fuerza, ya que sería la primera vez que hacían esto.
—¡Por supuesto que sí! —exclamó Hoppy dando un pequeño salto en su sitio, sus largas orejas rebotando con gracia mientras su colita se agitaba como un tamborito alegre—. ¡Poppy dijo que podíamos vestirnos bonitas, que será una verdadera fiesta! —chilló, juntando las manos contra su pecho.
—Yo tengo un vestido que hice hace semanas… y esta es la ocasión perfecta para estrenarlo —agregó Bobby con una risa suave y soñadora. Sus mejillas se tiñeron de rosa mientras apoyaba las manos sobre ellas, ladeando la cabeza con dulzura.
Pero fue cuando desvió la mirada, casi de manera involuntaria, hacia Hoppy quien reía animadamente a su lado que su corazón dio un pequeño salto.
La imagen se formó en su mente con una nitidez que le quitó el aliento, ambas bailando juntas, tomadas de la mano en medio de la pista, rodeadas de luces titilantes y risas, como si el mundo se hubiera detenido solo para ellas.
Fue tan repentina, tan hermosa y tan íntima, que Bobby sintió cómo el calor le subía hasta las orejas, tiñendo su rostro de un rojo brillante.
Dogday soltó una risa cálida al verlas tan ilusionadas, su pecho hinchándose de felicidad por compartir ese momento tan especial con ellas. Entonces, giró con curiosidad hacia el unicornio más callada.
—E-eh… bueno, s-solo espero que me quede bien —balbuceó con una sonrisa nerviosa, intentando ocultar el rubor intenso que ya se le escapaba por completo.
Y aunque no dijo más, la ilusión en sus ojos hablaba por ella, mientras que la coneja miro curiosa a su novia que actuaba tan nerviosa, solo sabía que amaba verla de esa forma.
—¿Y tú, Crafty? ¿Qué vas a llevar? —preguntó con una voz suave pero curiosa.
La pregunta tomó a Crafty por sorpresa. Parpadeó un par de veces antes de que su mirada se alzara, pensativa. Llevó un dedo a sus labios, sus ojos se desviaron hacia arriba como si buscara respuestas en el techo.
—Voy a… pensarlo —dijo al fin, bajando lentamente la mirada mientras sus mejillas se teñían de un rosa tenue—. Es la primera vez que hacemos algo así, y me siento… —hizo una pausa, abrazándose un poco a sí misma, como si quisiera esconderse—. Nerviosa.
Hoppy no tardó en lanzarse a su lado y abrazarla con cariño.
—No te preocupes, Crafty —dijo con una sonrisa cálida—. Todas estamos nerviosas, pero esta noche… será de nosotros los juguetes.
—Sí, además no necesitas nada extravagante —añadió Bobby acercándose también y dándole un pequeño abrazo—. Solo tú y Kickin, siendo ustedes, tómalo como una cita.
Crafty esbozó una sonrisa tímida, pero sincera. Ella tenía razón podía ser una escapada con Kickin, ellos necesitaban eso, habían pasado por mucho y si iba a ver un cambio. Entonces ella deseaba empezar de nuevo, realmente había rezado tanto para que la vida le diera una nueva vida.
Tal vez esto sería lo que ella necesitaba, un nuevo comienzo a lado de Kickin.
—¿Y tú Dogday? —Pregunto esta vez Bobby al líder que este ni siquiera lo pensó.
—Vaya… no lose, estaba tan ocupado organizando con Kissy… que… no lo pensé. —Menciono el perrito.
—¡Eso no puede ser! —exclamó Hoppy—. ¡Tú también tienes que verte increíble para esta noche! No podemos dejar que el líder del grupo pase desapercibido.
Crafty, con una sonrisa dulce y calmada, se unió a la conversación, colocando una mano sobre el hombro de Dogday.
—No te preocupes, Dogday —dijo con suavidad—. Nosotras podemos ayudarte a elegir algo que te quede perfecto, que resalte lo mejor de ti.
Los ojos de Dogday se iluminaron un poco, sorprendidos por la calidez y el entusiasmo de sus amigas.
—¿De verdad? —preguntó, con un dejo de esperanza—. Bueno... tal vez sí me vendría bien un poco de ayuda.
Bobby se acercó, apoyando una mano en su pecho, sonriendo con complicidad.
—¡Eso es! —exclamó—. ¡Será divertido! Podemos hacer una tarde de moda, buscar el mejor conjunto, y te prometo que quedarás espectacular.
Hoppy asintió con fervor, moviendo su cola con fuerza, contagiando a todos con su emoción.
—¡Sí! ¡Y quizás te animemos a bailar un poco con nosotros esta noche!
Dogday sonrió abiertamente, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba solo en esto.
—Gracias, chicas —dijo con sinceridad—. Creo que esto será el comienzo de algo muy bueno.
Las risas y la energía positiva llenaron en el lugar, mientras juntos comenzaban a imaginar y planear la noche especial que les esperaba. Al mismo tiempo que cuidaban a los niños.
Definitivamente Dogday estaba feliz de poder disfrutar estos momentos tan hermosos con sus amigas.
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La noche había descendido con suavidad sobre la antigua fábrica, cubriendo cada rincón con un manto de calma plateada. Las lámparas, encendidas como luciérnagas cautivas, proyectaban un resplandor cálido sobre los pasillos de metal y concreto, dibujando sombras largas y suaves que se deslizaban por las paredes.
Los humanos, agotados tras una larga jornada, ya se habían retirado a sus habitaciones. Solo quedaban los ecos lejanos de sus pasos, diluyéndose lentamente en la quietud nocturna. Un silencio apacible se adueñaba del lugar, como si el edificio mismo respirara en paz.
En las habitaciones más pequeñas, los niños dormían profundamente, envueltos en mantas tibias y protegidos por los brazos amorosos de sus juguetes guardianes. Estos, siempre vigilantes, se mantenían cerca, acariciando con ternura sus cabecitas o susurrando nanas apenas audibles, como si el simple acto de estar ahí los mantuviera a salvo del mundo.
Pero en otro rincón de aquella fábrica, lejos del sueño y el descanso, algo muy distinto estaba ocurriendo. Se preparaba una noche especial, una noche diferente a cualquier otra: una reunión que traía consigo promesas de esperanza, alegría… y nuevos comienzos.
En la sala principal de la gran casa Sweet Home, estaba llena de risas suaves y murmullos emocionados. Ya que los Smalling Critters estaban felices por el evento que los lideres habían preparado para ellos.
Bobby giraba sobre sí misma frente a un espejo improvisado, su vestido ceñido de tono coral resaltaba con perfección su pelaje rojizo y brillante. Los detalles dorados en la tela capturaban la luz y la hacían lucir como si estuviera envuelta en un atardecer. Sus mejillas estaban ligeramente coloreadas y sus ojos brillaban de emoción mientras se aseguraba de que todo estuviera en su lugar.
A pocos pasos de ella, Crafty ajustaba los últimos pliegues de su propio vestido, uno de tela violeta suave con detalles de estrellas bordadas. Se veía más tranquila que nunca, irradiando una paz que hacía tiempo no tenía. La flor tejida que solía llevar en la oreja ahora iba como un delicado adorno en la parte trasera de su peinado recogido, su conjunto la hacía destacar bastante sus hermosos lunares que parecían estrellas hermosas.
Hoppy, por su parte, había optado por algo más discreto pero lleno de significado. Llevaba un sencillo moño de satén en el cuello. En su cabeza, lucía un broche dorado con el símbolo de Bobby grabado en él, como una pequeña muestra del cariño y vínculo que las unía.
—¡Mira esto! —dijo Kickin, entrando con paso firme y una sonrisa ladeada mientras giraba sobre sus pies con una chaqueta negra de tela brillante, tachuelas en los bordes y una camisa abierta hasta el pecho. Se veía como un recostar salido de una película antigua, y él lo sabía. Movía su cabeza con orgullo mientras guiñaba un ojo.
—¿Demasiado?
—Solo si quieres que todos te miren como a un escenario andante —bromeó Crafty entre risas. —Pero… para mi te ves tan guapo mi linda estrella.
Comento el unicornio bastante cautivada por su pareja que no pudo evitar acercarse, ambos se tomaron de las manos y se dieron un beso lindo como tierno en sus labios, haciendo que Kickin sonriera como un tonto enamorado.
—Tú también te vez hermosa, mi linda reina. —Dijo Kickin halagando a su hembra, que se sonrojaba y disfrutaba de los halagos de su pareja. Ambos estaban muy felices, tanto que sus corazones latían con fuerza.
Bubba entró después, mucho más sobrio. Llevaba un moño negro simple alrededor del cuello, que contrastaba con su corpulento cuerpo. Aunque era un adorno modesto, le daba un aire elegante que sorprendía a más de uno. Se limitó a asentir con una leve sonrisa.
—Debo decir, que no se me ve mal. —Expreso el elefante bastante emocionado también por la fiesta, desde que había terminado las cosas con Picky se había sentido más feliz y libre, en especial cuando la cerdita había hecho su vida por aparte, no iba a negar que le dolía que ella lo ignorara o ni siquiera le hablaba. Pero para Bubba es mejor de esa manera.
En el centro de todo, estaba Dogday.
El líder solar estaba de pie mientras sus orejas largas eran decoradas por Bobby con pequeñas flores blancas y lilas artificiales, entrelazadas con ramas verdes que le daban un aire natural y etéreo. Su expresión era de calma, aunque sus mejillas tenían un leve tono rosa por la atención que recibía.
—Quédate quieto o te las voy a poner chuecas —rio Bobby con dulzura mientras colocaba la última flor.
—¡Y yo terminé el moñito! —anunció Hoppy emocionada, ajustando un gran lazo color melocotón alrededor del cuello de Dogday, que combinaba perfectamente con su pelaje dorado.
—Ahora sí pareces un sol—dijo Hoppy, inclinándose para admirar su obra con orgullo.
—O una muñeca muy bien vestida —añadió Kickin en tono burlón, a lo que todos soltaron una carcajada.
Dogday solo sonrió, un poco avergonzado, pero visiblemente feliz. Aún le costaba creer que estuvieran viviendo una noche como esa, algo que antes solo imaginaba en películas que veía en la tele.
—Jajaja… vamos chicos —dijo con una risita nerviosa mientras se giraba hacia el espejo—. ¿No creen que me veo… un poco afeminado?
Se observó detenidamente. Las flores cuidadosamente colocadas en sus largas orejas, el moño claro en su cuello, los pequeños detalles que sus amigas habían puesto con tanto cariño. Había una delicadeza en su imagen que no solía asociar con él mismo… pero en lugar de incomodarlo, le sorprendió.
Por primera vez en mucho tiempo, no se sintió menos por verse así. Al contrario.
—Vaya… —murmuró, tocando suavemente una de las flores con sus dedos—. Me veo… bien. En serio bien.
Había una mezcla de dulzura y fuerza en su reflejo. Su masculinidad no desaparecía, solo se suavizaba, se transformaba en algo más amplio. Y esa nueva visión de sí mismo no solo le gustó… lo hizo sentirse guapo. Atractivo. Seguro.
Y por primera vez, eso no le dio miedo.
En medio de ese ambiente de bromas y risas, la puerta se abrió de golpe.
—¿Ya están listos? —preguntó una voz femenina, segura y emocionada. Ella estaba preparando algunos preparativos, para que otros juguetes se los llevaran.
Todos voltearon para ver a Picky entrar con paso decidido, su vestido corto rojo vibrante ondeando a cada movimiento. El diseño ajustado realzaba su figura de manera elegante y atrevida, y llevaba unos pendientes dorados en forma de pequeñas cerezas que se mecían al ritmo de su andar. Su mirada tenía el mismo brillo coqueto de siempre, pero algo en su porte demostraba una seguridad renovada.
Como si estuviera floreciendo realmente, lejos de la presencia de Bubba.
—¡Vaya, Picky! —dijo Bobby asombrada—. Te ves preciosa.
Todos a excepción de uno asintieron, halagando a la cerdita. Mucho se habían dado cuenta de su cambio y probablemente sea por influencia de sus nuevos amigos.
—Gracias, gracias —dijo la cerdita muy feliz que la halagaran sintiendo que su autoestima aumentaba. Pero Hoppy se adelantó tomando su mano y como si fuera instinto Picky giro como si estuviera en la pasarela.
—¡Wau amiga te ves de maravilla! —Menciono la coneja feliz por su amiga.
Crafty por su parte le agrado que Picky se viera bien y confiada, a pesar que casi no hablaban más que nada solo por el tema de los niños. Aun así, estaba feliz, a pesar que su amistad haya terminado.
Pero de repente, Picky volteó la mirada y la posó sobre Dogday. Sus ojos brillaron con ternura y soltó un suave gemido de felicidad al verlo tan arreglado, tan guapo. Una sonrisa genuina curvó sus labios mientras comenzaba a caminar con gracia hacia él, dejando a Kickin atrás.
Fue entonces que pasó justo al lado de Bubba.
Ni lo miró.
Ni una palabra.
Ni un gesto.
Nada.
Fue como si Bubba no existiera.
El ambiente se tensó de inmediato. Por un segundo, Bubba detuvo su respiración. Bubba tragó saliva, bajando ligeramente la mirada. No dijo nada, pero sus hombros cayeron apenas, como si el gesto invisible lo hubiera atravesado. Se quedó quieto, con una expresión que mezclaba remordimiento y resignación.
Sabía que la había herido. Y aunque ya no esperaba perdón, el desprecio absoluto dolía más de lo que admitiría.
Después de todo por mucho tiempo fueron ¿amigos?, sinceramente ya no sabía que pensar.
—Te ves… increíble, Dogday —dijo Picky dulcemente, ignorando por completo al elefante que dejo atrás.
Los demás se miraron uno del otro, sabían la situación de esos dos, pero nadie quiso meterse ni decir nada, no querían problemas ajenos, así que solo se concentraron en su ambiente, una mezcla de emoción, nervios y alegría llenaron el ambiente.
—Gracias Picky. —Contesto el perrito solar, mientras abrazaba a su amiga que parecía estar muy emocionada por la fiesta.
—Por cierto, ¿y Catnap? —Pregunto esta vez Picky sorprendida de no ver a ese gato lunar.
—Al ser la mano derecha del Prototipo, él se tuvo que adelantar para preparar las cosas para la reunión de hoy. —Explico Crafty mientras cruzaba sus brazos y Kickin la abrazaba de la cintura.
Dogday solo suspiro un poco decepcionado porque quería ver a su novio antes de que comenzara el evento.
—Bueno eso explica porque se fue temprano, pero…—La cerdita miro curiosa a Dogday. —¿No se supone que eres mano derecha de Poppy?
El perrito solar asintió. —Poppy me dijo que la veía directo en el evento que por lo demás ella se encargaría con Kissy y que no me preocupara. —Dijo Dogday mientras volvía a mirarse en el espejo disfrutando de su propio reflejo. —Ella quería que disfrutara de esta noche jeje.
—Saben… nunca pensé que llegaría este día. —Esta vez fue Hoppy que se ponía en medio de los Smalling Critters para que ellos pudieran escucharla. — ¡Libres!, Quiero decir… por fin haremos algo diferente seremos más humanos.
Los demás sonrieron y se miraron entre sí.
—Supongo que es gracia a los lideres. —Explico Bubba con una sonrisa orgullosa, ya que él también estaba contento ya no tener que trabajar para los humanos.
—Error… es gracias a Dogday. —Fue Kickin el que interrumpió. Tanto que el líder se sorprendió.
EL nombrado negó con la cabeza. —No… fue Poppy que manejo todo esto. —Dijo el perrito tratante de quitarse méritos, porque sabía que su madre fue la que orquesto todo.
—Tal vez… pero tu diste el primer paso y fuiste al que fundador escucho. —Explico el ave, odiaba hablar de esa basura, pero era un hecho. —Dios… tu nos diste esperanza, cambiaste la fábrica en el primer día que hablaste con él sobre esto… si es un hecho que Poppy tomo el liderazgo para cambiar todo. Pero tú nos diste ese cimiento para ese cambio. —Termino por relatar el ave mientras se acercaba a su amigo y ponía su mano en el hombro, mostrándole con ese aire respetoso dejando en claro que confiaba en él en todo.
—Gracias, Dogday. —Agradeció Kickin con una sonrisa confiada.
Por un momento, Dogday no supo qué decir. Se quedó mirando a Kickin con los ojos ligeramente abiertos, sus orejas temblaban un poco, no de miedo, sino de emoción contenida. Pero antes de que pudiera responder, Bobby se acercó con su sonrisa dulce.
—Yo también quiero darte las gracias, Dogday —dijo la osita con una calidez en la voz que hizo que el corazón del líder se agitara un poco más. —Verte que a pesar del miedo haz actuado tan valientemente, salvando a otros juguetes y a mi… inspiras más de lo que te puedes imaginar.
Crafty le siguió, bajando la mirada por un momento antes de levantarla, dejando ver una sonrisa suave, casi tímida.
—Yo estaba rota… lo sabes. Los humanos me hicieron mucho daño… pero aun así tú y Poppy me devolvieron la oportunidad de sanar. A mí y a Kickin… gracias.
Hoppy brincó con energía, colocándose al lado de Dogday con sus mejillas verdes encendidas de emoción.
—¡Sí! ¡Yo también quiero agradecerte! ¡Eres nuestro sol, Dogday! ¡Tu inspiras a continuar en esta vida a pesar de haber vivido en el infierno! —exclamó, envolviéndolo en un abrazo repentino que lo hizo tambalear hacia atrás.
Incluso Bubba, que hasta ahora había estado en silencio, dio un paso al frente. No levantó la mirada del todo, pero su voz sonó sincera.
—No siempre estuve de acuerdo con tus decisiones… pero ahora lo entiendo. Luchaste por todos, incluso por idiotas como yo. Gracias, Dogday.
Por ultimo Picky se acercó y sin decir otra cosa solo tomo el hombro de su amigo. —Gracias por ser un gran amigo y un gran líder Dogday.
La sala se llenó de una calidez especial, como si el ambiente mismo quisiera abrazarlo. Dogday, con la mirada nublada por las lágrimas, se llevó una mano al pecho, respirando hondo.
—No hice nada solo… lo hicimos todos… juntos. —Su voz tembló, pero su sonrisa era luminosa. Y esta noche… celebremos eso. Nuestro cambio. Nuestra esperanza.
—¡Ya escucharon a nuestro líder!, ¡Vamos a divertirnos Smalling Critters! —Dijo Kickin entusiasmado.
EL grupo se animó mientras alzaban sus manos, bastantes felices.
Y así, entre agradecimientos, risas suaves y miradas cómplices, los juguetes comenzaron a moverse hacia la sala donde se celebraría la reunión.
Una nueva etapa se abría para todos ellos. Incluso Dogday no podía evitar reír mientras caminaba a lado de sus amigos, fue entonces que pensó sobre todo lo que ha pasado.
Realmente estaba esperanzado por el nuevo cambio.
☆*゚ ゜゚*☆*゚゜Comentario de la escritora☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*゚
Holaaaaaaaaaaaaaa mis queridos lectores!!
Les traigo nuevo capitulo!!
Perdonen la demora, ayer me fui de viaje y dios que me la pase increíble, iba a subir el capitulo nuevo el sábado, pero sinceramente ya no tuve tiempo de subirlo, porque antes de hacerlo lo pulo para que puedan leerlo sin problemas, sinceramente fue una semana muy larga para mi y muy agotadora ajaja asi que por eso les traje tarde el capitulo pero aquí esta. Espero que lo hayan disfrutado uwu.
¿Qué les parecio?
Bueno ahora si mis comentarios, sinceramente ame escribir la tortura de Harley por fin su karma llego y el maldito esta recibiendo lo que merece, en especial a manos de su ex pupila y vaya que el pasado que se cargaba, sinceramente me da mucha tristeza lo que le paso a Moonlight y Sunshine, pobres pequeños pero serán los primero juguetes en salir y vivir una vida plena, asi que no se preocupen por ellos uwu.
El siguiente capitulo voy a traer mas dibujos y mas cosas, por ahora sinceramente hasta aquí dejo mis comentarios, estoy que me muero del sueño, llegue a mi casa a las 3 a.m de mi viaje y solo dormi como horas seguidas, porque todo el trayecto se me intumian los pies y no podía dormir, dios hasta cuando baje del camion tenia pies hinchados TwT, ya parecía como la sirenita cada vez que pisaba sentía como si caminara en vidrio roto, asi me sentía TwT.
Por ello necesito recuperarme, espero y la siguiente pueda platicarles mi viaje y compartir mas cosas con ustedes, los amo mis queridos lectores uwu.