Capitulo XXXXI. La última estrategia Parte II.
21 de diciembre de 2025, 15:33
Notas:
⚠️Advertencias⚠️
🐈⬛Este capitulo tiene temas delicados, proceder con precaucion.
🐈⬛ Capitulo largo.
🐈⬛Esta historia es para el público adulto, por lo tanto, si eres menor de edad, te pido de la mejor manera que salgas de la historia, pero aun así si decides ignorar mis advertencias, entonces solo me queda advertirte que estas bajo tu propio riesgo, esta historia encontraras temas moralmente cuestionables, turbios, gore, abusos de todo tipo, altamente toxicidad, sinceramente esta historia hará que te revuelva el estómago. Por lo tanto, estas bajo tu propio riesgo, no quiero saber que después de esto quieras quejarte o que tus padres vengan a quejarse porque serás bloqueado de inmediato. Eso sería todo para aquellos menores de edad.
🐈⬛Si llego a enterarme que uno de mis lectores es menor de edad, sera bloqueado de inmediato sin aviso alguno, Por favor entiendan que no es contenido para su edad. Sobre aviso no hay engaño.
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El frío del piso era lo único que les recordaba que estaban despiertos, que aún respiraban, que no estaban atrapados en alguna pesadilla distorsionada dentro de sus propias mentes. Las puertas reforzadas eran de acero puro, sin rendijas, solo una ranura diminuta para pasar alimentos. Y el silencio... era cruel. Solo interrumpido por los sonidos desesperados de quienes compartían esa prisión con ella.
Kickin se había movido sin parar desde que los encerraron. Su cuerpo no dejaba de chocar contra las paredes, empujaba la puerta, arañaba la superficie, golpeaba con fuerza mientras su voz rasgaba el aire con súplicas y maldiciones. No podía... no quería quedarse ahí. Cada segundo que pasaba encerrado, alejado de Crafty, era un castigo que su mente no podía soportar. Gritaba con desesperación, deseando que lo soltaran, mientras pensaba en Crafty como por sí mismo pudiera alcanzar a su pareja. —¡¡DEJENME SALIR!!, ¡¡SUELTENME BASTARDOS!!—repetía, con las manos temblando, los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño, por la desesperación. Como si pudiera romper las paredes con la pura voluntad.
En la otra esquina, Baba se golpeaba la cabeza contra la pared con movimientos torpes pero constantes, como si tratara de borrar algo de su mente, como si estar en esa celda le trajera recuerdos antiguos que nunca sanaron. Su respiración era pesada, errática, con un gruñido suave y constante que nacía desde lo más profundo de su pecho.
Ni siquiera podía hablar o pedir ayuda. Solo temblaba y murmuraba para sí misma como un mantra sin sentido. Cada golpe contra la pared era un eco del pánico que se negaba a soltar.
Tenía muchísimo miedo, era un miedo atroz que llenaba el ambiente como una niebla invisible. Este encierro, estas malditas paredes tan estrechas, hacían que la oveja negra se sintiera asfixiada y ansiosa.
—Necesito salir... necesito salir... o me harán mucho daño. —Susurro mientras sentía que iba a morirse por estar encerrada, su cabeza sangraba y su hermoso pelaje comenzaba a mancharse de rojo. Baba estaba desesperada y muy ansiosa, odiaba los espacios pequeños, odiaba las celdas le tenía bastante pánico cruel.
Y en otra celda más reforzada, custodiada por dos guardias, sentada en silencio contra la pared fría, estaba Poppy.
Sus ojos, fijos en un punto del suelo, estaban completamente secos. No había rastro de emoción en su rostro. Ni miedo, ni rabia, ni esperanza. Solo un vacío aplastante que lo consumía todo a su alrededor. Su cuerpo estaba entero, pero por dentro, ella ya no estaba. Algo en ella se había roto de forma irreversible. Algo se había apagado.
Porque Poppy había vuelto a ver el horror con sus propios ojos, solo recordar el momento exacto en que halló a su hijo, destrozado, amarrado contra esa cama, mientras las marcas de violación seguían frescas en su cuerpo.
Su hijo, tenía los ojos abiertos. Ojos secos, llenos de terror. Aun buscando a su madre. A ella.
Pero había llegado tarde.
Demasiado tarde.
Su cuerpecito mancillado, con marcas asquerosas que pertenecían a su posible abuelo, esa desgraciada imagen la perseguía, repetida una y otra vez en su mente, como si estuviera grabada a fuego en su retina.
No podía hablar, porque su garganta estaba cerrada por el trauma. No podía gritar, porque ya lo había hecho todo en su interior. Pero por dentro, algo ardía. Una llama salvaje, brutal, destructiva. Una furia que nunca antes había sentido. Que eclipsaba todo lo demás, era ese odio. Un odio venenoso que le recorría las venas como fuego líquido. Un resentimiento antiguo que ahora se desbordaba, imposible de contener. Quería matarlo. Quería hacerlo sufrir. Quería gritarle con cada fibra de su ser, hacerle tragar su propio veneno, su hipocresía, su crueldad.
Y entonces sus ojos... ya no eran suyos. El carmesí se había expandido, devorando el azul original como una herida sangrante. Eran rojos, intensos, inhumanos. El reflejo de algo que se había quebrado de forma irreversible. No parecían ojos de muñeca. Eran ojos de bestia. Ojos de una madre que había perdido todo y que ya no tenía nada que proteger... excepto su rabia.
Las alarmas habían dejado de sonar hacía horas. El eco metálico se había desvanecido, dando paso al más absoluto silencio, y con él, a la certeza de que ya se habían encargado del Prototipo. Tal vez lo habían contenido, tal vez lo habían sedado, o simplemente destruido. Nadie decía nada, pero la ausencia del caos hablaba por sí sola. Poppy no sentía miedo por él, sabía que jamás lo matarían, su amado podía defenderse y jamás permitiría que lo asesinaran.
Él también era una bestia incontrolable, lleno de odio puro como el de ella, que eso hacía que fuera más temido y por ende más vigilado.
A juzgar por la falta de ruido y que los científicos y guardias se habían retirado. El turno de los empleados había terminado. Solo quedaban los guardias. Vigilantes, armados, en su mayoría ubicados frente a las celdas.
Elliot no confiaba en los juguetes.
No después de lo que Poppy había hecho.
Y tenía razón.
El zumbido de la tensión en el aire era tan agudo que los otros apenas lo notaban. Kickin se revolvía en su rincón, mordiéndose los dedos con desesperación, murmurando el nombre de Crafty como si fuera una plegaria. Baba, en cambio, solo golpeaba la pared con su cabeza, una y otra vez, con un gruñido profundo y doloroso. Ella tampoco estaba realmente allí.
Poppy por su parte solo se mantenía tranquila y serena, los humanos pensaron que tal vez por fin se había calmado, pero la realidad era mas peligrosa de lo que ellos ignoraban.
Entonces, un leve ruido rompió el silencio. Un crujido metálico, sutil, detrás de las rejillas de ventilación. Ella no se inmutó, solo giró la cabeza, lentamente, con la certeza de quien sabe que nada es definitivo.
Porque ella siempre salía.
La encerraran donde la encerraran, la traicionaran como la traicionaran, la quebraran como la quebraran... ella siempre salía.
De la penumbra del ducto de ventilación emergió una figura. Un cuerpo pequeño, cubierto de polvo, con las patas temblando por el esfuerzo. Era un juguete un mini Smalling. Uno leal, uno que la buscaba, porque presentía lo que pasaría a este punto cualquiera ya lo suponía. Abrió la rejilla con movimientos veloces, bajando con torpeza.
Sus ojos chispeaban con miedo, pero no por ella. Por lo que había visto.
—Catnap está a salvo... —susurró el juguete—. La doctora pudo salvarlo.
Poppy lo miró con sus ojos carmesí, tan fríos como ardientes, tan vacíos como repletos de furia. No dijo nada al principio. No preguntó por nadie más. Era la información que necesitaba al menos uno de sus hijos está a salvo, ni siquiera pensó en los niños ya que sabía que ellos estarían bien.
Solo se levantó, con la espalda recta, y se acercó al borde al juguete.
Con esa calma siniestra que precede a los desastres.
—Llévame con él —ordenó. Su voz no era un ruego. —Llévame con el Prototipo... de inmediato.
El juguete dudó un segundo. Pero al ver sus ojos ese rojo candente que parecía prometer la extinción del mundo entero, comprendió que estaba frente a algo que trascendía su comprensión. Había en esa mirada una furia primitiva, una promesa silenciosa de extinción, como si el mundo entero pudiera arder con solo una palabra suya. Por un momento, sintió un temor que jamás había experimentado, no ante el Prototipo, sino ante ella.
Y quizá, justo por eso, él la había elegido. Porque Poppy no era simplemente su compañera. Era otra deidad, peligrosa y salvaje, envuelta en cerámica agrietada y voz temblorosa. Una diosa hecha para arder junto a un monstruo. El juguete no dijo nada más. Solo obedeció.
Solo asintió.
Ahora le tocaba a los lideres planear su ataque y nadie les llevaría la contra a esos dioses destructivos.
Y abrió la rejilla del ducto de ventilación, para que ella ingresara, cosa que la muñeca solo miro por última vez a los guardias que ni siquiera se daban cuenta que sería la tercera vez que salía, por lo que ni siquiera miraron su celda. Ahora ella haría que su falta de vigilancia les saliera caro a todos aquellos monstruos que participaron en esa mierda de decisiones y ahora les traería consecuencias.
Así que solo se adentró en el ducto mientras cerraba la ventilación detrás de ella después de que el juguete se metería, para que no dejaran rastro alguno.
Porque Poppy iba a salir.
Como siempre.
Y esta vez, lo haría para quemarlo todo.
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La rejilla chirrió al abrirse, y un débil rayo de luz emergió del pasillo. Poppy entró sin prisa, con pasos decididos pero silenciosos, como una sombra que ha aprendido a cazar en la oscuridad. El aire en aquella sala era denso, pesado, impregnado de una mezcla de electricidad estática y resentimiento acumulado.
Y el infierno la recibió.
La sala era una prisión templada por el miedo humano. Las paredes eran de acero reforzado, el suelo estaba manchado de marcas de arrastre, sangre, quemaduras y huellas imposibles de clasificar, pero sobre todo parecían que aún quedaba partes de los cuerpos que 1006 masacro por diversión y al fondo, él.
El Prototipo.
Encadenado. Sujetado por el cuello, su brazo, las piernas metálicas de araña, el torso, incluso por la mandíbula. No eran grilletes simples, eran amarres diseñados para monstruos, para entes de otra realidad. Su cuerpo temblaba con pequeñas descargas eléctricas que los mecanismos aún soltaban si él se movía de forma errática, como recordatorio de su castigo. Su respiración era irregular, profunda, inhumana. Tenía la cabeza agachada, con su único ojo apagado. Parecía dormido al estar acostado encadenado en el suelo.
Pero no lo estaba. Nadie dormiría con aquellas cadenas y la preocupación de no saber nada de su hijo y del cachorro de Poppy.
Porque apenas ella dio un paso dentro, su ojo se encendió, dejando ver esa luz brillante como si fuera un sol rojizo.
Porque él ya la esperaba.
—Sal. —ordenó Poppy sin mirar al juguete que la acompañaba.
El pequeño obedeció de inmediato, entrando al ducto sin emitir una sola palabra. El silencio volvió, salvo por el zumbido tenue de los artefactos que mantenían atado al monstruo, y el sonido del pecho de Poppy respirando agitado, como si contuviera un mar entero dentro.
La cabeza de 1006 se inclinó solo un poco para observar a su pareja. Con los ojos encendidos por la rabia pura, y, aun así, una chispa de dulzura dolorosa al reconocerla, porque ella está bien, aunque al mirar sus ojos carmesís de ella, se sorprendió porque fue como si viera su mismo reflejo de aquel odio nauseabundo, que lo mataba cada día.
La observó detenidamente, analizando cada detalle con la precisión de una máquina, pero con el dolor contenido de un amante. Poppy estaba hecha un desastre. Su cabello, antes cuidadosamente peinado, caía en mechones revueltos como telarañas de caos. Sus ropas estaban desgarradas en algunos puntos, cubierto de polvo, suciedad y manchas secas de sangre que surcaban su nariz, su mejilla y parte de su torso como cicatrices silentes.
El Prototipo no necesitó más para comprenderlo, aquella flor delicada que tanto protegía... había sido pisoteada otra vez.
Y entonces lo sintió. Como un presagio que le calaba hasta los cimientos. Algo había salido terriblemente mal.
—¿Dónde está mi hijo Poppy? —No hubo rodeos, no hubo titubeos. Su prioridad era clara, como una orden interna que no podía ignorar, saber qué había sido del pequeño que consideraba suyo. Y, sin embargo, en el fondo de sus palabras, había una grieta invisible, una tensión contenida.
Porque mientras el dios exigía respuestas, el amante, el compañero, no podía dejar de observarla. Aun así, primero debía saber la verdad. La de su cachorro.
Poppy se quedó en silencio un instante, como si esas palabras le hubieran clavado una lanza directa en el pecho, pero aun así no iba a derrumbarse llorando, por lo contrario, ya estaba hasta de llorar, lo que quería era simplemente quemar todo.
—Catnap está a salvo... —Contesto dejando en claro que el hijo del Prototipo estaba a salvo, pero en sus ojos apenas se alzaron, lo suficiente para cruzarse con los de su amado encadenado—. Lo logramos. Él está a salvo, lo llevaron al escondite.
Ella levantó apenas la mirada, lo justo para encontrarse con los de su sol radiante, como buscando refugio en esa furia contenida
Pero su respiración se quebró. Se le cortó en la garganta como si hubiese tragado fuego. Sus labios se cerraron en una línea tensa, y la culpa le oscureció el rostro como una sombra violenta. Porque entonces pensó en él. En su pequeño solecito. En Dogday, porque ella no pudo llegar a tiempo para salvarlo. En cómo lo había escuchado gritar. En cómo Elliot no solo la había destruido una vez más, sino que también se había atrevido a tocar a su hijo.
Y eso... eso no se lo iba a perdonar jamás.
—Pero... —susurró entonces Poppy, y su voz se quebró en mil pedazos. Como si esa palabra, tan corta, cargara con el peso de todo un universo de desesperación. Dio un paso hacia el Prototipo, pero sus rodillas temblaron. Como si el suelo ya no quisiera sostenerla. Como si el mundo mismo la rechazara por haber fallado, por haber existido.
Todo de ella era un tormento, su vida cuando era una prostituta antes de que la secuestraran y convirtieran en lo que era. Ahora como Poppy en aquella muñeca y una madre que vio como sus hijos agonizaban.
—Dogday... —su nombre escapó de sus labios como un gemido ahogado, como si con solo pronunciarlo se le partiera el alma.
Y entonces se rompió.
—Tú tenías razón... —añadió ella, y al instante la furia en los ojos de 1006 vaciló, confundida por aquella confesión. Su cabeza se inclinó apenas, escudriñándola con un fulgor expectante, y cuando Poppy notó su silencio inquisitivo, explotó.
—¡NO LO LOGRÉ! —gritó con un nudo feroz en la garganta, cayendo de rodillas frente a la figura encadenada del dios—. ¡No llegué a tiempo! ¡Él... él me necesitaba y no estuve ahí! ¡Él gritaba, Prototipo! ¡Él gritaba mi nombre... y yo no pude hacer nada! —se golpeó el pecho con las manos, con rabia, con impotencia, como si así pudiera castigarse por su fracaso—. ¡NO PUDE SALVAR A MI HIJO!
Su voz se desgarraba con cada palabra, como un cristal rajado que terminaba de estallar. Y sus ojos, se inundaron de lágrimas calientes, gruesas, que caían sin control, empapando su rostro sucio, sucio de polvo, de sangre seca, de vergüenza, de culpa.
De ser una madre de mierda, que no pudo evitar que lastimaran a su hijo y sufriera su mismo destino.
—¡ELLIOT LO TOMÓ! ¡LO TOMÓ COMO A MÍ! —sollozó—. ¡Lo tocó, lo usó, lo destruyó... como hizo conmigo!, ¡ES MI HIJO, y él... él lo...lo...violo!
Las palabras se ahogaron en un gemido brutal, en un espasmo de dolor tan profundo que su pecho pareció cerrarse sobre sí mismo.
Sus piernas temblaron, se le doblaron. No gritó más. No pudo. Las lágrimas corrían sin tregua, calientes, abundantes, resbalando por su rostro. Su pecho se agitaba en espasmos frenéticos, como si el aire ya no supiera cómo entrar. Y ese nudo ancestral, maternal, salvaje le apretaba la garganta hasta dejarla muda, hasta hacerla sentir que iba a desvanecerse allí mismo.
No pensó. Su cuerpo se movió por puro instinto, un impulso primario en busca de seguridad.
Se arrastró, torpemente, hasta él.
El Prototipo que seguía encadenado, solo para poder buscar consuelo en su tacto. Se aferró a la cadena que sujetaba una de las muñecas del Prototipo, como si al tocarlo pudiera no ahogarse, como si su cuerpo encadenado fuera lo único real en un mundo que se caía a pedazos.
Ella sollozaba y gritaba como si con ello pudiera cambiar algo, pero ni siquiera eso podía.
Era el grito de una madre que no pudo llegar a tiempo. El aullido mudo de alguien que daría cualquier cosa por intercambiarse, por cargar con ese horror en lugar de su hijo. Era el colapso de todo lo que había intentado construir desde que obtuvo aquella oportunidad. Su esperanza, su lucha, sus planes, su fuerza... todo hecho pedazos al recordar los ojos de su pequeño. La forma en que lo habían encontrado, hacían que ella enloqueciera y no supiera cómo reaccionar, solo era su odio y el dolor que l amovían por inercia.
El Prototipo no respondió de inmediato. No hubo gritos. No hubo espasmos de ira visibles, ni puños golpeando el suelo, ni cadenas sacudiéndose con rabia. No. Lo que ocurrió dentro de él fue infinitamente más silencioso... y, por ello, mucho más peligroso.
Permaneció en silencio, observando a la muñeca que temblaba contra su cuerpo, rota, sucia, ensangrentada, con la mirada hecha trizas. Poppy... su flor carmesí, su error más bello, una de sus debilidades. Su compañera.
Quería tocarla y acercarla a él, pero no podía sin sufrir de espasmos eléctricos por las cadenas con detectores de movimiento o por estar atado.
Ella, que ahora lloraba no por sí misma, sino por algo más sagrado.
Por su hijo.
Dogday.
Una criatura que debió haber sido protegido, amado, abrazado por la esperanza y el calor, y no marcada por el mismo horror que una vez quebró a su madre. Una vez más, Elliot había tocado lo sagrado. Una vez más, lo había ensuciado. Y esta vez no había redención posible.
La máscara del Prototipo era un muro. No había expresión en ella. Solo ese resplandor rojo que no parpadeaba. Solo crecía y se expandía, como si algo dentro de él estuviera acumulando energía, tan abrasadora, que haría derretir el metal si llegara a escapar.
Por dentro, era otra cosa.
Dentro de él, la rabia ardía con una furia atómica. No era un arrebato, eso era casi imposible que las tuviera, no era como gritar o destrozar cosas. No. El Prototipo no era un animal, ni un ser inconsciente. Su odio era más puro, tan similar como lo compartía con Poppy. Era el tipo de odio que se cocina lento, a fuego negro, que se acumula como un sol implosionando en lo profundo del pecho, buscando una grieta por donde salir.
Sentía cómo cada sistema en su cuerpo temblaba por contenerlo. Cómo su programación misma titilaba, forzada a sus límites. Quería destruirlo todo. Quería arrancarle la vida a Elliot, pero al mismo tiempo deseaba dejarlo vivo para poder atormentarlo por toda la eternidad. Quería hacerlo sufrir, sí... pero no rápido. No con la rapidez que la ira burda desea. No. Lo haría lento. Sistemáticamente. Como él sabía hacerlo. Con método. Con inteligencia. Con maestría.
Porque Elliot había tocado a su muñeca y violado al cachorro de esta.
Pero lo que de verdad comenzaba a crearse un eco en su mente, esa voz que comenzaba a murmurar ciertas palabras que le incomodaban de sobremanera, en especial porque sabia que Poppy no debía saber en realidad, lo que realmente pensaba.
—Entiendo —fue todo lo que dijo el Prototipo, con esa voz grave, profunda, sin emoción, casi artificial. Pero había algo debajo. Algo que solo alguien como él podía esconder con tanto cuidado, la promesa de una masacre.
El Prototipo bajó la mirada hacia ella, su compañera. No extendió la mano. No podía. Las cadenas lo impedían, además que sufriría shocks eléctricos y también la lastimarían a ella si el hacia un movimiento extraño. Pero si pudiera, habría limpiado sus lágrimas. No porque creyera en el consuelo eso era una fantasía infantil, él ya había dejado esa etapa, sino porque esas lágrimas eran suyas también, ella solo debía llorar por él.
Un pensamiento enfermo, lo sabía, pero era lo único que conocía que funcionaba.
Por supuesto sintió lastima por Dogday, porque al final seria su futuro yerno ya que su hijo se casaría con él y por ende parte de él.
—Lo encontraremos —murmuró, lento, como quien recita una sentencia—. Y pagará. Lo haré pagar por cada acción que hizo contra todos.
Poppy solo escucho la voz de aquel dios, que tanto amaba. De alguna forma esas palabras, pronunciadas con aquella calma inhumana y devastadora, lograron rozar algo en su alma desgarrada. No la consolaron del todo, pero sí le dieron un respiro. Le recordaron que no estaba sola en su dolor. Que alguien más ardería con ella.
Aún arrodillada, con su cuerpo débil recostado sobre la fría mano de su amado encadenado, dejó escapar un tembloroso suspiro, como si al hacerlo pudiera soltar, aunque fuera una parte del peso que la oprimía. Sus ojos carmín se entreabrieron lentamente, como si aún le costara creer que todo aquello estaba sucediendo, como si el horror aún no terminara de asentarse del todo.
Pero lo entendía. Ya no podían volver atrás. No después de esa carta. No después de lo que le habían hecho a su hijo.
La paz se había roto de forma irreversible. Ya no quedaba lugar para ilusiones.
Solo para fuego.
Y decisiones.
—Sé que lo harás... —murmuró en voz baja, su mirada alzándose lentamente, cruzándose con la de él. Y fue entonces cuando volvió a estar allí, la otra Poppy. La que se había formado a base de golpes, de pérdidas, de dolor. La que había sobrevivido al infierno. Esa mirada suya, vacía y rota, volvía a brillar con un odio gélido, insondable, que nacía desde lo más profundo de su ser y lo consumía todo.
Ya no era una súplica.
No era una petición.
—Es por eso... que quiero que hagas que comience la Hora de la Alegría.
No lo dijo como un ruego.
Lo ordenó.
Como una reina que ha perdido demasiado para seguir teniendo piedad.
Y por primera vez, incluso encadenado, incluso vencido, incluso herido... Poppy no necesitaba pruebas para saberlo. Elliot estaba muerto.
El Prototipo la observó en silencio, sus ojos que antes solo mostraban una calma casi mecánica, ahora chispeaban con una intensidad distinta, más profunda y aterradora. Aquella orden no era solo un mandato, era un grito que rompía cualquier atisbo de contención en su ser.
Se volvió una victoria.
Por dentro, una llama feroz se encendía, más ardiente y voraz que el mismo sol. Una ira primigenia, devastadora, que consumía todo rastro de lógica o paciencia. La misma rabia que veía en los ojos carmesís de Poppy ahora quemaba en su interior, un infierno silencioso e implacable.
Pero, a pesar de ese fuego infernal que amenazaba con destruirlo todo, el Prototipo permaneció estoico. Su rostro no traicionó emoción alguna, ni siquiera un temblor, mirada fija, como si guardara todo ese torrente de furia en un pozo insondable.
Era el poderoso dios maquiavélico, enfermo de ira y odio, pero maestro absoluto del control.
—Entonces... que se haga realidad. —Eso fue lo último que dijo, su voz saliendo como un eco grave, profundo, condenado a resonar por siempre en el corazón de quien lo escuchara. No necesitaba alzarla, bastaba su presencia, su voluntad implacable. Era su turno para gobernar, y nadie, absolutamente nadie, escaparía de lo que estaba por venir.
Un silencio denso cayó sobre ambos, cargado de significado, de ira, de amor y de tragedia. Poppy seguía aferrada a él como a un ancla en mitad de una tormenta apocalíptica, y aunque su cuerpo aún temblaba, en su mirada ya no había llanto. Solo la chispa de una furia compartida. Una determinación que unía a la muñeca y al monstruo en algo más que un vínculo amoroso.
Eran el caos, El castigo y La consecuencia final.
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La mañana se alzó con un aire denso, casi irrespirable. No había luz suficiente que pudiera disimular la tensión que recorría los pasillos metálicos del complejo, ni el aroma a químicos y sangre seca que se mezclaba con el de la desesperación. El silencio era extraño, como si todos aguardaran una tormenta... o su eco.
Elliot caminaba con paso firme, furioso. La noticia había llegado a primera hora, la cual habían interrumpido descaradamente su intimidad con el hijo de Poppy. Catnap había escapado. Nadie sabía cómo, nadie tenía una explicación coherente. Solo confusión, excusas, teorías vagas. Elliot no toleraba los errores... y menos aun los que lo dejaban en ridículo.
Lo acompañaban dos guardias armados, tres científicos temblorosos... y Jane. Ella caminaba detrás, fingiendo tensión, con la vista alta y los labios sellados, ocultando aquella sonrisa formándose de forma interna, realmente amaba burlarse de su jefe a sus espaldas. La aliada más fuerte de Poppy.
El chirrido metálico de la puerta al abrirse quebró el silencio con violencia. Elliot entró como una tormenta, dejando que su furia llenara cada rincón de la celda. Pero se detuvo al verla.
Poppy estaba sentada en la cama, con las piernas recogidas contra el pecho y los brazos abrazándose a sí misma. Su cabello caía como un velo desordenado y apagado, y sus ojos carmín cansados, sombríos, pero intactos ella ya había regresado hace horas después de hablar sobre el plan para comenzar con la hora de la alegría, se alzaron apenas, con una mueca que fría e indiferente.
—¡¿TÚ LO PLANEASTE, ¿VERDAD?! —gritó Elliot, sin contener la furia que le quemaba la garganta—. ¡Sabías cómo escaparían, tú hiciste que Catnap se fuera! ¡Tú moviste los hilos desde el principio!
Pero Poppy no se movió. No saltó, no se sobresaltó. Se limitó a mirarlo... y luego soltó una risa baja, quebrada, casi burlona, que hizo eco entre las paredes. Ella solo tomo un mechón de su propio cabello para acomodarlo detrás de su oreja como una burla a Elliot.
—¿Yo? —dijo con voz suave, casi infantil, pero cargada de veneno—. ¿Me estás diciendo que tu sistema de máxima seguridad, tus cámaras, tus soldados... todos fallaron por culpa mía? Vaya, Elliot. Me halagas.
Elliot se tensó aún más, los puños cerrados, la mandíbula apretada. Poppy ladeó la cabeza, sus ojos ya no temblaban, ahora brillaban con una mezcla inquietante de cinismo y desdén.
—Tal vez deberías preguntarte quién contrató a inútiles que ni siquiera pueden mantener a un solo juguete bajo control —continuó ella, escupiendo las palabras como un dardo venenoso—. Pero no... claro que no. No es tu culpa. Nunca lo es, ¿verdad?
Jane, desde el fondo, contuvo su risa, estaba rodeada debía presentarse seria, pero era tan difícil, cuando humillaban al fundador. La tensión era palpable. Poppy estaba jugando un juego peligroso. Un juego que podía costarle todo... pero también tenía algo distinto en su voz. Pero no era la única jugadora y eso Elliot lo aprendería a las malas.
Elliot dio un paso más, furioso, pero algo en la postura de Poppy lo detuvo. No era miedo, ni siquiera era arrepentimiento. Era desprecio puro. Ella no le temía. No más.
Y eso... eso lo volvía loco.
—¡CIERRA LA BOCA! —rugió Elliot, su voz desbordando rabia. Se acercó de golpe, tan rápido que los guardias apenas alcanzaron a reaccionar. Su sombra cayó sobre Poppy, enorme, amenazante, pero ella no se encogió. No parpadeó. Lo miró con una calma escalofriante, como si la amenaza no fuera él, sino algo mucho más profundo que ya había roto dentro de ella.
—¿O qué? —susurró Poppy, con una sonrisa helada que no tocaba sus ojos—. ¿Me vas a violar de nuevo? ¿Me vas a amarrar? ¿Vas a destrozarme otra vez para calmar tu ego?
Elliot se quedó congelado. Por un instante, la habitación entera pareció contener el aliento. El veneno en sus palabras era distinto esta vez. No era solo rebeldía... era una confesión envuelta en ironía, en desafío, en algo que ya no tenía nada que perder.
Jane al escuchar eso sintió como si quisiera vomitar. Además, que el odio que tenía hacia su jefe se volvió más severo.
—Te crees un dios —escupió ella, con voz baja pero cargada de fuego—. Pero no eres más que un cobarde que desde que perdió a su adorada Esposa y verdadera hija, te has vuelto alguien patético. Y ahora tienes miedo, ¿verdad? Porque no te temo y tienes más enemigos de lo que aparentas.
Elliot la miraba con los ojos abiertos, respirando con fuerza. Cada palabra la sentía como una astilla en el orgullo. Pero no se atrevía a tocarla. No todavía. Quizás por los científicos, que lo detendrían porque Poppy seguía siendo el juguete más valioso. O porque, muy en el fondo presentía que si volvía a tocarla algo se desataría.
—Catnap escapó por tu culpa —repitió con los dientes apretados—. Lo hayas planeado o no... pagarás por eso.
—¿Pagar? —musitó Poppy con una risa amarga, levantando el rostro con lentitud—. Elliot... ya pagué. Cada segundo en este infierno, cuando me hiciste romper con mi pareja de ese entonces, en el momento que me violaste, en el momento que me hiciste parir, dar a mis hijos y transformarlos en seres inhumanos, además de violar a otro de mis hijos, y sobre todo cuando ya me encerraste. Ya me lo quitaste todo. ¿Qué más puedes arrebatarme?
Los ojos de Elliot ardieron, no con fuego... sino con algo peor, impotencia. No había látigo, ni jeringa, ni tortura que sirviera contra alguien que ya se había quebrado en todos los lugares posibles. Y aun así... seguía sonriendo. Pero lo que más le perturbo es que los ojos de Poppy seguían estando carmín, era imposible y tal vez fue el trauma o por otra cosa, ella destilaba un aura tan peligrosa que desconocía que sea Poppy aquella que tomo su hija alguna vez, después una amante, luego como compañera de negocios y al final como prisionera.
Sin embargo, antes de que pudiera responder, Jane dio un paso adelante. Apenas uno. Fingiendo inquietud.
—Señor... si me permite... quizás deberíamos redoblar la seguridad. Si Catnap escapó, ya salió de la fábrica. No es momento para decisiones precipitadas...
Elliot giró apenas el rostro, exhalando con violencia.
—Quiero que todos los pasillos estén sellados. Que lo busquen. Que no duerman hasta traerme su cabeza. ¡Y tú! —se volvió hacia Poppy otra vez—. No vas a hablar más. No vas a ver a nadie. No vas a tocar nada.
Se dio la vuelta sin esperar respuesta. Los científicos lo siguieron, y Jane se quedó porque tenía que "atender" las heridas de Poppy, ya que había sido elegida para experimentar de nuevo con ella.
El rechinar metálico de la puerta al cerrarse resonó como un eco lejano cuando Elliot y los científicos abandonaron la celda. Solo quedaban los guardias, que permanecían rígidos cerca de la entrada, atentos, aunque ya no con la misma severidad de minutos atrás. La tensión se disipaba lentamente... pero en el ambiente aún flotaba algo pesado, invisible, como un humo espeso que ni siquiera la luz blanca podía disolver.
Jane no se movió de su lugar. Su bata blanca la envolvía como un velo de apariencia inofensiva, pero sus ojos, ocultos detrás de esos anteojos que tantas veces la hicieron parecer una simple doctora más, estaban más vivos que nunca.
—Necesito revisarla. Debe estar lista para los nuevos experimentos que le esperan—dijo con su tono profesional, frío, mecánico.
Los guardias se miraron entre ellos, indecisos. Uno pareció a punto de decir algo, pero Jane se adelantó.
—Solas. Las revisiones serán íntimas... y no quiero más testigos por si ella se vuelve agresiva. Yo me hago responsable.
Una pausa tensa. Luego, el sonido de pasos pesados alejándose marcó la salida de los soldados. La puerta volvió a cerrarse con un suspiro sordo, dejando a ambas mujeres en una calma artificial, casi sagrada.
Jane caminó hasta la cama, despacio. Sacó unos guantes del bolsillo interior de su bata y comenzó a colocárselos con movimientos tranquilos, metódicos. No dijo nada. Solo miraba a Poppy, que seguía abrazada a sus piernas, con el rostro inclinado, como si aún se negara a levantarlo... pero la verdad era que lo hacía por otra razón. Por estrategia.
Cuando Jane se agachó y puso una mano suave sobre su brazo, la muñeca finalmente levantó el rostro. Sus ojos carmín, apagados pero conscientes, la observaron con una mezcla de cansancio y complicidad.
—Lo siento —dijo Jane en voz baja, apenas audible, como si le costara sacar esas palabras—. Por Dogday. Por no haber llegado antes. Por todo lo que... hicieron. De verdad lo siento, Poppy.
El silencio entre ambas fue espeso por un momento. Y luego, sin que Jane lo esperara, la otra sonrió. No una sonrisa feliz... sino una que llevaba la marca del dolor aceptado.
—Tú hiciste lo que pudiste —susurró ella—. Lograste sacar a Catnap y eso te lo agradezco bastante. No es tu culpa. Nada de esto lo es.
Jane se sintió un poco aliviada al escucharla, pero no quitaba el hecho que seguía sintiéndose como una mierda, por haber sido participe de toda esta locura de experimentos.
Los ojos de Jane se humedecieron un instante, pero pestañeó rápido para que no se notara. Sin embargo, algo en su interior se quebró lentamente. Durante años había jugado un papel peligroso, caminando sobre una cuerda floja, fingiendo, esperando, resistiendo. Pero ahora, al ver a Poppy tan destruida... y tan viva al mismo tiempo... supo que ese papel había llegado a su fin.
Y de alguna manera eso le traía paz.
—¿Qué pasó con Kickin y Baba? —preguntó Poppy de pronto, con el ceño fruncido, la voz cargada de preocupación mientras Jane continuaba limpiando sus heridas con manos expertas y suaves, cerrando poco a poco las laceraciones que marcaban su cuerpo.
Jane se detuvo apenas un segundo. Respiró hondo. Sus labios temblaron antes de pronunciar la verdad.
—Están en una celda —respondió en voz baja, casi con culpa—. Los van a usar como ejemplo... para advertir a los demás juguetes que intenten rebelarse. Poppy... los van a ejecutar.
La muñeca sintió cómo algo en su interior se quebraba, como si su corazón si es que le quedaba uno se hubiese encogido en su pecho. Bajó la mirada, con los ojos llenos de una culpa que ya no podía ocultar.
—Ya veo... —murmuró, con un hilo de voz que apenas sostenía el nudo en su garganta. No dijo nada más, pero en su silencio se sentía todo, la culpa por haberlos arrastrado a esto, el peso insoportable de una responsabilidad que nunca pidió pero que jamás evitaría cargar.
Jane bajó un poco la mirada, sin dejar de atenderla. El silencio volvió a caer entre ambas, pero no era cómodo. Era denso, cortante.
—¿Qué pasará ahora? —preguntó la científica, con una mezcla de esperanza y temor en la voz.
Jane sabía que Poppy siempre tenía un plan, una salida entre las sombras, una estrategia escondida incluso en medio del caos. Y ahora, más que nunca, rezaba porque aquella mente brillante no la hubiera abandonado, porque aún guardara una chispa de salvación para Kickin y Bubba, para evitar el destino cruel que los esperaba.
Su mirada se posó en la muñeca, casi suplicante, como si con solo verla pudiera encontrar la respuesta que tanto necesitaban.
Poppy la miró. No dijo nada al principio. Se inclinó hacia ella, como si le fuera a contar un secreto. Su voz fue tan baja, tan suave, que pareció un susurro del mismo abismo.
Lo que le dijo no fue largo. Solo una línea, una frase velada... suficiente para que Jane se quedara inmóvil, como si el frío la hubiera tocado de golpe por la espalda. Su rostro palideció, su mandíbula se tensó, y por un segundo su respiración se detuvo.
Pero se recompuso. Como siempre lo hacía.
—¿Cuántos días necesitas? —preguntó, ya con la voz más firme, aunque sus manos temblaban ligeramente.
Poppy cerró los ojos y apoyó la frente contra sus rodillas antes de responder.
—Dos días. Después de eso... todo arderá. —Explico Poppy mientras miraba a la nada. — ¿Podrás mantener a Kickin y a Baba a salvo mientras tanto?
Jane asintió lentamente.
—Hare lo que pueda...—Contesto la científica, sabiendo que no sería fácil evitar que maten a esos dos.
Su mirada se perdió en la nada. El zumbido de la celda parecía haberse desvanecido por completo. Solo quedaba el corazón latiendo con fuerza en su pecho. Dos días. Ese era el límite. El fin del trabajo. El fin de su papel.
—Entonces... por fin seré libre —dijo, casi como una oración.
Poppy la miró otra vez. Sus ojos ya no tenían esa ira, sino una dulzura melancólica, una especie de cariño antiguo, como el que se le da a una vieja amiga que se va para siempre.
—Te daré el dinero —dijo con firmeza—. Para que puedas cumplir tu sueño. Para ese orfanato que tanto quisiste, y sé que les darás una oportunidad nueva mis niños. Pero antes... tienes que quedarte a escuchar el nuevo plan.
Jane asintió, esta vez sin reservas. Se sentó al borde de la cama, más cerca, como en los viejos tiempos, cuando aún podían fingir que todo esto era solo una pesadilla.
Poppy comenzó a hablar.
Y en su voz... ya no quedaba miedo. Solo propósito.
La científica escucho con atención lo que ahora debía hacer y a quienes debía contactar, para hacer que la salvación del prototipo se hiciera realidad.
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La fábrica estaba sumida en un extraño silencio, uno que ni siquiera el constante zumbido de las máquinas lograba romper. Elliot caminaba por los pasillos con las manos cruzadas a la espalda y una sonrisa apenas curvada en el rostro, relajado, casi satisfecho. Su andar era tranquilo, confiado, como si todo estuviera bajo control. Después de todo, para él el caos era sólo otro engranaje más en su maquinaria.
Pero algo había cambiado.
A cada paso que daba, notaba cómo las miradas se deslizaban hacia otro lado. Los juguetes que antes se hacinaban a lo largo de los pasillos ahora se apartaban en cuanto escuchaban el eco de sus zapatos. Incluso algunos empleados técnicos, asistentes, científicos menores desviaban la vista o encontraban excusas para desaparecer detrás de puertas o esquinas.
La voz se había corrido.
Todos sabían lo que había hecho.
Pero a Elliot no le importaba.
De hecho, le divertía el miedo. Era un recordatorio de su poder. Si aquellos idiotas querían susurrar a sus espaldas, que lo hicieran. Al final del día, él seguía siendo la mente detrás del proyecto, el amo de la fábrica, el único con el control absoluto.
Entró a su oficina con un suspiro cansado, casi fastidiado, mientras cerraba la puerta con un golpe seco detrás de él. Había dado instrucciones claras de que su despacho fuera limpiado tras el caos que había desatado con Poppy, y al menos eso se había cumplido. Todo estaba en su sitio, impoluto... como si nada hubiera ocurrido.
Apenas cruzó el umbral, notó cómo su secretaria desviaba la mirada, incapaz de sostenerle los ojos. Sus manos temblaban apenas sobre el teclado, y sus labios estaban apretados en una línea tensa. Elliot lo notó todo, cada detalle, y lo detestó.
Bufó con desprecio, sin molestarse en disimularlo. Qué conveniente, pensó, qué fácil era ahora mostrar esa expresión de incomodidad, cuando antes simplemente se había quedado mirando hacia otro lado, callada, cómplice por omisión.
Hipócrita.
Eso era todo lo que veía en ella. Otra pieza más del engranaje que fingía tener moral solo cuando le convenía.
—Señor Ludwig —dijo ella, con un hilo de voz—. Uno de sus... colaboradores ha llegado sin previo aviso. Insiste en verlo.
Elliot ni se molestó en preguntar quién. Hasta que ella lo dijo.
—Elizabeth Howard.
La sonrisa que Elliot había mantenido durante todo el trayecto se desdibujó al instante. Un leve tic le saltó en la mandíbula.
—¿Qué quiere? —preguntó, tenso.
—Dice que es urgente... y que no se irá sin hablar con usted.
Elliot cerró los ojos por un instante, como si el solo acto de oír su nombre le provocara jaqueca. Elizabeth. Su exnovia. Su inversora más temida. La mujer que había financiado buena parte de sus investigaciones... y que, para su desgracia, no era de las que se dejaban manipular ni con halagos ni con excusas.
No tenía escapatoria.
—Déjala pasar. —Elliot no tuvo remedio más que ceder, mientras caminaba a su escritorio, realmente preparándose mentalmente con lo que tuviera que decir esa psicótica.
La puerta se abrió con fuerza y Elizabeth entró con paso firme, los tacones resonando como martillos en el piso encerado. Su cabello, recogido en una coleta tirante, acentuaba la rigidez de su porte, mientras el abrigo de piel, apenas abrochado, dejaba entrever una presencia imponente y el rostro lleno de rabia.
—Sigues siendo el mismo bastardo incompetente —escupió, sin molestarse en saludarlo, señalándolo con un dedo acusador como si le marcara el camino directo al infierno. Elliot apenas frunció el ceño, incapaz de disimular la mueca de fastidio que le provocaba su sola presencia, maldiciéndose internamente por haber tenido alguna vez la estupidez de salir con ella.
—¡Los informes que me mandaste están llenos de inconsistencias! —continuó, alzando la voz con furia creciente—¡Sigues perdiendo dinero, Elliot! ¡Números rojos otra vez!
Elliot apretó los dientes. Por un instante, sus nudillos se pusieron blancos al cerrar los puños sobre el escritorio. Luego, con una lentitud medida y peligrosa, se puso de pie, sus ojos clavándose en los de ella con una frialdad contenida.
—Controla tu tono, Elizabeth —gruñó, su voz baja y venenosa, como un cuchillo deslizándose entre costillas—. No estás en una junta de accionistas, estás en mi oficina. Y tú más que nadie sabes que ese maldito presupuesto se desangra por culpa de las constantes exigencias de los inversionistas. No puedes pretender resultados milagrosos si cada mes cambias las reglas del juego. —Por supuesto que mintió y quiso voltear la situación, sabía que Poppy había dado algunos avances, pero aun así por alguna razón había cosas que no cuadra daban cuando ella tenía el mando.
Solo sabía que cuando Elizabeth se fuera iba a joder a Poppy hasta hacerla hablar, respecto al tema.
Elizabeth soltó una risa amarga, sin humor, dejando caer su bolso sobre la mesa con fuerza.
—¿Y me vas a echar la culpa a mí, después de que te di todo? —replicó con los ojos entrecerrados—. Te entregué millones, Elliot. Confianza. Tiempo. ¿Y tú qué hiciste? Seguir metido hasta el cuello, con tus proyectos especiales.
Él no respondió de inmediato. Se limitó a observarla con una mezcla de desprecio y cansancio.
—Lo que pasa aquí es más grande de lo que entiendes —dijo finalmente, recuperando el tono frío y manipulador que tan bien manejaba—. Todo experimento requiere sacrificios. Pero si no tienes el estómago para verlo, entonces tal vez este proyecto ya no es para ti.
—No me vengas con tus malditas frases teatrales —interrumpió ella, golpeando con la palma el escritorio—. Lo único que me importa es saber por qué Poppy no ha sido puesta frente, ¿Dónde está ella?, quiero hablar con ella. Ahora.
Elliot tragó saliva. Su mandíbula volvió a tensarse.
Elizabeth lo miró con atención, y en cuanto notó ese mínimo gesto de duda, sonrió con malicia.
—Ah... ya veo. ¿Tienes miedo de lo que pueda decir? ¿O es que ya no tienes el control, Elliot?
La palabra "miedo" retumbó en su mente como una sentencia.
Y por primera vez en mucho tiempo... no pudo negarlo.
El corazón de Elliot dio un vuelco, pero se obligó a no mostrarlo.
—No es buen momento. Está... indispuesta —respondió, midiendo cada palabra, buscando mantener el control que sentía resbalársele entre los dedos.
—No me interesa si está con fiebre o esté haciendo otra tarea—gruñó Elizabeth con los ojos llameando—. Quiero verla. Ahora.
—Elizabeth... —murmuró, en un último intento de apaciguarla, de ganar tiempo, aunque fuera solo unos minutos.
—No juegues conmigo, Elliot —lo cortó de inmediato, y su voz se volvió un filo de hielo—. ¿Crees que los demás inversores no están atentos? ¿Que no han escuchado los rumores que se arrastran por esos pasillos como ratas? Porque yo sí. Y si no me dejas hablar con ella, voy a hacer correr la voz de lo que estás ocultando. Y cuando ellos se enteren, vas a ver cómo se desangra tu lindo laboratorio sin un solo centavo.
Elliot sintió cómo su garganta se secaba al instante. Cada palabra de ella era un disparo directo a su poder, a esa frágil estructura que había construido con mentiras, amenazas y falsas promesas. No podía permitirse una rebelión interna, y mucho menos externa. No ahora, no con la tensión que había en el aire, con los juguetes al borde del caos, con la prensa husmeando cada vez más cerca de las instalaciones.
Lo miró con desprecio, como si fuera una cucaracha atrapada en un frasco.
—Te doy una hora. —Eso fue todo lo que dijo Elliot derrotado, sintiendo por primera vez en mucho tiempo algo parecido al miedo. No tenía escapatoria. Sabía que, si Elizabeth se reunía con Poppy, esa muñeca haría algo y lo peor la conocía tan perfectamente que le aterraba lo que Poppy podría hacer.
Pero ahora no podía retroceder.
Y Poppy... Poppy ya no era alguien a quien pudiera controlar.
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La luz fluorescente parpadeó una vez sobre la celda de concreto antes de que la cerradura chirriara con violencia, arrastrando consigo un eco metálico que rompió el silencio gélido de aquel pasillo subterráneo. Poppy, encorvada contra la pared, apenas alzó la cabeza. Su cabello enmarañado le cubría parcialmente el rostro, y su cuerpo, aunque aún firme, temblaba con cada respiración. Deseaba volver a bañarse y tener ropa limpia, pero tenía que esperar mientras el Prototipo movía todo en las sombras.
Poppy entrecerró los ojos al ver entrar a dos trabajadores con batas blancas. Uno de ellos frunció el ceño ante el estado de la habitación, sucia, húmeda, con el aire viciado por el encierro y la sangre reseca que aún manchaba una esquina del suelo.
—Limpien esto —ordenó sin mirarla directamente, con un tono impersonal, como si hablara de un mueble roto—. Y cambien su ropa. Que esté presentable.
Poppy permaneció inmóvil, sentada en el rincón, con el cabello enmarañado cayéndole sobre los hombros, las mejillas hundidas por la fatiga realmente su cuerpo era sorprendente, como no necesitaba de comer y aun así parecía que no había comido en días, por lo flaca que estaba, algo que los científicos les sorprendió de sobre manera, además de sus ojos carmín, esa muñeca era todo un misterio, pero con la mirada intacta.
Se acercaron sin cuidado. Uno la sujetó del brazo con brutalidad, obligándola a ponerse de pie, mientras otro le arrancaba la camisa desgarrada y manchada de sangre. La tela colgó por un instante antes de caer al suelo, como el último vestigio de su dignidad. Su pequeño cuerpo frágil a simple vista, pero marcado por una historia de tortura, quedó expuesto bajo la luz implacable. Sus pechos, más propios de una mujer que de la muñeca que solían llamar, quedaron al descubierto sin el más mínimo pudor por parte de los presentes.
Solo manos ásperas y apresuradas, toscas, deslizándose sobre su cuerpo como si fuera una herramienta sucia, como si no mereciera respeto ni dignidad, se sintió sucia como las manos ajenas lavaban su cuerpo con agua helada, haciendo que su piel se erizara, pero lo peor fue que uno de los empleados quiso meter uno de sus dedos, en un lugar que no debería.
Su cuerpo se tensó de inmediato, el corazón le martilló el pecho.
—Quita tu maldita mano —escupió ella con voz ronca, temblando de furia.
El trabajador la miró un segundo, sorprendido. No por su amenaza, sino porque aún tuviera fuerza para decirla. Otro, más prudente, se acercó de inmediato y lo empujó con el codo.
—¿Estás loco? Nos vigilan, imbécil.
El abusador murmuró algo entre dientes y se apartó, pero la intención ya había sido clara. Poppy respiró con dificultad. Su cuerpo temblaba, no por el frío, sino por el asco, por la humillación. No lloró. No les daría eso.
Le pusieron un vestido blanco. Estaba limpio, sí, pero rígido, tieso, como hecho para una muñeca de escaparate. El cuello le apretaba y la tela rozaba las heridas aún frescas, haciéndola jadear en silencio mientras se ajustaban los botones con brusquedad. Cuando la soltaron, cayó de rodillas, pero se obligó a ponerse de pie sola, mordiéndose el interior de la mejilla para ahogar el dolor.
Y entonces comenzó la marcha.
La obligaron a caminar sola. Nadie se molestó en ayudarla. Los pasos de los guardias eran largos, pesados, como truenos en el pasillo brillante, y Poppy debía trotar detrás de ellos para mantenerse a su ritmo. Cada zancada era una tortura.
Cuando terminaron, la sacaron a empujones hacia el pasillo. Las luces fluorescentes parpadeaban sobre su cabeza, y cada paso que daba le dolía hasta los huesos. Nadie la cargó. Nadie se molestó en notar que apenas podía mantenerse en pie. Sus piernas temblaban con cada paso, obligadas a seguir el ritmo de los hombres altos que la escoltaban. Cada zancada suya era tres pasos de ella.
—No vas a decir nada que no se te permita —le dijo uno de los empleados, acercándose como una sombra—. Si hablas de más, será peor para ti. Lo sabes.
—Son solo negocios —añadió otro con un tono casi burlón—. Sonríe. No querrás arruinarle la tarde a Elliot.
—Y si se te ocurre hacértela de mártir —interrumpió el primero— Recuerda que ya no eres especial para nadie. Nadie va a salvarte.
Poppy no respondió. Todo esto, cada paso, cada amenaza disfrazada de orden, estaba ocurriendo exactamente como ella lo había previsto. Aquel accidente con el Prototipo. Las sospechas de Elizabeth. La creciente presión de los inversores. Incluso la forzada reunión que Elliot había intentado evitar... todo estaba ocurriendo bajo su diseño, solo tuvo que cambiar sus planes y adaptarse a lo nuevo. Como piezas ciegas que creían tener el control de la partida
Y esos dos idiotas, esos pobres diablos que creían tener el poder sobre ella por ser capaces de sujetarla del brazo o arrojarle agua helada, no eran más que insectos. Cucarachas que aún no sabían que el zapato ya estaba bajando.
Los grabó en su memoria sus Nombres, sus voces. Cada detalle quedaría archivado para cuando el tablero se diera vuelta.
La puerta de la oficina de Elliot se abrió como si nada y el fundador como la empresaria esperaban a la recién llegada. Elliot estaba de pie, apoyado con falsa despreocupación en su escritorio, pero el tic nervioso en su ceja derecha lo traicionaba. Elizabeth lo esperaba sentada en uno de los sillones, los brazos cruzados y la mirada clavada en la entrada como una juez esperando al acusado.
Poppy entró escoltada por los dos empleados que la arrastraron hasta allí. Sus piernas temblaban, no por debilidad, sino por el esfuerzo sobrehumano de no caerse frente a ellos. Los pasos pesados de los demás resonaban detrás, pero cuando la muñeca se detuvo en el centro de la sala, todo pareció congelarse.
Elizabeth la observó con una mezcla de dureza y extraña atención. La mirada le recorrió el rostro, los brazos y apenas un destello de furia cruzó por sus pupilas antes de borrarse tras una máscara de desdén bien ensayado.
Poppy, tras recuperar un poco el equilibrio, alzó la barbilla con elegancia contenida. Tomó con sutileza los pliegues de su falda y realizó una reverencia impecable, tan refinada como una actriz en el escenario más exigente.
—Señorita Elizabeth —pronunció con una sonrisa medida y una voz melosa, impecablemente modulada—. Es un verdadero placer volver a verla.
La cortesía era una máscara que llevaba con maestría, pero bajo ella latía una alegría genuina. No por la farsa frente a Elliot... sino porque, frente a ella, se encontraba otra pieza clave en su tablero: su amiga, su aliada, su confidente en las sombras.
Elizabeth alzó una ceja, su mirada filosa como navaja se paseó por la figura de Poppy sin inmutarse. El silencio pareció eternizarse antes de que se pusiera de pie lentamente.
—Tu concepto del gusto es cada vez más cuestionable, Poppy. —soltó con frialdad, como si la sola presencia de la muñeca le resultara ofensiva—. Tu desempeño ha sido vergonzoso, tus números... inaceptables. Estoy considerando seriamente retirar mi inversión si sigues actuando como si fueras la dueña de este lugar.
Elliot dejó escapar una risa contenida, confiado, y cruzó los brazos con la autosatisfacción del que cree haber recuperado el control. Aquellas palabras eran música para su ego.
Pero el concierto se interrumpió de golpe.
Elizabeth se giró hacia él con la misma serenidad cruel, sin elevar la voz, sin perder la compostura... y, aun así, la atmósfera se volvió más pesada al instante.
—Lo escuchaste perfectamente —replicó ella, clavándole la mirada como una daga—. Te lo dije antes y te lo repito ahora, no me interesan tus excusas, Elliot. Todo lo que tenía que decirte ya lo he dicho. No pienso perder un segundo más oyendo tus balbuceos defensivos ni tus intentos mediocres de justificar lo injustificable. ¡Ahora déjanos solas!
El tono no se elevó, pero la tensión lo volvió ensordecedor.
—No puedes simplemente sacarme de mi propia oficina, Elizabeth. Esto es—
—¡Señor Elliot! —La voz interrumpió como un trueno cuando un trabajador, joven y evidentemente nuevo, irrumpió en la oficina sin haber tocado. El sudor le perlaba la frente y su respiración agitada no dejaba lugar a dudas, venía con algo urgente.
Elliot apretó la mandíbula con tanta fuerza que por un instante pareció que sus dientes rechinarían como engranes oxidados. Si un simple trabajador interrumpía una reunión de ese calibre y usaba esa palabra —"importante"— con tanto desespero, entonces debía ser grave. Pero su orgullo no quería ceder. No quería dejarlas a solas.
El silencio se volvió denso, cargado de tensión. Miró a Poppy, luego a Elizabeth. Ambas lo sostenían con la mirada, imperturbable. Finalmente soltó una maldición entre dientes y, sin dignarse siquiera a mirar atrás, se dio media vuelta.
—Más te vale que esto sea serio —escupió antes de empujar la puerta con violencia y seguir al joven por el pasillo.
La sala quedó en completo silencio. Solo el leve susurro del aire acondicionado rompía la quietud.
Elizabeth se quedó de pie un segundo más, respirando hondo, y luego se giró hacia Poppy. Toda su dureza se evaporó al instante, cuando corrió hacia ella y se arrodillo para tomarla entre sus manos, haciendo que ambas se abrazaran. Elizabeth se preocupaba mucho por ella en especial cuando la última vez que la vio parecía herida, como si hubiera salido de un hospital, por supuesto Poppy le conto sobre Harley y Elizabeth vaya que festejo que al bastardo lo quitaran del camino.
Pero no hubo mucho contacto después de eso, de alguna manera ambas estaban muy ocupadas.
—Por Dios, ¿estás bien? —susurró, acercándose a ella con los ojos nublados por una mezcla de preocupación y rabia contenida—. Me entregaron tu carta. Vine tan rápido como pude cuando termine de leerla, describiendo lo que Elliot te estaba haciendo, pidiéndome que ayudara, ¿Qué demonios está pasando?
Poppy alzó la mirada, una chispa cómplice brillando en sus ojos. Por supuesto le había ordenado a Kissy que escribiera una carta a Jane para que lo entregara a empaquetaría, haciéndose pasar por ella y explicándole brevemente sobre lo que estaba pasando, además de entregarle cierta fortuna por su ayuda.
— Me alegro tanto de que hayas venido a mi ayuda.
Elizabeth negó con la cabeza suavemente, aunque una pequeña sonrisa se asomó en su rostro.
—Eres una loca brillante. —susurró, tomándole las manos con delicadeza—. Cuando te vi entrar, casi no te reconozco. ¿Por qué te ves tan deteriorada?, ¿Cómo si no comieras?, ¿No se supone que no tienes esa necesidad? —La empresaria tenía muchas dudas, pero, aunque Poppy quisiera contestarlas no tenían mucho tiempo, había fabricado otra distracción para que Elliot las dejara en paz.
—Eso no importa ahora. Escúchame, Elizabeth. Necesito contarte algo y quiero que me prestes toda tu atención. —La voz de Poppy temblaba ligeramente, pero se mantenía firme. Extendió una mano temblorosa y tomó con delicadeza uno de los dedos de la inversora, aferrándose como si ese pequeño gesto fuera lo único que la mantenía en pie. En sus ojos carmesí brillaba la desesperación contenida, y no necesitaba decir más para que Elizabeth entendiera que el tiempo apremiaba.
Sin decir palabra, Elizabeth asintió, el gesto solemne, y la condujo al sofá. Ambas se sentaron. La inversora tomó aire y se preparó para escuchar, dejando atrás cualquier apariencia de cortesía o diplomacia. Ahora eran solo dos mujeres en una guerra silenciosa.
Poppy no perdió ni un segundo. Con la voz baja pero cada vez más cargada de emociones, le contó todo, en palabras rápidas, crudas, sin adornos. Cómo Elliot había lastimado a Dogday, su hijo.
Elizabeth no la interrumpió. Solo escuchó. Cada palabra golpeaba sus entrañas con el peso de una verdad que ya sospechaba, pero que ahora se confirmaba con brutalidad. El rostro sereno de la empresaria se fue transformando lentamente, primero asombro, luego disgusto... y al final, ira.
—Y tengo un plan —añadió Poppy al final, bajando la voz, apretando con más fuerza la mano de Elizabeth—. Voy a destruir esta fábrica. No solo a Elliot, sino todo lo que construyó. Lo que representa. Lo que nos hizo. No voy a permitir que esto continúe... no más.
Un silencio pesado las envolvió. Elizabeth cerró los ojos un momento, como si necesitara procesar todo en una sola inhalación. Luego, volvió a abrirlos, y en ellos ya no había duda. Solo decisión.
—¿Qué pasara con los niños? —Pregunto Elizabeth mientras pensaba en el plan de Poppy, todo era arriesgado y muy apresurado. Pero sabía que aquella muñeca siempre tenía todo calculado.
—Te mandare otra carta y documentos, la carta te explicara mi plan a detalle y los documentos, son pruebas de lo que hacen en esta fábrica. —Explico mientras suspiraba y miraba la puerta por si Elliot venia. —Tengo una aliada... ella se comunicará contigo en dado momento.
Elizabeth palideció ligeramente. Si esas pruebas eran reales y lo eran, no tenía duda, podían demoler toda la estructura legal sobre la que Elliot había construido ese infierno disfrazado de fábrica.
—¿Y esa aliada? —preguntó con cautela.
Poppy dudó un segundo, solo uno.
— Su nombre es Jane. Doctora, trabaja en uno de los sectores más restringidos, pero ha visto lo mismo que yo. Ella también quiere terminar con esto. Cuando sea seguro, ella se comunicará contigo. Confía en ella como confías en mí.
Elizabeth asintió lentamente, pero su rostro denotaba inquietud. No miedo, sino una conciencia feroz de que ya no había marcha atrás. Ya estaban dentro del juego, por supuesto ayudaría a Poppy no solo porque eran viejas amigas, sino porque eso significaba acabar con la basura de Elliot.
Ese infiel que se atrevió arruinar más vidas.
—Entiendo. Pero te lo advierto... si esto falla, Poppy, no vas a tener una segunda oportunidad. Elliot destruirá todo. Y tú...
—Lo sé. —La muñeca sostuvo su mirada, tranquila, con una resignación que dolía—. Por eso no pienso fallar, no estoy sola en esto. —Porque tenía razón, ella tenía al Prototipo de su lado y esta vez ya nada evitaría que la hora de la alegría se hiciera realidad.
Justo en ese instante, la puerta se abrió con un golpe seco. Elliot entró con el ceño fruncido, y aunque intentó disimularlo, su molestia era evidente. Algo no le había gustado de lo que le mostraron. Llevaba el periódico aún en la mano, doblado con fuerza, y la arruga de su frente era profunda como una grieta.
—¿De qué hablaban? —preguntó sin rodeos, clavando los ojos en Elizabeth y luego en Poppy.
—De que tu hija me convenció para darte más dinero. —explicó con tono ligero, alzando una mano decorada con anillos como si espantara una molestia—. Tienes mucha suerte de tener una compañera tan persuasiva como ella.
Elliot entrecerró los ojos, desconfiado. Pero Elizabeth no le dio oportunidad de interrogar más. Se puso de pie con la gracia natural de una reina en su corte, y caminó hacia él con paso firme. Se detuvo justo frente a su rostro, y aunque él era más alto, el peso de su mirada lo obligó a reacomodarse en su lugar. Elizabeth era todo lo que él odiaba y temía: poder envuelto en control absoluto. Jamás se dejaba intimidar. Jamás temblaba, a diferencia de su difunta esposa, Elizabeth era una cazadora como él... por ello nunca funcionaron.
—Hablaré con los otros inversores. Les diré que mantengan el flujo de dinero... por ahora. —Su voz era calma, pero cada palabra era un filo afilado—. Pero más te vale, Elliot Ludwig, que esta vez nos muestres números verdes.
Elliot no respondió de inmediato. Ni siquiera respiró hondo. Solo la miró con ese rictus contenido que usaba cuando estaba siendo desafiado. Elizabeth sostuvo la mirada sin pestañear.
—Porque si no... —continuó ella, su tono aún más bajo—. Me aseguraré personalmente de que esta fábrica se hunda. Y no me importa cuántas piezas de propaganda tengas. Haré que la clausuren desde la raíz.
Y dicho eso, le dio la espalda con la misma elegancia con la que había entrado, recogiendo su bolso de la mesa sin apuro, como si la tensión del ambiente no la rozara en lo más mínimo. Poppy se mantuvo inmóvil, observando cómo salía de la oficina sin decir una sola palabra más. La puerta se cerró tras ella con un leve "clic", pero fue más contundente que un portazo.
Elliot se quedó mirando la puerta durante unos segundos más. Luego bajó la vista hacia Poppy, que lo observaba sin expresión.
Elliot se quedó inmóvil apenas unos segundos más, como si intentara tragarse su propia furia, pero la contención le duró muy poco. De un movimiento brusco, el periódico de su mano lo arrojó con fuerza hacia Poppy. El objeto voló por el aire y golpeó a la muñeca en el hombro antes de caer sobre su regazo. No fue doloroso, pero el gesto estaba cargado de rabia.
—¿Qué es esto, Poppy? ¿¡QUÉ DEMONIOS ES ESTO!? —gritó, señalando con el dedo el diario mientras avanzaba hacia ella. Su rostro estaba encendido, con las venas marcadas en el cuello y los ojos fuera de sí.
Poppy bajó lentamente la mirada al periódico que descansaba ahora sobre sus piernas. Lo alisó con calma, sus finos dedos extendiendo la arruga justo sobre la portada. En grandes letras negras, el titular decía: "Criatura desconocida ataca en pueblo cercano. Se cree que escapó de Platytime Co.". Y justo debajo, una imagen capturada de lejos y entre niebla: era Catnap, o al menos una figura muy similar a él, corriendo entre los árboles, distorsionada por el flash, pero reconocible. Jane había hecho su parte. La foto era convincente. Con eso, desviarían la atención hacia afuera... lejos del lugar donde realmente se escondía.
—¿¡Tienes idea del escándalo que esto puede causar!? —vociferó Elliot, apuntando con el dedo tembloroso—. ¡¿Cómo demonios se supone que voy a explicar esto a la prensa, a los donadores!?
Poppy no apartó la vista del periódico. Solo lo observaba, sin cambiar su expresión. Su rostro de porcelana no revelaba ni culpa ni orgullo, solo un silencioso reconocimiento de que las piezas se movían. De que ese caos era necesario.
Elliot alzó los brazos, girando sobre sí mismo como si buscara a alguien más con quien compartir su furia. Pero estaban solos. Nadie más que esa muñeca perfecta e impenetrable.
—¡Todo esto es por tu culpa! ¡Eres tú quien los descontroló! ¡Eres tú la que los defiende, la que los oculta! —bramó señalándola directamente, los dedos rígidos como si quisiera perforarla desde lejos—. ¡Esa cosa debería estar muerto o en el mejor de los casos, dándonos futuros juguetes, no corriendo libre por el maldito bosque!
Poppy alzó lentamente la vista, clavando sus ojos carmesíes en él. En su interior hervía una mezcla de tensión y vértigo, pero no se permitió mostrarlo.
—¿Por qué sería esto mi culpa? Quiero decir... tus guardias no hicieron bien su trabajo. —explicó Poppy con una calma casi insultante, mientras dejaba el periódico a un lado como si fuera basura irrelevante.
Pero Elliot no se inmutó. Ni siquiera intentó contenerse esta vez.
—¡TÚ LOGRASTE SALIR! ¡¿QUÉ PUTAS ME ASEGURA QUE NO TUVISTE ALGO QUE VER CON EL ESCAPE DE CATNAP?! —rugió, tan alto y cargado de ira que el eco de su grito rebotó por toda la oficina. Afuera, los trabajadores debieron haberse detenido por un segundo, preguntándose si era buena idea seguir cerca.
Poppy giró levemente la cabeza hacia él, el gesto sutil de quien no se molesta en fingir sorpresa ni indignación. Su rostro era una máscara impasible, perfectamente compuesta. Su voz, en contraste con el rugido de Elliot, fue firme, controlada, sin elevar el tono ni una sola nota.
—Porque mi objetivo es rescatar a mi hijo Dogday. —respondió, sin titubeos. Lo dijo con una seguridad tan absoluta que por un instante llenó el aire. Una afirmación incuestionable. Pero también era una mentira disfrazada de verdad, una narrativa cuidadosamente tejida para ocultar lo que realmente estaba ocurriendo.
—¿Y qué se supone que significa eso?,¿Desde cuándo te importan más ellos que la empresa que te devolvió la vida?, ¡No eres más que una muñeca hecha por mí, me perteneces Poppy! ¡TÚ LEALTAD ES HACIA MÍ!
Poppy mantuvo la mirada sin pestañear. El insulto no la afectó. No exteriormente. Solo lo dejó hablar, escupir su veneno, arrastrar cada palabra con el desprecio con el que siempre había ocultado su miedo. Porque eso era lo que era Elliot ahora, miedo disfrazado de autoridad.
—No me he olvidado, Elliot. Ni por un segundo, sé que eres mi padre... Desde que desperté como Poppy, me cuidaste... me enseñarse y me criaste, dijiste que me amabas como a una hija...—Ella comenzó a hablar recordando aquellos tiempos, donde eran los más felices de su vida. — Pero también recuerdo el día que ese amor se volvió un sentimiento retorcido... y antes de darme cuenta, dejaste de mirarme como tu hija, Pecaste al destruir lo que decías ser: un padre.
Su voz era baja, pero cada palabra se sentía como un golpe seco en el pecho, aun recordando cuando ese hombre la hizo su "amante" por años. Elliot quiso replicar, pero no pudo. No aún.
—Y ahora —continuó ella—, volviste a pecar. Cuando utilizaste a uno de mis hijos como mi remplazo... al que se supone que es tu nieto, lo tomaste, lo corrompiste, lo quebraste como lo hiciste conmigo. ¿Esperas que me quede cruzada de brazos mientras repites la historia una y otra vez, destruyendo lo que tocas con tu falsa idea de control?
Se acercó un paso. Ya no había distancia segura entre ambos.
—Yo te sentencié ese día, Elliot. El día que vi lo que le hiciste a Dogday. Ese fue el día que dejaste de ser un hombre para mí. Y ahora... te haré pagar. Con creces. Lo juro por todo lo que me queda. —Por supuesto Poppy dejo de importarle lo que le hiciera a ella, desde que se volvió madre su prioridad siempre fue sus hijos, pero al ver como Elliot realmente abuso del tesoro de ella, ya había cambiado en absoluto su pensamiento.
El rostro de Elliot se contrajo. Era evidente que había más miedo que rabia ahora. No de perder el poder, sino de perder el control sobre Poppy, sobre esa criatura que él creía su creación, su posesión. Se tambaleaba.
—¡GUARDIAS! —bramó de pronto, rompiendo el aire como una explosión. Su voz era un grito de desesperación disfrazado de orden—. ¡LLÉVENSE A ESTA COSA DE INMEDIATO! ¡ENCIÉRRENLA DE NUEVO!
La puerta se abrió con violencia y dos guardias uniformados entraron al instante, alertados desde antes, esperando esa señal. Se acercaron con rapidez hacia Poppy, pero ella no se movió. No forcejeó. Solo los miró con una mezcla de odio y asco mientras le tomaban los brazos.
—Llévenla a la celda de contención. Y que no salga. Hasta nuevo aviso.
Poppy apenas alcanzó a girar el rostro hacia él, pero justo cuando los guardias empezaban a llevarla fuera, Elliot lanzó una última palabra que congeló el aire.
—Y ahora... voy a desestresarme, con mi nuevo juguete. — Él sentido con dirección hacia ella.
Todo en Poppy se detuvo. La imagen de Dogday se clavó en su mente como una lanza: sus ojos, su voz, sus llantos, su cuerpo tembloroso resistiendo una vez más los horrores que Elliot había cometido contra él. Fue como si algo en su interior se quebrara en pedazos, dejando a la vista algo mucho más salvaje.
—¡NO! —rugió con una fuerza desesperada, sacudiéndose contra los brazos de los guardias con un frenesí inusitado—. ¡NO TE ATREVAS, ELLIOT!, ¡NO ME IMPORTA SI ME DESARMO EN EL INTENTO, TE VOY A DESTRUIR! ¡¡¡MONSTRUO!!!
Los guardias forcejearon con ella, sujetándola con fuerza mientras Poppy pataleaba y se retorcía, gritando, desbordada, escupiendo cada palabra como una maldición. Era como si todo lo que había reprimido durante días, semanas, meses, se desatara en ese instante.
Elliot se quedó en silencio. Por primera vez, no gritó. Solo la miró con una media sonrisa, ladeando apenas la cabeza como si la estuviera desafiando a cumplir su amenaza. Como si dijera: inténtalo.
Los gritos de Poppy se escuchaban incluso cuando ya la habían arrastrado por el pasillo. No era una voz de dolor. Era el grito de una madre. El de una fiera. Y aunque ahora estaba encerrada de nuevo, algo se había roto de otra vez en su interior.
☆*゚ ゜゚*☆*゚゜Cometario de la escritora☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*
¡Holaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa mis queridos lectores!
Por fin les traigo la actualización uwu, bueno dos actualizaciones para poder compensar que no subi nada el anterior Domingo piippi TwT lo siento.
Bueno primeramente hablare de este capitulo uwu,
¿Qué les parecio este capitulo?, ufff a mi me encanto.
En especial porque tanto EL Prototipo y Poppy ya se están comenzando a mover para crear la hora de la alegría uwu, uff y eso me emociona porque están haciendo muchas cosas para que el plan funcione y que mejor manera, que utilizar sus aliados mas poderosos para romper todos los vínculos de Elliot para darle un golpe devastador 7w7r.
En fin ahora si paso chisme que paso XD, pasa resulta que acontece es que subi el capitulo que no era, es un capitulo adelantado por lo que lo borre de inmediato ya que se iban a spoilear de lo que venia jajaj xd, asi que hice este meme como representación de la tonteria que hice.
https://www.tiktok.com/@kiara_s17/video/7586396134185127180
Por cierto ya tengo tiktok, solo aviso que rara la vez voy a subir algo como memes o comenzar con mi nuevo proyecto que es subir mini comics, contando las historias de mis fanfics o distinto.
Como saben TwT, no soy una artista, ni tiktoker solo soy una escritora que a duras penas tiene tiempo para poder hacer algo pipip.
¿Y ustedes se preguntaran?, ¿No te diste cuenta al editarlo?, la respuesta corta es no, estoy pendeja TWT
Asi que cuando me di cuenta al subirlo, lo volvi a releer y ahora si me dije que algo no cuadraba porque se habían saltado varias cosas.
Por lo que lo borre de inmediato, pero tampoco pude subir el capitulo en la semana, porque como saben, mi trabajo es agotador mentalmente, por lo que me era difícil poder editar, al mismo tiempo que trabaja y también porque estoy viendo la incripcion para hacer una maestria.
Spoilers ya ahora si estoy en una maestra uwu, por lo que me verán menos, ya que voy a estar estudiando mi maestria uwu, pero eso no significa que vaya a dejar de actualizar los domingos, pero si tardare en publicar los fanfics ya mencionados jejeje.
Pero no se preocupes lo publicare uno por uno uwu.
Bueno por ahora eso será todo, lo subo este capitulo en la tarde, en la noche subo el otro, para que tengan el tiempo de disfrutar uno de estos capítulos y ya en la noche que vuelva a mi casa ya subo el otro que ya esta para ser publicado jeje y les dare otra sorpresa y cosas que decirles xd jajajaja.
Pero ahora me retiro TwT y volvere hasta la noche a mi casita, asi que los veo dentro de unas horas uwu.
Los amo mis lectores, cuídense mucho jejeje.