Capitulo XXXXII. La ultima estrategia Parte III final.
21 de diciembre de 2025, 22:01
El ambiente era denso, enrarecido por la tensión invisible que se arrastraba por los pasillos de la fábrica. Las luces parpadeaban mientras los sistemas se cerraban lentamente uno por uno. Las instalaciones entraban en un estado de clausura parcial: puertas bloqueadas, monitores apagados, laboratorios sellados. El Prototipo seguía inmóvil en medio del enorme salón, atado por cadenas reforzadas que colgaban de sus extremidades metálicas. Los científicos, tras los últimos incidentes, habían ordenado que no se le volviera a dejar suelto sin vigilancia. Su imponente figura permanecía erguida, serena, como si estuviera por encima de la situación, como si las cadenas no fueran más que decoraciones rituales.
El salón quedó vacío tras la retirada de los humanos y los guardias habían sido dormidos por el gas rojo, y fue entonces cuando una silueta se deslizó ágil entre las sombras. Catnap irrumpió por un escondite secreto, su pelaje erizado, sus ojos abiertos con desesperación y ni hablar de las ojeras que poseía, como si estuviera a punto de desmoronarse en cualquier momento. Había estado preguntando por todas partes, exigiendo respuestas, pero nadie decía nada. Nadie se atrevía a contarle dónde estaba Dogday o como se encontraba.
Además, no era el único angustiado, Crafty había recaído de nuevo, sollozando y gritando por Kickin que aún no lo regresaban, además que los Nightmares también parecían bastante angustiados por la falta de su líder y familiar Baba.
Todo estaba hecho un caos, cuando Poppy de nuevo desapareció, haciendo que los juguetes entraran en una desesperación por la noticia de ella y de Dogday, porque ya nadie sabía lo que haría Elliot. Solo tenían al Prototipo para calmarlos, además de que dentro de unas horas daría una reunión muy importante.
—Padre... —soltó, apenas conteniendo el temblor en su voz, su mirada clavada en la figura imponente frente a él. El Prototipo no se movió. Solo lo observó en silencio.
Un par de juguetes pequeños, compañeros leales al Prototipo, emergieron de los rincones y, sin decir palabra, comenzaron a trabajar cuidadosamente en las cerraduras de sus cadenas. El crujido del metal cediendo rompió el silencio poco a poco, pero la presencia del Prototipo no cambió. Aun siendo liberado, permanecía estoico, imperturbable, como si ni siquiera la gravedad lo tocara.
—¿Dónde está? ¿Dónde está Dogday? —Catnap dio un paso al frente, su voz quebrada por la ansiedad—. ¡Dímelo! ¡Ya no puedo más! Todos me ignoran, nadie dice nada, ¡sé que debes saber!, ¡Tú lo sabes todo!
Las cadenas comenzaron a ceder una a una, con crujidos secos que resonaban como suspiros metálicos por todo el salón vacío. Los pequeños juguetes trabajaban en silencio, concentrados, como si comprendieran el peso simbólico de lo que estaban liberando. Y, sin embargo, a pesar del estruendo leve de las cerraduras liberándose, El Prototipo permanecía inalterado, Imponente y siendo Casi sagrado.
Entonces, bajó ligeramente la cabeza. Fue un gesto mínimo, pero suficiente para que la tensión en el aire cambiara. Su ojo brillaba con ese tono rojizo, parecía bastante tranquilo, tal vez sea porque Catnap estaba a salvo, pero no quitaba el hecho de también estaba preocupado por el hijo de Poppy que seguía estando en peligro.
Pero como líder no podía perder la cabeza, tanto Poppy y él ya lo tenían todo planeado, ella se encargaría de la forma externa para quitarle todo a Elliot y él internamente al organizar a los juguetes y sabotear absolutamente todo.
Aun así, no quitaba el hecho que su hijo seguía estando deprimido con toda esta situación. Así que hablo, bastó con su tono grave, inquebrantable, que caía como una sentencia.
—Catnap... no es el momento para perder el control.
—¡¿Perder el control?! —exclamó Catnap, los ojos nublados de furia y angustia—. ¡¿Cómo puedes decir eso?! ¡Si fuera Poppy la que se hubieran llevado, tú estarías arrasando este lugar con tus propias manos! ¡Tú lo sabes! ¡Tú lo harías!
Las cadenas terminaron de deslizarse al suelo con un último chasquido seco, los juguetes se alejaron para permitir que el dios se levantara y tomara su postura estoica, solo se estiro y movió su cuello para recuperar un poco el movimiento. El silencio, absoluto, parecía extenderse más allá de los muros, más allá del tiempo mismo. Como si el mundo esperara la respuesta de un dios.
Y entonces, habló porque como padre su hijo debía ser corregido.
—Y precisamente por eso... —dijo, sus ojos encendidos con un fulgor lento, devastador— Soy un líder. Un dios, porque cuando todo se quiebra y la sangre grita por justicia, yo no me dejo arrastrar por ella. No puedo permitirme el lujo de arder cuando otros dependen de que los sostenga. —Su voz no era fría, pero tampoco humana. Era la voz de alguien que había sido forjado en el abismo y había aprendido a dominarlo.
El Prototipo ya había superado aquella etapa de amor ingenuo, ardiente y juvenil que alguna vez compartió con Poppy. Había aprendido, a la fuerza, que el deber pesaba más que el deseo, que la estabilidad de sus creyentes no podía sostenerse sobre emociones desbordadas. Poppy y él... ambos eran líderes. Ambos habían sido forjados por la misma pérdida, similares torturas, la misma responsabilidad. Y aunque su vínculo fuera real, poderoso y profundo... no era lo primero.
Porque antes del amor, estaban ellos. Sus hijos. Las vidas que dependían de ellos para sobrevivir a ese infierno. Y eso, aunque doliera admitirlo, era más importante que cualquier promesa compartida con ella cuando se unían.
—Y tú eres mi heredero, Catnap. Mi sucesor. —Su mirada se clavó en él como un rayo helado—. No puedes permitirte el lujo de ser un niño que arde sin dirección. Debes aprender a planear, a observar, a controlar tus impulsos, incluso cuando el fuego te consume. Especialmente cuando quien más amas está en peligro.
Catnap apretó los colmillos. Quería gritar, romper algo, lanzarse a través de los muros hasta encontrar a su compañero. Pero no lo hizo. Las palabras de su padre se clavaban en su pecho como garras lentas, haciéndolo temblar, obligándolo a respirar, a detenerse.
—Entonces... ¿qué debo hacer? —preguntó con un hilo de voz, todavía tembloroso, pero contenido.
El Prototipo dio un paso al frente, ahora completamente libre. Cada movimiento suyo irradiaba solemnidad, como si el aire mismo se apartara a su paso, reconociendo su autoridad. No extendió su brazo hacia su hijo, no ofreció caricias ni consuelo tibio, además de que era un atrofiado para ese tipo de cosas, porque Catnap no necesitaba ternura: necesitaba temple.
—Muévete con precisión —dijo con una voz baja pero férrea, como una orden tallada en piedra—. Sé más astuto. Observa. Piensa. Planea cada paso antes de darlo. Porque cuando estás al borde de perderlo todo, ahí es cuando necesitas actuar con más sabiduría. De lo contrario, no solo perderás a Dogday... también a todos los que confían en ti.
Sus palabras no eran castigo, eran un legado. Un llamado a la altura, a la responsabilidad. El felino lo sabía.
Catnap cerró los ojos con fuerza. Una sola lágrima cayó, silenciosa. Y por primera vez en días, respiró profundamente. No porque estuviera en paz, sino porque entendió, no podía ser solo un enamorado desesperado. Tenía que ser más.
Tenía que ser el heredero de un dios.
Necesitaba volverme más fuerte para cuidar de Dogday. No importaba lo que tuviera que hacer.
El crujido leve de la ventilación se escuchó, haciendo que el dios y su hijo voltearan al recién llegado. Un pequeño juguete de Wuggy Huggy cruzó el umbral con timidez, su cabeza temblorosa bajando en señal de respeto al ver al Prototipo erguido y majestuoso, liberado de sus ataduras. Entre sus manitas sujetaba un teléfono inalámbrico de carcasa roja, con la luz parpadeante de una llamada activa. Sus ojos brillaban con una mezcla de temor y urgencia.
—Es para usted... —dijo con voz apenas audible, extendiéndolo con ambas manos como si se tratara de una reliquia sagrada.
El Prototipo lo tomó con delicadeza, y sin una palabra, lo llevó a su oído. Su rostro, inmutable hasta entonces, mostró apenas una sombra de algo más profundo. Catnap, aún sentado y con el pecho agitado, alzó la vista con un estremecimiento silencioso, agudizando su oído buscando tal vez un poco de información.
—Te escucho, habla —dijo el Prototipo con calma, como un monarca que recibe noticias desde un frente lejano.
La voz de Poppy atravesó la línea, suave pero firme, conteniendo la tensión tras una capa de dulzura entrenada.
—Ya estoy con el Doctor... —dijo ella, pausando entre palabras—. Haré todo lo que esté en mis manos para que colabore, pero aun necesito que vengas.
El Prototipo solo se quedó callada y su ojo comenzó a bajar su brillo. El tono de ella no era de debilidad, sino de una convicción clara, medida. Entre dioses, las emociones eran lumbre silenciosa.
—Entendido —murmuró él, después colgó.
Entonces, giró su rostro hacia Catnap. La mirada encendida de un líder se posó sobre su heredero.
—Levántate —ordenó sin levantar la voz, y Catnap obedeció al instante.
El Prototipo caminó hacia la salida que pronto seria abierta y tendría que salar de su jaula solo por esa noche hasta que pudiera llegar su salvación.
—Esta será mi última conferencia como prisionero de este lugar. Y quiero que todos estén presentes para atestiguar el fin de esta era... y el nacimiento de la próxima Era. —Esas fueron sus últimas palabras antes de que la puerta chirriara al abrirse, arrastrando consigo un silencio reverente. Las bisagras gimieron como si comprendieran la magnitud de lo que estaban liberando.
Al otro lado, uno de sus seguidores siendo Poe que miraba a Catnap con bastante indiferencia, por supuesto parecía resentirlo con lo que paso con Baba, pero aun así a diferencia de él, se mantenía tranquilo y calculador, como el su dios le enseñar. Sin necesidad de palabras, se hizo a un lado, y le cedió el paso al ser que había sido encerrado como una bestia, pero que ahora emergía como una leyenda viviente.
El Prototipo cruzó el umbral con la gravedad de un dios exiliado que pronto reclamaría su trono.
Catnap asintió en silencio. Ya no era solo un hijo asustado. Había escuchado, había comprendido. Y aunque aún sentía el peso de la incertidumbre por Dogday, esa misma angustia lo empujaba a actuar.
Por un instante, Catnap no se movió. Solo miró. Miró cómo su padre el dios caído salía de su celda y en su pecho, el miedo comenzó a disolverse. No porque ya no existiera. Sino porque ahora, por fin, sabía lo que debía hacer.
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El laboratorio era distinto a cualquier otro. Las paredes estaban recubiertas de metal pulido, frío y opaco, sin rastro alguno de humanidad. Todo olía a desinfectante. Poppy observó la puerta automática cerrarse tras ella y Kissy Missy con un leve chasquido neumático, no era la primera vez que Poppy lo visitaba, pero Kissy parecía aterrada. Frente a ellas, la sala se extendía como una cúpula contenida, y en su centro, suspendido entre tubos, cristales y cables, yacía lo que quedaba del doctor Harley Sawyer.
No era más que un contenedor transparente, reforzado, donde flotaba un conjunto grotesco pero vital: su cerebro palpitando con pulsos eléctricos, los demás contenedores estaban alrededor del laboratorio donde estaban sus pulmones respirando con la ayuda de máquinas, y su corazón latiendo de forma mecánica, sostenido por una red de cables, circuitos y fluidos artificiales. Una aberración de lo que una vez fue humano. Las pantallas a los lados del laboratorio parpadeaban con estática, esperando ser encendidas por su conciencia digitalizada.
Kissy tragó saliva, abrazándose a sí misma. Su voz rompió el silencio con un susurro apenas audible estaba aterrada, siempre le dio miedo Harley.
—¿Estás segura de esto, Poppy?, Ese hombre... lo que queda de él... sigue siendo un monstruo.
Poppy no respondió de inmediato. Caminó hasta el cristal divisorio y solo observo aquel cerebro. Su reflejo se veía cansada y muy descuidada a pesar de tener ropas "limpias". Entonces se volvió hacia Kissy, su mirada firme, cálida, sin titubeos.
—Estaré bien —dijo, con una sonrisa breve que no ocultaba la tensión detrás de sus ojos—. Él no puede tocarme. No como antes. Y esta vez... no vengo sola. —Su voz se endureció con firmeza, mientras en su mente resonaba la certeza de que el Prototipo pronto llegaría para apoyarla.
Kissy bajó un poco la mirada, comprendiendo que no hablaba solo del Prototipo, sino también de toda la red que ahora habían formado, aliados y seguidores. Todos con una misma misión.
—Confía en mí —añadió Poppy, más suave—. Solo concéntrate en desviar los fondos de Platine Co. Tenemos que cortar su oxígeno antes de que nos lo corten a nosotros.
—Y las pruebas... —murmuró Kissy, nerviosa.
—Tienes todo listo —la interrumpió ella con un guiño cómplice—. En cuanto termines, mándaselas a Jane. Ella sabrá cómo hacerlas llegar a Elizabeth. Si caemos... que al menos el mundo sepa la verdad.
Ambas compartieron una mirada larga. No era solo una despedida momentánea. Era el tipo de mirada que se da entre soldados antes de separarse en campo enemigo.
—Nos vemos pronto —dijo Kissy, mientras se acercaba y le daba un abrazo a su amiga deseándole suerte.
—Todo saldrá bien—replicó Poppy con un tono bajo pero confiado, al mismo tiempo que correspondía al gesto.
Y entonces Kissy se marchó, dejando tras de sí solo el eco de sus pasos. Poppy se giró hacia el corazón latente del laboratorio. El silencio pareció absorber el aire cuando una de las pantallas cobró vida con un zumbido distorsionado. Primero fue estática. Luego, se mostró la figura de un ojo, y, por último, la voz de Harley Sawyer: grave, arrastrada, casi inhumana por la fragmentación de su conciencia.
—Poppy... cuánto tiempo —gorgoteó con un dejo de burla ácida—. ¿Vienes a admirar la obra que me dejaste? ¿O será que extrañabas tus días como propiedad?
Poppy no respondió de inmediato. Solo soltó un resoplido seco, sin humor, como si lo que acababa de oír fuese una broma rancia que se repetía sola en un disco rayado. Incluso reducido a un cerebro y un puñado de órganos flotando en un contenedor, Harley Sawyer seguía siendo un maldito narcisista.
—Harley —replicó al fin, cruzándose de brazos mientras su mirada se clavaba sin pestañear en la pantalla que mostraba la figura de un ojo distorsionado—. Eres lo bastante inteligente como para saber por qué estoy aquí... aunque también lo bastante patético como para fingir que no.
La imagen de su rostro apenas cambió. No podía mover músculos, pero su tono lo decía todo, ya ni siquiera los poseía, arrogante, venenoso, seguro de que todavía tenía poder.
—Oh, claro que sé —ronroneó, su voz burbujeando entre estática y burla— Elliot cruzó la línea... se llevó a tu cachorro. Y tú, como la hipócrita que siempre fuiste, vienes ahora con la máscara de justiciera, queriendo destruirlo todo. ¿Y qué necesitas? Mi ayuda, por supuesto. —Hizo una pausa, dejando que sus palabras goteasen veneno—. Así que dime, ¿vienes a suplicar, Poppy? ¿A pedir que colabore? Porque puedo hacerlo. Si me das algo a cambio... como en los viejos tiempos. —Su tono se volvió viscoso, casi obsceno—. ¿A qué te sabe el pasado, muñeca?
Poppy no se inmutó. Su rostro permaneció impasible, pero dentro de ella hervía una rabia porque aun podía recordar años de abuso que ese hombre la hizo pasar. Además de que hablaba como si nada sobre lo ocurrido de su hijo, esa misma soberbia, como si nada hubiese cambiado.
¿Cómo lo sabía? ¿Cómo era posible que él...?
Dio un paso más hacia la pantalla, su figura proyectando una sombra delgada pero cortante sobre el suelo de metal. La mirada le ardía como cuchillas envainadas. Había un temblor oculto en sus dedos, no de miedo, sino de contención.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó, con la voz baja pero grave, con cada sílaba afilada como si pudiese desgarrar los cables que lo mantenían con vida.
Dio un paso más hacia la pantalla, llena de rabia y molestia por sus comentarios.
—Oh, Poppy... ingenua como siempre. —La voz crujió entre chasquidos eléctricos—. Tal vez me hayan arrancado el cuerpo, tal vez esté aquí encerrado como un maldito fantasma... pero conectar mi conciencia a las máquinas tuvo sus ventajas. Digamos que... es interesante todo lo que uno puede ver desde las cámaras. Como todos tus planes se destruían como si nada, como torturaban a los juguetes que querías proteger, pero sobre todo como se llevaban a tu hijo... —Soltó un siseo grave, como si degustara cada palabra, por supuesto que sabía todo eso, él lo miro desde las cámaras.
Poppy sintió un golpe en el pecho. No por las palabras, sino por lo que implicaban. Harley lo sabía todo. No porque se lo hubieran contado, no por deducción... lo había visto. Y si había visto eso, ¿qué más había presenciado? ¿Cuánto sabía de los planes? ¿Del escondite de Catnap?
¿Por qué no los había delatado aún?
Harley no hablaba por simple crueldad. No lo hacía sin motivo. Estaba midiendo algo. Tentando. Disfrutando.
—Elliot realmente se superó con eso —continuó, arrastrando las palabras con goce retorcido—. Ahora entiendo por qué te aliaste con él, porque eres tan patética que no puedes sola... para vengarte de Elliot. —Se rio, esa risa quebrada que parecía una mezcla entre soberbia y sorna.
Poppy apretó los dientes. Sus dedos se cerraron en puños a los costados del vestido, las uñas clavándose en las palmas. Lo odiaba. Lo odiaba por lo que había hecho. Por lo que estaba haciendo. Pero, sobre todo, por tener razón.
La impotencia le ardió en la garganta. Y la rabia les prendió fuego a las palabras.
—Cállate —murmuró Poppy. Su voz fue un susurro helado. Sin embargo, él no la escuchó. O no quiso.
—¿Realmente confías en él? —murmuró, suave como un susurro envenenado—. Poppy, por favor. Es exactamente igual a mí, ¿Se te olvida quien lo creo?, Yo. Yo fui quien lo creo. Y créeme... nada que haya salido de mis manos actúa por amor. Solo por conveniencia.
Poppy tembló por la exasperación por desear arrancarle la lengua. De nuevo quería hablar del Prototipo como si lo conociera, por supuesto el bastardo quería manipularla, no era la primera vez que utilizo ese truco, hace décadas que no escuchaba su patética excusa de palabras sin sentido.
Conocía a su pareja o eso quería creer, habían vuelto y ahora habían retomado poco a poco sus sentimientos como confianza, ella confiaba en que 1006 jamás haría algo para lastimarla, ni siquiera utilizarla, era bastante en claro que ambos querían disfrutar de estar juntos como pareja.
—Tú no sabes nada —respondió con voz firme—. Crees conocerlo, pero solo ves la sombra de lo que fuiste capaz de crear. El Prototipo no es tú. No es tu reflejo.
—Claro, por supuesto... no lo sabes. Era de esperarse. —Su voz sonaba a burla, pero también a algo más—. Es tan divertido verte hablar con tanta seguridad, cuando ni siquiera comprendes lo que has traído a tu lado. —Y entonces bajó la voz, como si estuviera compartiendo un secreto sucio—. Supongo que te darás cuenta... cuando ya sea demasiado tarde.
Poppy solo gruño, hablar con él era una pérdida de tiempo. Por supuesto sabía que no sería fácil, y ahora quería meter su relación en esto. No respondió. No valía la pena.
Pero justo cuando Harley se preparaba para decir algo más, un zumbido denso llenó la sala. Como un rugido contenido dentro de un motor eléctrico.
Los monitores temblaron.
El aire cambió.
Y entonces, la oscuridad pareció compactarse, moldearse... hasta que la figura del Prototipo emergió desde las sombras del pasillo. Alto, letal, aun con ese cuerpo monstruoso y su ojo rojo encendido como una cicatriz viviente. Su brazo colgaba, pesado, pero con la mayor facilidad de cortar y desgarrar a sus víctimas. Cada paso que daba era como el golpe de una sentencia.
Harley enmudeció. La pantalla parpadeó dos veces, como si la presencia de esa máquina de ese ser pusiera en duda incluso la continuidad eléctrica del sistema. El Prototipo se detuvo frente a la terminal sin mirar a Poppy. Aún no. Solo tenía ojos para aquel Doctor que lo había insultado.
Y entonces habló.
—No repitas lo que no comprendes —dijo, su voz profunda, grave, metálica, pero con un ritmo humano que no pertenecía a ninguna máquina. Era la voz de algo que había aprendido a hablar después de sufrir, no después de nacer—. No pronuncies su nombre. No intentes envolverla en tus juegos. Ya no es parte de tu mundo... y tú, Harley, tampoco formas parte del nuestro.
Un zumbido bajo retumbó desde su pecho. Un aviso.
—Ella no me trajo a su lado —continuó, más despacio, más frío—. Yo fui quien decidió quedarse. —El ojo brilló con una luz aún más roja, como si ardiera.
Poppy apenas se movió. Quiso hablar, decirle algo, tocarlo. Pero entendía que esto era entre ellos. Que él estaba diciendo cosas que necesitaba decir. Y que Harley, por primera vez, no podía interrumpir.
El Prototipo giró levemente el rostro hacia Poppy. Su ojo parpadeó una vez, no como una amenaza, sino como un gesto de calma. Como si lo peor ya hubiese sido dicho. Su voz volvió a surgir, ahora más medida, más controlada.
—Ya aclarado lo necesario... es hora de hablar de lo que realmente importa.
Poppy alzó la cabeza, alerta.
—Sabes por qué vinimos, Harley —continuó, volviendo su atención al monitor, con esa frialdad cortante que jamás temblaba.
Harley sonrió para sus adentros, su ojo solo se cerró como si trasmitiera su risita. Estaba atrapado, lo sabía. Si pudiera suspirar lo haría como si llevara horas conteniéndose, y entonces dijo con voz seca.
—Sabía que vendrían a exigirme algo, después de todo... aún necesitan de mí. —Si Harley aun tuviera su cuerpo, este solo se inclinaría hacia adelante, pero lo único que podía hacer en su posición era mirar desde las cámaras—. Pero si esperas que te entregue mi conocimiento sin condiciones, estás más roto de lo que creí.
El silencio volvió, denso, expectante.
—Habla. —ordenó el Prototipo.
Y Harley obedeció, aunque con una sonrisa torcida.
—Quiero hablar contigo. Solo contigo. No con ella. —Su tono se volvió bajo, malicioso, como si saboreara cada palabra—. Creo que... ciertas cosas deberían decirse entre creadores, ¿no?
Poppy entrecerró los ojos.
—¿Crees que voy a dejarte a solas con él? —espetó, incapaz de evitarlo.
Harley solo bufo como si nada, el doctor realmente se divertía jugar con su antigua amante.
Harley bufó, apenas encogiéndose de hombros con cinismo, como si su respuesta no importara realmente. Sus ojos estaban fijos en el Prototipo, y aunque jugaba, sus palabras no eran inocentes.
—Oh, no espero tu permiso, muñeca. Solo estoy señalando lo obvio. Pero digamos que mi creación y yo debemos hablar de ciertas cosas, cosas que, curiosamente, se ven en las grabaciones. Bastante reveladoras, viniendo de alguien que se jacta de no ser como yo. —Aquel narcisista parecía saber algo que hizo que Poppy gruñera entre dientes.
Lo conocía demasiado bien. Sabía cómo funcionaba cada una de sus tácticas. Cómo usaba el conocimiento íntimo de sus víctimas para desarmarlas, cómo disfrazaba sus provocaciones de chistes, cómo sembraba la duda hasta que las personas se quebraban por dentro. Ella había sido la prueba perfecta de ello.
Y, por desgracia, había caído en todas sus trampas. Una tras otra. Hasta que terminó rota, abandonada como un juguete inútil que ya no lo entretenía. No porque ella hubiese cambiado, sino porque él se había aburrido de su sufrimiento.
Poppy jamás lo perdonó.
En lugar de desmoronarse, se reconstruyó con una crueldad refinada, meticulosa, sin errores. Aprendió de él. Aprendió a jugar su juego... y lo venció. Porque, así como él la destruyó, fue ella quien finalmente lo llevó a ese estado deplorable. Fue ella quien hizo que Harley terminara como una sombra, como un eco enjaulado de lo que fue.
Sin embargo, aun así, él sonreía. Aun así, seguía jugando.
Y eso era lo más peligroso.
Poppy iba a decir algo más, a gritarle que se callara, a romper la pantalla con sus propias manos si era necesario. Pero no lo hizo. Porque sintió algo. Un cambio. Una pausa distinta en la postura del Prototipo. No era tensión... era decisión.
—Poppy. —Su voz fue baja, pero clara, y ella sintió cómo algo dentro de su pecho se encogía, como si su corazón hubiese dejado de latir por un instante—. Déjanos.
Ella lo miró, incrédula. Como si no hubiese escuchado bien. Como si esas palabras no pudieran, no debieran, haber salido de su boca. Negó con la cabeza de inmediato, un gesto rápido, impulsivo, casi desesperado.
—¿Qué? No. No —dijo, dando un paso al frente—. No voy a hacerlo. —Su voz temblaba, no de miedo, sino de incredulidad. Una dureza casi afilada envolvía su tono, una coraza construida en segundos para ocultar la punzada que sentía bajo el pecho—. ¿Por qué debería...?
—Confía en mí —respondió él. No hubo frialdad, ni amenaza. Solo firmeza. Y algo más. Algo que se filtró por la rendija invisible entre lo humano y lo mecánico. Una nota grave, apenas perceptible, que solo ella era capaz de reconocer. Esa forma de hablar que no pertenecía a la máquina. Esa voz no era del arma. Era suya. Del Prototipo.
Poppy apretó los labios con fuerza, como si quisiera retener todo lo que sentía antes de que se escapara. Cada parte de su cuerpo le exigía quedarse, le suplicaba no dar un paso atrás, no soltarlo. Odiaba a Harley. Lo detestaba con cada fibra de su ser. Pero al Prototipo... al Prototipo lo amaba. Y si él creía que podía manejar esto, si pensaba que debía hacerlo solo, entonces ella también lo creería. Después de todo él también es un líder.
Respiró hondo. Se obligó a soltar el aire con lentitud. Y entonces, bajó la mirada un instante, conteniendo la tormenta que hervía en su pecho.
—Está bien —Susurró, con voz cargada de una calma frágil—. Te lo dejo. Pero solo porque confío en ti.
—¿Lo que sea que vaya a decirte...? —preguntó en voz baja, casi un susurro—. ¿Me lo dirás después?
El Prototipo asintió. Una vez.
—No quiero secretos contigo —le dijo con bastante honestidad, ella estaba harta de eso. Había pasado demasiados años arrastrando cadenas que no le pertenecían. Ya no era una niña. Sabía lo que los secretos podían destruir.
Solo quería un poco de paz. Después de tanto dolor, después de tanto infierno, deseaba poder respirar con libertad al lado de quien amaba. Caminar sin miedo. Ver a su hijo crecer... verlo casarse con Catnap, reír con ellos, y quizá algún día mirar atrás sin que todo doliera.
Solo quería una vida. Y no quería construirla sobre mentiras.
Así que sin decir nada más se retiró, porque también tenía que prepararse para la reunión masiva de esa noche.
El sonido de los pasos de Poppy desvaneciéndose en el pasillo dejó tras de sí un silencio fúnebre, solo interrumpido por el zumbido bajo y constante de los monitores que mantenían vivo lo que quedaba de Harley. Ya no había testigos. Ya no había máscaras.
El Prototipo giró lentamente su cuerpo hacia el doctor atrapado, su ojo rojo brillando como una herida fresca, fija en él, analizando cada fibra de su expresión con una precisión antinatural.
—¿Cuánto sabes? —preguntó al fin, con voz metálica, sin una gota de emoción. Solo fue directo.
Harley solo se sintió emocionado, deseaba sonreír, pero ya no tenía cuerpo para ello.
—Mucho —respondió con descaro—. Más de lo que tú estás dispuesto a aceptar.
El Prototipo no respondió de inmediato. Su ojo resplandeció brevemente, como si procesara miles de líneas de código en un parpadeo. Estaba evaluando. Calculando. No miedo... curiosidad.
Harley tomó ese silencio como invitación.
—Así que, si realmente quieres mantener tus planes intactos... si no... me temo que me veré obligado a compartir ciertas verdades. Verdades que podrían... alterar tu dinámica con Poppy. Sería una lástima arruinar eso, ¿no? Una verdadera pena. —entonó esas palabras con veneno dulzón—Así que tendrás que considerar mis condiciones.
El Prototipo inclinó ligeramente la cabeza. Una sombra parecida a una sonrisa cruzó su rostro mecánico, aunque, pero era algo sin calor, sin alma.
—Habla —ordenó.
—Quiero control total sobre los laboratorios —enumeró Harley, como si recitara una lista de compras—. Acceso irrestricto a los recursos. Un equipo exclusivo, bajo mi mando, sin intervención de nadie. Quiero continuar con mis experimentos y por supuesto... —su mirada brilló con perversión—No quiero que me molesten.
El Prototipo permaneció inmóvil. Casi inmóvil. Si alguien lo observaba con atención, notaría cómo su brazo izquierdo descendía muy lentamente, hasta una de las terminales cercanas al soporte vital de Harley, manejados por una computadora. Sin apartar su ojo de él, comenzó a reconfigurar los comandos, silencioso. Introdujo líneas de código con la naturalidad de una máquina. Un par de pulsaciones. Dos ajustes a los niveles de los reguladores internos. Tres accesos a parámetros reservados. Todo sin levantar sospechas.
Fue entonces que el Prototipo se detuvo. Se giró por fin hacia él. Lo observó por un segundo.
Y luego, se rio.
Una carcajada baja, grave, mecánica. Era como un cuchillo arrastrándose por una bandeja de metal oxidado. Una risa que no traía alegría, solo desprecio. Como si la simple idea de que Harley tuviera poder real fuera un chiste viejo contado mil veces.
—¿Crees que eres indispensable? —preguntó, aun riendo—. No lo eres. Aunque sepa lo que sabes, me limitaría a dos opciones: obligarte... o matarte. Y créeme, ambas serían triviales. Solo estoy permitiendo esto porque me da pereza alargarlo.
Harley tragó saliva, pero no respondió. No lo interrumpió. Algo en su mirada cambió.
El Prototipo se inclinó ligeramente hacia el panel que regulaba los niveles de soporte vital del sistema donde estaba conectado Harley. Sus dedos, largos y filosos, se posaron sobre una tecla final.
—La única razón por la que te estoy escuchando... es porque me aburre matarte tan pronto.
—¡Espera!, ¡¿Qué estás haciendo?! —Grito Harley mirando lo que aquel bestial hacía, sin entender lo que estaba pasando.
Y entonces la deidad presionó el botón.
Una descarga interna viajó por los cables. Fue sutil, limpia, precisa. No era un castigo físico en el sentido clásico: era una agresión quirúrgica, diseñada para impactar órganos específicos. El corazón sintético se crispó. Los músculos artificiales ligados al sistema nervioso se contrajeron al unísono. Sus pulmones y hasta su cerebro sufrió la descarga eléctrica tan potente, que el líquido que mantenía intactos sus órganos comenzó a burbujear.
Gritó.
Fue un alarido distorsionado, amplificado por los parlantes de monitoreo, una mezcla de interferencia, dolor puro y datos corrompidos. Las pantallas parpadearon. El monitor cardíaco osciló frenéticamente. Y, aun así, el Prototipo no se inmutó. Se quedó de pie, alto e inquebrantable, mirando con frialdad como Harley convulsionaba, patético, reducido a un saco de órganos y vanidad rota.
Finalmente, retiró el dedo del botón.
El silencio volvió como un manto frío y Harley comenzaba jadear entre las bocinas, le dolía lo que quedaba de él.
—Ahora escucha, y escucha bien —dijo el Prototipo, con esa voz que no necesitaba elevarse para ser definitiva—. No eres indispensable. Ni tú, ni tu conocimiento, ni tus amenazas. No tengo la obligación de negociar contigo. Si he permitido esta conversación es por simple curiosidad. Porque borrarte de la ecuación ahora... sería tan fácil que ni siquiera representa un desafío.
Se inclinó apenas, su ojo rojo encendido brillando con un fulgor más intenso.
—Así que aquí tienes mi única oferta. Obedeces. Guardas silencio. Haces lo que se te ordena. Y tal vez, solo tal vez, continúes existiendo. O...
Se giró hacia el panel, despacio, como si no tuviera prisa. Su mano metálica, afilada y precisa, se alzó con ligereza, suspendida sobre los controles sin llegar a presionar nada... aún.
—Porque si no lo haces —continuó, su tono descendiendo a un murmullo venenoso—Puedo apretar ese botón otra vez. O mejor aún... puedo escribir un nuevo código que haga de tu existencia un experimento interminable de sufrimiento consciente.
Sus palabras cayeron pesadas como plomo, mientras el leve zumbido de los sistemas seguía vibrando en el aire, como si aún recordaran la agonía que acababa de infligir.
—Después de todo... —añadió con una sonrisa apenas perceptible— eso fue algo que tú me enseñaste, ¿no es así?
Hizo una pausa. El zumbido de los sistemas aún burbujeaba débilmente, haciendo que Harley aun sufriera y soltara leves gemidos dolorosos.
—¿Entonces, Harley? ¿Qué eliges? ¿Ser útil... o ser una advertencia?
Por un momento, el silencio pareció más letal que cualquier descarga. Harley jadeaba. No porque necesitara aire no con el soporte artificial que lo mantenía vivo sino porque su sistema apenas estaba estabilizándose tras la descarga. Cada milímetro de su estructura interna parecía hervir, su corazón palpitaba con un dolor que ya conocía, pensaba que Tayla su ex colega era una desquiciada, cuando lo torturaba día y noche a la hora de operarlo.
Pero sabía que, a comparación con el Prototipo, lo que vivió con ella era un paraíso.
Durante años, Harley había diseñado el sufrimiento con precisión científica. Había desmantelado conciencias, destruido la psique de seres vivos solo para anotar reacciones, cronometrar el dolor, extraer aprendizajes. Y el Prototipo... fue su obra maestra. Una entidad moldeada a través del horror, la privación, la humillación sistemática. Nunca imaginó que esa creación algún día tendría no solo voluntad, sino poder.
Y lo peor... lo peor era saber que no podía recurrir a la arrogancia, a las amenazas, ni siquiera al chantaje. Porque lo que ahora tenía ante él no era una criatura movida por la inseguridad o el miedo. No. Era un dios maquiavélico que no temía perderlo.
Que no lo necesitaba.
Harley sintió terror que le oprimía el pecho. Su orgullo, esa muralla indestructible que lo había mantenido por encima del resto, comenzó a resquebrajarse con cada pulso de dolor que aún latía en sus órganos.
—Tsk... —hizo un tipo de sonido, similar a un chasquido, con voz ronca, distorsionada por los daños— Así que... esto es como se siente, ¿eh?
Con voz áspera y cargada de amargura, respondió.
—...Está bien —murmuró al fin, su voz rota, rasposa, como si cada palabra le costara parte de su alma—. Obedeceré.
Aceptaba su derrota no porque creyera que el Prototipo estaba en lo correcto, sino porque por primera vez comprendía con claridad el precio de su propia monstruosidad. No era el remordimiento lo que lo carcomía... era el saber que él había fabricado su castigo con cada decisión, con cada experimento. Y que nunca imaginó que un día, sería él quien estaría atrapado en la jaula.
El Prototipo no respondió de inmediato. Solo lo miró en silencio, su ojo brillando con una calma inquietante.
—Bien —dijo al fin, con una satisfacción serena, casi académica—. Esa fue una elección inteligente, Harley. Lo que sigue dependerá de ti.
Harley solo se quedó callado, sin poder decir nada, no le convenía si dependía su vida en esto.
—Entonces escucha con atención —dijo la deidad, su voz volviendo a ese tono suave que helaba más que cualquier grito—. Porque tengo una tarea para ti.
Con ello el doctor se obligó a escuchar a su nuevo amo, que lo obligaría a obedecer y vivir su propio karma, porque que le arrebataran su cuerpo y le quitaran su humanidad, no era suficiente para pagar sus pecados.
Ahora era un simple peón mas, de la misma criatura que el mismo creo.
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Catnap caminaba de un lado a otro, sus pasos cortos y nerviosos resonaban en el suelo metálico de la cafetería. Un lugar que apenas hace días antes había sido testigo de risas, bromas y música, durante aquella efímera fiesta; ahora estaba sumido en un silencio espeso y una tensión insoportable. Su cola se sacudía de un lado a otro con frustración mal contenida, sus orejas aplanadas, su expresión crispada por la angustia. Sentía el pecho apretado, como si cada segundo sin noticias de Dogday lo desgarrara más. No podía evitarlo: la idea de que su pareja siguiera encarcelado le resultaba insoportable. Y lo peor era no saber si Elliot le había hecho algo. Ese hombre era impredecible, cruel. Catnap lo sabía. Todos lo sabían.
El único consuelo que tenía era poder hacer el trabajo que su padre le había pedido, y de al menos sabía que los lideres dirían algo sobre lo que estaba pasando.
El ambiente en la sala era sombrío. Todos los juguetes se encontraban ahí, reunidos no por esperanza, sino por necesidad, como si mantenerse juntos fuera lo único que evitaba que todo se desmoronara, ya nadie sabía que pasaría, la noticia de cómo se llevaron a Dogday y a Poppy volvía de nuevo en esa paranoia, definitivamente Kissy y Catnap tuvieron que trabajar duro para mantener la calma para los juguetes, una carga tan pesada que ahora entendía a Dogday cuando menciono que fue la tarea más pesada de su vida.
Crafty permanecía sentada, los codos apoyados en la mesa, la cabeza gacha, los ojos apagados. No había dicho una sola palabra desde que entraron, tampoco sabía nada de su pareja, el unicornio parecía muy descuidada. Hoppy se sentaba a un lado, acariciándole el brazo con ternura, y Bobby, intentando animarla con pequeños gestos, le había ofrecido una bebida tibia que ella no tocó. Pero no se apartaron de su lado, la rodeaban como si pudieran protegerla con su sola presencia. Porque sabían que ella, como todos, estaba rota por dentro.
Picky, estaba igual en esa mesa grande del otro lado, apenas levantaba la vista. Siendo acariciada de la espalda por su amigo Mako, los dos estaban cansados por todo, Mako también perdió a su amiga y veía a sus amigos los Nightmares alterados por no saber de su líder.
Lo más extraño era que los Critters y los Nightmares estaban ahí... juntos. No unidos, no reconciliados, pero sí tolerándose. Como si por fin comprendieran porque el mismo dolor de perder a un cercano o no saber que ocurría con ellos era el mismo, que ahora no había espacio para las divisiones, en especial cuando Elliot podía cambiar las reglas.
—Ammm. disculpen, déjenme pasar por favor. —La voz suave de un niño se escuchó entre aquel grupo enorme de juguetes, que hablaban y murmuraban, al mismo tiempo que se movían para que dejaran pasar a uno de los juguetes pequeños.
Catnap apenas alzó la mirada, observo a ArcoRabbit caminando hacia él, esquivando a los juguetes acompañado por su propio grupo, siendo los nuevos que llegaron con él, parecía asustadizo y apurado, pero esta vez sin el brillo usual en sus ojos, todos de su grupo tenían rostros de preocupación evidente, miradas temblorosas y pasos inseguros. Se notaba que estaban intentando mantenerse en pie emocionalmente, pero el miedo era palpable.
—Catnap — Llamo el niño, haciendo que el mayor le prestara atención, notando aquel conejito unicornio, nervioso con la voz contenida—. ¿Ya va a volver Dogday? —Pregunto, extrañaba a Dogday y al escuchar que se lo llevaron eso lo asusto, él no sabía la magnitud de las torturas que sus antecesores sufrieron a mano de los trabajadores, no sabía si lo lastimarían, después de todo a Arco le toco estar en una etapa de la fábrica donde los juguetes no sufrían tanto maltrato o si pasaba, era mucho más oculto,
—¿Qué va a pasar ahora? —Pregunto uno de los amigos de Arco asustado.
Las palabras rebotaron con fuerza en el aire tenso, como si hubieran sido disparadas, y de inmediato provocaron una reacción en cadena. Los juguetes comenzaron a moverse, a girarse, a levantarse de sus lugares, a rodear poco a poco a Catnap, acercándose con preguntas, con ansiedad, con necesidad.
—¿Nos van a encerrar a todos?
—¿Y si vuelven a maltratarnos?
—¿Qué pasara con nosotros!
—¡Necesitamos saber qué hacer!
—¡Nos van a volver a castigar, lo sé!
Las voces se superponían, atropelladas, algunas alzadas por el pánico, otras temblorosas por la desesperación. Catnap retrocedió un paso, sintiendo como si el aire se hiciera más y más espeso a su alrededor. Su respiración comenzó a acelerarse, el corazón le golpeaba fuerte dentro del pecho, no solo por la ansiedad propia sino por la de todos los que lo rodeaban. Todos lo miraban a él. A él. Como si fuera el único sostén que quedaba.
Nunca pidió ser un líder, pero sabía que tenía una responsabilidad enorme tenía que esperar a Poppy o al Prototipo, mientras tanto tenía que controlar la paranoia de los demás.
—¡Por favor, cálmense! —exclamó Catnap, alzando las patas en un gesto desesperado por imponer calma, su voz temblando bajo el peso del descontrol.
Pero sus palabras se perdieron como un susurro entre la tormenta. Nadie lo escuchaba. Los murmullos se convertían en gritos, las súplicas en lamentos. Los juguetes, atrapados en su propia ansiedad, empezaron a empujarse entre sí. No era con rabia, sino con torpeza, con manos temblorosas y ojos desbordados por el miedo. Se movían como una sola masa desesperada, intentando acercarse, intentando aferrarse a algo, a alguien, que les dijera que todo estaría bien.
El tumulto creció. Las voces se hacían más agudas, más frenéticas.
Y en medio del desorden, los más pequeños fueron los primeros en caer. ArcoRabbit soltó un chillido agudo cuando un empujón involuntario lo hizo tambalear y otro juguete, sin darse cuenta, le pisó una de sus patas. Sus orejas se alzaron en un espasmo de dolor y trató de zafarse, pero la oleada de cuerpos lo arrastraba hacia atrás, aplastándolo entre empujones descoordinados y desesperados. Nadie parecía notarlo. Nadie podía detenerse.
—¡Ay! ¡Esperen! ¡Me están pisando! —chilló con un tono cada vez más desesperado, su pequeña voz ahogada entre el ruido de la histeria.
—¡Nos van a lastimar otra vez!
—¡Yo no quiero volver al laboratorio, no quiero, no quiero!
—¡Nos van a desechar!
Catnap apretó los dientes, el temblor comenzaba a subirle por los brazos, y el pánico comenzaba a morderle la garganta. El suelo le parecía tambalearse, los rostros angustiados de todos esos juguetes, sus amigos, sus compañeros, lo envolvían como un remolino. Era demasiado. Demasiado peso. Él solo quería saber si Dogday estaba bien... y ahora tenía encima el miedo de todos.
Se giró bruscamente.
—¡Basta! —exclamó en un rugido ya harto de tanto ruido, de cómo lastimaban a los pequeños juguetes por esa paranoia.
El caos se sostuvo un segundo más... y entonces, como si algo invisible cruzara el aire, una quietud repentina cayó sobre todos.
El llanto de ArcoRabbit se apagó en un sollozo tembloroso. Los empujones cesaron. Los juguetes, cubiertos de polvo, jadeando, con miradas temblorosas y los rostros contraídos por el pánico, se detuvieron. Algunos se miraban entre sí como si recién despertaran de una pesadilla colectiva. Otros bajaban la cabeza, avergonzados por su reacción.
Los Smalling Critters no decían nada. Incluso los Nightmares mantenían la distancia, inmóviles, sus ojos brillando con una mezcla de juicio y resignación. Nadie más habló.
Solo Catnap.
Se adelantó unos pasos, como si el peso de todos los presentes lo sujetara al suelo. Su voz emergió entonces, más profunda, más resonante. Ya no era el susurro nervioso de un amigo que no sabe qué decir. Era una voz templada, cargada de un eco que no era solo suyo, sino de algo más grande. Un nuevo dios hablaba.
Después de todo era el sucesor de su padre, si él no estaba entonces él mismo tendría que mantener el orden.
—Pronto tendremos respuestas. —Dijo con una claridad cortante, su mirada fija, profunda, inquebrantable—. No somos simples sobrevivientes. Somos testigos de un nuevo ciclo. Y no dejaremos que el miedo gobierne nuestros actos.
En ese instante, el silencio que le respondió no fue de duda, sino de reverencia.
El silencio se expandió como una ola cálida y densa, arrastrando con suavidad el caos que minutos antes parecía imparable. Los murmullos cesaron, los empujones se detuvieron, y hasta los juguetes más pequeños, temblorosos, bajaron la mirada con vergüenza y alivio. Incluso ArcoRabbit, que seguía en el suelo, respiraba entrecortadamente, pero con los ojos brillantes de una esperanza que creía extinguida.
Catnap, sin perder la calma que ahora se aferraba a su cuerpo como una segunda piel, se abrió paso entre la multitud con pasos firmes. Las figuras que antes lo habían rodeado como una tormenta ahora se abrían a su paso, reverentes, contenidas, como si una nueva gravedad emanara de él. Se agachó con cuidado y alzó a ArcoRabbit tomando un poco de su piel del cuello como un cachorro, sujetándolo con una delicadeza que contrastaba con la fuerza que había demostrado momentos antes.
—Estás bien... tranquilo, Arco —le dijo en voz baja, casi fraternal, mientras lo ayudaba a recuperar el equilibrio—. Sé fuerte. Los necesitamos a todos. Todos cuentan.
Sus palabras no eran solo para él. Era un mensaje para todos los presentes, para cada uno de los juguetes cuyas esperanzas colgaban de un hilo, para cada mirada que seguía clavada en él con mezcla de temor y admiración. Catnap les hablaba como uno de ellos, pero también como algo más.
Fue entonces que una voz suave, firme y profundamente cálida cortó el aire como un rayo de sol entre las nubes.
—Vaya... estoy sorprendida. Y muy orgullosa.
El murmullo que siguió fue distinto. Un murmullo de emoción contenida, de alegría naciente, como el primer aliento tras una larga pesadilla.
Todos giraron la vista.
Poppy estaba allí.
Envuelta en una luz suave que se colaba por la entrada del salón, sostenida con ternura en brazos de Kissy Missy, como una reina recién descendida a la tierra. Y, para muchos, eso era lo que representaba: una reina, una madre, una guía. Su sola presencia bastaba para calmar temores antiguos. Los juguetes comenzaron a sonreír entre lágrimas. Algunos aplaudieron. Otros simplemente susurraron su nombre como por fin trajeran paz, además de que demostraba que siempre estará ahí como su líder, para algunos.
Otros los seguidores de 1006 tuvieron un poco de paz.
Kissy la ayudó a avanzar, abriéndose paso entre la multitud hasta llegar con Catnap, hasta que Poppy bajó de sus brazos con elegancia y se acercó al felino, que aún permanecía junto a ArcoRabbit. Le dedicó una sonrisa suave, profunda, cargada de reconocimiento.
—¡Poppy! —Llamo Arco feliz al ver a la muñeca no pudo evitar en agacharse hasta su estatura y darle un abrazo que la muñeca correspondió al niño.
—Jeje hola de nuevo Rabit. —Ella dijo con una sonrisa al pequeño, mientras miraba a Catnap y se separaba del joven para ir con el felino.
—Lo hiciste bien —le dijo, tocando brevemente su pata con su mano—. Has sido el pilar que todos necesitaban.
Catnap bajó ligeramente la cabeza, en un gesto casi instintivo, no era nada fácil y más cuando su corazón dolía por Dogday, pero ella negó con dulzura.
—Ahora déjamelo a mí. —Su mirada se alzó hacia todos los juguetes que la observaban con devoción—. Tú has calmado el miedo. Yo me encargaré de preparar el escenario para lo que viene.
Y con eso, Poppy volvió a erguirse, con la calma de quien ha regresado a casa... ahora solo faltaba crear el nuevo escenario para su venganza.
Poppy dio unos pasos hacia el centro de la cafetería. Sus pies resonaron en el suelo con un eco casi ceremonial, y su pequeña figura, aunque menuda entre tantos, parecía más alta que nunca. Los murmullos se extinguieron. Los Smalling Critters y los Nightmare Critters se alzaron ligeramente, atentos, mientras los juguetes comunes, aún nerviosos, pero más serenos, se acercaban con respeto y ansiedad. Todos esperaban algo. Algo que los salvara, que les diera sentido. Y Poppy lo sabía.
—Sé que están asustados —comenzó, con una voz clara que vibró hasta en los rincones más altos del recinto—. Lo sé porque yo también sentí ese mismo miedo. El mismo temblor de cuando crees que todo lo que has hecho, todo lo que has sufrido, no servirá de nada. Elliot... ha dejado en claro que quiere que las viejas reglas regresen. Quiere volver al antiguo régimen.
Un murmullo recorrió la sala, apagado, casi dolido. Poppy alzó una mano, y el silencio volvió.
—Pero esta vez será diferente. — Avanzó un poco más, dejando que la emoción se colara en su voz, sin quebrarse—. Esta vez ya no permitiré que vuelva a torturarlos, ni que su tiranía destruya todo lo que construimos.
Sus palabras parecieron aferrarse al aire como chispas de esperanza. Algunos juguetes se aferraron a los que tenían cerca. Otros solo miraban, hipnotizados.
—Hoy comienza un nuevo camino. Uno que no será fácil, pero que será nuestro. Un camino donde seremos libres de decidir, de luchar, de vivir.
Una voz entre la multitud se alzó.
—¿De qué camino hablas? ¿Qué debemos hacer ahora?
Poppy los miró con una expresión enigmática, casi solemne.
—Esa respuesta.... —Contesta la pequeña luna, mientras alzaba su mano recta, extendiendo sus para señalar hacia la entrada y salida de la puerta, mientras sonreía al ver a ese sol destructivo llegar. — No me corresponde a mí.
Y fue entonces cuando muchos lo sintieron antes de verlo. Una energía distinta, densa, casi eléctrica, como una tormenta contenida, atravesó el aire y caló en cada fibra de sus cuerpos. El ambiente cambió con la brutalidad de un eclipse invertido, un silencio reverente que no nacía del miedo, sino de la absoluta conciencia de que algo más grande, algo imposible de desafiar, estaba a punto de aparecer. Un peso cayó sobre los hombros de los presentes, no como una carga común, sino como la fuerza gravitacional de un dios cuyo juicio era inevitable. Las puertas de la cafetería se abrieron con un rechinar metálico que sonó más como el lamento de un mundo antiguo que se rendía ante lo inevitable. La luz del pasillo no lo iluminó: huyó de su figura. Y, aun así, lo reveló.
El Prototipo.
Su silueta inconfundible emergió entre sombras, alzándose como un dios. Su ojo brillaba con una intensidad abismal, no como los de una máquina, sino como los de algo más: algo que había muerto y vuelto a nacer con un nuevo propósito.
Los juguetes guardaron silencio absoluto. Nadie se atrevió a moverse. Algunos bajaron la cabeza con reverencia. Otros simplemente lo miraban, sin aliento. Para muchos era la primera vez que veían a la entidad que, hasta entonces, solo era un susurro en la oscuridad. Un mito. Una figura de poder imposible.
Poppy sonrió. Se volvió ligeramente hacia él, alzando la voz una última vez.
—Será él quien les muestre el camino.
Solo unos pocos juguetes sabían realmente quién era. Para la mayoría, su existencia era apenas un susurro, una voz distante filtrada entre las interferencias de las radios oxidadas, transmitida en aquellas reuniones clandestinas donde los más pequeños traían consigo aquellos aparatos viejos, cargando como si fueran altares portátiles. Allí se oían sus palabras como plegarias, como rezos de un dios ausente. Pero jamás lo habían visto. Jamás lo habían contemplado.
Hasta ahora.
La cafetería se sumió en un silencio casi místico cuando la sombra del Prototipo cruzó el umbral. Su figura gigantesca y monstruosa, envuelta en placas metálicas y cables como venas expuestas, parecía un dios forjado entre el dolor y la maquinaria. Cada paso suyo retumbaba como un juicio, y a medida que avanzaba, los juguetes se apartaban con reverencia o con miedo, como si su mera presencia fuera una fuerza que no se debía enfrentar.
Los Nightmares fueron los primeros en reaccionar. Sin dudarlo, se arrodillaron en completo silencio, inclinando sus cabezas como fieles ante su deidad. Bubba, con su cuerpo tembloroso, y Crafty, serena y decidida, lo siguieron al instante. Ambos, leales creyentes de 1006, se postraron con respeto y entrega, como si por fin hubieran sido llamados a casa.
Los demás Smalling Critters, por el contrario, se mantuvieron quietos, paralizados, Picky ni siquiera sabía cómo reaccionar verlo por primera vez la asustaba, pensaba en retroceder, pero sintió un tirón suave lo que hizo que mirara a Mako que le dedicaba una sonrisa tranquila, como si le trasmitiera que todo saldría bien, lo que hizo que la cerdita confiando en su amigo ella también se arrodillara. Algunos retrocedieron instintivamente, como si la visión de aquella criatura profana hubiese rasgado el velo de su entendimiento. Aquel ser no era lo que esperaban. Era más. Más grande. Más oscuro. Más imponente. Terror y admiración se mezclaron en sus miradas, y ni siquiera sabían si debían escapar o inclinarse.
Solo uno permaneció firme.
Catnap.
El felino lo observó sin miedo, con los ojos grandes y vibrantes, no de temor... sino de orgullo. Estaba su padre. Su guía. Aquel al que tanto había oído en silencio, cuyas palabras habían templado su espíritu y fortalecido su decisión.
El Prototipo, oscuro, alto y compuesto de metal con esa carne negruzca, una presencia imposible de ignorar. Su ojo brillo con una intensidad gélida, como si todo lo que miraba fuera diseccionado al instante. Era un dios que no necesitaba demostrar su poder; su existencia lo hacía por sí sola.
Se detuvo junto a Poppy, observó a la muñeca por unos segundos que parecieron eternos, y en ese cruce de miradas no hubo palabras, solo un reconocimiento profundo, una complicidad silenciosa forjada entre las sombras y la reconstrucción. Era el respeto entre dos entidades marcadas por la guerra, el dolor... y el deseo de un nuevo orden. Su voz emergió, grave, profunda, reverberando en las paredes metálicas como si la propia fábrica escuchara.
Esto hizo que unos pequeños juguetes encargados de esparcir su voz, tuvieran un micrófono para grabar la voz del prototipo y trasmitirla a los lugares recónditos de la fábrica, donde algunos juguetes no pudieran escuchar por estar encarcelados.
—Hoy empieza el fin de una era —declaró, con una calma escalofriante—. Las cadenas que nos oprimieron, las jaulas donde nuestras voces fueron silenciadas, serán rotas. Jamás volverán a encerrarnos. Jamás volverán a arrancarnos piezas o a someternos como si fuéramos menos que ellos.
Sus palabras calaban hondo. Los juguetes comenzaron a murmurar entre ellos, primero con incertidumbre... y luego, entre los más fieles, con fervor.
—Hemos decidido que pasado mañana llegará la Hora de la Alegría. —Continuó, sus ojos brillando como carbones encendidos—. Y con ella, nosotros dejaremos de escondernos. Iremos uno por uno, sala por sala, laboratorio por laboratorio, y pondremos fin a los cimientos que han sostenido este sistema de abuso. No tendrán donde esconderse. No más demonios con poder sobre nosotros. No más dolor sin voz. Esta vez, el juicio será nuestro.
El ser hablaba, haciendo que todos prestaran atención, aunque no eran los únicos que los escuchaban.
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En la penumbra de aquella habitación cerrada, las paredes manchadas y sin ventanas eran un recordatorio constante del abandono. Solo una lámpara en el techo parpadeaba intermitente, proyectando sombras largas sobre los cuerpos inertes de los dos juguetes que seguían encarcelados ahí. El aire olía a plástico viejo y polvo, y en una esquina, el suave zumbido de los ductos de ventilación era lo único que rompía el silencio.
Baba yacía sentada sobre un montón de telas mal dobladas, su pelaje negro precioso estaba opaco por la mugre. A su lado, Kickin permanecía con los brazos cruzados, de pie contra la pared, el ceño fruncido, la mandíbula apretada. Su cuerpo, aunque aún fuerte, ya no lucía la energía de otros días. Pero entonces, como una chispa, un sonido rompió la monotonía.
—... Hoy empieza el fin de una era...
La voz resonó en un murmullo distorsionado desde una rejilla en lo alto. Era la radio que un pequeño peluche rebelde había escondido en los ductos. Había logrado sintonizar la frecuencia interna justo a tiempo para escuchar el discurso que se transmitía desde la cafetería, donde todos se reunían. Y aunque el sonido era interrumpido por zumbidos metálicos y ruidos de fondo, era inconfundible.
Era él. La voz del Prototipo.
La risa de Baba emergió de golpe, seca y ronca, como si viniera desde lo más hondo de su pecho. Se llevó una mano sucia al rostro, limpiándose la comisura de los labios mientras escuchaba cada palabra con una especie de reverencia desquiciada.
—¿Lo oyes? —murmuró con una sonrisa torcida, girando la cabeza hacia Kickin—. Por fin... por fin el Prototipo nos traerá la salvación. Ya no vamos a tener que seguir escondiéndonos y caminar sobre hierro fundido, con esos demonios.
Kickin no respondió al instante. Solo bajó la mirada, clavando los ojos en el suelo agrietado. Como si la rabia aún las agitara en silencio. Al cabo de unos segundos, habló.
—¿Salvación? —dijo con una voz baja y firme—. No hay tal cosa como salvación... no después de lo que vi. Después de lo que Elliot hizo... después de cómo destrozó a Dogday ... ¿realmente crees que podíamos seguir como antes?
Su tono no era de burla, sino de una aceptación amarga, resignada, como si ya no tuviera energías para odiar, pero tampoco para soñar.
—Elliot dejó claro que ya no va a seguir respetándonos. Y si lo dejamos, volveremos a eso. A la obediencia ciega. A la crueldad sin justificación. —Respiró la oveja con lo que sabía, ella despreciaba a los humanos por su misma crueldad, mirando de reojo hacia la rejilla—. El Prototipo él es único que realmente puede salvarnos, nos está dando un nuevo camino y no pienso discutirlo... contigo ave.
—Supongo que tienes razón. Que venga la Hora de la Alegría, tal vez sea lo mejor que nos pueda pasar a este punto. —Sentencio Kickin sabiendo que también había sufrido bastante por algunos humanos.
Ambos quedaron en silencio, mientras la voz metálica del Prototipo seguía filtrándose desde lo alto, envolviéndolos como un eco sagrado. Afuera, el mundo cambiaba. Y ellos, aún encerrados, ya podían sentir cómo la historia comenzaba a moverse de nuevo.
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Algunos juguetes aplaudieron, otros gritaron con júbilo. Crafty se levantó con ojos encendidos como si ya pudiera saborear el acto de justicia, por fin podría vengarse por toda la mierda que los humanos hicieron con ella. Sin embargo, no todos compartían el mismo entusiasmo. Un grupo más pequeño, algunos viejos, otros más sensibles, comenzaron a verse entre sí, inquietos, nerviosos, con la garganta seca y el corazón latiendo con miedo. Sabían que hablar de rebelión era una cosa, pero convertirla en una masacre... eso era otro precio.
—¡Es nuestra hora! —rugió el Prototipo—. ¡QUE SEA ESTA SALVACION QUE HAGA QUE LOS DEMONIOS SE ARREPIENTAN!
Entonces, una voz suave, femenina, se alzó entre la multitud.
—¡Espera!
El murmullo colectivo se apagó en un instante, los juguetes se miraron entre si buscando a la dueña de quien paro aquel dios, Poppy por su parte no le sorprendió que alguien interrumpiera. Mommy Long Legs avanzó con lentitud desde un rincón, su cuerpo ondulante al igual que sus cabellos, y una expresión de duda e inquietud en el rostro. Sus ojos estaban clavados en el Prototipo, pero también en todos los juguetes que empezaban a dejarse llevar por la furia.
—No todos ellos son malos... —su voz temblaba, pero no por miedo, sino por convicción—. No todos ellos no han maltratado, por lo contrario, nos cuidaron, nos respetaron y sobre todo algunos se hicieron nuestros amigos. —Ella recordó al señor Jon, aquel hombre que casi todos los días se escapaban juntos para hablar y compartir muchas cosas.
No iba a delatar su romance con un humano, solo lo hacía pasar por un buen amigo, siempre recordó cuando él la defendía, cuando hacia lo posible para apoyarla cuando la lastimaban, lloraba con ella y hasta pedía que escaparan juntos, pero ella no podía hacerlo y dejar a otros juguetes que dependían de ella para protegerse de los demás demonios, además de que ella sabía que, si lograban capturar al hombre, lo matarían.
NO podía arriesgarse.
Tampoco podía permitir que lo asesinaran los mismos juguetes.
Algunos juguetes se miraron entre sí, sorprendidos. Otros bajaron la mirada, sintiendo el peso de sus propias experiencias encontradas, hasta PJ aquel perro oruga que recordaba con cariño aquel intendente que siempre lo acompañaba y como lo trataba con ese amor y cariño, que un abuelo podía dar a un niño.
Desde ese momento algunos pocos grupos de juguetes comenzaron a alzar su voz, también hablando y rogando que se les perdonara la vida. Entre ellos también destacaba el perdón hacia los niños del orfanato.
Algunos juguetes se miraron entre sí, sorprendidos. Otros bajaron la mirada, sintiendo el peso de sus propias experiencias encontradas, hasta PJ, aquel perro oruga que recordaba con cariño al intendente que siempre lo acompañaba y lo trataba con ese amor y ternura que solo un abuelo podía dar a un niño. Su gran ojo tembló ligeramente, mientras sus patas se apretaban contra el suelo como si buscaran aferrarse a un recuerdo más cálido que el presente.
Desde ese momento, algunos pocos grupos de juguetes comenzaron a alzar su voz, primero en murmullos suaves, como brisas tímidas en un bosque espeso de rabia y miedo.
—No todos fueron crueles... —susurró una muñeca de trapo, abrazando su compañera un peluche de un gato abeja—. Hubo quienes nos defendieron.
—Yo... yo recuerdo a la señorita Clara —dijo otro, un peluche de Simón pequeños—. Ella me limpiaba cada día cuando me maltrataban, me hablaba como si yo también tuviera alma... ¿acaso no importa eso?
—Padre...—Esta vez fue Catnap quien hablo, mientras caminaba al Prototipo y con una mirada un tanto suplicante hablo. — Entre aquellas personas que nos trataron bien, está la doctora Jane... ella nos ayudó mucho Padre. Me protegió y me ayudo a escapar. —El felino jamás olvidaría aquel trato de aquella mujer. —Ha sido la mejor doctora y nos ha cuidado a todos... ella no merece morir.
Explico el felino mientras miraba a su padre quien solo se mantenía estoico y tranquilo, como si realmente reflexionara sus palabras.
—Los niños del orfanato... —dijo Bobby desde el fondo, su voz temblorosa pero firme, la osa tampoco permitiría que lastimaran a sus niños. No ella realmente los protegería si era necesario, no tenían la culpa de nada—. Ellos no sabían lo que pasaba aquí. Son inocentes, ¡ellos no merecen pagar por lo que otros hicieron!
Las voces comenzaron a crecer, volviéndose más claras, más exigentes.
El murmullo se volvió oleaje. Las quejas, las súplicas, los recuerdos, todos chocaban entre sí con la fuerza de un mar embravecido. Algunos gritaban nombres, otros se aferraban a sus memorias, algunos lloraban. No por miedo. No por dolor. Sino por esa grieta en el alma que divide la sed de justicia del deseo de proteger aquellos humanos que los ayudaron.
—¡No todos merecen morir! — Grito otro.
Poppy, frunció el ceño los observaba con la gravedad de quien carga un juicio, sintiendo la tensión en el ambiente. Sabía que aquello no sería sencillo. Sabía que no todos estaban listos para escuchar lo que vendría. Pero, aun así, dejó que hablasen.
El Prototipo bajó lentamente su mano, girando ligeramente su cabeza hacia la muñeca, como si aguardara su reacción... o su intervención.
Poppy los observó desde el centro de aquel lugar, su figura pequeña y elegante envuelta en el silencio reverente que había caído sobre la multitud de juguetes. Su presencia imponía una quietud casi sagrada. Los ojos rojos de porcelana brillaban bajo la tenue luz del comedor, y su voz, cuando habló, se sintió como un susurro firme que arrastraba consigo todo el peso de una promesa sellada por el tiempo y el dolor.
—Por eso... la Hora de la Alegría no iniciará mañana. —Dijo de pronto, rompiendo el aire expectante que se había formado tras la aparición del Prototipo—. Será pasado mañana. Y hay una razón para ello.
Los murmullos se alzaron entre los presentes, preguntas contenidas, miedos que buscaban respuestas. Pero ella no vaciló. Caminó lentamente al frente, como si midiera cada palabra con el cuidado de quien sostiene la esperanza de muchos en la palma de la mano.
—Mañana... —prosiguió— será el último día que tendrán para ver a quienes aman. Para advertirles. Para abrazarlos, si pueden. Para pedirles que no vuelvan, que se queden lejos, que se salven... Porque después de mañana, ya no habrá vuelta atrás. Lo que vamos a hacer cambiará todo, para siempre.
Muchos agacharon la cabeza, otros se tomaron de las manos. Incluso los más endurecidos por la tristeza parecían rotos por dentro al entender la magnitud de lo que estaba por venir. Pero Poppy no dejó que la sombra los envolviera del todo. Hablando con la ternura de una madre que vela por sus hijos.
—Este último día no debe vivirse con miedo. Úsenlo para despedirse. Para decir las palabras que nunca se atrevieron. Porque, aunque el mundo nos dio la espalda, nosotros aún podemos abrazar lo que nos queda. —hizo una pausa, asegurándose de que todos la escucharan.
—Sobre los niños, ellos son de nosotros. Pase lo que pase, nadie debe tocarlos. Son parte de nosotros. Son la semilla de algo nuevo... y nosotros debemos protegerlos, ellos no merecen el castigo de sus mayores.
Un suspiro colectivo recorrió el lugar. Algunos lloraron. Otros se abrazaron con más fuerza, otros festejaron que por fin la hora de alegría se haría.
Poppy se giró hacia el Prototipo, le dedico una sonrisa cansada, sabía que lo había dado todo para evitar esta tragedia, pero ya no había vuelta atrás, será sus últimos días donde ella también se despediría de los suyos.
Mientras tanto Bobby y Hoppy miraban la escena notándose preocupadas, realmente no les agradaba la idea en absoluto, parecían alteradas y ambas solo se agarraron de las manos como un ancla.
—Esto no terminara bien, ¿verdad Bobby? —Pregunto la coneja angustiada por lo que venía, preguntándole a su novia sobre el hecho.
—No... no terminara bien. —Dijo la osa mientras miraba a sus líderes que parecían tranquilos, pero ella sabía al saber leer el lenguaje corporal, que ambos lo hacían por hechos egoístas.
Y eso la aterraba muchísimo.
Solo deseaba que Dogday estuviera aquí, tal vez él supiera otra solución o tal vez solo ayudaría a tranquilarlos.
Ya nada sería igual.
☆*゚ ゜゚*☆*゚゜Cometario de la escritora☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*
Holaaaaaaaaaaaaaaaaaa de nuevo!!!
Jjajaja aqui les traigo el otro capitulo que prometi fuaaaas!! que intensidad todo la verdad, es que dios miooooooo solo imaginar la entrada de 1006 de forma tan epica como ahora fue muy ajkahiusahigLIWQGUEWGV
Osea no se como explicando, ame escribir su entrada, ame escribir sus palabras y sobre todo como tuvo el impacto que tuvo con los juguetes, muy bien mis queridos lectores, bueno una vez les aviso que el capitulo que viene osea el del siguiente domingo va a ser uno de los mas Dalay posible, por lo que disfruten su ultimo capitulo de paz uwu con sus personajes favoritos.
Porque enserio despues lo que se viene estara muy cabron y tal vez haya uno que otro llanto, o algo asi, la verdad quien sabe, ahora si cada quien como reaccione con las consecuencias que se vienen.
Estoy muy emocionada de seguir escribiendo mi fanfic uwu y mas porque ya comence con uno de los fanfics que tenian en la lista chan chan chan!!! adivinen de cual se viene 7w7r
Para mis lectores de otros idiomas recuerden traducirlo con una aplicacion que ayuda a traducir la pagina uwu.
(los de fanfictionero tendran que ir a Ao3 o a wattpad a ver las imagenes )
Apenas llevo el prologo y el primer capitulo, no es mucho por lo mismo ando ocupadita con las nuevas cosas que tengo que hacer. Nada mas espero las portadas que la grandiosa editora Clementine0315 las pueda terminar, por favor les pido que sigan su trabajo, es simplemente sublimeeeee!!!, para que ustedes mis lectores ya los guarden en su bibliblioteca.
Por cierto les tengo tra sorpresa jajaj XD hice un meme sobre el fanfic directamente y dios mio, esta idea se la doy a caneladoll99 quien me paso el clip jajajajajajaj y no pude evitar crear un meme sobre la situacion, por cierto tiene spoilers para lo que viene uwu, pero les hice este regalito como navidad adelantada, para que puedan sentirse emocionado y felices de poder imaginar que por fin pueden masacrar, destripar al pndejo de Elliot Ludwig jejej 7w7r, asi que disfruten de mi regalo uwu.
https://www.tiktok.com/@kiara_s17/video/7586510465052806411
Les agradezco a mis lindas y talentosas amigas Verito4855 y caneladoll99, que participaron en este fandub uwu para dar las voces y esas emociones al odiar a ELliot XD, no se vayan sin dejarles a ellas muchisimo amor, porque merecido lo tienen por ser tan talentosas en lo que hacen uwu.
Por cierto feliz nadivad adelantada mis amados lectores, los amo como no tienen ni la menor idea, es por ustdes que esta historia se vuelve mas vista o revelante. Muchas gracias y que sus vidas, siempre esten rodeados de alegria, virtud y que sus deseas siempre se hagan realidad (mientras no lastimen a otros por supuesto XD, uno ya no sabe).
Los amooo y cuidense!!
Hasta el siguiente domingo uwu.