Capitulo 44. El ultimo día de paz.
28 de diciembre de 2025, 11:17
Notas:
⚠️Advertencias⚠️
🐈⬛Este capitulo tiene temas delicados, proceder con precaucion.
🐈⬛ Capitulo Largo.
🐈⬛Esta historia es para el público adulto, por lo tanto, si eres menor de edad, te pido de la mejor manera que salgas de la historia, pero aun así si decides ignorar mis advertencias, entonces solo me queda advertirte que estas bajo tu propio riesgo, esta historia encontraras temas moralmente cuestionables, turbios, gore, abusos de todo tipo, altamente toxicidad, sinceramente esta historia hará que te revuelva el estómago. Por lo tanto, estas bajo tu propio riesgo, no quiero saber que después de esto quieras quejarte o que tus padres vengan a quejarse porque serás bloqueado de inmediato. Eso sería todo para aquellos menores de edad.
🐈⬛Si llego a enterarme que uno de mis lectores es menor de edad, sera bloqueado de inmediato sin aviso alguno, Por favor entiendan que no es contenido para su edad. Sobre aviso no hay engaño.
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La luz de la mañana apenas alcanzaba a filtrarse por las rendijas de aquella fabrica infernal proyectando líneas doradas sobre el suelo pulcro que pronto se mancharía de un rojo permanente. El aire estaba cargado con un silencio tenso, apenas interrumpido por el zumbido monótono de las máquinas conectadas al cuerpo inerte pero vivo del Prototipo. Aún atado con gruesas cadenas y correas de sujeción, su cuerpo parecía dormido, aunque cada uno de los presentes sabía que no había nada inconsciente en él. Esa quietud era deliberada y amenazante.
Ignoraban el hecho de aquel dios que tenían encadenado, sería su futuro verdugo.
Elliot lo contemplaba desde la distancia con las manos en los bolsillos de su chaleco de marca, su semblante sereno, incluso satisfecho. Su cabello estaba aún un poco desordenado y sus ojos no delataban el cansancio de la noche anterior. Una sonrisa distraída curvaba sus labios mientras pensaba en Dogday… en sus manos, su cuerpo cálido y obediente, la forma en que aún podía moldear su voluntad incluso ahora. Todo parecía ir tomando su rumbo otra vez.
Pero su momento de contemplación se vio interrumpido por la voz firme de Jane, que apareció tras él, con los brazos cruzados y el rostro tenso.
—Tienes que venir. Es Poppy. —Su tono era grave, más de lo normal.
Elliot alzó una ceja, con una expresión de fastidio y escepticismo.
—¿Otra vez con eso? Déjala. Solo está buscando atención…
—No, Elliot. —Jane lo miró directo a los ojos—. Está mal. Muy mal.
Un largo suspiro se escapó de los labios del científico antes de que se diera la vuelta, caminando con lentitud, como si se tratara de un favor innecesario. El eco de sus pasos resonó en los pasillos mientras se alejaba del cuerpo encadenado del Prototipo, ignorando que aquel dios lo observaba y vigilaba su andar.
Llegaron a las celdas subterráneas. El aire allí era más denso, húmedo, con un olor persistente a metal oxidado y encierro. En una de las celdas del fondo, el cuerpo de Poppy yacía sobre la estrecha cama metálica. Su piel de porcelana estaba aún más pálida de lo habitual, sus mejillas hundidas, sus ojos entrecerrados, aun vestida de ese bello vestido blanco que ahora ya hacia sucio, ya sea del mismo sudor de la muñeca o de manchas de suciedad. Parecía tan frágil como una muñeca olvidada en una vitrina polvorienta. Respiraba con dificultad, con un leve quejido cada tanto.
Elliot conocía a su creación. Él la diseñó, la reconstruyó desde los restos, la moldeó hasta convertirla en un símbolo de perfección. Poppy era la cúspide de su obra, un equilibrio imposible entre ciencia e inmortalidad, el resultado de años de obsesión por la pérdida de su familia. Pero incluso la más perfecta de sus creaciones puede quebrarse si la conciencia que la habita decide dejar de luchar.
Y él lo sabía.
Sabía que ella se estaba dejando morir.
Su cuerpo, aunque no requería alimento, sueño ni las necesidades básicas de un ser humano, reaccionaba al deterioro psíquico de su huésped. No importaba cuán avanzado fuera su diseño; si la mente al mando estaba rota, su cuerpo de muñeca terminaría por seguirla al abismo. Esa era su única debilidad, la conciencia, la voluntad, la humanidad que tanto se esforzó por preservar en ella... y que ahora la estaba matando.
Quizá por eso Elliot había ordenado a Harley que estripara ese mismo factor en los demás juguetes. Les había arrebatado esa debilidad. Pero el precio fue alto. A cambio de esa supuesta paz, les quitó también la inmortalidad. Ahora, sus cuerpos solo ostentaban una longevidad impresionante, pero seguían siendo vulnerables, finitos, sujetos a necesidades físicas que los ataban a la realidad como cualquier ser vivo. Un intercambio justo, pensaba él, para acercarse a la perfección sin los riesgos de morir por tu propia mente.
Y sin embargo… qué ironía más cruel.
Las únicas dos criaturas que aún conservaban la inmortalidad pura, el regalo maldito de Elliot era precisamente aquellas que habían osado desafiarlo. Uno, encadenado en las profundidades, prisionero de su propio poder y de la voluntad del creador. Y la otra, postrada en una cama, consumiéndose lentamente, dejando que la culpa, el dolor y la desesperanza la devoraran desde dentro. No fue su diseño lo que falló. Fue su espíritu. No soportó las acciones de Elliot que cometió contra su hijo.
Y ahora moría. No por una herida. No por un defecto. Sino por algo mucho más humano y más trágico.
Por rendirse.
Eso explicaba del porque la decoloración de sus ojos, era una prueba que su mente estaba rota y su cuerpo enfermaba.
Elliot se detuvo justo en el umbral de la cama enfrente de ella, con los brazos cruzados, observó a la muñeca con ese desdén que solo se reserva para lo que alguna vez fue útil y ahora resulta incómodo.
—¿Y ahora qué juegas, Poppy? ¿Una nueva actuación? —escupió, su voz cargada de aspereza, deslizándose entre la burla y el hastío. Su tono no buscaba respuestas, solo provocar.
Poppy ni siquiera giró el rostro por completo. Desde la cama aun acostada, alzó la mirada apenas un poco, y lo contempló con esos ojos débiles aun carmines, enrojecidos y brillantes de fiebre, que aun así no habían perdido su chispa Un fulgor irónico, sarcástico… peligroso.
—¿Qué más quieres de mí, Elliot? —respondió con una voz que no temblaba, sino que se deslizaba como seda cortante—. Ya lo tienes todo, ¿no? Ya ganaste. ¿No puedes, al menos, dejarme en paz?
No había súplica en sus palabras. No había rendición. Solo una mordaz constatación. Y eso lo enfurecía más que cualquier insulto. Porque ella hablaba como si supiera que la última palabra ya no era suya… y eso, en su mundo, era una afrenta imperdonable.
—No finjas. —Él se acercó un poco, apretando los dientes—. Esto no es más que otra de tus patéticas manipulaciones.
—¿Y si lo es? —Poppy sonrió débilmente, cerrando los ojos como si le costara hablar—. Déjame dormir… aunque sea por un rato… monstruo.
El silencio que siguió fue sepulcral. Elliot la observó largo rato, inmóvil, con el rostro crispado en una mueca que oscilaba entre el desprecio y la duda. No sabía si la odiaba… o si, por un segundo, le dolía verla así. Sin decir una palabra más, giró sobre sus talones y se encaminó hacia la puerta de la celda, como si escapar de ella fuera también escapar de su propia humanidad.
—Haz lo que puedas por ella, Jane. —le dijo secamente, sin mirarla—. No quiero que se muera… todavía.
Y se fue, dejando tras de sí un silencio aún más pesado. Jane no se movió de su sitio hasta que estuvo segura de que los pasos de Elliot se habían desvanecido en los pasillos. Fue entonces cuando entró completamente a la celda y se acercó a la muñeca.
La puerta se cerró tras Elliot con un golpe hueco que resonó en las paredes de concreto.
Solo entonces, Poppy abrió un ojo lentamente.
—¿Se fue? —susurró, con una media sonrisa.
—Todo salió como lo planeaste. —respondió Jane con tono bajo, pero con una sonrisa cansada, ella realmente estaba agotada se le veía en sus ojos.
Durante un instante no hicieron nada. Solo respiraron. Como si esperar fuera también parte del ritual. Y entonces Poppy se incorporó con lentitud, el rostro aún pálido pero encendido por un brillo distinto. El dolor seguía ahí, anclado en su cuerpo, se estaba dejando morir una parte lo hacía para manipular y la otra realmente deseaba desaparecer.
Pero no lo haría hasta rescatar a su hijo.
Poppy se sentó en la cama, con el cabello desordenado y los ojos más vivos de lo que Elliot hubiera imaginado. Miró a Jane con una mezcla de gratitud y urgencia.
—¿Kickin y Baba? ¿Cómo se encuentran?
—Están a salvo —dijo Jane al fin, con una voz apenas más fuerte que un suspiro, como si nombrarlos en voz alta pudiera ponerlos en peligro de nuevo.
No añadió nada más. Se sentó junto a Poppy sin ceremonia, sus movimientos meticulosos, automáticos, como los de una doctora que ya ha hecho esto demasiadas veces, que se ha roto por dentro y aun así sigue trabajando por inercia. Comenzó a revisarla con cuidado, palpando zonas sensibles, observando hematomas, evaluando con la mirada cansada de quien ya no espera buenas noticias. Sus dedos eran firmes, pero no crueles. Solo exhaustos.
—Me aseguré de que nadie los tocara —continuó, concentrada en su tarea, como si la frialdad de los procedimientos médicos le permitiera sostenerse—. Usé mis propios permisos, inventé justificaciones. Hice lo que tenía que hacer para desviar cualquier intento de… ya sabes… intervención.
Hizo una pausa, sin mirarla, simplemente soltó el estetoscopio con un leve temblor.
—He de admitir que fue bastante difícil.
Poppy solo asintió, permitiendo que Jane hiciera su trabajo. Se dejó tocar, examinar, medir, como si al hacerlo también se deshiciera de un peso invisible que llevaba semanas arrastrando. Aquel era un momento extraño de calma: dos mujeres rotas en medio de una guerra silenciosa, aferrándose a lo que quedaba.
—Te agradezco lo que hiciste con Catnap —dijo de pronto, con una sonrisa ladeada, casi melancólica—. Elliot no sospecha que aún sigue en la fábrica.
Jane alzó brevemente la vista, y supo de inmediato a qué se refería. La imagen volvió a su mente con nitidez: aquella foto distorsionada, impresa en uno de los periódicos de la zona, mostrando a una figura felina y borrosa entre los callejones polvorientos de un pueblo cercano. Una mentira. Una distracción. Una obra maestra de manipulación.
Poppy volvió a hablar, como si pudiera leerle la mente.
—Cuando vi ese titular supe que funcionaría.
Jane no necesitaba que se lo recordara. Había sido ella quien, siguiendo instrucciones precisas de Poppy, había tomado esas imágenes alteradas, había pagado a un contacto para hacerlas circular entre los medios. Todo formaba parte del plan, desviar la atención de Elliot, comprar tiempo, preparar el escenario para la última jugada.
—¿y ahora que pasara Poppy? —Pregunto Jane mientras miraba a su amiga.
La muñeca solo se quedó callada, sabía que lo que venía era algo terrible, pero era su única oportunidad.
—Ahora… solo toca que te des un descanso y disfrutes tu último día en la fábrica, despídete de quien tengas que despedirte…—Explico Poppy realmente triste porque esto era una despedida de una gran amiga suya. —Kissy te dará una caja, donde estará tu última misión…
Sus ojos se humedecieron, aunque ninguna lágrima cayó. No podía permitirse llorar, no ahora. Pero en su mirada había una ternura irreparable. Esa frase, tan sencilla, tan frágil, era más que una instrucción: era una despedida disfrazada. Y ambas lo sabían.
—Kissy tiene una caja para ti —añadió, bajando la vista como si al hacerlo pudiera ocultar el nudo en su garganta—. Ahí encontrarás tu última misión. Lo que viene después… dependerá de ti.
Jane dejó de moverse. Sus manos, que todavía tocaban el borde de la camilla, se quedaron frías, heladas. Su rostro palideció, y una sombra se dibujó tras sus ojos.
—No me digas que… —comenzó a decir, pero su voz se quebró. Tragó saliva, mirando a Poppy, intentando aferrarse a cualquier otra interpretación. A cualquier otra posibilidad.
Pero entonces Poppy levantó la cabeza. Sus ojos carmesíes, intensos como brasas a punto de extinguirse, se clavaron en los de Jane. Y fue ahí, en ese silencio tenso, donde Jane lo comprendió todo.
—¿De verdad vas a quemarlo todo? —preguntó, ya sin esperar una mentira.
Poppy sostuvo su mirada por unos segundos más. No dijo nada. Solo asintió con lentitud, una sola vez, como quien firma una sentencia.
Jane se llevó una mano al pecho, retrocediendo apenas. Le faltaba el aire. Su mente trataba de entenderlo, de procesarlo, pero el corazón ya lo sabía. Esa no era solo la última jugada.
Era el final.
—¿Y tú…? —murmuró con voz apenas audible— ¿Tú vas a quedarte aquí?
—Alguien tiene que quedarse y parar todo esto—respondió Poppy con una media sonrisa triste, como si con eso bastara para que la decisión doliera un poco menos.
Jane quiso decir algo más, gritarle, sacudirla, convencerla de que aún había otro camino. Pero algo en el rostro de Poppy le impidió siquiera intentarlo, porque sabía que este plan lo tenían desde hace tantos años que era la perfecta oportunidad de ambas para redimirse y ser libres de esta asquerosa fabrica.
—No podrás llevarte a los niños, hasta que tengas todo listo —añadió Poppy, más suave ahora—. Cuando lo tengas… estaré esperando una señal tuya.
El silencio que siguió fue brutal. Pero Jane entendió de inmediato, ella sabía que los niños estarían bien y que Poppy los protegería hasta que ella abriera su orfanato, no era una despedida.
Solo un hasta luego.
Jane asintió, lentamente, aunque las lágrimas ya comenzaban a caer sin permiso. Se limpió los ojos con la manga, y por primera vez en mucho tiempo, su voz sonó pequeña, casi infantil, sabía que no volver a ver a su amiga… posiblemente por años, sería difícil de asimilar.
—Mas te vale no olvidarme. —Dijo Jane mientras le daba un suave golpe a su hombro y ambas se rieron.
Ambas rieron, como lo hacían antes, cuando el mundo todavía no se había derrumbado por completo. Por un instante, la risa compartida pareció reconstruir algo que ya estaba roto.
Poppy sonrió de nuevo, con esa dulzura cansada que la había acompañado desde que empezó todo esto. Miró al vacío por un momento, con los ojos brillantes por algo más que el cansancio.
—Eso nunca… —susurró, casi como una promesa.
Quedaron en silencio, uno de esos silencios cómodos, que envuelven como una manta cálida.
—¿Pudiste comunicarte con Tayla? —preguntó Poppy al fin, con la voz baja, como si temiera la respuesta. Sabía que no había forma elegante de despedirse de alguien que no sabía que era una despedida.
Jane negó con la cabeza, frustrada.
—No… le hice bastantes llamadas, fui a visitarla y le dejé demasiadas cartas —bufó con impotencia—. Pero la idiota se había ido a su pueblo natal. Eso me dijeron sus vecinos. Nadie sabe cuándo vuelve.
—Esperemos que nunca lo haga —dijo Poppy, con una tristeza suave, resignada. No porque no la quisiera, sino porque deseaba que viviera. Que siguiera adelante sin mirar atrás, sin quedar atrapada en esta historia como tantas otras. Como ellas.
Jane asintió, mordiéndose el labio para no llorar. Pero ya no pudo más.
—Voy a extrañarte —murmuró.
Poppy la miró, con los ojos grandes y rojos, tan llenos de lágrimas que parecían cristal. Tardó un segundo en responder, como si las palabras tuvieran que atravesar primero el nudo en su garganta.
—Yo también… —dijo al fin, en un hilo de voz que parecía deshacerse en el aire—. Más de lo que puedo decirte.
Y entonces se abrazaron. No con la contención que pide la prudencia, sino con la desesperación de quienes saben que no volverán a verse. Se abrazaron con fuerza, con los cuerpos temblando, sollozando en silencio al principio, hasta que ya no pudieron contener el llanto. Lloraron como niñas, como hermanas, como sobrevivientes. Lloraron por todo lo perdido, por lo que vendría, por la memoria que dejarían atrás.
No había promesas de reencontrarse. Solo una certeza: el amor que habían construido en medio del horror sobreviviría incluso al olvido.
Después de un largo rato, fueron separándose con lentitud. Jane se limpió la cara con ambas manos, sin disimular el dolor.
—Supongo que debo irme —murmuró—. Aún tengo tiempo para hacer algo con este último día.
Poppy no dijo nada. Solo asintió, una vez más. Jane se giró hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y volvió a mirar a su amiga.
—Hazlo bien, ¿sí? —dijo con voz temblorosa.
—Lo haré —respondió Poppy.
Jane sonrió entre lágrimas, y luego se marchó porque iría por última vez a atender a sus adorables pacientes.
La puerta se cerró suavemente tras ella.
Y en la celda, Poppy se quedó sola con el silencio, mientas la muñeca solo miraba a su amiga marcharse y lloraba sola, sintiendo que su pecho dolía ante aquella despedida.
El reloj, que tenía ese cuarto comenzó a marcar los compases de las últimas horas.
La hora de la alegría se acercaba.
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La risa de los niños llenaba los pasillos con ecos de una alegría efímera, y entre ellos, corriendo con torpeza entre cojines y juguetes sueltos, estaban Bobby y Hoppy, riendo también, como si pudieran olvidar por un momento el peso que les apretaba el pecho.
Bobby sostenía una cuerda larga y deshilachada que los niños usaban para saltar. Hoppy marcaba el ritmo con las patas, haciendo que todos corearan con voces agudas una canción tonta sobre dulces, estrellas y galletas con bigotes. A su alrededor, otros juguetes pequeños bailaban, aplaudían o rodaban de un lado a otro.
Entre todo ese desorden encantador, ArcoRabbit —el pequeño conejo unicornio con su cuerno desproporcionado y su sonrisa siempre ladeada— tomó impulso y dio una voltereta torpe sobre sí mismo, lanzándose de espaldas hacia una montaña de cojines desiguales con una exclamación triunfal que terminó en una carcajada.
—¡Jajaja! ¿¡Quién sigue!? —exclamó con entusiasmo, levantando sus patitas en el aire como un campeón. Los niños gritaron su nombre mientras corrían hacia él, y los juguetes no tardaron en imitarlo, lanzándose también a la improvisada montaña con chillidos felices, abrazos en el aire y carcajadas sin sentido.
—Están tan felices… —murmuró Hoppy, mientras miraba cómo uno de los niños envolvía a un osito en una cobija diminuta—. Como si el mundo no fuera a cambiar mañana.
Bobby había dejado de mover la cuerda para descansar un poco su brazo, solo se puso a lado de su novia, solo asintió en silencio. Observaba con una sonrisa apacible, pero sus ojos se notaba la preocupación.
—Es normal Hoppy… ellos no saben lo que pasara. —Explico Bobby mirando a esos preciosos niños.
Hoppy bajó la mirada. Su pelaje verde estaba desordenado, cubierto con brillantina de manualidades y migajas de galleta, pero no se molestó en limpiarse.
—Espero que jamás lo sepan. —Explico la coneja mientras observaba a los niños.
Un niño se acercó a ellas en ese momento. Tendría no más de cinco años, con las mejillas llenas de crayón y un pequeño gorro tejido por alguna mano amable. Este llamo a la osita mientras pedía que lo cargara, a lo que la osita lo hizo con ternura.
—¿Vas a venir a jugar, Bobby? ¿Tú también, Hoppy? —preguntó con la voz suave y curiosa, como si invitarlas al juego fuera lo más natural del mundo. En sus ojos no había miedo, ni sospecha. Solo confianza, mientras abrazaba a Bobby aun en sus brazos.
—¡Sí, vengan, vengan! —gritó ArcoRabbit desde la montaña de cojines, con la lengua fuera y el pelaje despeinado—. ¡No se vale quedarse sentadas si estamos celebrando!
Bobby soltó una risa nasal, débil pero sincera. Se miró con Hoppy por un segundo, y sin decir nada, ambas se pusieron de pie.
—¿Celebrando qué? —preguntó Hoppy, alzando una ceja con una media sonrisa, intentando sonar divertida.
—¡Pues que tenemos galletas, almohadas y música! —gritó el conejito unicornio, girando sobre su panza—. ¡Eso es más que suficiente!
Por un segundo, el silencio entre los tres fue como un respiro. Arco miró hacia el techo, donde una lámpara temblaba con el sonido de las risas y pasos apresurados de los demás. Sabía bien lo que venía. Pero si ese era su último día de juegos, de dulces, de canciones desafinadas y abrazos pegajosos… entonces no pensaba desperdiciarlo.
Y sin más palabras, Bobby se levantó de su lugar aun con el pequeño de sus brazos que tenía mucha ilusión, mientras Hoppy se dejó arrastrar por el entusiasmo general. Una vez más se unieron al caos de risas y juegos, dejando que, al menos por un rato, la tristeza se quedara en pausa.
Porque incluso si el mundo se caía mañana… ese instante les pertenecía por completo.
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El lugar era un rincón apartado entre los ductos de la antigua fábrica, decorado con luces cálidas que Mako había instalado con paciencia. El aire olía a vainilla y caramelo, gracias a una bandeja de postres que Picky había preparado con sus propias manos. Había hecho muffins de fresa con chispas dulces y galletas de coco con forma de estrellas.
Picky colocaba los postres sobre una manta doblada con cuidado, intentando no mirar demasiado a Mako, que la observaba estando a su lado con una sonrisa leve. Sus ojos brillaban con esa curiosidad tranquila que tanto la descolocaba y al mismo tiempo de aquellos deliciosos postres azucarados, siendo que el tiburón era un adicto al azúcar.
—¿Siempre hueles tan delicioso … o es parte de tu encanto natural? —bromeó él de repente, rompiendo el silencio con una voz baja y divertida.
Picky solo se sonrojo al escucharlo, no iba a negar que le gustaba cada vez que el tiburón la halagaba. Ella jamás pensó que realmente por fin podría escuchar tan bellas palabras de aquel que no sea condescendencia, o solo por ser amable.
Se sintió muy bien ser realmente apreciada y vista por alguien, Picky juraba que Mako podría volverse su amigo especial, pero temía preguntarle o la sola idea de ser rechazada eso la destrozaría y judería más su autoestima más de lo que ya estaba por culpa de su ex amiga.
Y ni hablar de su ex amigo especial Bubba.
—¡Ah! ¿Q-qué? ¡No digas cosas así! —protestó, cubriéndose el rostro con ambas manos, estaba nerviosa y ruborizada, no podía negarlo se sentía muy feliz estar con aquel tiburón.
Mako soltó una pequeña risa.
—Claro que sí —respondió él sin dudar, con esa voz baja que le hacía cosquillas en la columna—. Y también sé que pusiste más azúcar en los muffins… porque sabes que me gustan así.
Picky se tensó ligeramente. Era cierto. Lo había hecho sin pensarlo. Solo… quería que él sonriera y le gustara lo que preparaba, era una manera de demostrar cariño.
—Ah… solo porque me sobraba un poco —se excusó en voz baja, desviando un poco la mirada.
Mako se acercó despacio, agachándose frente a ella con una calma que empezaba a revolver el estómago de la cocinera. Él tomó un muffin a lado suyo, jugando con la cerdita que terminaba por ponerse roja, pensando que tal vez la acariciaría.
Lo que hizo que Picky sintiera que sacaba vapor por sus oídos, por lo avergonzada que se había puesto mientras Mako comía como si nada, la cedita se regañó a sí misma por pensar diferente.
—¿Sabes? —empezó a morder otro muffin—. Cuando encontré este lugar pensé que sería solo mío. Solo quería alejarme de todos y relajarme en comer mis postres. Pero cuando te lo mostré… no sé. Algo cambió. —Contesto Mako, mientras observaba el muffin en su mano, sonando bastante honesto, por alguna razón estar a lado de Picky, hacia que el tiburón solo bajara la guardia y al mismo tiempo se sintiera tan cómodo, como en paz.
Picky tragó saliva con fuerza. Sus manos se aferraron al borde de la manta mientras intentaba no derretirse por dentro. No estaba acostumbrada a esa clase de cercanía. No con alguien que la mirara así, como si de verdad le importara cada pequeño gesto que hacía, pero aun así le gustaba de sobre manera.
—Bueno. jeje pensé que traías a tu amigo especial aquí. —Dijo la cerdita un poco nerviosa, tanteando el terreno queriendo averiguar si Mako tenía a alguien especial a su lado, mientras ella misma tomaba una galleta y se la llevaba a su boca para comer algo tan delicioso.
Mako solo se quedó callado unos segundos mientras comía y pensaba en lo que decía su amiga y solo sonrió bastante decidido.
—En realidad, no tengo ningún amigo especial. —Menciono como si nada al mismo tiempo que alzaba sus hombros, como si no temiera decir la verdad. Lo que hizo que Picky se sorprendiera y se quedara mirando con sorpresa a su amigo y esperanzada.
—Oh. jeje~, es que pensé que ya sabes tenías a alguien. —Contesto la cerdita mientras bajaba su galleta y jugaba con sus dedos, por primera vez en tanto tiempo se sentía tan nerviosa por pensar que tal vez tenía una oportunidad con Mako, de al menos volverse su amiga especial. No iba a negar que estaba muy aliviada.
—Pues pensaste mal… no he tenido a nadie interesante para llegar a ese puesto. —Explico mirando la lejanía de la fábrica, observando a juguetes y humanos que convivían por igual o solo hacían su trabajo. Ni siquiera con los Nightmares tenía a alguien para llamarlo un amigo especial, además que hace años había terminado su relación con Touille por ser muy incompatibles.
Así que no tenía absolutamente a nadie, pero realmente tenía en la mira a cierto juguete rosadita para tal vez tener ese tipo de relación.
—¿Y tú Picky?, yo que recuerde tienes a ese elefante nerd como tu amigo especial, ¿verdad? —Pregunto curioso, realmente quería de saber si la cerdita estaba disponible, tampoco iba arriesgarse con un juguete que ya tenia a alguien, eso sería una total pérdida de tiempo.
Picky al recordar a Bubba solo se apagó al instante que se dijo ese nombre, solo miro al frente mostrando su seriedad, apagando su sonrisa, cosa que Mako lo noto de inmediato lo que provocó que sintiera más intriga, mientras que la cerdita alzaba sus piernas y la abrazaba, ya que recordaba aquella pelea y esa horrible verdad que habían hecho que lo odiara.
—No, de hecho, rompimos esa amistad ya hace tiempo y sinceramente fue para mejor, al fin me libere de un peso muerto. —Explico con tanto desprecio la cerdita, porque no iba a negar que su corazón dolía y pesaba por lo que Bubba le hizo.
Mako guardó silencio al escuchar la dureza con la que lo dijo. Bajó la mirada por un segundo, observando cómo Picky abrazaba sus propias piernas como si tratara de contener todo lo que no podía decir en voz alta. No era solo enojo. Había una herida mal cerrada ahí.
El tiburón sonrió con malicia por fin confirmando que Picky estaba disponible, haciendo que se volviera más fácil para él poder acercarse a ella, eso significaba que podría hacerla suya sin ningún problema. Después de todo Bubba no se merecía tremenda hembra que podía hacer casi de todo con sus manos, además de que no iba a dejar ir a esa cerdita que podía prepararle bocadillos de por vida, solo tenía que tratarla como merecía y listo.
Un trato justo por tener una amiga especial como ella, solo tenía que darle todo lo que necesitara y esa idea hacía que el corazón del tiburón solo se hiciera más cálido y ansioso por hincarle el diente.
—Me alegra que te hayas liberado entonces —dijo finalmente, con voz suave, pero firme, mientras sonreía dejando en claro que seguía siendo un Nightmares y ahora no dejaría ir a la cerdita. —Después de todo ese nerd no te merecía.
Picky alzó la vista, un poco sorprendida por la naturalidad con la que Mako había dicho eso. Sus ojos se encontraron por un instante… y ella sintió cómo le temblaban un poco los dedos. Realmente ese Nightmares la hacía sentirse bien, escuchada y valorada.
—Gracias —murmuró con sinceridad, sonriendo ante su cumplido y como este con sus palabras le daba calidez a su vida.
El silencio se instaló entre ellos, pero no era incómodo. Solo estaba ahí, llenando el aire con pequeñas cosas que no sabían cómo decir aún.
—Así que… —continuó Mako tras unos segundos, mientras tomaba otro muffin de fresa y tanteaba en comerlo de golpe o solo soltar lo que tenía pensando— si los dos estamos libres y sin amigos especiales, ¿qué nos impide... no sé… serlos?
Picky lo miró de reojo, con los ojos ligeramente abiertos por la sorpresa. ¿Lo había dicho así de fácil? ¿Así, sin rodeos?
—¿Lo dices en serio? —preguntó ella, tratando de sonar indiferente, pero fallando miserablemente por lo tembloroso de su tono.
—Muy en serio —respondió él, dándole un pequeño mordisco al muffin y hablando con la boca semi llena—. Además, ¿quién diría que estos son los mejores postres de la fábrica? Es peligroso, dejar que se los cocines a cualquiera. —Este le guiño con malicia y coqueteo.
Picky se cubrió la cara con ambas manos mientras soltaba una risa nerviosa y ahogada. ¡¿Qué estaba diciendo?! ¡¿Por qué la hacía sentir así?! Su corazón latía tan fuerte que podía escucharlo rebotar en sus orejas.
—Eres tan… tonto —musitó entre risitas, sintiendo muchísima felicidad cruzar por su cuerpo, realmente quería ser amiga especial de Mako, lo deseaba desde hace tiempo.
—Pero honesto —agregó Mako, con una sonrisa ladeada—. Y tú eres tan linda cuando te pones nerviosa.
—¡Oye! —exclamó Picky, empujándolo suavemente con el hombro, aunque su rostro ya estaba completamente rojo.
Mako soltó una carcajada suave, su risa grave, ya que había sido bastante gracioso la reacción de la cerdita. Se estaba divirtiendo, sí, pero también era claro que no estaba jugando. Sus ojos brillaban de manera distinta cuando la miraba. Picky lo notó… y sintió que, si no hacía algo ahora, iba a explotar con todo lo que llevaba acumulado en el pecho.
Así que respiró hondo, se quitó las manos de la cara y, aún con las mejillas ardiendo, se armó de valor. Con decisión, se giró hacia él y se inclinó lentamente, con el corazón tamborileando en sus oídos como si fuera a saltar. Y sin darle tiempo a reaccionar, le dio un pequeño beso en la mejilla.
Fue un contacto corto, suave… pero cargado de emoción.
Mako se quedó completamente quieto. Su risa murió en el acto. Sus ojos se abrieron ligeramente y su mandíbula se aflojó, casi como si no pudiera creer lo que acababa de pasar. El tiburón, el mismo que siempre se mostraba tan relajado, además de intimidante y seguro, se puso rojo como nunca antes.
—Ah… —alcanzó a soltar, sin palabras, atónito—. ¿Q-qué…?
Picky, por su parte, se apartó apenas, con una expresión de traviesa satisfacción dibujada en su rostro. Su corazón seguía golpeando fuerte, pero ahora era por pura felicidad.
—Acepto —dijo con una sonrisa coqueta, mirándolo con ojos brillantes—. Quiero ser tu amiga especial, Mako… y te prometo que no voy a fallarte. Nunca.
Y sin darle tiempo a reaccionar más, se acurrucó suavemente a su lado, deslizando su cuerpecito contra el de él hasta apoyar la cabeza sobre su hombro. Sus orejas se movieron con suavidad, acomodándose mientras suspiraba con ternura, como si por fin hubiese encontrado un lugar donde encajar, donde quedarse.
Algo que no se comparaba con estar con los Smalling.
Mako tragó saliva, todavía paralizado, con el rostro más rojo que nunca. Pero lentamente, como si estuviera despertando de un sueño cálido, movió su brazo con timidez, muy despacio… hasta rodear a Picky con un abrazo suave, como si tuviera miedo de apretarla demasiado. Su mano descansó en su cadera, cálida, y se quedó ahí, sosteniéndola con delicadeza.
—Entonces… —susurró en voz baja, conmovido—. También lo prometo. No te voy a fallar, Picky.
Y así, juntos, abrazados en silencio, ambos se quedaron mirando hacia la lejanía de la fábrica. Afuera, los juguetes y humanos seguían con su rutina diaria. Pero ahí, entre el olor de los muffins y galletas, el calor de dos corazones latiendo al unísono y la luz tenue del escondite, nació algo nuevo.
Un comienzo. Uno compartido.
Uno solo para ellos dos, a pesar que mañana todo cambiaria.
Pero lo enfrentarían juntos.
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El almacén estaba lleno de cajas olvidadas, polvo acumulado y el tenue parpadeo de una vieja bombilla que colgaba desde el techo. Allí, lejos de las zonas principales de la fábrica y completamente apartado del paso humano, un grupo de juguetes había encontrado un rincón donde podían sentirse a salvo. No era elegante ni particularmente cómodo, pero tenía una calidez peculiar, casi hogareña, como un escondite secreto de la infancia.
Sobre una caja plana convertida en improvisada mesa, un mazo de cartas viejas se repartía entre manos de felpa, plástico y tela remendada. Bubba observaba sus cartas con expresión neutral, sentado entre Tina, una Kissy Missy de una estatura pequeña, pero de color violeta, y Luther un dinosaurio caricaturesco. Frente a ellos, estaba King y Bu que habían aceptado jugar y disfrutar sus momentos juntos.
—Tres pares. —Luther, un muñeco articulado de rostro desgastado, lanzó sus cartas sobre la mesa con una sonrisa orgullosa. Tenía los brazos forrados en vendas y una cicatriz pintada con marcador rojo sobre su mejilla de tela, habían sido días bastantes duros, después de todo lo que paso con Poppy y Dogday que algunos trabajadores se adelantaron en maltratarlos.
—Bah, eso no gana —resopló Tina, aquella Kissy Missy violeta tirando su jugada con desdén—. Escalera real de colores. Lo siento, bebé.
Las risas apagadas se mezclaban con el golpeteo suave de las patas de madera en el suelo. King por su parte solo se rio suavemente y Bu solo gruño con fastidio por estar perdiendo.
—Sigo diciendo que mañana va a ser un desastre. —Soltó Bu, sin levantar la vista, era de esperarse del gruñón—. Esto de la Hora de la Alegría... no me suena nada alegre.
—Porque no es para todos —murmuró Tina, guardando sus cartas, a pesar ser una seguidora de la muñeca aun así iba a participar en esa violencia—. Solo para los que deben pagar. Los que abusaron, los que experimentaron con nosotros, los que se rieron mientras sufríamos. Esos no merecen el perdón.
—¿Y si se escapan? —preguntó Luther, aquel dinosaurio que quería ver sangre—. ¿Y si se esconden como ratas?
—Algunos ya lo hicieron —contestó Bu, sacando otra carta del mazo, dejando en claro su postura al ser seguidor del prototipo, haciendo que King solo desviara su mirada sintiéndose desanimado que su amigo especial tuviera esa postura—. Hubo juguetes que los advirtieron. Los blandos, los que aún creen en las segundas oportunidades. Supongo que, si los humanos tienen suerte, será por ellos.
—¿Ustedes piensan participar? —preguntó de pronto Tina, mirando de reojo a Bubba, que hasta ahora había estado en silencio, con sus cartas bien ordenadas entre sus grandes dedos de felpa. Su expresión era serena, casi ausente, como si sus pensamientos estuvieran a kilómetros de ese lugar.
Bubba levantó la vista lentamente. Todos lo observaban. Él era de los más antiguos, uno de los que más tiempo había pasado encerrado en el infierno de la fábrica. Y, sin embargo, nunca había alzado la voz con odio, nunca se había dejado llevar por el rencor, después de todo se había vuelto un monstruo al participar de mano con los científicos, a la hora de operar y crear nuevos juguetes vivientes.
Nadie más sabia más que su dios y su amigo Catnap, que por un tiempo ayudo a Harley directamente.
—Sí… iré —dijo con suavidad.
El silencio se apoderó del círculo por un instante.
—¿Tú también? —preguntó King sorprendido, curioso—. Pensé que eras de los seguidores de Poppy.
—Nunca seguí a Poppy, solo mi líder lo hacía junto con otros de mi grupo —dijo Bubba, mirando sus cartas antes de bajarlas—. A diferencia de ellos, esto es lo más justo para nosotros.
Tina asintió lentamente, comprendiendo. Otros bajaron la mirada, incómodos.
—Yo me esconderé —murmuró King, no le gustaba las peleas a diferencia de Bu, él era más cálido y amable, por mucho seguía a Poppy, estaba contento en saber que no era el único, porque hasta había seguidores del prototipo que no participarían en esa carnicería. —. No puedo más con la violencia. Poppy dice que no estamos obligados. Y yo… yo no quiero cargar con ello.
—Supongo que está bien—dijo Bubba con un tono apagado, no le importaba del todo.
—Los humanos no tienen idea —musitó Tina—. Irán a trabajar como si nada. Solo los que fueron advertidos se quedarán en sus casas… pobres tontos. —Ella se rio de forma cínica, mientras dejaba sus cartas de lado
Luther soltó una carcajada seca, recogiendo las cartas para volver a repartir.
—Bueno, ya veremos quién vive para contarlo. Por ahora, juguemos otra ronda. Que mañana, tal vez, esta mesa esté vacía.
Las cartas volvieron a volar sobre la manta. Bubba observó su nueva mano, sin entusiasmo, no sabía cómo terminaría, solo entendía que todo se volvería un caos.
Aun así, solo quería desquitarse con alguien su resentimiento y odio que acumulo por años.
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El aula de arte olía a pintura fresca y a papel mojado. En las paredes, dibujos infantiles colgaban torcidos, atrapando luz de las lámparas altas que tintineaban sobre las mesas llenas de pinceles, lápices y frascos manchados de color. Crafty caminaba entre los bancos con la misma delicadeza con la que uno maneja un pincel fino. Su cuerpo de felpa rígida crujía con cada paso, pero sus ojos bordados brillaban con calidez falsa, realmente se sentía muy cansada y en su corazón sentirse alejada de su amado Kickin, se hacía más doloroso para ella no poder estar cerca de él, pero sabía que mañana por fin se rencontrarían.
Solo necesitaba ser paciente.
—Muy bien, recuerden lo que les dije: no se trata de dibujar bonito, sino de dibujar lo que sienten. —Su voz era suave, con esa firmeza que demostraba confianza en sus habilidades.
Frente a ella, sentados sobre bancos de metal, había seis jóvenes trabajadores de mantenimiento y enfermería. Se habían inscrito voluntariamente a su clase de arte, un pequeño taller que la fábrica le concedió como entretenimiento tanto adultos y niños, que Crafty ofrecía fuera de horario para aquellos que necesitaban desconectarse de la tensión que se respiraba en la fábrica. La mayoría eran nuevos, apenas llevaban unos meses, y creían que pintar al lado de una criatura como Crafty era un privilegio raro y casi sagrado.
Uno de ellos, una muchacha de cabello rizado y manos manchadas de acuarela, levantó la vista.
—Crafty… ¿puedes ver lo que dibujamos y decirnos qué sientes tú?
Crafty sonrió débilmente. Iba a responder, cuando de pronto, se giró hacia la puerta del aula y caminó hacia ella. Sus pequeños dedos se alzaron con lentitud, y con un clic, echó el seguro.
Los murmullos de la clase se apagaron. Algunos intercambiaron miradas, confundidos. Ella regresó despacio al frente, se detuvo junto a una mesa y pasó la vista por cada uno de ellos. Por primera vez desde que empezó la sesión, su expresión ya no era acogedora. No era dura, pero sí grave, casi triste.
Realmente odiaba a los trabajadores, pero no negaría que se había encariñado con sus alumnos, por ello no podía permitir que murieran mañana.
—Miren… —dijo, sin rodeos, con una seriedad que hizo que hasta el más distraído dejara caer el pincel—. Tengo que decirles algo. Y necesito que no lo repitan. No lo comenten. Solo… escúchenme, por favor.
Uno de los muchachos se enderezó. Otro par de estudiantes bajaron la mirada con incomodidad, como si presintieran algo.
—Mañana —continuó Crafty—. Mañana va a pasar algo muy feo. Algo que no puede detener.
El silencio se volvió un manto pesado sobre la clase.
—No les puedo contar todo, ni quiero involucrarlos en cosas que no entienden. Pero sí puedo decirles esto: no vengan mañana. No vengan a trabajar. No importa si les descuentan el día, no importa si su jefe los amenaza. No pisen esta fábrica. —Pidió el unicornio, dándoles la oportunidad de vivir a aquellos que realmente lo merecían.
—¿Qué… qué pasará? —preguntó una de las chicas con voz temblorosa, sintiendo que estaba muy asustada—. ¿Un accidente?
Crafty la miró con ternura, pero negó suavemente con la cabeza.
—Es más que un accidente. Es… una tormenta que hemos estado conteniendo desde hace mucho. Y mañana va a caer con fuerza. Hay humanos que ya saben. Se les advirtió. Pero ustedes… ustedes aún pueden irse. —Explico sin dar muchos detalles, pero lo suficiente para dejar en claro que estaban en peligro si seguían quedándose en esa fábrica.
Uno de los chicos, nervioso, murmuró.
—¿Nos estás amenazando?
Crafty suspiró.
—No. Si fuera una amenaza, no estaría aquí, con ustedes, encerrada en este salón. Es un consejo… uno que viene del cariño que les he tomado. No todos los juguetes odiamos a los humanos. Algunos todavía creemos que algunos de ustedes pueden cambiar. —Eso fue lo único que dijo el unicornio, haciendo que sus alumnos se miraran entre sí, desconcertados, unos desconfiados y otros simplemente té confiaba en su palabra.
Nadie habló por unos segundos.
Entonces, ella se acercó a una de las mesas, y con un gesto amable, recogió uno de los dibujos. Era una flor torpe, pintada con trazos gruesos y desiguales, pero vivos.
—El arte no debería aprenderse en un lugar donde mañana podría correr sangre. —Dijo con delicadeza dando una sonrisa vacía y triste. Que por desgracia el lugar se mancharía de un rojo pútrido.
El ambiente se volvió denso, irrespirable.
—Por favor… confíen en mí, confíen en lo que les digo ahora. Mañana, no vengan. No crucen la puerta. Quédense en casa, con su familia, o simplemente en la cama. Pero no vengan…—Pidió el unicornio en un ruego, haciendo que sus lágrimas comenzaran a verse en la comisura de sus ojos.
Crafty volvió a sonreír. Era una sonrisa triste, como la de quien sabe que algo está por romperse, pero aun así deseaba que ellos vivieran.
Uno por uno, como si algo invisible dentro de ellos comenzara a romperse también, los alumnos bajaron los pinceles. La chica de cabello rizado fue la primera en asentir, su mirada anegada en una mezcla de miedo y ternura. Con los ojos clavados en los de Crafty, se levantó de su asiento, como si temiera que pudiera deshacerse entre sus dedos de acuarela.
—No vendré —susurró—. Gracias por decirnos… gracias por preocuparte.
A su lado, el muchacho de la bata gris, uno de los técnicos de limpieza, apretó los puños y desvió la mirada. Tardó unos segundos en hablar.
—Mi madre me pidió que dejara este trabajo. Siempre me decía que este lugar tenía algo... podrido. —Hizo una pausa larga, dolida—. Supongo que tenía razón. Me quedaré con ella mañana. Ya no puedo ignorarlo.
Una a una, las voces comenzaron a unirse. Un joven de gafas gruesas y cejas pobladas murmuró: “No vale la pena un sueldo si hay que sangrar por él”. Una mujer que había estado callada todo el tiempo, la más mayor del grupo, simplemente dijo: “Tengo nietos. No quiero que me recuerden por haber desaparecido en una fábrica de juguetes”.
Crafty los escuchaba en silencio. Las lágrimas comenzaban a desbordarse de sus ojos bordados, humedeciendo la tela de su rostro con un dolor que no se podía expresar en palabras ni en lienzos. Se sentía rota. Rota y también en paz. Porque al menos estos pocos… estos seis… quizás sí se salvarían.
Cuando todos habían hablado, cuando el aire ya no olía a pintura sino a un miedo resignado, Crafty se limpió las mejillas con una de sus manos manchadas de azul, dejando rastros de color en su cara de felpa. Inspiró hondo, tratando de mantener la voz firme.
—Gracias… a todos.
Volvió al pizarrón improvisado en la pared del fondo y, con una tiza, escribió con trazos grandes y cuidadosos: “El arte nace del amor, no del dolor. Elijan vivir.”
—Ahora —dijo con un suspiro roto—, váyanse en silencio. Nadie debe saber que hablamos de esto. Si alguien pregunta… solo díganle que fue divertido el curso.
Uno por uno, los alumnos comenzaron a recoger sus cosas. Ya no había más charla, ni risas, ni bromas sobre los dibujos feos. Solo miradas largas, reverentes, dolidas. Algunos se acercaron a abrazarla. Otros solo se detuvieron a agradecer con una mano sobre el pecho. Y uno, antes de irse, dejó un dibujo sobre la mesa: un unicornio pintado con colores brillantes, rodeada de niños que sostenían flores.
Cuando la puerta se cerró y el sonido de los pasos se desvaneció en el pasillo, Crafty se quedó sola.
Sola, en un aula que pronto dejaría de ser un refugio.
Miró los dibujos colgados, los trazos torpes, los colores mal combinados… y lloró en silencio.
Porque el arte también sabía morir.
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La lámpara titilaba suavemente, arrojando una luz amarillenta sobre las cortinas cerradas, los libros viejos y el escritorio desordenado. Afuera, el silencio era demasiado profundo, demasiado contenido… como si todo el edificio respirara con temor.
Mommy Long legs estaba sentada en una caja grande con las piernas cruzadas y los dedos largos enredados entre sí. Sus ojos, grandes y vidriosos, no parpadeaban mientras miraba al hombre frente a ella: el señor Jons, su viejo amigo, su… humano.
Él estaba de pie, de espaldas a ella, mirando la pared notándose bastante triste. Sus hombros estaban tensos, el rostro pálido y la barba de días se le notaba más que nunca. Había pasado más de media hora en silencio después de que Mommy le contara todo. La Hora de la Alegría, los engaños de la empresa, los gritos que había escuchado en los pasillos tras las paredes.
—Así que… —dijo él finalmente, con voz baja, rasposa—, todo era verdad. Todo lo que los de arriba ocultaban. Los juguetes… los experimentos… todo.
Mommy no respondió de inmediato. Solo asintió, bajando la mirada.
—Te lo dije porque sé que tú sí tienes corazón —susurró ella—. No quería que fueras uno de los que no merecen ser perdonados.
Jons soltó una risa amarga, seca, y se frotó el rostro con las dos manos.
—Y aun así trabajé aquí. Yo los vi… y aun así no los ayudé. —Se giró hacia ella, con los ojos llenos de una mezcla de remordimiento y culpa—. Pero ahora sí puedo hacer algo, ¿no?
Mommy se acercó lentamente, colocando una de sus manos de en el hombro de su querido amigo.
—Solo no te presentes, no vengas más…—Pidió entre suplicas, no quería perder a ese maravilloso hombre.
El hombre tragó saliva, los ojos brillando con una emoción que no podía nombrar. La miró fijamente, como si quisiera grabarse cada detalle de ella.
—¿Y tú? —Pregunto el hombre curioso mientras se volteaba y miraba al juguete rosado.
—Yo me quedaré. Es mi lugar, no queda anda para mí a afuera con ustedes.
Joms la abrazó entonces, sin más palabras, rodeando su cuerpo de juguete como si aún pudiera protegerla de algo. Mommy se dejó envolver, apoyando el rostro en su hombro, escuchando su respiración agitada, sintiendo su calor, amando su calidez.
—Cuando todo pase —dijo él con firmeza, mientras levantaba su cabeza—, Vendré por ti, te buscaré. No importa cuánto tarde.
—Sabes… que será imposible… —Menciono ella tratando y sonar convincente, pero se sentía tan triste no poder escapar con él, sabía que el humano no la aceptaría.
—¡Buscare una forma! —Exclamo el señor, aferrándose más a ella.
—Te estaré esperando —respondió ella, con una voz casi inaudible.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino denso, lleno de todo lo que no se dijeron. Joms no soltó a Mommy, y Mommy no quiso moverse. Afuera, la fábrica zumbaba con su acostumbrada vida artificial, pero ahí, en ese rincón apartado de los demás, solo existían ellos dos y el peso del tiempo que se acababa.
Caminaron por los pasillos que alguna vez recorrieron juntos con prisa, ahora despacio, deteniéndose aquí y allá. Mommy señalaba detalles que solo ella conocía, una grieta diminuta en la pared que tenía forma de estrella. Jons la escuchaba con atención, como si cada palabra fuera una herida dulce que deseaba guardar en su pecho.
Rieron también. Se permitieron esa burbuja de alegría en medio del derrumbe. Mommy hizo un par de comentarios irónicos sobre lo mucho que detestaba las normas de seguridad, y él fingió indignación. En un momento, incluso se atrevió a tomarla de la mano. No como a un juguete, como a alguien a quien no quería perder.
Terminaron sentados o más bien Jons lo estaba y Mommy por su tamaño en el suelo, en una de las bancas de esa fábrica para descansar ambos junando sus manos. Jons acariciaba suavemente su mano, como si temiera que desapareciera.
—¿Crees que todo esto valdrá la pena? —preguntó él mientras miraba a los trabajadores pasar y algunos juguetes como algunos más empalagosos con algunos humanos.
—Si tú vives… sí. —Respondió ella sin pensarlo, no quería que el quedara atrapada en esa mierda de fabrica en donde sabía que ya no habría vuelta atrás, para los planes de sus lideres.
No se dijeron más. No necesitaban hacerlo. Solo se quedaron allí, viéndose, recordándose, compartiendo ese último momento juntos,
Solo disfrutaron su último día juntos.
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El viejo señor de mantenimiento arrastraba su cubeta de trapeador por los pasillos mientras tarareaba una melodía de los viejos tiempos, una de esas canciones olvidadas que solo las manos callosas y los corazones pacientes aún recuerdan. A su lado, moviéndose con un ritmo torpe pero encantador, PJ trotaba alegre, meneando su largo cuerpo segmentado, con las orejas rebotando a cada paso.
PJ giraba sobre sí mismo, giraba de nuevo, y luego se deslizaba hacia el señor, empujando suavemente con su hocico la escoba que él sostenía.
—Ya, ya, tranquilo, chico —murmuró el señor, riendo con una tos grave mientras lo miraba por sobre sus lentes empañados—. Siempre estás tan animado cuando limpiamos juntos. No sé si te gusta el olor del detergente o simplemente me aguantas por lástima.
PJ no respondió. No podía. Pero sus movimientos hablaban por él. Se le pegó al costado, y alzó su cabeza hacia el rostro del hombre, sacando la lengua para lamerle la mejilla con un gesto de cariño puro. El hombre hizo una mueca exagerada.
—¡Bah! ¿Otra vez con eso? No ves que uno ya está viejo para andar todo baboseado…— Dijo Harris mientras reía suavemente, acariciando la cabeza de su amigo.
El perro oruga saltó en círculos, feliz, dejando un pequeño desastre con un balde que se volcó por accidente. El agua se deslizó por el suelo, pero ninguno de los dos pareció preocupado. PJ ladró sin sonido y luego se detuvo, en su expresión se notaba su tristeza, y su ansiedad de tener más tiempo con aquel señor.
El señor Harris, solo suspiro mientras metía su mano en su pantalón y sacaba un papel arrugado que el mismo Perro oruga le había dado desde hace horas. Ya lo había leído, demasiadas veces para contar. PJ al ver la hoja solo se encogió porque tan solo recordar, que era su despedida lo ponía muy deprimido, lo había escrito con ayuda de alguien más, con esa caligrafía infantil que rompía el alma. Solo unas pocas frases, simples y claras.
“Gracias por cuidarme. No vengas mañana. No quiero que te hagan daño. Yo estaré bien. Te quiero.”
Harris lo había guardado en el bolsillo desde que la recibió, el hombre se sentía muy triste y desolado, porque significaba que ya no volvería a ver su precioso amigo y ahora tan familiar ser, la sostuvo contra su pecho, cerrando los ojos.
Le dolía separarse, le quemaba su alma no volverse a ver o a compartir más tiempo juntos, pero no iba a protestar, lo sabía cómo los juguetes Vivian un infierno y no quería saber qué demonios pasaría mañana, para que PJ fuera tan insistente en darle la nota y volverse tan empalagoso, era como si indirectamente le comentara que sería su último día juntos.
Y Harris lo mataba, pero en vez de protestar decidido solo aceptar y disfrutar con PJ aquellas horas juntos.
—Ya lo sé, chico. Ya lo sé. Pero no tienes que preocuparte por mí, ¿sabes? Yo ya viví lo mío. Tú solo… prométeme que serás fuerte y vas a cuidarte mucho. —Dijo el hombre mientras acariciaba la cabeza del perro oruga.
PJ se acercó despacio y apoyó su cabeza en el regazo del hombre. El silencio se hizo más profundo. Ambos sabían que el reloj avanzaba y el mañana incierto. Pero en ese momento, lo único que importaba era la música suave que salía del viejo reproductor de casete, las risas apagadas entre chorros de jabón, y el suave ronquido de PJ, que parecía sonreír en sueños.
Y así pasaron sus últimas horas juntos: bailando entre baldes, limpiando con ternura, riendo con tristeza. Como un abuelo con su nieto. Como quienes entienden que la despedida no necesita palabras cuando el amor lo ha dicho todo.
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Jane caminaba por el pasillo con pasos lentos, ya había hecho todo lo posible para preparar el tablero para Poppy. No había dormido mucho la noche anterior. ¿Cómo podría hacerlo después de todo lo ocurrido?, además de que cuidaba constantemente a Kickin y a Baba para que no les pasara nada. Cada rincón del edificio le parecía más luminoso de lo normal, como si el lugar entero supiera que ese día tenía que brillar por última vez.
Cuando giró hacia su consultorio, no esperaba lo que vio.
La sala de espera estaba llena. Rebosante. Juguetes de todos los tamaños, colores y formas se encontraban ahí sentados, de pie, algunos incluso trepados en los estantes o en las repisas de revistas. Había risas suaves, charlas tenues, y un ambiente de alegre solemnidad que dolía con solo respirarlo. Algunos llevaban gorritos de papel, otros cargaban flores hechas a mano, tarjetas con corazones mal recortados y dibujos torpes pero amorosos. Un par de ellos sostenía frascos vacíos de medicina que habían convertido en floreros improvisados. Todo era adorable.
Y devastador.
Jane se quedó de pie unos segundos, incapaz de avanzar. Trató de tragar la emoción que subía por su garganta, estaba aprendida de ver a tantos juguetes que la esperaban. Una pequeña muñeca de trapo se acercó a ella y tiró suavemente de su bata, extendiéndole una carta con un dibujo de ambas abrazándose.
—Para usted, doctora —dijo con una vocecita temblorosa, pero feliz—. Hoy vine solo para darle las gracias.
Jane se agachó lentamente, tomó la carta y acarició la cabecita de la muñeca. Luego miró alrededor. —Muchas gracias Mills…—Jane conocía cada uno sus apodos o nombres que los mismos juguetes habían pedido, para reconocerse de los nombres repetidos al ser juguetes de la misma franquicia.
Muchos la miraban con sonrisas, con ese amor que le tenían por todos esos años, que los trato con respeto, cariño y adoración a cada uno. Como si todos hubieran decidido, de forma silenciosa y unánime, que pasarían su último día con su doctora favorita, siendo mimados y solo ser tratados con el cariño de aquella mujer que se proclamaba como una excelente doctora.
—¿Hoy todos tienen cita? —preguntó Jane curiosa siguiendo el juego de los pequeños.
—No. Pero queríamos verla. —respondió un pequeño robot desde la esquina, sosteniendo una flor hecha con pañuelos y cinta adhesiva—. Solo queríamos estar con usted. Por si mañana… no podemos.
Jane asintió con suavidad, respirando hondo. Se pasó una mano por el rostro, intentando recomponerse, y luego les indicó que pasaran uno a uno.
El consultorio se convirtió en un pequeño refugio de memorias. Entraban, la abrazaban, le contaban cómo se sentían, le daban pequeños obsequios. Uno le cantó una canción. Otro le pidió que lo examinara "aunque ya no me duele nada". Hubo quien le pidió una receta para el dolor de estómago solo para que ella le hablara un rato más. Incluso un conejo de felpa le pidió con una de sus patitas.
Ninguno de ellos hablaba directamente del “mañana”. Ninguno decía “la hora de la alegría”. Pero todos lo sabían. Estaba en el brillo de sus ojos. En la forma en que sus voces se quebraban a veces, en cómo se abrazaban entre ellos, en cómo miraban a Jane con esa mezcla de orgullo, miedo y cariño.
Cuando el día comenzó a pasar bastante rápido y todos lo sentían, Jane se quedó sola en su consultorio, rodeada de cartas, flores y dulces sin abrir. Miró el reloj. El día casi terminaba.
Se sentó en su silla, cerró los ojos, y dejó que las lágrimas cayeran al fin, por el amor inmenso que había recibido, además de que por fin era libre de irse, Poppy le mandaría el dinero para abrir su propio orfanato y poder cumplir su sueño. Sabía que no sería la última vez que vería a su amiga, pero le dolía que para eso debían pasar años separadas.
Ella como pudo empaco sus cosas, tomando aquellos regalos como una constelación de despedidas disfrazadas de gratitud. Porque, aunque nadie lo dijera, todos sabían que ese día… era el último.
Jane miro por última vez su consultorio y con una sonrisa, solo cerró la puerta detrás de ella, poniendo fin a esa vida.
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La noche ya había caído. El edificio entero se había sumido en un silencio extraño, casi reverente, los juguetes y los humanos que fueron perdonados habían pasado sus últimas horas juntos. Ya no se oían las risas de los juguetes ni las voces suaves que habían acompañado el día. Todo parecía dormido, pero no en paz. Como si todos contuvieran la respiración, como si el mundo mismo supiera que ese era el último suspiro antes de algo irreversible.
Pero a diferencia de la mayoría de los juguetes, aquel felino morado se encontraba acurrucado entre unas mantas, almohadas y peluches suyos y de Dogday, estando en aquella habitación que aún seguía impregnada del aroma vainilla de su compañero de vida, siendo aquel cuarto donde ahora era el hogar de ambos, donde se encontraba Catnap.
No dormía. Realmente no podía cerrar sus ojos sin poder dejar de pensar en aquel perrito, estaban lejos, separados y no sabía aun de cómo se encontraba, quería tenerlo cerca dormir con él, impregnarlo de su aroma y acorrucarse como si el mundo fuera suyo de nuevo.
Sus ojos seguían abiertos, además de estar expectante de si alguien venia y debía ocultarse de nuevo, por supuesto gracias al escándelo de la prueba falsa que implementaron habían dejado de buscar en la fábrica. Por lo que de alguna manera podía descansar un poco más.
Solo quedaba esperar hasta que su padre tomara ese lugar y comenzara a ejercer su autoridad.
Tenía la mirada vacía, como si el alma se le hubiera quedado atascada entre dos latidos. Su cola no se movía. Sus garras estaban enredadas en la tela, aferradas, como si al sostenerlo con más fuerza pudiera traerlo de vuelta.
El silencio era tan denso que podía escucharse el zumbido de las luces apagadas.
En la mesa cercana, una pequeña caja reposaba envuelta con cuidado. Dentro, aún sin entregar, estaba la pulsera que había hecho junto con Crafty, aquella pulsera que le pediría matrimonio a su hermoso sol, no podía esperar por tener una vida unidos, pero ni siquiera sabía con certeza que pasaría con ellos.
Solo lo quería de vuelta, y cada maldito segundo hacía que Catnap se desesperara, porque estaba harto de esperar, harto de aguantar su corazón adolorido, sin saber nada de su amor.
Este solo gruño y cerró los ojos. Se hizo un ovillo, encogido, pequeño. Y en el silencio de ese cuarto frío, que, aunque aún existiera la calidez de las sábanas aún seguía sintiéndose tan frívolo que su pelaje se erizaba, con el corazón roto y las garras vacías, susurró una sola palabra.
—Dogday…
Su voz fue apenas un aliento, pero en ella cabía todo: el miedo, el amor, el resentimiento. Catnap no tenía certezas, solo una única verdad que lo mantenía respirando: mañana, todo cambiará.
Solo debía resistir un poco más. Solo esperar.
El reloj seguía marcando, implacable, cada segundo arrastrándose hacia el final inevitable.
Faltaba poco. Muy poco.
Y cuando llegara el momento, cuando el sistema colapsara y todo ardiera como debía, los juguetes ya no serían piezas olvidadas ni esclavos en silencio.
Esta fábrica podrida, construida con su dolor, sería finalmente suya.
Y entonces, por fin, serían reyes.
Notas:
☆*゚ ゜゚*☆*゚゜Cometario de la escritora☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*
HOlaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!! mis queridos lectores!!!
Aqui otro domingo mas uwu, jejej la verdad este capitulo es de los mas tranquis, ademas es el ultimo donde se muestra la tranquilidad y la paz, asique espero que lo hayan disfrutado y lamento si este capitulo se sintio mas de relleno, pero lo que queria demostrar que hay personajes que realmente apreciaban a los humanos, por lo que merecian que los despidieran de forma apropiada uwu.
Por cierto tomen esta semana de descanso, porque el siguiente capitulo ya es directamente la hora de la alegria, uwu y pronto se acaban los capitulos, ya estamos en la recta final mis queridos lectores jeje.
¿Qué les pareció el capitulo?, jeje espero que les haya gustado y calmado un poco despues de toda la mierda.
Por cierto voy a editar todos los capitulos, para arreglar la enumeracion uwu, asi que no se preocupen por otra cosa jejej.
Bueno eso seria todo mis queridos lectores uwu, disfruten de esta semana de paz y vayan preparandose mentalmente para lo que viene jeje, los amo y cuidense mucho.