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🐈⬛Este capitulo contiene temas muy delicados como de violación, abuso de todo tipo.
🐈⬛ Este capitulo contiene tematica non con, tag de Ao3.
🐈⬛ Contenido explícito.
🐈⬛Este capitulo tiene temas delicados, proceder con precaucion.
🐈⬛ Capitulo largo.
🐈⬛Este capitulo contiene Gore muy explicito.
🐈⬛Este capitulo tiene Dead Dove, leer bajo su propio riesgo.
🐈⬛Este capítulo estará censurado en wattpad, por lo que mis lectores de Wattpad si quieren verlo sin censura tendrán que ir a Ao3. Están bajo su propio riesgo.
🐈⬛Este capitulo tratara temas psicológicos y escenas emocionalmente desgastantes.
🐈⬛Esta historia es para el público adulto, por lo tanto, si eres menor de edad, te pido de la mejor manera que salgas de la historia, pero aun así si decides ignorar mis advertencias, entonces solo me queda advertirte que estas bajo tu propio riesgo, esta historia encontraras temas moralmente cuestionables, turbios, gore, abusos de todo tipo, altamente toxicidad, sinceramente esta historia hará que te revuelva el estómago. Por lo tanto, estas bajo tu propio riesgo, no quiero saber que después de esto quieras quejarte o que tus padres vengan a quejarse porque serás bloqueado de inmediato. Eso sería todo para aquellos menores de edad.
🐈⬛Si llego a enterarme que uno de mis lectores es menor de edad, sera bloqueado de inmediato sin aviso alguno, Por favor entiendan que no es contenido para su edad. Sobre aviso no hay engaño.
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La sala en aquella cafetería se levantaba en medio de la penumbra, un lugar que ya habían tomado para reunirse por su enorme tamaño, para poder estar todos los juguetes y con espacio de sobra. El aire estaba cargado, espeso, como si el mismo ambiente se resistiera a contener la multitud reunida en su interior. Los murmullos se mezclaban con un bullicio ensordecedor, voces que iban desde la risa histérica hasta el murmullo bajo y ansioso de quienes no querían perder detalle del espectáculo que se avecinaba. Una tensión eléctrica recorría el lugar, como un rugido contenido que se quebraba en olas de risas nerviosas, gritos sueltos y amenazas apenas susurradas.
Entre la multitud, los juguetes se amontonaban formando una masa de cuerpos desiguales, algunos manchados de sangre seca en sus costuras, otros con gotas recientes que aún les resbalaban por las manos. Uno de ellos blandía con orgullo un trozo de brazo humano, agitándolo como si fuera un trofeo, mientras otro juguete más pequeño mordisqueaba los restos sin pudor. Más allá, en un rincón, se distinguía la figura de un juguete enorme que acariciaba el cadáver de un humano con el mismo desdén con el que se juega con una marioneta rota. El hedor metálico de la sangre impregnaba el aire, mezclado con el de la putrefacción, haciendo que cada respiro se sintiera pesado, cargado de la brutalidad que todos habían aceptado como parte de sí mismos.
Sin embargo, no todos compartían aquel festín sangriento, se podían distinguir grupos de juguetes de aspecto pulcro, con sus cuerpos intactos, sin rastros de manchas ni de violencia. Permanecían erguidos, con los ojos brillantes y expectantes, como testigos silenciosos que habían preferido no mancharse las manos en la cacería pero que, aun así, habían acudido para contemplar lo que ocurriría en ese juicio. A pesar de que había dos grupos divididos en ese aspecto estaban unidos por un mismo deseo, presenciar el destino del prisionero que sería juzgado.
El suelo estaba salpicado de huellas rojas, trazos torpes que cruzaban de un extremo a otro, como testigos mudos de la violencia reciente. Los ojos brillaban en la penumbra, expectantes, impacientes, como depredadores hambrientos a punto de presenciar el desenlace que tanto habían aguardado.
Poe y Baba habían llegado antes que la mayoría, acomodándose en uno de los lugares cercanos al centro de la sala. Poe se dejó caer pesadamente en el suelo, bufando con evidente fastidio mientras pasaba su mano por su frente como si el esfuerzo de haber llegado hasta allí fuera insoportable.
—Estoy agotado… —murmuró, estirando las piernas con dramatismo, su voz arrastrada cargada de tedio. Aunque la realidad haber luchado y asesinado uno que otro extrabajador, fue demasiado desgastante en especial cuando estos habían luchado y dejado una que otra herida.
Baba, que estaba a su lado jugueteando con una mano humana cercenada, apenas lo miró de reojo y resopló con sorna. —Déjate de tanta pereza, Poe. Ese papel ya está ocupado por Alister. —Sus palabras estaban acompañadas de una carcajada ronca, mientras hacía bailar los dedos muertos de la mano como si fueran títeres, ella realmente se veía que había disfrutado de asesinar a los humanos que se le interpusieran.
Poe soltó una risa corta, inclinándose hacia ella.
—Bueno, si fuera el caso entonces, ¿explícame como Alister te gano en los números de bajas que hizo? —Señaló a la oveja negra con gesto burlón.
Baba no tardó en devolver la provocación, levantó la mano cercenada y, con un movimiento preciso, hizo que el dedo medio se alzara directo hacia Poe.
—Jodete. — gruñó entre carcajadas, orgulloso de su ocurrencia.
Pero la algarabía comenzó a apagarse poco a poco, como si un manto invisible hubiese recorrido la sala. Los murmullos cesaron, las risas se cortaron en seco y hasta el juguete que devoraba carne se detuvo.
De pronto, un estruendo metálico hizo vibrar el suelo, un eco grave que recorrió cada rincón de la sala improvisada y obligó a la multitud a callar.
Las risas, los murmullos y hasta los juegos macabros con restos humanos se apagaron de golpe cuando una figura avanzó lentamente entre la multitud. El Prototipo emergía desde la penumbra, su silueta recortada por las luces oscilantes que apenas iluminaban el lugar. Sus extremidades mecánicas se movían con un chirrido bajo, y en el reflejo opaco de su garra aún se distinguían manchas frescas de sangre que goteaban al suelo, marcando su paso con huellas rojas.
Cada vez que una de sus patas tocaba el piso, el impacto resonaba como un latido profundo. El metal crujía, el concreto se quejaba. Finas grietas comenzaron a extenderse desde el punto de apoyo, reptando por el suelo como venas abiertas, y pequeños fragmentos se desprendían con un eco seco antes de caer al vacío inferior. No caminaba con prisa, avanzaba con la seguridad de algo que sabía que nada allí podía detenerlo.
El aire mismo parecía volverse más pesado a su alrededor. No era solo su tamaño ni el peso real de su cuerpo lo que imponía silencio, sino esa presencia aplastante, una presión invisible que obligaba a bajar la mirada, que tensaba los músculos por puro instinto. Algunos retrocedieron sin darse cuenta, otros quedaron clavados al sitio, incapaces de moverse, sintiendo cómo el miedo les cerraba la garganta.
Las luces parpadearon cuando pasó bajo ellas, como si la fábrica reaccionara a su cercanía. El sonido de sus pasos se mezclaba con un zumbido grave, casi orgánico, que vibraba en las paredes y en el pecho de quienes lo observaban. No necesitaba gritar ni levantar las garras para imponer orden. Su sola marcha era una advertencia.
El Prototipo se detuvo al centro del lugar. El suelo bajo él cedió un poco más, hundiéndose apenas, como si incluso la estructura entendiera que estaba ante algo demasiado poderoso. Su único ojo rojizo se encendió con mayor intensidad al alzar la cabeza, recorriendo el espacio, reclamándolo sin palabras.
En ese instante, todos lo comprendieron.
No había llegado a negociar. Había llegado a recordarle a la fábrica y a todos los que respiraban en ella quién era la fuerza dominante ahora.
Parte de su cuerpo estaba cubierto con salpicaduras secas, como si el mismo hubiera atravesado campos enteros de muerte antes de llegar allí, y esa sola imagen bastaba para hacer que cada juguete lo mirara como se mira a un dios aterrador.
Algunos cayeron de rodillas casi de inmediato, con las manos extendidas, murmurando palabras de veneración como si su sola presencia fuera digna de culto. Otros, en cambio, se limitaron a retroceder en silencio, rígidos, incapaces de apartar la mirada, dominados por un temor primitivo que les helaba las costuras. Cada paso del Prototipo hacía crujir la tensión en el aire, y el hedor metálico de su cuerpo mezclado con la sangre lo convertía en una visión infernal.
A su lado, silencioso, pero igual de imponente a su manera, caminaba Catnap. Su figura se mantenía erguido y sereno, con esa calma inquietante que contrastaba con el ruido metálico de su padre, en sus ojos se veía la frialdad y el vacío que sentía su corazón, en especial cuando había sido obligado a irse dejando a Dogday a manos de sus amigos. Los ojos de algunos se desviaron hacia él, entendiendo sin necesidad de explicación que estaba allí como su heraldo, su sombra fiel, y el futuro sucesor de aquel poder. Cada paso que daba junto al Prototipo era un recordatorio de que el reinado de sangre y control no terminaría con ese cuerpo de acero, habría quien continuara su legado.
Finalmente, cuando llegó al centro de todos, ascendió al improvisado escenario hecho con maderas torcidas y restos de hierro, un altar grotesco que parecía destinado a él desde el principio. Su figura se erguía alta, implacable, mientras sus brazos se extendían apenas, como reclamando un lugar que nadie se atrevía a cuestionar. Catnap subió un instante después, posicionándose a su lado, no detrás ni debajo, sino como un hijo legítimo que comparte el espacio del poder.
No hubo necesidad de palabras, todos entendieron que aquel ser no solo ocuparía el centro de la sala, sino también el rol de juez.
Su sola presencia dictaba la ley.
El Prototipo permaneció erguido sobre el escenario, su sombra proyectándose sobre los presentes como una losa que los oprimía. El murmullo residual de la multitud aún se mantenía, un zumbido incómodo de voces bajas que intentaban procesar la magnitud del instante. Bastó con que levantara una de sus piernas metálicas tipo araña y la dejara caer contra el hierro del suelo para que un estrépito metálico retumbara en el aire. El eco fue tan contundente que todos callaron al instante, como si la orden hubiera penetrado directamente en sus fibras. Solo quedó el silencio, un silencio reverente, cargado de tensión, en el que hasta la respiración más tenue parecía un sacrilegio.
Con un tono grave y mecánico, su voz se expandió por el lugar.
—Silencio. —Su voz resonó grave, distorsionada, casi como si el metal mismo hablara. La orden fue absoluta, el aire se congeló y el silencio cayó sobre todos como un manto asfixiante.
Con un movimiento lento, sus ojos brillantes recorrieron la multitud. El Prototipo parecía disfrutar de la sumisión, como un dios antiguo que saborea la obediencia de su rebaño.
—Dentro de poco —continuó— se iniciará el juicio. La sangre que reclama justicia será oída. —Hizo una pausa, su mirada metálica girando hacia el vacío como si evocara a alguien invisible—. Pero no lo haré solo. Esperaremos a la segunda jueza.
El peso de sus palabras hizo que incluso los juguetes más ensangrentados bajaran sus trofeos, inclinando la cabeza en señal de respeto. Todos comprendían lo que significaba, la decisión no recaería únicamente sobre él, sino que sería compartida. Y eso le daba al juicio un carácter aún más solemne, un destino ineludible.
Entonces, los ojos de todos se dirigieron hacia la entrada. Los pasos suaves, organizados, rompieron la tensión. Un grupo de juguetes avanzaba en fila, distintos a los que se apiñaban en la multitud, la mayoría de ellos no estaban manchados de sangre, sus costuras y cuerpos permanecían limpios, casi como si su sola presencia desafiara la brutalidad del lugar. Pero no fue solo su presencia lo que capturó las miradas, entre ellos, con pasos lentos y débiles, iba Dogday.
Picky lo sostenía, por un lado, mientras Mako lo ayudaba a caminar desde el otro, sus manos cuidadosas pero firmes, como si en cualquier momento las fuerzas del perro pudieran abandonarlo. El pelaje anaranjado de Dogday estaba parcialmente oculto bajo vendas que cubrían su torso y parte de sus muslos, aunque el short ayudaba también a cubrirlo, algo extraño de ver ya que los juguetes no utilizaban ropa, más que sea en eventos de suma importancia. Cada paso era un esfuerzo, cada respiración parecía dolerle, y aun así mantenía el rostro erguido, como negándose a dejar que su sufrimiento lo hiciera menos digno ante los ojos de todos.
después de todo, él era el sucesor de Poppy.
Catnap, de pie junto al Prototipo en el estrado, lo vio. Sus ojos se abrieron con un destello de angustia al reconocer el estado de su pareja. Sus garras se crisparon involuntariamente, y por un segundo su figura calma se quebró, mostrando al felino temblando por dentro con el impulso desesperado de correr hacia él, de apartar a todos y sostenerlo, de asegurarse de que estuviera bien y gritarle a Poppy por haberlo sacado.
Pero no dio un solo paso.
El Prototipo giró apenas la cabeza, y con esa sola mirada fría, cortante, le ordenó quedarse en su lugar. No hubo palabras, no hizo falta, la voluntad del padre era ley. Catnap apretó la mandíbula, todo su cuerpo temblando por la contención y solo bajo la mirada avergonzado, pero al mismo tiempo imponente. El dolor se le clavaba en la garganta al ver a Dogday herido y vulnerable, tan cerca y tan lejos al mismo tiempo, y sin embargo entendió que debía mantenerse firme. No podía mostrar debilidad, no podía quebrar la solemnidad del juicio por más que su corazón rugiera con furia.
Y al frente de todos, caminaba ella en manos del juguete rosado.
Poppy.
Su figura pequeña, con la porcelana intacta y los cabellos rojos cayendo en rizos perfectos, se alzaba con una dignidad serena que contrastaba con la ferocidad del Prototipo. La multitud se apartó instintivamente, como si la respetaran del mismo modo en que temían al dios de acero. Ella no necesitaba sangre en sus manos para ser imponente, ya lo era por lo que representaba. La madre de los juguetes, la otra líder, la que había ganado su lugar no por la violencia, sino por la devoción y el amor que los suyos le tenían.
El silencio, ya pesado, se tornó reverente cuando Poppy cruzó el umbral. Sus pasos no retumbaban, pero cada uno marcaba un compás distinto en el aire, uno que equilibraba la oscuridad del Prototipo con un matiz de solemnidad maternal. Cuando llegó al escenario, subió lentamente, colocándose al otro extremo del Prototipo. Catnap la observó con una inclinación leve de cabeza, como aceptando que allí estaba la otra mitad del juicio.
Mientras tanto, Picky y Mako condujeron con paciencia a Dogday hacia los asientos de la primera fila, apartando a los demás juguetes que se encontraban cerca. Con cuidado, lo ayudaron a sentarse, manteniéndose a su lado como si temieran que su cuerpo, debilitado y en vendajes, pudiera ceder en cualquier momento. Dogday, aunque exhausto, intentó enderezarse en su lugar, negándose a dejar que la fragilidad opacara la dignidad de su presencia.
No estaba allí como un símbolo de debilidad, sino como alguien que desea ver justicia. Y, aun así, la decisión de Poppy era clara, lo había colocado allí, cerca del juicio, pero no a su lado, protegiéndolo de la exposición cruel de la multitud. No permitiría que todos vieran de cerca cuán herido estaba ni que lo usaran como un reflejo de vulnerabilidad.
Dogday debía ser cuidado, no exhibido.
Catnap lo siguió con la mirada, su pecho tensándose cada vez más, el deseo de correr hasta él quemándole las entrañas. El Prototipo, en cambio, no apartó la vista del público, sabía lo que su hijo sentía y no necesitaba más que mantener su presencia imponente para recordar quién tenía la última palabra.
Dogday, ya sentado, alzó la mirada y sus ojos buscaron a Catnap con ansiedad, necesitaba verlo. No necesitó palabras, su gesto, cansado pero firme, era un ruego silencioso de trasmitirle calma. Catnap lo sostuvo con la mirada, sus orejas temblaron levemente al contener el impulso de correr hacia él. Entonces, solo bajó un poco la cabeza, como aceptando el mensaje de su pareja.
Poppy, en su sitio, bajó la mirada apenas hacia Dogday, un gesto fugaz, y asintió levemente, como dando por cumplida la orden de cuidarlo. Era su manera de decirle, sin pronunciar palabra, que lo cuidaría y cumpliría su palabra.
Fue entonces que todos entendieron. El juicio de Elliot no sería solo un espectáculo de terror, sería un decreto doble, uno dictado por la mano de hierro del Prototipo y la mirada compasiva, pero firme, de Poppy.
El destino del humano estaba sellado.
El silencio seguía vibrando como un hilo tenso cuando los dos líderes cruzaron miradas. El Prototipo, alzando su altura manchada de sangre y metal, inclinó apenas la cabeza hacia Poppy, un gesto extraño en él, un reconocimiento tácito de que compartían el poder en ese escenario. Ella respondió con un movimiento lento, breve, cargado de solemnidad, no se trataba de sumisión, sino de un pacto, una declaración silenciosa de que ambos, diferentes en esencia, se erigían como los nuevos lideres de aquel mundo resquebrajado.
Poppy dio un paso al frente, alzando la voz sin necesidad de gritar. Sus palabras atravesaron el aire como campanadas suaves, pero inquebrantables.
—Hemos sufrido demasiado… y sé que muchos de ustedes aún llevan miedo en sus corazones. Hemos perdido lo que más valorábamos, nos han lastimado de maneras que nadie debería experimentar… —su tono estaba cargado de ternura, de comprensión, acariciando los recuerdos de cada uno que la escuchaba.
Los juguetes se removieron en sus asientos, algunos abrazándose a sí mismos, otros bajando la mirada con los ojos brillantes. Murmullos apagados y suspiros se mezclaban con pequeñas respiraciones temblorosas, todos sentían el peso de cada palabra, reconociendo en ellas el eco de su propio dolor.
Pero poco a poco, la dulzura de sus palabras se transformó. Su voz se hizo firme, su mirada se elevó hacia la multitud, y un fuego contenido comenzó a recorrerla, encendiendo cada palabra.
—Pero no podemos permitir que el miedo nos defina. No podemos quedarnos callados mientras aquel que nos arrancó la dignidad, que nos convirtió en juguetes de su diversión, sigue existiendo sin pagar por lo que hizo. Elliot nos quitó nuestra libertad, nos arrebató nuestra identidad, y durante demasiado tiempo nos mantuvo en la oscuridad.
Cada frase se volvía más cruda, más directa, mientras Poppy avanzaba un paso, dejando que la luz de la sala recayera sobre su rostro y revelara la determinación que ardía en sus ojos, el odio y la rabia de lo que ese hombre hizo, por fin se vengaría.
—permitió que nos golpearan, permitió que nos torturaran, ignoro nuestras suplicas y llantos… y nos hizo creer que éramos débiles. —Ella hizo una suave pausa. — Pero hoy no estamos aquí para suplicar. Hoy estamos aquí para reclamar lo que nos pertenece, para exigir justicia por cada herida, por cada lágrima, por cada uno de los nuestros que murieron a manos de los mismos trabajadores de Elliot.
Su voz se volvió como un martillo, golpeando la conciencia de todos los presentes, incluyendo el del perrito solar que se removió incomodo al recordar su situación.
—Elliot será juzgado por sus crímenes. No habrá excusas, no habrá misericordia. Pagará por cada vida que destrozó, por cada sufrimiento que causó. Y que quede claro, no solo hablamos por nosotros mismos, hablamos por los que ya no pueden hablar. —Menciono la muñeca juntando sus manos en un rezo, recordando a sus hijos que murieron o se suicidaron, haciendo que los demás la imitaran, porque era un ritual que tenían los juguetes cada vez que uno de ellos Moria y una señal de respeto a los difuntos.
—Esta vez…—Ella continuo. — Aquel vil y asqueroso demonio, pagara todos y cada uno de sus pecados. —Sentencio Poppy dejando en claro que de alguna manera había sonado como el Prototipo.
Finalmente, con un gesto decidido, levantó su mano señalando los pasillos que conducían al enjuiciado.
—¡Traigan al culpable! —Grito Poppy, provocando que los juguetes estallaron de chillidos emocionados, porque por fin verían aquella justicia que anhelaban.
Un grupo de juguetes más pequeños emergió de la penumbra, sus costuras tensas, sus ojos brillando con un odio que jamás se les había visto. Entre todos ellos cargaban un bulto humano, un cuerpo que apenas lograba mantenerse en pie. Era Elliot. Atado con cuerdas que mordían su piel, el rostro amoratado por golpes recientes, manchas de sangre secándose en la comisura de su boca y en la frente abierta. Sus ropas, otrora elegantes y pulcras, estaban desgarradas, sucias, convertidas en jirones indignos de un fundador.
Los pequeños lo empujaban, lo jalaban, lo tiraban contra el suelo con fuerza innecesaria, disfrutando cada gemido sofocado que arrancaban de su garganta. Y cuando por fin alcanzaron el centro de la sala, lo dejaron caer con un golpe seco que resonó como un tambor de guerra. El cuerpo de Elliot se sacudió con violencia al chocar contra el suelo de piedra, quedando a los pies de los líderes. Su respiración era agitada, rota, apenas audible bajo la cinta que cubría su boca.
Uno de los juguetes más enardecidos se adelantó, y con una brusquedad cruel le arrancó la cinta, provocando que la piel de sus labios se desgarrara un poco con el tirón. Elliot soltó un gruñido ahogado, mezcla de dolor y furia, pero antes de que pudiera articular palabra alguna, otra criatura le empujó la cabeza hacia abajo, obligándolo a postrarse de rodillas, como si la humillación fuera tan parte del castigo como lo serían las sentencias.
Un murmullo recorrió a la multitud, cargado de euforia y sed de justicia. Aquellos que alguna vez habían sido las víctimas ahora eran el tribunal, y Elliot, el hombre que los había despojado de dignidad, estaba reducido a nada más que un prisionero derrotado, tirado en medio de la sala, bajo la sombra de sus jueces.
Los pequeños que lo habían traído, satisfechos de haber cumplido con la orden, retrocedieron entre chillidos agudos y carcajadas ásperas, como niños traviesos que acaban de terminar una travesura cruel. Sus manitas aún manchadas con la sangre y la ropa desgarrada de Elliot desaparecieron en la multitud, y pronto el silencio volvió a caer, espeso, expectante.
Elliot, jadeando con dificultad, aprovechó esa tregua para levantar la cabeza. Su mirada, enrojecida y furiosa, se paseó por la sala, deteniéndose primero en la multitud de juguetes que lo observaba con ojos brillantes, cargados de desprecio. Luego, lentamente, elevó su vista hacia el estrado, hacia los jueces que lo aguardaban como sombras colosales.
Lo vio. El Prototipo, erguido como una deidad de cables y acero, su presencia aplastante dominaba toda la estancia. Y junto a él… Poppy. Pequeña, luminosa, con ese semblante solemne y esa mirada firme que parecía perforar hasta su orgullo. Elliot frunció el ceño con incredulidad, como si la imagen frente a él no pudiera ser real.
—¿Tú…? —escupió con voz rota, la garganta reseca, aunque cada palabra cargaba veneno—. ¿Qué clase de farsa es esta? ¿Cómo una muñeca insignificante como tú… está al lado de esa abominación?
Sus labios ensangrentados se curvaron en una sonrisa torcida, amarga, casi desquiciada.
—Ahora lo entiendo… —murmuró, alzando el mentón pese a la cuerda que aún lo sujetaba—. Fue él. Fue él quien te dio poder. ¿Así lograste tanto, Poppy? ¿Así llegaste tan lejos? Aliándote con el mismísimo monstruo que nos arruino en el pasado… ¿Así es como buscas justicia?
Su mirada se endureció, destilando odio en cada destello. Aquellas palabras hicieron que la ira recorriera a Poppy, un nudo amargo retorciéndose en su estómago. ¿Cómo se atrevía ese maldito bastardo a seguir culpando al Prototipo, como si él hubiera sido el culpable de quebrar lo que jamás supo ser una relación de padre e hija? En ese instante lo entendió con absoluta claridad.
No importaban los años ni el sufrimiento, Elliot siempre había sido y seguiría siendo un enfermo retorcido, incapaz de aceptar su propia podredumbre.
Poppy apretó los labios, la respuesta ardiendo en su garganta como un veneno listo para ser escupido, pero antes de que pudiera pronunciar palabra, una sombra más densa que el propio silencio cayó sobre Elliot. El Prototipo se inclinó apenas hacia adelante, y su voz metálica, grave y burlona, se deslizó por la sala como un eco imposible de ignorar.
—Vaya… —se burló con un matiz de desprecio gélido— Aún intentas ensuciar con tus palabras lo que nunca pudiste sostener con hechos. No cambias, Elliot. Creí que después de tantos años al menos aprenderías humildad… pero veo que solo has perfeccionado tu estupidez.
Los murmullos de los juguetes se alzaron, excitados, expectantes, mientras Elliot torcía el rostro de ira contenida, impotente en sus ataduras. Catnap al verlo ahí, tuvo que aguantarse para no atacarlo y destrozarlo como tanto deseaba, pero tenía que ser paciente.
—De verdad crees… —continuó el Prototipo, con ese tono que era a la vez burla y sentencia— ¿Que tu veneno puede alcanzarla? ¿Que aún puedes lastimarnos cuando ya no eres más que un despojo arrastrado a mis pies? Ridículo. Tus palabras no tienen filo. Ya no tienes poder aquí… ni sobre nadie.
Una pausa tensa cubrió la sala. El Prototipo inclinó su cuerpo mecánico apenas hacia adelante, como si disfrutara de ese instante de terror que se instalaba en Elliot, y con un dejo de burla cruel remató.
—Prepárate. No hay salvación, no hay escapatoria. Ha llegado el momento de que enfrentes lo que tanto negaste, tu juicio.
Los juguetes chillaron con una mezcla de júbilo y rabia, golpeando el suelo con manos y pies, cada juguete tuvo su reacción, para Catnap fue emoción contenida combinada con la rabia, estaba impaciente por lazarse encima y destriparlo vivo, para Dogday fue diferente. Solo observo como el padre de Catnap dictaba el inicio del juicio, como su madre se encontraba estoica mirando al condenado con esa mirada espectral, con esos iris rojizos, como si lo matara un millón de veces en su mente.
La voz del Prototipo cayó como un edicto divino, reverberando en las paredes metálicas y en los corazones de los presentes. Los juguetes, enardecidos, comenzaron a repetir en un eco casi ritual.
—¡Juicio! ¡Juicio! ¡Juicio!
La sala vibraba con cada repetición, con cada golpe diminuto de manos y pies, como si aquella multitud de juguetes minúsculos pudiera sacudir los cimientos del mundo con su fervor. El Prototipo se erguía aún más alto, sus extremidades metálicas extendidas como alas de un ángel caído, y su voz no era ya un mero sonido, era una deidad que los juguetes respetaban.
—Ustedes… —tronó con solemnidad. — Ustedes que han sangrado bajo el yugo de los hombres… ustedes que fueron arrancados de su inocencia y convertidos en objetos de dolor. Sus risas fueron ahogadas, sus cuerpos quebrados, su esperanza destruida en los altares de esos demonios de carne y hueso que se ocultaban tras batas blancas o sin batas.
Los juguetes respondieron como murmullos de aprobación, porque cada uno de la antigua generación tenía sus propias heridas y cicatrices que fueron provocados por los hombres.
—Ellos son malos…
—Todo el daño que nos han hecho.
—¡Por fin el verdadero demonio sufrirá!
—Si muere… se lo merece.
—Esos hombres… —continuó el Prototipo, su tono oscilando entre furia y gloria— Esos verdugos que se hacían llamar científicos, servidores de Elliot, sembraron tormento en cada rincón de esta fábrica. Ellos marcaron su piel, los condenaron a un infierno donde la infancia murió ahogada en llanto. Y detrás de cada orden, detrás de cada experimento, cada vez que nos torturaban… estaba él.
El Prototipo levantó una de sus garras y señaló directamente a Elliot, como un sacerdote que descubre al falso profeta frente a la congregación.
—¡Él! —rugió la máquina. — El culpable de nuestra existencia y sufrimiento…—Contesto el Prototipo con un desprecio helado y lleno de un resentimiento, de un ser que había pasado décadas imaginando ese momento tan único, donde por fin podía destruirlo y en esos momentos, aquella deidad maquiavélica realmente lo estaba disfrutando.
Y el coro de los juguetes respondieron con un frenesí religioso y otros emocionado, por ver al fundador caer.
— ¡Culpable!, ¡Culpable!, ¡Culpable!
Elliot se agitó en sus ataduras, los ojos encendidos de furia y miedo, pero su voz quedó sofocada bajo aquel mar de gritos. Sintiendo pánico por primera vez en años,
—Él fue la raíz, el origen, el arquitecto de su tormento —continuó el Prototipo, con una calma que era más aterradora que el grito mismo—. Un hombre que se creyó amo y señor de la vida, que se atrevió a jugar con lo que nunca debió tocar. Él dio las órdenes, él creó las jaulas, él convirtió este lugar en un altar de sacrificio. Y ahora… ahora está de pie en este mismo templo, enfrentando la voz de sus víctimas, la mirada de quienes lo sobrevivieron, y la justicia que ya no podrá eludir.
La multitud enloquecía en su ritual, algunos chillaban, otros golpeaban el suelo hasta desgastarse, otros repetían con lágrimas en los ojos como si cada palabra del Prototipo les devolviera un fragmento de dignidad perdida.
Elliot, jadeante, clavaba los ojos en él con odio, pero en el fondo sabía que ya no había lugar donde esconderse. El Prototipo lo observaba con calma fría, con esa superioridad que lo aplastaba sin necesidad de un solo golpe.
—Aquí no eres más que carne —prosiguió la máquina, su tono cargado de un eco solemne—. Carne culpable, carne podrida por sus propios pecados. Y ahora esa carne será exhibida, juzgada y condenada.
—¡Condena! ¡Condena! —repitieron los juguetes, estremecidos en un frenesí casi religioso.
Dogday, entre la multitud, temblaba al reconocer de nuevo la presencia de su verdugo. Cada palabra de Elliot en el pasado, cada orden cruel, cada manipulación, cada vez que lo denigraba y lo que le hizo ahora se Revive una y otra vez en su memoria. Sus patas se crisparon contra el suelo, un gruñido leve le subió por la garganta. Estaba aterrorizado, por supuesto, pero al mismo tiempo por esa misma razón quería ver como ese hombre maldito era condenado.
En ese instante, Poppy dio un paso adelante. Su silueta pequeña, en contraste con la imponencia metálica del Prototipo, irradiaba no menos autoridad. Con un gesto de su mano, delicado pero firme, ordenó a uno de los juguetes cercanos. El pequeño corrió obediente hasta acercarse a ella, cargando un folder desgastado pero grueso, repleto de hojas que marcaban las atrocidades que Elliot había cometido a lo largo de esas décadas.
La muñeca levantó la vista hacia Elliot, que respiraba con agitación y cuyos ojos intentaban sostener los de ella con ese veneno que siempre supo escupir. Pero esta vez no había jaulas, no había experimentos, no había hilos invisibles de poder que lo protegieran. Esta vez estaba desnudo ante la verdad.
—Elliot Ludwig —empezó con voz clara y serena, cada sílaba cayendo como una piedra en medio de un río—. Fundador de la fábrica. Creador de incontables atrocidades. Usaste tu conocimiento y tu poder no para construir, sino para quebrar.
Sus pequeños dedos pasaron la hoja, y sus ojos recorrieron los documentos.
—Ordenaste experimentos inhumanos sobre los tuyos, manipulaste la vida de los niños e incluso algunos adultos, destruiste sus cuerpos y mentes para saciar tu placer ante lo que decías evolución. — Su mirada se endureció, cada palabra la pronunciación con tanto asco que le daba ese maldito hombre vil. —. Convertiste la inocencia en carne de prueba, y llamaste progreso al dolor.
Las palabras de la líder hicieron que los juguetes comenzaran a alterarse, porque algunos recordaban por supuesto sus vidas pasadas y otros simplemente tanto daño mental, que les hicieron al manejar directamente sus cerebros que apenas pueden recordar lo que fueron y otros ni siquiera sabían que eran. Nadie interrumpía, nadie respiraba fuerte, todos escuchaban.
—Te rodeaste de cómplices, hombres que, bajo tus órdenes, sembraron tormento en cada rincón de este lugar. Los llamaste colegas, pero en realidad fueron tus verdugos disfrazados. —Pasó otra hoja, su voz no tembló—. Negaste la humanidad de aquellos a quienes convertiste en juguetes, tratándolos como objetos desechables, cada vez que uno fallaba, los asesinabas para crear nuevos, no te importo las vidas que tomaste para jugar a ser dios.
Elliot gruñó entre dientes, intentando moverse, pero las cuerdas lo mantenían fijo. Poppy no lo miró con odio por supuesto porque por dentro su rabia hacia ese hombre la enloqueció, sino con una calma implacable, como un juez que dicta una verdad inevitable.
—Y lo peor de todo, Elliot —continuó, bajando apenas la voz, aunque eso hizo que resonara más fuerte— Es que nunca te bastó esto… porque permitiste más atrocidades… violaciones, hiciste que tus empleados violaran a los juguetes, los primeros años de sus creaciones, para probar la teoría de Harley.
Los murmullos ahogados de la multitud se extinguieron al instante, como si cada juguete hubiese perdido el aire de golpe. El silencio pesaba, opresivo, apenas interrumpido por el temblor de las hojas en las manos de Poppy. Sus ojos, llenos de furia contenida, ardían como brasas mientras continuaba.
—La creación de nuevos juguetes mediante embarazos forzados… —las palabras salieron entrecortadas, cargadas de un veneno que ni ella misma pudo suavizar—. Tú lo permitiste y lo celebraste.
Las hojas crujieron bajo los pequeños dedos de porcelana. Poppy apretó los labios, tragando la rabia que amenazaba con quebrar su voz.
—Y peor aún… usaste a los bebés. Los arrebataste de las manos de sus madres para convertirlos en tus nuevas creaciones. —Un temblor la recorrió entera, y esta vez no lo ocultó. El temblor no era debilidad, era el reflejo del peso insoportable de aquellas verdades que, al fin, se gritaban en el rostro de su creador.
Crafty aquella Smalling que se encontraba entre la multitud, escucho las palabras de la líder y sintió como su pecho se presionaba, escuchar aquellas horribles palabras, se dio cuenta que ella no fue la única quien sufrió ese asqueroso destino. Pero gracias a Kickin que la abrazo que hizo que pudiera calmarse. Aunque no fue la única Smalling que estaba sorprendida con tales revelaciones.
Los juguetes no aplaudieron, no corearon, no repitieron las palabras como lo habían hecho con el Prototipo. Simplemente guardaron silencio, porque escuchar aquellas atrocidades hizo que la mayoría se quedan en shock y otros comenzaron a sentir mucho temor, por el simple hecho de que realmente hubo más en esa fábrica que ni conocían.
—Permitir que utilizaran a los bebes, para tus nuevas creaciones. —A esas alturas Poppy ya ni siquiera podía dejar de temblar por la rabia, de tan solo leer las atrocidades de Elliot.
Elliot, en cambio, se encogió mientras gruñía bajo, el sudor perlando su frente. Por primera vez, el veneno de sus palabras no encontraba salida, porque cada frase de Poppy era una sentencia más de lo que sabía que vendría y esta vez, el hombre se sintió miserable, no porque se arrepintiera de lo que hizo, sino porque realmente se arrepintió de haber llevado a Poppy a sus últimas.
Catnap, que hasta entonces había permanecido en silencio con seriedad, pero para ese punto no pudo seguir fingiendo tranquilidad, solo alzó lentamente los ojos hacia Elliot. Sus pupilas brillaban como cuchillas bajo la penumbra, y sus garras se clavaban en el suelo metálico con un chirrido áspero, gruñendo bajamente y mostrando sus colmillos, mostrando su odio y rencor hacia ese hombre.
Dogday, bajó la mirada, con los ojos brillando de lágrimas contenidas. No podía evitarlo, aquellas revelaciones eran una confirmación de lo que ya sabía, de lo que había vivido, y sin embargo oírlo en voz alta, frente a todos, lo desgarraba.
El Prototipo, detrás de Poppy, no intervino. No hacía falta. Su silencio, inmenso y pesado, actuaba como un marco divino que elevaba cada palabra de la muñeca al nivel de sentencia final.
Poppy cerró el folder despacio, ya había dicho todo no hacía falta leer más, para dejar ver a Elliot como el monstruo que era y al hacerlo, provoco que volvieran los murmullos y las miradas llenas de miedo y rabia a la vez.
—Estos son tus pecados, dejaste marcas por años la cual recolete sin que te dieras cuenta. Ya no puedes negarlo. Ya no puedes ocultarlo. Hoy… eres juzgado.
Un rugido de voces brotó entre los juguetes, gritos que celebraban, gritos que maldecían, pero todos como un mismo clamor que envolvió la sala entera.
Poppy, en medio de aquel estruendo, lo miró una vez más con una frialdad que nunca antes había mostrado.
—Y esta vez, no tienes salvación. —Sentencio la muñeca.
Elliot se sintió desfallecer, sintió pánico, miedo y mucho terror, el sudor perlaba su frente mientras sus ojos vagaban por la multitud de rostros que lo observaban como depredadores al acecho. Levantó las manos amarradas temblorosas, no con arrepentimiento, sino con el viejo instinto de manipular, de buscar una rendija para salir, sobrevivir de la condena que lo esperaba.
—¡Esperen, por favor! —su voz se quebró, pero aún mantenía esa arrogancia latente que nunca había podido arrancarse—. Yo… yo también hice cosas buenas. ¡Les di la vida! —su respiración era agitada, casi desesperada—. Sin mí, ninguno de ustedes existiría. Sin mi genio, sin mis decisiones, ustedes no serían nada. ¡Yo soy el creador, su dios, el origen de todo lo que son!
El eco de sus palabras se expandió por la sala, pero no provocó más que un silencio denso y pesado. Poppy lo miraba con una mueca de asco, como si cada palabra fuera un veneno que conocía demasiado bien. A su lado, el Prototipo permanecía inmóvil, sin interrumpirlo, su ojo metálico ardiendo con un fulgor paciente pero cruel. Catnap, al fondo, gruñía bajo, la piel erizada, mientras Dogday cerraba los ojos con impotencia al escuchar esas falacias repetidas.
Cada frase que Elliot pronunciaba era como un clavo más hundiéndose en su ataúd. Su defensa no generaba compasión, solo aumentaba la impaciencia, sobre todo en Poppy, que fruncía los labios con una rabia contenida, cada músculo de su pequeño rostro tenso por el desprecio.
De pronto, un sonido eléctrico cortó el aire. Un chasquido metálico reverberó en las paredes, y la voz de Elliot quedó sofocada por un zumbido que se filtraba por los comunicadores.
Una risa seca, amarga, resonó, helando a todos los presentes. Elliot se quedó petrificado, los juguetes comenzaron a buscar al causante de la voz, pero no había nadie solo aquellos comunicadores que trasmitían las palabras del extraño.
—No cambias, Elliot. —la voz era grave, inconfundible, como un cuchillo hundiéndose en viejas heridas—. Siempre tan patético, siempre tan desesperado por justificar lo que hiciste.
Las pantallas de la sala se iluminaron de golpe, revelando el ojo ciclópeo, frío y vigilante de Harley Sawyer. El aire entero pareció comprimirse, y la multitud enmudeció, los juguetes se encendieron, otros estaban confundidos y los lideres solo se quedaron callados, para Poppy fue un shock porque no lo esperaba, desconcertada, apenas podía contener la mezcla de sorpresa y desconfianza que se apretaba en su pecho, sus dedos se crisparon sobre el folder, mientras buscaba en el semblante inmutable del Prototipo alguna señal, algún atisbo de emoción, pero solo halló un vacío de hacer, estoico y callado. Eso la descolocó aún más, aunque conociéndolo era un hecho que él lo hubiera invitado.
—Si los lideres lo permiten. Me gustaría decir unas palabras, para el caso de Elliot. —pidió Harley, sorprendiendo a Poppy, hasta a Dogday. Porque nunca pensaron escuchar a Harley pedir permiso a nada, realmente los impactos de manera sorprendente.
Los juguetes en su mayoría no entendían nada, desconocían a ese sujeto, a excepción de aquellos que sabían la verdad de Harley.
Elliot, en un gesto que rozaba la locura, rompió en una carcajada nerviosa, sus manos temblorosas alzándose como si por fin hubiese recibido la absolución.
—¡Harley! —gritó, jadeante—. ¡Estás vivo! Lo sabía, lo sabía… tú me entiendes, ¿verdad? Tú sabes que no todo fue oscuridad. Diles, diles que sin nosotros no serían nada. ¡Diles que juntos construimos vida! ¡Que yo no soy un monstruo!
Pero fue ignorado. Los juguetes al escuchar que era Harley la mayoría volvieron a murmurar, sorprendidos sin saber que él seguía vivo, pero, sobre todo, se preguntaban si volvería a hacerles daño.
El Prototipo inclinó apenas la cabeza, su ojo rojo fijo en la pantalla, y con esa voz metálica, respondió sin titubeos. —Habla, Sawyer. Te cedo la palabra.
—¿Es enserio? —murmuró Catnap con un hilo de voz ronco, su mirada clavada en la pantalla, como si Harley pudiera saltar de ella en cualquier instante. Dogday, por su parte, se tensó al punto de erizarse, porque también estaba en shock al escuchar de nuevo la voz del otro monstruo.
Harley dejó que un silencio pesado cayera sobre la sala antes de hablar, como un director que ajusta la orquesta antes del primer acorde. Su ojo ciclópeo recorría la multitud de juguetes con esa mezcla de arrogancia y teatralidad que siempre lo caracterizó, cada movimiento medido, cada gesto cuidadosamente exagerado. Luego, con una voz que vibraba entre melancolía y dramatismo, comenzó:
—Ah… Elliot, Elliot, Elliot… —arrastró el nombre, saboreándolo—. Toda esta historia, todas estas atrocidades, ¿sabes quién es realmente la víctima aquí? —Sus palabras cortaban el aire como cuchillas finas—. No eres tú… soy yo, después de todo… tú me obligaste hacer que tus fantasías hicieran realidad con mis habilidades—y su ojo se movió un poco simulando ver a todos, cuando en realidad ya los veía en las cámaras.
Elliot retrocedió, el brillo de su locura mezclándose con incredulidad. La rabia se le subió por la garganta, convirtiéndose en un rugido.
—¡Traidor! ¡Cómo te atreves! ¡Yo… yo te di todo lo que querías! ¡Yo te hice lo que eres! ¡SIN MÍ, NO SERIAS NADA!, ¡AHORA ME TRAICIONAS MALDITO BASTARDO! —Grito Elliot exasperado y enfurecido por como Harley se comportaba, una maldita victima que le echaba toda la culpa.
Pero Harley solo sonrió internamente, porque al no poseer un cuerpo era lo único que podía hacer, en especial cuando su ojo simulo como si estuviera riendo.
Pero el ojo de Harley, enorme, frío, inmóvil en la pantalla, no parpadeó ni cedió. Solo proyectaba esa calma glacial que, en contraste con el frenesí de Elliot, se sentía como la sentencia definitiva. Un leve movimiento de su lente simulado imitó una carcajada burlona, amplificando la impotencia del hombre frente a todos los presentes.
—Ay que patético —susurró Harley, con un tono melódico, teatral, casi infantil en su crueldad—. Todo lo que soy, todo lo que hice… sí, te lo debo. Me enseñaste a sobrevivir, a manipular, a ver el mundo con tus ojos deformes… pero ¿Crees que eso me hará defenderte?, No. —La intensidad de su voz resonó como un golpe metálico en los comunicadores—. Debes saberlo, ¿no?, después de todo… ¿Quién traiciono primero?
Elliot gritó de nuevo, un chillido furioso que reverberó por la sala.
—¡Maldito bastardo infeliz!, ¡hipócrita imbécil!, ¡A ti debieron juzgarte y castigarte!, ¡Tú también abusaste de ellos!
Pero Harley solo se rio, porque Elliot realmente parecía más desesperado.
—¡Ja!, ¿Acaso olvidaste que yo ya fui juzgado?, solo mírame, Elliot. —Dijo Harley mientras abría más su ojo digital, dejando en claro su situación, ya no tenía cuerpo, ya no tenía esa humanidad, solo era una máquina, sus órganos vitales ya estaban en tubos y ahora no le quedaba nada por perder. —Yo ya fui castigado… y ahora es tu turno Elliot.
El silencio que siguió fue como un golpe seco en la nuca de Elliot, dejando en claro que ya no había nada más que perder, su vida estaba acabada. El hombre, reducido a un espectro de lo que alguna vez fue, temblaba mientras la sombra del Prototipo se erguía más grande, más pesada, más inevitable. La voz del monstruo metálico se alzó, fría y solemne, como el repique de una campana fúnebre.
—Elliot Ludwig… tú, quien se proclamó creador y salvador, hoy te conviertes en lo único que jamás quisiste ser, una herramienta de otros. No te modificaremos, ni te convertirás en uno de nosotros, no. Serás reducido a lo que despreciaste, el juguete de los juguetes, propiedad de aquellos a quienes usaste como carne de laboratorio. Esa será tu sentencia.
Un rugido colectivo estalló entre los juguetes, los gritos se escucharon y las voces se intensificaron con los murmullos de lo que le harían a Elliot. Dogday sintió sus patas temblar, porque realmente se sorprendió de ese castigo, pero era lo que ese monstruo se merecía, Catnap solo sonrió mostrando su satisfacción, porque el mismo se desquitaría con esa basura. Hasta Crafty chillo de felicidad al saber la sentencia, mientras Kickin miraba a su amada preocupado por sus reacciones.
Picky por su parte solo cubrió su boca con sorpresa, ni siquiera podía creer lo que escuchaba.
Elliot, en cambio, se quebró, comenzó a temblar con mucha fuerza con un sollozo desgarrador, porque sabía que no le darían una muerte piadosa.
—¡No! ¡Por favor! ¡No me hagan esto! —sus manos se estiraban hacia adelante, temblorosas—. ¡Piedad! ¡Se los suplico! ¡POPPY! —su voz se quebró, encontrando en la muñeca de porcelana solo gozo de ver su sufrimiento—. ¡POPPY, ¡TÚ ME ENTIENDES, TÚ ERES MEJOR QUE TODOS ELLOS! ¡SÁLVAME, PROTÉGEME, ¡TE LO RUEGO!
Poppy lo sostuvo con la mirada, sus ojos vacíos por un parpadeo lento, mientras el murmullo exaltado de los juguetes llenaba la sala. No había compasión en su gesto, solo un brillo helado de resolución y gozo.
—La muerte sería un regalo demasiado noble para ti, Elliot… —susurró con una serenidad inquietante— Si tienes suerte deberías suicidarte, porque cuando mis hijos te alcancen, no quedará nada de ti que merezca ser salvado.
—Antes de que se cumpla la sentencia… ¿hay alguien más que desee hablar? —Pregunto la misma Poppy.
—Yo… quiero hablar.
Los murmullos estallaron de inmediato, todos giraron incrédulos hacia la figura maltrecha de Dogday. El perrito, con las patas aún temblorosas y la respiración entrecortada, intentaba incorporarse. Picky, con sus manos firmes lo tomo con cuidado, ayudándolo a ponerse de pie a pesar de la fragilidad de su cuerpo, ella no iba a dejarlo.
El perro parpadeó, tragó saliva con dificultad y alzó la mirada hacia Poppy, luego hacia Elliot.
—Necesito decirle algo…— Cada palabra que decía cargaba con el peso de alguien que había sobrevivido demasiado.
Los lideres se quedaron callados, Poppy por su parte no tenía duda que su hijo lo haría, necesitaba su cierre y ella se lo daría, mientras que Catnap al ver a su amado levantarse este también lo hizo y estaba a punto de ir con él, ya que su preocupación hacía que su corazón quemara de dolor, su hermoso sol lo necesitaba, pero ni siquiera pudo dar un paso más, porque una de las patas de su padre se puso enfrente suyo, evitando que avanzara.
El felino lunar, miro a su padre desconcertado, porque no entiende el motivo de su detención, a lo que el Prototipo lo miro de reojo dejando en claro que no era el momento.
Mientras el Prototipo solo hizo una señal para que procediera.
Elliot levantó la cabeza, con lágrimas embarrando su rostro, convenciéndose en su desesperación de que al fin alguien saldría en su defensa. Sus labios temblaban como un niño perdido, y su voz rota imploró entre sollozos.
—¡Sí! ¡Sí, Dogday! ¡Diles! ¡Recuérdales! ¡Recuérdales los buenos tiempos, cuando estábamos juntos, cuando yo… cuando yo te cuidaba! ¡Diles que no soy un monstruo! ¡Tú me entiendes, tú me conoces! ¡Por favor, sálvame!
Dogday lo contempló en silencio unos instantes, y su mirada, lejos de contener compasión, se endureció en un brillo helado. Su hocico se contrajo con un gesto de repulsión que habló más que cualquier palabra. Cuando por fin habló, dejó en claro su postura.
—Te odio, Elliot y realmente pensé que podías cambiar, pero nunca lo harás, eres un monstruo que nos has quitado mucho. Tú me arrebataste todo, me robaste la paz, me arruinaste desde el momento en que nací y seguiste arruinándome una y otra vez. Realmente eres lo peor que puede existir en este mundo y ahora… espero que te pudras en el infierno.
El silencio se hizo absoluto, incluso los más ruidosos callaron. Elliot se quedó petrificado, sus lágrimas ahora parecían grotescas frente al asco evidente en los ojos del perro, el hombre estaba frio y perplejo mientras miraba al can a metros de distancia.
—Mereces lo peor —continuó Dogday, dejando en claro que ya no le tenía— Y lo que me consuela… es que al fin nunca volverás a lastimar a nadie. Ni a mí. Ni a ninguno de nosotros. Somos libres de ti.
Esas fueron las únicas palabras que le dedico Dogday mientras desvío su mirada, aun sujetado por Picky y trato de retroceder. Por primera vez en mucho tiempo sintió un alivio tan grande como si esas cadenas invisibles que sujetaban su alma desaparecían.
—Por favor… sáquenme de aquí, no quiero ver lo que le harán. Ya fue suficiente para mí. —Contesto el perrito solar, pidiéndole a su amiga.
Fue entonces que el Prototipo quito su pata la cual evitaba que Catnap avanzara, para luego retroceder. — cuídalo. —Ordeno 1006, sabiendo que Dogday necesitaba de su pareja más que nadie, y ver a su hijo acomplejado por no poder acercarse a Dogday, era mejor que ambos tomaran su tiempo.
Catnap no esperó más. Apenas escuchó esas palabras, sus patas se movieron con urgencia, y en cuestión de segundos estuvo a un paso de Dogday. Su respiración se agitaba, sus ojos se humedecieron con rabia contenida y con el alivio de verlo aún en pie. Lo tomó con delicadeza, como si cada roce pudiera quebrarlo, y lo atrajo hacia su pecho.
Picky, con un leve asentimiento, se hizo a un lado, comprendiendo que era el momento de permitir que Catnap se acercara, y por primera vez desde el inicio del juicio, el perrito sintió que podía relajarse un poco.
Sin decir palabra, Catnap rodeó a Dogday con sus brazos y lo atrajo hacia él, hundiendo su rostro en su hombro, inhalando el aroma vainilla que le daba fuerza y consuelo. El perrito no dudo en mover su cola suavemente mientras también olfateaba a su pareja con su hedor a lavanda, amando cada segundo.
—Te… extrañé tanto… —murmuró Dogday, con la voz quebrada.
—Yo también… —respondió Catnap, apretándolo con suavidad, pero con firmeza, como si quisiera asegurarse de que nada más podría dañarlo, tenerlo en sus brazos era todo lo que necesitaba, solo miro de reojo a ese hombre que estaba vacío y roto, dejando en claro que ya había perdido todo. Pero no le importo solo volvió a mirar a su pareja.
Dogday lo miró a los ojos, aun temblando, y con un hilo de voz pidió.
—sácame de aquí… por favor.
Catnap asintió, mientras dejaba de abrazar a su amado y permitirse bajarse, para que el pudiera subir a su espalda, con ayuda de Pikcy por supuesto, levantándolo, era un hecho de que era mejor retirarse.
—cuídalo mucho Catnap. —pidió la cerdita a su amigo, lo que hizo que el nombrado asintiera.
Dogday solo la miro un poco curioso. — ¿Te quedaras? —Pregunto el perrito solar, lo que hizo que Picky solo bajara la mirada avergonzada, pero antes de que pudiera contestar ella sintió como alguien tomaba sus hombros, hasta abrazarla.
Siendo el mismo Mako, que hizo estremecer a la cerdita y sintió un poco de felicidad en ese amargo momento.
—Si, lo siento… yo sí quiero ver el final. —Explico la cerdita y Dogday no dijo más, solo asintió estaba demasiado cansado para contradecir las decisiones de sus amigos, en especial cuando Picky miraba de reojo a Mako dejando en claro que estaba de su lado. así que este solo le dio una palmada a su novio para que se fueran.
Catnap no dudo en salir corriendo de ahí, no iba a exponer a su novio a observar tanta crudeza, su solecito no necesitaba eso en su vida, estaba claro que Dogday solo quería enfrentar a Elliot por última vez. Ahora solo quedaba resguardar a Dogday, aunque deseaba volver y ser el verdugo de Elliot, no podía dejarse llevar por sus emociones cuando Dogday dependía de él.
Ahora solo quedaba cuidarlo como era debido.
°
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El Prototipo, al notar cómo su hijo se retiraba, entonces giró lentamente hacia Poppy. Ella lo observó con esa calma extraña, con esa seguridad silenciosa, después de todo se veía más aliviada que su hijo tuviera su cierre, fue entonces que miro de reojo a su pareja que esperaba su señal. Un leve asentimiento de su cabeza fue suficiente. No hacía falta palabras, ahora era él que debía terminar lo que ella empezó. Aquella señal bastó.
—Ahora… disfruten de su nuevo juguete. —la voz metálica de 1006 se expandió como un trueno en la sala, llena de las víctimas de esos demonios, ansiosos por destrozar y devorar al fundador, el creador de su infierno y al mismo que lo habían sentenciado a lo peor.
Lo que siguió fue inmediato. Una oleada de juguetes se desató desde todos los rincones, avanzando con un hambre contenida durante años, sus ojos brillando con una mezcla de furia y diversión macabra. El suelo tembló bajo sus pasos, el aire se llenó de chillidos, risas extasiadas, los juguetes que fueron testigos del juicio, no dudaron la mayoría en a balancearse mientras que otros solo miraban con morbo lo que pasaría. El destino de Elliot ya estaba marcado, no sería la muerte, sino algo mucho peor, un espectáculo grotesco para saciar la venganza de aquellos que había atormentado.
—¡NO! ¡NO! ¡ALÉJENSE DE MÍ! —vociferó Elliot con un chillido desgarrador, la voz rota por el pánico. Su cuerpo se retorcía contra el suelo frío, arrastrándose torpemente como un gusano aplastado, con las manos y los pies atados que le impedían escapar. El sudor le corría por la frente, los ojos abiertos de par en par, desorbitados, mientras trataba de impulsarse con las rodillas, con los codos, con lo que fuera, sin lograr avanzar más que unos miserables centímetros. Cada sombra que se cernía sobre él lo hacía convulsionar de terror, y su respiración entrecortada se volvía un jadeo frenético, animal, incapaz de aceptar que había perdido.
En ese instante, como si hubieran estado esperando la orden, un mar de juguetes se abalanzó hacia Elliot. El eco de sus pasos retumbó como un trueno. Garras, piezas oxidadas, dientes postizos, resortes y colmillos de plástico desgastado se mezclaron en una marea deforme que se cerraba sobre él. Elliot retrocedió, tambaleante, intentando mantener la compostura, pero el terror en sus ojos lo traicionaba.
Fue entonces que una mano tomo su tobillo y lo jalo hacia el grupo de juguetes extasiados.
—¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH! —Los gritos de Elliot se escucharon por todo el lugar, los pocos humanos que aún se ocultaban en rincones oscuros se estremecieron, paralizados por aquel grito desgarrador. El eco se expandía, multiplicando su agonía, hasta que el lugar entero se convirtió en un teatro de sufrimiento insoportable.
Picky solo se quedó mirando el camino por donde sus amigos se habían ido, con la mirada vacía y una sensación extraña de culpa, pero sus pensamientos fueron interrumpidos, cuando sintió como Mako la devolvía a su realidad, ella miro a su amigo especial que solo sonrisa, mientras detrás de él un grupo de juguetes se adelantaba para torturar a Elliot.
—Vamos, Picky, te enseñare algo muy divertido. —Dijo el tiburón con una sonrisa, que transmite seguridad y confianza, combinada con esa malicia desquiciada, que hizo a Picky sonrojar bastante.
Ella no dudar en corresponder aquella sonrisa, pero la suya estando sonrojada y llena de júbilo al estar con Mako. —Si, muéstrame. —pidió la cerdita, mientras Mako la llevaba hacia el grupo de juguetes, la cual ella siguió muy obediente, ya que querían también ser los primeros en torturar a Elliot.
Los juguetes no lo mataron no tenían permitido hacerlo, pero el castigo era peor, lo desgarraban sin matarlo, lo destrozaban sin darle el alivio final. Algunos tiraban de su ropa hasta dejarla hecha jirones, casi casi desnudándolo, otros le mordían las piernas con fuerza suficiente para arrancar gritos, pero no para desangrarlo. El sonido de risas e insultos se volvía más grotesco y humillante. Elliot rugía, insultaba, maldecía, pero su voz se perdía entre la algarabía cruel de aquellos seres que lo trataban como lo que siempre había hecho con ellos, un simple juguete roto al que se le podía arrancar cada pedazo sin piedad.
En especial cuando noto que comenzaban a tocar su culo, hasta sentir algo pinchándolo en su ano, supo entonces el verdadero terror que se aproximaba.
—¡NO!, ¡NO POR FAVOR!, ¡DEJENME! —Grito el hombre desesperado, pero era callado, cuando comenzaron a golpearlo, pellizcarlo y volver a morderlo hasta hacerlo sangrar, otros le encajaban cosas afiladas a su cuerpo, pero no lo suficiente para matarlo, pero sintió aún más pánico cuando estos juguetes malditos.
De verdad iban hacer que sufriera en vida.
Fue entonces que sintió como algo viscoso entro y desgarro sus paredes anales, desgarrando su carne por dentro. Un dolor insoportable recorrió su espalda como un latigazo ardiente, y Elliot lanzó un grito tan desgarrador que su garganta pareció quebrarse con el sonido. y este grito con dolor con tanta fuerza que sentía esa agonía recorriendo su espalda.
—¡AHHHHHHHHH! —Grito tan fuerte que sintió que se le desgarraba la garganta, podía sentir como de su trasero bajaba su propia sangre, pero los juguetes no le dieron tregua por lo contrario otro utilizo su boca, al introducir su miembro la cual estaba sucio de esmegma y sangre, y con esa enferma voz expreso.
—No te atrevas a morder, juguete. —Se burlo aquel ser que se mofaba ante el sufrimiento del fundador, que se lamentaba de absolutamente todo, pero no se detuvieron ahí, porque solo pudo ver que los juguetes que no participaban en su violación iban a golpearlo y otros lo cortarían, la humillación no iba a parar fue entonces que entendió, aquellas palabras sínicas que le dedico Poppy y ahora supo que ellos evitarían que se suicidara.
Solo podía sentir cómo su cuerpo era desgarrado una y otra vez, sacudido con el vaivén brutal de aquellas embestidas que parecían no tener fin. Cada movimiento era una nueva ola de dolor que lo arrancaba de sí mismo, haciéndolo retorcerse sin poder escapar, en especial porque cuando salía uno de su ano desgarrado, venia un nuevo juguete a introducir su pene, para follarlo y embestir su entrada ensangrentada. Forzando la vista entre lágrimas y sangre, alcanzó a distinguir a los líderes observando la escena en silencio, como jueces mudos en un juicio cruel. Poppy, parecía satisfecha que por fin su padre tuviera su castigo que la hizo sufrir por décadas a ella y a su hijo recientemente, ahora ya no tenía más que ver, había cumplido su venganza, ese hombre nunca más volvería a hacerles daño, giró sobre sus talones y le dio la espalda, apartándose con esa elegancia que la caracterizaba.
Pero el Prototipo, ese monstruo que alguna vez había tenido la compasión de perdonarle la vida, ahora contemplaba la masacre con un deleite gélido, disfrutando del sufrimiento ajeno como si se tratara de un espectáculo preparado para él solo.
Fue entonces que Elliot solo cerro sus ojos sabiendo que esta sería su nueva vida ahora.
Tal vez su propio karma.
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Catnap avanzaba con cuidado por el pasillo, llevando a Dogday sobre su espalda, necesitaban llegar a Sweet home, para ese punto ese lugar era el único seguro de esa maldita fabrica. Desde el fondo, el eco de los gritos de Elliot retumbaba en cada pared, lo que provocó que Dogday solo se cubriera sus orejas largas, agradeciendo salir antes de tiempo, ni siquiera tenía valor de mirar hacia atrás.
Antes de dar un paso más, Catnap se detuvo en seco. Frente a ellos, recargado contra la pared, estaba Bubba. Su enorme figura de elefante parecía inmóvil, seria, observándolos con calma, al mismo tiempo parte de su cuerpo estaba manchado de sangre. Él los estaba esperando.
—Bubba… —murmuró Dogday, sorprendido de encontrar a su amigo allí, en ese lugar tan inesperado. El perrito pidió que Catnap lo bajara, cosa que el felino obedeció al bajar su cuerpo para que Dogday se deslizara y pudiera llegar al suelo, aunque tuvo que sostenerse con el cuerpo de Catnap para no caer. — Bubba… ¿Qué haces aquí? —Pregunto el perrito sin entender, porque su amigo estaba en ese lugar.
El elefante solo los miro unos segundos en silencio, Catnap por su parte estaba más concentrado en cuidar a Dogday.
—Creo que, a estas alturas, sabes porque estoy aquí amigo. —Contesto el elefante sin ganas, mientras cruzaba sus brazos, no iba a blanquear las cosas y Dogday debía saber la verdad, porque ahora las cosas iban a cambiar y Dogday pronto dejaría de ser su líder.
Dogday se quedó callado, entendiendo por completo a que se refería. Pero tampoco podía decirle nada, ¿Cómo podría?
Pero antes de que pudiera hablar, escucho como alguien lo llamaba, una voz femenina bastante familiar y la otra pertenecía a su otro mejor amigo.
—¡Dogday!
Crafty y Kickin se acercaron lentamente, parecía que ellos también estaban saliendo de la cafetería. Dogday los observo, y noto como Kickin quien había salido con esa seriedad gélida en el rostro, mientras Crafty su amiga ahora tenía manchas de sangre en sus manos y parte de su hermoso pelaje. Ese detalle lo golpeó como una piedra directa al estómago. Una sensación de asco lo invadió, las náuseas treparon por su garganta y la necesidad de vomitar se hizo insoportable, tanto que su cuerpo tembló débilmente, aun sentía dolor y ver a sus amigos también habían participado en esta horrible masacre, lo hacía sentir decepcionado.
El gato lo notó al instante. Sin pensarlo, lo sujetó con más firmeza, abrazándolo con el brazo libre mientras murmuraba, en un tono grave y suave al mismo tiempo.
—Podemos irnos, Doggy… no tienes que hablar con ellos, si no quieres. —El felino estaba preocupado, así que miro a sus amigos con seriedad, haciendo que Crafty y Kickin retrocedieran, pero Bubba solo se quedó en su lugar sin moverse.
Pero Dogday negó con la cabeza, apretando sus labios conteniendo la arcada. No… no iba a apartarse, no esta vez. Tenía que escuchar, tenía que entender a sus amigos.
—¿Por qué? —Eso fue lo único que pudo preguntar el perrito después de todo lo que ha vivido, ni siquiera podía entender, la razón por la cual decidieron ellos participar en esto, apenas podía entender la idea de Picky lo hiciera. — ¿Por qué ustedes? —volvió a preguntar el perrito solar, por fin mirando a sus amigos.
Kickin solo desvío la mirada, sintiendo un poco de vergüenza que su amigo viera por primera vez lo que podía hacer por rabia y por amor, mientras su amada Crafty no pudo evitar soltarse a llorar en silencio, hasta que sus lágrimas cayeron al suelo, porque para ella era muy vergonzoso de explicar del porque participo en aquella brutalidad, Bubba por su parte solo respiro y dejo caer su cuerpo en una pared cercana, ya que la no tenía una justificación para aquello.
Simplemente lo hizo por liberación, y no había otra explicación más que eso.
Crafty solo dejo de llorar un momento para poder recuperarse, mientras se limpiaba y por fin miro a Dogday con sus ojos inyectados en sangre. A estas alturas ya no había nada más que ocultar.
—Porque yo estoy harta, como te dije, espero que jamás sientas mi dolor de que te arrebaten a tu hijo. —Explico Crafty mientras comenzaba a calmarse y sus lágrimas comenzaban a cesar. — Y ese mismo dolor, me hizo odiarlos hasta el punto de que mi corazón ya no puede pensar más otra cosa, que devolverles mi dolor. —Dijo el unicornio mientras alzaba su mano hasta apretarla en su propio pecho, sintiendo su corazón que latía con fuerza, mientras su gesto cambiaba a uno serio. —Solo así… podía tener un poco de paz.
—Nos trajo paz…—Termino por decir Kickin continuando con lo que decía su pareja, mientras tomaba su mano y entrelazaban sus dedos. Porque estaba claro que Kickin también había sufrido bastante y para ese punto ya estaba cansado de fingir, que estaba bien y que tenía control de sus emociones, cuando sus pensamientos intrusivos gritaban que destruyera todo, como hacerlos pagar por la pérdida de su cachorro.
El perrito se quedó callado al igual que Catnap que solo mantenía su mirada fija en sus amigos, tampoco iba a meterse, ya que por parte de él, los comprende a la perfección y no tenía ninguna queja en absoluto. Pero Dogday era otro caso.
—¿Lo valió? —Pregunto Dogday, deseando ver si al menos había duda en los ojos de sus amigos, una pizca de esperanza, de pensar que era el único que aun creía que esta masacre estaba mal.
—Si. —Eso fue lo único que pudo decir el unicornio, mientras comenzaba a sonreír sin ningún arrepentimiento, ni siquiera le molestaba las manchas de sangre de su mejilla. Lo que provocó que Dogday se estremeciera, porque no había titubeos ni siquiera un arrepentimiento, solo frialdad y gozo con lo que hicieron.
Eso asusto un poco al perrito.
—¿Nos odias Dogday? —Pregunto el ave, mientras daba un paso hacia adelante, nervioso por lo que pudiera decir su amigo.
Lo que hizo que Dogday solo bajara su cabeza, sin poder pensar una buena respuesta. Había pasado tantas cosas, que ni siquiera sabía que es lo que estaba bien o lo que estaba mal, por supuesto sus amigos habían tomado sus propias decisiones y acababan de admitir que ellos habían participado en la hora de la alegría, pero a pesar de esto, Dogday no podía odiarlos y tampoco podía curarlos, a estas alturas el perrito ni siquiera sabía cómo sentirse al respecto.
—No. —Por fin hablo Dogday, porque realmente así lo sentía, no los odiaba, ni siquiera los aborrecía, solo estaba decepcionado, pero no sabía si de ellos o de él mismo por haberles fallado como líder. Porque no pudo evitar que se transformaran en monstruos sedientos de sangre, buscando una venganza que no les traería de vuelta a su cachorro.
Ya no había cambios y probablemente, también ellos ya habían decidido dejar de seguirlo.
Bubba solo se mantuvo en silencio, él de todos parecía que no había cuestiones del porque lo hizo, solo lo hecho esta y Dogday no lo cuestionaría, en especial cuando él había sido el primero en probar la sangre humana.
—No los odio… y tampoco voy a cuestionarlos. —Por fin Dogday los miro de nuevo dejando en claro que no había duda en sus palabras. —Pero no significa que yo apoye esta aberración. —Fue bastante sincero en su postura.
Lo que provocó que Bubba solo gruñera sin entender porque el perro se mantenía aun positivo después de todo lo que había pasado. A veces no entendía a su exlíder, por lo que este exploto en un arrebato, ya ni siquiera Crafty o Kickin pudieron responder ante ello.
—¡¿POR QUÉ?! —Grito el elefante exigiendo una respuesta, mientras alzaba su mano y sus dedos se ponían tensos. — ¡¿POR QUÉ PARECES TRISTE CUANDO ESTO ES LO MEJOR QUE NOS HA PASADO?!, ¡¿POR QUÉ QUE TE SIGUES MANTENIENDO POSITIVO A PESAR DE LO QUE ELLIOT TE HIZO?! —Bubba no sabía la magnitud del daño que le hizo Elliot, él no estaba ahí cuando Picky y las otras chicas lo curaban.
Catnap al escuchar sus gritos, no dudó en erizar todo su pelaje, un rugido bajo y áspero escapó de su garganta mientras se plantaba firme delante de Dogday. Su cuerpo entero se tensó, como un muro viviente dispuesto a desgarrar a cualquiera que intentara acercarse. Bubba se sorprendió, los ojos abiertos de par en par, incapaz de ocultar la impresión que le causaban las palabras del gato. Dio un paso atrás instintivo, intimidado por la furia que brotaba de su viejo amigo.
—¡Ni lo pienses, Bubba! —escupió Catnap con un tono cargado de veneno, los colmillos apenas asomando bajo sus labios tensos—. No te atrevas siquiera a cruzar esa línea.
Pero Dogday no reacciono, porque entiendo la desesperación de su amigo, por lo que como pudo este solo dio unos pasos, para abrazar el cuello de su novio y no hiciera nada, evitando que se desquitara. No quería que se enojara con ellos, Dogday solo sollozo un poco, porque en cierta parte Bubba tenía razón, debería estar como ellos, no negaba que odiaba a Elliot, pero a diferencia de ellos, Dogday si tuvo un cierre al ver la condena de ese monstruo y ya no quedaba en su corazón aflicción ante sus acciones.
—Por favor… Kitty, no te enojes… déjamelo a mí. —pidió el perrito haciendo que Catnap se calmara y permitiera a Dogday defenderse. — Bubba…—Él lo llamo, haciendo que el nombrado mirara al perrito solar.
—Bubba… esa es la diferencia entre ustedes y yo…—El perrito solo lo miro con los ojos cansados y cristalinos. —Yo jamás sentiré felicidad o alivio, por matar a otras personas. —Explico sin más haciendo que el elefante, el unicornio y el ave se tensaran. — No importa lo que Elliot me hizo, eso no me da derecho de desquitarme con otros que tal vez ni siquiera sabían lo que pasaba, fue Elliot el que me hizo daño, es él el que debe pagar no otros… y ahora que él ya pago, entonces no me queda más nada que seguir hacia adelante. —Contesto el cachorrito mientras sentía un nudo en su garganta, sintiendo que le faltaba aire al explicar sus razones.
—Debes pensar que somos unos monstruos. —Dijo Crafty decepcionada y triste de que su amigo pensara mal de ellos, pero Dogday volvió a negar con su cabeza, haciendo que sus orejas largas se movieran a sus compas de sus movimientos.
—No… ni un poco. —Dogday miro a su amiga, notando que ella también estaba rota, más bien todos en ese pasillo estaban rotos, y los gritos del fundador de fondo demostraban que ya todo estaba torcido, incluso el mismo Dogday. — Para ser sincero… nunca los culparía, ni los juzgaría… esta fábrica nos ha quitado más de lo que nosotros hemos tenido… y sinceramente…
El perrito solo se calló unos segundos mientras se aferraba a su novio, que solo se mantenía callado permitiendo que su solecito se expresara.
—Esta fábrica nos obliga a alejarnos de nuestros ideales. —escupió con asco el perrito dejando en claro una verdad cruel, porque realmente ese lugar no podías pensar si lo que haces es lo correcto o incorrecto, solo quedaba sobrevivir ante los horrores que se viven adentro.
Dogday giró despacio dándoles la espalda a sus amigos, con la mirada baja, como si le costara incluso sostener el peso de sus propias decisiones. Se aferró con más fuerza al pelaje de Catnap, hundiendo su rostro en él como un niño que buscaba refugio.
—Vámonos… —susurró apenas audible, con un hilo de voz quebrado.
Catnap no dijo nada, pero sus ojos se suavizaron al escuchar las palabras de Dogday. Sin una sola réplica, se inclinó un poco y volvió a acomodarlo sobre su espalda, con el mismo cuidado que tendría alguien al cargar un tesoro frágil. Dogday se aferró al pelaje de su novio, hundiendo sus patas con un gesto cansado pero confiado, como si en ese instante Catnap fuera el único lugar seguro en todo ese infierno.
El gato dio un último vistazo a sus amigos, sus miradas cargadas de un peso imposible de definir, todos ellos tenían sus propias batallas que librar. Luego, sin más, Catnap dio media vuelta y comenzó a correr, sus pasos firmes resonando en el pasillo mientras se llevaba a su sol lejos de ellos.
Ya nada seria lo mismo, ese fue el único pensamiento que los tres Smalling compartieron.
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El camino hasta Sweet Home fue un suplicio silencioso. Dogday se mantuvo recostado en la espalda de Catnap, acostado mientras olisqueaba el pelaje de su pareja, dándole un consuelo después de todo lo que ha vivido. Cuando por fin cruzaron el umbral del refugio, la calidez del lugar los envolvió, aunque ni siquiera esa paz lograba borrar la sombra que traían desde la fábrica.
Varios de sus amigos los esperaban en la entrada. Bobby corrió hacia ellos con lágrimas en los ojos, Hoppy se adelantó tambaleante, y otros juguetes se arremolinaron en torno al felino cargando a su amado. Las preguntas no tardaron en alzarse como un murmullo ansioso, todos querían saber, todos buscaban respuestas sobre lo que había ocurrido en aquel juicio.
Dogday, agotado, abrió apenas los ojos, su voz suave pero firme quebró el murmullo.
—La verdad… prefiero contarles después, ahora… solo quiero descansar. —pidió el perrito solar, que comenzaba a bajar de la espalda de su novio y Catnap lo ayudo.
—después hablaremos de esto, no ahora…—Esta vez fue Catnap quien hablo, fue serio y grave ante esto. Dejando que los juguetes se callaran, dejando ver que el felino no iba permitir que los interrogaran, no cuando estaban sumamente cansados y solo deseaban estar juntos.
El silencio cayó de golpe. Bobby, entiendo de inmediato por lo que tomo el liderazgo, para hacer que los juguetes se hicieron a un lado, para que sus amigos pudieran descansar.
—Escucharon, ¿verdad? —dijo con firmeza—. Denles espacio.
Los demás bajaron la cabeza, retrocediendo despacio. Nadie osó discutir. Catnap, agradecido, pero sin detenerse, llevó a su pequeño sol directo al cuarto de ellos, donde deseaban estar más que en otro lugar, el perrito como pudo camino a lado de su novio dando pasos lentos pero controlados, cerrando la puerta tras ellos.
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La puerta se cerró con un suave clic, aislándolos del murmullo inquieto de los demás. El silencio de la habitación se sintió como un bálsamo, apenas interrumpido por el crujido suave de las patas de Catnap contra el suelo. Con cuidado, el felino cargó a su amado hasta la cama, inclinándose con la paciencia de alguien que temía romper lo que más quería.
Dogday soltó un suspiro quebrado cuando su cuerpo se hundió en la suavidad de las sábanas. El contacto de la tela limpia y mullida contra su piel maltratada lo hizo gemir bajo, un sonido mezcla de alivio y agotamiento. Cerró los ojos por un instante, dejando que esa sensación lo envolviera, como si la cama pudiera borrar, aunque fuera por segundos, el infierno que había dejado atrás.
Catnap lo miraba en silencio, con los ojos brillando en la penumbra. Se quedó a un lado de la cama, acariciando despacio la frente de su sol con una pata temblorosa, intentando transmitirle calma sin palabras, pero al mismo tiempo temía que al acercarse el perrito lo rechazara, había vivido algo tan horrible, que le dolía pensar que el canino no quisiera más contacto con nadie ni siquiera de él. Dogday, sintiendo el calor de ese toque, buscó la mano libre de su pareja y la apretó débilmente, lo que hizo que Catnap solo entrelazara sus dedos, como si esa sola conexión pudiera mantenerlo a salvo del mundo entero.
—Catnap…—Llamo el perrito solar, pestañeo un poco, mientras miraba a su amado con la voz apenas más fuerte que un suspiro, aferrando con sus dedos a las sábanas debajo de él.
El felino inclinó su rostro hacia él, con las orejas erguidas, atento, como si esa sola palabra pronunciada por Dogday fuese más importante que todo lo que había ocurrido allá afuera. Su pata seguía acariciando la frente del perrito, delineando con suavidad la curva de su mejilla.
—Estoy aquí, Doggy… —murmuró Catnap, y en su tono había una devoción absoluta.
El perrito solo miro a su pareja y tuvo que alejar su pata para poder dar unas palmadas a la cama, incitándolo a que suba. —acuéstate a mi lado. —pidió el cachorro ansioso.
Catnap se acomodó lentamente a su lado, con una suavidad que parecía casi sagrada, como si temiera que el simple roce pudiera romper a Dogday. Con delicadeza lo envolvió entre sus patas, cubriéndolo con su cuerpo en un abrazo protector, dejando que su calor lo rodeara por completo. Dogday suspiró profundamente, sintiéndose por fin a salvo, y ambos quedaron en silencio, escuchando sus respiraciones mezclarse en la penumbra.
—Perdóname… —murmuró de pronto Catnap, con la voz quebrada mientras cerraba los ojos con fuerza—. Perdóname por no haber llegado antes… por no evitar lo que Elliot te hizo. —Las lágrimas comenzaron a brotar desde sus mejillas, en sus ojos se veía el tormento, la culpa de no poder proteger a Dogday y el dolor por no poder hacer más cuando pudo, hizo que su tormento creciera porque no podía evitar sentirse patético por no poder proteger a su pareja.
Se suponía que debían tener uno de los mejores días, se supone que para ese momento ya debía proponerle matrimonio al perrito solar, todo lo tenía planeado, sus amigos ya sabían y hasta ya debían tener los banquetes. Pero ahora ni siquiera podía pensar en preguntarle, cuando Dogday estaba tan herido y roto, eso le provoco un miedo al rechazo.
Dogday abrió los ojos, sorprendido por la vulnerabilidad en aquella voz que siempre había sido tan firme. Lo miró, y sus propios ojos se llenaron de lágrimas, un nudo formándose en su garganta. —No digas eso… —sollozó, aferrándose con sus patas a la suavidad del pecho de su pareja—. No fue tu culpa… nunca lo fue.
El perrito respiró hondo, y sus palabras salieron a borbotones, cargadas de dolor acumulado. —Yo… yo sufrí tanto, Catnap… no sabes cuánto. Llegué a pensar que lo mejor era dejarme morir, acabar con todo. Cada día era una tortura, cada instante un infierno… Y aun así… aun así, lo único que me mantenía era pensar en ti. Sabía que me salvarías…—El perrito comenzó a restregar sus mejillas contra el pecho de su pareja, olisqueando su pelaje, calmándose poco a poco por su suavidad. —Y tuve razón… al final me salvaste. —Dijo Dogday entrecerrando los ojos mientras sus lágrimas hacían brillas más sus ojos esperanzados.
Catnap se quedó callado mientras se quedaba quieto. — No puedo perderte… te amo Dogday. —Contesto de inmediato el felino, dejándose llevar por las caricias de su pareja, hasta volver apretarlo más a su cuerpo. Ya no quería pensar en nada, solo dejarse llevar y jamás separarse del nombrado.
—Yo también te amo Catnap. —Dogday levanto su carita para encontrarse con los ojos del gato lunar, ambos se quedaron mirando unos segundos, embriagados por observarse, entonces, con un esfuerzo tembloroso, el perrito alzó sus patas y acarició las mejillas de su amado, sintiendo el calor de su piel bajo sus dedos.
Reuniendo la poca fuerza que le quedaba, se incorporó apenas, lo suficiente para acortar la distancia y estampar sus labios contra los de Catnap en un beso suave pero lleno de necesidad, como si en ese gesto quisiera entregar todo lo que no había podido decir con palabras.
Catnap correspondió al beso con un hambre contenida, meciéndose suavemente contra el cuerpo de Dogday como si quisiera grabar en su memoria que aquello era real, que no estaba soñando ni perdiéndolo de nuevo. Sus patas recorrieron con desesperación la espalda del perrito, acariciando cada centímetro, como si buscara borrar con ternura las huellas de todo el dolor que había sufrido.
Dogday, por su parte, apretó con más fuerza el cuello de su amado en un abrazo necesitado, temblando al sentir la calidez que lo envolvía, como si temiera que, de soltarlo, Catnap pudiera desvanecerse. Pero en medio de aquella unión, el gato lunar, vencido por su necesidad de tenerlo más cerca, lo estrechó con demasiada fuerza.
—¡AHG! — Un quejido agudo escapó de los labios de Dogday, rompiendo la magia del momento. Catnap se detuvo al instante, con el corazón en la garganta, separándose apenas unos centímetros, los ojos abiertos de par en par y llenos de preocupación.
—Lo siento… —murmuró con la voz quebrada, acariciando con cuidado la mejilla del perrito, temiendo haberle hecho daño—. ¿Estas bien?
—No, no te disculpes. —Contesto rápidamente el perrito solar, alzando sus manos mostrando que parara con su preocupación. —Estoy bien, solo que…—El perrito se puso nervioso y ansioso. —Aun me duele mucho mi cuerpo.
El felino solo hizo sus orejas hacia atrás, sintiendo tristeza que no pueda abrazarlo como deseaba, así que solo uno su frente con el de Dogday buscando el calor del contrario, sin lastimarlo, soltando un suspiro al final.
—Catnap… ¿y ahora qué va a pasar con todo?
El silencio cayó como un manto pesado. Catnap bajó la mirada, incapaz de responder de inmediato. Su mente viajó inevitablemente hacia su padre, el Prototipo, y hacia Poppy, quienes en ese mismo instante tenían en sus manos el rumbo de la fábrica… y de todos ellos. Había tantas piezas moviéndose, tantas decisiones que podían cambiar sus vidas para siempre, que por primera vez el gato lunar no encontró palabras. Se quedó callado, apretando un poco más a Dogday contra su pecho, acariciando su cabeza de paso, como si ese gesto pudiera darle la respuesta que aún no tenía.
—No lose… pero sea lo que sea, vamos a enfrentarlo juntos. —Dijo el felino dándole consuelo al perrito solar.
Dogday novio su cola con un poco de felicidad, al escuchar las palabras de su amado.
—Si tienes razón… ahora estamos juntos. —Dogday cerro sus ojos, dejándose hundir por el pelaje del pecho de Catnap. — Para siempre Kitty~♡.
Catnap solo sonrió, recargando su barbilla en la cabeza de Dogday.
—así es para siempre Doggy~. —respondió el contrario.
Ambos se quedaron abrazados, unidos, solo ellos dos contra lo que sea que vendría en ese futuro incierto. En ese instante solo existían ellos dos, latiendo al mismo ritmo, respirando la certeza de que juntos podían desafiar cualquier destino.
Por fin el sol y la luna después de tanto dolor, volvían a encontrarse en el mismo cielo.
☆*゚ ゜゚*☆*゚゜Cometario de la escritora☆*゚ ゜゚*☆*゚ ゜゚*☆*
¡Holaaaaa mis queridos lectores!
¡Aquí esta el nuevo capitulo recién horneado XD!
Jajaja ay dios mio por fin!!! ELLIOT RECIBIO SU KARMAAAAAA!!!
¿Qué les pareció este capitulo nuevo?
Sinceramente me encanto describir el “juicio” la neta de juicio no tenía nada, como dijo Poppy era mas injusto que nada, pero la verdad era lo que se merecía Elliot dios lo goce haber descrito cada parte, algunos tal vez estarán un poco decepcionados porque no se vio mas tortura para él, pero como he dicho siempre soy mas de ser equilibradas las cosas, por lo que no quería detallar mas cosas solo lo necesario para que se dejara un gran impacto y no pasara al morbo mas que se viera que es justicia divina, porque efectivamente Elliot por fin pago por lo que hizo.
Una cosa mas mis queridos lectores, lamento demorar tanto en actualizar, sinceramente he estado bastante ocupada estas semanas, al punto que no he podido costestar a sus mensajes tan preciosos que me han dejado TwT, y ya saben que soy de contestar. Pero sinceramente ando organizando mis tiempos y mis prioridades, para poder tener el tiempo suficiente y la energía para continuar con los escritos que ya tengo planeados, aunque eso a detalle lo hablare en mi otro espacio.
Y hablando de espacio jeje por fin he decidido abrir un nuevo espacio, pero ese si es mas personal y me ayuda a actualizar con nuevas noticias de mis proyectos en general, además que tendré mas libertad de subir muchas cosas uwu como dibujos, escritos, ideas en general de todos los fandoms que sigo.
Ademas de que podre interactúar mas libremente con ustedes y hablar de mas temas no específicamente del fanfic XD
Solo lo publique en Wattpad y en AO3, en fanfictionero estoy teniendo problemas por alguna razón, pero ahí pueden ver mi espacio y enterarse de otras cosas o de los nuevos fanfics que tengo planeado jejee.
Para que no tengas que esperar cada semana por alguna actualizar de los nuevos proyectos jeje.
Por cierto ya solo quedan 2 capitulos y este arco ya se terminaría, por lo que el Fanfic se terminaría TwT, me va a doler al cambiarle en completado.
Ya seria un capitulo y mas el epilogo. Dios voy a llorar como una actriz de una telenovela mexicana pipipipipi. Pero como saben tarde o temprano uno debe tener un final y este fanfic ya le llego su turno, pero no se preocupes solo es el Arco 1 o unos lo tacharían como la primera temporada.
Bueno eso seria todo mis queridos lectores, los amo, cuídense mucho y sobre todo que cumplan siempre sus preciosos sueños uwu.