ID de la obra: 1474

Ashbourne Academy

Het
PG-13
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2
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planificada Midi, escritos 81 páginas, 36.765 palabras, 8 capítulos
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Capítulo 3: Demasiado pronto, demasiado solos.

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      Capítulo 3: Demasiado pronto, demasiado solos              El tiempo en Ashbourne Academy no avanzaba de golpe; se deslizaba. Los días se encadenaban unos a otros con la regularidad de las campanas, las clases y los pasos por los pasillos de piedra. Beatrice empezó a notar ese ritmo con claridad.       Las mañanas comenzaban temprano, con el sonido lejano de las torres despertando a la Academia. Bajaba a desayunar con Izzy casi siempre, a veces acompañadas por Anne Whitford, que se había integrado con naturalidad al pequeño grupo. Anne era observadora, inteligente, con un humor seco que equilibraba la energía vivaz de Izzy.       —Si no apruebo Pociones, juro que me cambio a Faircliff —decía Izzy una mañana, removiendo el té.       —No puedes —respondía Anne, sin levantar la vista de su libro—. Allí llorarías por falta de drama.       Izzy reía. Beatrice también, aunque con una sonrisa más discreta.       Edmund solía sentarse unos metros más allá, siempre junto a Izzy. A veces hablaban en voz baja; otras, apenas se dirigían la palabra. Desde fuera, parecían una pareja estable. Desde dentro, Beatrice empezó a percibir los silencios. Ella nunca los observaba abiertamente. Pero siempre los notaba. Además, ya empezaba a conocer a Izzy.       Las clases se sucedían. Encantamientos, Historia de la Academia, Runas. Beatrice destacaba sin esfuerzo aparente, lo que llamaba la atención de profesores y compañeros por igual. Tom se sentaba a menudo cerca de ella, comentando en voz baja, haciéndola reír con observaciones oportunas.       —Te estás volviendo peligrosa —le dijo una tarde—. En un par de semanas, van a empezar a copiarte.       —Eso sería decepcionante —respondió Beatrice con calma—. Prefiero que piensen.       Tom soltó una carcajada.       Con Edmund, en cambio, la relación no mejoró. Si coincidían en un aula o en los pasillos, el intercambio era inevitablemente tenso.       —¿Siempre llegas tan puntual o solo cuando hay alguien a quien impresionar? —le soltó él una vez, al verla entrar justo cuando sonaba la campana.       —La puntualidad es una cuestión de respeto —respondió ella, sin mirarlo—. Algo que no todos consideran necesario.       Izzy, sentada entre ambos, tuvo que taparse la boca para no reír.       —Sois terribles —dijo encantada—. Deberíais cobrar entrada.       Aquella dinámica se repitió. Miradas frías, comentarios cortantes, silencios tensos. Y, contra toda lógica, Izzy parecía disfrutarlo.       —Me alegra que no os soportéis —confesó una tarde, mientras caminaban por los jardines—. Hace la vida mucho más entretenida.       —Eso explica muchas cosas —respondió Beatrice, arqueando una ceja.       Anne asentía, divertida.       Edmund seguía con Izzy. Iban y venían juntos, compartían cenas, aparecían uno al lado del otro en los eventos de la Academia. Pero algo había cambiado. Él estaba más distante, más callado. A veces, en mitad de una conversación, su mirada se desviaba.       Beatrice lo notaba. Y lo odiaba. O eso se decía.       Tom, por su parte, se había convertido en una presencia constante. Estudiaban juntos en la biblioteca, comentaban clases, caminaban de regreso a la torre hablando de cualquier cosa. Era fácil estar con él. Natural.       —No entiendo cómo puedes estar tan tranquila —le dijo una vez—. Con Hawthorne siendo así y teniendo a Izzy como amiga.       —No me afecta —respondió Beatrice, cerrando su libro.       Tom la miró, divertido.       —Claro que no.       Pasaron semanas así. Ashbourne seguía girando. Las hojas del jardín empezaban a cambiar de color. Las tardes se volvían más frías. Y entre clases, risas y silencios incómodos, algo se estaba tensando.       No explotaba. Aún. Pero estaba ahí. Y todos, incluso Izzy —que reía más fuerte cada vez que Edmund y Beatrice se cruzaban una frase afilada—, empezaban a notarlo.              La sala común de Ravenhurst estaba casi vacía a esa hora. La luz de la tarde entraba tamizada por los ventanales altos, tiñendo los sillones de tonos dorados. Beatrice estaba sentada cerca de la chimenea apagada, con un libro de Runas abierto sobre las rodillas, aunque llevaba varias páginas sin leer.       Izzy se sentó frente a ella sin decir nada al principio. Durante unos segundos, solo se escuchó el leve crujido de la madera y el pasar distante de pasos en el pasillo.       —Bea… —dijo Izzy al fin, en voz baja.       Beatrice alzó la vista de inmediato.       —¿Sí?       Izzy jugueteó con el borde de la manga de su uniforme. Era un gesto pequeño, casi infantil, que Beatrice ya había aprendido a reconocer como señal de nerviosismo.       —Quería preguntarte algo —dijo—. Y prométeme que no te molestarás.       Beatrice cerró el libro con cuidado.       —Te escucho.       Izzy respiró hondo.       —Sé que Edmund no te cae bien.       Beatrice no respondió de inmediato.       —No es eso —dijo al final, con calma—. No diría que “no me cae bien”.       Izzy alzó la mirada, sorprendida.       —¿No?       —Me parece… arrogante —continuó Beatrice, eligiendo bien las palabras—. Y muy rígido. Incluso contigo.       Izzy parpadeó.       —¿Conmigo?       —Sí —afirmó Beatrice—. A veces da la impresión de que todo tiene que estar bajo control. Como si no se permitiera soltarse. Ni siquiera cuando está con alguien a quien quiere.       Izzy bajó la mirada, pensativa.       —Yo también lo siento así, a veces —admitió—. Como si estuviera siempre midiendo cada gesto.       El silencio que siguió no fue incómodo, sino reflexivo.       —No creo que sea mala persona —añadió Beatrice con suavidad—. Solo… distante.       Izzy levantó la vista otra vez.       —Por eso quería hablar contigo —dijo—. Creo que tú podrías ayudar.       Beatrice frunció ligeramente el ceño.       —¿Yo?       —Sí —insistió Izzy—. Edmund se pone diferente contigo. Más… reactivo. Quizá, si intentaras ser un poco más amable, más cercana…       Beatrice negó despacio.       —No creo que sea buena idea.       —Bea, por favor —dijo Izzy, inclinándose hacia ella—. No te pido que cambies. Solo que no choques con él todo el tiempo.       —Izzy —respondió Beatrice con firmeza suave—. No puedo fingir cercanía con alguien así.       Izzy apretó los labios.       —Entonces hagámoslo de otra forma —dijo de pronto—. El próximo trabajo de Runas. Podríamos hacerlo juntos.       Beatrice la miró con atención.       —¿Juntos?       —Tú, Edmund y yo —explicó Izzy—. Es un trabajo largo, práctico. Tiempo suficiente para conocerse mejor. Seguro que eso hará que Edmund se relaje.       Beatrice apartó la mirada.       —No estoy segura de que él quiera.       —Yo lo convenceré —aseguró Izzy con rapidez—. Me escuchará. Y lo hará por mí.       Beatrice cerró los ojos un instante. Sabía que se estaba equivocando. Lo supo con una claridad incómoda, como una advertencia silenciosa que no podía ignorar.       —Hazlo por mí —añadió Izzy en voz más baja—. Por favor.       Beatrice la miró. Vio la incertidumbre detrás de su sonrisa, el cansancio que no decía en voz alta, la esperanza casi frágil de que algo cambiara. Suspiró.       —Está bien —dijo finalmente—. Pero no prometo nada.       La expresión de Izzy se iluminó de inmediato.       —Gracias —dijo—. De verdad.       Beatrice forzó una sonrisa.       Mientras volvía a abrir su libro, una sola idea se instaló en su mente, persistente: Esto no va a ayudar a nadie.       Y aun así, había dicho que sí.              Anne estaba sentada en el alféizar de una de las ventanas del ala este, con las piernas recogidas y un cuaderno apoyado contra la rodilla. Garabateaba símbolos de runas con gesto distraído cuando oyó pasos acercarse.       —Anne —dijo Izzy, sin preámbulos—. ¿Tienes un momento?       Anne alzó la vista.       —Claro. ¿Qué pasa?       Izzy se sentó a su lado, cruzando las piernas con menos energía de la habitual. Anne la observó con atención: conocía ese gesto. Izzy estaba nerviosa, aunque intentara disimularlo.       —Quería preguntarte algo sobre el trabajo de Runas —empezó Izzy—. El práctico largo.       —¿El de resonancia y equilibrio? —preguntó Anne—. Sí, es bastante complejo.       —Exacto —asintió Izzy—. Pensaba hacerlo contigo.       Anne sonrió con suavidad.       —Me parece bien. Aunque… —se detuvo un segundo—. ¿No ibas a hacerlo con Edmund?       Izzy soltó una risa ligera, casi despreocupada.       —Ah… bueno. En realidad, he pensado otra cosa.       Anne ladeó la cabeza.       —Eso suena peligroso.       Izzy volvió a reír, esta vez con un brillo decidido en los ojos.       —He juntado a Bea y a Edmund.       Anne dejó el lápiz sobre el cuaderno.       —¿Qué?       —Solo para este trabajo —se apresuró a explicar Izzy—. Creo que les vendrá bien.       Anne frunció el ceño.       —Izzy… —dijo con cautela—. ¿Estás segura de eso?       —Completamente —respondió ella—. Bea es observadora, paciente. Y Edmund… bueno, Edmund necesita relajarse un poco. Si trabajan juntos, quizá aprendan a entenderse. A ser amigos.       Anne la miró durante varios segundos sin decir nada.       —¿Y tú? —preguntó al fin—. ¿Dónde quedas tú en todo esto?       Izzy encogió los hombros.       —Yo estaré bien contigo. Además, si Edmund está más tranquilo, nuestra relación también lo estará. ¿No te parece?       Anne suspiró.       —Creo que estás jugando con fuego.       —No seas dramática —dijo Izzy, sonriendo—. Bea no soporta a Edmund y Edmund no soporta a Bea. Precisamente por eso. Se equilibrarán.       Anne negó despacio.       —O se matarán.       Izzy se levantó de un salto.       —Confía en mí.       Anne la observó alejarse por el pasillo, con esa energía optimista que siempre la caracterizaba.       —Ojalá tengas razón… —murmuró para sí.              Al otro lado de la Academia, Beatrice entró al aula de trabajo de Runas con el ceño apenas fruncido. Había llegado unos minutos antes de la hora. Lo hacía siempre. Esperaba encontrar a Izzy ya instalada en una de las mesas, tal vez hojeando un libro o hablando sin parar sobre cómo organizar el trabajo.       No estaba.       El aula estaba en silencio, bañada por la luz pálida de la mañana. Las mesas estaban dispuestas en semicírculo, y en el centro, sobre una superficie de piedra pulida, descansaban los materiales comunes: tiza rúnica, pergaminos, cristales de enfoque. Y junto a ellos, de pie, estaba Edmund Hawthorne.       Beatrice se detuvo en seco. Él levantó la vista al oírla entrar. Durante un segundo, ninguno dijo nada.       —¿Dónde está Isabelle? —preguntó Edmund al fin.       Beatrice parpadeó.       —Pensé que vendría contigo.       Edmund frunció ligeramente el ceño.       —No me ha dicho nada.       El silencio se espesó. Beatrice sintió cómo algo encajaba, con una claridad incómoda.       —Izzy… —murmuró—. Lo ha hecho a propósito.       Edmund exhaló despacio.       —Por supuesto que lo ha hecho.       Beatrice cerró los ojos un instante, como si contara hasta tres.       —No pienso quedarme —dijo, girándose hacia la puerta.       —¿Te vas a ir? —preguntó Edmund, su voz más tensa de lo habitual.       Ella no respondió. Dio un paso más.       —Siempre igual —añadió él—. Tan correcta, tan digna… y tan rápida para huir.       Beatrice se detuvo. Muy despacio, se giró.       —No soy cobarde —dijo con una calma peligrosa—. Simplemente no tengo intención de perder el tiempo.       Edmund sostuvo su mirada.       —Eso es exactamente lo que estás haciendo ahora.       El aire parecía vibrar entre ellos. Beatrice regresó sobre sus pasos hasta quedar frente a él. No demasiado cerca. Lo justo.       —Saca tus cosas —dijo—. Tenemos mucho trabajo.       Edmund arqueó una ceja.       —¿Eso significa que te quedas?       —Significa que no voy a darle a Izzy el gusto de pensar que no soy capaz de hacer esto —respondió—. Pero no lo confundas con complacencia.       Edmund sonrió. No fue una sonrisa amplia. Fue lenta, contenida. Peligrosa.       —Jamás lo haría.       Beatrice dejó su bolso sobre la mesa, sacó sus pergaminos, alineó sus instrumentos con precisión casi ritual. No volvió a mirarlo.       Y fue entonces cuando Edmund supo que había ganado algo… aunque no estaba seguro de qué.       La observó trabajar en silencio, con esa concentración impecable que siempre lo descolocaba. El modo en que se movía, era segura, sin necesidad de aprobación.       —Empieza por trazar la base —dijo ella sin levantar la vista—. Si la intención no está clara desde el principio, el resto no sirve.       Edmund obedeció sin discutir.       Mientras ella hablaba de runas, de equilibrio y de energía residual, él solo podía pensar en una cosa: Beatrice Saint-Clare no había huido.       Y eso le daba satisfacción.       Edmund colocó los cristales de enfoque a un lado de la mesa, alineándolos sin darse cuenta de que ella hacía exactamente lo mismo, desde el extremo opuesto.       —Base de resonancia primero —dijo Beatrice—. Circular, pero con anclajes dobles.       —Lo sé —respondió Edmund—. Si no, la energía se dispersa al cerrar.       Ella alzó la vista un segundo, sorprendida.       —Exacto.       Edmund sostuvo su mirada apenas un instante más de lo necesario, como si también le hubiera sorprendido coincidir sin discutir. Luego bajó los ojos al pergamino.       Trabajaron así durante los primeros minutos: frases breves, instrucciones claras, sin adornos. No había espacio para la ironía ni para la provocación. El trabajo exigía otra cosa.       Edmund se quitó la chaqueta del uniforme con un gesto automático y la dejó sobre el respaldo de la silla. Arremangó la camisa hasta los antebrazos. Beatrice lo notó sin mirarlo directamente; era consciente de los movimientos ajenos como si formaran parte del entorno.       Ella, al poco, se recogió el cabello en una coleta alta, sujetándolo con una cinta oscura. El gesto fue rápido, práctico. Edmund levantó la vista justo a tiempo para verlo.       —Mejor así —dijo él, sin pensar.       Beatrice se detuvo un segundo.       —Sí —respondió—. Se pierde precisión si el cabello interfiere.       No era eso lo que él había querido decir, pero no lo corrigió.       —Esa runa está demasiado cargada —dijo Edmund, señalando uno de los trazos que ella acababa de terminar.       —No —replicó Beatrice—. Está preparada para recibir la siguiente capa. Si la suavizo ahora, pierde la intención.       —Si no la suavizas, absorberá más de lo que debe.       —Si no absorbe, no se vincula —contestó ella con firmeza—. Confía.       Edmund apretó los labios.       —Siempre pides confianza, pero debes también tenerla tú.       —Tienes razón, estoy demasiado acostumbrada a salvarme sola...       Edmund no entendió muy bien qué quiso decir, pero le sorprendió que ella suavizara la runa como él le había sugerido.       El silencio volvió a caer, pero esta vez era más denso. Edmund necesitaba la tiza rúnica para corregir una línea secundaria. Antes de que la pidiera, Beatrice se la deslizó por la mesa. Él la miró.       —Gracias.       —Vas a necesitar el pigmento claro después —añadió ella—. Para el cierre.       Edmund arqueó una ceja.       —Eso iba a decir.       Beatrice no sonrió. Pero algo en su expresión se suavizó imperceptiblemente.       Con el paso del tiempo, la tensión inicial se transformó en algo más complejo. No era armonía. Era sincronía. Beatrice terminaba frases que Edmund empezaba. Edmund ajustaba los trazos justo antes de que ella los señalara. Cuando uno dudaba, el otro ya estaba revisando el punto exacto del desequilibrio.       —Aquí —dijeron ambos al mismo tiempo.       Se miraron.       —Continúa —dijo ella.       —No, tú —respondió él.       Beatrice dudó un segundo… y luego continuó. Mientras pronunciaba el encantamiento verbal, Edmund observaba cada inflexión de su voz, cada pausa medida. No había exceso. No había inseguridad. Era una ejecución limpia, elegante.       —Tienes un control muy preciso —dijo él, sin ironía.       —Tú también —respondió ella—. Aunque lo disimules bajo rigidez.       —Eso ha sido un cumplido —dijo Edmund.       —No te acostumbres.       Él sonrió, breve.       Beatrice estaba pintando la runa central cuando se detuvo. No retrocedió. No borró. Simplemente dudó. Edmund lo notó al instante. Se acercó por detrás, inclinándose ligeramente sobre ella para ver el trazo desde arriba. No la tocó. Pero estaba demasiado cerca.       —Si cierras aquí —dijo en voz baja—, la energía se reflejará hacia dentro.       Beatrice contuvo la respiración.       —Por eso tengo que medir el ángulo—respondió—. ¿Cuánto?       Edmund señaló con cuidado, sin rozar su mano.       —Un grado menos.       Ella ajustó el trazo. La runa respondió de inmediato, estabilizándose. Durante un segundo, ninguno se movió. La cercanía era incómoda. Familiar. Peligrosa. Edmund se apartó despacio.       —Bien hecho.       —Gracias.       Pero su voz no sonó tan firme como antes.       Las horas pasaron sin que se dieran cuenta. Cuando terminaron, el pergamino estaba cubierto de símbolos precisos, equilibrados, casi hermosos.       —Va a funcionar —dijo Edmund.       —Sí —respondió Beatrice—. Funciona porque ninguno ha intentado imponerse.       Edmund la miró.       —Eso no suele ser fácil contigo.       —Ni contigo —replicó ella.       Se quedaron en silencio.       —Izzy pensó que esto ayudaría —dijo Edmund de pronto.       Beatrice no lo miró.       —Izzy cree que las cosas se arreglan juntando voluntades.       —¿Y tú qué crees?       Beatrice guardó sus instrumentos con calma.       —Que hay voluntades que, cuando se juntan, no se calman. Se intensifican. Por eso es mejor ir con cautela.       Edmund no respondió. Cuando ella se levantó para irse, él la observó unos segundos más de lo debido. No dijo nada. Pero supo, con una certeza inquietante, que aquel trabajo no los había acercado como Izzy esperaba. Los había expuesto. Y eso era mucho más peligroso.       Esa noche, Edmund se dio cuenta de que Beatrice no había bajado a cenar casi de inmediato.       No porque la buscara conscientemente, sino porque su ausencia alteró algo que ya se había vuelto, sin querer, parte del paisaje. El asiento que solía ocupar en la mesa de Ravenhurst estaba vacío. No había libros apoyados junto al plato. No había ese silencio atento que ella imponía incluso sin hablar.       No dijo nada. Se sentó frente a Izzy y Anne con la misma compostura de siempre, saludó con un leve asentimiento y comenzó a servir agua como si nada hubiera cambiado. Izzy, sin embargo, lo notó.       —¿Bea no viene hoy? —preguntó, mirando alrededor.       —No la he visto —respondió Anne, encogiéndose de hombros—. Quizá esté cansada.       Izzy miró a Edmund.       —¿Pasó algo hoy entre vosotros? —preguntó con cuidado.       Edmund alzó la vista de su plato.       —No —dijo con firmeza—. El trabajo salió bien.       Demasiado bien pensó.       Izzy frunció ligeramente el ceño.       —¿Solo eso?       —Sí —insistió él—. Trabajamos. Cooperamos. Nada más.       Anne los observó en silencio, con esa atención tranquila que solía incomodar a Edmund.       —Me alegra —dijo Izzy al cabo de unos segundos—. Quizá ahora podáis llevaros mejor.       Edmund no respondió de inmediato.       —Deberías ser amable con ella —añadió Izzy, en tono ligero—. Ya que os conocéis un poco más.       Él asintió.       —Lo intentaré.       Pero incluso mientras lo decía, supo que no sabía muy bien cómo que ella le seguiría evitando.              Al día siguiente, la clase de Runas estaba más llena de lo habitual. El profesor había pedido que algunos grupos presentaran sus trabajos prácticos como ejemplo, y el murmullo expectante llenaba el aula. Beatrice y Edmund estaban de pie frente a la mesa central, el pergamino extendido entre ambos. No se miraban.       —Este trabajo —comenzó el profesor, ajustándose las gafas— muestra un dominio notable del equilibrio entre intención y ejecución.       Beatrice mantenía las manos entrelazadas frente a ella, la mirada serena, fija en el punto exacto donde la runa principal se cerraba con elegancia.       Edmund explicó el proceso con precisión, sin adornos innecesarios. Beatrice añadió detalles cuando fue necesario, completando sus frases con naturalidad. Demasiada naturalidad.       —Excelente —concluyó el profesor—. Muy pocos estudiantes logran este nivel de sincronía tan pronto.       Hubo murmullos de aprobación. Izzy observaba desde su asiento, sonriente… pero algo no terminaba de encajar. No era frialdad. Era distancia medida. Como si ambos estuvieran caminando por una línea invisible que ninguno quería cruzar.       Cuando la presentación terminó, Edmund hizo algo que no estaba planeado. Se volvió hacia Beatrice.       —Buen trabajo —dijo, con una sonrisa breve—. De verdad.       Beatrice se tensó apenas un instante antes de responder.       —Sí —dijo—. Funcionó.       Y dio un paso atrás. Izzy lo vio. Vio cómo Beatrice, al pasar junto a ella, desviaba la mirada justo cuando Edmund se acercaba para tomar asiento a su lado. Vio cómo Edmund, ya sentado, colocaba la mano sobre la mesa… y luego la retiraba, como si no supiera qué hacer con ella.       Cuando Edmund volvió a mirar a Beatrice, ella ya estaba concentrada en su cuaderno, la postura impecable, el gesto cerrado. Como si lo que habían compartido el día anterior perteneciera a otra vida, a otro espacio que ahora quedaba sellado.       Edmund sintió un vacío extraño en el pecho. Izzy, en cambio, sintió otra cosa. Una intuición incómoda. Porque, por primera vez, tuvo la sensación de que algo importante había ocurrido entre ellos… y de que había llegado demasiado tarde para entenderlo del todo.              El error de Edmund no fue un gesto grandilocuente, pero hizo que Beatrice pensara que era absurdo intentar un acercamiento con él. No hubo palabras duras ni escenas públicas. No hubo reproches ni discusiones. Fue, precisamente, lo contrario: una ausencia.       Ocurrió durante el descanso de media mañana, en uno de los patios interiores de Ravenhurst. Izzy hablaba —como siempre— con entusiasmo, contando algo trivial sobre la clase de Adivinación, una anécdota sin importancia, pero dicha con esa forma suya de iluminar cualquier detalle.       Edmund estaba allí, apoyado en la barandilla de piedra, escuchando… o aparentando hacerlo.       Beatrice lo vio antes de comprenderlo. Vio cómo Izzy se inclinaba ligeramente hacia él al hablar. Cómo buscaba su mirada. Cómo sonreía esperando una reacción que no terminaba de llegar. Edmund asentía de vez en cuando, respondía lo justo, correcto, educado. Nada más. Demasiado correcto.       —¿Te parece bien si lo intentamos así? —preguntó Izzy, refiriéndose a algo del próximo ejercicio.       —Claro —respondió Edmund, distraído, con la vista perdida en el jardín inferior.       No la miró. Beatrice, sentada unos pasos más allá con Anne, sintió una incomodidad difícil de nombrar. No era su asunto. No debería importarle. Y, sin embargo, algo en esa escena le resultó profundamente injusto.       Izzy se quedó en silencio unos segundos más de lo habitual.       —Pensé que podríamos repasar juntos luego —añadió, con un tono un poco más bajo.       Edmund tardó apenas un segundo en responder.       —Lo siento, Izzy, hoy no puedo —dijo—. Tengo cosas que terminar.       No era mentira. Pero tampoco era toda la verdad. Izzy sonrió, como si no pasara nada.       —Bien, pues entonces nos veremos en la cena.       Beatrice vio cómo esa sonrisa tardaba demasiado en formarse. Cómo Izzy bajaba la mirada solo un instante antes de recomponerse. Nadie más pareció notarlo. Excepto ella.       Ese fue el error. No la frialdad. No la distancia. La falta de atención y comprensión.       Beatrice se levantó poco después, excusándose con Anne. Al pasar cerca de Edmund, él alzó la vista y sus miradas se cruzaron apenas un segundo.       Fue suficiente. Ella no frunció el ceño. No hizo ningún gesto de desaprobación. Solo sostuvo su mirada con una calma que, por alguna razón, le resultó incómoda. Como si hubiera visto algo que él prefería no reconocer. Edmund apartó la vista primero.              La clase de Encantamientos fue después. Y entonces ocurrió lo inevitable cuando acabó. El aula había quedado en silencio demasiado rápido. Beatrice fue la última en guardar sus cosas, no por lentitud, sino por costumbre. Le gustaba asegurarse de que todo quedara en su sitio: los libros alineados, la pluma cerrada, el pergamino sin arrugas. Era una forma de ordenar también lo que pensaba, de contener lo que sentía.       Cuando alzó la vista, el aula estaba vacía… o casi. Edmund Hawthorne seguía allí.       Estaba de pie junto a una de las mesas laterales, hojeando un grimorio con gesto distraído, como si no tuviera prisa alguna. La chaqueta del uniforme le caía impecable sobre los hombros, y la luz de la tarde, entrando por los ventanales altos, dibujaba sombras marcadas en su perfil.       Beatrice sintió una punzada incómoda en el estómago. No le gustaba quedarse a solas con él. No porque le intimidara —se negó a llamarlo así—, sino porque siempre tenía la sensación de que Edmund disfrutaba descolocándola. Y, peor aún, de que ella no siempre lograba mantenerse inmune.       Cerró su bolso con un gesto seco y se dirigió a la puerta.       —¿Te vas sin despedirte? —dijo él, sin mirarla.       Beatrice se detuvo.       —No sabía que debiera hacerlo —respondió con educación helada—. No somos precisamente cercanos.       Edmund sonrió apenas, una curva mínima en los labios.       —Eso es evidente.       Ella se giró lentamente para enfrentarlo.       —Si no necesitas nada, preferiría marcharme.       —Oh, lo necesito —replicó él, alzando por fin la mirada—. Estaba preguntándome cómo hiciste para corregir el encantamiento del profesor sin que él se diera cuenta.       Beatrice alzó una ceja. ¿Cómo era posible que no atendiera a Izzy pero que notara ese gesto de la clase? Algo en ella se encendió un poco.       —Observando. Algo que tú también haces… aunque con menos discreción y solo lo que te interesa.       Edmund cerró el libro con un golpe suave y avanzó un paso.       —El encantamiento estaba bien ejecutado —dijo—. No había razón para intervenir.       —Había un desajuste en la intención —contestó ella con firmeza—. Era sutil, pero suficiente para que el efecto se deslizara fuera de control.       —Y aun así decidiste intervenir —insistió—. Bastante atrevido, ¿no crees?       —Responsable —corrigió—. Atrevido habría sido dejar que fallara solo para demostrar que yo tenía razón.       Los ojos de Edmund se oscurecieron. Le enfadaba que volvieran al punto de inicio. Le enfadaba que parecía que no se habían entendido nunca. Le enfadaba ella y sus formas tan atractivas. Le enfadaba que sabía que ella se refería a Izzy aunque no lo dijera.       —Siempre tan correcta, Saint-Clare.       —Y tú siempre tan condescendiente, Hawthorne.       El aire entre ellos pareció tensarse, como si algo invisible se hubiera estirado demasiado.       —No me gusta que interfieran en asuntos de otros —dijo él con voz más baja.       —No lo eran —respondió ella sin titubear—. Era una clase. Un trabajo compartido.       —No me refiero a la clase.       Beatrice sintió cómo el pulso le latía con más fuerza, pero no dio un paso atrás.       —Entonces deberías expresarte mejor.       Edmund la observó durante unos segundos que se hicieron incómodamente largos.       —Eres arrogante —dijo al fin—. Llegas aquí, observas, juzgas, corriges… como si este lugar te perteneciera.       Ella soltó una risa breve, sin humor.       —Curioso que lo digas tú.       —Yo no finjo humildad —replicó él—. Tú sí.       Beatrice apretó los dedos alrededor de la correa de su bolso.       —No finjo nada. Simplemente no necesito alardear.       —Eso es orgullo —dijo él—. El peor de todos.       Ella dio un paso hacia él, acortando la distancia sin darse cuenta. —¿Y tú qué eres, Edmund? ¿Arrogante por naturaleza o es algo que te enseñaron en Ravenhurst? ¿Te fijas en los detalles de clase pero no en lo que tienes delante?       Él sonrió, pero su mirada no tenía rastro de diversión.       —Ten cuidado.       —¿Con qué? —preguntó ella—. ¿Con decir lo que pienso?       —Con meterte donde no te llaman.       El silencio volvió a caer entre ellos, pesado. Beatrice respiró hondo.       —Hablemos claro —dijo—. No me agradas. Pero no soy ciega.       Edmund se tensó imperceptiblemente.       —No sé a qué te refieres.       —A Isabelle.       Su nombre quedó suspendido entre ambos.       —No te metas en eso —dijo él de inmediato, con un tono más duro.       —No lo hago por curiosidad —replicó ella—. Lo hago porque es mi amiga.       —Eso no te da derecho.       —A veces, le hablas como si todo fuera una obligación —continuó Beatrice, ignorando la interrupción—. Como si estar con ella fuera una tarea más que cumplir. Deberías ser más cercano. Más… humano.       Edmund dio un paso brusco hacia ella.       —No sabes nada de mi relación con Izzy.       —Sé lo que veo.       —Entonces mira mejor —dijo él, inclinándose ligeramente hacia ella—. Y deja de juzgar.       La cercanía era ahora peligrosa. Beatrice podía sentir el calor de su cuerpo, la tensión contenida en su postura, el aroma leve de pergamino y algo más oscuro, indefinible. Su corazón latía demasiado rápido, traicionero.       —No es juicio —susurró—. Es preocupación.       —No te corresponde —respondió él, con voz grave—. No eres parte de eso.       —No —admitió ella—. Pero ella sí merece más de lo que le das.       Algo cambió en la expresión de Edmund. Ya no había ironía. Solo intensidad.       —No vuelvas a hablarme de ella —dijo—. No tienes ni idea.       —¿Por qué? —preguntó Beatrice, alzando el mentón—. ¿Por qué digo lo que tú no quieres oír?       Edmund levantó una mano y la apoyó en la mesa detrás de ella, atrapándola sin tocarla.       —Porque no tienes idea de lo que estás provocando.       Beatrice contuvo el aliento. Estaban demasiado cerca. Podía contar las motas doradas en sus ojos, sentir su respiración rozándole el rostro.       —¿Y tú? —preguntó ella en voz baja—. ¿Tienes idea?       El silencio se volvió insoportable. Por un instante —solo uno—, Edmund pareció inclinarse un poco más. Beatrice no se movió. No retrocedió. Tampoco avanzó. El mundo se redujo a ese espacio mínimo entre sus labios. Y entonces él se detuvo. Se apartó bruscamente, como si se hubiera quemado.       —Esto es un error —dijo, dándole la espalda.       Beatrice apoyó la mano en la mesa, intentando recuperar la compostura.       —Coincido —respondió, aunque su voz no era tan firme como habría querido.       Edmund tomó su chaqueta.       —Mantén tu distancia, Saint-Clare.       Ella alzó la vista.       —Haz lo mismo, Hawthorne.       Él se detuvo en la puerta, sin girarse.       —Créeme —dijo—. Eso intento.       La puerta se cerró tras él. Beatrice se quedó sola en el aula, con el corazón desbocado y una certeza incómoda instalándose en su pecho: Edmund Hawthorne no solo era arrogante. Había cometido un error silencioso. Y ella acababa de darse cuenta de que ese error ya no tenía vuelta atrás.              Edmund no volvió directamente a la torre de Ravenhurst. Caminó sin rumbo durante varios minutos, atravesando pasillos que conocía de memoria, bajando escaleras que no necesitaba tomar, dejando atrás voces, risas, puertas que se cerraban. El eco de sus propios pasos era lo único que parecía acompañarlo, y aun así le resultaba insoportable.       Había cometido un error. No uno menor. No uno que pudiera ignorarse con la misma facilidad con la que ignoraba tantas otras cosas.       Se detuvo frente a uno de los ventanales del ala oeste, donde la Academia se abría hacia los jardines y, más allá, al bosque. Apoyó ambas manos en el marco de piedra y cerró los ojos.       Demasiado cerca.       La imagen volvió sin permiso: Beatrice contra la mesa, el mentón alzado, los ojos firmes, la respiración apenas contenida. No había miedo en ella. Ni sumisión. Solo desafío… y algo más peligroso aún: quietud.       No se había apartado. Ese era el problema.       Edmund apretó la mandíbula. Había sentido el impulso con una claridad brutal, casi insultante. No fue confusión. No fue un arrebato momentáneo. Fue deseo, limpio y directo, avanzando sin pedir permiso, reclamando un gesto que él no tenía derecho a dar.       La había querido besar.       No como una provocación. No como un juego. No como una manera de ganar. Quería hacerlo porque, durante ese segundo suspendido entre ambos, todo en ella había parecido encajar demasiado bien con algo que llevaba tiempo evitando nombrar.       —Imbécil… —murmuró para sí.       Se apartó del ventanal y reanudó la marcha, esta vez con más decisión. Subió hacia la torre, cruzándose con varios estudiantes que lo saludaron sin obtener más que un asentimiento distraído. Nadie notó nada extraño. Nadie podía ver el desorden que llevaba dentro.       Al llegar a su habitación, cerró la puerta con más fuerza de la necesaria. El silencio lo golpeó de lleno.       Se deshizo de la chaqueta y la dejó caer sobre la silla. Aflojó el nudo de la corbata, respirando hondo, como si el aire allí dentro fuera más denso. Caminó de un lado a otro, incapaz de sentarse.       Beatrice Saint-Clare.       El nombre apareció en su mente con una nitidez incómoda. No le gustaba. Eso era lo que se decía. Era orgullosa, incisiva, demasiado observadora. Veía más de lo que debería. Decía cosas que no le correspondían. Se atrevía a mirarlo sin bajar la vista.       Y aun así…Edmund se pasó una mano por el rostro. Lo que más le irritaba no era ella. Era lo fácil que había sido olvidarse de todo lo demás. De Izzy.       El pensamiento lo atravesó como una corriente fría. Isabelle. Su risa, su manera de hablar rápido cuando estaba nerviosa, la forma en que fingía no notar su distancia. La lealtad silenciosa que nunca le había exigido nada directamente, pero que pesaba más precisamente por eso.       Edmund se dejó caer en la cama, mirando el techo.       —No tenías derecho —se dijo en voz baja.       No a acercarse así. No a mirarla de ese modo. No a desear algo que no podía permitirse.       Y, sin embargo, el recuerdo no se disipaba. El modo en que Beatrice había pronunciado el nombre de Izzy. No con reproche, sino con una calma que lo había desarmado. Como si no hablara desde los celos, sino desde una comprensión peligrosa.       “Ella merece más”.       Edmund cerró los ojos con fuerza. No era eso lo que más le había dolido. Era que, por un instante fugaz, había pensado que Beatrice tenía razón. Se incorporó de golpe, apoyando los codos en las rodillas. No podía permitirse esa grieta. No podía permitirse desear a alguien que no era Izzy. Y mucho menos a alguien como Beatrice, que parecía existir para desafiar cada muro que él levantaba con tanto cuidado.       Se levantó y fue hasta el espejo. Su reflejo le devolvió una expresión tensa, los ojos más oscuros de lo habitual.       —No volverá a pasar —dijo, con una firmeza que necesitaba escuchar.       Mantendría la distancia. Sería más cuidadoso. Más frío, si fuera necesario. Más cruel. Pero incluso mientras lo prometía, una parte de él —traicionera, persistente— recordó lo cerca que había estado su boca de la de ella… y lo mucho que había costado detenerse.       Edmund desvió la mirada del espejo. La culpa era real. Pesada. Ineludible. Pero el deseo… Ese seguía ahí. Silencioso. Esperando.       
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