Capítulo 4: Todo antes de perder el control
21 de diciembre de 2025, 10:18
Capítulo 4: Todo antes de perder el control
Beatrice cerró la puerta de su habitación tras de sí con un golpe seco, el eco resonando en las paredes de piedra de la torre. El aire parecía más pesado de lo habitual, impregnado del recuerdo de lo que acababa de ocurrir. Caminó de un lado a otro, con los brazos cruzados, murmurando para sí misma:
—Arrogante… maldito arrogante… —susurró con los dientes apretados—. Siempre tan seguro de sí mismo, como si todo el mundo debiera doblarse a su alrededor.
Sus manos temblaban apenas mientras desabrochaba los botones de su uniforme, con movimientos mecánicos. Aflojó la corbata, se despojó de la chaqueta y dejó caer la blusa sobre la silla con cuidado. Cada gesto estaba cargado de irritación y de algo que no terminaba de comprender: la atracción, la cercanía que había sentido, el casi beso que la había dejado en un estado de alerta incómoda.
—No puedo… no debo… —murmuró, apoyando la frente contra la pared y cerrando los ojos—. Si algo ocurre… si permito que esto se desborde… Isabelle… ella no me lo perdonaría.
Beatrice respiró hondo, intentando expulsar la tensión que se había acumulado en el pecho durante toda la tarde. Se dirigió al baño y comenzó a llenar la bañera, dejando que el agua caliente creara vapor y humedad, que llenara la habitación de un aroma sutil a jabón de lavanda. Se quitó los últimos restos del uniforme y se metió en el agua, hundiéndose lentamente, dejando que el calor calmara los músculos tensos y la mente agitada.
Mientras se acomodaba, recogió el cabello en un moño improvisado, dejando que unas cuantas hebras cayeran sobre su nuca y los hombros. Cerró los ojos y dejó que el silencio y el calor la envolvieran, intentando reorganizar sus pensamientos. Pero no podía. Todo volvía: la cercanía de Edmund, la forma en que sus ojos la habían examinado, el modo en que su respiración se había acercado demasiado, lo casi inevitable.
—Maldito sea… —murmuró—. No puedo permitirme esto. No debo permitirme esto.
Pensó en Isabelle, en su amiga confiada y risueña, en la manera en que siempre buscaba que todos se sintieran incluidos. Si dejaba que la tensión con Edmund se desbordara, Izzy no estaría ahí para mediar. Y, aun más aterrador, si algo sucedía, Isabelle probablemente apostaría por Edmund. No por perdonarla a ella. No por pensar que Beatrice merecía ser comprendida.
Beatrice cerró los ojos y respiró profundamente, intentando apaciguar la tormenta interna. Cada pensamiento sobre Edmund parecía magnético, inevitable. Y, sin embargo, también lo sabía: debía desaparecer de su vista. Alejarse antes de que sus emociones la traicionaran, antes de que la situación se volviera insostenible.
Se levantó con cuidado del agua, dejando que las gotas se deslizaran por su piel y se mezclaran con el vapor. Salió de la bañera, envolviéndose en la toalla, y se miró en el espejo empañado. La imagen reflejaba la serenidad que intentaba imponer, aunque sus ojos traicionaban un brillo de lucha interna, de alerta constante.
—No me verás, Edmund —susurró con firmeza—. No hasta que yo decida… y quizás ni siquiera entonces.
Se secó lentamente, cada movimiento deliberado, controlado, como si cada gesto fuera un recordatorio de su autocontrol. Se vistió con el camisón blanco que le daba cierta sensación de ligereza y libertad, y se sentó junto a la ventana. Afuera, el cielo estaba tachonado de estrellas, y el bosque más allá de la torre parecía profundo, oscuro, y prometía refugio para quien necesitara desaparecer.
Se apoyó en el marco de la ventana, dejando que la brisa nocturna acariciara su rostro. Pensó en el día, en los minutos que pasó a solas con Edmund, en cómo la había descolocado sin siquiera tocarla. El calor de su cuerpo, la intensidad de su mirada… todo se había quedado grabado en su memoria con una precisión que la sorprendía a sí misma.
—No debo… —murmuró nuevamente, con un hilo de voz—. No puedo…
Pensó en Izzy de nuevo, en lo mucho que confiaba en ella, y en lo que Isabelle esperaba de su amiga. ¿Qué pasaría si cedía? Si dejaba que algo ocurriera entre ella y Edmund, incluso un roce de cercanía, la dinámica cambiaría para siempre. Isabelle no sería indulgente. Y eso la aterraba más que cualquier otra cosa.
Se recostó en el alféizar, abrazando las rodillas, y dejó que el silencio de la noche la envolviera. El sonido lejano de pasos en el pasillo le recordó que la Academia nunca estaba completamente vacía. La certeza de que Edmund seguía en algún lugar del edificio la hizo apretar los labios.
—Desapareceré —dijo, casi para sí misma—. Hasta que esto pueda controlarse. Hasta que yo pueda decidir lo que significa…
Se quedó allí un largo rato, contemplando el cielo, el bosque, los destellos de luz de la torre vecina. Pensó en cómo había cambiado todo en cuestión de horas. En lo rápido que la tensión se había convertido en algo que no podía ignorar. En la distancia que ahora debía mantener, y en la atracción que no podía borrar.
Finalmente, con un suspiro profundo que mezclaba cansancio y resolución, se recostó sobre la cama. El camisón blanco se amoldaba a su forma con delicadeza, y su cabello caía suelto sobre las almohadas. Apagó la lámpara con cuidado, dejando que la oscuridad inundara la habitación. La luz de la luna entraba tenuemente, iluminando su rostro, pero no lo suficiente para borrar las sombras de preocupación y deseo que aún persistían.
Antes de cerrar los ojos, un pensamiento final se instaló en su mente: Edmund Hawthorne no solo era arrogante… y peligroso. Era irresistiblemente cercano. Y ella debía mantenerse lejos. Pero no sabía si podría.
Y con eso, Beatrice Saint-Clare cerró los ojos, intentando dormir, mientras la noche la envolvía, silenciosa y cómplice, guardando sus secretos y sus miedos, dejando que el deseo reprimido y la cautela coexistieran, tensos, dentro de ella.
A partir de ese día, Beatrice se volvió experta en desaparecer. No de forma evidente. No huyendo. Simplemente… ajustando sus horarios. Sentándose en otros extremos del aula. Llegando a la biblioteca cuando Edmund ya se había ido. Cambiando de ruta en los pasillos con la elegancia de quien no quiere llamar la atención.
Izzy lo notó, aunque no dijo nada al principio.
—Últimamente estás muy aplicada —comentó una tarde, mientras caminaban juntas hacia la clase—. Apenas te veo en los descansos.
—Me gusta tener mis tiempos ordenados—respondió Beatrice con suavidad—. Me ayuda a pensar.
Era cierto. Y no lo era. Pensar era precisamente el problema. Pensaba demasiado en el tono de voz de Edmund cuando le había dicho que no se metiera en su relación. En lo cerca que había estado. En el modo en que se había apartado, como si el peligro no fuera ella… sino él mismo.
Beatrice no estaba acostumbrada a sentirse así. Confundida. Inquieta.
—¿Todo bien? —insistió Izzy otro día, observándola con atención.
Beatrice sostuvo su mirada.
—Todo bien.
Y lo decía en serio. Porque no iba a permitirse otra cosa.
El primer momento incómodo después de lo ocurrido fue en clase de Encantamientos. El profesor pidió trabajo en parejas. Beatrice ya había asumido que trabajaría sola —no era la primera vez— cuando escuchó su nombre.
—Saint-Clare. Hawthorne.
Beatrice alzó la vista lentamente. Edmund ya la estaba mirando. No había ningún desafío en su expresión. Tampoco burla. Solo una atención directa, insoportablemente consciente.
—Parece que no tenemos elección —dijo él, con voz neutra.
—Parece —respondió ella.
Trabajaron en silencio al principio. Demasiado silencio. Cada movimiento era calculado. Cada roce evitado por milímetros. Beatrice sentía su presencia como una corriente subterránea, constante, peligrosa.
—Tu ejecución es precisa —dijo Edmund al cabo de un rato—. Como siempre.
—No necesito tu aprobación —respondió ella sin mirarlo.
—No era eso.
—Entonces no la des.
Él apretó los labios.
—Sigues enfadada.
—No —corrigió Beatrice—. Estoy siendo cuidadosa.
Edmund se inclinó un poco hacia ella.
—¿De mí?
—De todo, pero en especial de ti.
El hechizo funcionó a la perfección. Demasiado. Cuando el profesor los felicitó, Izzy los miró desde el otro lado del aula, divertida.
—Hacéis buen equipo —comentó después, sin malicia—. Me alegra que os llevéis mejor.
Ambos supieron que el comentario de Izzy no era del todo inocente…ella estaba intentando descubrir qué ocurría entre ellos. Beatrice sonrió con educación y Edmund no sonrió en absoluto.
El día continuó con la rutina habitual, pero ambos estaban más conscientes el uno del otro. En cada gesto, en cada palabra medida, en cada pequeño roce de mirada, se percibía la culpa, la atracción y el desafío que había surgido la tarde anterior. Y aunque ningún otro estudiante parecía notar nada, Beatrice y Edmund sabían que la dinámica entre ellos había cambiado, y que esa tensión iba a persistir.
Tom fue el primero en verbalizar cuando tuvo ocasión de estar con Edmund a solas.
—Hay algo raro —dijo una tarde, mientras observaban el patio desde la galería—. Y no me mires así. No soy ciego.
Edmund no respondió.
—No te pasa nada con Izzy —continuó Tom—. Pero tampoco te pasa nada sin ella. Eso es nuevo.
Edmund cerró el libro que fingía leer.
—No empieces.
—No empiezo. Solo digo que…tenéis una historia compleja —Tom miró hacia el jardín—. Además, Beatrice tampoco es la misma contigo.
Edmund siguió la dirección de su mirada sin querer. Beatrice estaba sentada en el césped con Izzy y Anne, riendo por algo que no alcanzaban a oír. El sol le iluminaba el cabello oscuro, y por un segundo Edmund olvidó todo lo demás.
—Es orgullosa —dijo, casi como un escudo.
Tom alzó una ceja.
—Sí —concedió—. Pero tú también. Y tienes que actuar antes de que se complique o que Izzy note lo mismo que yo.
El silencio entre ellos fue incómodo. Edmund recordó el pasado que tenía con Izzy, sus complicaciones…
Fue en la escalera de la torre, tarde, cuando casi no había nadie, donde tuvieron el momento inevitable. Beatrice bajaba. Edmund subía. No había escapatoria. Se detuvieron frente a frente.
—Hola —dijo él.
—Hola —respondió ella.
El silencio volvió a estirarse.
—No fue justo —dijo Edmund de repente—. Lo que ocurrió ese día.
Beatrice lo miró con calma.
—No lo fue.
—No volverá a pasar.
—Espero que no —respondió ella—. Por Izzy.
El nombre cayó entre ellos como una frontera. Edmund asintió.
—Por ella.
Pero cuando Beatrice pasó a su lado, él no pudo evitar pensar que esa respuesta ya no era suficiente. Edmund se detuvo unos pasos más adelante, observando cómo se alejaba con su porte impecable, la espalda recta y el paso firme que siempre parecía marcar una distancia insalvable entre ella y el resto del mundo. Sus ojos seguían su silueta mientras bajaba por la escalera de la torre, pero algo dentro de él se tensó.
—Maldita sea… —susurró entre dientes, apretando los puños.
La frialdad con la que ella lo había tratado, la manera calculada en que había mantenido la distancia, lo irritaba hasta lo físico. No era que él no entendiera la precaución, la necesidad de mantenerse al margen después del… incidente. Era que Beatrice Saint-Clare tenía la habilidad de hacerlo sentir un idiota incluso cuando él tenía el control absoluto de cualquier situación. Y eso era intolerable.
Se apoyó contra el pasamanos de la escalera, respirando hondo para intentar calmar la mezcla de enfado y deseo que le quemaba las venas. Cada fibra de su cuerpo quería acercarse, quererla cerca, pero su mente le recordaba que ella se había decidido a mantenerse distante.
—Vamos, respira, Hawthorne —murmuró para sí—. Es por Izzy.
En ese momento, la voz de Izzy se oyó detrás de él. Ligera, curiosa, despreocupada.
—Edmund… ¿todo bien? —preguntó, acercándose con paso ágil, su expresión abierta y luminosa—. Te noto… raro.
Él la miró por encima del hombro, sin apartarse del pasamanos.
—Nada —respondió con voz fría, más cortante de lo habitual—. Todo en orden.
Izzy frunció ligeramente el ceño, percibiendo la tensión, pero decidió no insistir más. Se conocían muy bien, no debía insistir.
—Está bien… —dijo, con un hilo de sonrisa—. Si lo dices tú…
Ella se fue dándole un pequeño beso en la mejilla. El silencio de la torre era profundo, pesado, y él lo llenó con un aire contenido, casi cortante. La furia por la distancia de Beatrice se mezclaba con la frustración de no poder acercarse a ella de manera natural sin romper la barrera que ella misma había impuesto. Se apoyó en la barandilla, cruzando los brazos, y murmuró para sí:
—Bien… entonces también seré distante. Frío. Cortante. Si ella quiere jugar a mantenerme lejos, perfecto… jugaré sus reglas.
Sus pensamientos giraban en torno a cómo hacer que esa distancia funcionara a su favor. Sería cortante en palabras, rígido en gestos, inaccesible. Que ella sintiera lo que era que él estuviera allí y, aún así, no pudiera tocarlo ni leerlo fácilmente. Que la frustración la alcanzara, aunque intentara mantener la compostura.
Miró hacia el ventanal de la torre. La luz del atardecer caía oblicua, y su reflejo en el cristal parecía más severo de lo habitual: los ojos oscuros, la mandíbula apretada, los hombros tensos. Edmund sabía que, por primera vez, se había visto a sí mismo atrapado en un juego que no podía controlar completamente. Y que la responsable de ese desorden era Beatrice.
—Maldita sea… —repitió, con un suspiro cargado de resignación y desafío—. Saint-Clare… no sé si me desagrada o me mata lentamente.
La idea de mantener la distancia, de protegerse de sus propios impulsos, se mezclaba con un deseo silencioso que se negaba a desaparecer. Sus dedos tamborilearon contra el pasamanos, un gesto sutil de frustración y cálculo. Decidió que, por ahora, la estrategia sería clara: frío, distante, controlado.
Y, mientras la torre comenzaba a vaciarse, Edmund se quedó allí, solo, consciente de que ese juego apenas empezaba, y que ni él ni Beatrice podrían mantenerse completamente indiferentes por mucho tiempo.
Después de ese encuentro, ambos notaron un cambio. No porque no se cruzaran, sino porque, cuando lo hacían, no había nada que señalar.
En clase de Runas Avanzadas, Beatrice ya no corregía en voz alta cuando Edmund intervenía. Se limitaba a tomar notas, a levantar la vista solo lo justo. Cuando el profesor preguntaba algo que sabía que Edmund respondería, ella dejaba pasar el turno sin competir.
Edmund, por su parte, había aprendido a callar. Antes, cuando Beatrice decía algo, él replicaba. Siempre. Con ironía o con precisión quirúrgica. Ahora se limitaba a asentir o a mirar al frente. Ni aprobación ni rechazo. Silencio.
Izzy lo notó, lo interpretó como algo extraño, así que intento hablarlo con Bea.
—Me alegra que ya no discutáis tanto —dijo una tarde, con una sonrisa genuina, mientras bajaban juntas hacia el comedor—. Me ponía un poco nerviosa.
Beatrice inclinó la cabeza.
—No tenía sentido seguir haciéndolo.
Izzy apretó su brazo con cariño.
—Eso dice mucho de ti.
Anne, sentada frente a ellas en la mesa, observaba la escena con interés ligero.
—Supongo que es lo normal —comentó—. Al final, todos nos conocemos y nos acostumbramos.
Beatrice sonrió, educada.
Normal. Esa era la palabra.
En los descansos, Edmund seguía junto a Izzy. Le acercaba el cuaderno cuando ella lo olvidaba, le preguntaba cómo le había ido una clase, la esperaba al final de los pasillos. Todo correcto. Todo medido. Izzy parecía tranquila, incluso más segura.
Solo Tom no lo estaba. Lo notó una mañana, cuando Edmund se sentó a su lado en el patio interior, café en mano, mirando sin ver a los estudiantes que cruzaban el jardín.
—Estás callado —dijo Tom, como quien comenta el clima.
—No especialmente.
—Sí especialmente —replicó—. No haces comentarios cuando Saint-Clare habla. Antes te molestaba demasiado.
Edmund apretó la taza un poco más de la cuenta.
—He decidido no perder el tiempo en discusiones innecesarias.
Tom lo miró con atención.
—Eso no es lo mismo que antes.
Edmund alzó una ceja.
—¿Y qué era antes?
Tom dudó un segundo.
—Antes estabas implicado.
El silencio que siguió fue breve, pero tenso.
—No empieces —dijo Edmund, con un tono que no era enfadado, sino advertido.
—No empiezo nada —respondió Tom—. Solo digo que cuando decides ignorar algo que te afecta, sueles hacerlo peor que cuando lo enfrentas.
Edmund bebió un sorbo de café, sin mirarlo.
—No me afecta.
Tom soltó una risa corta.
—Claro.
Pasaron unos segundos.
—No quiero problemas —añadió Edmund, más bajo—. No quiero hacer daño a nadie.
Tom lo observó de reojo.
—Eso está muy bien —dijo—. Pero no confundas distancia con control. No siempre son lo mismo. Vas a explotar en algún momento si no lo gestionas bien. No puedes sacrificarte siempre por Izzy.
Edmund no respondió.
Más tarde ese día, en clase de Encantamientos, Beatrice hizo una observación precisa sobre un ajuste verbal. El profesor asintió, satisfecho. Edmund levantó la vista, como si fuera a decir algo… y luego volvió a bajarla.
Beatrice lo notó. No reaccionó. Y eso, para Tom —que observaba desde la fila de atrás—, fue la confirmación definitiva.
Porque no había hostilidad. No había reproche. No había nada que los demás pudieran señalar. Solo dos personas que estaban haciendo demasiado esfuerzo.
Y Tom sabía, por experiencia con Edmund, que cuando él callaba así… era porque estaba luchando contra algo que no se iba a rendir fácilmente. Sabía que acabaría por explotar.
La demostración inter-casas de Encantamientos Avanzados había atraído más atención de la habitual. No era una competición formal, pero el ambiente tenía esa tensión específica que solo se daba cuando profesores y prefectos observaban con demasiado interés. Era una vitrina. Y Edmund Hawthorne estaba acostumbrado a ocupar el centro de ellas.
Beatrice se sentó en uno de los bancos laterales, con el cuaderno cerrado sobre el regazo. No había venido a participar. Se lo había prometido a sí misma. Aquello no era su lugar, ni su momento.
Edmund estaba solo en el círculo de trabajo de la casa Ravenhurst; otros estudiantes ocupaban el lugar destinado a Ashknown, Faircliff y Blackthorne. El encantamiento requería precisión: una secuencia de trazos rúnicos enlazados por intención verbal, sostenidos el tiempo justo antes del cierre. Nada espectacular. Nada explosivo. Solo equilibrio.
Beatrice observó en silencio. El trazo inicial de Edmund fue impecable. La entonación, correcta. El flujo de energía, limpio. Edmund sabía exactamente lo que hacía. Siempre lo sabía.
Y aun así…
Beatrice frunció apenas el ceño.
No era un fallo evidente. Era una decisión. Una mínima desviación en la curva de contención. Demasiado sutil para un error involuntario. Demasiado clara para alguien como él.
Edmund levantó la mano para continuar. Beatrice no se movió. Sintió, de forma incómodamente clara, que él estaba esperando. Esperándola a ella. El segundo trazo profundizó la desviación. No lo suficiente para romper el encantamiento. Lo justo para tensarlo. Para volverlo inestable en el cierre. Beatrice apretó los dedos contra el borde del banco, se estaba equivocando, ponía en juego a todo Ravenhurst. Debía hacer algo, podía intervenir como ayuda a un compañero de su casa.
No. No iba a hacerlo. Si Edmund Hawthorne quería equivocarse, tenía que notarlo solo. Tom, desde el lateral, ladeó la cabeza. Edmund avanzó hacia el cierre. Y entonces Beatrice no pudo más. Se levantó. No fue impulsivo. Fue inevitable.
—Espera —dijo, con voz clara.
El silencio cayó de inmediato. Edmund no se giró al principio. Terminó el gesto que tenía entre manos con una lentitud deliberada. Solo entonces se volvió hacia ella. Sus miradas se encontraron.
—Ahora no —dijo él.
No sonó enfadado. Sonó contenido. Beatrice dio un paso adelante.
—Si cierras así, el encantamiento va a replegarse sobre sí mismo.
—Lo sé.
La respuesta la descolocó.
—Entonces… —empezó ella.
Edmund la interrumpió.
—No puedes intervenir solo cuando te conviene frenar lo que consideras un error, Saint-Clare.
La frase fue suave. Demasiado. Un murmullo recorrió la sala, pero Beatrice apenas lo oyó. Había entendido exactamente a qué se refería. No hablaba del encantamiento. Hablaba de ellos.
—No intervengo porque no es mí lugar —respondió ella—. Es el tuyo.
—¿Y ahora sí lo es? ¿Ahora sí puede intervenir? —preguntó él, inclinando ligeramente la cabeza—. Curioso.
Beatrice sostuvo su mirada.
—Ahora el error es evidente.
—Siempre lo fue —replicó Edmund—. La diferencia es que esta vez decidiste no mirar hacia otro lado.
Ese fue el golpe real. No había acusación en su tono. Solo una constatación incómoda. Beatrice sintió cómo algo se tensaba en su pecho.
—No estoy aquí para corregirte —dijo—. Ni para demostrar nada.
—Entonces no lo hagas —respondió él—. O hazlo siempre, depende de dónde quieras llegar.
El profesor carraspeó, incómodo.
—¿Desean continuar?
Edmund no apartó la mirada de Beatrice.
—Adelante —dijo ella, con firmeza—. Cierra el encantamiento.
Un segundo de pausa. Edmund giró de nuevo hacia el círculo. Cerró.
La energía respondió exactamente como Beatrice había previsto: no hubo explosión, pero sí un repliegue imperfecto, visible para quien supiera observar. Un fallo limpio. Controlado. Innegable. El profesor frunció el ceño.
—Interesante elección —comentó—. Veo la intención, pero el cierre ha sido… inestable.
Edmund asintió.
—Lo corregiré.
No miró a Beatrice mientras arreglaba lo hecho.
Ella recogió su cuaderno sin prisa. No había victoria en su gesto. Tampoco derrota. Solo una certeza incómoda: Edmund no estaba enfadado por haber sido corregido. Estaba enfadado porque ella había decidido actuar con distancia.
Beatrice salió del aula con pasos medidos, pero en su mente las piezas se arremolinaban. Respiró hondo, intentando ordenar pensamientos que no quería admitir. Edmund había estado allí todo el tiempo, observando cada gesto, anticipando cada decisión. Había cometido un error deliberado, y ella lo había visto. No había sido un accidente; no podía serlo. Y lo peor era que lo había hecho con la intención de medirla, de tantear hasta dónde podía ignorarlo antes de que interviniera.
Un escalofrío recorrió su espalda. La había leído demasiado bien, la había forzado a decidir en el momento justo, a revelarse sin quererlo. Edmund Hawthorne no era simplemente arrogante. Era calculador, consciente de su magnetismo y de la manera en que podía alterar el ritmo de quienes lo rodeaban. Y Beatrice… Beatrice había caído en su prueba silenciosa.
Cerró los ojos por un instante, reprimiendo un suspiro. Debía mantener la compostura, pero no pudo evitar sentir que el equilibrio entre ambos se había desplazado. Él había querido exponerse a ella, mostrarle que él también tenía algo que decir. Su orgullo se tensó, pero algo más, algo inquietante, palpitaba en su pecho.
Más tarde, Edmund se encontraba en la terraza lateral de la torre, con el cielo teñido de tonos anaranjados por el atardecer. Tom se acercó desde la escalera, con su habitual paso tranquilo, y se apoyó en la baranda a su lado.
—No esperabas que se quedara al margen —dijo Tom, con una sonrisa ladeada—. Hizo justo lo que querías.
Edmund frunció ligeramente el ceño, sus dedos tamborileando contra la piedra de la baranda.
—Lo reconozco —murmuró con voz baja—. Esperaba que reaccionara, pero no así… no con esa frialdad controlada.
Tom lo observó un momento, su expresión más seria de lo habitual.
—Es Izzy quien está de por medio. Beatrice no va a ignorar cómo quedó expuesta. Sabe cómo juegas, Edmund. Y ahora sabe también que no eres indiferente. Eso la hará más rigurosa, más cautelosa. No es solo orgullo. Es… percepción.
Edmund apretó la mandíbula. Tom tenía razón. Beatrice había visto su deseo de que ella se acercara a él, lo había leído, y se había mantenido firme sin alardear ni recriminar. Esa mezcla de autonomía y perspicacia lo desarmaba más que cualquier reproche abierto.
—Así que… —dijo Edmund finalmente, dejando escapar un suspiro que no pretendía mostrar debilidad—, la próxima vez no podré engañar tan fácilmente.
Tom rió suavemente, apoyando una mano en su hombro.
—No será fácil, amigo. Y ni siquiera sabes cuánto lo deseas.
Edmund giró la cabeza hacia él, un destello de irritación cruzando sus ojos, mezclado con algo que ni él mismo quería admitir.
—No es eso… —murmuró, más para sí mismo que para Tom—. Es que no puedo permitirme perder el control.
—Control que ella desafía sin proponérselo —comentó Tom, encogiéndose de hombros con una sonrisa tranquila—. Y créeme, eso solo la hace más interesante para ti.
Edmund permaneció en silencio, mirando el horizonte. La verdad era incómoda y clara: había subestimado a Beatrice Saint-Clare. No solo había provocado su intervención deliberada, sino que ahora sentía esa sensación extraña, inquietante, de que no podía simplemente ignorarla. Cada gesto, cada mirada, cada pequeño movimiento suyo había sido registrado, analizado, y eso lo desconcertaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Tom lo dejó solo con sus pensamientos, dándole un ligero golpe en la espalda antes de marcharse por la escalera de la torre. Edmund se quedó allí, atrapado entre la culpabilidad por su error y un deseo que ni él mismo sabía cómo controlar. La distancia que intentaba imponer se sentía imposible de mantener.
Esa noche, Beatrice escribió una sola carta. Breve. Correcta. Impecable. Solicitó retirarse de las prácticas avanzadas compartidas de Ravenhurst y continuar su formación de manera independiente, bajo tutoría académica.
No dio explicaciones personales. No acusó a nadie. No pidió disculpas. Al día siguiente, su nombre ya no aparecía en los listados conjuntos. Edmund lo notó en clase. Luego en el comedor. Luego en los pasillos. Beatrice no lo evitaba. Eso habría sido más fácil. Simplemente… ya no estaba donde él esperaba que estuviera.
El descoloque.
La vio una vez esa semana, en la biblioteca. Beatrice estaba sentada sola, como siempre, pero esta vez había algo distinto: una serenidad cerrada, completa. Edmund se detuvo a unos pasos.
—Beatrice —dijo.
Ella alzó la vista.
—Hawthorne.
Nada más.
—Lo de aquel día… —empezó él.
—No fue un error técnico —dijo ella con suavidad—. Así que no hace falta que lo expliques.
Edmund tragó saliva.
—No quise—
—Sabías lo que hacías, querías decirme algo y lo has hecho—lo interrumpió—. Y está bien. Pero no voy a seguir por ese camino.
Eso fue lo que lo desarmó. No había reproche. No tenía rabia.
—He decidido mantener cierta distancia —continuó Beatrice—. Es lo más… adecuado.
—¿Adecuado para quién? —preguntó él.
Beatrice cerró el libro.
—Para todos.
Se levantó. Pasó junto a él sin rozarlo. Edmund se quedó inmóvil. Por primera vez desde que la conocía, no tenía nada que decir. Y desde la otra punta de la sala, Tom lo observó, con una certeza incómoda: Edmund Hawthorne acababa de perder algo que aún no entendía del todo. Y Beatrice Saint-Clare acababa de elegir retirarse.
El salón común de Ravenhurst estaba especialmente tranquilo aquella tarde. La mayoría de los estudiantes habían salido a los jardines o se encontraban en las aulas prácticas, y el crepitar bajo de la chimenea llenaba los silencios sin imponerse.
Beatrice estaba sentada junto a una de las mesas laterales, revisando unos apuntes con la atención meticulosa que la caracterizaba. Anne ocupaba el sillón frente a ella, con las piernas recogidas, hojeando un libro que no parecía leer realmente. Izzy, en cambio, se balanceaba levemente sobre el respaldo de una silla, observándola desde hacía rato.
—Te he visto salir antes de Encantamientos, de la tutoría individual—dijo Izzy al fin—. Ya casi no coincidimos en las clases conjuntas.
Beatrice levantó la vista con calma.
—Sí. He estado reorganizando mi horario. Voy a pocas. O casi a ninguna.
Anne inclinó la cabeza, curiosa.
—¿No lo echas de menos? —preguntó—. Quiero decir… las prácticas en grupo, los ejercicios compartidos.
Beatrice cerró el cuaderno y apoyó las manos sobre la tapa.
—No, en realidad no —respondió con suavidad—. Me encuentro bien así.
Izzy frunció ligeramente el ceño.
—¿De verdad? —insistió—. Siempre te vi bastante cómoda en esas clases.
—Lo estaba —admitió Beatrice—. Pero he descubierto que me atraen más otras ramas de los encantamientos. Algunas son más… introspectivas. Funcionan mejor cuando se exploran de manera individual.
Anne asintió despacio, pensativa.
—Eso tiene sentido —dijo—. No todos aprendemos igual.
Izzy no parecía del todo convencida, pero relajó los hombros.
—Supongo que sí… —murmuró—. Mientras estés bien.
Beatrice sostuvo su mirada unos segundos, como calibrando cuánto decir y cuánto guardar. Luego respiró hondo.
—De hecho…—añadió—. He pedido a mis padres que consideren un posible traslado.
El silencio cayó de inmediato. Anne fue la primera en reaccionar.
—¿Un traslado? —repitió—. ¿Adónde?
—A la Escuela de Aetherfall —respondió Beatrice—. Es una institución más pequeña, en Escocia, pero con un enfoque muy profundo en encantamientos avanzados. Tiene bastante renombre en ese campo.
Izzy se incorporó de golpe.
—¿Aetherfall? —dijo, incrédula—. ¿Pero… Beatrice, si solo llevas aquí unos meses? ¡Acabas de llegar!
—Lo sé —respondió ella rápidamente—. No es una decisión tomada. Solo… una posibilidad. Nada más.
Anne miró de una a otra, incómoda.
—Pero Ashbourne es… —empezó, sin terminar la frase.
—Extraordinaria —completó Beatrice—. Y no estoy diciendo lo contrario. Simplemente estoy explorando opciones. Es la primera vez que voy a una Academia, todo lo que sé lo he aprendido en casa. Y ahora se me abren más opciones.
Izzy la miró fijamente.
—¿Explorando opciones? —repitió, con un tono que ya no era ligero—. ¿Así llamas a irte sin importar otras cosas además del estudio?
—No me voy —respondió Beatrice con calma—. He pedido que lo consideren. Es distinto.
—No para mí —replicó Izzy, cruzándose de brazos—. Suena a que ya has decidido marcharte y sólo estás buscando la forma más elegante de hacerlo. ¡Solo piensas en estudios! ¡¿Y tus amistades qué?
Beatrice frunció ligeramente el ceño.
—Eso no es justo.
—¿Y desaparecer de las clases conjuntas sin decir nada sí lo es? —la interrumpió Izzy—. ¿Cambiar todo tu horario, alejarte, y luego soltar que quizá te vayas a otra escuela como si fuera un detalle menor? ¡No somos tontas Beatrice!
Anne se removió en su asiento.
—Izzy, quizá…—
—No —dijo Izzy, girándose hacia ella solo un segundo—. Déjame terminar.
Volvió a mirar a Beatrice, con los ojos brillantes.
—Creí que estábamos bien —continuó—. Creí que éramos amigas. Y ahora resulta que llevas semanas tomando decisiones enormes sin decir una palabra. Algo te pasa Beatrice, y hemos respetado tu silencio. Pero esto… es distinto.
Beatrice apretó los labios.
—No quería preocupar a nadie —dijo en voz baja—. Y tampoco quería que esto se convirtiera en algo… personal.
—Pero lo es —respondió Izzy, con un hilo de rabia—. Para mí lo es. Pensaba que para ti nuestra amistad también era personal. ¿De qué huyes?
El silencio volvió a instalarse entre las tres. Anne bajó la mirada, consciente de que aquel no era un enfado pasajero. Beatrice sostuvo la mirada de Izzy, firme pero contenida.
—No estoy huyendo de nada —dijo—. Solo estoy eligiendo.
—Pues tu elección duele —replicó Izzy.
Se levantó de la silla con un movimiento brusco.
—Y no sé si quiero fingir que no.
Izzy se alejó hacia la escalera sin mirar atrás. Anne suspiró, cerrando el libro lentamente.
—Creo que… necesitaba saberlo antes —dijo con suavidad—. Las dos.
Beatrice asintió, aunque el nudo en el pecho no cedía.
—Lo siento.
Cuando Anne también se levantó para irse, el salón quedó en silencio. Beatrice se quedó sola junto a la mesa, con sus apuntes ordenados, su decisión clara… y la incómoda certeza de que, por muy correcta que fuera, no iba a estar exenta de pérdidas.