Capítulo 5: Empieza el invierno
21 de diciembre de 2025, 11:18
Capítulo 5: Empieza el invierno
Después de aquella conversación en el salón común, Beatrice se sintió sola de una forma nueva. No era la soledad serena que siempre había aprendido a habitar, sino una más áspera, hecha de silencios desplazados y ausencias pequeñas pero constantes. Izzy estaba dolida y, aunque no la evitaba de manera abierta, ya no la buscaba. Anne seguía siendo amable, pero casi siempre iba con Izzy, y cuando coincidían con Beatrice, las conversaciones eran breves, cuidadosas, como si temieran decir algo que no pudiera retirarse después. Además, ya no compartían clases: los horarios individuales de Beatrice la mantenían al margen de los espacios comunes. Edmund estaba lejos de ella por completo, y esa distancia —que había sido una decisión consciente— se había convertido en una rutina. Beatrice lo evitaba con la misma precisión con la que evitaba todo aquello que podía desbordarse.
El invierno se había instalado en la Academia sin pedir permiso. Los pasillos eran más fríos, la luz entraba más baja por los ventanales, y la nieve comenzaba a acumularse en los jardines como una presencia constante, silenciosa. Beatrice pasaba largas horas en la biblioteca o en su habitación, estudiando, leyendo, repitiendo encantamientos en voz baja, dejando que los días se sucedieran sin marcarse unos a otros. El mundo parecía haberse reducido a libros, notas y ese frío persistente que se colaba incluso bajo las puertas.
Fue en ese clima —externo e interno— cuando llegó la visita esperada. Sus padres acudirían a la Academia para hablar sobre la posibilidad del traslado. Beatrice se descubrió nerviosa ante esa conversación, más de lo que habría admitido en voz alta. No por la decisión en sí, sino por lo que implicaba enfrentarse de nuevo a sus expectativas, a su mirada crítica, a ese tono siempre correcto y distante que había marcado su infancia.
Alistair era el único que la escuchaba.
El luminúfugo había trabajado en la casa Saint-Clare durante años, desde que Beatrice era apenas una niña. La conocía mejor de lo que muchos suponían. Y, aun así, tuvo que marcharse.
Ella solo sabía que lo habían despedido por desobediencia. Nada más. Nunca le explicaron el motivo real, y Alistair jamás lo había mencionado. A pesar de todo, el cariño entre ambos había sobrevivido al tiempo y a la distancia, intacto.
—Señorita Beatrice —dijo Alistair con su voz baja y modulada, rompiendo el silencio—. Ha estado muy pensativa estos días.
Beatrice alzó la vista de los papeles que tenía frente a ella y esbozó una sonrisa leve, cansada.
—Supongo que no soy muy discreta.
—No con quienes la conocen desde hace años —respondió él con suavidad.
Ella dejó la pluma a un lado.
—Mis padres vienen hoy.
Alistair asintió despacio.
—Lo sé.
Hubo una breve pausa. La nieve golpeaba suavemente el cristal de la ventana.
—¿Puedo preguntarle algo, señorita? —añadió.
Beatrice dudó solo un segundo.
—Claro.
—¿Por qué desea trasladarse a otra Academia?
La pregunta no tenía juicio. No había reproche. Solo curiosidad genuina. Beatrice bajó la mirada.
—Porque aquí… —empezó, y se detuvo—. Porque aquí todo es demasiado… compartido.
Alistair inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Compartido?
—Las expectativas. Las miradas. Las comparaciones —explicó ella—. Siento que estoy aprendiendo mucho, pero también que estoy perdiendo algo de mí en el proceso. Aetherfall me permitiría estudiar a mi ritmo. Sin ruido.
Alistair guardó silencio unos instantes.
—Y sin ciertas personas —añadió con cuidado.
Beatrice apretó los labios.
—Quizá.
El luminúfugo no insistió.
—Solo espero —dijo finalmente— que no confunda la calma con la huida, señorita Beatrice.
Ella alzó la vista, sorprendida.
—No estoy huyendo.
—Lo sé —respondió él—. Pero incluso las decisiones más correctas pueden nacer del cansancio.
Beatrice suspiró y apoyó la espalda contra la silla.
—Estoy cansada —admitió—. De sostener siempre la imagen correcta. De no equivocarme nunca. De no permitirme… sentir cosas que no debería.
Alistair la observó con una atención silenciosa, protectora.
—Sea cual sea su decisión —dijo—, espero que la tome pensando también en usted. No solo en lo que se espera de su apellido.
Beatrice asintió lentamente. Fuera, el invierno seguía cayendo sobre la Academia. Y, por primera vez desde que había considerado el traslado, Beatrice se preguntó si estaba buscando un lugar donde aprender mejor… o simplemente un lugar donde nadie pudiera verla temblar.
La sala de visitas de la Academia quedaba en el ala norte, una zona más antigua, de muros gruesos y ventanales altos que dejaban entrar una luz invernal pálida, casi sin calidez. Desde el pasillo principal, Edmund, Tom, Izzy y Anne avanzaban conversando en voz baja, sin un rumbo concreto, simplemente dejando que la tarde se deshiciera entre pasos y comentarios sueltos.
Fue Anne quien se detuvo primero.
—¿No es…? —murmuró, inclinando ligeramente la cabeza.
Al fondo del corredor, junto a la puerta de la sala de visitas, Beatrice Saint-Clare acababa de salir acompañada por dos figuras imponentes. Su padre caminaba un paso por delante, recto, con el abrigo oscuro perfectamente ajustado. Su madre avanzaba a su lado, elegante y distante, con las manos enguantadas cruzadas frente al cuerpo. Beatrice iba entre ambos, erguida, impecable, el rostro sereno hasta el límite de lo inhumano. El uniforme impecable y el peinado perfecto.
Ninguno de ellos levantó la voz. No hizo falta.
—Son sus padres… —susurró Izzy, casi sin darse cuenta.
Se detuvieron a una distancia prudente. No espiaban. Simplemente… miraban.
El padre de Beatrice se detuvo en seco. Ella también. Él se giró apenas hacia ella, lo justo para decir algo en voz baja. Beatrice asintió una sola vez bajando la mirada. No discutió. No replicó. No hubo gesto de cercanía. Ni una mano sobre el hombro. Ni una inclinación cómplice.
La madre la observó de arriba abajo durante un segundo de más. Su mirada fue precisa, clínica. Luego alargó la mano y, con dos dedos, acomodó el cuello del abrigo de Beatrice, no como quien cuida, sino como quien corrige un detalle fuera de lugar.
—La imagen —dijo en voz baja, aunque el tono llegó hasta ellos—. No lo olvides. Llevamos años esperando esto de ti.
Su padre la observó durante un segundo largo, evaluador.
—Recuerda quién eres, Beatrice —dijo—. Y lo que representa tu apellido. No tomes decisiones impulsivas que puedan ponerlo en entredicho.
—No lo haré —respondió ella, sin titubear.
La señora Saint-Clare inclinó apenas la cabeza.
—Mantén la compostura —añadió—. Siempre.
Beatrice no reaccionó. Ni siquiera parpadeó.
Edmund sintió cómo algo le subía por el pecho, rápido, incómodo. Dio un paso hacia delante sin pensarlo.
Tom reaccionó al instante. Sin mirar a Edmund, extendió la mano y cerró los dedos alrededor de su muñeca, con un gesto mínimo, casi casual. Desde fuera habría parecido un movimiento distraído. Desde dentro fue una orden clara: No.
Edmund apretó la mandíbula, pero se detuvo. Tom no lo miró. No hizo falta.
Los padres continuaron hablando. El padre de Beatrice inclinó la cabeza apenas, como concediendo algo.
—Consideraremos lo que has expuesto —dijo—. No prometemos nada. Pero lo tendremos en cuenta.
Beatrice asintió.
—Gracias —respondió—. Eso es todo lo que pedía.
No había alivio en su voz. Ni orgullo. Ni afecto.
—Esperamos que entiendas lo que implica llevar nuestro apellido —añadió la madre—. Siempre ha sido así.
Beatrice asintió de nuevo.
—Lo entiendo —respondió.
No había rastro de súplica en su tono. Tampoco gratitud. Se despidieron sin un abrazo. Sin un beso. Sin una palabra más. El padre se dio la vuelta primero. La madre lo siguió sin mirar atrás. Sus pasos se alejaron por el pasillo con la misma precisión con la que habían llegado.
Beatrice se quedó sola.
Durante unos segundos, no se movió. Luego respiró hondo, cuadró ligeramente los hombros —un gesto automático, aprendido— y emprendió el camino de vuelta hacia la escalera que llevaba a las habitaciones. No miró a nadie.
Edmund la siguió con la mirada hasta que desapareció tras una esquina. Tenía las manos cerradas en los puños.
—Eso ha sido… —empezó Anne, sin encontrar la palabra adecuada.
—Duro —completó Izzy en voz baja. — Debe ser agotador…
Izzy no había dicho nada hasta entonces. Ahora tenía los brazos cruzados, como si intentara contener algo que le pesaba demasiado. La escena se le repetía en la cabeza con una claridad incómoda: la corrección fría, la ausencia total de afecto, la manera en que Beatrice había aceptado todo sin protestar.
Y, de pronto, las palabras del día anterior regresaron con fuerza: Solo piensas en estudios. ¿Y tus amistades qué?
Izzy tragó saliva.
—Creo que… —dijo, y se detuvo—. Creo que fui injusta con ella.
Anne la miró, sorprendida.
—Izzy…
—No sabía —continuó, con un hilo de culpa en la voz—. No sabía que era así la relación con sus padres. Yo… pensé que simplemente estaba eligiendo irse sin más. Que no le importaba.
Tom soltó lentamente la muñeca de Edmund.
—A veces —dijo—, la gente aprende muy pronto a no pedir cosas que sabe que no le van a dar.
Edmund no respondió. No entendía qué quería decir Izzy con “eligiendo irse sin más”. Seguía mirando el punto donde Beatrice había desaparecido. Por primera vez, el apellido Saint-Clare dejó de parecerle solo elegante. Parecía una carga.
Había visto muchas cosas en la Academia. Competencia, presión, expectativas. Pero aquello… aquello no era exigencia académica. Era otra cosa. Algo más antiguo. Más frío.
Izzy apretó los labios, visiblemente afectada.
—Debería hablar con ella —murmuró—. Decirle que lo siento.
Sabía que no era tan sencillo. Edmund dio un paso atrás, como si necesitara espacio para respirar. Nadie notó el temblor apenas perceptible en sus manos. Y entendió, con una certeza incómoda, que Beatrice Saint-Clare no solo cargaba con un apellido imposible… sino que había aprendido a sostenerlo completamente sola.
Esa noche, Beatrice no consiguió dormir. No importó cuántas veces cambiara de postura ni cuán firmemente cerrara los ojos. La quietud de la habitación, normalmente reconfortante, era opresiva. Cada pensamiento regresaba al mismo punto, como si algo dentro de ella se negara a resolverse.
Finalmente, se incorporó. No encendió la lámpara. Se puso el abrigo por encima del camisón, sin molestarse en abrocharlo del todo, y tomó las botas con un gesto mecánico. Abrió la puerta con cuidado y salió al pasillo vacío.
La Academia dormía. Atravesó las escaleras y los corredores con pasos silenciosos, como si el edificio mismo respetara su necesidad de huir, aunque fuera por unos minutos. Cuando empujó la puerta lateral que daba a los jardines, una ráfaga de aire helado le golpeó el rostro.
Nevaba.
Copos lentos, constantes, cubrían el suelo, los setos, las estatuas de piedra. El mundo parecía suspendido en una calma blanca que no exigía nada de ella. Beatrice avanzó sin pensar en el frío. El aire le ardía en los pulmones, pero no se detuvo. Necesitaba sentir algo que no fuera esa presión constante en el pecho.
Pensó en sus padres. No en las palabras exactas —esas las sabía de memoria—, sino en el tono. Siempre el mismo. Correcto. Medido. Distante.
Evaluaremos la solicitud.
Ashbourne es una institución de prestigio.
La imagen familiar debe mantenerse.
Desde que era niña, todo había sido así. Excelencia sin ruido. Control sin afecto explícito. Nunca una prohibición directa, nunca una concesión clara. Solo expectativas que pesaban más cuanto menos se decían. Nunca querida. Le asaltó a la mente la pregunta que había minado su corazón durante años: ¿Por qué nunca soy suficiente?
Beatrice exhaló lentamente y se dejó caer en la nieve. No con torpeza. Con cansancio. El frío atravesó la tela del camisón y del abrigo casi de inmediato, calándole la piel. La nieve se filtró por las mangas, por la espalda, por las botas mal ajustadas. Pero no se movió.
Miró el cielo. Las luces de la Academia apenas alcanzaban ese rincón del jardín, y la nevada apagaba los sonidos, los contornos, incluso los pensamientos más insistentes.
Pensó en sus días en la Academia. ¿Estaba haciendo lo correcto? Había elegido distancia. Había elegido control. Había elegido retirarse antes de cruzar una línea que no sabía si podría desandar.
Pensó en Izzy. En su enfado. Pensó en Anne. En su decepción. Pensó en Edmund. En su silencio. Cerró los ojos.
El frío ya no era solo una sensación externa; era un peso lento que le entumecía los dedos, los brazos, las piernas. Se abrazó a sí misma sin darse cuenta.
Solo un momento más, pensó. Solo respirar.
De repente…oyó pasos sobre la nieve reciente. No fuertes. No apresurados. Beatrice abrió los ojos.
La figura se detuvo a unos metros. La luz de una farola cercana dibujó una silueta conocida: alta, recta incluso en la quietud, demasiado consciente de su entorno como para ser cualquiera: Edmund.
No parecía sorprendido de verla allí. Eso, extrañamente, fue lo que más la desarmó.
—Vas a enfermar —dijo, sin reproche, sin dureza.
Beatrice no se incorporó de inmediato.
—No lo creo.
Edmund dio un paso más cerca. La nieve crujió bajo sus botas.
—Está nevando —añadió—. Y no llevas abrigo de invierno.
—Lo sé.
Hubo un silencio breve.
—¿Puedo sentarme? —preguntó él.
Ella dudó apenas un segundo.
—Haz lo que quieras.
Edmund se sentó a su lado, a una distancia prudente, suficiente para no tocarla. El frío parecía no afectar del mismo modo, o quizá simplemente no lo demostraba.
—¿Sueles desaparecer así? —dijo—. Digo, cuando decides tomar distancia.
Beatrice cerró los ojos un instante.
—No he desaparecido.
—Lo has hecho de otra manera —replicó él.
Ella giró la cabeza para mirarlo.
—¿Por qué estás aquí, Hawthorne?
Edmund sostuvo su mirada.
—Porque no estabas donde debías estar.
Beatrice dejó escapar una risa breve, cansada.
—No sabía que llevabas la cuenta.
—No la llevo —dijo él—. Solo… lo noté.
El silencio volvió a instalarse, más denso que la nieve.
—Mis padres han estado en la Academia —dijo Beatrice de pronto, sin saber porqué le contaba esa intimidad.
Edmund no reaccionó de inmediato, recordó cómo le ardió la sangre al ver el trato de los padres de Beatrice hacía ella.
—¿Algún motivo especial? —preguntó al fin.
—Nada que pueda interesarte.
La respuesta fue honesta. Y por eso dolió.
—Siempre sabes lo que haces —dijo él.
—No esta vez —admitió ella—. Esta vez solo sé que no lo sé.
Edmund la observó con atención, como si intentara leer algo que ella no estaba diciendo.
—¿Y qué significa eso?
Beatrice volvió la vista al cielo.
—Perder el control —susurró.
El frío seguía calándola, pero ya no le importaba tanto. Edmund no se movió. No la tocó. No insistió. Solo se quedó allí. Como si, por una vez, también él no supiera cuál era el siguiente paso.
Y en ese silencio compartido, bajo la nieve que seguía cayendo sin pedir permiso, Beatrice comprendió que algunas decisiones no se tomaban para huir… sino para sobrevivir a lo que uno sentía. Y que, quizá, aún no estaba preparada para decidir sola.
—Suficiente —dijo Edmund con voz firme, interrumpiendo cualquier resistencia que aún pudiera tener Beatrice—. Te vas a enfermar.
Antes de que ella pudiera replicar, la tomó en brazos. Beatrice sintió un escalofrío distinto al frío que le calaba los huesos: la proximidad de su cuerpo, el calor que desprendía, la firmeza con la que la sostenía. Intentó protestar, aunque débilmente.
—¡Edmund, suéltame! —pidió, con un hilo de voz—. Puedo caminar sola.
—No —respondió él con simpleza, como si la cuestión fuera absurda—. No voy a permitir que te congeles en medio del jardín solo porque no sabes tomar una decisión.
El trayecto hasta la torre fue breve, pero a cada paso, Beatrice notaba cómo su frío se mezclaba con la sensación extraña de ser sostenida, de no poder mantener su habitual distancia. Sus brazos se tensaron ligeramente, más por costumbre que por miedo, pero Edmund no aflojó ni un instante.
Cuando llegaron al interior, se detuvo. La bajó con cuidado, se quitó el abrigo y lo colocó sobre los hombros de Beatrice, cubriéndola por completo. La tela caliente se adhirió a su piel, y por un segundo, ambos permanecieron así, inmóviles. Beatrice levantó la vista. Sus ojos se encontraron.
—Estás congelada —dijo Edmund, la voz más suave que antes, casi un murmullo.
—No tanto —respondió ella, intentando ocultar el temblor que aún recorría su cuerpo.
El silencio que siguió fue distinto. No había palabras entre ellos, solo miradas que decían más de lo que podrían admitir. Edmund bajó la mirada un instante hacia sus labios, que aún conservaban un tono ligeramente morado por el frío. Un gesto involuntario, una constatación que lo hizo aspirar con fuerza contenida.
Beatrice lo notó. Sintió la tensión en el aire, la intensidad de su mirada, y algo dentro de ella se removió. Por un instante, el mundo se redujo a ese pequeño espacio: el abrigo que la cubría, la cercanía de su cuerpo, la calidez que lo contradecía todo lo demás.
—No te acerques tanto —susurró, más para sí misma que para él.
Edmund no se movió. No retrocedió. Al contrario: dio un paso más, hasta que sus cuerpos apenas tenían un espacio entre ellos. Sin tocarla de manera invasiva, pero lo suficiente para que el roce de sus brazos y hombros fuera inevitable.
Ella aspiró, notando cómo la cercanía le aceleraba el pulso. Intentó mantenerse firme, mantener la compostura, pero era imposible ignorar el calor que emanaba de él, la presencia que parecía llenar toda la habitación.
—No deberías… —empezó Beatrice, pero no terminó la frase.
Edmund ladeó ligeramente la cabeza, observando cada gesto, cada respiración. Sus manos, sin moverse de su lugar, parecían contener la tensión de todo lo que no podía decir. Y luego, sin previo aviso, la atrajo ligeramente hacia sí.
Beatrice sintió el contacto pleno, el abrazo que la envolvía con fuerza controlada. No podía moverse, ni quería del todo. Su mente le decía que debía empujarlo, alejarse, mantener las reglas que ella misma se había impuesto… pero su cuerpo respondía de manera contraria: temblando, sí, pero también con un deseo silencioso de quedarse.
—Edmund… —susurró, apenas audible.
—Shh —dijo él con suavidad, rozando su cabello con la frente, manteniendo la distancia mínima sin invadir por completo—. Solo déjate estar.
El calor se extendió lentamente desde su pecho al resto del cuerpo de Beatrice. Cada latido parecía sincronizarse con los de él, y en ese instante, comprendió que no había culpabilidad, ni reproches, solo la presencia del otro y la certeza de que el mundo exterior podía esperar. Cerró los ojos.
Por primera vez desde que había llegado a Ashbourne, Beatrice Saint-Clare permitió que algo —o alguien— la abrazara sin condiciones. Y mientras permanecían así, el frío exterior, la nieve, la distancia y las reglas parecieron diluirse en el calor compartido.
Edmund, por su parte, no apartaba la vista de ella. No había triunfo, ni arrogancia; solo un deseo contenido y la conciencia de que ese instante, fugaz e ilegal para su orgullo, le había mostrado algo que no podía ignorar.
El tiempo se alargó, pesado y ligero a la vez, hasta que la necesidad de oxígeno y la consciencia de la realidad comenzaron a recordarle que estaban solos… demasiado solos. Sin decir palabra, Edmund dio un paso atrás. Lentamente, midiendo cada gesto, manteniendo aún la tensión de la cercanía.
—Respetaré tu distancia mañana —dijo, apenas un susurro—. Entiendo que no querrás que esto se repita.
Beatrice asintió con la cabeza, sin moverse, aún envuelta en el calor del abrigo que él le había cedido.
—Gracias —respondió ella. Y, en el fondo, sabía que ambos estaban mintiendo.
Se separaron, pero el silencio que quedó entre ellos era distinto. Más profundo. Más eléctrico. El frío de la noche seguía ahí, pero ya no podía tocarla como antes. Y mientras Edmund se retiraba, Beatrice comprendió que algo había cambiado de manera irreversible.
Un instante que ninguno podría ignorar, un peligro que aún no estaban dispuestos a nombrar, y un vínculo invisible que comenzaba a formarse entre dos voluntades igual de fuertes y contradictorias.
La mañana siguiente la habitación estaba en silencio. No un silencio vacío, sino ese tipo de quietud que solo existía en Ashbourne a primera hora de la mañana, cuando la Academia aún no había terminado de desperezarse y el frío del invierno parecía quedarse atrapado entre las paredes de piedra. La luz entraba pálida por la ventana alta, filtrada por el cielo gris, reflejándose en la nieve acumulada en los alfeizares.
Beatrice estaba sentada en el borde de la cama, con los pies desnudos apoyados sobre la alfombra fría.
Había despertado hacía rato, pero no se había levantado de inmediato. No porque no tuviera nada que hacer —eso nunca ocurría—, sino porque había algo en la habitación que no le permitía moverse con la precisión habitual: El abrigo.
Estaba sobre la silla, cuidadosamente doblado, oscuro, pesado, claramente fuera de lugar entre sus cosas. No pertenecía a ese espacio ordenado, neutro, casi ascético. Y sin embargo, ahí estaba, como una presencia silenciosa que no la miraba, pero que ella sentía constantemente. El abrigo de Edmund Hawthorne.
Beatrice lo observó durante varios segundos sin parpadear. No había nada particularmente especial en él: lana gruesa, líneas sobrias, el tipo de prenda que uno elegiría por utilidad antes que por estética. Y aun así, no podía evitar pensar en el peso que había tenido sobre sus hombros la noche anterior, en el contraste entre el frío que aún le recorría la piel y el calor que aquel abrigo había conservado.
Desvió la mirada. No debía pensar en eso. Inspiró hondo y se levantó por fin. El suelo estaba helado, y agradeció el pinchazo de frío en los pies; la devolvía a algo tangible. Caminó hasta el lavabo, se lavó la cara con agua fría y se observó en el espejo unos segundos más de lo habitual.
Tenía el rostro pálido. Los ojos más oscuros, enmarcados por sombras suaves que no eran cansancio exactamente, sino algo más difícil de nombrar.
—Estás bien —se dijo en voz baja.
Lo dijo como una afirmación, no como una pregunta. Regresó a la habitación y comenzó a vestirse con movimientos automáticos, casi rituales. La camisa blanca, impecable. El chaleco oscuro. La falda del uniforme de Ravenhurst, perfectamente planchada. Cada botón cerrado con exactitud. Cada pliegue en su sitio.
El pensamiento apareció con una mezcla incómoda de alivio y vacío. No tendría que sentarse en aulas compartidas, ni coincidir en pasillos concretos, ni medir distancias que no sabía bien cómo sostener. Tenía tutoría individual. Encantamientos avanzados. Un espacio controlado. Seguro.
Se recogió el cabello frente al espejo, en una coleta alta, pulcra, sin un solo mechón fuera de lugar. El gesto le resultó familiar, casi reconfortante. Era la versión de sí misma que sabía manejar. La que no se sentaba en la nieve. La que no temblaba. La que no permitía que nadie la cargara en brazos. Cerró los ojos un instante y apartó ese pensamiento con firmeza.
Tomó la mochila, revisó mentalmente el contenido —libros, pergaminos, instrumentos de trazo— y se dirigió a la puerta. Su mano ya estaba en el pomo cuando se detuvo. Giró la cabeza. El abrigo seguía ahí.
Beatrice dio dos pasos hacia la silla y se quedó de pie frente a ella. No lo tocó de inmediato. Como si hacerlo fuera reconocer algo que aún no quería formular. Finalmente, extendió la mano y rozó la tela con las yemas de los dedos. Estaba seco. Frío.
Y aun así, un recuerdo innecesariamente vívido se abrió paso: la presión firme de los brazos de Edmund, el modo en que había caminado sin dudar, la seguridad molesta de quien está acostumbrado a decidir.
Retiró la mano con rapidez.
—Ya pensaré cómo devolvértelo —murmuró, más para sí misma que para el abrigo.
Cerró la puerta tras de sí con cuidado y avanzó por el pasillo sin mirar atrás.