ID de la obra: 1474

Ashbourne Academy

Het
PG-13
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2
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planificada Midi, escritos 81 páginas, 36.765 palabras, 8 capítulos
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Capítulo 6: Beethoven

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      Capítulo 6: Beethoven              El comedor estaba más animado de lo habitual. El invierno parecía concentrar a los estudiantes en los espacios comunes, como si el frío exterior los empujara a buscar calor en la presencia ajena. Izzy estaba sentada junto a Anne, removiendo distraídamente el contenido de su taza sin prestar demasiada atención a lo que hacía.       —¿Has visto a Beatrice? —comentó Anne, observándola por encima del borde de su libro.       —No desde lo de ayer—respondió Izzy automáticamente.       Anne alzó una ceja, pero no insistió. Conocía ese tono. Lo había escuchado otras veces. Fue entonces cuando alguien se detuvo frente a la mesa.       —¿Puedo? —preguntó una voz masculina, amable, un poco insegura.       Izzy alzó la vista y sonrió casi de inmediato.       —Claro —dijo—. Marcus, ¿verdad?       El chico pareció sorprendido de que recordara su nombre.       —Sí —respondió, acomodándose en la silla libre—. De la casa Ashknown.       —Lo sé —replicó Izzy con ligereza—. Te vi en la práctica de sigilos la semana pasada. Te salió bastante bien.       Marcus se rascó la nuca, incómodo pero claramente complacido.       —Gracias. Tú estabas en la fila de atrás.       Anne los observó en silencio, cerrando el libro sin disimulo.       —¿Estudias Encantamientos Intermedios? —preguntó Izzy.       —Sí. Bueno, ahora estoy intentando adelantar algo de avanzado, pero… —se encogió de hombros—. Cuesta.       —Siempre cuesta al principio —respondió ella con una sonrisa fácil—. ¿Has probado a estudiar en la Biblioteca antigua? Es más tranquila.       —Justo iba a ir esta tarde —dijo Marcus—. Pensé que quizá… si coincidimos, podría mostrarte lo que llevo.       Izzy sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario, luego asintió.       —Sí. Claro. Coincidimos en horario de estudio entonces.       Nada más. Marcus sonrió, se levantó tras despedirse de ambas y se alejó con paso ligero. Anne esperó a que estuviera fuera de oído antes de hablar.       —¿Desde cuándo “coincides” con chicos de Ashknown en la Biblioteca?       Izzy bebió un sorbo de su taza, evitando mirarla directamente.       —Desde hoy —respondió—. No es nada.       Anne ladeó la cabeza.       —No he dicho que lo fuera.       Izzy suspiró, dejando la taza sobre la mesa.       —De verdad, Anne. No pasa nada. Simplemente… tenemos el mismo horario libre. Eso es todo.       Anne la observó con atención, no convencida.       —Nunca dices “simplemente” cuando algo es simple.       Izzy abrió la boca para replicar, pero se detuvo. Se encogió de hombros.       —No estoy haciendo nada malo.       —No —admitió Anne—. Pero tampoco estás siendo del todo honesta.       Izzy bajó la mirada.       —No quiero pensar demasiado —dijo en voz baja—. Eso es todo.       Anne no respondió de inmediato. Volvió a abrir su libro, aunque tampoco retomó la lectura.       Desde su asiento, observó a Izzy con una preocupación suave, persistente. Porque sabía —aunque Izzy aún no quisiera admitirlo— que cuando alguien empezaba a llenar silencios con nuevas presencias, no era por casualidad. Era porque algo, en otro lugar, se había vuelto demasiado difícil de sostener. El invierno apenas empezaba.              Tom la estaba esperando apoyado contra una de las columnas del corredor este, con un libro cerrado bajo el brazo y una expresión paciente que no parecía forzada. Beatrice lo reconoció de inmediato al salir del aula de tutoría individual; la puerta aún se cerraba tras ella cuando él alzó la vista y sonrió.       —¿Libre? —preguntó.       —Por hoy, sí —respondió ella, acomodando la correa de la mochila sobre el hombro.       Empezaron a caminar sin prisa, siguiendo el pasillo largo que conectaba con la escalinata central. A esas horas, la Academia estaba en un punto intermedio entre el bullicio y el silencio: estudiantes cruzándose en pequeños grupos, voces apagadas, pasos resonando sobre la piedra.       —¿Cómo ha ido la tutoría? —preguntó Tom.       —Productiva —dijo Beatrice—. Avancé más de lo que esperaba.       —No me sorprende —comentó él con naturalidad—. Siempre has parecido más cómoda cuando trabajas sola.       Ella ladeó la cabeza, mirándolo de reojo.       —Eso suena a diagnóstico.       —Es observación —replicó Tom—. Prometo no cobrar por ella.       Beatrice sonrió, relajada. Con Tom, todo parecía moverse en un registro distinto. No había tensión que medir ni silencios que pesaran más de la cuenta.       —Oye —dijo él tras unos pasos—. ¿Puedo preguntarte algo sin que te molestes?       —Depende de la pregunta —respondió ella, divertida.       —¿Por qué no vuelves a los horarios de antes?       Beatrice no se detuvo. Siguió caminando, aunque su sonrisa se volvió más contenida.       —Porque no quiero —dijo con sencillez.       —Eso no responde del todo.       —Es la única respuesta que tengo —replicó ella, girándose hacia él con una media sonrisa—. Además, me gusta así.       Tom la observó unos segundos, como si calibrara cuánto insistir. Finalmente, suspiró.       —Está bien. No era un interrogatorio.       —Menos mal.       Caminaron un poco más en silencio, bajando un tramo de escaleras. Fue Tom quien habló de nuevo, esta vez con un tono distinto.       —El otro día… vinieron tus padres.       Beatrice se detuvo. No de golpe, pero sí lo suficiente para que Tom lo notara. Se giró hacia él, apoyando una mano en la barandilla.       —¿Qué? —preguntó, aunque en realidad ya lo sabía.       Tom dudó un instante.       —Los vimos —dijo al fin—. Izzy, Anne, Edmund y yo. No escuchamos nada concreto, pero… se notaba.       Beatrice bajó la mirada.       —¿Qué se notaba?       —Que no fue fácil —respondió él con cuidado—. Y que tú… —hizo un gesto vago—. Estabas sosteniendo algo pesado.       Ella asintió despacio.       —Siempre es así.       El silencio se instaló entre ellos, pero no era incómodo. Tom esperó.       —Estoy pensando en un traslado —dijo Beatrice finalmente.       Tom alzó las cejas, sorprendido, aunque no tanto como habría esperado.       —¿De verdad?       —Sí —confirmó ella—. Aún no hay nada decidido, pero… es una posibilidad real.       Tom la miró con atención.       —¿Ashbourne no te basta?       Beatrice negó con la cabeza.       —No es eso. Es… otra cosa.       Dudó apenas un segundo antes de añadir:       —No se lo digas a Edmund.       Tom sonrió, lento, con una chispa clara de curiosidad.       —¿Por qué te importa que se lo diga?       Beatrice abrió la boca para responder… y se detuvo. La pregunta la había tomado desprevenida. Apartó la mirada, fingiendo observar el pasillo que se abría ante ellos.       —No me importa —dijo—. Simplemente no es asunto suyo. Y le encanta controlar todo.       Tom no insistió de inmediato.       —Bea —dijo al cabo—. Sabes que no tienes que justificarte conmigo.       Ella apretó los labios.       —Edmund y yo no tenemos nada que ver —añadió, con un tono más firme—. No quiero que se mezcle nada.       Tom la observó con una expresión que no era juicio, sino comprensión.       —Está bien —dijo—. No se lo diré.       Beatrice alzó la vista, agradecida.       —Gracias.       —Aunque —añadió él—, si me permites decirlo… no creo que sea la opción correcta.       Ella no se ofendió.       —Lo sé.       —Pero también creo que tienes derecho a decidirlo tú —continuó—. Así que lo respetaré.       Beatrice sonrió, esta vez con sinceridad.       —Eso basta.       Se detuvieron frente a un cruce de pasillos. Tom señaló en una dirección.       —Tengo que ir por aquí.       —Yo también —respondió ella, señalando la opuesta.       Se despidieron con un gesto sencillo, sin dramatismos. Cuando Tom se alejó, Beatrice permaneció un momento inmóvil, respirando hondo. Si Tom lo sabía, entonces Izzy y Anne también. Y no quería que interpretaran su silencio como frialdad o huida. Se ajustó la mochila sobre el hombro y cambió de dirección. Iba a buscarlas. Porque, si habían visto algo de sus padres, lo justo era que ella les explicara qué era lo que realmente estaban mirando.              Beatrice las encontró en el pasillo que conducía a la sala común menor, ese espacio que solían usar los estudiantes cuando no querían el bullicio del salón principal. Anne caminaba a un lado de Izzy, escuchándola hablar de algo trivial, pero ambas se callaron al verla acercarse.       Durante un segundo, Beatrice dudó. No era habitual en ella interrumpir, ni exponerse sin una razón clara. Pero esa tarde sentía el peso de demasiadas cosas no dichas, y la idea de seguir acumulándolas le resultó insoportable.       —¿Tenéis un momento? —preguntó.       Izzy fue la primera en reaccionar. Sonrió, aunque había en su expresión un matiz cauteloso, como si temiera decir algo incorrecto. Todavía no se había atrevido a disculparse.       —Claro —respondió—. ¿Qué pasa?       —Pensaba… —Beatrice inspiró hondo—. ¿Os apetece un café? Tenéis un rato antes de la siguiente clase. ¿No?       Anne intercambió una mirada rápida con Izzy.       —Sí —dijo—. Me vendría bien.       Izzy asintió.       —A mí también.       Caminaron juntas hasta la sala común. El lugar estaba medio vacío, con un par de estudiantes concentrados en sus libros y el murmullo bajo de una conversación lejana. El olor a café caliente y pan tostado envolvía el espacio de forma reconfortante.       Beatrice pidió por las tres. Se sentaron junto a una mesa cerca de la ventana, desde donde se veía el jardín cubierto de nieve. Durante unos segundos, ninguna habló.       Fue Izzy quien rompió el silencio.       —Bea… —empezó, y se detuvo—. Quiero decirte algo antes de que sigamos.       Beatrice levantó la vista, atenta. Izzy apretó los dedos alrededor de la taza.       —Siento cómo reaccioné el otro día —dijo—. Cuando dijiste lo del traslado. Fui brusca. Y egoísta. No pensé en lo que podía haber detrás.       Anne asintió despacio.       —Yo tampoco —añadió—. Tendríamos que haberte preguntado primero.       Beatrice escuchó sin interrumpirlas. Cuando Izzy terminó, negó suavemente con la cabeza.       —No tenéis que disculparos —respondió—. Entiendo por qué os dolió. Yo… no supe explicarlo bien.       Izzy frunció el ceño.       —Aun así.       Beatrice apoyó las manos alrededor de su taza, buscando el calor.       —Sé que visteis a mis padres —dijo entonces, sin rodeos.       Las dos se quedaron quietas. Anne bajó la mirada. Izzy apretó los labios.       —Sí —admitió Izzy al cabo—. No queríamos… escuchar. Pero fue imposible no notar…       —La dureza —completó Beatrice.       No lo dijo con reproche. Lo dijo como quien nombra algo que existe desde siempre. Suspiró.       —Por eso quería hablar con vosotras.       Anne se inclinó ligeramente hacia delante.       —Te escuchamos.       Beatrice asintió. Durante un instante, pareció buscar las palabras exactas, como si ordenarlas fuera tan importante como decirlas.       —Vengo de una familia adinerada —empezó—. Una casa grande. Mansión, en realidad. Sirvientes. Lujos. Todo lo que se espera desde fuera.       Izzy no dijo nada. Anne tampoco.       —Mis padres querían un heredero —continuó Beatrice—. Un hijo. Alguien que llevara el apellido sin… complicaciones.       Hizo una pausa breve.       —Nací yo.       El silencio se volvió más denso.       —El parto fue complicado —dijo—. Mi madre casi muere. Después… no pudieron tener más hijos.       Anne inspiró con suavidad. Izzy cerró los ojos un segundo.       —Nunca me lo dijeron de forma directa —añadió Beatrice—. Nunca me culparon abiertamente. No hizo falta. Siempre estuvo ahí. En las miradas. En la forma en que se organizaba todo a mi alrededor.       Izzy tragó saliva.       —Eso es… —empezó, sin terminar la frase.       —Crecí sabiendo que no era lo que esperaban —prosiguió Beatrice—. Que debía compensarlo. Ser impecable. Útil. Correcta.       Bajó la mirada hacia el café, donde el vapor seguía elevándose lentamente.       —Me educaron para un buen matrimonio. Para moverme en sociedad. Para no cometer errores.       Anne negó despacio.       —Eso no es educación —dijo—. Es una jaula.       Beatrice esbozó una sonrisa leve.       —Aprendí pronto a no esperar afecto —dijo—. A no pedirlo.       Hubo un momento en que pareció a punto de decir algo más. Algo que se le quedó suspendido en la garganta. Pensó en Alistair. En la soledad. En las noches largas de estudio siendo apenas una niña. En cómo había aprendido a sobrevivir en silencio.       Pero negó internamente. No aún. No estaba preparada. Levantó la vista hacia ellas. Izzy la miraba con los ojos brillantes.       —Bea… —susurró—. Yo no tenía ni idea.       —No era algo que pensara contar —respondió ella con honestidad—. Pero… necesitaba que supierais que no estoy huyendo de vosotras. Ni de la Academia. Estoy intentando… elegir algo por mí, enfrentarme a algo que… me supera.       Izzy asintió varias veces.       —Lo entiendo —dijo—. De verdad.       Y entonces, como buscando un punto de conexión, añadió:       —Edmund… también lo pasó mal cuando ocurrió lo de sus padres.       Beatrice se quedó inmóvil.       —¿Sus padres? —repitió, con suavidad.       Izzy se dio cuenta de inmediato.       —Oh —murmuró—. Pensé que lo sabías.       —No —respondió Beatrice—. No lo sé.       Anne miró a Izzy, dudando.       —No tienes que contar nada —dijo Beatrice enseguida—. De verdad.       —Solo… quería decir que entiendo lo que es crecer sintiendo que tienes que ser fuerte todo el tiempo —añadió—. Que nadie te vea romperte.       Beatrice sostuvo su mirada.       —Gracias.       Anne intervino entonces.       —No tienes que demostrarles nada a tus padres —dijo con firmeza—. Ni ahora ni nunca.       Beatrice soltó una risa breve, casi triste.       —Eso lo sé aquí —dijo, tocándose la sien—. Pero cuesta convencer a esto —añadió, apoyando la mano sobre el pecho.       Izzy se inclinó hacia ella.       —Estás bien hecha Beatrice —dijo—. No por lo que haces. Sino por cómo sigues adelante.       Beatrice bajó la mirada.       —Siempre estudié en casa —añadió—. Nunca fui a una escuela antes. Mis padres no lo consideraban… adecuado.       —¿Entonces Ashbourne…? —preguntó Anne.       —Solo aceptaron porque tiene renombre —respondió Beatrice—. Y porque mis tutores insistieron. Les hablaron de prestigio. De contactos. De reputación. Pensaron que podía conseguir ese matrimonio esperado.       Izzy negó despacio.       —Estás aquí porque quieres, no por ellos.       Beatrice asintió.       —Por primera vez.       El silencio que siguió ya no era incómodo. Era compartido. Afuera, la nieve seguía cayendo. Anne fue la primera en sonreír.       —Me alegra que nos lo hayas contado.       Izzy alargó la mano por encima de la mesa y la apoyó sobre la de Beatrice.       —A mí también —dijo—. Y… siento haberte hecho sentir sola. Te apoyaremos en lo que decidas, aunque te echaremos de menos si decides el traslado.       Beatrice apretó sus dedos con suavidad.       —Gracias —respondió.       Y por primera vez en mucho tiempo, lo sintió como una verdad.              La biblioteca antigua estaba especialmente silenciosa esa tarde. Izzy llegó unos minutos antes de la hora que había mencionado en el comedor. No porque estuviera impaciente —se dijo—, sino porque no tenía nada mejor que hacer. Eligió una mesa cercana a una de las ventanas altas, desde donde se veía caer la nieve con lentitud, y dejó su mochila en la silla contigua. Sacó un cuaderno, lo abrió… y lo cerró casi de inmediato.       No estaba concentrada. Pensó, inevitablemente, en Beatrice. En la conversación. En la culpa que aún le pesaba desde su reacción desmedida. Y, sin quererlo, en Edmund. En cómo, durante semanas, había intentado convencerse de que lo suyo no era más que una especie de hábito mal colocado. Una insistencia. Un empeño personal que se había vuelto incómodo.       —Perdón —dijo una voz a su espalda—. ¿Este sitio está libre?       Izzy levantó la vista. Marcus estaba allí, con un libro bajo el brazo y una expresión que oscilaba entre la seguridad fingida y los nervios evidentes.       —Sí —respondió ella—. Claro.       Marcus se sentó frente a ella, no demasiado cerca. Abrió el libro con cuidado, como si temiera hacer ruido.       —Gracias por venir —añadió—. Pensé que quizá… bueno. Que no vendrías.       Izzy arqueó una ceja.       —Dijiste que ibas a estar aquí.       —Sí, pero… —sonrió de lado—. A veces la gente dice eso y luego no aparece.       —No suelo decir cosas que no cumplo —replicó ella, más seria de lo que pretendía.       Marcus asintió, como si registrara el dato con atención.       —Eso está bien.       Hubo un silencio breve, pero no incómodo. Marcus abrió su cuaderno y lo giró ligeramente para que Izzy pudiera ver las anotaciones.       —Estoy intentando entender esta variación del sigilo —explicó—. El profesor dice que es cuestión de intención, pero no termino de… —hizo un gesto vago—. De sentirla.       Izzy se inclinó hacia delante, interesada.       —Es normal —dijo—. No es una fórmula limpia. Depende mucho de cómo imagines el límite que quieres crear.       Marcus la observó mientras hablaba. No de una forma invasiva. Más bien atenta. Como si realmente le importara entender lo que ella decía.       —¿Así? —preguntó, señalando un símbolo mal trazado.       Izzy tomó la pluma sin pedir permiso y corrigió el trazo con rapidez.       —Aquí estás cerrando demasiado —explicó—. El sigilo no tiene que ser una barrera rígida. Es más… una sugerencia.       Marcus la miró con una sonrisa sincera.       —Eso no lo explicó nadie así.       —Porque no lo es —respondió ella—. Es como yo lo entiendo.       —Entonces confío en tu forma —dijo él sin dudar.       Izzy se detuvo un segundo, sorprendida. No por la frase en sí, sino por la naturalidad con la que había sido dicha. Sin expectativa. Sin presión.       Siguieron estudiando un rato. Marcus hacía preguntas concretas. Escuchaba. Tomaba nota. Cuando Izzy se detenía a pensar, él esperaba sin interrumpirla. En un momento dado, se levantó.       —Voy a por té —anunció—. La bibliotecaria suele dejar una jarra al fondo. ¿Quieres?       Izzy parpadeó.       —¿Vas a… traerme té?       —Si quieres —respondió él, encogiéndose de hombros—. No es ninguna molestia.       —Sí —admitió—. Gracias.       Marcus volvió minutos después con dos tazas humeantes. Dejó una frente a ella, cuidando de no mojar los papeles.       —Sin azúcar —dijo—. Dijiste antes que no te gustaban las cosas demasiado dulces.       Izzy lo miró.       —¿Eso dije?       —En la práctica —respondió—. Cuando alguien ofreció pasteles.       Ella sintió algo pequeño, inesperado, asentarse en su pecho.       —Lo recuerdas todo —comentó, medio en broma.       —Intento —respondió él—. Me parece importante.       Izzy bajó la mirada hacia la taza. Sonrió sin darse cuenta. Y entonces, sin buscarlo, pensó en Edmund. Cuántas veces había confundido su silencio con profundidad. Su distancia con interés. En cómo siempre había tenido que leer entre líneas, justificar gestos, interpretar miradas. En lo agotador que había sido intentar entender qué lugar ocupaba —si es que ocupaba alguno— en la atención de alguien que parecía siempre a medio paso de retirarse. Comprendió que había sido su empeño y que Edmund solo había accedido para no hacerle daño.       Marcus, en cambio, no retiraba nada. Todo lo que hacía estaba ahí. Visible. Sencillo. No perfecto. Pero claro.       —¿Estás bien? —preguntó él, notando su silencio.       Izzy levantó la vista.       —Sí —respondió—. Solo estaba pensando.       —¿En algo complicado?       Ella dudó.       —En algo que creía que era importante —admitió—. Y que quizá solo era… insistencia.       Marcus no preguntó más. Asintió con suavidad.       —A veces cuesta soltar esas cosas —dijo—. Incluso cuando no nos hacen bien.       Izzy lo observó unos segundos.       —Hablas como si supieras de qué hablo.       Marcus sonrió, un poco torcido.       —Digamos que he insistido en personas que no sabían verme.       El silencio que siguió no fue incómodo. Fue compartido. Izzy apoyó la espalda en la silla, exhalando despacio.       —Gracias —dijo al fin.       —¿Por el té?       —Por no hacer preguntas innecesarias.       Marcus alzó su taza.       —Cuando quieras.       Mientras retomaban el estudio, Izzy sintió algo aflojarse dentro. No era entusiasmo desbordado. No era una certeza. Era algo más discreto: la comprensión de que quizá había estado luchando por encajar en un espacio que nunca fue suyo.       Y que, a veces, darse cuenta de eso no dolía tanto como había temido. Desde la otra punta de la biblioteca, Anne los observó durante unos segundos antes de volver a su libro. No sonrió. Pero tampoco frunció el ceño.       Porque había algo distinto en Izzy. Más ligera. Y eso, pensó, sólo podía ser una buena señal.              Unos días después, la noche había caído sobre Ashbourne con una calma engañosa. El frío se filtraba por los pasillos de piedra, y las antorchas mágicas proyectaban sombras alargadas que parecían moverse con vida propia. En la torre de Ravenhurst, el ambiente era más silencioso de lo habitual.       Tom y Edmund caminaban lado a lado por el corredor principal, regresando de la biblioteca. No hablaban de nada importante. De hecho, hablaban precisamente para evitarlo.       —Si el profesor Valenwood sigue alargando las prácticas —comentó Tom—, acabaremos durmiendo en el aula de encantamientos.       Edmund soltó una exhalación breve, casi una risa.       —Le gusta vernos cansados. Dice que es cuando cometemos errores sinceros.       —O cuando los ocultamos peor —replicó Tom.       Doblaron una esquina. El murmullo distante de otras voces se apagó. Durante unos segundos, solo se oyeron sus pasos.       Tom dudó de quedarse en silencio. Ese fue, precisamente, el error. Edmund sin alterar la voz inició una conversación       —Por cierto —dijo, como quien añade un detalle sin importancia—… ¿qué quiso decir Izzy con eso de que Beatrice estaba eligiendo?       Tom no respondió de inmediato. Siguió caminando unos pasos más.       —Algo sobre elegir sus estudios—preguntó, sin volverse       —¿Elegir qué? —preguntó Edmund deteniéndose.       Tom sintió el cambio en el aire.       —Nada —dijo rápido—. Solo… una forma de hablar.       Edmund se giró entonces. Lo miró con atención, demasiado atento para ser casual.       —Izzy no habla al aire y tú pareces comprenderlo muy bien—replicó       Tom apretó los labios.       —Edmund       —¿Elegir irse? —dijo él, con calma peligrosa—. Porque eso es lo único que encaja.       Tom cerró los ojos un segundo. Recordó la petición de Beatrice. No se lo digas. Pero Edmund no apartaba la mirada.       —¿Se va? —preguntó—. ¿O está pensando hacerlo?       —No es oficial —cedió Tom al fin—. Es solo una posibilidad.       Edmund no reaccionó de inmediato. Solo asintió una vez, como si archivara la información en algún lugar que no pensaba abrir todavía.       —¿A dónde? —preguntó.       —Aetherfall —respondió Tom—. Encantamientos avanzados. Tiene… mucho renombre.       El silencio que siguió fue áspero.       —¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó Edmund.       —Desde hace unos días. Hablé con ella. La visita de sus padres…por eso vinieron.       Edmund pasó la lengua por el interior de la mejilla. Un gesto mínimo. Controlado.       —¿Ella lo decidió sola? ¿O tiene algún motivo de peso?       Tom sostuvo su mirada.       —Eso no nos corresponde juzgarlo.       —No he preguntado si es correcto —replicó Edmund—. He preguntado si fue sola.       Tom dudó.       —Sí.       Edmund dejó escapar una risa breve, sin humor.       —Claro. No le gusta perder el control.       Reanudó la marcha. Esta vez más rápido.       —Edmund —dijo Tom, alcanzándolo—. Espera.       Edmund se detuvo de nuevo, esta vez de forma brusca.       —¿Te pidió que no lo dijeras?       —No…del todo —respondió Tom enseguida—. Aunque intuyo que Izzy y Anne lo saben.       Edmund asintió despacio.       —Entonces soy el único al margen.       —No estás al margen —corrigió Tom—. Simplemente… no te lo debía a ti.       Edmund lo miró con incredulidad.       —¿Qué quieres decir?       —Edmund —dijo Tom con firmeza—. Beatrice puede decidir.       Eso fue lo que lo descolocó. No gritó. No alzó la voz. Pero algo oscuro cruzó su mirada.       —Por supuesto que puede —dijo—. Siempre ha sabido retirarse a tiempo.       —No sabes por qué aunque lo intuyes —insistió Tom.       Edmund se pasó una mano por el cabello, frustrado.       —Y no parece dispuesta a explicarlo.       Tom guardó silencio un segundo.       —Tal vez porque tú tampoco estás siendo fácil. Por mi parte, no sé qué tipo de relación tenéis.       Edmund lo miró, herido, pero no respondió.       —No esperabas que se quedara al margen y mucho menos que decidiera desaparecer —dijo Tom finalmente, con suavidad.       Edmund bajó la mirada.       —No —admitió—. No lo esperaba.       Tom suspiró.       —Izzy está de por medio. Y Beatrice… —dudó—. Beatrice es más rigurosa de lo que parece. Si siente que algo la expone, se retira antes de cruzar una línea.       Edmund no dijo nada. Pero el daño ya estaba hecho. Ahora lo que se jugaba era si decirle o no… que deseaba que se quedara.              Beatrice cerró la puerta de su habitación con cuidado, como si el simple gesto pudiera hacer ruido. Todo en ella estaba en orden. Excepto lo que no le pertenecía. El abrigo de Edmund descansaba sobre la silla, doblado con descuido. Oscuro. Pesado. Demasiado presente. Beatrice lo miró durante largos segundos.       —Tengo que devolvértelo —murmuró para sí.       Se acercó. Pasó los dedos por la tela gruesa. Aún conservaba su olor. No era un perfume. Era algo más sobrio. Más él. No quería que nadie lo viera. No quería dar explicaciones. Lo mejor sería dejarlo y marcharse. Ahora.       Tomó el abrigo con cuidado y salió al pasillo. Caminó pegada a las paredes, atenta a cualquier ruido. Bajó las escaleras. Cruzó el ala oeste. El frío nocturno se filtraba incluso dentro de la Academia. Llegó a la torre de los chicos.       Dudó. Nunca había estado allí. Tragó saliva y avanzó. Buscó la placa discreta junto a una puerta: Edmund Hawthorne.       Llamó.       Nada.       Esperó. Miró su reloj.       Llamó de nuevo.       Silencio.       —Estará en la sala común o en la biblioteca —susurró.       Se giró para irse. Pero el abrigo pesaba. Y no quería cargar con él de vuelta. Apretó los labios. Tomó el pomo. Giró. La puerta se abrió sin resistencia.       —Solo dejarlo —se dijo—. Nada más.       Entró, dejando la puerta entornada. La habitación era sobria. Ordenada. La cama perfectamente hecha. El escritorio limpio. Libros un poco desordenados por su uso constante.       Avanzó hasta la silla y dejó el abrigo con cuidado. Se giró para salir. Y entonces lo vio. En la estantería, entre tratados antiguos, había un estuche de disco. Beatrice se detuvo.       —¿Beethoven…? —susurró.       Lo tomó con delicadeza. “Moonlight Sonata”. Su favorita. La había escuchado hasta memorizar cada pausa, cada crescendo. No pudo evitar sonreír, sorprendida.       —No te habría imaginado escuchando esto.       Dejó el disco en su sitio. Entonces vio las fotografías. Edmund de niño. Sonriendo. Un niño distinto. Abierto. Luminoso. Otra foto. Edmund con sus padres. Y una más. Edmund con un niño más pequeño. Un hermano.       El corazón de Beatrice se contrajo. Recordó las palabras de Izzy: “Lo de sus padres.” Tomó el portarretratos con cuidado. Edmund sonreía en esa imagen. De verdad. Nunca lo había visto así.       —Así que aquí estás —susurró.       Pasó el pulgar por el borde del marco.       —Te escondes mejor de lo que crees.       —¿Te gusta?       La voz la atravesó. Beatrice se giró de golpe. Edmund estaba en la puerta. La miraba sin moverse. El silencio cayó como un golpe seco. Ella abrió la boca. La cerró.       —Yo… vine a devolverte el abrigo —dijo al fin.       Edmund miró la silla. Luego la foto en sus manos.       —Ya veo.       Beatrice bajó el marco lentamente.       —No pretendía mirar.       —Claro que no —respondió él.       No había ironía. Había algo más peligroso.       —Lo siento —añadió ella—. Ya me iba.       Edmund no se apartó de la puerta. No fue un gesto teatral. Simplemente permaneció allí, ocupando el espacio justo para que Beatrice entendiera que salir no iba a ser tan sencillo como había imaginado.       —¿Es verdad? —preguntó.       —¿El qué?       —Que estás pensando en un traslado.       La pregunta no llevaba reproche. Tampoco curiosidad ligera. Era directa. Demasiado. Beatrice apretó los dedos.       —Sí —respondió al fin.       Edmund sostuvo su mirada, como si estuviera calibrando algo que no quería reconocer.       —Entonces… ¿por eso vinieron tus padres?       Ella asintió, una vez. Breve.       El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso. Como si la habitación, tan ordenada y sobria, se hubiera encogido apenas unos centímetros. Edmund cerró la puerta. El sonido fue suave, pero definitivo.       —Hablemos bajo —dijo—. Si no, alguien va a escuchar.       Beatrice tragó saliva. No discutió. No preguntó por qué seguía allí. A esas alturas, ya no tenía sentido fingir que había venido solo a devolver un abrigo. Edmund se giró y señaló la cama con un gesto contenido, casi educado.       —Siéntate.       Ella dudó un segundo. Luego se sentó en el borde de la cama, manteniendo la espalda recta, como si todavía estuviera preparada para levantarse en cualquier momento.       —¿Qué te llamó la atención? —preguntó, señalando con la cabeza hacia la estantería.       Beatrice levantó la vista, sorprendida.       —¿De todo lo que tienes ahí? —respondió—. ¿O de lo que no esperabas que yo viera?       Edmund ladeó ligeramente la cabeza.       —Empieza por lo primero.       Ella dudó un instante. Luego habló con honestidad.       —¿Beethoven?       Edmund parpadeó. No esperaba eso.       —¿Eso te llamó la atención?       —Sí —respondió ella—. No te habría imaginado escuchando la Sonata Claro de Luna.       Él se giró hacia la estantería, avanzó unos pasos y tomó el estuche del disco. Lo sostuvo entre los dedos como si fuera algo delicado, no un objeto cualquiera.       —A mi madre le gustaba mucho —dijo—. Siempre la ponía cuando necesitaba pensar.       Miró a Beatrice.       —¿Te gusta?       Ella asintió.       —Mucho.       Hubo algo distinto en su voz al decirlo. Menos control. Menos defensa. Edmund dejó el disco en su sitio y, esta vez, tomó el portarretrato. Se sentó a su lado. No demasiado cerca. Pero tampoco lejos.       —Son mis padres —dijo, señalando—. Y mi hermano.       Beatrice lo miró con atención. No preguntó. No interrumpió.       —Murieron hace tres años —continuó—. Yo tenía quince.       Ella alzó la vista hacia él, sorprendida. No por la tragedia en sí, sino por la calma con la que la nombraba.       —Un accidente de coche —añadió—. Volvían a casa después de ir al teatro. Habían ido a escuchar… —sonrió apenas—. Beethoven.       Cerró los ojos un segundo.       —Yo no fui. Me quedé en casa. Estaba enfermo.       Beatrice sintió un nudo apretarse en su pecho.       —Lo siento…¿Cómo eran? —dijo, en voz baja.       Edmund no respondió de inmediato.       —¿De verdad quieres saber cómo eran? —preguntó entonces, mirándola—. Porque si no… no hace falta que siga.       La pregunta la tomó por sorpresa. Beatrice se incorporó ligeramente, con un destello de orgullo.       —No te estaba preguntando por cortesía—dijo—. Solo… me interesaba.       Se puso de pie.       —Por ti.       Edmund la observó. Durante un instante pareció arrepentirse de haber dudado.       —Perdón —dijo—. No suelo hablar de esto.       Ella no respondió. Volvió a sentarse despacio.       —Cuéntame —dijo simplemente.       Edmund respiró hondo.       —Mi padre era… tranquilo —empezó—. Muy metódico. Siempre decía que el control no era rigidez, sino previsión. Creo que lo entendí demasiado tarde.       Bajó la mirada al marco.       —Mi madre era todo lo contrario. Brillante. Impulsiva. Cantaba mientras caminaba por casa. Y mi hermano… —sonrió de verdad esta vez—. Mi hermano era… mi hermano. Cinco años menos. Me seguía a todas partes.       Beatrice lo escuchaba sin interrumpir. Sin juzgar. Sin intentar consolarlo.       —Los echo de menos —dijo él al final, casi como una confesión que se le escapaba—. Mucho.       —¿Qué hiciste después? —preguntó, con cuidado.       Edmund se levantó y se acercó a la estantería, permaneció unos segundos de espaldas a ella, con la fotografía aún entre las manos. No parecía estar observando el marco, sino algo más lejano, como si el pasado siguiera teniendo un peso físico en la habitación.       —Me quedé con un apellido —dijo al fin—. Con una herencia. Y con demasiada gente diciéndome qué debía hacer, cómo debía comportarme, qué imagen tenía que sostener.       Dejó el portarretratos en su lugar con cuidado, alineándolo con el borde de la estantería. El gesto fue preciso. Demasiado.       —Así que aprendí —continuó—. A controlarlo todo. A no necesitar a nadie. A no permitir que nada saliera de lo previsto.       Se giró hacia ella.       —Y funcionó.       Beatrice alzó la vista.       —Durante años —añadió él, con voz más baja—. Funcionó muy bien.       Dio un paso en su dirección. No invadió su espacio, pero lo acortó lo suficiente como para que ella sintiera el cambio.       —Hasta que te conocí.       El silencio que siguió no fue brusco. Fue denso. Cargado. Edmund la observó con atención, como si esa pregunta llevara tiempo formándose y solo ahora hubiera encontrado el valor de decirla.       —¿Qué tienes tú —preguntó— que me descoloca tanto?       Beatrice sintió que el aire le pesaba en el pecho. Bajó la mirada un instante, como si necesitara ordenar pensamientos que no estaban hechos para decirse en voz alta.       —No lo sé —admitió—. No hago nada distinto a lo que siempre he hecho.       —Eso no es cierto —replicó él, sin dureza—. Haces algo que no hace casi nadie.       Ella lo miró.       —¿Qué?       —No intentas cambiarme —dijo—. No me pides nada. Y aun así… —dudó—. Ves demasiado. Y me expones demasiado.       Beatrice tragó saliva.       —Tal vez porque estoy acostumbrada a que me miren como si todo fuera una evaluación —respondió—. A vivir bajo expectativas que no he elegido.       Edmund frunció ligeramente el ceño.       —¿Tus padres?       Ella asintió despacio.       —Son duros conmigo —dijo—. Siempre lo han sido. Y sé que los viste. Sé que fue evidente.       Inspiró con cuidado antes de continuar.       —No intento justificarlos. Solo… es lo que conozco. Control, corrección, distancia.       Alzó la vista hacia él.       —Por eso me sorprendió tanto verte con tu familia en esas fotos. Porque… —dudó—. No es justo que yo tenga padres que están, pero no están… y tú los hayas perdido.       Edmund la observó en silencio. Luego sonrió apenas, sin amargura.       —No es una balanza —dijo—. Y no te equivoques: haberlos tenido hizo que perderlos doliera más. Pero también me enseñó algo.       Beatrice cerró los ojos un segundo.       —Cuando te vi con ellos… supe que no estabas bien. Por eso estaba atento. Por eso te encontré en la nieve.       Señaló el abrigo sobre la silla. Beatrice le miró a los ojos.       —No quería que nadie me viera así —susurró.       —Me alegro de haberlo hecho—respondió él.       El silencio volvió a envolverlos, distinto ahora. Más cercano. Edmund dio un paso más hacia ella, lo suficiente para que Beatrice notara su presencia con claridad.       —No te vayas —dijo—. No todavía.       No fue una orden. Fue una súplica contenida. Beatrice sostuvo su mirada unos segundos más de lo prudente. Luego respiró hondo, como si necesitara anclarse antes de responder.       —No puedo hacer nada todavía —dijo con honestidad—. No depende de mí.       Edmund no apartó los ojos de ella.       —¿Tus padres?       Ella asintió.       —Sí. Yo… he pedido que lo consideren. Nada más. No hay una decisión tomada.       La tensión en los hombros de Edmund cedió apenas, casi imperceptible, pero Beatrice lo notó. Exhaló despacio, como si por primera vez desde hacía horas el aire encontrara espacio para entrar en los pulmones.       —Bien —murmuró—. Eso es… bien.       Se pasó una mano por el cabello, recuperando poco a poco esa compostura que siempre parecía tener a mano, como una armadura cuidadosamente colocada.       —Entonces no te irás mañana —añadió, intentando sonar ligero.       —No —respondió ella—. No mañana.       El silencio que siguió ya no era incómodo. Era frágil. Como algo que podía romperse si alguno se movía demasiado rápido.       Edmund dio un paso atrás, dándole espacio. Luego extendió la mano hacia ella, con un gesto deliberado, claro.       —Dame tiempo —dijo—. Para hacerlo mejor. Para… no estropearlo todo con mi forma de ser.       Su mano quedó suspendida entre ambos.       —Amigos —añadió, con una media sonrisa que no alcanzó del todo a sus ojos—. De momento.       Beatrice bajó la mirada hacia esa mano abierta. El gesto era sencillo, casi formal, pero le pesó más de lo que esperaba.       Pensó en Izzy. En su risa fácil. En la forma en que siempre había intentado suavizar las aristas de Edmund. En la lealtad con la que había defendido su relación incluso cuando dudaba. Pensó en las grietas silenciosas que empezaban a abrirse.       Alzó la vista de nuevo. Edmund la observaba con atención contenida, sin exigir nada, sin presionarla. Esperando.       Beatrice sintió una punzada de culpa. No porque hiciera algo mal, sino porque sabía que cada paso que daba hacia Edmund tenía consecuencias que no podía controlar.       Aun así, levantó la mano. No la apoyó de inmediato en la suya. Dudó un segundo más. Luego entrelazó sus dedos con los de él, con un contacto breve, firme.       —Amigos —repitió.       El contacto fue corto. Suficiente para sellar la tregua. Insuficiente para borrar todo lo demás. Edmund cerró los dedos un instante, como si quisiera memorizar la sensación, y luego soltó su mano sin retenerla.       —Gracias —dijo.       Beatrice asintió.       —Debería irme —añadió—. Ya es tarde.       Edmund se apartó, despejando el camino hacia la puerta.       —Lo sé.       La acompañó hasta la salida. Beatrice se detuvo con la mano en el pomo.       —Edmund.       Él levantó la vista.       —No prometo quedarme —dijo ella con calma—. Pero prometo no huir.       Una sombra de algo parecido al alivio cruzó su rostro.       —Es suficiente —respondió.       Beatrice abrió la puerta y salió al pasillo. El aire frío le devolvió cierta claridad. No miró atrás, pero supo —con una certeza incómoda— que Edmund no se movió hasta que sus pasos se perdieron escaleras abajo.       Y mientras caminaba de vuelta a su torre, con el peso de Izzy aún presente en el pecho, Beatrice comprendió que las treguas, a veces, eran más peligrosas que las batallas abiertas. Porque exigían una cosa que nunca había sido fácil para ella: Quedarse.
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