ID de la obra: 1492

THE FAVOURITE

Slash
NC-21
En progreso
2
Fandom:
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planificada Maxi, escritos 59 páginas, 17.720 palabras, 8 capítulos
Descripción:
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Capítulo 6

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TW ESTE CAPÍTULO TIENE CONTENIDO ADULTO. A la mañana siguiente los quejidos imposibilitaron que el personal del príncipe pudieran acceder a sus aposentos. Las almohadas estaban regadas por todo el suelo, y el viento movía con gracia las cortinas que adornaban el balcón de la habitación. En la cama se encontraban los amantes. Sergio tenía la boca entre abierta mientras sus gemidos solo alimentaban el deseo del príncipe. Se encontraba acostado de lado abrazando una almohada mientras el rubio empujaba sus caderas contra las suyas. Esa mañana había despertado por los besos de Max, quién pronto volvió a deleitarse con el cuerpo de su doncel. —P-pr-principe Max... —Balbucea el pecoso —Ensucie sus sábanas... El rubio baja la mirada para después sonreír al ver de qué se trataba. El doncel se había corrido una vez más para él, haciéndole saber que lo estaba haciendo bien. —No tienes porque preocuparte por nada —Murmura para después darle un beso el cuello. Max continúa follando al joven, dando diversas embestidas que lo hacen temblar y pronto le da un pequeño golpe en sus nalgas, arrancando un quejido del pecoso. La primera vez que lo hicieron había sido más paciente, delicado y cuidadoso. Pero ahora parecía más entregado al placer que a ser cuidadoso con el joven. Aunque también parecía estar encaprichado con él. Martín y todo el séquito que le llevaba el desayuno se encontraban esperando a las afueras de los aposentos. Jamás había pasado algo así. Era común que el príncipe llegará a yacer con alguna de sus concubinas, pero siempre las hacía marcharse la misma noche. Y esta vez fue diferente, no solo no lo hizo marcharse, sino que además todavía lo tenía en sus brazos. Ninguna concubina había tenido tal favoritismo. Mientras que Checo seguía en la cama del príncipe, siendo tomado por este por segunda vez. —Eres mío —Murmuro el rubio a su oído cuando finalmente alcanzó el clímax y descargo su semilla dentro suyo. Max se acuesta a un lado del pecoso, viendo lo colorado que le ha dejado el trasero. Lo acaricia con cuidado, notando que se había dejado llevar su lujuria y pronto le da un beso en la mejilla. —Por favor, dime que no te he lastimado —Busca la mirada del doncel, quién todavía se está recuperando de lo ocurrido —Sergio, di algo. El pecoso parpadea un par de veces antes de decir palabra. —¿P-por qué te saliste? —Su pregunta lo confunde —Se siente bien cuando estás adentro. Max suelta una pequeña risa ante esto y abraza al joven que se refugia en sus brazos. Siente sus dedos jugando en su pecho, y lo observa delineando su marca de nacimiento. La marca del Sol en su pecho había llamado completamente la atención del doncel, quién no le quitaba la vista de encima. Max estaba acostumbrado a esto, siempre sorprendía a las concubinas mirando esa parte de su cuerpo debido a lo llamativo que era. —¿Tienes hambre? —Pregunta y el pecoso asiente —¡Adelante! El repentino grito del príncipe lo desconcertó, y pronto el rubio lo cubrió con las finas sedas para cuidar su intimidad. Los sirvientes entran cargando varios platillos y colocándolos en una pequeña mesa que se encontraba en los aposentos del príncipe. Mantienen la mirada gacha, de la misma manera en que le habían ordenado a Sergio hacerlo la noche anterior. Colocan todos los platillos en su lugar y se retiran haciendo una reverencia sin siquiera levantar la mirada. Nadie tenía permitido ver el príncipe a los ojos sin el consentimiento de este. El pecoso se sintió un poco incómodo al ver a los sirvientes ahí, pues no se encontraba vestido apropiadamente. Pero ninguno de ellos lo miró, así que eso lo relajo un poco. Cuando las puertas se cierran, Max se levanta de la cama y se pone su bata para cubrir un poco su cuerpo. Pronto le entrega una a Checo, quien se la pone sin rechistar. Se sientan para comer, pero el pecoso parece un poco apenado al respecto. Nunca había visto tanta comida junta en mucho tiempo. No era como si con la familia Kobayashi lo mantuvieron con hambre, pero jamás había sido alimentado de esa manera. Siempre le daban un plato de sopa, a veces variaba y a veces no. Una hogaza de pan y un poco de agua. La comida era otra manera de hacerle saber a alguien su posición dentro de la familia y fuera de esta. Cuando se volvió un esclavo de intercambio, llevándolo de aquí para allá, su alimento se volvió más limitado. Pan duro, agua de dudosa procedencia y a veces caldo que ni siquiera tenían sabor. Había perdido mucho peso debido a esto, y si bien en el Palacio lo alimentaban bien, claramente no era de la misma manera en la que estaba haciéndolo ahorita. —Prueba esto —Dice el príncipe tomando un pedazo de queso suave y dándoselo en la boca —Es de mis favoritos. La cremosidad del queso con un toque frutal lleno de sabor es el paladar del joven. La mesa no solamente tenía quesos y frutas, sino también postres de membrillo o codornices deliciosamente preparadas. Era todo un festín. Y por más que quisiera comerlo todo, se recordaba a sí mismo que era un sirviente que no tenía derecho a hacerlo. —¿Que pasa? Hace un momento me decías que tenías hambre, pero no te veo comiendo algo —Señala el príncipe —Vamos, Sergio, debes comer. Si no te gusta, pídeme lo que quieras y haré que te lo traigan. A su mente viendo el recuerdo de un delicioso dulce que le había dado probar el señor Kamui en alguna ocasión. Eran pequeños, cuadrados y de colores, con un polvo blanco dulce que realzaba el sabor del dulce postre. Y aunque le hubiera encantado pedirlo, no puedo evitar pensar que sería una lástima desperdiciar tanta comida. Y es que los platillos no eran un problema, él tenía miedo de ser regañado por tomar algo que no era suyo. Keiichi Kobayashi, hijo mayor y heredero del señor Kamui Kobayashi, siempre había mostrado cierto desprecio hacia el doncel. En una ocasión le dio un dulce, un suave caramelo que siempre había deseado por partes, cuando fue llevado a vivir con la familia Kobayashi. Sergio, en su inocencia e ingenuidad, toma este dulce y lo come. Para que momentos después Keiichi lo acuse de haberlo robado. Pero no esta ocasión no era igual. El príncipe lo estaba invitando a comer junto a él, así que nadie podía acusarlo de estar robando. Aunque todavía no perdonaba que le haya mentido con el asunto de Franz, cree en sus palabras cuando le dice que no tiene nada de qué preocuparse. —No hace falta — Dice el pecoso tomando una uva y llevándosela a la boca. Max estaba comiendo un higo y lo observa mientras comienza a comer. Le parecía tan lindo su actuar. Pronto se acerca a él y toma de la barbilla para hacer que lo mire de frente, finalmente juntando sus labios con los suyos en un dulce beso. Sergio puede sentir como el sabor del higo invade su boca, y como las fuertes manos del príncipe se posan en su cintura. —Sergio, ¿Ves que todo lo que se decía de mí no eran más que sucias mentiras? —Murmura en sus labios —Me encantas demasiado. Vuelve a besarlo, pero esta vez con más intensidad. No había manera de negar lo encaprichado que estaba del doncel. Después de comer, el rubio le muestra la maravillosa vista que tiene desde su balcón y el pecoso corre hacia este, deteniéndose en seco al notar la altura. Todos los balcones daban una maravillosa vista del lugar, pero también estaban estratégicamente posicionados para que nadie pudiera bajar o subir a través de estos. —Es muy alto —Dice el pelinegro retrocediendo unos pasos. —Tan alto como el otro balcón, dónde buscabas saltar —Le recuerda y el pecoso desvía la mirada ante esto —¿Aún quieres irte? La pregunta era un poco absurda. Sergio sabía bien que si daba una respuesta afirmativa, el príncipe no lo dejaría ir de todas maneras. Y podía terminar dañando lo que habían construido esa noche. Además, no tenía algún lugar donde ir. Hasta donde su memoria le decía, él no tenía ningún lugar en el mundo. Así que no tenía más opción que permaneciera a su lado. Y no era una idea que le disgustara. —No, quiero estar contigo —Le dice y pronto el príncipe toma su mano, acercándose a él para abrazarlo. Lo lleva hasta el barandal del balcón, tomando lo de la cintura para hacerle saber que está seguro a su lado. Sergio reposa su cabeza en el pecho del príncipe, dejándose cautivar por la hermosa vista y escuchando su acelerado corazón. Max está embelesado, tan orgullosa y feliz de que entonces ya no piense en escapar. —Alteza, me ha llamado —Dice Martin entrando en los aposentos. —Espera aquí por un momento, volveré pronto —Afirma mientras les hacía el abrazo para después caminar de regreso a la habitación. Sergio asiente y regresa su mirada a la majestuosa vista, poniendo ambas manos en el barandal y cerrando los ojos cuando una sobre brisa despeina sus oscuros rizos. —Así es Martín, te he llamado —Comienza el rubio —Quiero que le des una de las habitaciones más grandes, completamente privada para él. Martín se confunde al principio, creía que Sergio tal vez solo sería algo de un momento y después regresado al mercado esclavo. Pero ya sospechaba que eso podría no hacerse realidad. Principalmente por lo que pasó esa mañana. —¿Unos aposentos para el joven doncel? —Pregunta como si quisiera reafirmar la orden. —Así es, también quiero que pongas a su servicio a dos sirvientas para que siempre lo acompañen —Ordena el príncipe mientras Martin asiente —Y también quiero darle varios obsequios. Martin escucha con atención cada cosa que le pide el príncipe para el joven, notando cómo le aprecio que este le tiene es mucho más grande de lo que creía. Nunca antes se había interesado tanto en complacer a una concubina, o en este caso, un concubino. El chambelán de los aposentos privados del príncipe observa como este último se reúne de nuevo con el doncel en el balcón, abrazándolo por la espalda. Se retira de los aposentos y pronto llama a Alice Kalfa para que se haga cargo de todo lo que pidió el príncipe. Y las cosas se vuelven un poco más extrañas cuando este último pasa todo el día en sus aposentos junto a su concubino. Entre charlas, risas y besos, Max estaba completamente entregado a él. Y cuando la luna estaba en lo más alto del cielo, se repitió lo ocurrido la noche anterior. Siendo Sergio el concubino que mayor tiempo había pasado en los aposentos privados del príncipe, yaciendo con él en más de una ocasión. Finalmente, cuando el sol volvió a salir y los pájaros cantaban por la mañana, Max se despidió del joven, pues no podía seguir retrasando sus deberes un día más. Sergio salió de los aposentos del príncipe y siguió a Alice por el camino dorado, pero se dio cuenta de que habían desviado el camino. —¿A dónde vamos? —Pregunta el pecoso posicionándose a su lado. Nota cómo se dirigen de nuevo cerca del harem. Suben unas escaleras que los dejan frente a un largo pasillo donde una puerta es la principal protagonista. Caminan hacia esta y se detienen en seco cuando llegan al lugar. La pelirroja saca una llave y abre la puerta, mostrando unos aposentos cuidadosamente arreglados. —Estos serán tus nuevos aposentos, un regalo de nuestro amado príncipe —Afirma Alice entrando a la habitación y el pelinegro la sigue con cierta emoción. Era un espacio bastante amplio. Tenía una espaciosa cama, algunos muebles y una chimenea. Pero lo más importante, un pequeño balcón por el cual podía no solamente ver el mar, sino también el balcón del príncipe. —¿Es para mí? —Pregunta todavía sin poder creerlo. Jamás había tenido una habitación tan grande. Pronto un par de sirvientes entraron cargando algunos cofres pesados y bajo la señal de la pelirroja, los dejan en el suelo y los abren frente a ellos. Uno estaba repleto de joyas. Tanto adornos para el cabello, como pulseras y collares. Además de bastantes monedas de oro. Y el otro tenía sedas preciosas, junto a varios conjuntos que podía vestir para adornar su cuerpo. —Más obsequios de nuestro amado príncipe —Le dice Alice con una sonrisa que contagia al mas joven, haz una señal para que los sirvientes se retiren y toma de la barbilla al pecoso para hacer que la vea —Esta es la vida que puedes tener en el harem si eres listo. No pierdas la cabeza por más brilloso que sea el oro, a partir de hoy eres la persona más envidiada en este lugar. No confíes en nadie. Sergio siente ante esto. Max ya le había advertido que la vida en el palacio podía llegar a ser complicada, que no debía confiar en cualquier persona. Pero él confiaba en el príncipe. Creía en su amor y que le daría una buena vida, qué le daría lo mejor. Pero todos sabían que en el harem la muerte se pasea por los pasillos.  Nota: buen día, no olviden entrar a mi canal de difusión jeje byee
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