Capítulo 7
22 de diciembre de 2025, 18:53
No había nada que escapara de la harem imperial.
Todas las noticias siempre se disparaban entre las concubinas y se esparcía como el agua entre las manos.
Una simple nota pareció desatar el infierno en el Palacio del sultán Jos.
“¿Será cierto?” murmuraba una de las concubinas.
“Dicen que es su amante, su favorito” Respondió otra en el mismo tono.
Dicha no te había pasado por las manos de todas las concubinas, desconociéndose quién fue el autor de esta.
Y esto no pasó desapercibido para la sultana Sophie, quien anotar el alboroto qué ocurría en el harem solicitó que se investigará qué es lo que estaba sucediendo.
Cuando finalmente descubrió de que se trataba, sus nervios se dispararon y solicito hablar con el sultán.
—Sultana —Dice Lambiase cuando la ve llegar.
—Necesito hablar con él sultan —Se nota a simple vista molesta y nerviosa que estaba.
—Lo lamento mucho sultana, pero el sultán no desea recibir a nadie en este momento —Lambiase era el encargado del pabellón real del sultán y no era un buen momento para que la sultana intentara hablar con él.
—Es urgente —Insiste aún sabiendo las consecuencias de desobedecer órdenes del sultan —Ha pasado algo en el harem.
—El sultán ya está al tanto, sultana —Y sus peores pesadillas se hacen realidad —Por favor, vuelva a sus aposentos.
La sultana Sophie lo mira fijamente, sabiendo que no le está mintiendo.
Él siempre había sido un aliado muy bueno, y muy leal. Digno de la confianza tanto del sultán como de la sultana.
Y si bien entendía que se lo decía por su bien, ella no se iba a quedar de los brazos cruzados ante lo que estaba sucediendo.
—¡Sultana! —Lambiase alza la voz cuando ve como la mujer lo hace a un lado para entrar a la fuerza a los aposentos del sultán.
—Majestad —La sultana Sophie se arrodilla frente al sultan, quién mira con molestia al encargado de sus aposentos.
—Lo lamento mucho, majestad, no pude detenerla —Lambiase baja la mirada frente a él, y teme que su reacción no sea buena.
Había fallado en su única responsabilidad y eso ameritaba un castigo.
Pero temía la crueldad de su majestad.
—Déjanos solos —Ordena Jos y el hombre se retira caminando hacia atrás, para no darle la espalda.
Nunca se le debe dar la espalda a la familia imperial y mucho menos al sultán.
—¿Qué estás haciendo aquí, Sophie? —Pregunta el sultán con una voz dura —Deberías estar cuidando de tus hijos, ¿O no sabes hacer eso?
—Majestad, es mentira—Comienza la mujer —Lo que dicen es una falacia inventada por sus enemigos.
Jos se acerca rápidamente a ella y la toma del brazo para hacerla levantarse del suelo bruscamente.
—¿Y en qué momento mis enemigos invadieron mi harem? —El sultán la sostiene firmemente de ambos brazos, apretandolos con fuerza y sacudiéndola como se exigiera una respuesta.
—M-majestad... —La sultana Sophie balbucea un poco.
Conocía la naturaleza volátil y sumamente cruel del sultán. Temía mucho el como pudiera desarrollarse todo esto.
—¿Cómo es posible que se estén diciendo estás cosas de mi príncipe? —Reclama para después arrojarla al suelo —¿Amante con un eunuco?
—¡Es mentira! —Insiste la mujer ante tales señalamientos —¡Max no tiene de amante a un eunuco!
Jos agarra la nota que se les había quitado a sus concubinas momentos antes.
Cuando él leyó el contenido de esta, su mal humor se disparó.
Se sentía sumamente humillado.
No entendía quien y como empezó el rumor, pero no permitiría que su imagen se viera ensuciada por las desventuras de su hijo.
Tampoco confiaba en las palabras de la sultana Sophie, porque sabía que ella haría todo para cubrir a su hijo.
Y es que su relación con Max no se podía decir que era buena o mala, más bien inexistente.
No lo consideraba el más brillante de sus hijos, no precisamente porque creyera que fuera tonto, sino porque no demostraba que fuera un príncipe digno del trono.
Estaba en desventaja a comparación de sus hermanos y aunque la mayor parte del tiempo no mostraba interés en él, una situación como está no podía ignorarla o dejarla pasar.
Verdad o mentira, había sido sumamente descuidado al punto de que un rumor así inundó su propio harem y se preguntaba si incluso había salido del palacio.
Y estaba casi seguro que había sido así, la cuestión era saber que llevo a que este sucio chisme naciera.
¿Que fue lo que lo llevo a eso?
Pero no tenía tiempo para eso, solo podía pensar en acallar a todos sobre esto y solo habia una forma de hacerlo: poniendo el ejemplo.
—Las concubinas —Comienza el sultán haciendo que Sophie levantará la vista para verlo —Traelas a todas las que estuvieron murmurando y llévalas al jardín de las cadenas. Sin excepciones, sus sucias lenguas recibirán un castigo.
El rumor había golpeado duro en su ego. Ya sabía sobre lo que sus enemigos murmuraban al respecto de su harem, insinuando que era impotente con las mujeres y ahora el rumor de su hijo impulsaba la idea sobre él a un más.
Pues al final de la nota se escribió: de tal padre, tal hijo.
La sultana Sophie asiento en respuesta a su orden y se marchó de los aposentos privados del sultán.
Ella sabía lo que esa orden implicaba, pero tampoco se lamentaba al respecto.
El harem tenía reglas bastante claras murmurar vilmente contra los integrantes de la dinastía era un acto de traición.
Más de doscientas mujeres fueron llevadas al jardín de las cadenas, algunas tan jóvenes que ni siquiera habían vivido tres lustros.
Fueron colocadas en filas, mientras que en una habitación aledaña se encontraba la sultana observando todo con detenimiento.
Sabía bien que el sultán también lo estaba presenciando, él no se quedaría tranquilo sin verlo con sus propios ojos.
La crueldad del sultán Jos llevo a que más de doscientas concubinas fueran ejecutadas por estrangulamiento..
En ningún momento se les dio la oportunidad de hablar, de defender su inocencia o señalar algún culpable.
Todas habían sido condenadas a ese terrible y trágico destino por el simple hecho de leer una nota de dudosa procedencia.
—Al menos ahora se ha calmado un poco —Murmuro la sultana antes de beber un poco de té —Hazle llegar mi carta a mi amado príncipe, debe tener más cuidado de ahora en adelante.
Ella tiene mucho, pero mucho miedo.
No era inusual que un sultán llegará a ejecutar a un príncipe, y alguien con un humor tan volátil como el sultán Jos hacia que la probabilidad aumentará por diez.
Además, Max era considerado un príncipe descartable al lado de su hermano Mick.
Este último era el favorito de su padre, siendo el más cercano a él y el mejor posicionado al trono.
No todos eran hijos de la sultana Sophie.
También estaba Liam, otro hijo del sultán que había tenido con una concubina que murió en el parto.
Y finalmente Franco, el más joven de todos, quién continuaba sin gobernar una provincia y cuya madre había sido expulsada al palacio frío hacia ya un tiempo.
El afecto del sultán era tan volátil y así como llegaba, se podía ir fácilmente.
La sultana termina de probar el te y se queda pensativa por un momento.
Cuando su sirvienta le ofrece más te, ella se niega.
Cierra los ojos y suspira pesadamente.
Sabía que el sultán ya no la deseaba desde hacía un tiempo, ¿Pero desde cuándo dejo de tenerle el mínimo afecto?
¿Desde cuándo decidió comenzar a envenenarla?

Por otro lado, el príncipe Max se encontraba contemplando las estrellas cuando alguien llegó a su presencia.
—Mi príncipe, he mandado por el doncel para que le sirva este noche, justo como usted lo ordenó —Dice Martín un poco disgustado por la constante presencia de aquel joven.
—Sergio —Pronto el príncipe lo corrige —Su nombre es Sergio, no te refieras a él como un simple doncel.
—Disculpe, alteza, no lo volveré a hacer —Responde entre dientes.
Esa repentina fijación por el doncel no le caía en gracia.
Ya no se trataba de molestar al sultán usandolo como método de provocación.
Ahora era un deseo genuino por poseerlo.
Cuándo Sergio recibió la noticia de que esa noche sería mandado a servir al príncipe en su cama, no podía estar más feliz.
Disfrutaba mucho pasar el tiempo con Max, y este se había mostrado muy atento y cuidadoso con él.
Si bien no le gustó que le hubiera mentido con el tema de Franz, ahora sabía que el príncipe no era aquel monstruo que le habían contado.
Y a diferencia de la vez anterior, en esta ocasión no se mostró pesimista a la idea de yacer con él.
Fue arreglado para verse lo mejor posible, vistiendo finos ropajes dorados que resaltaban el hermoso color de su piel.
Camino hacia los aposentos del príncipe y cuando paso junto al harem, las mujeres que antes lo miraban con curiosidad ahora parecían tener un halo de desprecio hacia él.
Y no era para menos, todas querían al menos una oportunidad para yacer con el príncipe y la presencia del doncel se había convertido en un problema.
Llega al camino dorado, y al final de este se encuentra con Martín, quién no es capaz de dirigirle ni una sola palabra.
Solo da una señal para que entre, y eso hace, deteniéndose en la puerta mientras se inclina en una reverencia hacia el príncipe.
El rostro de Max se ilumina cuando lo ve frente a él, tan bonito como atrayente.
—Mi Sergio —Dice el rubio tomándolo se la barbilla con delicadeza para hacer que lo mirara —Eres hermoso.
El pecoso se levanta de la posición en la que se encontraba y le sonríe al sentir sus mejillas sonrojandose.
Y en ese momento Max lo toma de la cintura para pegarlo a su cuerpo.
—Mi príncipe —Murmura el pelinegro mirándolo fijamente a los ojos.
El rubio sonríe cuando ve esas motas verdosas en sus ojos cafés, tan bonitos como curiosos.
—¿Te gustaron tus regalos? —Pregunta mientras acaricia la suave piel del joven.
Claro que esos regalos le habían encantando, nadie le había dado algo así.
Tantas joyas, ropajes y objetos valiosos.
Una habitación tan grande y bonita, con un balcón que daba una vista hermosa.
Se había convertido en el favorito del príncipe y recibía todos los beneficios con los que cualquier concubina soñaba con obtener algún día.
Pero era todo para él.
—Si, estoy muy agradecido con usted por tan bellos obsequios —Responde con sinceridad.
—Max, soy solamente Max para ti —Señala el rubio —Deja de tratarme de usted. Solo quiero que te sientas cómodo conmigo.
Sergio sonríe ante esto y apoya su cabeza en el pecho del príncipe.
—Max... —Lo llama con una ternura que conmueve el corazón del rubio —Quiero estar contigo.
El príncipe, fiel a cumplir todos sus deseos, no tarda en llevarselo a la cama.
Lo recuesta sobre esta para después darle un beso en los labios. Uno tranquilo, suave pero cargado de muchos sentimientos.
Nunca nadie le había fascinado tanto como Sergio.
No solamente era su belleza externa, sino también su forma de ser.
Tan diferente, tan decidido.
Incluso en una situación tan complicada como la que se encontraba, nunca dejo de luchar por si mismo.
Y cuando lo conoció como Franz no se entregó a él, incluso aunque se sintiera atraído, siempre fue fiel al príncipe.
Quizá lo había hecho por miedo o supervivencia.
Pero eso había ganado engancharlo más a él.
Tanto fue su enamoramiento que estaba dispuesto a darle todo lo que quisera, tantos regalos como le fuera posible.
Le daría el mundo entero si él fuera el sultán.
Incluso había retomado el oficio de la orfebrería, en su deseo de hacer algo que solo pudieran comprenderlo los dos.
Le encantaba todo de él.
Y podia notar lo inocente que era al creerse todas esas historias sobre el monstruoso príncipe que se comía a sus concubinas.
Tal vez eso era lo que lo atraía de él, la pureza de su corazón.
La cuestión aquí era: ¿Cuánto tiempo duraría aquella inocencia dentro del infierno del imperio del sol?