LA REINA
22 de diciembre de 2025, 18:53
Cuando Sergio se miraba al espejo, a veces se preguntaba si seguía siendo él.
Arrebatado de su mundo, y obligado a servir a un rey que le quitó too, incluso su futuro.
No podía evitar recordar que estaba viviendo el mismo destino que Perséfone.
Ahora la pregunta era, ¿Qué va a hacer al respecto?

Al poco tiempo de que Sophie hizo su debut en la corte, no tardo en ser cortejado por el rey.
Le hacía llamar para acompañarlo en paseos públicos donde los cortesanos murmuraban entre ellos.
Pero nadie se pavoneaba tanto como Norfolk.
Torger Wolff sabía que estaba a punto de tenerlo todo, y no dejaba de restregarselo en la cara a su enemigo natural, el Conde Horner.
Christian estaba más que molesto, no entendía de dónde había perdido tanto terreno.
—¿Quién es esa mujer? ¿De dónde salió? —Se quejó mientras observaba a Lady Wolff caminando tomada del brazo del rey.
—Todos dicen que se parece a la madre de Max —Afirma su hijo para despues beber un poco de vino —El rey está encantando con ella.
El conde hace una mueca de disgusto cuando escucha como el rey sonrie en medio de su conversación con aquella dama.
—No tiene sentido —Murmura mientras finge sonreír hacia donde estaba su majestad, quién lo observa por un segundo —Dicen que es sobrina de Norfolk, pero él no tienen ninguna. Nadie había escuchado de ella hasta que un día apareció de la nada.
Liam voltea a ver a su padre con una sonrisa en los labios.
—¿Crees que estén mintiendo para ganar el favor del rey? —Pregunta pero el conde se mantiene en silencio —Quizá sea una prostituta salida de la clase más baja de Londres.
Horner suspiro pesadamente antes de decir palabra.
—No hables tan alto, modera tu lengua —Esto tensa a su hijo —Con Norfolk no se descarta nada, pero no permitas que alguien más te escuche hablar así.
Dicho esto, el Conde de Essex se acercó a la feliz pareja para conversar con ellos.
Todos apreciaban la belleza de la joven dama, pero Christian la observaba demasiado al punto de incomodar al pelinegro.
—Supongo que ya conoció a mi sobrina —Dijo Torger posicionandose justo a su lado mientras el rey estaba distraído mostrándole algo de Lady Wolff —Su majestad esta encantado con ella.
Horner le sonríe con molestia.
—Otra conquista pasajera, así como con otras damas —Respondió mientras volteaba a ver a Lady Doriane conversando con otras jóvenes, algo que molesto al duque —Me preguntó cuánto durará su encanto.
—Eso lo tengo claro —Afirmó Torger para después comenzar a seguir a la pareja.
El conde se queda atrás observando todo.
La respuesta de su enemigo lo tenso lo suficiente para hacerle saber que había algo más tejiendose en la oscuridad.
Lamentablemente para él, incluso para Sergio, no pudo hacer nada para evitar lo que pasaría a la mañana siguiente.
En una reunión con los nobles, el rey dio a conocer sus intenciones de desposar a la joven Lady Sophie Wolff.
Algo que solo aumento la cólera en Horner.
Incluso si el rey estaba siendo engañado, poco o nada podía hacer al respecto.
Norfolk había ganado... Por ahora.
Once días después, cuando Sergio se miro al espejo sintió que la persona frente suyo no era él.
Portando un precioso vestido rojo, representando la casa de su ahora esposo, la rosa Verstappen.
Recibió de regalo por parte del rey un costoso collar de perlas que adornaban su cuello y le daba un aspecto más angelical.
Sin embargo, si mirabas su rostro con detenimiento, podría notar su semblante entristecido por como su vida había dado un giro tan brusco que terminó en esa posición.
—Listo, ya debemos ir —Afirmó Doriane, quién estaba a ayudándolo a vestirse.
Al menos lo único bueno es que su prima había sido colocada como una de sus damas de compañía.
Eso lo hacía sentir menos solo y abandonado por Norfolk.
—¿Puedo esperar un poco antes de ir? —Pregunta el pecoso visiblemente nervioso.
—No, te están esperando —La rubia se mostró molesta ante el comportamiento de su primo.
Lady Abigail Pulling y Lady HannahMcMillan también formaban parte de su séquito de damas, y ambas observaron con atención la forma en cómo la joven Wolff le hablaba a la futura reina.
—Necesito solo un momento —Y Sergio se mostraba algo débil ante Doriane.
Algo que no pasó desapercibido para una de sus damas. La primera de todas.
—Salgan, dejen que tenga su momento a solas —La voz de Lady Alice Hedworth era firme.
No le había hecho gracia la forma en cómo los primos se trataban entre ellos
Las demás damas hicieron caso y Lady Pulling hizo una reverencia antes de marcharse, seguía por Hannah.
Recordándole a Doriane la posición que su primo ocupaba frente a ellas.
—Gracias —Murmuro Sergio mientras tomaba asiento y su respiración se mostraba pesada por los nervios.
Alice se acercó a él y tomo su mano con delicadeza.
—Respira, tranquilizate —Responde en el mismo tono —Sé que tienes miedo. Pero en unos momentos saldrás para casarte con el rey, y ese es tu destino lo quieras o no.
El pecoso suelta un sollozo que había intentando retener. Se sentía fatal.
—No puedo...
La pelirroja no sabía que más decirle. Era una situación compleja.
Nadie querría estar en el lugar de aquel joven. Todos sabían lo que pasaba con sus reinas si estás no le daban el ansiado heredero.
Y todas gustaban de tener sus cabezas pegadas en sus cuellos.
—No hay forma de detenerlo, es el deseo de su majestad —Le recordó —Pero tienes que entender una cosa: eres el único que puede controlar que tanto quieres vivir.
Sergio levantó la mirada al escuchar la forma en cómo se refirió a él.
—¿Qué? —Soltó confundido.
—Lady Doriane intenta manejarte, no lo permitas por más que sea tu prima —Señaló la dama —Saldras de esta habitación como Lady Sophie Wolff, pero volverás como la reina de Inglaterra. No lo olvides.
El pecoso asintió y pronto un golpeteo en la puerta llamo la atención de ambos.
Alice camino hacia está y al abrirla se llevó una sorpresa.
—Me gustaría hablar con Lady Sophie —La voz firme de Max FitzRoy tenso al pelinegro. Y se adentro sin permiso alguno —Un regalo para usted, si su dama lo permite.
En ese momento la pelirroja se hace a un lado.
—Mi señor, no ha sido mi intención retenerle pero Lady Sophie debe reunirse con su majestad el rey —Responde todavía sorprendida por la presencia del joven.
Sergio se lavanta y le sonríe con cortesía.
El rubio no puede evitar observarlo de pies a cabeza. Y le guiña cuando sus ojos se encuentran.
Esto hace que las mejillas del pecoso se pongan rojizas.
—Solo quiero entregarle un obsequio de bodas —Afirmó el joven duque entregándole una pequeña caja metálica cuidadosamente atada con un lazo rojo —Espero que le guste —En ese momento acortó la distancia y le susurró —Su abuela me ayudó a escogerlo.
Checo lo miro con atención mientras sus manos temblaban.
Hacia meses que no recibía noticias de su abuela, pero al menos la interrupción de Max le hizo saber que estaba bien.
Entonces el pecoso trago en seco antes de poderle responder.
—Gracias, mi señor —Respondió con una sonrisa amable y el rubio volvió a observarlo antes de marcharse.
—Dios, que imprudente —Susurró Alice.
Por su parte, Sergio abrió aquella pequeña caja y vio un hermoso collar de perlas con una “S” colgando en medio, adornado con tres perlas en forma de lágrimas.
Esto le saco una sonrisa mientras seguía pensando en su amado hogar.
Pero claro que su actuar no pasó desapercibida para Alice.
—Ya es momento —Le recordó despertandolo de su fantasía.
El pecoso asintió resignado y se dispuso a guardar aquel collar. Entonces vio una pequeña nota al fondo.
“Si quieres escapar, búscame antes de reunirte con mi padre”
Esto lo puso nervioso y termino cerrando la cajita rápidamente.
Los dos salieron de aquella habitación, donde a unos metros se encontraban las demás damas de la futura reina.
El pelinegro repaso aquella nota una y otra vez en su mente. Deseaba poder librarse de todo eso, pero no sabía cuáles eran las consecuencias que eso podría traerle.
Así que se arriesgó a preguntar.
—¿Qué pasaría si no me caso con el rey? —Pregunta en un susurro antes de llegar con las demás.
—Si estás pensando en escapar, terminarán ejecutando a toda tu familia por traición —Alice sabía que debía ser honesta aunque no le gustará —El rey hizo todo lo posible por conseguir esto, créeme que sería capaz.
Sergio cerro los ojos con fuerza, sabiendo que no tendría más opciones por más que aquel joven intentará ayudarle.
Él no era capaz de poner en riesgo a su familia, mucho menos a su amada abuela.
Así que ante los ojos de Dios y de los hombres, terminó casándose con Jos Verstappen.
Incluso cuando su voz le tembló y buscaba la forma de convencerse de que todo eso era una pesadilla.
Había llegado al final del camino.
En la celebración de la boda, se decía que el rey no jamás había usado tanto dinero de las arcas reales para celebrar una unión.
Y aunque ahora era la esposa del rey, se decidió por no coronarlo hasta que pudiera asegurar la llegada de un heredero.
Claro que este consejo fue dado por el arzobispo Marko.
No iba a permitir que Norfolk se sirviera con la cuchara grande y se lo restregara en la cara.
Al final del día solo buscaba complacer al rey y cuidar sus propios intereses.
Y sabía bien que si Sergio era coronado y ungido como reina, las cosas se complicarian si se llegará a dar una separación.
Además, no quería que la influencia de los Wolff se hiciera más grande. Ya era suficiente con permitir esa locura del matrimonio.
La falsedad de Sophie también los hacia tambalear.
Lamentablemente para Max, el pecoso no acepto la salida fácil y tuvo que verlo durante las celebraciones al lado de su padre.
El rubio no había podido evitar sentirse tan atraído por aquel joven de cabellos oscuros y hermosos ojos cafés con tintes verdosos.
Normalmente se alejaba de la corte con cada matrimonio de su padre, pero sabía que en esa ocasión sería difícil alejarse.
La belleza de Sergio lo cautivó, y el deseo de su padre por tenerlo lo llenaba de curiosidad.
¿Qué era esa obsesión que lo había llevado a hacerle todo eso a ese podré joven de campo?
—¿Qué tanto piensas? —La voz de su amigo Daniel lo saco de su pequeño trance mental —Te ves aburrido.
El rubio se reclinó en sus silla y fingió un bostezo.
—Estoy cansado —Afirmó —Esta vez me retiraré temprano.
—¿Qué? ¿No irás a la cámara nupcial? —Pregunta Daniel con una sonrisa burlona.
—No, sería muy desagradable de ver —Afirmó Max antes de levantarse para finalmente marcharse.
Observo por última vez a Sergio antes de irse, le daba mucha pena saber de su situación y no poder hacer nada.
Por su parte, el pelinegro se sentía muy incómodo con todo lo que estaba pasando a su alrededor.
Todos bromeaban y festejaban, algunas damas lo miraban con recelo, otras con pena.
Pero fue el momento donde su ahora esposo se levantó, que entonces se puso nervioso.
—Levantate —Murmuró Norfolk tocando su hombro con cierta fuerza.
Sergio obedeció y comenzó a caminar junto al rey mientras eran perseguidos por algunos nobles.
Fue entonces que el pecoso se tensó cuando llegaron al dormitorio real y entendió lo que estaba a punto de pasar.
Al entrar todos se acomodaron a una distancia discreta mientras sus damas comenzaron a desvestirlo.
Las manos del pelinegro temblaban con cada prenda que le quitaban e intento cubrir su cuerpo desnudo al sentirse tan expuesto.
Solo llevaba puesto una ligera bata blanca que dejaba poco a la imaginación.
El rey, por su parte, desprendía un aroma pestilente debido a una úlcera en la pierna que no terminaba de sanar.
Esto provocó que el joven se asqueara, pero fue obligado a acostarse en la misma cama que el rey.
Frente a ellos estaban aquellos nobles elegidos para presenciar la consumación del matrimonio real.
Entre estos se destacaba Norfolk y el arzobispo, quién bendijo la unión antes de iniciar el acto.
Sergio no tenía una idea muy clara de como se hacían los bebés. Solo le dijeron que un hombre tendría que meter su parte dentro suyo, pero le aseguraron que no sería algo doloroso si se hacía con cuidado.
Sin embargo, él pensaba que bastaba con estar en la misma cama desnudos y que no sentiría nada más.
Pero cuando Jos se colocó encima suyo, sintió un miedo que jamás había experimentado en su vida.
Estaba muy tenso y el hombre le hizo abrir las piernas en medio de su shock.
Claro que el pecoso pensó que sería un acto rápido. Pero fue todo lo contrario.
Sosteniéndolo con fuerza de las piernas, y poniendo casi todo su peso encima suyo, el rey no se molestó en asegurarse de que su esposa estuviera preparado para el acto.
Cuando el pecoso lo sintió entrar en él, soltó un quejido de dolor a la par que con sus manos intento alejarlo instintivamente.
Sus piernas buscaban cerrarse para impedirle la entrada, pero el hombre era más fuerte e impuso su deseo sobre él.
Los testigos de la consumación poco a poco fueron abandonando la sala, mientras que escuchaban los gritos del joven sufriendo por lo que estaba viviendo.
Pero a ellos poco les importaba lo que estaba sintiendo.