LA REINA Y EL LEÓN
22 de diciembre de 2025, 18:53
¿Como es el amor?
Era muy difícil responder a esa pregunta considerando que pocas personas en su vida había mostrado afecto hacia él.
Y quizás no debió de haber visto hacia esa dirección.
Pero era inevitable fijarse en aquella persona que estaba prohibido para él.
Tal vez en otra vida pudieron estar juntos, y no obligados a estar separados.

Había sido una noche tormentosa, física y emocionalmente.
Sin embargo, nadie dijo nada.
Era como si las palabras no existieran sobre lo ocurrido la noche anterior.
Alice se aseguro de auxiliar al pecoso, limpiar el desastre y quemar la evidencia de una lamentable pérdida.
—Tendrá que decirle, tarde o temprano todos lo sabrán —Murmuró Lady Alice cuando estaban a solas —El rey no vendrá más a sus aposentos mientras piense que está en cinta. ¿Pero qué sucederá cuando pasen los meses y ese bebé nunca llegue? Es mejor que se entere antes de que sea peor.
En ese momento la puerta de la habitación se abrió y entraron el resto de sus damas.
Pero Sergio solo podía ver a una.
—¿Y tú qué haces aquí? —Preguntó con un tono de voz que nunca nadie había escuchado —Te hice una pregunta, ¿Qué haces aquí?
Las jóvenes se miraron entre ellas, preguntándose a qué se refería, pero solo una sabía la respuesta.
—Majestad... —Comenzó Lady Doriane pero rápidamente fue interrumpida.
—Ni siquiera te atrevas a dirigirme la palabra, desvergonzada —Su respuesta era bastante incongruente, considerando que le había hecho una pregunta, pero estaba bastante nervioso y molesto que solo quería hacer una demostración de su poder —Tú no eres una de mis damas. Quiero que te largues y regreses al agujero del que nunca debiste haber salido.
—Majestad, ¿Ha pasado algo? ¿Porque le habla así Lady Doriane? —Pregunto Lady Hannah visiblemente confundida pero pero también interesada en la situación.
—Silencio, si su majestad no quiere ver a Lady Doriane, entonces la dama tiene que retirarse —Respondió Lady Alice, que si bien no tenía una respuesta exacta lo que estaba pasando, ella siempre obedecería los deseos de su reina.
—Majestad, por favor —Comenzó la rubia pero intentos de súplica serían en vano.
Realmente no esperaba un buen trato de parte de su primo después de lo que ocurrió, pero no pensó que tendría el nervio para destituirla de su cargo.
Y aunque no lo admitiría frente a ellas, esto la molestaba.
—¿No escuchaste? Largo —Ordenó Sergio bastante molesto.
Lady Doriane asintió y se marchó de la habitación sin hacerle una reverencia.
—Insolente —Susurró la pelirroja.
Continuaron con los últimos detalles para partir a Chelsea Manor, ya que se marcharían esa misma mañana.
Sin embargo, el duque de Norfolk no estaba del todo contento con la destitución de su hija.
Era claro que la rubia salió corriendo para quejarse con él por lo que había sucedido.
Omitió detalles, no confesaría la forma en cómo había arruinado no solo su reputación frente al rey, sino también fragilizado su lazo con la actual reina.
El duque rápidamente intentó acercarse a Sergio para convencerlo de reconsiderar su decisión.
Pero el pelinegro había dado órdenes claras para no permitir que sus tío estuviera cerca de él esos días.
Y sin muchas opciones, Torger terminó recurriendo al rey.
Pero Jos también estaba en una encrucijada, no porque tuviera un gran aprecio a su amada Sophie.
Sino porque esta tenía a su heredero en su vientre, y no podía permitirse ponerlo en riesgo.
Para él no había hecho nada malo.
Estaba acostumbrado a los placeres de la vida, y el matrimonio nunca fue un impedimento para eso.
Pero le importaba que ese niño naciera con bien, y no estaban sus planes que Sophie se enterara de su aventura con su prima.
Así que cuando escuchó sobre la destitución de Lady Doriane, aprovechó esto para intentar limpiar asperezas.
—Yo lo ordene —Fue la respuesta que le dio al duque cuando cuestionó la situación.
Con eso dicho, parecía que el futuro de Lady Doriane estaba sellado a la desgracia.
Y finalmente la reina y su se quitó de damas partieron de Hampton Court hacia Chelsea Manor.

Fue un viaje algo pesado para todas ellas, principalmente porque solo estarían la reina junto a sus damas y sus dos caballeros juramentados.
El tema del sudor había sido muy peligroso.
No podían permitir que se le acercaran en su condición.
Así que adaptaron la propiedad con los recursos suficientes para que pudieran quedarse unos meses con la ayuda de personal limitado.
Estos solo ayudarían con el cuidado de los animales de la granja que tenía la propiedad.
Pero no podían permanecer dentro de la estancia y mucho menos cerca de la reina.
Y cuando llegaron a Chelsea Manor, pareciera que el mundo a color de Sergio había vuelto a él.
Había un dulce frescor en el aire.
Los pájaros cantaban y el sol se asomaba por las nubes.
Rápidamente se adaptaron al lugar, pero Sergio fue el que más se volcó a entretenerse con los lindos prados que había a su alrededor.
Era un espíritu libre atrapado en un rol que nunca había deseado.
Pero Lady Alice se había dado cuenta de lo distante que se había vuelto respecto al tema del embarazo.
Se negaba a hablar de eso con nadie, y pasaba sus días jugando cerca de un lago al que no le permitieron meterse.
Y así pasaron los días, hasta que finalmente habían hecho dos semanas en el lugar.
Desconectarse estaba bien, al menos de vez en cuando, pero no cuando estás al acecho de que su secreto sea descubierto.
Y quizá Sergio estaba rezando al cielo por una solución, que llegaría una calurosa mañana.
Era bastante temprano cuando el pecoso despertó y encontró a sus damas durmiendo alrededor suyo, como se había vuelto costumbre desde que llegaron a Chelsea Manor.
Salió sin hacer ruido, llevando puesta solo sus ropajes de dormir y una bata para cubrirse de la vista de los guardias.
Sus dos caballeros juramentados, Jo y Xavi, estaban bastante agotados por vigilar la habitación de su majestad que ni siquiera se percataron cuando salió.
Camino hacia el lago en donde no le habían permitido nadar.
Y es que tenía tantos deseos de hacerlo porque cuando era pequeño solía nadar en un lago cerca de la casa de su abuela.
Se metió al agua con aquel camisón blanco, disfrutando de la fresca corriente de agua y sonriendo al recordar su vida con su abuela.
Pero el galope de un caballo lo alertó de que no estaba solo.
Así que se apuró para salir del lago, pero cuando lo hizo se topó de frente con el invitado inesperado.
—No esperaba encontrarte tan pronto —Dijo Max mientras descendía de su caballo, pero se detuvo en seco cuando diviso su cuerpo húmedo frente a él —Disculpa.
El rubio le dio la espalda y Checo se fijo en la razón de esto.
El camisón mojado se había pegado a su cuerpo y la tela era tan transparente que no dejaba nada a la imaginación.
Una idea pecaminosa llegó a la mente del pecoso, pero rápidamente negó con la cabeza.
Comenzó a buscar aquella bata que había dejado cerca, pero todo parecía indicar que se la había llevado el viento.
Entonces Max se quitó la capa que llevaba puesta y se la puso en los hombros.
—¿Mejor? —Murmuró bastante cerca de su rostro.
Checo se sintió un tonto enamoradizo, y termino cerrando el espacio entre ambos, probando sus labios en un dulce beso.
El rubio no se resistió y lo tomo de la cintura para acercarse a él.
—Max, no te vuelvas a ir —Pidió el pecoso entre besos.
El duque tomo esto como una señal para continuar con lo que estaban haciendo.
Así que acarició las suaves piernas del pelinegro y este no parecía estar incómodo al respecto.
Hasta que Max tomó su mano y la coloco en su entrepierna, invitándolo a hacer lo mismo, pero este se negó.
—Así no —Dijo separándose de él —Es cruzar la línea.
—Esa línea ya la cruzamos —Le recordó —Vamos, bonito, de todas formas ya estás en cinta. No pasará nada.
Sergio negó con la cabeza, no podía mentirle a él
—Ya no lo estoy, lo perdí —Confeso —No le digas a nadie. Tu padre va a matarme.
Max se molestó ante la idea de Jos lastimando al pecoso, y rápidamente prometió guardar el secreto.
—¡¿Majestad?¡ —Lady Alice gritaba en su búsqueda y pronto entendieron que eso era una señal para separarse.
—Vamos, te llevaré conmigo —Max lo tomo de la cintura y lo ayudó a subir ese caballo.
No iba a cuestionar más sobre su situación.
Incluso eso sorprendió cuando le explicaron sobre el embarazo del pelinegro, entendiendo lo especial que era.
Pero también avivando sus deseos de estar con él.
Y su presencia en Chelsea Manor puede peculiar curiosidad para las damas de la reina.
Él les explicó que había llegado ahí por la cercanía a donde él se encontraba.
Le parecio una buena idea visitarlos durante el encierro.
Y esa excusa funcionó bastante bien.
Al menos de momento.

Pasaron dos días desde la llegada del duque, donde en diferentes ocasiones intercambiaba miradas con la reina y parecía que Lady Alice era la única persona que se daba cuenta de esto.
La tensión entre ambos era palpable, y el rubio provecho muchos momentos para robarle un beso.
Y todo parecía no ir más allá de eso.
Sin embargo, solo era cuestión de tiempo para que las cosas cambiaran.
Parecía una noche más donde todos dormían plácidamente en aquella propiedad.
Pero el sueño de la reina fue interrumpido cuando sintió una mano tocando su hombro, haciendo que abriera los ojos al instante.
Frente a él pudo divisar a la persona que había decidido irrumpir en su habitación para sacarlo de esta.
Max tomó su mano y lo ayudo a levantarse sin hacer ruido, llevándoselo por el pasillo hasta un estudio algo cercano.
—¿Qué pasa? —Pregunta el pecoso algo confundido.
—No puedo soportarlo —Afirma el rubio —Ya no más. Por favor, entrégate a mi.
En ese momento acortó el espacio que había entre ambos, juntando sus labios en un dulce encuentro que poco a poco se fue volviendo más atrevido.
El pelinegro recibió con gusto la lengua del duque en su boca, y se unió a él en el deseo se saborear sus labios.
Las manos de Max se posaron en su cintura, y poco a poco fueron descendiendo hasta sus nalgas.
Lo toca por encima de la delicada tela se sus ropajes que apenas cubren su cuerpo.
No tarda en arrinconarlo junto a un escritorio hasta hacerlo sentarse sobre este.
Abre sus piernas y una de sus manos se cuela en medio de estas, acariciando su coño con delicadeza.
Checo se cierra y lo empuja para alejarlo de él.
—No está bien, eso es demasiado —Afirmó mientras se tapaba el pecho con sus manos, podía sentir sus pezones duros de lo excitado que estaba al ser tocado por el duque —Y sé que lo sientes, yo también te deseo.
—Entonces se mio —Max lo interrumpe y se acerca de nuevo a él pero no para buscar sus labios, sino para juntar sus frentes con sus respiraciones entre mezclándose —Nadie tiene porque saberlo. Y podré poner un bebé en tu vientre, déjame ayudarte.
La idea de hacer eso ya había pasado por la mente del pecoso, pero era una acción tan pecaminosa como traicionera que temía a las consecuencias.
—Estaremos haciendo algo malo —Esto parece un recordatorio para si mismo, pero no puede evitar desearlo —Y si nos atrapan...
—No dejaré que eso pase, te lo prometo —Max no se rendiría, realmente estaba encaprichado con él —Pero si no lo quieres, respetaré tus deseos y me marcharé para siempre. Lo último que quiero es lastimarte.
Sergio lo mira con atención y luego suelta un pesado suspiro.
No sabes si se arrepentirá más adelante de lo que está a punto de hacer, pero sí lo hará si no lo hace.
Porque si lo deja ir otra vez, quizá sea probable que nunca vuelvan a encontrarse.
Y ese era el momento perfecto para querer presa del deseo.
Así que lo toma del cuello de sus ropajes y lo atrae hacia él, robándole un beso que lo hace sonreír.
—Solo está vez —Responde y puede ver cierta chispa en los ojos del rubio al escuchar esto —Y se que está mal, pero realmente necesito un bebé.
Sergio parece que con vestirse a sí mismo de que no hace eso por placer personal, sino como una forma de salvarse.
Aunque no puede ocultar el hecho de que lo desea demasiado.
—La ventaja es que tengo su sangre, así que no te sientas culpable —Y Max buscaba una forma de hacerlo sentir mejor al respecto.
Sabe que por cuestión moral esta situación se le dificulta un poco al pecoso, ya que es un acto de traición.
Así que intenta relajarlo para evitar que pase un mal rato.
—Solo hazlo rápido —Afirma el pelinegro cerrando los ojos.
Ambos habían experimentado de diferente manera está clase de encuentros, y Max no quería que lo viera como un simple acto de yacer con alguien.
Así que se agacha frente suyo, y abre sus piernas para observar de cerca aquello que tanto ha deseado.
Su respiración choca con la cálida piel del joven, el cual suspira al sentirse extraño en esa situación.
Y suelta un pequeño quejido cuando la resbalosa lengua del rubio se desliza por sus pliegues.
—¿Q-que haces? —Balbucea al hablar, nunca había experimentado algo así.
—Te ayudo a relajarte, no puedo hacerlo así nada más —Explica el duque mirándolo fijamente —¿Quieres que me detenga?
Checo niega con la cabeza.
—Solo apúrate, no quiero que nadie nos encuentre —Murmura sin siquiera mirarlo.
Cree que si mira al techo o cierra los ojos, todo pasará más rápido.
Estaba muy acostumbrado al maltrato de Jos, que se sentía extraño ante el actuar atento de su hijastro.
Max toma está respuesta como luz verde para continuar y se vuelve más atrevido con cada lamida.
Hunde su rostro entre las piernas del pecoso, quién intenta fingir que esto no tiene un efecto en él.
Usualmente veía estos encuentros como algo que le provocaba dolor y sufrimiento. Pero con Max era diferente.
Lo toma con fuerza de las piernas pero es cuidadoso al momento de tocarlo, de probarlo y entrar en él.
Su lengua es muy hábil y saborea cada parte del pecoso, arrancándole más de un suspiro y uno que otro gemido.
Poco a poco se ha vuelto más complicado poder resistirse al calor en su interior, no se supone que debería estarlo disfrutando.
Era un pecado, ¿No?
—Oh... —Suelta el pelinegro para después morderse la lengua.
El rubio se anima al escuchar esto, y comienza a comerle el coño con menos cuidado.
Un poco más desesperado, hambriento, deseoso.
Con sus dedos acaricia sus pliegues y siente lo húmedo y caliente que está.
No puede evitar meter uno de estos, y ver el placer en el rostro de aquel pecoso que ya ha fallado en controlarse.
Uno más dentro, y este gimotea en aquel escritorio. Pero esto no detiene al rubio cuya lengua provoca una ola de placer que lo hace desbordarse en el rostro del duque.
Max saborea cada gota de la excitación del pelinegro, y sonríe mientras se levanta del suelo.
Checo tiene los labios entre abiertos y su ojos llorosos. Su respiración es pesada y siente sus mejillas y cuello arder de lo sonrojado que está.
—¿Qué fue eso? —Pregunto casi en un susurro.
Nunca había sentido esa oleada de placer que azotó su cuerpo en un instante.
—El resultado de un buen trabajo —Bromeó el rubio —Y una vez relajado, puedo darte aquello que pondrá un bebé en tu vientre. Claro, si me dejas.
El pecoso todavía recuperaba el aliento cuando intento acomodarse sus ropajes, ya que se habían deslizado un poco por sus hombros al haberse movido en aquel escritorio.
—Hazlo —Afirma mirándolo a los ojos.
Entonces Max comienza a liberarse de aquellas prendas de ropa que asfixiaban su entrepierna.
Saca su miembro erecto y está vista hasta que Checo sienta ese calor tan familiar como extraño en su interior.
Puede ver lo duro que está, tan rosado con la punta colorada y aquellas venas que resaltaban lo necesitado que se encontraba.
Lo ve acercándose a él y presionandolo contra su entrada. Siente que no debería estar tan enfocado en verlo, pero no puede evitarlo.
—Dime si te estoy lastimando y me detendré —Señaló el rubio.
Esta diferencia de trato choca mucho en la mente del pecoso, porque no estaba acostumbrado a que se le tomara en cuenta.
Sin embargo, tampoco esperaba soltar un quejido cuando el duque comenzó a introducir su polla dentro de su coño.
Lo hacía lentamente, provocando que su vientre que contraiga al sentirse desesperado por tenerlo dentro.
No entendía porque se sentía tan diferente, tan bien.
Max lo toma de las piernas mientras se acomoda para comenzar a moverse, algo que el pecoso espera ansiosamente.
—¿Estás bien? —Pregunta el rubio y el pelinegro asiente.
Entonces el duque da su primera embestida, algo lenta pero bastante placentera.
El ritmo es constante y cuidadoso, y Checo gimotea al sentirse lleno de él.
Intenta controlarse porque siente que no merece disfrutar eso, recordándose una y otra vez que eso era pecado y traición.
Pero Max coloca su mano en uno de sus pechos, jalando la tela de sus ropajes hacia abajo para desnudarlo.
Con sus dedos presiona sobre uno de los pezones y esto hace que el pecoso suelte un fuerte gemido y sienta que no puede más con esa situación.
Esta tan caliente como nervioso, que siente que parte de esta excitación proviene de la idea de lo prohibido que es eso que están haciendo.
El mantener el silencio y la idea de ser descubiertos lleva a que el pelinegro se corra de nuevo con aquel miembro adentro.
Max sonríe ante esto, incluso a él se le ha dificultado seguir adelante con la tarea.
—Esto no está bien —Dice de nuevo el pecoso.
El rubio puede ver la culpa en su rostro, así que se decide por una solución rápida.
—Si quieres puedes no ver, entonces no te sentirás culpable —Afirmó.
Checo asiente y el duque sale de él con cuidado, notando lo mojado que estaba.
—¿Cómo me pongo? —Pregunta el pecoso levantándose del escritorio —¿O solo debería cerrar los ojos?
Max niega con la cabeza y lo hace darse la vuelta.
—Apoyate en el mueble, yo me encargaré de todo —Dice mientras le levanta aquella bata para dejar expuesto su trasero desnudo.
El pelinegro cierra los ojos como si eso pudiera ayudar que la situación fuera menos excitante.
Entonces abre las piernas y lo siente colocándose en su entrada, accediendo libremente en su suave coño.
Sus fuertes manos se posan en su cintura y está vez no tarda demasiado en empezar a embestirlo.
Checo suspira pesadamente con cada estocada y lucha para contenerse, pero el rubio se pega a su espalda para que una de sus manos juegue con sus pechos y comienza a gemir en su oído.
—Nunca había probado un coño tan rico como el tuyo —Susurra en su oído, algo que lo asombra —Tan suave, delicioso. Y sé que te gusta mi polla, no dejabas de verla... —El pecoso suelta un gemido al sentirse tan caliente por lo que está escuchando —Te gusta tenerme dentro, dilo. Di mi nombre.
El pelinegro no entiende como estás simples palabras ponían a temblar sus piernas y sus mejillas ardían de lo coloradas que estaban.
Sentía como su trasero rebotaba contra el abdomen del duque, y las bolas de este chocaban con su entrada en cada embestida.
Sus grandes manos tocaban sus nalgas o pellizcaban sus pechos, haciendo que su cabeza perdiera el control.
No puede evitarlo más, y termina levantado su pierna para apoyarla sobre el escritorio, abriéndose más para que el rubio haga de él lo que quiera.
—Max... —Gime su nombre mientras el rubio lo embiste —Me estás arruinando...
El rubio sonríe cuando escucha esto y lo hace voltear a verlo.
—Eres mío, yo te vi primero —Afirmó antes de juntar sus labios en un candente encuentro.
No dejaba de mover sus caderas mientras su lengua invadía la boca del pecoso y saboreaba cada parte de él.
Ya no había control alguno sobre el placer, dejaba escapar diversos gemidos mientras que el duque lo llenaba con su miembro una y otra vez.
El escritorio crujía y sus ropajes estaban hechos un desastre. No podía controlarlo.
Max continuo golpeando su interior mientras le repetía una y otra vez que era suyo.
—Dejemos al heredero al trono en tu vientre —Dijo el rubio antes de presionarse contra su cuerpo y soltar un gruñido que solo provocó que el pecoso volviera a derretirse junto a él.
Cierra sus piernas al momento que sintió como era llenado por aquel líquido caliente del duque.
Uno que salió de él y lo hizo girarse para comenzar a besarlo sin vergüenza alguna.
Se adueña de su boca mientras sus manos lo sostienen de la cintura como si pensara que en cualquier momento se le podría escapar.
—Me encantas —Susurra el rubio en sus labios y luego deja una serie de besos desde su mentón hasta sus pechos.
—Max... —Responde Sergio en el mismo tono —No podemos seguir así, alguien pudo habernos escuchado.
El rubio se separa de él y asiente sabiendo que ya era bastante tarde.
—Déjame ayudarte a limpiarte y te llevaré a tu habitación —Propuso pero el pecoso se negó.
—Será mejor que cada uno vuelva por sí solo, así nadie podrá ligar nada —Afirmó —Ve primero, yo iré después.
Max asintió y termino de vestirse, intentó ayudar al pelinegro pero este se negó para que no perdiera más tiempo.
—Te prometo que de mi boca no sale nada de esto —Dijo el rubio antes de darle un beso y marcharse.
Checo sonrió bastante complacido por haber saciado su deseo a la vez que encontraba una solución para su problema.
Así que termino de vestirse para poder ir a su habitación, cuando la puerta del estudio volvió a abrirse.
—¿Olvidaste algo? —Pregunto Sergio volteando a verlo.
Pero no era Max quien estaba frente a él.

Nota: feliz sábado, y feliz doble celebración de cumpleaños gloriagisell❤️