ID de la obra: 1506

𝐓𝐇𝐄 𝐒𝐄𝐂𝐑𝐄𝐓 𝐒𝐓𝐎𝐑𝐘 𝐎𝐅 𝐓𝐇𝐄 𝐒𝐖𝐀𝐍

Slash
NC-21
Finalizada
3
Fandom:
Tamaño:
162 páginas, 49.035 palabras, 21 capítulos
Descripción:
Notas:
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•12•

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No le gustaba esperar. Max se sentía muy aburrido cuando tenia que esperar a que las clases terminaran. Se quedaba horas recostado en aquel pasto mientras miraba las ramas de aquel enorme árbol que lo cubrían con su sombra. Había aprendido a desconectarse de sus propios pensamientos cuando se encontraba solo. Era la única manera que había encontrado para superar lo que había pasado. Si es que algún día podría hacerlo. Y no tenía ánimos para convivir con los otros chicos, pues sentía que eran muy diferentes. Es ese colegio también asistían jóvenes de grados mayores al suyo, y siempre lucían impecables y distinguidos. Ver la diferencia de aspecto y clase que tenía con ellos, considerando que muchos tenían su misma edad, lo hacían sentir inferior. Esto lo llevó a mantenerse al margen, intentando por todos los medios ser ignorado. No sabia que, asi como observaba a aquellos jóvenes, alguien más tenía puesto el ojo en él. —Vamos Arthur, tenemos clase —La voz de uno de los jóvenes alertó al  rubio, levantando la vista para encontrarse con dos muchachos algo mayores que él —Es tarde. Uno de ellos, castaño y delgado, se acerca a él con bastante confianza, poniéndolo muy nervioso. —¿Eres Max? ¿El hijo del profesor de español? —Pregunta Arthur mientras lo observa con cuidado. Max se levanta del suelo y asiente con timidez. —¿Eres su hijo? No te pareces en nada —Suelta Carlos sin siquiera pensarlo y recibe un ligero golpe de parte de su amigo como regaño —Perdón. Arthur regresa la mirada al joven y finge una sonrisa amable. —El director quiere hablar contigo —Comienza y nota la confusión en su rostro —No te preocupes, él es amable. Carlos mira con preocupación a su amigo, sabe que está mintiendo sobre esta ultima parte. —No puedo ir —Dice el rubio —Estoy esperando a... mi padre, me dijo que terminara pronto y que no me moviera de aquí. —No tardaras nada, te lo prometo, solo quiere hablar contigo un momento —Insiste el mayor —Sino es probable que se moleste con tu padre. Max termina cediendo ante la presión. No quería meterse en problemas y mucho menos a Sergio. Y desde la distancia, a través de una ventana, Toto observa toda la situación mientras disfruta de una taza de té. Arthur siempre había sido un alumno obediente. Torger ya no podía soportar solo observar a aquel joven desde la ventana, necesitaba saciar su curiosidad. Y sintió un cosquilleo cuando lo vio caminar junto a uno de sus alumnos favoritos. Sabía bien que Sergio estaría ocupado a esa hora y que tardaría el tiempo suficiente para lo que quería hacer. Se alejo de la ventana y se sentó en su silla, sonriendo al primer golpeteo en su puerta. —Adelante —Dice el director intentando disimular lo que estaba sintiendo. Max entra torpemente, caminando con una lentitud que solo hacia que los minutos parecieran horas. El rubio se sorprendió cuando lo vio. No sabía porque razón quería verlo, pero pensaba que era un hombre viejo y feo. Torger era todo lo contrario. Si bien no era un anciano, a sus cuarenta y cinco años todavía se mostraba con un aura no solamente madura, sino también muy cautivadora. Alto, con una espalda ancha y brazos fuertes, Max jamás había visto un hombre tan atractivo. Claro, Sergio también le parecía muy guapo, pero Toto tenía ese aspecto intimidante que tanto le encantaba. Además, ambos usaban lentes al momento de leer y eso los hacía parecidos. —Buenas tardes —Dijo el rubio caminando hacia su escritorio y el mayor le hizo una señal para que se sentará. Toto fingía estar leyendo el periódico mientras el joven pensaba que quizá era más serio de lo que parecía. Hubo un momento de silencio en donde todo se volvió más tenso. Así que el joven comenzó a mecer uno sus pies mientras su mirada se paseaba a lo largo de la habitación. Había algo que notó antes de entrar y era que su secretaria no estaba, así que solo se encontraban ellos dos lejos de todo. Baja su mirada a sus manos y comienza a jugar con sus dedos, pero levanta la vista cuando escucha el carraspeo del mayor. —¿Te has adaptado? —Pregunta Toto sin despegar la vista del periódico. El rubio asiente pero sabe que no lo ha visto, así que se ve obligado a hablar. —Si, todo aquí es agradable —Miente, no le gustaba nada de Rochford. Toto suelta una pequeña y fugaz risa, doblando el periódico y dejándolo a un lado. —¿Y tu madre? —Suelta su pregunta de forma golpeada, y su voz firme no le ayuda a disimular sus sospechas. Max está algo confundido y no tiene mucho tiempo para pensar en su respuesta. —Eh... En casa —Responde algo nervioso, no esperaba esa clase de preguntas. El hombre se levanta de su asiento y se acerca peligrosamente a él, intentando ocultar una sonrisa que se asoma en sus labios. —¿Y dónde vive? ¿En Cardiff? —Esto tensa al joven y lo nota —¿Por qué no vino con ustedes? Eran demasiadas preguntas al mismo tiempo, pero sabía que tenía que arreglárselas para poder salir de eso. —Vive en Londres, pero no pudo venir con nosotros porque... —Max intentaba hacer memoria de lo que se suponía debía decir cada vez que le preguntaran estas cosas. Sin embargo, no era capaz de recordar cuáles eran las respuestas correctas. —Porque no existe —Señala el director haciendo que el joven se quede estático —Te equivocaste en tu versión. El rubio sonríe con nerviosismo. —N-no... ¿Qué versión? —Pregunta intentando actuar como si le estuvieran haciendo una broma. Toto se detiene frente a su escritorio, justo a dos pasos del joven y cruza sus brazos intentando contener su emoción. Lo había atrapado en su mentira. —Sergio dijo que tu madre había muerto hace unos años —Comienza el director y se deleita con el rostro asustado del joven —Supongo que eres el recuerdito que se trajo de Cardiff. Max mueve su cabeza en negación una y otra vez. Quiere intentar salvar la situación, aunque esto difícilmente sucederá. —Es que no he superado la muerte de mamá —Afirma, pero sus palabras no logran convencerlo ni a sí mismo. Entonces Toto se inclina hacia adelante, haciendo que el joven se haga hacia atrás en su propio asiento. —Tú no eres su hijo —Afirmo tensando al joven —No me mientas. —Soy su hijo —Pero Max no cede. Ante esto, Toto tiene que usar su última arma. —Eres el chico de Cardiff, aquel que desapareció —Señala y el silencio se hace presente. El rubio se perturba ante la idea de que el director piense que él fue quien lastimó a Lando. —¿Cómo te convenció para traerte consigo? —Pero Toto continúa con su interrogatorio —Son muy diferentes físicamente, nadie compra la idea de que son familia. Y mucho menos con el constante coqueteo que muestran. El joven se levanta de golpe de su asiento, y el mayor da un paso hacia el frente acortando el espacio entre ambos. Max lo observa de pies a cabeza, están muy cerca el uno del otro. Puede sentir su respiración entremezclarse con la suya e inconscientemente se relame los labios ante la idea de estar cerca de él. Claro que era intimidante, pero eso le parecía más divertido. El mayor problema del rubio era la falta de seriedad al momento de afrontar las situaciones que lo ponían tenso. En una situación así, el adulto debería ser quien marque los límites. Pero en eso Toto y Sergio se parecían mucho, porque este también los traspasaba sin importarle nada. Toma a Max se la cintura y lo acerca su rostro, rozando sus labios en una pose demasiado asfixiante. —No me mientas a mi —Dice moviendo sus labios sobre los del más joven, para después cerrar el espacio y probar aquello que tanto había deseado. El rubio cede y deja que su lengua se abra pasó entre sus labios, siendo bien recibido en su boca. Sus lenguas danzan entre ellas y Toto baja su mano hasta el muslo del joven, acariciando su blanquecina piel. LO DESEABA DEMASIADO. Había pasado poco tiempo desde que llegó, pero no había podido quitarle los ojos de encima. Lo observaba cada cierto tiempo desde aquella ventana. Recostado sobre el pasto, con la vista perdida en aquellas ramas que danzaban por el viento. Moviéndose en el suelo, acomodando su cuerpo y abriendo esas piernas lechosas, despeinando sus rubios cabellos. Viéndolo suspirar y quedarse dormido lentamente por la mañana. ¿Cómo era posible que Sergio lo descuidara de esa manera? Pero ahora lo tenía entre sus brazos, dejando que lo tocará mientras su lengua exploraba cada parte de su cálida boca. Hasta que su preciado hechizo pareció romperse. —No —Dijo el rubio separándose de él. Por alguna razón se sentía culpable. ¿Era eso serle infiel al profesor? Ni siquiera sabía que si estaban en una relación más allá de lo sexual, aunque quería creer que sí después de haberse confiado tantas cosas personales. Sin embargo, Toto no se rendiría. —A él no le importas —Responde con cierta molestia. Era como si estuvieras leyendo su mente. Pero para el mayor era muy fácil descifrar lo que el joven sentía. Pudo verlo en su rostro. Parecía estar enamorado. Y Max no quería creer eso. Así comenzó una lucha interna por saber si realmente se sentía así por el profesor. Pero no podía concentrase con los besos del director, quien comenzó a atacar su cuello en busca de su atención. No, él no podia estar enamorado. No quería estarlo. Entonces decidió probarse a sí mismo que no lo estaba. —Cógeme —Susurró el rubio. Recordaba que le hizo pasar aquella tarde. Usándolo para satisfacerse, pero déjalo solo ante su propio deseo. Y esa falta de atención debía ser castigada. Toto baja su mano hasta la entrepierna del joven, acariciando su miembro sobre la tela de sus pantalones cortos. El joven lo imita, tocando sobre la fina tela de los pantalones del traje del hombre, sintiendo lo duro de su carne. Pronto sus labios se vuelven a encontrar, mientras que sus juguetonas manos siguen acariciándose el uno al otro. —Arrodillate —Ordena Toto y el rubio obedece. Al poco tiempo estando de rodillas frente a él, desabrochando la hebilla de su pantalón y deslizando el cierre este. Torger se impacienta y baja su ropa interior para liberar por completo su carne. Max abre la boca y saborea la punta con su lengua, sintiendo cómo el líquido viscoso se mezclaba con su saliva. Sabe bien cómo hacerlo cuando deja que se adentre a su boca, jugando con su lengua al rededor del falo y mirándolo fijamente. El mayor se deleita con lo que esta haciendo. Comienza a deshacerse de su corbata, dejándola caer al suelo. Luego se quita el saco con cuidado mientras el joven sigue disfrutando de su miembro. Un gemido ronco escapa de sus labios cuando la boca de Max recibe toda su carne hasta rozar su garganta y lo deja salir. Lo observa deslizando su lengua a lo largo del falo, delineando cada vena marcada y chupeteando la punta. Sus manos se encargan de estimular aquellas zonas en donde su lengua no puede llegar mientras lo mete en su boca. Toto muerde ligeramente su labio mientras se va desabotonando la camisa y la desliza por sus fuertes brazos. Apoya ambos manos en el escritorio detrás de él y lleva su cabeza hacia atrás, observando el techo de su oficina. Max mueve su cabeza en un vaivén que llena de placer al mayor, quién no se limita al momento de soltar sus quejidos y gemidos de placer. Entonces se anima a poner una mano en cabellera rubia del joven, enredando los dedos en los dorados mechones y haciéndolo recibir su polla mientras mueve sus caderas como si lo estuviera follando. El rubio deja que haga con él lo que quiera, hasta que finalmente recibe una gran carga de su excitación en su boca, tragándose todo el líquido mientras observa al mayor. Toto, todavía excitado, lo hace levantarse del suelo y lo toma de la barbilla para acercarse a su labios y reclamarlos como suyos. Definitivamente le había gustado más de lo que esperaba. Pero entonces la campana los hizo separarse. —Debo irme —Dice el rubio con el rostro sumamente colorado. —Pero no hemos terminado —Insiste el mayor jalandolo de su suéter —Dime que no quieres que te folle y prefieres esperar a ese idiota debajo de aquel árbol. A Max no le gustó la manera en cómo se refirió al profesor. Sin embargo, decidió no hacer más drama. —¿Y si sale a buscarme y no estoy ahí? —Pregunta buscando alejarse un poco pero el hombre lo hace besarlo una vez más. —Entonces observemos como se vuelve loco —Propone y lo toma del brazo hasta llevarlo a aquella ventana que da vista hacia el patio central del colegio. El rubio se detiene frente a este, observando el árbol en donde pasa el tiempo y siente como las manos del mayor comienzan a deshacerse de su ropa. Cuando ya se encuentra desnudo de la cintura para abajo, el hombre lo hace abrir las piernas y hunde su rostro entre sus nalgas, lamiendo cada parte de su piel para alistarlo para él. Max abre la boca y un gemido escapa de sus labios. ¿Por qué Sergio no ha salido a buscarlo? La suave y húmeda lengua de Toto se abre paso en su interior, arrancando más de un suspiro del joven. Sus fuertes manos ensartan sus dedos en su pálida piel y lo obligan a abrirse para darle más espacio. Entonces un dedo se hace presente y el joven se queja ante la intromisión, pero se muerde los labios al sentirse tan bien con lo que le hacía. Toto se siente algo desesperado, se muere por estar dentro de él y hacerle saber que le puede entregar un placer igual o mejor que el que le da el profesor. Introduce otro dedo, y luego otro, penetrandolo con estos mientras su lengua seguía saboreando su delicada piel. Max se inclina hacia adelante, sosteniéndose del mueble que está frente a él y logra cubrir parte de su desnudez. Siente sus mejillas arder ante el intenso calor que está sintiendo. Ese cosquilleo de placer que lo hace pedir por más. Entonces sabe que ha llegado el momento cuando Toto se levanta de su posición y se acomoda dentras suyo. Sus manos acarician sus piernas, dándole una pequeña nalgada antes de soltar un risa traviesa. Lo hace inclinarse aún más hacia adelante, levantando su trasero y abriendo sus piernas. Torger se deleita con la vista que tiene frente a él. El joven de piel pálida, con las piernas abiertas y algo sonrosadas, y su apretado agujero expuesto y listo para él. Acomoda la cabeza de su pene en la entrada del más joven y empuja con cuidado de no lastimarlo. Gruñe mientras su carne se desliza hacia su interior, siendo recibido por su cálida piel y sintiendo cómo se aprieta a su alrededor. —Mierda... —Susurra Toto mientras se deja ir dentro de él, escuchando los gemidos placenteros del rubio. Se quedan estáticos un momento, queriendo recuperar el aire pero al mismo tiempo disfrutando de la sensación y el placer que estaban experimentando. Max levanta la cabeza y no hay señal alguna del profesor en el jardín. Pronto comienza a gemir cuando Toto mueve sus caderas y lo toma del cabello, dejando que su miembro llenará aquel joven de mejillas coloradas. El estar dentro de él fue mejor de lo que pensaba, y escucharlo gemir era como música para su oídos. Con cada embestida confirmaba lo mucho que le gustaba y cuánto le encantaría robarselo para sí mismo. Sergio era un idiota que no sabía apreciarlo. Eso era lo que pensaba el director. Se sentía tan excitado, no lo iba a negar. Ver a aquel rubio con las piernas abiertas y cuyo culo recibía a su polla húmeda y caliente, lo estaba volviendo loco. Continuó moviéndose mientras el joven gemía, y sonrió cuando una figura conocida comenzó a caminar por el jardín. —Esta buscándome —Dice Max al ver al profesor, pero se muerde del labio al recibir otra embestida. Sin embargo, a Toto todo esto le resultaba aún más excitante. Movió sus caderas con mayor velocidad, como si quisiera jactarse de lo que estaba haciendo. Palmeando el trasero del joven y dejando que devorara su polla, lo sostiene con fuerza de la cintura y gruñe cuando otra descarga llena el interior del rubio Max estaba igual de excitado, entendía bien la sensación de peligro que eso daba y no tardó en correrse sobre aquel mueble, donde líneas de semen se marcaban en la fina madera —Puedes decirle que te perdiste por los pasillos —Sugiere el mayor para después salir de él con sumo cuidado. Max vuelve a morderse el labio ante esto. Pero sabe que no puede verlo así. Porque con solo mirarlo sabría lo que había estado haciendo todo este tiempo. Así que le pide indicaciones para encontrar el baño más cercano y poder asearse lo mejor posible. Se limpia con cuidado y arregla sus ropas. Todavía no puede creer lo que acaba de pasar. Creía que ya había dejado atrás esos juegos raros, donde se aventura va a encontrar amantes desconocidos por la noche. Se apoya en la pared mientras intenta relajarse. Todavía está algo colorado por todo lo que ha pasado. Y a su oficina Toto está igual, pero regocijándose de felicidad y satisfacción. Había podido disfrutar de aquel precioso joven que parecía estar muy sumergido en su mundo como para percatarse de su presencia. Se había colado entre sus piernas y lo hizo suyo en un instante. Y quizá, mañana o dentro de dos días, el joven Max Verstappen se volvería a perder entre los pasillos. 
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