ID de la obra: 1512

𝕰𝖗𝖔𝖘 𝖊𝖓𝖆𝖒𝖔𝖗𝖆𝖉𝖔 |𝕷𝖆 𝖋𝖑𝖊𝖈𝖍𝖆 𝖉𝖊 𝖈𝖚𝖕𝖎𝖉𝖔 2

Slash
R
Finalizada
3
Fandom:
Tamaño:
423 páginas, 135.158 palabras, 51 capítulos
Descripción:
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Déjá Vu

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Pasaron tres semanas desde que Sergio y Max tuvieron esa plática en el super mercado. Tiempo en el que Sergio estuvo ahorrando el suficiente dinero para poder comprar el juguete que tanto le había gustado a Max. Esa mañana de sábado el rubio fue a la casa de Kamui para cuidar al pequeño Yuki. Sergio le había dicho que no se sentía muy animado para cuidar al bebé, que prefería quedarse en casa. “¿Cómo te voy a dejar solo, amorcito? ¿Y si te pasa lo de la última vez?” El pelinegro sabia muy bien que haría esa pregunta e insistió en que si se sentía mal le avisaría. El rubio siguió insistiendo y solo se quedó tranquilo cuando le prometió que llamaría a Sophie si se sentía mal, ya que su floristería quedaba más cerca del departamento. Cuando Max se despidió de Kamui y se quedó a solas con el pequeño Yuki, lo primero que vio al recibirlo fue la adorable imagen del pequeño cubierto con una manta.  —¿Bebé? —Pregunto Max poniéndose de rodillas para estar a su altura —Mira como estás, no deberías estar despierto, es muy temprano. —¿Mami? —Dijo Yuki quitándose la manta de la cara y mostrando sus revueltos cabellos. —No vino hoy, solo seremos tú y yo —Respondió el rubio para después cargarlo en sus brazos. Amaba mucho Yuki y le gustaba la idea de cuidarlo por su cuenta ese día. Pues practicaría más para cuando llegaran los bebés. Él quería ser un gran padre. Estaba preparando el desayuno del bebé cuando su teléfono comenzó a vibrar. Sergio estuvo batallando toda la mañana para ponerse algo para salir. Pero nada le quedaba bien. No le gustaba cómo se miraba en el espejo, principalmente porque la mayoría de sus playeras ya no le bajaban. Así que, molesto, tomó su teléfono y le mandó una foto a su novio. Cuando Max abrió el mensaje, se sorprendió mucho por lo que decía. “Te odio” Parpadeó un par de veces para intentar comprobar si había visto bien. Fue entonces que recibió la foto de su linda pancita evitando que pudiera usar una de sus playeras favoritas.  “Por tu culpa 🫵🫵🫵” Sabía bien a qué se refería. El rubio se había percatado de que toda la ropa que usaba su pareja era tallada al cuerpo. Y, por lógica, gracias al aumento de peso está poco a poco sería inservible. “Amorcito💞 te comprare toda la ropa que quieras ☝️ por favor, no te enojes conmigo😭” Cuando Sergio leyó la respuesta de su pareja, aventó el teléfono a la cama sumamente frustrado. Sabía que el subir de peso era algo natural en su condición. Sin embargo, no le gustaba y mucho menos ahora que no podía usar su ropa favorita. Respiro hondo y comenzó a buscar en la ropa de su novio. Tenía que ver algo que le sirviera. Rápidamente terminó de vestirse y se puso su abrigo. Estaban en otoño y pronto todo el clima se enfriaría más de lo que estaba acostumbrado. Así que siguió con su camino, deteniéndose en el supermercado para comprar el juguete y después tomar un taxi a la casa de Kamui. Yuki estaba muy concentrado intentando imitar a Max mientras comían. Había estado aprendiendo a usar los cubiertos infantiles que sus cuidadores habían comprado para él. Se sentía un niño grande. Max comenzó a pensar en actividades para hacer ese día y no aburrir al pequeño. Quizá una caminata al parque o ver algo en la televisión. Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando el timbre de la casa comenzó a sonar. No esperaban visitas, así que se acercó a la mirilla para observar de quién se trataba. Sintió que sus días estaban contados al notar a su pareja con una expresión de molestia al otro lado de la puerta. ¿Realmente Sergio estaba enojado con él? Se lo pensó dos veces antes de abrir, pero sabía que no podía dejarlo afuera con el frío y mucho menos en su condición. —Amorcito —Dijo un Max algo nervioso cuando abrió la puerta —Pasa, no te quedes afuera o te vas a congelar. Sergio mantenía las manos en la espalda intentando ocultar la bolsa de compras donde llevaba el juguete. Su caminar resultó extraño para el rubio, lo cual lo alertó ante la idea de alguna molestia que pusiera en riesgo su salud. —¿Esta todo bien? —Pregunto Max acercándose a él sumamente preocupado. Entonces el pelinegro sonrió y puso delante suya la bolsa de compras. —Para ti, mi león —Dijo ofreciéndola a que lo tomara. El rubio dudo un poco. Hace rato lo odiaba y ahora le regalaba algo. Era extraño. —Me costó mucho bajar del taxi con esa bolsa. Es algo pesado —Continuó Sergio con una gran sonrisa que solo delataba su emoción —Pero espero que te guste. —¡Mami! —Gritó El pequeño Yuki desde su silla especial para comer. El pelinegro fue hasta donde estaba el bebé y lo abrazó con ternura, después se sentó en el sofá y ambos observaron como Max sacaba el juguete de la bolsa. El rostro del rubio se iluminó apenas se dio cuenta de lo que se trataba. Ni siquiera era capaz de formular palabra. —Sé que te gustó mucho, así que quise comprártelo para que jugaras a preparar los postres que te gustan —Dijo Sergio todavía con el bebé en brazos. Max no sabía qué decir. Era una mezcla interna de emociones. Por un lado se sentía aceptado, no juzgado por algo que le gustaba. Por más que fuera un juguete que podría resultar absurdo para algunos, pero para él era emocionante. Sentía que finalmente había cerrado una etapa de su vida, una donde tenía que privarse de hablar sobre aquello que le gustaba. Porque ya no había nadie que lo atara a lo que creía que era correcto. Él era libre, y tenía que aceptarlo de una vez por todas. Se había liberado desde el momento que conoció a Sergio, y su vida llenado de un sinfín de colores. Lo amaba demasiado por su forma tan calidad de ser, por su actitud risueña y su alma bondadosa. No tenía miedo cuando estaba con él. Bueno, los únicos temores que tenía eran ante la idea de que le pudiera pasar algo a su pareja. Sin embargo, sabía que sería fuerte para protegerlo y más ahora con sus bebés en camino. Ese juguete podría parecer una tontería o algo banal, nada especial. Pero para él era un recordatorio de que ya no era un niño pequeño y asustadizo. Y, sin embargo, podía seguir divirtiéndose como uno. Sin temor, sin prejuicios. —M-mi amorcito —Balbuceó un poco —No sabes lo mucho que significa para mí. Las emociones eran fuertes en él, así que no pudo evitar llorar al pensar en cómo su pareja se había percatado de lo mucho que le había gustado ese juguete. Que, sin pedírselo, había decidido comprárselo. Principalmente, que sus intenciones solo eran hacerlo feliz. Nada más. Sergio no esperaba que su regalo tuviera ese efecto tan emocional sobre su pareja. Así que se acercó al rubio y lo abrazó aún con Yuki en su pecho. —Mi león, no tienes que llorar —Comenzó el pelinegro —Te amo mucho, por favor no llores más. Max al principio se dejó envolver por su abrazo pero rápidamente se alejó. —Tu pancita —Le recordó, poniendo una mano sobre su vientre y acariciándolo con delicadeza —¿Estás bien? Sergio asintió y puso su mano sobre la de su pareja, ambos sintiendo su vientre visiblemente abultado. Yuki los observó con atención y también coloco su mano sobre la de ellos, sin siquiera entender lo que pasaba. Ambos jóvenes sonrieron ante esto, les pareció adorable. No pasaría mucho tiempo hasta que Max sacó el juguete de la caja y comenzó a poner todo en su lugar para jugar con este. Sergio leía las instrucciones mientras que Yuki intentaba ayudar a su querido “Tonoto”. —Vamos bebé, ayúdame con la mezcla —Pidió Max mientras el pequeño lo seguía muy emocionado. Esa clase de actividades le venía muy bien a Yuki. Desarrollaba su creatividad y le ayudaba con el trabajo en equipo. Disfrutaba mucho pasar el tiempo con sus cuidadores. Pues aprendía mucho con ellos. El bebé jugaba con la harina que sobró de la mezcla que ya se estaba cocinando en el hornito. Al pelinegro le pareció tan adorable al ver el corazón que había dibujado, que decidió tomar una foto para mandársela a Kamui.  —¿Ya está el pastelito? —Pregunto Sergio al percibir cierto aroma en el lugar. Max comenzó a revisarlo y se percató que se le estaba quemando. Rápidamente lo saco y pudo rescatarlo. No estaba mal para ser el primer intento. Y así pasaron todo su fin de semana, entre risas y pasteles quemados. Cualquiera que los viera pensaría que son una linda y muy unida familia.  Ya era lunes y comenzaba la onceava semana de gestación de Sergio. —¿Ya estás listo, amorcito? —Preguntó Max terminando de guardar algunos snacks para su pareja, ya que le daba hambre a lo largo del día. —¿Qué te parece si hoy faltó al instituto? —Respondió Sergio del otro lado de la puerta de la habitación —No tengo muchas ganas de salir. Esto se le hizo muy raro a su pareja, así que se acercó a la puerta e intentó abrirla, pero tenía puesto el seguro. Tocó un par de veces para hacerle saber que quería entrar. —¿Amorcito? ¿Estás bien? —Preguntó el rubio, entonces escuchó el click del seguro removido. —No quiero ir, mira cómo estoy —Dijo el pelinegro abriendo la puerta y después alejándose para acostarse en la cama —Me veo horrible, tengo que usar ropa más grande para que no se note mi panza. Cualquiera que me vea dirá que estoy obeso. Max se acercó a su lado y se acostó en la cama junto a él, abrazándolo por la cintura y acariciando ligeramente su vientre. Así lo hacía todas las noches cada vez que dormían. —No digas eso, mi amor —Dijo dándole un suave beso a la mejilla —Eres muy muy bonito, así estés delgado o gordito —Entonces hundió su rostro en su cuello y Sergio se abrazó con fuerza a él —Estás embarazado. Es natural que tu pancita crezca, son nuestros bebés. Tú nunca te verás feo. —¿Y qué va a pasar cuando tenga siete meses y parezca una pelota? —Esta pregunta casi hizo reír al rubio. Pero sabía que eso solo lo molestaría y no creería nada de lo que le diría. Y él no estaba mintiendo, le parecía más lindo desde que se enteró del embarazo. —Te voy a seguir amando, eres mi primer amor de verdad ¿Recuerdas? —Entonces le dio otro beso en la mejilla. El pelinegro comenzó a jugar con sus dedos que se posaban en su lindo vientre. —¿Y si yo fuera un gusano? —Esta pregunta tomo desprevenido a Max —¿Me seguirás queriendo? —¿Un gusano? —Sergio asintió con timidez. —Sí, de esos que se arrastran, están babosos y tienen pelo —Su voz sonaba más dulce, aunque también parecía un puchero. El rubio no pudo evitar preguntarse qué clase de gusanos había visto su pareja a lo largo de su vida. Pero aún así decidió responder. —Claro que si, mi amor, yo solo te amo a ti —Dijo para después darle un par de besos en la mejilla y se acomodo bien en la cama para poder acercarse a sus labios y juntarlos con delicadeza —Así es lo mucho que te amo. Esto hizo sonreír al pelinegro. —Yo también te amo —Respondió Sergio para después volver a juntar sus labios. Después de este subidón de autoestima, ambos se dirigieron hacia el instituto y se percataron que el día estaba extremadamente frío. Por suerte se habían abrigado bien y eso ayudaba a disimular la pancita del pelinegro. —Buenos días chicos —Dijo Lewis cuando los vio llegar al aula —¿Creen que vaya a nevar? —Me gustaría que eso pasara, nunca he visto la nieve —Confesó Charles. Curiosamente ninguno de los cuatro había conocido esa clase de clima. El pueblo en el que crecieron no era conocido por tener climas gélidos como para que nevara. Y Sergio tampoco había experimentado tal cosa, aunque no había crecido en el pueblo junto a ellos. —Chicos, en la cafetería están dando chocolate caliente —Dijo Doriane acercándose al grupo de amigos. Max notó como el rostro de Sergio se había iluminado al escuchar eso. El doctor marco le había prohibido comer demasiado azúcar, y el rubio lo había obligado a obedecer las indicaciones. Sin embargo, sabía que esa taza de chocolate le vendría bien a su pareja ante la pérdida de autoestima que estaba pasando. —¿Quieres que te traiga un poco? —Preguntó el rubio acercándose a su novio y el pelinegro asintió tímidamente. —Te acompaño —Ofreció Lewis —¿Charles también quieres uno? —Sí, por favor —Respondió el castaño. Los dos amigos caminaron hacia la salida del aula, no sin que antes Max le diera las gracias a la joven por haberle avisado. Eso fue extraño para Doriane. Ambos no se llevaban muy bien, pero tenían en común el bienestar de Sergio. La rubia se acercó a su amigo, ya que Charles estaba atendiendo una llamada de su novio. Cómo va todo preguntó señalando disimuladamente su vientre —Bien, ya no he tenido ningún problema de salud —Respondió el pelinegro mientras se sentaba y su amiga lo imitó poniéndose a su lado —Pero Max se pone muy nervioso, piensa que cualquier cosa me hará daño. Ella sonrió con incomodidad. Las últimas semanas habían estado conviviendo un poco con la pareja y notó que Max no era de la forma en cómo se le había estado describiendo desde que ingresaron al instituto. —Es natural, su instinto le invita a cuidar bien de ti —Comenzó la rubia —Él cuida bien de ti, ¿No? Quiero decir, no te hace daño... O te golpea. Sergio cerró los ojos y desvió la mirada. Odiaba que todos pensaran eso de su pareja. —Max nunca me ha golpeado —Respondió con algo de hartazgo —Creo que tendré que repetírselo dos veces a todo aquel que conviva con nosotros. A todo este maldito instituto de chismosos. Dorian puso su mano sobre su brazo intentando calmarlo. —Perdón, no debí decir eso —Se disculpó rápidamente —Ya no volveré a pensar eso de Max. Ahora sé que lo juzgue mal, él de verdad te ama. —Doriane, el entrenador quiere que lo ayudes con algo —Dijo una de sus amigas y la joven no tuvo más opción que irse. Sergio se quedó sentado por unos momentos y se dio cuenta de que había una flecha tirada cerca de la puerta. Bufó molesto al pensar lo irresponsable es que son sus compañeros. Se levantó con cuidado y la recogió intentando no llamar la atención por la manera en cómo cuidaba la forma en que se agachaba y subía. Lo hacía todo con precaución para evitar caerse o lastimar de alguna forma su vientre. Sin embargo, cuando caminaba de vuelta a su lugar escuchó algo que simplemente tocó algo en su interior. —Boing, Boing, Boing —susurro Lando cuando pasó cerca de él. Estaba intentando imitar el sonido que hace una pelota cuando choca en el suelo. Fue una clara burla a su peso. Ese día Sergio era un mar de emociones, no estaba en su mejor momento y no se sentía bien con su físico. Y esta vez no pudo reaccionar para defenderse, pues fue víctima de su falta de autoestima y se sintió muy vulnerable con la burla del castaño. Se sentó y escuchó la risa de Lando, haciendo que se cruzara de brazos e intentar ocultar un poco su barriga. El castaño sonrió al ver cómo se asomaban lágrimas en sus ojos. Había logrado lastimarlo. Max venía de regreso con Lewis y traían un par de galletas que habían conseguido para Sergio. Apenas puso un pie en el aula y el rubio se percató de que algo no andaba bien. Pudo ver a su novio sentado en una esquina, cubriéndose el vientre y con la mirada abajo. Rápidamente camino hacia él y se sentó a su lado acariciando su cabello con dulzura e intentando averiguar qué le sucedía. —¿Amorcito? —Preguntó Max pero el pelinegro no lo volteaba a ver —¿Qué te paso? ¿Por qué estás así? —N-nada... —Balbuceó Sergio sin siquiera mirarlo. El pelinegro sabía bien que su novio actuaría por impulso y le reclamaría a Lando lo que le había dicho. Estaban muy cerca de las pruebas para el equipo nacional y no quería poner en riesgo su lugar. —No me mientas —La voz de Max sonaba con firmeza, mucho más serio de lo normal. Sergio suspiro pesadamente. Era hora de no volver a faltar a sus promesas, aunque esto pudiera traer consecuencias. —L-lando hizo un... R-ruido mientras yo... Cam-caminaba... —Comenzó con cierto temblor en su voz y levantando la mirada, mostrando sus ojitos llenos de lágrimas —Hizo ruido de una... P-pelota cuando chocan el suelo... Se burla de mí porque estoy gordo. Max apretó los puños con rabia. Lando no se iba a detener hasta que le cerrara la boca a golpes. Y sabía que era un cobarde al atacar a su pareja sabiendo que no estaba presente. Las ratas nunca atacan de frente. Antes hubiera levantado, lo habría tomado del cuello de su playera y lo amenazaría contra la pared. Le diría toda la clase de instintos que él conoce. Lo golpearía hasta dejar el ojo morado. Eso hubiera hecho más de antes. Pero sabía que tenía que ser más listo. Claro que haría todo eso, pero no en público. No le daría la satisfacción de saber que todos lo verían de la forma en que tanto le gustaba relatar. Así que el rubio le dio un suave beso en los labios a su novio y le pidió tranquilidad. Que no escuchara las tonterías que decía ese idiota y que se tomara su chocolate para olvidar ese amargo momento. Tenía un plan.  Estaban a mitad de la clase cuando Max notó que el castaño salió para ir al baño. Siendo lo más sigiloso posible, el rubio salió tras de él. Para su buena suerte no había nadie en los pasillos. —Lando —Lo llamó haciéndolo detenerse en sus pasos —Aléjate de mi novio. —¿Llamas a eso novio? —Se burló —¿Ese balón con patas? Fue Entonces qué Max le soltó un golpe en la cara que le hizo caer el suelo rápidamente. —¡Idiota! —Dijo el castaño levantándose rápidamente —No es mi culpa que esté gordo, a él deberías cerrarle la boca a golpes para que deje de llenarse de comida. Otro golpe y volvió a tirarlo al suelo. —Repite lo que dijiste y te tiraré todos los dientes —Amenazó el rubio acercándose a él. En ese momento Lando comenzó a buscar algo en sus pantalones. Pero Max, sin saberlo, lo evitó al darle una patada en el estómago. Fue entonces que el castaño logró golpear en sus pies y hacerlo tambalear hasta caer a su lado. Rápidamente le dio un codazo en la cara, aturdiéndolo Por un instante. Lando se puso de pie y aprovechó la ventaja que tenía para darle una patada en su entrepierna. El rubio comenzó a gimotear de dolor. —Eres tan presumido —Comenzó el castaño observando el brazo extendido del ex estrella de los Lions —Te encanta hablar de talento, ¿Qué pasará si te rompo el brazo? ¿Entonces quién no tendrá talento? Estaba más que listo para intentar romper el brazo del joven por medio de salvajes pisadas sobre la extremidad. Sin embargo, no esperaba que no fueran los únicos en ese lugar. Nico se percató cuando los dos jóvenes salieron del aula y decidió seguirlos minutos después de que estos desaparecieron. Vio la escena a lo lejos y se apresuró a correr cuando vio como Lando le daba una patada a Max. Así que logró empujarlo antes de que diera la primera pisada que podría haber destruido los sueños de que el joven. Haciendo que el castaño cayera a un lado y se golpeara fuertemente la cabeza. Max logró recuperarse y se levantó con cuidado. Aunque no se sentía muy bien debido al golpe que recibió en su entrepierna. Pronto escucharon la voz de algún prefecto que había escuchado el escándalo. —Vete —Dijo Nico sabiendo que podrían expulsar al joven por haber golpeado al otro —Corre. Max asintió agradecido y se fue corriendo hacia los baños. Nico pudo respirar tranquilo al verlo marcharse. Pero vio cómo Lando se retorcía en el suelo, así que se acercó para auxiliarlo. —¿Estás bien? —Preguntó el rubio a pesar de que ya no le cayera tan bien. Lando, quien no terminaba de comprender lo que acababa de pasar, se levantó bruscamente del suelo, dándole la espalda al que creía su oponente. —¡Maldito! —Gritó antes de girarse y apuñalar al que alguna vez fue su amigo. Nico gimió de dolor al sentir el metal incrustado en su piel, y solo pudo sostenerse de Lando antes que esté sacará la navaja en un estado de shock. El rubio finalmente cayó al suelo, y observó como su atacante huía como un cobarde.
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