Dulce navidad
22 de diciembre de 2025, 18:52
Esa mañana había mucho movimiento en la residencia familiar de los Pérez.
Era nochebuena y había mucho que hacer.
—Ayúdame aquí, hijo —Dijo Don Toño mientras acomodaba el enorme árbol de navidad en medio de la sala.
Max acudió en su auxilio y juntos ordenaron todo con sumo cuidado. Estaban orgullosos de haber armado todo a la perfección, dándole un aspecto mucho más cálido a su hogar.
—Bo-bo... —Balbuceó Yuki mientras agarraba una de las figuras de decoración.
—Bo-rre-go —Sergio lo ayudaba con las palabras nuevas, algo que disfrutaba hacer con paciencia y cariño.
—¡Bolego! —Respondió el pequeño mientras le mostraba la figura del animal.
El pelinegro sonrió para después tomar la figura y colocarla en el nacimiento que había armado con Yuki y Sophie.
Era lo que más le gustaba de la navidad.
No solo el árbol, las esferas y las luces, sino el nacimiento.
Porque era algo que su mamá siempre hacía en vida, y tenía hermosos recuerdos sobre ello.
Su padre, Don toño, siempre se había asegurado de que nada le faltara en esas fechas. Porque sabía que eran tiempo de convivencia en familia, y la suya estaba incompleta.
Pero ese año era diferente.
Ya no eran solo ellos dos, ahora tenían una familia que pronto se haría más grande y esas fechas se llenarían de hermosos y variados recuerdos familiares.
—Yuki, ¿Quieres ayudarnos a decorar? —La pregunta de Max sacó de sus pensamientos a su pareja, quien hizo que el pequeño se levantara del suelo para ir a donde el rubio —Ven, bebé, yo te cargo.
Mientras Max ayudaba a Yuki a poner una esfera, Sergio se encontraba en un dilema al percatarse de su situación.
No podía levantarse del suelo.
Su barriga era lo suficientemente grande y pesada como para dificultarle la tarea.
—¿Necesitas ayuda? —Preguntó Sophie al observar el atisbo de preocupación en su rostro.
El pelinegro asintió avergonzado, no le gustaba sentirse inútil.
Entonces la mujer lo ayudó a levantarse del suelo y se acomodó bien su pijama, no había mucha ropa que le quedara bien según su perspectiva.
—Muchas gracias —Sergio respondió con amabilidad y luego se giró para ir a donde Max y Yuki, para así ayudarlos a decorar el árbol.
Esto le pareció tan dulce a Sophie, que no dudo en sacar su teléfono y tomar algunas fotos.
—Guardaré todo esto —Dijo Don Toño levantando algunas cajas donde estaban almacenados algunos adornos.
Continuaron colgado las esferas, cuidando de no tropezar con el nacimiento que estaba al lado del árbol.
—Debimos poner las esferas primero y después el nacimiento —Señaló Max cuando casi pisa uno de los borreguitos que decoraban ese espacio.
—Solo falta la estrella —Respondió el pelinegro con cierta emoción —Vamos, Yuki, pondrás la estrella en lo más alto.
Don Toño se apresuró a llegar cuando escucho esto. Había dejado una extensión para prender las luces de navidad al terminar de decorar el árbol y quería hacer de ese momento algo especial.
Vio como Sergio ayudaba a Max a cargar al pequeño cerca del árbol, y con sus diminutas manos colocaban la estrella en lo más alto de este, en ese momento Don toño conecto las luces y estas se encendieron al instante.
La música navideña comenzó a sonar y el árbol se llenó de mucho color.
Yuki mostró una gran sonrisa al creer que él había provocado ese brillo al colocar la estrella.

—¡Papi! —Gritó el pequeño sumamente emocionado para después abrazarse al cuello del rubio.
Max sonrió y se abrazó a él. No había duda de que existía un gran amor entre ellos.
—Quedo muy bonito —Dijo el pelinegro observando como quedo todo.
Se sentía orgulloso de la familia que estaba formando junto a su amado.
—Yuki, ¿Qué te parece si horneamos unas galletas? —Propuso Sophie y el pequeño se giro para mirar al rubio en busca de su permiso.
Este inmediatamente asintió y bajó al niño para que fuera con Sophie a la cocina.
Los dos mayores sabían bien lo mucho que el niño amaba hacer postres, así que habian comprado lo necesario para que se distrajera ese dia y se sintiera parte de los preparativos de esa noche.
—Buenas noticias —Dijo Don Toño mientras le ponía la correa a Max, el perro —Iré por nuestras fotografías al centro comercial.
—¿Ya las tienen? —Preguntó Sergio con cierto asombro —Pensé que estarían en unos dias.
—Bueno, puede que les haya dado un pequeño incentivo para que las tuvieran antes de lo previsto —Respondió el mayor intentando ocultar una sonrisa.
—¡Papá! —El pelinegro llamó su atención, no creía que su padre podría recurrir a esos métodos.
—Papá, eso no está bien —Comenzó Max —¿Al menos te darán un descuento por el marco?
—No lo incites, tonto —Regaño Sergio y el rubio se mostró muy indignado.
—Que quede claro ante todos los presentes que Sergio Michel Perez Mendoza acaba de llamarme tonto —Señaló para después colocarse al lado de Don toño —Dígale algo, suegrito.
El pelinegro no daba crédito para lo que estaba viendo. Su pareja lo estaba acusando con su propio padre.
—Sergio, no puedes tratar asi a tu prometido —Regañó Don Toño —Además, tiene mucha razón en pensar en los descuentos.
Estaba arrinconado.
El pelinegro desvío la mirada y los otros dos se sorprendieron ante lo que veían, notando como comenzaba a llorar de la nada.
—¿Hijo? —Preguntó Don Toño con preocupación —¿Estás bien?
Max, quien había notado que su jueguito había ido demasiado lejos, se apresuró en acercarse para intentar tranquilizarlo.
—Amorcito, solo era una broma —Dijo el rubio, sin esperar que su pareja voltear a verlo con los ojos llorosos.
—¡No puedo decir nada sin que ustedes se pongan en mi contra! —Dicha acusación los tomó por sorpresa a ambos.
De la nada, Sergio comenzó a llorar más fuerte y se fue corriendo hacia su habitación.
—¡Sergio! —Gritó Don Toño —¡Hijo!
El mayor estaba a punto de ir tras de él, pero el más joven lo detuvo.
—Yo me encargo, usted vaya por la fotografía —Dijo el rubio —Le avisaré cualquier cosa.
Don Toño asintió sabiendo que esto era un asunto que los dos jóvenes debían resolver entre ellos.
Aunque presentía que esos repentinos cambios de humor se harían cada vez más presentes
Por su parte, el pelinegro abrió la puerta de su habitación y casi se avienta a la cama, de no ser porque recordó el enorme bulto en su vientre.
Así que simplemente se subió a la cama y abrazó a su almohada en forma de serpiente.
Estaba acostado en la parte más pegada a la pared y, por lo tanto, le daba la espalda a su pareja que acababa de entrar por la puerta.
—¿Mi amor? —Preguntó el rubio tanteando el terreno —Mi vida, te juro que solo está a jugando.
Sin embargo, Sergio no volteó y abrazo más fuerte aquella almohada. Cerrando los ojos para no verlo.
Entonces Max se acostó a su lado y lo abrazó por la cintura. Tocando con delicadeza su vientre y dándole y beso en la nuca.
—Cariño, no te enojes conmigo —Suplicó —Mi corazón, te lo ruego, no lo soportaría.
—Uhm... —Se quejó el pelinegro sin flaquear ni un poco.
Entonces entendió que debía darle tiempo.
—Te dejaré descansar —Dijo para después acercarse a él y acariciar su mejilla, sintiendo cómo se mojaba por las lágrimas en su rostro.
Limpiandolo ligeramente y dándole un dulce beso antes de marcharse.
Al bajar, el rubio fue cuestionado por su madre y cuando termino de explicar todo lo sucedido, ella le brindo su opinión.
—Es normal —Comenzó Sophie —Las hormonas lo estarán afectando estos meses, debes estar ahí para él.
Max no dijo nada.
Sabía bien que su madre tenía más experiencia y debía escucharla. Pues ella era la única que podía entender a Sergio.

Había pasado cerca de hora y media desde que Sergio se había ido a su habitación.
En la cocina, todo estaba marchando bastante bien.
—¿Ya van con otra ronda de galletas? —Pregunto Max observandolos —¿No son demasiadas?
—Hicimos demás, no somos tan buenos con las medidas —Respondió Sophie con una sonrisa.
Realmente disfrutaba pasar el tiempo con el pequeño Yuki.

—Pero están deliciosas —El rubio probó una y pronto una idea se cruzó por su mente.
Puso un par de galletas en un plato y sirvió un poco de leche en un vaso, para después subir las escaleras e ir a su habitación.
Sergio seguía recostado dándole la espalda. Se había quedado dormido abrazando la almohada.
Max se acercó y puso las cosas en la mesita de noche. Se acostó junto a su amado y lo abrazó por la cintura.
La tela la parte superior de su pijama se había levantado un poco y dejaba ver la piel de su pancita de embarazo.
Lo acarició con delicadeza y notó cómo se removía ante su tacto, estaba despertando.
—Mi amor, despierta —Susurró mientras le daba un beso en la mejilla —Déjame ver tus hermosos ojos.
El pelinegro se giró ligeramente, quedando sus rostros muy cerca. Esto lo aprovechó el rubio, quién, sin dudarlo, junto sus labios en un tierno encuentro.
Noto cómo sonrío ligeramente ante este acto. Así que volvió a darle otro beso.
Pronto había llenado su rostro de muchos besos. Para este punto era más que obvio que Sergio ya estaba despierto, pero se había quedado quieto para disfrutar del cariño de su pareja.
—Mi león —Susurró, parecía que el enojo ya se le había pasado.
Finalmente soltó aquella almohada y se giró a verlo por completo.
Max no pudo evitar bajar la mirada y observar aquella pancita redonda, cuyo ombligo estaba sobresalido.
El pelinegro se percató de esto y se apresuró en bajar su pijama para que no pudiera verlo.
Sin embargo, su pareja la detuvo y se acercó hacia su barriga para darle muchos besos.
—No quiero que se pongan celosos porque solo beso a su mami —Explicó Max para después seguir llenando la zona de besos.
Esto provocaba risas en su pareja, pues le hacía cosquillas con cada beso.
Pero en una de esas, el rubio sintió algo diferente y Sergio aún más.
—¿Lo sentiste? —Preguntó el pelinegro colocando una mano en su barriga.
—¿Realmente fue eso? —El rubio no podía creerlo, no hasta que su pareja asintió.
—Pateó —Afirmó —Fue muy ligero, pero lo sentí.
Unas enormes sonrisas se formaron en los labios de ambos. Max acercó de nuevo su rostro y le dio un gran beso.
Con cada paso que daban en su embarazo, se sentían cada vez más felices.
El rubio le dio un par de besos más hasta que finalmente se separó un poco para poder tomar aire.
—Podría pasar toda mi vida besándote —Sus ojos azules brillaban de emoción —Te amo.
Sergio acarició su rostro y lo tomó del mentón para volver a acercarlo a él, dándole otro dulce beso.
Sin embargo, cuando Max se levantó para mostrarle lo que había hecho Yuki en la cocina.
Golpeó por accidente la mesita de noche y provocó la caída del vaso con leche.
—¡Max! —Gritó el pelinegro sumamente asustado.
—Tranquilo, no pasa nada —Se apresuró a calmarlo —Yo lo levanto.
En ese momento escucharon unas rápidas pisadas en las escaleras y la puerta se abrió de golpe.
—¿Qué pasó? ¿Están bien? —Sophie se mostraba sumamente preocupada por el grito que había escuchado.
—Se me cayó el vaso con leche —Explicó el rubio —No pasa nada, no tardaré en limpiarlo.
Pero un fuerte sonido se escuchó en la cocina. Y los tres se miraron con preocupación.
Sophie salió corriendo escaleras abajo, Max observó como su prometido bajó con cuidado de la cama y se puso sus pantuflas para perseguir a la mujer.
Quería agarrarlo, pero sentía que iba a provocar su caída si intervenía.
Así que se sintió aliviado cuando lo vio en el primer piso sano y salvo.
—Yuki —Dijo Sophie observando al pequeño cubierto en harina —Nene, dijimos que ya no haríamos más.
Al parecer el pequeño Yuki había intentado hacer más mezcla de galleta y termino tirando la harina sobre sí mismo.
Sergio no pudo evitar reír ante la situación, pero esa sonrisa rápidamente desapareció cuando observó el rostro de su prometido.
—No bajes la escalera de esa forma —Regañó Max —Te puedes lastimar, lo sabes, mi amor.
El pelinegro solo agachó la cabeza y se acercó para abrazarlo.
—Tendremos que bañarte —Sophie abrazó al pequeño y le dio instrucciones a su hijo para que limpiara la cocina, y a Sergio le pidió que descansara en el sofá.
Al poco tiempo escucharon las furgoneta de Don Toño.
El hombre entró con un cuadro bastante grande, y no tardó en mostrarle el resultado de la sesión de fotos a sus hijos.
Lucían tan lindos, como la familia perfecta.
Es así como, después de limpiar el cuarto y la cocina, Max tuvo que ayudar a su suegrito a colgar la fotografía en la sala.
También les habían dado un sobre con las fotografías en un formato más portable.
Así que Sergio decidió tomar una para llevársela cuando regresarán a la ciudad.

Pasaron un par de horas hasta que poco a poco comenzaron a llegar los invitados de esa noche.
Varios de sus amigos estaban ahí. Incluso los padres de estos.
Sergio y Max les habían permitido contarles sobre el embarazo del pelinegro.
Hicieron un pequeño intercambio de regalos y disfrutaron de las deliciosa cena.
Don Toño se había empeñado en decorar bastante bien la casa para esa ocasión.
Pues quería hacer la Navidad más especial que habían tenido en familia.

Entre risas, bromas y recuerdos, los jóvenes disfrutaron de una velada extraordinaria acompañada por una deliciosa cena preparada por el rubio.
El cuál desapareció por un momento para poder recibir el regalo del pequeño y esconderlo entre los arbustos.
Todos brindaron por la salud de la embarazado y de sus bebés en su vientre, deseandoles lo mejor.
Pusieron un poco de música y Yuki intentaba bailar con Max, el perro, a la par que los demás les aplaudían.
Jamás habían sentido más felices y bendecidos.
Poco después de la medianoche, los invitados se fueron retirando antes de que la nevada se hiciera más intensa.
El rubio se estaba muriendo de nervios, el regalo todavía seguía afuera.
Así que aprovechó cuando todos se fueran a dormir, salió al patio y arrastró la caja hasta dentro de la casa.
Por suerte no se había dañado tanto y solo la limpió un poco para acomodar la debajo del árbol.
Era demasiado grande para caber ahí.
Y no se esperaba a que su lindo prometido le estaba observando desde las escaleras.
Su expresión de sorpresa no tenía precio.
—Amor... —Susurró —¿Qué haces despierto a esta hora?
—Lo mismo iba a preguntar —Respondió el pelinegro bajando con cuidado —Le compraste un regalo a Yuki y no me contaste.
Aunque había cierto reclamo en sus palabras, no se miraba enojado.
—Perdóname, mi amor. Quería que fuera una sorpresa —Explicó —Pero deberías estar durmiendo, te hará daño desvelarte.
Sergio camino hacia él y se sentó en el sofá.
—¿Recuerdas que antes de dormir le dijimos a Yuki que debía dejarle galletas y leche a Santa? —Preguntó y el rubio asintió —Bueno, venia a comer las galletas y tomarme la leche.
Max sonrió confundido.
—¿Por qué, mi amor? Si querías leche o galletas me lo hubieras pedido y lo llevaba a la cama.
Sergio se acercó al rubio y lo abrazó, su respuesta la había aparecido muy tierna
—Mi león, es para que él piense que fue Santa —Explicó para después darle un beso en la mejilla —No podemos romper su ilusión, esta parece ser su primera Navidad.
—Entonces hay que hacerlo —Propuso separándose un poco —Comamos las galletas y bebamos la leche. Yuki se emocionará demasiado al creer que Santa comió sus galletas.
Su prometido asintió y ambos se apresuraron con la tarea.
Lamentablemente, Max hizo un mal movimiento y puso su pie donde no debía
Se tropezó con el nacimiento y, al intentar agarrarse de algo, jaló las luces del árbol haciéndolo caer.
—Mi León —Dijo Sergio acercándose rápidamente para asegurarse de que estuviera bien.
Fue entonces que notó cómo había destrozado una figurita del nacimiento.
Esto inevitablemente lo puso sentimental y comenzó a llorar.
—Mi amor, perdón —Dijo el rubio viendo cómo la figurita del borreguito se había quedado sin cabeza —Te prometo que voy a repararlo
—¿Qué vas a reparar? —La voz de Don Toño lo tensó tanto que se quedó tieso en su lugar —¿Qué hicieron?
El ruido lo había despertado, sin duda alguna sus hijos eran un par de torpes.
—Papá, fue un accidente —Max no sabía qué hacer, noto cómo Sergio lloraba por la figura y el árbol había dejado de sonar debido a que había dañado las luces nuevas que producían la música.
No había estropeado por completo el nacimiento, pero Sergio lloraba porque esa figura era parte de la decoración que tanto le gustaba a su madre
—Hijito, no llores —Dijo Don Toño acercándose a ver lo que sostenía en su mano —Ni siquiera son las originales.
Esta confesión paró el llanto del pelinegro.
—¿Qué? —Susurró.
—No puse las figuras originales porque tenemos gatos en la casa, y también Yuki es muy curioso —Explicó el mayor —No iba a arriesgarme a que hubieran accidentes como este. Pero no pensé que fueran ustedes los que harían todo este desastre.
En ese momento Max sintió como el alma volvió a su cuerpo. Había estado tan asustado ante la idea de romper el corazón de su pareja.
Finalmente arreglaron todo para que estuviera lo más decente posible.
Y si bien las luces prendieron, la musiquita no volvió a sonar.
Ahora Max estaba endeudado por unas luces nuevas.
Pero al menos ese daño material era fácil de reparar, y no tenía que cargar con la idea de haber destrozado un recuerdo tan preciado.

A la mañana siguiente, los jóvenes se despertaron con una vista extraordinaria.
Sophie, que siempre estaba muy al pendiente del pequeño, se percató cuando este se despertó y comenzó a pedir por sus papis.
Así que los llevó a la habitación de los jóvenes y dejó al pequeño dormir entre ambos.
Ella bajó a preparar el desayuno sabiendo que Yuki estaría bien con ellos.
Pero el pequeño no pudo conciliar completamente el sueño y se quedó sentado observándolos.

Fue así como los dos despertaron con Yuki viendolos fijamente.
—Mi bebé, ¿Desde cuándo estás aquí? —Preguntó Max abrazando al pequeño y Yuki se dejó caer sobre él.
Amaba mucho estar en los brazos de su padre, pues se sentía amado y protegido
Pasaron un rato en la cama, jugando y conviviendo con el pequeño hasta que el hambre se hizo presente
Bajaron con el niño en brazos y sabían que tenían que empezar su actuación.
—Yuki, ¿Qué te parece si revisamos si Santa se comió tus galletas? —Propuso el pelinegro y el pequeño sintió.
Max lo cargaba en brazos y juntos caminaron hacia donde había dejado las galletas.
El pequeño puso una cara de sorpresa al notar como habían galletas mordidas y migajas de las que se había comido 'Santa'.
Además, el vaso de leche estaba vacío y eso solo comprobaba que había llegado la noche anterior.
—Mira Yuki, aquí hay un regalo con tu nombre —Dijo Max señalando su obsequio
El pequeño rápido mente movió sus brazos pidiendo ser bajado.
Los jóvenes te ayudaron a quitar la envoltura al regalo y el niño brinco de solo ver de qué se trataba.
Sergio no puedo evitar sonreír anotar que era una cocina de juguete para el pequeño.
Don Toño no pudo evitar preguntarse cuánto habrá costado ese regalo.
Definitivamente tenía que hablar con los jóvenes sobre el cuidado del dinero.
Se pasaron toda la mañana armando el juguete mientras comían panqueques y tenían la radio prendida, ya que pasarían música de Navidad todo el día.

Yuki amaba a su pequeña cocina.
Se sentía muy feliz al saber que había sido un niño bueno y Santa le había llevado un regalo.
Comenzó a jugar a que estaba preparando la comida, y era muy animado por Sophie.
Sergio estaba acostado en el sofá mientras acariciaba los labios rubio de su pareja, quién se mantenía entre sus piernas y con la cabeza ligeramente puesta sobre su vientre.
Don Toño compartirá algunas galletas de mantequilla con Max, el perro, mientras observaba a su pequeña familia desde el comedor.
Todo parecía ser perfecto.
Era un día hermoso y soleado.
No había caído nieve en toda la mañana.
Pero fue entonces que el teléfono de Max comenzó a sonar una y otra vez.
El rubio, un poco molesto por la interrupción, se levantó para atender.
No esperaba que su día se fuera a complicar tan temprano.