Destino
22 de diciembre de 2025, 18:51
Sergio y Max caminaban cerca del parque, el día empezó a caer y la noche se asomaba.
No habían podido conversar tanto como les hubiera gustado, pues era un poco extraño para ambos ya que apenas se habían conocido.
Sin embargo, Max se aventuró a acompañarlo a su casa.
Y aunque el silencio reinaba entre ambos, no era incómodo ni molesto.
A veces se miraban como si estuvieran esperando a que el otro hablara.
Pero en lugar de pronunciar palabra solo sonreían.
Cuando Max se dio cuenta del camino que habían tomado, fue muy fácil saber que no se encontraba lejos de su propia casa.
—Aquí es—Dijo Sergio señalando la casa de la esquina.
El rubio se percató de que vería más seguido a ese joven, mucho más de lo que pensaba.
Cuando Sergio dijo que vivía a unas cuantas calles del parque, nunca pensó que sería tan cerca de su casa.
—Yo vivo a la vuelta—Confesó Max con una amplia sonrisa.
Sergio pensó que se trataba de una broma, pero se dio cuenta de que no mentiría con algo así.
El más alto camino un par de pasos hasta pasar la casa del pelinegro, y señaló una propiedad que quedaba a la vuelta, a unas tres casas de distancia.
— Asombroso— Dijo Sergio —Entonces ¿Mañana pasas por mí?
Max asintió rápidamente.
Al momento de despedirse, ambos no supieron que saludo hacer.
¿Abrazar, estrechar las manos o besar una mejilla?
No, no había tanta profundidad en relación. Al menos no por el momento.
Sergio abrió la puerta que daba al patio de su propiedad, ahí Max, el perro, lo recibió olfateando su mano.
El joven acarició su cabeza con delicadeza y camino hacia la puerta principal de su casa. Deseaba tanto que su padre regresara a casa para contarle sobre su nuevo amigo.
Por otro lado, Max camino un par de pasos antes de llegar a su casa.
Abrió la puerta intentando no hacer demasiado ruido. Deseaba tanto no llamar la atención de su padre.
—Hola, cariño—La voz de su madre lo recibió apenas abrió la puerta —¿Cómo estuvo la práctica?
—¿Prácti...?—Max no pudo terminar su pregunta porque observó a su padre sentado en el sofá, viéndolo atentamente.
Comprendió que su madre había mentido para excusar su larga ausencia.
—Me fue bien, he mejorado mucho —Mintió el rubio y su padre sonrió orgulloso.
—Así se hace, campeón —Respondió Jos mientras que con su mano lo invitaba a sentarse a su lado.
Sergio terminaba de acomodar las cosas de su cama, intentando no tropezar con las pocas cajas que todavía aguardaban su atención .
El joven observó por una de sus ventanas, dándose cuenta de que está le daba una perfecta vista a la casa de su nuevo ¿Amigo?
Por más vueltas que le daba, Sergio no pudo evitar confesarse a si mismo la atracción que sintió por ese joven.
Había algo especial en él, lo sabía.
Tomo la silla de su escritorio y la coloco frente a esa ventana, sentándose a observar con anhelo de poder ver aunque sea un poco aquella figura tan llamativa.
Posando su mano en su barbilla, apoyándose en está para soltar un poco su cuerpo y relajarse mientras disfrutaba la vista.
¿Qué le había hecho ese joven? ¿Por qué no salía de sus pensamientos?
El ruido de la puerta hizo que dejara en paz aquella casa. Se levantó de su asiento y salió corriendo en busca de su padre.
—Papá, ya regresaste —Dijo Sergio bajando las escaleras y recibiendo a su padre con un cálido abrazo.
—Mi dulce niño, estás muy animado —Respondió su padre correspondiendo a su abrazo—Mira lo que te traje, tu favorito.
Sergio se separó de su padre para recibir su obsequio. Era una pequeña caja de pastelería, adentro de está venía uno de sus postres favoritos: tiramisú.
Los ojos del joven se iluminaron apenas vio el postre. Sonriendo, fue corriendo a la cocina para servirse un poco mientras gritaba lo agradecido que estaba con su padre.
Nadie podía poner en duda el amor que el señor Antonio Pérez le tenía a su hijo. Todo el que lo conocía sabía que era su adoración.
—No desaproveches ningún día —La voz dura de Jos buscaba reflejar sabiduría, pero fallaba en el intento —No todos tus amigos pasarán la prueba, el equipo es importante pero tú individualidad lo es aún más. Enfócate en ti mismo.
Max lo escuchaba con atención.
Sabía que su padre solo quería lo mejor para él, y el rubio solo quería hacerlo feliz.
Su madre le daba una sonrisa cálida, mientras que el joven asentía a cada palabra que salía del hombre mayor.
Cuando la plática llegó a su fin, Max finalmente pudo subir a su habitación a descansar.
Se asomo por su ventana y vio la casa de Sergio en aquella esquina. Pero las luces estaban apagadas, así que no encontraría ninguna señal de él.
Suspiro pesadamente.
Deseaba contarle a su madre sobre aquel joven que conoció. Solo confiaba en ella para esos temas, su padre se pondría furioso si se enteraba que "perdía el tiempo" en esas banalidades.
A la mañana siguiente, Sergio se levantó temprano para ayudarle a su padre a cargar algunas cosas del negocio a la furgoneta de su padre.
—Hijo, cuando regrese quiero tu cuarto lo más ordenado —Dijo su padre mientras cerraba la puerta de su vehículo y el joven le hizo un puchero —No puedes mantener esas cajas cerradas para siempre.
El señor Pérez no espero ninguna respuesta de su hijo, solo puso en marcha su vehículo mientras que el pelinegro le decía adiós con su mano.
Sergio volvió a entrar a la casa, pero no estaba solo porque Max, el perro, siempre estaba a su lado.
Se sentía un poco culpable al dejarlo en el patio el día anterior. Max siempre debía ir con él, esa era su función.
—Lo de ayer queda entre nosotros —El pelinegro le susurro al perruno Max, quien solo se limitó a sacar la lengua—No le digas a papá que no te puse arnés especial, pero sabes que no me gusta cuando las personas nos observan demasiado.
Sergio subió a su habitación mientras que su amigo de cuatro patas lo seguía por toda la casa.
Observó aquellas cajas, una más pequeña que la otra.
No era demasiado trabajo, es solo que los recuerdos eran pesados.
El pelinegro abrió con delicadeza una de estas, siendo una foto familiar lo primero que vería. Así que rápidamente la cerró.
—Ay, ojalá pudieras hacerlo Max—Bromeo Sergio mientras el perro lo observaba—Esto nos llevará todo el día.
El joven se acostó en su cama, dejando que las cajas tomarán un poco más de polvo al perder su atención.
Max se subió junto a él, colocándose en su regazo.
Sergio no pudo evitar sentirse afligido. Melancólico.
Pero al menos no estaba solo.
Max, el humano, se había levantado para sacar la basura esa mañana.
Cuando regresaba a su casa, no pudo evitar girarse para observar aquella ventana.
Entonces vio a Sergio parado cerca de esta, luego caminando unos pasos hasta desaparecer.
“Debe ser su habitación” pensó.
El rubio, inconscientemente, sonrió.
Entro a su casa y cerro el portón detrás de él.
—¿Que excusa puedo poner para verlo antes de la reunión acordada?—Se preguntó a si mismo— No quiero parecer ridículo.
—¿Hijo?— La voz de su madre lo saco de sus pensamientos —Entra a la casa, el clima es muy fresco y no quiero que te dé un resfriado.
El rubio no tuvo más opción que obedecer.
Mientras tomaba un poco de café con su madre, no dejaba de pensar en Sergio.
Era un joven lindo, amable y carismático.
Sin duda encantador.
Max había prestado atención a cada parte de su rostro. La forma en como se movía sus cejas cuando se expresaba con tanta confianza.
Sus hermosos ojos cafés, esos que parecían tener tintes verdosos y lo hipnotizaban con tan solo mirarlo un poco.
Y esas pecas, tan bonitas y distintitas, esparcidas por su nariz y mejillas.
¿Por qué Sergio tenía que ser tan lindo?
Todo eso lo distraía demasiado, algo que no paso desapercibido por su madre.
—¿Y quién es ella?—La pregunta de su madre lo hizo regresar los pies a la tierra.
—¿Ella? ¿Quién?—El joven estaba confundido.
No había prestado atención a la conversación, así que estaba perdido respecto a lo que su madre hablaba.
—La chica que te gusta—Continuo Sophie mientras observaba como su hijo se sonrojaba—Se nota que ocupa gran parte de tus pensamientos, pero dime ¿Estás con ella ayer por la tarde? ¿Por eso volviste en la noche?
Max negó rápidamente con su cabeza. Por suerte su padre había salido a atender algunos asuntos en la oficina, y así no escucho la conversación que ellos dos tenían en el comedor.
—No, mamá, no hay ninguna chica—Negó el rubio —Solo estoy nervioso, sabes que las pruebas se acercan y la competencia estatal será difícil de conseguir si no doy lo mejor de mí.
—Cuando hablas así suenas como tu padre—Se quejó —No hables de eso conmigo, solo quiero hablar con mi hijo.
—Voy a salir está tarde—Max cambió el tema de conversación —Quede de verme con Lando, quiere hablar sobre el equipo.
Las mentiras de Max no eran tan efectivas en su madre, pero ella lo dejo pasar.
Estaba segura de que su hijo se había enamorado de alguien o al menos le gustaba, pero no iba a presionarlo para que se lo dijera.
—Bien, pero necesito que hagas unas compras por mí —Condicinó—Ayer te ayude con una mentira, se un buen hijo y tráeme esto.
Sophie le extendió una pequeña lista de víveres que necesitaría que comprara y le dio dinero para hacerlo.
Max regreso a su habitación y se dispuso a perder el tiempo haciendo su hobbie favorito, dibujar.
Comenzó a imaginarse a si mismo usando una de las chamarras de los atletas olímpicos, algo que rápidamente reflejo en su arte en aquel cuaderno de dibujo que su madre le había obsequiado.
Sonrió al pensar que algún día ese dibujo sería una realidad.
Pero su mente pronto voló, dibujando junto a él a un joven de aspecto conocido.
Lo observó detenidamente, era Sergio.
Y justo a su lado le coloco un corazón rojo.
Rápidamente cerró de golpe el cuaderno.
—Dios mío, me gusta Sergio — Soltó en un susurro.
Max pensaba que su interés por aquel joven se debía a mera curiosidad. Pero pronto entendió que había una atracción hacia él.
—No, no, no—Se repitió para si mismo —Siempre me sonrojo cuando estoy nervioso, él se dará cuenta.
El rubio se acercó a su espejo y vio su colorado rostro. Observó el reloj en su habitación y vio que casi eran la una de la tarde, la hora acordada.
—Necesito calmarme—Se detuvo a respirar hondo —Es solo un gustito, nada serio. Seguramente tenga un defecto y termine odiandolo, así es.
Intento convencerse a sí mismo de que era algo pasajero. Así que, cuando recupero su tono natural, se visto y salió en búsqueda de su "amigo".
Sergio se había quedado dormido, sin duda las cajas del local eran pesadas y provocaron un gran cansancio en él.
Pero ese descanso repentino le hizo recobrar energía.
Se despertó solo porque Max, el perro, comenzó a lamer su cara.
—Tienes razón, no podemos hacer esto todo el día— Dijo Sergio mientras se levantaba de su cama y caminaba hasta su baño para lavar su rostro, así despertar por completo.
Al hacer esto, mojo gran parte de su playera y se la quitó para secar su rostro en la parte no afectada de la prenda.
En ese instante sonó el timbre.
Todavía estaba medio dormido cuando bajo las escaleras y se dirigió al portón, el cual abrió sin preguntar de quién se trataba o ver por la mirilla.
Max había estado esperando ansiosamente ese momento, pero casi se desmaya cuando Sergio abrió la puerta.
Estaba sin playera y con el cabello mojado.
En su mano todavía tenía aquella playera, la cual estaba usando para seguir secando su cabello.
Está imagen sexy y algo provocadora hizo tragar en seco al más alto. Sintiendo un ardor en sus mejillas.
Cuando Sergio se dio cuenta de su desnudes, rápidamente busco la manera de arreglar eso sin avergonzarse más.
Quería verse genial frente a Max, pero se sentía mal por haberse mostrado de esa forma sin siquiera planearlo.
—Vamos arriba—Dijo Sergio intentando hablar con naturalidad.
Cuando ambos entraron a la casa, el pelinegro camino hacia su habitación dándole la espalda al rubio.
Este último no pudo evitar observar todo lo que podía, sintiendo sus mejillas cada vez más coloradas.
Pero Sergio hacia una expresión de puchero en su rostro, fingiendo despreocupación cuando en realidad estaba muy avergonzado.
Cuando Max se dio cuenta de hacía dónde se dirigían, sintió que todo él era un tomate en ese momento.
Iban hacia la habitación del pelinegro.
¿Lo de ayer había sido una cita?
¿Entonces ahora estaba llegando a segunda base?
¿Por eso Sergio lo había recibido así?
No lo imaginaba tan atrevido.
Y aún así Max no sabía si estaba listo para eso.
Cuando entraron a la habitación, Max no dejaba de perseguir a Sergio y vio como su enemigo natural, Max perro, estaba acostado en la cama.
Sin embargo, cuando Sergio se giro para hablarle, sus cuerpos estaban demasiado cerca y sus respiraciones se encontraron.
Max no pudo evitar sentir que eso era una señal, que Sergio lo estaba invitando a besarlo.
Observando sus labios, el rubio cerró los ojos esperando el contacto.