Amores enemigos
22 de diciembre de 2025, 18:51
Max estaba tan enfocado en aquel papel que ni siquiera se dio cuenta cuando Sergio salió de la parte trasera del local y se marcho.
Sin embargo, Lando lo reconoció al instante.
El líder de los Lions le hizo una señal a Daniel para que lo acompañará.
Comenzaron a seguir al joven Sergio, quien sentía una sensación extraña, familiar y molesta.
Miró hacia atrás disimuladamente, observando aquellas dos figuras que lo seguían con atención.
Intento escabullirse en una calle cercana, pero, al desconocer la zona, termino metiéndose a un callejón sin salida.
Se sintió presa del pánico al darse cuenta de esto. Y para cuando quiso volver, frente a él se encontraba Lando con el desconocido.
—¿Viste si mi hijo ya se fue?—La voz del señor Pérez alertó a Max—Le pedí que pasará al súper mercado pero olvidó la identificación de Max, no quiero que tenga problemas para dejarlo pasar
Jamás lo había visto, pero era fácil suponer que se trataba de él.
—Yo puedo llevárselo —Max, el humano, intervino en la conversación ajena.
—¿Conoces a mi Sergio?—El señor Pérez se acercó al desconocido joven de semblante amable.
—Si, y también el camino hacia el super mercado —Respondió Max —Si me da la identificación, correré hasta alcanzarlo.
El padre de Sergio dudo un poco, pero Max no parecía tener malas intenciones, así que accedió a su oferta.
—Por favor, no la pierdas—Le dio la identificación y Max salió corriendo dejando atrás el frappé que había servido de excusa para verle.
¿Como pudo irse sin que lo viera? Había sido tan tonto, pero necesitaba arreglar lo que había hecho.
Max, el canino, se movía con impaciencia alrededor de su dueño. Intentaba llamar la atención de Sergio, pero este estaba muy concentrado en lo que estaba ocurriendo.
—¿Por qué huyes?—Pregunto Lando con cierta mofa—¿Tienes miedo? Pero si aquel día te mostraste muy valiente al responderme.
—No quiero problemas —Afirmo el pelinegro, pero esto solo hizo reír al joven frene a él.
—Dice que no quiere problemas —El tono burlesco de Lando no desaparecía.
Daniel solo le seguía el juego, buscando intimidar a aquel joven pero si entender bien los motivos.
Sergio no se sentía intimidado por ellos, sino por los recuerdos.
—¿Qué están haciendo?—Pregunto Max, el humano, mientras se ponía frente a Sergio —Basta Lando, te meterás en problemas.
—No lo defiendas, Max—Se quejo el castaño —No arruines la fiesta.
—Si, déjalo que se divierta—Daniel finalmente hablo para demostrar su apoyo a su amigo.
—Puedes perjudicar al equipo con esto, no lo hagas—Insistió Max y Lando suspiro con molestia.
—Bien, vámonos —Dijo un Lando rendido— Hoy te salvaste, no vuelvas a meterte conmigo.
Daniel tomo del brazo a su amigo y lo invito a retirarse con él.
—Gracias...—Susurró Sergio una vez que estuvo a solas con el rubio.
—Olvidalo, Lando es un idiota que no sabe comportarse —Respondió Max intentando tranquilizarlo—Tu padre me pidió que te entregara esto.
—¿Hablaste con mi papá?—Pregunto el pelinegro lleno de curiosidad y el rubio asintió—Gracias, debo irme.
Sergio quería continuar con la conversación, pero sabía bien que Max ya había escogido a un lado.
—Te acompaño—Se ofreció el rubio, pero el pelinegro solo negó con la cabeza y se marcho.
Esa tarde Max se quedó observando la ventana que daba hacia la habitación de Sergio, esperando alguna señal de su regreso.
Ya era muy tarde cuando vio la luz de su habitación ser encendida.
Durante el tiempo que estuvo esperando alguna señal de él, Max había escrito una pequeña disculpa por su actitud los días anteriores.
Todavía tenía fe de que el pelinegro lo perdonaría.
Sabía que si tocaba la puerta Sergio no le abriría.
Así que con mucha suerte e ingenio, utilizó una piedra para hacer llegar su mensaje.
Tuvo la buena fortuna de que Sergio abriera su ventana esa noche.
Con mucha cautela salió de su casa y se acercó a la de el pelinegro. Apuntó con cuidado y arrojó la piedra sin mucha fuerza.
Sergio estaba terminando una tarea escolar cuando escuchó el objeto tropezando en su piso, haciendo un pequeño recorrido hacia su cama.
Se levantó de su asiento frente a su escritorio y recogió el objeto que había llamado su atención.
Desató aquel listón que sostenía la nota sobre la piedra y leyó con cuidado las palabras.
“Perdon por lo que hice, fui un idiota. Entiendo si no quieres verme más, no volveré a molestarte”
El pelinegro se acercó a su ventana y vio a un esperanzado Max, víctima de los nervios, esperando su respuesta.
Pero en lugar de decir palabra alguna, Sergio solo se limitó a cerrar la venta y correr la cortina para tapar su visión.
El mensaje era claro y conciso: si Max había escogido un lado, Sergio se eligiría a sí mismo.
El rubio regresó a su casa, sintiéndose muy mal por cómo terminaron las cosas entre los dos.
Al día siguiente, Max no pudo evitar seguir buscando alguna señal de que todo entre los dos podría repararse.
Sabía que su actuar había sido malo, grosero y desconsiderado, pero sentía que todavía tenía arreglo.
Sergio le gustaba y mucho, y si bien era alguien de no rendirse, nunca iba a sobrepasar la elección de la otra persona.
Y paso todo el día pensando en él, y él lo mucho que deseaba volver a escucharlo decir su nombre.
—¡Max! —La voz de Sergio lo saco de sus pensamientos.
Eran al rededor de las 10 de la noche cuando paso cerca del parque donde se conocieron.
Estaba volviendo a casa cuando escucho su voz, y al voltear lo vio en la cancha de básquet jugando con su perro.
Sergio se había propuesto olvidar a Max.
Después de recibir su nota, el pelinegro se enfocó en no buscarlo ni pensarlo.
Pero le gustaba demasiado, tanto que cuando veía la colección de las figuras de gatos, no podía evitar recordar aquella que le obsequio.
Le resultaba difícil negarle algo a su corazón.
Sabía que al volver a casa iba a flaquear y terminaría dejando la ventana abierta, en espera de otra nota de esa persona tan especial.
Así que se propuso a distraer su mente jugando en la cancha, ignorando su afligido corazón.
Había llevado a su perruno amigo, como siempre, cuidandolo de cualquier ataque de pánico que pudiera sufrir.
El rubio se acercó a la cancha, sabiendo bien que no le hablaba a él.
—Ya es muy tarde—Dijo Max llegando hasta él.
La voz de Max lo desconcentró lo suficiente para fallar un tiro.
No esperaba verlo.
—Lo mismo digo —Respondió el pelinegro sin siquiera mirarlo.
—No debes practicar otro deporte, podrías lesionarte—Max insistía en conversar, pero no sería fácil ante un Sergio que pasaba de él —No solo te perjudicas a ti, sino también a tu equipo.
—Gracias por el consejo, lo tomare en cuenta —El pelinegro era muy cortante con sus respuestas.
—Lo siento—Comenzó el rubio —Fui un imbécil desconsiderado. Un día te invito a una cita y al siguiente te ignoro, lo sé, lo arruiné —Max tomo el balón, el cual había caído cerca de él —Me gustas, mucho. Cómo no tienes idea.
La confesión del rubio hizo que Sergio se detuviera en seco, pues iba más que dispuesto a quitarle aquel balón.
—Me encanta cuando sonríes, cuando me miras y pronuncias mi nombre—Continuó el rubio, soltando todo lo que aguardaba su corazón —Me sonrojo cuando pienso en ti, lo cual es una molestia al ser tan pálido—Sergio no pudo evitar soltar una pequeña risa—Y sé que lo sabes, y te gusta verme siendo un tonto por ti.
—¿Ahora me estás reclamando?—El pelinegro pregunto en un tono burlón, al verlo tan colorado por sus propias palabras.
—Sí—Dijo Max soltando el balón en el suelo—Me gustas y lo sabes—Ni siquiera se dio cuenta cuando Sergio comenzó a cerrar el espacio entre ambos—Sabes que eres lindo y lo usas a tu favor—Suspiro pesadamente—Eres tan molesto.
—¿Soy molesto?—El pelinegro ni siquiera se molestaba en ocultar la sonrisa juguetona que le había provocado ver al rubio decir todo eso —Soy molesto y ni siquiera te he tocado.
Max sintió sus mejillas arder ante esas palabras.
Rápidamente entro en pánico, quedándose completamente mudo y listo para correr lejos de ahí.
Pero justo cuando intentaba escapar Sergio lo tomo del brazo y lo arrinconó hacia la malla que separaba la cancha de básquet de las otras.
Se puso de puntillas y acercó sus labios a los del rubio, robándole un tierno y dulce beso.
Max estaba muy sorprendido, pero se dejo llevar por sus sentimientos. Había deseado tanto aquel encuentro.
Cuando el pelinegro se separó de él para observar su reacción, el rubio no dudo en colocar sus manos en las mejillas de este y volver a buscar sus labios.
Sergio sonrió entre besos, sintiendo como Max se desesperaba en cada encuentro.
—¡Max!—La voz de su padre hizo que el rubio se separara rápidamente del pelinegro.
—¿Qué pasa?—Pregunto Sergio algo aturdido.
Lo confundía mucho el repentino cambio de comportamiento.
Entonces Max, el perro, comenzó a ladrar. Y Max, el humano, se molestó con él sintiendo que lo estaba delatando.
—¿Max?—Dijo Jos llegando hasta donde ellos—¿Qué haces aquí? —Entonces observó el balón tirado cerca de sus pies—¿Estabas jugando?
—No, padre...—Se apresuró a responder, pero sentía una gran vergüenza que Sergio viera como era su padre.
—No tienes permitido hacer eso, ¿Acaso no te lo he dicho? Puedes lastimarte y perjudicar tu carrera—Jos ni siquiera se molestó en escuchar a su hijo—¿Y tú quien eres? ¿Fuiste quien lo incitó?
El pelinegro se sintió juzgado por aquel hombre.
—No, él no estaba jugando, era yo—Explicó rápidamente antes de poder ser interrumpió —Max solo estaba platicando conmigo.
—Es cierto, padre—Respondió Max—Nunca faltaría a una regla tan importante.
—¿Y quién es él? —Jos, poco convencido, lo dejo pasar—¿Es parte de los Lions?
—No, soy Sergio Pérez, soy parte de...
El pelinegro no pudo terminar de hablar porque se vio interrumpido.
—No forma parte de los Lions, es solo un amigo—Explico rápidamente el rubio.
“Es solo un amigo” esa frase se repitió en la cabeza de Sergio.
No dijo nada, solo asintió dándole la razón a Max.
Pero no pudo evitar sentirse mal por eso.
—No pierdas más el tiempo, vámonos —Respondió Jos y Max obedeció, observando los melancólicos ojos del pelinegro.
Para Jos, el hecho de que Sergio no fuera parte de Lions le había puesto la etiqueta de distracción.
No iba a permitir que su hijo perdiera el tiempo con un chico sin futuro.
Para su mala suerte, esa historia apenas estaba iniciando.