Diana, cazadora
22 de diciembre de 2025, 18:51
Jos era muy observador.
Después del supuesto viaje para mejorar sus habilidades, el hombre no creyó ni una sola palabra que salió de la boca de su hijo.
Ciertamente no le creía y le fastidiaba su actuar.
No era ningún idiota, sabía que seguía viendo aquel muchacho y que el viaje probablemente había sido con él.
Esa maldita distracción que no solamente lo hacía perder el tiempo, sino que también era su mayor competencia y obstáculo para el futuro que quería para su hijo.
La tarde del martes había decidido pasar por Max a la escuela y llevarlo a practicar, para que de verdad se enfocara en mejorar sus habilidades.
Lamentablemente, cuando llegó vio como Sergio se acercaba con mucha familiaridad, confianza y amor, que lo hizo rabiar de enojo.
Sin embargo, tomó eso como la oportunidad para observar lo que hacían cuando estaban solos.
Aunque se molestó muchísimo cuando los vio besarse, otra vez.
Pero se decidió por no hacer un escándalo respecto al tema.
Así que los vio tomar el autobús, bajar y entrar en aquella cafetería cercana a donde los había visto por primera vez.
Los vio salir con un perro y caminar hasta una casa a la que nunca le había prestado atención.
Los vio dejar al animal y caminar juntos hacia su propia casa.
Optó por no interrumpir.
De hecho, quería saber cuánto tardarían ahí adentro. Y dos horas después los vio salir acompañados de su esposa Sophie.
Apretó el volante con fuerza, ¿Cómo se atrevia a solapar ese comportamiento?
Era su esposa, ella sabía bien las ambiciones que tenían para su hijo, entonces ¿Por qué permitía que Max hiciera eso?
Arrancó su auto y dio vuelta en su propia calle para hacer parecer que acababa de llegar.
Vio el rostro asustado de su esposa, así que intentó tranquilizarse para que no cuestionara nada.
Pero en su interior ardía del enojo al darse cuenta que todos estaban colaborando para esconder esa relación.
Sergio y Max entraron a la casa del pelinegro y subieron a su habitación.
Estaban más que felices por la forma en como la madre del rubio los había tratado a ambos.
—Quiero decirle a mi papá —Confesó Sergio —Quiero que sepa que eres mi novio. De por sí te quiere mucho, sé que te querrá más.
—¿Estás seguro que Don Toño no querrá matarme por meterme con su hijo?— Dramatizó el rubio haciéndolo reír —Porque la última vez que me vio aquí le dije que te estabas bañando.
—Eres un tonto, todavía no entiendo por qué le dijiste eso —Sergio le dio un ligero golpe en el brazo, pero pronto se sintió arrinconado cuando Max se acercó a él.
—No me llames tonto —Comenzó el rubio cerrando tanto el espacio que su novio podía sentir su respiración chocando en su rostro —Soy tu pareja, tu león, tu enamorado. Así que no me llames tonto.
Sergio sonrío ante esto. Le gustaba cuando le hablaba de esa forma.
—¿Y qué pasa si te digo tonto, tonto? — Lo retó.
—Esto —Respondió Max con una sonrisa traviesa formándose en sus labios.
Entonces el rubio se acercó al cuello de su novio y comenzó a besarlo, aveces presionando con fuerza sobre su piel y dejando pequeñas marcas rojizas.
—Max...— Susurró Sergio y soltó un pequeño gemido cuando sintió su mano sobre sus pantalones, poniendo duro su miembro al estarlo estimulando —Tu mamá se preguntará porque tardas tanto.
El rubio dejo en paz su cuello para después acercarse a sus labios y comenzar a devorarlos en un encuentro lleno de deseo y lujuria.
—Entonces no perdamos el tiempo —Max comenzó a desabrochar el pantalón de Sergio mientras continuaba besándolo.
Bajo los pantalones del pelinegro y expuso su erección al deshacerse de sus bóxers, para continuar tocando su falo y manchando su mano con el líquido preseminal.
Sergio se gemía al sentirlo jugar con su miembro, soltando pequeños suspiros y dejándose llevar por el placer.
Max se colocó de rodillas y con su boca tomo la carne de su novio, haciéndolo expulsar un gemido ronco al sentir la húmeda y caliente boca del rubio.
Se apoyo en las piernas de Sergio, moviendo su cabeza para estimularlo hasta sentir que le faltaba el aire.
Sergio echo para atrás su cabeza, y coloco una mano sobre el cabello del rubio, mordiéndose el labio para no hacer tanto ruido.
—Max, tómame —Rogó todavía sumergido en el placer de la boca de este —Te quiero dentro de mí, otra vez, por favor.
Estás súplicas no tardaron en convencer al rubio, quien lo saco de su boca y comenzó a buscar aquello que habían escondido.
Cuando dio con ello, Sergio le quitó los condones y Max se echó a reír.
—Vas a ensuciar tus sábanas, otra vez —Le advirtió, pero esto no lo hizo cambiar de opinión.
—Yo hago la lavandería está semana —Su respuesta solo lo hizo reír aún más —Dijiste que no perdiéramos el tiempo.
Max negó con la cabeza, pero sabía que no podía hacer más para cambiar el pensamiento de su novio.
—Entonces desnúdate por completo —Ordenó el rubio y el pelinegro obedeció al instante.
Se deshizo de toda su ropa bajo la atenta mirada de su novio, quien observaba su cuerpo desnudo.
Entonces le hizo una señal, como si le dijera que hiciera lo mismo con él.
Sergio se puso de rodillas y comenzó a desabotonar los pantalones de Max, liberando su miembro erecto y llevándoselo a la boca.
El rubio no pudo evitar soltar un gemido algo sonoro cuando vio a su novio tomar su carne y mirarlo con esos ojitos suplicantes.
Max comenzó a quitarse la camisa de la escuela, mientras venía como miembro desaparecia en los labios de su lindo Sergio.
Se mordía el labio para evitar ser tan ruidoso, pero el pelinegro comenzó a moverse con mayor velocidad y eso lo hizo perder la cordura.
Lo tomo de los cabellos y comenzó a follar su boca, siendo llenado por las paredes bucales de este.
Pero no quería que solo fuera eso, así que lo hizo detenerse para centrarse en prepararlo.
Sergio se levantó del suelo y abrió sus piernas mientras se apoyaba en su escritorio, observando por la ventana las calles solitarias frente a su casa.
Max tomo el lubricante y puso un poco en sus manos, para comenzar a masajearlas hasta sentir lo caliente de la mezcla.
Abrió las nalgas de su novio y con su dedo comenzó a masajear su entrada, provocándole un gemido lleno de placer.
El pelinegro no podía controlar sus gemidos, mucho menos cuándo uno de los dedos de Max invadió su interior.
Comenzó a mover sus caderas para sentirlo aún más, y el rubio también movía su mano para estimularlo.
Otro dedo se hizo presente, haciendo que Sergio abriera sus piernas casi automáticamente.
Gemía sobre su escritorio, sentía los dedos de Max jugar en su interior y hacerlo sufrir por el placer que estaba recibiendo.
—Max, por favor, follame ya —Suplicó una vez más, haciendo que el rubio sacará sus dedos con cuidado.
Puso un poco de lubricante en su miembro, y se preparó para comenzar a entrar en el apretado agujero de su pareja.
—No dudes en decir algo si te hago daño —Le recordó el rubio y Sergio asintió.
Pronto sintió como Max se abría paso en su interior, haciéndolo cerrar los ojos y entreabrir los labios, por donde se escapaban uno que otros suspiros.
Se inclinó más hacía delante, sosteniéndose del mueble de madera y disfrutando de la sensación de su novio tomándolo por completo.
Una vez cómodos con la sensación, Max comenzó a mover sus caderas. Esta vez con más seguridad que en su primer encuentro.
Sergio jadeaba debajo de él, gimiendo y sollozando por más, mientras movía sus caderas para aumentar su placer.
De pronto, Max perro comenzó a ladrar, pero ninguno de los dos le hizo caso.
El rubio coloco una de sus manos en la cintura de su novio y la otra en su hombro, haciéndolo moverse a su ritmo.
Mordía sus labios con fuerza, poniéndose colorado al evitar soltar sus gemidos que eran la evidencia del placer que sentía cuando su carne era apretada en el interior de su pareja.
No pudo evitar gemir en su espalda, haciendo que su cálida respiración chocará con la piel de su novio, y sus quejidos solo aumentarán su excitación.
—¡Sergio! —Una voz familiar los asusto a ambos —¡Abre! ¡Necesitamos hablar!
Sergio se levantó ligeramente de su posición y observó a Carlos al otro lado de la calle.
Max, quien seguía dentro de él, también lo reconoció por la voz.
—No le abras —Dijo el rubio casi en una orden, mientras movía sus caderas lentamente— ¿O quieres que te deje de follar?
Sergio se mordió el labio para evitar soltar un gemido ronco al sentir los movimientos lentos de su pareja.
—Le diré que se vaya —Susurró el pelinegro.
—Mejor cierra la ventana y corre la cortina —Respondió Max mientras le daba un ligero apretón en el muslo —¿O quieres que me vea desnudo?
Jugar con los celos se Sergio eran la opción más efectiva.
Así que el pelinegro se apresuró en cerrar la ventana y correr la cortina, haciendo reír al rubio.
Carlos lo observó estupefacto, pero se percató que había alguien más en la habitación.
Guiado por sus celos, comenzó a llamar a Charles.
Sin embargo, su ex novio no le atendía el teléfono.
Molesto, no dudo en llamar a Sergio.
—Vamos a la cama —Pidió el pelinegro y el rubio le dio un pequeño beso en el cuello para después salir de él con sumo cuidado.
Prefieron la luz de la habitación que se había oscurecido un poco.
Su teléfono comenzó a sonar, pero solo lo tomo para ver de quién se trataba.
—No le respondas a ese idiota, es un fastidio —Dijo Max mientras lo abrazaba por la espalda.
—Solo si me dejas estar arriba —Sugirió el pelinegro, sabiendo que sus peticiones nunca serían negadas.
El rubio lo beso en el cuello, para después comenzar a acariciar su cuerpo desnudo y algo colorado.
Max se acostó en la cama, mientras acariciaba su miembro y veía a su pareja arrojar el teléfono a su lado, para después subirse en su abdomen.
Sergio como el miembro de Max y comenzó a moverse sobre él, hasta que lo dejo entrar, mordiéndose el labio al sentarse por completo y dio inicio a sus movimientos de caderas.
El más alto disfrutaba del espectáculo, viendo a su novio subir y bajar sobre su carne, escuchando el chocar de sus pieles y los gemidos intensos de su pareja.
Sus manos fuertes de apoyaban en el pecho del rubio, ayudándose a moverse con mayor facilidad.
Por su parte, Max acariciaba sus piernas y sentía que en cualquier momento llegaría al clímax.
Sergio tomó más confianza, moviéndose un poco más rápido y apretándolo con fuerza, dándose cuenta de que Max también se movía para incrementar el placer.
Su teléfono no dejaba de sonar una y otra vez.
Hasta que finalmente el rubio se harto y lo tomó.
—Ya déjalo en paz —Dijo Max respondiendo la llamada y rápidamente colgando.
Verlo tan molesto solo aumento la excitación del pelinegro, quien continuo moviéndose hasta que alcanzo su propio orgasmo, manchando el abdomen de su novio.
Max, por su parte, continuo moviéndose y sabía que estaba a punto de correrse, haciéndoselo saber a su pareja.
Pero se sorprendió ante su respuesta.
—Hazlo dentro de mí —Pidió Sergio mientras seguía moviéndose, presa de su propio orgasmo.
Estás palabras ayudaron a que el rubio terminará corriendose dentro de su novio, llenandolo con su líquido caliente.
No pudo evitar soltar un gran gemido de placer al sentir como Sergio todavía lo apretaba en su interior.
El pelinegro estaba más que complacido y embriagado de placer al experimentar eso con su novio.
Un poco mas calmados, limpiaron todo y se mantuvieron abrazados.
Hasta que la noche comenzó a caer y Max no tuvo más opción que regresar a casa.
Después de ese día a la pareja le fue muy difícil poder concretar otro encuentro.
Carlos había reconocido perfectamente la voz de la persona que evitó que su amigo le abriera la puerta ese día.
Es por eso que comenzó a tener una actitud rara en contra de Sergio, sintiéndose traicionado por su actuar.
También aumentó las prácticas del equipo, siendo estas todos los días y ocupando dos horas extras.
La estabilidad dentro de los Eagles pendía de un hilo y la actitud controladora de Carlos no ayudaba.
Max se sentía un poco triste al no poder estar con su novio esos días, y se entristeció aún más al saber que no lo vería el fin de semana.
Su padre había concretado un viaje para los tres y saldrían el viernes en la tarde.
Era algo repentino y extraño, pero no le dio mucha importancia cuando supo que se trataba de un fin de semana en unas cabañas donde había un campo de tiro con arco.
Faltaba menos de un mes para la competencia y eso lo alteraba demasiado.
Le aviso a su novio y se dijeron adiós viéndose de ventana a ventana.
Era sábado y dos jóvenes se presentaron en la cafetería para ser capacitados para los puestos que habían solicitado.
—¿Y tú qué haces aquí? —Dijo Óscar cuando vio a Lance entrar.
—Solicité el puesto de mesero —Respondió con orgullo.
—¿Por qué? Tú no necesitas dinero —Le recordó su amigo —Solo una llamada a tu papá y te da todo lo que quieres. No agarres un trabajo que no necesitas.
—Mira quién lo dice —Se quejó Lance mirándolos a ambos.
Pato se giró a verlos sin entender la discusión.
—¿Y para qué quieres trabajar? —Continuó Óscar todavía molesto por su presencia.
Sentía que Lance arruinaría todo con Pato al ser tan entrometido.
—Fácil, ya no quiero hacer un reemplazo —Explico Lance como si fuera nada.
—Pero eras la porrista del equipo —Óscar intentaba convencerlo de desistir de su decisión— ¿Quién va a animarlos si no estás?
—La competencia es dentro de un mes, podrán arreglárselas en mí hasta ese día— Lance se aferraba a la idea de estar lejos del equipo para evitar practicar.
—¿Y si pasa algo? ¿Qué tal si Charles o alguno de ellos se lastima? —Óscar insistió —Ninguno de los dos ha practicado tanto como ellos, ¿Quién los va a reemplazar?
—Te estás preocupando sin motivo, ¿Qué puede pasar? —Lance le quitaba toda la seriedad al asunto, creía que Óscar estaba exagerando.
Y una parte de eso podría ser verdad.
Pato sonrío al verlos discutir de esa manera, al menos estaba un poco alegre por algo tan banal.
Esa semana se dio cuenta de que Logan ya no respondía tan seguido sus mensajes y no entendía por qué.
En ese momento la campana de la puerta del local sonó. Los tres se giraron para ver de quién se trataba y dos de ellos se llevaron una gran sorpresa.
—Todavía no hemos abierto —Dijo Óscar cuando vio a Lewis entrar.
El Moreno se había vuelto un cliente recurrente, pero sus intenciones no eran tomar café.
—No vengo como cliente —Comenzó Lewis —Yo solicité el puesto de ayudante de cocina.
—¿Sabes cocinar? —Soltó Lance sin pensarlo y casi en un tono burlón.
—Buenos días —Dijo Don Toño entrando por la puerta— Veo que ya llegaron los nuevos, ¿George ya está aquí?
—Todavía no llega, Señor —Respondió Pato —Me dijo que se retrasó un poco, pero ya está en camino.
—Bien, ustedes dos síganme —Dijo Don Toño y luego se giró para ver detrás de él— Hijo, ¿Puedes bajar la mercancía?
Sergio no estaba de muy buen humor por la ausencia de su novio, pero pensó que estar en la cafetería lo ayudaría a distraerse.
Óscar y Pato le ayudaron a bajar todas las cosas de la furgoneta y a llevarlas a la bodega del local.
George llego casi corriendo, se puso su mandil y comenzó a trabajar en la cocina.
Después de una cálida plática con Don Toño, ambos jóvenes salieron de su oficina para ser capacitados por sus nuevos compañeros.
Sergio se sorprendió al ver a Lance, creía que trabajar no le gustaría porque podría arruinar su lindo peinado.
Pero el joven se empeñó en demostrarle a sus amigos que realmente era bueno agradando a los clientes.
Además, su paciencia le había ayudado a no desesperarse con las órdenes.
Por su parte, Lewis prestaba atención a cada cosa que le decía el lindo chico de ojos azules.
La tarde comenzó a caer y Sergio había sentido que las horas pasaban rápido al estar en ese lugar.
Pronto recibió un mensaje y rápidamente revisó su teléfono.
“Estoy afuera de tu casa”
El mensaje de su novio lo tomó por sorpresa, ¿Habían regresado rápido del viaje?
Le pareció cuanto más curioso, pero ansiaba demasiado verlo. Así que tomó a Max, el perro, y salió su rumbo a su casa.
Miró al cielo y las nubes estaban oscuras era muy probable que comenzara a llover.
Las calles se sentían más solitarias de lo común y su perro comenzó a actuar de manera extraña.
—¿Max? ¿Qué te pasa? —Preguntó el pelinegro, pero se vio interrumpido al sentir un fuerte golpe en su cabeza.
Cayó al suelo sintiéndose muy adolorido y soltando la correa de su mascota.
Levantó la vista y vio dos grandes figuras acercándose a él.
Llevaban puesto unos pasamontañas, así que no podia reconocerlos.
Uno de ellos lo había golpeado con un tubo y, por suerte, no se había desmayado, pero si lo había dejado lo suficientemente aturdido para ser incapaz de defenderse.
Sin embargo, al pelinegro poco le podría importar lo que le pasara a él.
Pues Max no dejaba de ladrar y uno de los atacantes, en su impaciencia, sacó una navaja y apuñaló al animal.
Sergio soltó un gemido ahogado y desolador. Vio como su mejor amigo caía al suelo lastimado.
Se arrastró para intentar alcanzarlo, pero los atacantes no tenían piedad y comenzaron a patear a Sergio.
El pelinegro comenzó a entrar en un estado de pánico y desesperación, los recuerdos lo atacaron y se sentía tan vulnerable.
Continuaron golpeándolo hasta que empezaron a usar el tubo para comenzar a atacar su brazo izquierdo, principalmente su mano.
Sergio gritaba, lloraba y su voz se desgarraba, pero las calles estaban muy solitarias y nadie lo escuchó.
Sintió un fuerte dolor en su mano, algo totalmente desconocido para él y le costaba moverla.
Uno de los atacantes se acercó a él, acarició su rostro y le dio un fuerte puñetazo que casi lo deja inconsciente.
Pero el pelinegro no pretendía quedarse ahí tirado.
Una vez que los atacantes se marcharon creyendo que habían terminado con él, Sergio pudo arrastrarse para intentar alcanzar a su amigo canino.
Para su buena suerte, un transeúnte iba pasando cuando lo vio tirado en el suelo y corrió en su auxilio.
Don Antonio salió de su oficina para observar como los muchachos se adaptaban a su nuevo empleo.
Dudaba mucho de Lance al conocerlo por medio de su hijo y saber que era alguien que se distraía con facilidad si un espejo se le ponía enfrente.
Pero se sintió muy orgulloso al ver que se tomaba el trabajo en serio.
Su teléfono comenzó a sonar y atendió rápidamente.
Óscar y Pato, quienes estaban conversando a su lado, se percataron de la forma en cómo su semblante cambió al responder esa llamada.
—¿Don Toño? —Le habló Oscar observando como su mano comenzó a temblar.
—Jefe, ¿Está bien? —Pato se acercó a él y se dio cuenta de qué algo malo había pasado como para que su jefe, quien siempre estaba muy alegre, tuviera los ojos llenos de lágrimas.
Max se encontraba con su familia practicando sus habilidades.
Sophie comenzó a aplaudir cuando vio que su hijo tiró 9, haciéndolo sonreír.
El rubio se acercó a tomar un poco de agua cuando sintió que algo le faltaba.
—¿Han visto mi teléfono? —Preguntó Max y comenzó a buscarlo con desesperación creyendo que lo había perdido, pero de la nada este apareció sobre la mesa.
—Ese tiro fue perfecto —Dijo su madre abrazándolo por los hombros.
—Casi perfecto —Corrigió Jos.
Max sabía que su papá no lo dejaría en paz hasta que comenzara a tirar puros diez.
El rubio regresó a su posición y continúo practicando.
El teléfono del mayor comenzó a vibrar y discretamente lo revisó.
“Hecho”
Decía el mensaje que recibió, haciéndolo sonreír triunfante.