Afrodita, armoniosa
22 de diciembre de 2025, 18:51
Hacía varios días que Charles no pensaba en Carlos.
De hecho, su mente se había centrado en otra persona. Alguien que lo hacía sonreír con facilidad.
Pasar tiempo con Logan se había vuelto su momento favorito del día. El joven era amable, cariñoso y atento con él.
Y si bien sentía que no estaba listo para empezar una nueva relación, definitivamente no descartaba la posibilidad de empezar algo con el rubio.
La tarde del sábado lo había pasado junto a él, habían ido al cine y después se quedaron platicando en el parque cerca de la cafetería.
En su pequeña burbuja con tintes románticos, hubo algo que llamo su atención.
Dos figuras conocidas actuaban de manera sospechosa y corrieron cerca de la cafetería de Don Toño.
Sin embargo, no fue algo que lo alertara demasiado.
Quizá era una simple tontería.
Su tarde termino con tranquilidad, siendo dejado en casa por su muy atento Logan, quien se animó a darle un beso en la mejilla como despedida.
Desconectado de lo ocurrido esa terrible tarde, pensando que su vida marchaba mucho mejor.
Por otro lado, dos jóvenes que no eran ajenos a lo ocurrido refrescaban en su memoria el recuerdo que les daba cierta satisfacción y adrenalina.
—¿Qué haremos con esta basura? —Pregunto el más alto de los dos mientras sacaba el teléfono de su bolsillo.
—Se lo daremos al señor Verstappen —Respondió el otro para después tomarlo.
—¿Y si lo vendemos? Podríamos sacar algo más de dinero —Propusó Daniel mientras intentaba tomar el objeto.
—No, es evidencia —Lando no se dejó quitar el móvil —No nos conviene tenerlo ni ser visto con esto.
El más alto bufo molesto, pero pronto una sonrisa se dibujo en sus labios.
—¿Y si lo chantajeamos? —El castaño hizo una cara de pocos amigos —Es evidencia, a él tampoco le conviene que se sepa.
—No seas idiota —Lando respondió molesto —¿Alguna vez lo has visto molesto? Yo lo he visto moler a Max a golpes por tirar un siete, no juegues con fuego.
—Bien —Daniel se rindió sabiendo que no llegaría a nada con insistir —¿Y qué hago con esto?
El más alto mostró aquel tuvo con el que habían golpeado en repetidas ocasiones a Sergio.
—Tira...—Lando comenzó, pero se detuvo a pensar por un momento —Me lo quedaré.
—¿Para qué? Es chatarra —Daniel observaba el objeto buscando algo especial.
—No, es un premio —Lando continuo mientras se lo quitaba de las manos —Porque cada vez que lo vea, vendrá a mi mente la imagen de ese idiota llorando en el suelo.
—Y a su pobre perro... —Le recordó Daniel, una acción que no le había agradado cuando se dio cuenta.
—Era muy ruidoso —Se excuso el castaño — Puede comprarse otro o conseguir uno de la calle, igual de insignificante que él —Lando se echó a reír —¿Qué será de ese pobre imbécil? Ya no tiene una competencia a la cual asistir.
—Ahora ganar será más fácil ¿No? —Esta frase molesto a Lando —Los Lions tienen asegurada la victoria.
El castaño apretó los dientes con fuerza, intentando controlarse ante el actuar de su amigo.
—Él nunca fue competencia —Aseguró con molestia.
Lando jamás admitiría a Sergio como un potencial rival a conseguir sus metas.
No, nunca lo haría porque perjudicaría no solo su imagen, sino también a los Lions.
Al día siguiente, después de una tarde cansada, Max se despertó y bajo a desayunar con sus padres.
—Buenos días, hijo —La voz animosa de Jos todavía lo desconcertaba, desde la tarde del sábado había estado extrañamente feliz —¿Dormiste bien, campeón?
Max se quedó estático, procesando esa alegría repentina.
—¿Todo bien, Maxie?—El rubio sonrió a su madre.
—Perfectamente bien —Max se sentó junto a su padre, quien le puso la mano en el hombro y lo miró orgulloso.
—Así se habla, desde ahora en adelante todo será perfecto —Dijo Jos para después beber un poco de su café.
Si bien a Max le parecía extraño su repentina actitud tan positiva, decidió creer que su padre estaba cambiando para bien.
Un padre amoroso, eso es lo que le gustaría tener.
Alguien como Don Toño.
No, no podía evitarlo.
Cualquiera creería que Max envidiaria el talento natural de Sergio, pero en realidad envidiaba la relación con su padre.
Don Toño siempre había sido amable y atento con él.
Siempre lo había sentir incluido y notado, más allá de sus habilidades en tiro con arco.
Ni siquiera parecía preocuparle ese tema y no ejercía ningún tipo de presión en Sergio.
Incluso mostraba amabilidad y añoranza con sus empleados, preocupándose por su bienestar y comodidad.
Habían muy pocas personas como él el mundo, y eso Max lo sabía muy bien.
Por eso le dolía no haber sido bendecido con una padre así.
Charles recién había despertado cuando comenzó a buscar su teléfono.
Se moría por contarle todo a Sergio.
Sin embargo, no recibió respuesta.
Pensó que quizá estaba en la cafetería, así que llamo pero nadie atendió.
Era extraño para él, Don Toño no cerraba los domingos por su política se excelente servicio.
Entonces decidió llamar a Óscar.
—¿Charles? —Atendió el joven al otro lado de la línea.
— Óscar, ¿Esta Sergio contigo? —Comenzó Charles, obteniendo como respuesta un gran silencio —Lo estoy llamando pero no responde y en la cafetería es lo mismo.
Óscar suspiro pesadamente.
—Charles, Sergio está en el hospital.
Esto lo hizo levantarse de golpe de su cama, mareandose un poco al ser tan brusco.
—¿Qué? —Fue lo único que salió de sus labios.
Estaba asombrado al recibir la noticia, no entendía nada y no sabía si podría entender algo.
Sergio y él se habían vuelto muy cercanos, casi como mejores amigos.
—Alguien lo atacó —Explicó su amigo todavía aturdido por la idea —Le quitaron su teléfono y apuñalaron a su perro.
—¿Su perrito? —Esto lo horrorizo —¿Y como están? ¿Cuando paso? ¿Cómo fue?
—Ambos están bien, ya están recuperándose — Óscar sabía que era algo difícil de asimilar —Si quieres verlo, te daré la dirección.
Charles apunto la dirección a toda velocidad y colgó la llamada.
Estaba confundido, molesto y angustiado.
Sergio es un gran amigo para él y no podía entender por qué le harían eso.
Y el pobre Max había sido atacado, siendo alguien tan importante para la familia Pérez.
Todavía aturdido, estaba dispuesto a dejar su orgullo de lado para llamar a una persona.
Carlos estaba desayunando cuando notó que su teléfono estaba sonando.
Sonrió al ver de quién se trataba.
—Lo sabía —Susurró antes de responder —¿Qué quieres, Charles? ¿Ya te aburriste de tu tonto juego con Sergio?
—S-sergio está en el hospital —Respondió Charles con una voz temblorosa.
Carlos casi se atraganta al escuchar esto, pero rápido entro en un estado de negación.
—¿Acaso es un juego para llamar la atención? —Insinuó para después tomar un poco de agua.
—Eres un idiota —Respondió Charles mientras unas lágrimas escaparon y recorrían sus mejillas — ¿Puedes por un segundo no ser tan maldita sea egoísta? —El llanto se convirtió en molestia —Casi matan a Max, y Sergio está hospitalizado, ¿Pero tú piensas que esto se trata de nosotros? Haz lo que quieras, piensa lo que desees. Ya no hay un nosotros, y enfócate en nuestro amigo.
Charles colgó el teléfono sin esperar una respuesta.
Ahora debía ir a ver a Sergio, eso era lo importante y al menos había cumplido con su deber de informar.
—Señor Pérez, debe mantener reposo —Insistió el doctor Vettel —No olvide que sufrió un infarto.
—Tengo que estar para mi niño —Dijo Don Toño levantándose de la cama —Y ya me siento mucho mejor, doctor.
El doctor Vettel suspiro pesadamente.
Por más que Don Toño fuera amable, era un paciente difícil al ser tan necio.
Y no podía retenerlo, por más que quisiera.
Así fue como Don Toño regreso a la habitación de su hijo, observando lo hinchados que estaban sus ojos al llorar toda la noche.
Sin embargo, el cansancio habían hecho que su cerebro dejara de repetir esas terribles imágenes que solo parecían volver por la noche.
Sergio estaba profundamente dormido y se miraba más tranquilo.
Don Toño haría lo que fuera necesario para que su niño saliera de esa mala situación, y deseaba encontrarse con los responsables de su ataque.
Max estaba subiendo las maletas a la camioneta de su padre.
Estarían regresando para la noche del domingo y estaba más que feliz de volver a ver a su amado Sergio.
Quería volver a estar en sus brazos, que lo abrazara y le dijera cuánto lo quería.
Extrañaba sus ojos, esos que lo miraban con dulzura, y sus bonitas pecas, aquellas que quería contar todas las mañanas.
Deseaba contarle lo bien que lo había pasado. Era la primera vez que disfrutaba de algo en familia.
También sabía que debía ser honesto sobre el comportamiento mayormente hostil de su padre, y porque su buen actitud lo emocionaba.
Charles llegó al hospital y rápidamente ingreso a la habitación de Sergio.
No sin antes saludar a su amigo Óscar y los padres de este, quienes habían ido a visitar al joven lastimado.
—Charles —Dijo Sergio cuando lo vio entrar.
—Dios mío, tu brazo, tu ojo y tu cabeza —Exclamó con preocupación apenas lo vio.
—Ya sé lo que tengo lastimado, no hace faltar contarlo —Bromeo el pelinegro.
Al menos estaba de un mejor humor que el día anterior.
El castaño insistió en que le contara como había ocurrido todo.
Y Sergio lo hizo, pero omitió el detalle del mensaje.
En cambio, pidió un favor.
—Haré lo que sea —Prometió Charles.
—Busca a Max, necesito verlo —Sergio necesitaba hablar con él, aclarar las cosas.
—Lo llamaré —Dijo Charles mientras tomaba su teléfono —Solo dime cuál es su número.
—Buscalo en su casa, o al menos dime si está ahí —Comenzó el pelinegro todavía nervioso por su idea —Te daré su dirección, vive prácticamente a mi lado.
Charles caminaba rápidamente entre las calles, buscando la casa del rubio.
La tarde estaba comenzando a caer, y cuando dio con la casa se percató que no había nadie.
No tenía forma de comunicárselo a Sergio más que regresando al hospital.
Así que comenzó a caminar hacia la parada del autobús. No fue hasta entonces que vio a Max en un auto, distraído con su teléfono.
Persiguió el vehículo cuando arrancó, y lo vio estacionarse afuera de aquella casa.
Max ayudaba a su padre a bajar todas las cosas y Charles solo buscaba el momento adecuado para acercarse.
Había visto el terrible temperamento de Jos y no buscaba provocarlo.
Pero esto solo lo llevo a que la noche se hiciera presente, y el tiempo comenzaba a escasear.
Tomo valor y corrió hacia la casa, tocó el timbre deseando tener buena suerte y que Max fuera quien abriera la puerta.
—¿Charles? —Dijo Max apenas lo vio.
—Sergio está en el hospital —Soltó el castaño sumamente apresurado.
El rubio se quedó en shock por un momento, deseando que fuera mentira.
Parpadeo un par de veces hasta que se dio cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas ante la idea de que su novio estuviera lastimado.
—¿E-esta bien? —Balbuceó un poco.
—¿Max? ¿Qué estás haciendo? —La voz de Jos los tenso a ambos.
Por suerte no había salido de la casa.
—Te lo explicaré en el camino, no tenemos tiempo —Insistió Charles temeroso de que Jos apareciera.
Max se detuvo a pensarlo por un momento.
Claro que quería estar con Sergio, pero temía la reacción de su padre al notar su ausencia.
Se sentía atrapado.
Y por primer vez en su vida, decidió seguir su corazón.
El rubio salió de casa y cerro a puerta del portón, ignorando los gritos de su padre.
Ambos jóvenes tomaron un taxi, siendo pagado por el castaño que no estaba dispuesto a esperar a que Jos les diera alcance.
Al llegar al hospital, Max rápidamente se apresuró a entrar a la habitación de Sergio y se quedó paralizado al verlo en aquella cama.
Verlo así le rompió el corazón.
—Mi amorcito...—Susurró Max, llamando su atención.
—¿Max? —Dijo Sergio al verlo, un brillo ilumino su mirada al no sentirse decepcionado.
—¿Qué te hicieron? —Preguntó Max mientras caminaba unos cuantos pasos hasta quedar pegado a su cama.
Charles le había contado una versión resumida de los hechos, pero el resultado era peor de lo imaginado.
—¿El sábado por la tarde me pediste vernos? —La pregunta de Sergio lo tomo por sorpresa.
—No, amor, no recuerdo haber hecho eso —La respuesta de Max no le daba mejores opciones al pelinegro —Apenas volví esta tarde.
Pero no parecía estar mintiendo.
— Entonces me confundí —Mintió Sergio y observó el reloj de la pared —Es muy tarde, tus padres se molestaran.
—Te dije que te cuidaría —Dijo el rubio acercándose a él, agachándose un poco para estar a su altura —Aquí estoy, no me iré.
Entonces Max se acercó lo suficiente para acortar cualquier espacio entre ambos, juntando sus labios con sumo cuidado de no hacerle daño.
Sergio le correspondió al instante, mientras una lágrima escapaba recorriendo su mejilla.
No había mejor sensación que el de sentirse seguro al lado de su pareja.
—Mi amor, mi león...—Susurró Sergio cuando se separaron.
Se sintió un poco culpable al haber dudado de él.
Sabía y conocía a Max, él jamás le haría daño.
Se había arriesgado a verle a esa hora, sabiendo que podría recibir una reprimenda de su padre o algo peor.
Sergio no sabía lo que podía ser "algo peor" en la relación del rubio con su padre.
—Hijo, ¿Tienes ham...? —Don Toño no pudo terminar de hablar al ver en la situación en la que encontró a su hijo con el joven rubio —¿Emilian? ¿Qué haces aquí, hijo? ¿Qué están...?
—Señor, yo...—Max lo interrumpió pero ni siquiera pudo terminar.
—Max es mi novio —Dijo Sergio en un tono tan alto que parecía un grito desesperado.
No pudo evitar confesar, no aguantaba más el decirlo abiertamente.
—¿Max? ¿Cómo mi Max?—Repitió Don Toño todavía confundido —¿No te llamabas Emilian?
—Si, pero me dio vergüenza —Confesó el rubio —Me llamo Max Emilian, pero no me gusta compartir nombre con su perro.
—¿Eres novio de mi Sergio?—Continuó el mayor todavía confundido, algo que hizo creer al rubio que estaba decepcionado.
—Sí, señor —Respondió Max, y en medio de su desesperación se acercó rápidamente a Don Toño y se arrodilló frente a él —Por favor, no se enoje, yo quiero mucho a su hijo.
El hombre se sintió más confundido cuando el rubio se abrazo a sus piernas suplicando que lo aceptara como su yerno.
—Max, te vas a ensuciar —Dijo Sergio cuando vio la escena, intentando aguantar la risa.
—Hijo, levántate del suelo —Don Toño lo tomo de los brazos y lo hizo ponerse en pie —Solo me confundí con los nombres, no significa que no te quiero para mi niño.
Max sonrió ante este y abrazo a Don Toño con tanta fuerza que casi lo deja sin aire.
—Lo quiero mucho suegrito —Dijo Max mientras lo abrazaba.
—Me estás dando mucha vergüenza —Soltó Sergio desde su cama y el rubio rápidamente soltó al señor.
—¿Te doy vergüenza? —Pregunto Max indignado.
— Max, no hagas una escena frente a mi papá, va a pensar que eres un grosero —Lo amenazó Sergio y el rubio observó a Don Toño, quien le siguió el juego a su hijo.
—No me gustan los groseros —Dijo el mayor con una seriedad poco conocida.
Max se puso colorado ante esto.
—Mire como me llamo —Se quejó el rubio — Yo siempre le digo amorcito, mi amor, y él solo me llama “Max” a secas.
Don Toño comenzó a negar con la cabeza, divirtiéndose con la situación y feliz de ver a su hijo más relajado ante la presencia de su pareja.
—Sergio, debes tratar a tu pareja con más cariño —Le advirtió a su hijo y Max se agarró de su brazo, como si estuvieran del mismo lado —Tú también, comportate.
El rubio lo soltó al instante.
—Papá tengo hambre, sabes que no me gusta la comida de hospital —Se quejó Sergio buscando una excusa para que lo dejara a solas con su novio.
—Les traeré algo a ambos —Dijo Don Toño caminando hacia la puerta —Emi- Max, ¿Tus padres saben que estás aquí? Ya es bastante tarde.
—Si, mi mamá dijo que estaba bien —Mintió, ni siquiera había revisado las decenas de llamadas perdidas que tenía de sus padres.
Don Toño asintió y se retiró.
—Movere está silla para sentarme a tu lado —Dijo Max mientras agarraba una de las pequeñas sillas de la habitación.
—Mejor acuéstate aquí conmigo, estar contigo me tranquiliza —Pidió Sergio y el rubio obedeció.
Se acomodaron en la cama para poder estar cómodos los dos.
Sergio se acurrucó en el pecho de su novio, escuchando su corazón.
Si bien sabía que Max no era responsable de lo ocurrido, definitivamente la persona detrás de eso había tenido acceso a su teléfono.
El pelinegro averiguaría por su propia cuenta si sus sospechas eran verdaderas, aunque temía el resultado de todo eso.