ID de la obra: 1530

La flecha de Cupido

Slash
NC-17
Finalizada
4
Fandom:
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
262 páginas, 83.317 palabras, 35 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
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Liberado

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Sería una locura afirmar que todo pasa por casualidad. Cuando Sophie llegó al lugar para reconocer el cuerpo de su esposo, se llevó una terrible sorpresa al ver el estado en el que se encontraba. Agradeció por no haber llevado a Max con ella, pues sabía que una imagen así sería difícil de olvidar. Pero al menos deseaba que su esposo finalmente estuviera en paz. Siempre había sentido que él estaba resentido con la vida por no haber conseguido sus sueños de juventud. Dicho resentimiento habría causado estragos en su propio dinámica familiar, presionando tanto a su hijo que lo alejaba con cada cosa que le hacía. Y si bien no conocía la completa naturaleza de su esposo, deseaba que todo ese odio haya desaparecido al menos en los últimos momentos de su vida. Pero se entristeció mucho a saber que su muerte no fue instantánea, sino larga y dolorosa. Información que no compartiría con su hijo para no hacerle más daño. Ya era un momento doloroso para la familia, no era necesario pensar en el horror de los últimos momentos de su padre. Firmó todos los papeles necesarios para poder terminar de una vez con esa tortura w irse a casa. Y cuando solo esperaba recibir las últimas pertenencias de su esposo, un objeto llamó especialmente su atención. —¿Qué es esto? —Preguntó la mujer tomando una navaja dentro de una bolsa de plástico —No es de mi esposo, se están equivocando. —Estaba entre las pertenencias dentro de su carro —Explicó el oficial que la atendía. —Pero él no es aficionado a tener esta clase de objetos —Explico Sophie mientras alejaba la navaja —Esto no es suyo. Debe ser de alguien más. La navaja, el objeto que había empezado todo, se había vuelto un enigma en la escena del accidente. A Jos no le gustaban los objetos filosos, temía que Max se lastimara con alguno si estaba cerca de ellos. Así que no entendía porque su esposo cargaría con una navaja en su automóvil, vehículo que usaba para transportar a su hijo en diferentes ocasiones. Jos era muy controlador y no permitiría que nadie faltara a sus reglas, entonces ¿Por qué rompería una que fue hecha específicamente para el bienestar de su familia? No tenía sentido y le parecía extraño. Pero no quiso pensar más en eso, no quería alargar algo que ya era de por sí molesto y frustrante. Por otro lado, en la casa de los Pérez los ánimos eran muy diferentes. Max, quien estaba abrazado al cuerpo de Sergio y se había colocado en el pecho de su novio, no dejaba de jugar con los bordes de la playera de este. Sergio comenzaba a quedarse dormido, pero pronto sintió como el rubio comenzaba a acariciar su abdomen, sabiendo lo que esto podría significar. —Mi papá no tardará en venir—Le recordó el pelinegro. Max sonrió ante ese comentario, pero continuó con su travesura. —Tu papá piensa que seguimos en el cine —Respondió el rubio levantando la cabeza para mirarlo —Pero si quieres que me detenga, lo haré. El pelinegro se mordió el labio intentando disimular una sonrisa. —Convenceme con tus besos —Propusó, y no tardo en sentir el peso de su novio sobre él, y sus labios siendo tomados por los suyos. Abrió sus piernas para dejarlo acomodarse sobre él, se sentía tan pequeño por la diferencia de altura. Max no dudaría en introducir su lengua en la boca de su novio, siendo bien recibida por la suya. No había más sonido en aquella habitación que las de sus respiraciones agitadas y pequeños quejidos. Aunque esto pronto cambiaría, pasando de un tímido silencio a un alarido de gemidos y súplicas de placer. Las manos traviesas del rubio rápidamente buscaron tocar la piel del otro, deslizándose bajo la ropa de su pareja y comenzando a acariciarlo con deseo. Se esperaban un poco para tomar aire, pero esto duraba poco ante el calor del momento. Sin embargo, Max se separó un poco de su novio y lo ayudo a quitarse esa estorbosa playera que cubría de su vista su deseado pecho. Se acercó de nuevo a sus labios y le dio un corto beso antes de dirigirse a su cuello y comenzar a devorarlo. Sergio soltaba pequeños quejidos de placer que solo animaban más al rubio. Besando, chupando y dando pequeños mordiscos en el cuello de su pareja, dejando una pequeña marca que solo delataria su presencia. Fue dejando un camino de besos que descendía hasta el pecho del pelinegro, atrapando con sus labios uno de sus pezones y lamiendolo hasta sentir como su pareja reaccionaba a esto. No era la primera vez que se lo hacía, pero temía que su reacción fuera la misma y que quizá no entendiera lo mucho que le gustaba llevárselo a la boca. Porque a Max le gustaba mucho cada parte de su novio, y eso incluía sus pechos. Pero su reacción no era de confusión o espanto, sino de placer. El pelinegro puso una mano sobre el cabello del rubio y este continuo lamiendolo. Cuando se canso con uno, fue con el otro y replicó el placer que solo él sabía darle a su pareja. Pronto sintió sus labios hinchados y rojos por la extenuante labor, así que pensó que era el momento de deshacerse del resto de la ropa para buscar lo que tanto le gustaba. Max rápidamente se quitó la playera y bajo sus pantalones con su ropa interior, Sergio comenzó a hacer lo mismo pero el rubio se apuro en ayudarlo, ya que le gustaba la sensación de poder que le daba el desvestirlo. Sergio sintió un escalofrío al estar completamente desnudo en su cama, le gustaba la idea de que Max estuviera tan excitado con solo verlo desnudo. El se colocó a su lado, acarició su cuerpo con sus manos y sintió como su novio tembló ante su tacto. Llegó hasta las caderas de su novio y con una mano tomo su miembro y comenzó a estimularlo. En ese momento el teléfono del pelinegro comenzó a sonar y el joven intento alcanzarlo, logrando ver de quién se trataba. —Es mi papá —Balbuceo el pelinegro sintiendo como la mano de su novio tomaba su falo y lo masajeaba. Max se acomodo entre las piernas de su novio y llevo su miembro a su boca, jugando con su lengua y saboreando la punta. Sergio gimió al recibir eso como respuesta, y abrió más las piernas para darle todo el espacio que necesitara. El rubio deslizaba su lengua por la longitud de su pareja, dejándolo entrar en su boca y presionando con las paredes de esta, hasta arrancarle gemidos de placer. El ruido de su miembro siendo tomado por la boca del más alto era simplemente excitante para ambos. Max comenzó a moverse, subiendo y bajando por la longitud de su pareja, sintiendo como movía sus caderas en busca de un mayor contacto. Sergio se mordió el labio, queriendo ahogar sus quejidos que eran cada vez más sonoros y termino lastimandose a si mismo, dejando un sabor a sangre en su boca. Pero lo dejo pasar, concentrarse en el increíble trabajo vocal de su pareja. El rubio estaba siendo presa de su propia erección, que deseaba ser atendida para complacerse. Separó su boca del miembro de su novio, haciendo que unos hilos de saliva cayeran en sus piernas. —Necesito el lubricante —Dijo Max levantándose de la cama y buscando el objeto en donde lo habían escondido. Sergio comenzó a masturbarse mientras miraba su cuerpo desnudo. Una vez lo encontró, el rubio no dudo en abrir el envase y dejar caer un poco del líquido en sus manos. Las frotó suavemente y se giro para ver a su pareja, la imagen del pelinegro acostado en su cama con su mano subiendo y bajando por su miembro erecto, era tan pecaminosa como estimulante. Esto llevo a que el rubio comenzará a tocarse a si mismo, mientras que poco a poco se acercaba a la cama de su pareja. Sergio se quitó las manos de encima, se levantó de su posición y se colocó en cuatro. Cuándo Max estuvo frente a él, acercó su boca y dejó que metiera su miembro en esta. El pelinegro soltó un gemido ahogado cuando sintió toda la carne de su novio hasta la garganta. Max sonrió al verlo de esa manera, observando como su miembro desaparecia entré sus labios. El rubio lo tomo de los cabellos y comenzó a acariarlo, moviendo su cabeza al ritmo que él deseaba. Sintiendo como su lengua juguetona lo tomaba y su boca húmeda y caliente le daba un placer sin igual, solo superado por su mayor deseo. Max se relamio los labios, deseaba estar tan dentro de su pareja, pero primero debía prepararlo. Así que volvió su atención hacia el bote de lubricante y tomo un poco más con sus manos, logrando estirarse lo suficiente para alcanzar su trasero y comenzar a estimular su entrada. Sergio flaqueo un poco al sentir sus dedos jugando con sus pliegues, la forma en como lo masajeaba hasta que lo sentía entrar en él. Apretó sus labios con fuerza, haciendo que Max soltara un gemido ronco producto de una buena chupada. Pero el pelinegro rápido lo saco de su boca, ante el temor de lastimarlo debido a su cuerpo siendo estimulado. El rubio no se detuvo, de vez en cuando ayudándose de una de sus manos para abrir sus nalgas y tener acceso a él. Sergio se sostenía de sus caderas con fuerza, sintiendo la invasión de otro dedo. Max se movía dentro de él, provocando más quejidos de placer y una poca paciencia para ser presa de sus deseos. — Cógeme—Rogó el pelinegro —Por favor, ya no aguanto. Te necesito. Sergio reposaba su cabeza en su abdomen y lo miraba con ojos suplicantes. Era imposible decirme que no cuando lo miraba así. El rubio saco sus dedos y lo hizo darse la vuelta para tener una linda vista de su trasero expuesto. Max hizo que se recostara casi por completo en la cama, solo manteniendo sus caderas arriba y él se colocó con una pierna encima del colchón. Acercó su miembro a su entrada y comenzó a estimularse entre sus nalgas, hasta que fue entrando poco a poco en él. Sergio gimoteo al sentirlo dentro de él, intentando ahogar sus quejidos contra la almohada que había colocado debajo de él. Max lo tomo de la cintura y comenzó a embestirlo, no siendo tan brusco al inicio. Disfrutaba mucho de la forma en como Sergio apretaba su carne en su interior y movía sus caderas buscando más de él. Pero le gustaba más cuando se volvía un poco más atrevido y tomaba la iniciativa. — Quiero estar arriba de ti —Pidió el pelinegro —Deseo volver a montarte. El rubio recordó lo excitante que fue para él ver cómo su novio subía y bajaba sobre su miembro a voluntad, y deseaba tener esa sensación otra vez. Cuando Max se acostó en la cama para cumplir su capricho, no esperaba que su novio se colocará dándole la espalda. Vio como Sergio se colocó encima de él y con su mano tomo su miembro para dejarlo entrar libremente por su apretado agujero. Verlo tomar su polla de esa forma solo lo excito más, viendo a Sergio dar pequeños saltos sobre sus caderas y tomar su carne por completo. Entonces, cuando parecía detenerse para recuperar un poco la energía, Sergio se movió en círculos sobre las caderas de su novio y esto le dio una mejor sensación de placer. Max estaba tan excitado, que cuando comenzó a subir y bajar sobre él, no pudo evitar darle una nalgada en el trasero. Esto tomó por sorpresa al pelinegro y asustó al rubio, pensando que se había molestado al detenerse abruptamente. —Yo... —Max estaba a punto de disculparse cuando fue interrumpido. —Hazlo otra vez —Respondió Sergio sumamente excitado. Esta respuesta sorprendió al más alto, pero el pelinegro continuo moviéndose sobre su caderas y volvió a subir y bajar sobre su miembro, entonces el rubio obedeció y le dio otra palmada. El actuar de su novio solo excitaba más a Sergio, quién comenzó a masturbarse al mismo tiempo que montaba el miembro de su pareja. No tardaría mucho en correrse sobre su propia mano y ya no limitarse en controlar sus gemidos de placer, que solo aumentaban la excitación de su pareja. Sentía un ardor en su trasero, producto de las nalgadas dadas por su novio. Max sentía como el clímax se acercaba, haciendo que Sergio se pusiera de nuevo en cuatro y comenzó a embestirlo con fuerza, llenando su habitación con sus quejidos y lloros de tanto placer. Ninguno de los dos había escuchado que alguien había entrado por la puerta principal. Sus quejidos alertaron a la persona en la primera planta de la casa, haciéndolo subir las escaleras. —...Más, si...—Sergio gemía y sus caderas hacían un ruido sonoro que hizo al intruso levantar una ceja— Cógeme, soy tuyo. —Eres mío, solo mío —Respondió Max al mismo tiempo que la puerta de la habitación de Sergio se abría. —¡Te atrapé! —Gritó Carlos apenas entró a la habitación. El castaño había pensado que Sergio estaba dándose placer a si mismo y quería molestarlo con eso, pero no se imagino lo que vería cuando entro en su habitación. Para cuando hizo su aparición, Max ya había alcanzado su orgasmo mientras embestia a su pareja. Ambos se quedaron estáticos pero agitados al verlo, sin entender cómo había acabado ahí. Carlos iba camino a visitar a Sergio cuando se encontró con Don Toño, quien le pidió de favor que fuera a su casa a dejar la medicación de Max, el perro, ya que se había retrasado en sus pendientes. Él acepto porque le servía de excusa para hablar con su amigo. Así que cuando llegó a la casa y escucho todo el ruido, pensó que sería una buena broma molestarlo. Y ahora solo veía a su mayor enemigo follandose a su mejor amigo. —Mierda... —Susurró Carlos al darse cuenta de lo que había interrumpido. Sergio, todavía aturdido por el orgasmo que había alcanzado junto a su novio, no pudo decir ni palabra cuando sintió como Max salía de él. Incluso solo se le escapó un gemido al sentir eso. Pero el rubio estaba en otra situación. Carlos no pudo reaccionar cuando Max lo empujó bruscamente. —¿Qué carajos haces aquí? —Reclamó el rubio —¿Qué miras? Largo. El castaño, todavía estupefacto, solo se limitó a desviar la mirada hacia Sergio en busca de ayuda. Pero ese acto fue su sentencia. —¿Por qué miras a mi novio? Idiota —Ahora Max estaba más que molesto —Largo. Carlos, ya sea valiente o idiota, decidió defenderse. —No me hables así, imbécil —Dijo el castaño, pero no pensó mucho cuando soltó lo siguiente —¿Qué pensaría Don Toño si supiera que te estás cogiendo a su hijo? En ese momento Max lo tomo por el cuello de la camisa, estaba harto. —Es natural cogerme a mi novio, estúpido —Respondió el rubio para después soltarlo —Largate, ya. La voz amenazante de Max lo hizo flaquear y Carlos se apuro en salir de la habitación. Sergio seguía acostado en la cama, pero ver a su novio tan enojado lo hizo excitarse una vez más. Esto fue notado por el rubio, quien se acercó de nuevo a la cama y comenzó a besarlo, pero el teléfono de Sergio comenzó a sonar y está vez no podían seguir ignorando a Don Toño. Escucharon la puerta de la casa cerrarse, era Carlos escapando de un amante celoso. Sergio atendió el teléfono y le aviso a su padre que ya estaban en casa. Don Toño al principio se molestó, pero después le dijo que pasaría a comprar algo que pudieran comer los tres, ya que no sabía en qué momento la madre de Max regresaría. — Deberíamos bañarnos —Propuso el rubio, y Sergio entendió perfectamente a lo que se refería. Y mientras los dos jóvenes enamorados se arrancaban suspiros entre ambos, por otro lado, habían dos jóvenes temerosos de sus propias acciones. —No tiene relación, ¿O si? —Cuestionó Daniel sumamente nervioso. —No lo sé, el chico ni siquiera es arquero —Respondió Lando mientras afilaba su navaja —Pero fue él, ya todos lo saben. —Mientras no lo liguen a lo del chico de los Eagles... —Comenzó Daniel, pero se detuvo en seco cuando Lando clavo su navaja en la mesa. —Cierra la boca, no hablemos de eso —Lando estaba molesto, pero algo llamo la atención del más alto. Vio que esa navaja no era la misma que Lando siempre cargaba. No, está era nueva. —¿Nueva compra? —Pregunto Daniel intentando cambiar el tema, y disimulando su curiosidad. —Esta bonita, ¿No?—Lando tomo la navaja y se la mostró. —Pero, ¿Qué paso con la otra?— Daniel se dio cuenta de como se tensó ante esa pregunta. —Ya estaba muy vieja, la tire —Mintió. —Tenía un buen filo —Respondió el más alto, recordando lo que había hecho con ese objeto. Lando solo lo miró y no dijo nada. No era idiota, esa navaja era evidencia que necesitaba desaparecer de sus pertenencias. El día en que recibió el pago por su buen trabajo, Lando la colocó discretamente en la guantera del auto de Jos y se marcho sabiendo que, si en algún momento lo señalaban, su nueva navaja no tendría ni un rastro de sangre. Lo que él no sabía, era que su vieja navaja tendría la sangre de más de uno.
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