The downfall
22 de diciembre de 2025, 18:47
Esa noche ambos actuaron de manera extraña.
Christian se dio cuenta de esto, pero pensó que se trataba de un berrinche para no volver a casa.
Y el camino no fue nada más que silencio.
Llegaron a casa y se fueron a sus habitaciones.
Max no sabía cómo manejar las cosas. Lo quería tanto que era capaz de renunciar a él por su bienestar.
Pero no era el momento para dejarlo solo.
Sergio sufría en silencio.
¿Cómo podrían pensar eso de él?
Sabía que el blog había sido muy ambiguo en ese aspecto, pero ¿Por qué razón creyeron en esa conclusión?
Él no era eso. Jamás podría hacer algo así.
Se supone que ellos son sus amigos, y ninguno tuvo el valor para cuestionar eso.
Sintió que siempre había estado solo.
No importaba cuántas veces cuido de ellos.
No importaba lo mucho que los ayudaba en sus materias.
No importaba el valor que les dio en su vida.
Nada de eso importaba.
Todos lo abandonaron por una mentira.
Excepto una persona.
Sabía que debía dejar sus sentimientos de lado, pero no podía evitar amar tanto a aquel rubio que le sacaba muchas sonrisas.
Y mientras ellos pudieran estar juntos, nada importaba.
A la mañana siguiente ambos se prepararon para volver al instituto.
Sergio se sentía pesimista respecto a la situación.
Pero intento tranquilizarse a sí mismo al tener en claro que no podía controlar lo que la personas pensaran de él.
Max intentaba no pensar en aquel mensaje. Lo abrumaba demasiado.
Llegaron a la escuela y cada quien siguió su camino.
Estaban demasiado enfocados en lo que sentían, que no se percataron del sufrimiento del otro.
Sergio llegó a su lugar y encontró un sobre en su silla.
Lo tomo con cuidado, se sentó y saco el contenido para ver de qué se trataba.
Era un cupón de descuento en vinos y licores. Además de un paquete de condones.
De pronto escucho un par de risas y murmullos.
Sabía que debía ignorarlos, pero le era imposible soportar eso
Molesto, tomo sus cosas y salió del aula.
Max estaba hablando con sus amigos cuando sintió que alguien lo tomo del brazo y lo arrastraba con él.
Era Sergio, quién se lo llevaba a la salida del lugar.
—Necesito irme, por favor, llévame—Pidió casi en una súplica.
Jamás lo había visto tan vulnerable.
El rubio cedió ante el pedido y se marcharon del lugar sin darse cuenta que alguien los observaba.
Lo llevo de vuelta a casa. Apenas entraron al ascensor cuando Sergio lo envolvió en un abrazo y comenzó a llorar.
Max correspondió su gesto intentando no llorar con él.
No sabía lo que estaba pasando, pero era un momento difícil para ambos.
Llegaron a su piso y por suerte Christian ya se había ido. Ambos se separaron y caminaron uno detrás del otro.
Sergio se recostó en el sofá. Se sentía tan cansado, como si no hubiera dormido en días.
El rubio recibió otro mensaje.
“¿Crees que no hablo en serio? Termínalo ya.
Max se sentó a su lado. Sabía que debía decirle en cualquier momento, pero entendía que Checo no podría soportar ninguna de las dos opciones.
Si terminaba con él, se quedaría solo.
Si continuaban, sería el fin de todo.
Decidió que era mejor despejar su mente. Le dio una palmada en su pierna, llamando su atención.
—Vámonos—Propuso el rubio.
—¿A dónde? — Sergio se acomodó en el sofá, mientras observaba a Max caminando hacia el ascensor.
—A la playa.
El pelinegro lo miro estupefacto.
—¿Enloqueciste? No podemos irnos así nada más.
—Regresaremos en la noche—Max lo miraba con dulzura, algo que derretía el corazón del pelinegro.
Sergio sonrió, no se necesitaba mucho para que Max lo convenciera de hacer algo así.
Salieron de casa y en todo el camino hacia la playa el rubio le contaba anécdotas para distraerlo.
Fueron al centro comercial, donde vieron un carrusel en medio del lugar. Max lo había visto el día anterior, pero no pudo decirle a Sergio porque el mensaje lo tomo por sorpresa.
Max convenció a Sergio de subir mientras él le tomaba fotos.
El pelinegro acepto solo para hacerlo feliz.
Subió a uno de los caballos de la atracción y posaba para las fotos del rubio cada vez que pasaba cerca de él.
Cuando termino el juego se bajo corriendo y Max se acerco a mostrarle las fotos.
—También tome un video, te veías lindo ahí arriba—Dijo el rubio mientras le mostraba el contenido de su teléfono.
—Sube conmigo—No era una pregunta, más bien una orden.
El rubio se dejo arrastrar hasta la atracción. Checo insistió en sentarse uno junto al otro y cuando comenzó el juego lo tomo de la mano.
Max nunca se había sentido tan feliz.
El resto de la tarde la pasaron en un restaurante con música en vivo. Incluso bailaron juntos, sin importar si alguien los veía.
Disfrutaban mucho su tiempo juntos, que ni siquiera se dieron cuenta cuando anocheció.
El rubio se asusto cuando vio la gran cantidad de llamadas perdidas que tenía en su teléfono.
Eran de su padre.
—Es hora de irse—Dijo Max mientras para después pedir la cuenta y pagarla.
Salieron del lugar, pero había comenzado a llover.
—Si corremos no nos mojaremos tanto—Propuso el pelinegro.
—Solo ten cuidado—Respondió Max.
Ambos comenzaron a correr hacia donde estaba el auto.
Sergio se resbalo, pero Max llego a tiempo para sostenerlo.
—Gracias—Dijo recobrando la compostura.
—Te dije que tuvieras cuidado—El rubio lo regañó.
El pelinegro sentía que esa tarde había sido mágica.
No podía continuar guardando sus sentimientos o exploraría en cualquier momento.
Era ahora o nunca.
No le importaba que siguiera mojándose por el agua que no paraba de caer.
—He querido hablar contigo todo este tiempo—Comenzó y Max lo miro con atención—No puedo seguir ocultando lo que en verdad siento. Lo que tú has provocado en mí—El pelinegro acorto un poco la distancia entre ambos—Y no te pido que me des una respuesta. Solo quiero que sepas que me he enamorado de ti.
El rubio sintió que su corazón iba a mil por hora.
Entonces Sergio termino de cerrar la distancia entre ambos, juntando sus labios en un cálido pero tierno beso. Sintiendo que moriría en sus brazos en cualquier momento.
Pero toda la magia desapareció en un instante.
Max lo separo de su cuerpo, aturdiendo al pelinegro con su actuar.
—No, Sergio—Dijo con una voz algo seria—Yo no te amo.
Sintió que el aire escapaba de sus pulmones.
—¿Qué? —Fue lo único que escapo de sus labios.
El rubio trago seco. Era muy difícil para él, pero no podía seguir prolongando eso.
—Era solo sexo ¿Okay? —Continuó—No lo confundas.
Esas palabras terminaron de matarlo.
Sergio no dijo nada.
Con lagrimas en los ojos, el pelinegro tomo el poco orgullo que el quedaba y se fue dejándolo solo.
Max quería correr tras de él.
Estaban lejos de casa y no quería que estuviera solo.
No quería dejarle.
Pero tampoco podía tenerlo.