II: el aroma del papel.
26 de diciembre de 2025, 16:37
Muichiro dejó su nichirin apoyado en una esquina de su mansión tras una tarde exorbitante de entrenamiento totalmente fallido, observó a los aprendices sin simpatía, que por principio quería aceptar ciertas críticas a su método de enseñanza, pero por favor ¡Qué dicha! Ni bien empezó su estadía en la cofradía cómo cazador se convirtió en un Hashira ¡Un poco más de voluntad! O quizás la humanidad yacía abandonándolo con cierto descaro. Pasa por penas que al instante se elimina, los dolores y las cicatrices le indicaban cuánto estaba sufriendo en esta vida.
¿Cuántas peripecias tendría que soportar antes de alcanzar un final feliz? ¿Eso indicaba vivir o morir en el intento?
Muichiro había considerado las relaciones un malgasto, una tontería, un remolino de falacias, seguramente. No pensaba así por una mala imagen sobre el matrimonio, es más, sus padres le dieron el mejor ejemplo, pero, aquí entre nos, las circunstancias de la vida no le permitían que la juventud con una huella de pubertad se le cruzase y arruine sus planes de aniquilar todo aquel demonio que exista.
Pero la vida no siempre te da señales o indicios sobre un cambio repentino.
Muichiro entró a una cabaña, adentro, se encontraba Kanamori, todavía afilando y puliendo una katana. El crujido de la puerta hizo que el vello de sus brazos se le pusieran de punta. El ambiente estaba cálido, probablemente por el calor que transmitía el Sol a esas horas.
— Tokito ¿Necesita mi ayuda en algo? Por un segundo creí que el señor Kuwajima estaba a mi lado ¡Se me disparataron los pelitos! — dijo el señor Kanamori con una pequeña risa acompañado de un aplauso, fue sentándose en el piso y bebiendo agua de la frágil redoma que suele traer.
— No, gracias. Me preocupa Nezuko, yo solo vine a escribir una carta. Usted ya sabe lo de siempre. — contestó Muichiro con un guiño de complicidad, que el otro supo interpretar rápidamente. Pues bien, que el muchacho tenía un rechazo poco varonil sobre el matrimonio, pero ahí estaba, pensando en la cazadora que portaba un demonio.
— Pronto empezará el invierno, Tokito, y caerá la nieve. ¡Invítela a un paseo! Un poco de sol reconforta la desesperanza y usted está cargando con mucha — Muichiro giró la cabeza a su dirección, indignado; — ¡No me mire así! El que nace chicharra muere cantando, nadie sabe si tendremos larga vida o no, se le nota en los ojos distraídos ¡Usted está enamorado!
— ¡Qué tonterías decís! — Fijó su mirada a aquella hoja semi-amarillenta que sostuvo por un buen tiempo, se sintió avergonzado. No quiere que malinterpreten su preocupación para nada fuera de lo platónico. La rosácea en el rostro se volvía cómplice de aquellas palabras que escuchaba seguido.
— ¡Hombre, por dios! No le hace mal a nadie. Es joven, disfrute lo que le queda que luego se arrepiente y la noche se va a hacer cargo de reprochárselo con descaro — Kanamori se incorporó nuevamente para seguir con su labor. — Escriba su carta, que yo no lo molesto.
— Me preocupa Nezuko — Murmuró.
El viento fresco que se colaba por las ventanas casi abiertas traía consigo el aroma a pasto recién cortado. Era cierto, quizás se le aceleraba el ritmo cardíaco cuando se fijaba en pequeños detalles, incluso analizó lo poco que le temblaban los dedos cuando se enfrentó a él en el entrenamiento, sí, quizás sus trazos de tinta ahora suaves empezaban a ocultar cierto mensaje cifrado y directo que le permitía debatir nuevamente sobre sus ideologías. El viento fresco que se volvió a colar le calmó la rosácea, pero le pegó cómo una cachetada, pero no cualquier cachetada, porque no fue del viento mismo y él lo sabía.
Por otro lado, la gran mencionada de la historia, se encontraba caminando a paso lento hacía la finca de las mariposas. Un mal movimiento en el entrenamiento con Tomioka le hizo zafarse el pulgar de lugar y, en vez de hacer mal en acomodárselo ella misma, optó que era mejor pedirle ayuda a Aoi con estas cosas.
Cuando llegó y explicó qué pasaba, Aoi, delicadamente le dijo:
— Andás con la espada en gloria y el culo en pena, Nezuko.
— ¿Por qué no te tomás un té verde de calidad y te dejás de hinchar? Acomodalo y listo.
Aoi hizo un poco de masajes antes de estirar y acomodar en un click el pulgar, eran muy cercanas para tener este vocabulario, no lo hacían enfrente de las niñas por miedo a que repitan a los cuatro vientos malas palabras o peor aún, se lo digan a sus mayores. Cuando salieron del consultorio, con un poco de charla para ponerse al día, el pasillo se les hizo corto y cuando sintieron un temblor sutil de las plantas que había en los jardines, adivinaron allí la presencia de otro cuervo.
— ¡Ese cuervo otra vez! — Aoi refunfuñó y se fue a buscar una escoba. Ginko llegaba sin permiso, graznando con desesperación, casi tirando la carta encima de la cara de Nezuko, el cuervo empezó a aletear apenas oyó los pasos rápidos y fuertes de Aoi, cómo pudo empezó a revolear la escoba con odio, casi gritando ''¡Tenemos a heridos descansando, pulgosa!''.
—Otra más... —susurró Aoi, cruzando los brazos al verla —. Ese chico va a romperte el corazón si sigue escribiendo tan seguido. ¿No se supone que los pilares son seres de pura disciplina y contención emocional?
—Se te olvida que la señorita Shinobu es un pilar, sin embargo, no quita que ella y los demás pilares sean humanos ¿No la observó cuando está con Tomioka? — Respondió Nezuko. Acarició el borde del papel, aquellas cartas eran casi himnos para ella, cada línea y letra firme pero ligeramente temblorosa, era sumamente sagrado. Tiró de aquel listón rojo que permitía que el rollo mantenga su forma, y, sin embargo, cuando perdió su forma de a poco, el olor ya la golpeaba. No era perfume ni cosa que se le parezca, era simplemente la esencia de Muichiro: cómo a madera recién cortada o a tela humedecida por el rocío matinal. Cuando decide abrir la hoja por completo, sus ojos visualizan su propio nombre al inicio, pero, no leyó la carta.
— Aoi, ¿Será que puedo usar la habitación de siempre?
— ¿Doctora Kamado, eh? —rió Aoi desde dentro —. ¿Qué se cree? ¿Que vas a diagnosticarle el alma? —y se echó a reir, apuntándole y acusándola hasta quedar sin aire y tuvo que callarse para no morir, pero le quedaron fuerzas para hacerle una seña de que sí, sí puede usar la habitación de siempre.
Nezuko, con el rostro encendido, no respondió, pero agitó su mano con vergüenza a modo de reclamo. Apretó la carta entre su mano izquierda y se fue directo a aquella sala donde podía no podía privarse de soltar sus pataleos o chillidos por leer otra carta de él.
Respira hondo, abre la carta y se detiene a leer, sus labios se movían a penas, pronunciando las palabras con la reverencia de un rezo:
''Nezuko, querida.
Hoy entrené con los mismos idiotas de siempre. La espada se sintió más pesada que de costumbre. Me pregunté si era el peso del material o el de los pensamientos que aún no me animo a convertir en palabras o acciones. Tal vez vos sepas lo que es esto: tener el cuerpo dispuesto para la batalla, pero el corazón desarmado.
Vi un pétalo de un árbol de cerezo caer. Pensé en vos. No sé por qué, pero era inevitable.
¿Me estaré enfermando otra vez? Shinobu dijo que el síntoma sigue sin ser físico, esta vez las niñas se rieron de mí. Lo que me dijeron me hizo hervir la sangre, me generaron un escalofrío, ellas decían al unísono ''el pilar de la niebla anda enamorado hasta los huesos, ¡se va a poner de novio y se va a casar!''. Qué insolentes. Yo no estoy enamorado, ni me voy a poner de novio y ¡menos voy a casarme! Es solo que cuando escucho tu nombre, mi pecho no sabe quedarse quieto.
¿Es grave, Doctora Kamado?
Con toda la bruma de mis pensamientos,
Muichiro''.
Casi grita, casi pierde la conciencia. ¡Qué atrevido! Poniéndole apodos de ese modo, se pone profundo y se hace el sabio, pero siempre se pisa solo, en cada carta escrita.
De algún modo sintió que le tocaba a ella escribirle una carta. Para su suerte en ese cajoncito que estaba a un lado de la cama, tenía una tinta, una pluma con la punta oxidada y unas hojas, gastadas, otras escritas y otras manchadas por la tinta volcada. Creo que pasaron mucho tiempo o el movimiento de algo o alguien hizo que se volcara ahí dentro.
Se hizo un poco de enchastre, pero empezó a trazar.
''Muichiro,
No sé si esto que siento es... Pero cuando pienso en vos, no me duele la garganta como cuando hablaba con desconocidos. Tampoco me arde el pecho como cuando tomo un té caliente. Con vos, es todo más... distinto. Y eso, en mi mundo, ya es mucho.
¿Sabés una cosa? Cuando dormís, tu rostro no parece el de un asesino. Parece el de alguien que quiso aprender a soñar, pero nadie le enseñó.
Si alguna vez querés intentarlo, yo puedo enseñarte, así como vos me enseñaste muchísimas cosas. Puedo contarte todo lo que soñé en todas mis noches, lo que imaginé cuando todos creían que yo solo era fuego.
Te espero. Siempre.
Nezuko.''
Gritó como pudo el nombre de su cuervo y los graznidos aturdieron, Mantsuemon molesto le dijo:
—callese, puberta, que pueden oírla hasta los demonios — le ordenó el cuervo mientras agarraba del pico la carta y salir volando.
La pelinegra siguió ahí, parada sobre el barandal de la ventana mientras observaba la imagen del cuervo hacerse más pequeña, hasta perderlo de vista. No temía ante las respuestas, estaba enamorada del dueño de las cartas y por las noches dejaba la ventana abierta de su habitación por si a él se le pasaba por la cabeza mandarle una carta a tan íntimas horas.
Es cuestión de tiempo, piensa, casi distraída por sus pensamientos, recordó que debía todavía almorzar con Tomioka.