ID de la obra: 1553

VÍNCULO: porque ''Tokito Nezuko'' Suena mal.

Het
NC-17
Finalizada
3
Tamaño:
64 páginas, 35.190 palabras, 14 capítulos
Descripción:
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III: pensé en vos.

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Cuando Ginko llegó con esa carta, el joven ya estaba bajo otro entrenamiento otra vez. Leyó cada palabra de pie, enfrente de todos ellos, escuchando murmullos por su guardia baja. Luego salió, sin decir una palabra, se sentó bajo un pino y cerró los ojos. El cabello se le pegaba en el rostro por el sudor, ante la actividad física reciente, no podía deducir si la falta de aire es por la carta o por gastarse en la ejercitación. Pero ahora, las costillas le ardían cómo una antorcha. Pensó en invitarla a dar un paseo. Eventualmente, fue correspondido, un paseo por el mercado, y la tarde siguiente, las calles bullían desde la primera luz del alba, con el zumbido constante de voces mezcladas, el golpeteo rítmico de pasos sobre las piedras húmedas y el lejano canto de un vendedor. El aire, olía a una mezcla de sojas fermentadas, pescado fresco, sándalo, carbón encendido y probablemente un toque de la dulzura de algún postre mochi recién hecho. ''Maldito sea Kanamori'', maldijo Muichiro. ¡Qué abrumador! El ruido metálico de las monedas de cobre y níquel chocaban en las cajas de madera que llenaba el fondo de cada transacción. —Mirá, Mui — la dulce voz de Nezuko lo sacó de trance, ella iba con el uniforme de la cofradía, pero sólo traía la camisa blanca y el pantalón suelto. Señaló con el dedo entre las casas de madera y los puestos ambulantes, una cafetería. Y de repente, un tema de conversación surgió: — ¿Oíste sobre café? Algunos cazadores de bajo rango son adictos. Pero parece que tiene un sabor terriblemente amargo. —Oí de eso, nunca lo probé. —Quizás, ¿Te gustaría algo más dulce? —... —... —Sí. Me gusta lo dulce. —Ah, entonces está bien. A mi hermano también le gusta. —Tu hermano, —él dice — ¿Está bien? —Oh sí, nada de qué preocuparse. Está chocho desde que puede estar bajo el sol. —Entonces es un alivio. El olor a tostado y denso del café se escapaba del aquel lugar; y se colaban en el sensible olfato de Nezuko. —Pero huele increíblemente sabroso. Se quedaron ahí parados, sin decir nada, ni un reojo, pero sí la gente los observaba con cierta extrañez. —¿Querés entrar... o preferís seguir caminando? —preguntó ella, sin mucha intención de forzar una respuesta, como si ambas opciones le fuesen igual de válidas. Muichiro se quedó un segundo más de lo prudente observando la puerte batiente de la cafetería, dudoso por el grupo de hombres de aspecto desaliñado hablaban en voz alta, riendo con yunomi humeantes en mano. Sus voces retumbaban en su cabeza como las campanas del templo de Ueno en año nuevo. ¿No se suponía que aquellos lugares eran para personas de alto rango? Podía de lejos observar a posiblemente jóvenes escritores, o mujeres que no llevaban una ropa tradicional, que hojeaban revistas extranjeras mientras sorbían lentamente una taza con forma rara, no era un yunomi. —Prefiero seguir caminando —dijo con sinceridad estoica, sin levantar mucho la voz. Nezuko asintió, aunque su cuerpo había dado medio paso hacia la entrada. La forma en que retrocedió, sin decir nada más, lo hizo sentir algo culpable. Caminaron en línea recta unos metros, como dos soldados que no se animan a mirarse en la marcha. La calle se estrechaba, y las sombrillas de tela roja extendidas sobre algunos puestos comenzaban a arrojar sombras movedizas sobre sus rostros. Un niño los chocó sin querer y disculpó a los gritos antes de perderse entre un montón de cestos de bambú. —¿Por qué no hablás más? —preguntó ella, de pronto. —En tus cartas no se te olvida ningún detalle. Eso fue con picardía. —No soy bueno en eso. Hablando, digo. —A mí me gusta cómo hablás. Es limpio. Siento que no mentís. Oh, pero sí que lo hizo. Más de una vez utilizó su amnesia como excusa para no limpiar, o para no cumplir con su turno nocturno. Muichiro titubeó. Él la miró de reojo, con el ceño apenas fruncido. Sus ojos tenían ese tono acromático que parecía diluir el mundo, como si la observara siempre desde otro plano. Pero esa frase, tan simple, le perforó la rigidez del pecho como una astilla tierna. Pensó en que le parecía muy bonita... demasiado, de hecho. Pensó en que le gustaba. Un poquito... Un poquito mucho. —Gracias —dijo, bajando un poco la vista. Doblaron en un rincón donde un anciano preparaba taiyaki. El vapor subía como un pequeño espectro. EL hierro rechinaba al cerrarse, y el dulce olor de la pasta de poroto rojo se mezclaba con la brisa húmeda. —¿Querés? —preguntó ella, señalando el puesto. —¿Estás segura? —inquirió él. —¿Segura de qué? Cuando era chica no tenía oportunidad de degustar estas cosas, quiero aprovechar un poco. —Ah, no... Yo decía de querer compartir un postre conmigo. Mitsuri me dijo... que eso a veces se interpreta como algo romántico. Nezuko se quedó en silencio. Lo miró como quien estudia un poema antiguo que de pronto tiene doble sentido. —¿Y te importaría que se interpretara así? Digo, quizás... Debió haber compartido algo con el señor Iguro. Muichiro parpadeó. Lo habían entrenado para decapitar demonios, no para navegar esas preguntas, demoníacas. Apretó los labios, meditó unos segundos, ‘mmm’, y luego contestó. Casi como una confesión entre dientes: —No me disgustaría. Ella sonrió, bajando la mirada para que no la viera del otdo. —Entonces sí. Compartamos uno. El anciano del puesto les extendió dos taiyaki en papel de arroz, pero Nezuko insistió con que compartieron uno, como si fuera un pequeño juego. La primera mordida fue de ella, y cuando se lo extendió a él, sus dedos rozaron los de Muichiro. El contacto fue leve, pero; ‘‘¡Carajo, Mui! Siempre haces lo mismo, toquetón de...’’ pensó, pero se dió cuenta que eso bastó para que ambos se quedaran un instante en pausa. —...Está bueno —dijo él, sin saber cómo explicar el temblor en su estómago, por un segundo creyó que le estaba cayendo mal el postre. —Sí. No tan dulce como imaginaba, pero agradable —murmuró Nezuko, aun lamiéndose una gota de anko del dedo pulgar. Siguieron caminando por calles secundarias, más calmas, donde los puestos ya comenzaban a desmontarse lentamente, como si el día se deslizara cuesta abajo. A su paso, los comerciantes recogían los restos del bullicio, las cáscaras de frutas, los palillos rotos, los aromas residuales de lo que había sido un mediodía... eufórico. —Ah, no —murmuró Muichiro, deteniéndose en seco. —¿Qué pasa? —preguntó Nezuko, por memoria muscular busco en su cintura la espada y sudó frío cuando no la tenía, pero la respueste llegó antes de que él abriera la boca. —¡Ah no bueno! Pero miren qué pareja tan inesperada ¿Ya le pediste permiso al joven Kamado? —dijo una voz, cantarína, perfectamente reconocible. A unos pasos de ellos, el trío de niñas que se habían detenido con una cesta de compras, y al frente de todas, como un cisne entre gorriones, Shinobu. —¿Qué estoy viendo? ¿Una salidita romántica, acaso? Muichiro deseó que la tierra se abra y lo tragara. —Ah, no-, no es... eso no es... —intento justificar, con la mirada clavada en un punto indefinido del suelo. Nezuko, por su parte, se puso más tiesa, como si le hubieran tirado pirotecnia en la cara. Tenía la misma expresión que cuando encontró a su hermano vivo entre medio de su familia muerta. —No es una cita. Solo paseábamos, no se confunda —. intentó explicar ella, con voz un poco temblorosa. Pero Shinobu inclinó ligeramente el rostro, como lo hace una flor antes de cerrar sus pétalos, y repuso con sutil tetralidad: —Ah, sí. Claro. Caminar juntitos, compartiendo taiyaki, sin prisa alguna, y mirándose con esos ojos tímidos y exquisitos... absolutamente profesional, Tokito. Las niñas contenían risitas nerviosas, como si hubieran presenciado algo que no se les estaba permitido comprender del todo. Muichiro, incapaz de respondes, bajó la mirada y respiró por la nariz, como si el solo hecho de estar allí desafiara su dignidad. —no pretendemos incomodar —continuó shinobu, ya más suave—. Simplemente nos agrada ver florecimientos silenciosos. Sin más, con una ligera reverencia burlona, se dio media vuelta y se alejó con las demás, que correteaban por quién llegaba primero a una tienda cercana. Ambos permanecieron en el sitio como dos estatuas mal ubicadas. La pelicorto se quedó con un dejo de risa ahogada. —Creo que combatí demonios con menos ansiedad que esto —admitió él, y fue quizás la frase más humana que había pronunciado en meses. La risa de Nezuko, cristalina y breve, pareció disolver algo en el ambiente. Siguieron caminando, esta vez por un sendero más estrecho, alejado del tumulto. Sus pasos eran más pausados, y aunque aún les costaba mirarse de frente, algo en la vergüenza compartida los había acercado más que cualquier palabra o humillación. Así llegaron a un estanque casi escondido entre sauces. El follaje se desplegaba como los brazos extendidos de un anciano dormido, y el agua, serena, reflejaba un cielo ya vencido por la noche. Tenían que apurarse, aunque esas noches sean las más tranquilas, no pueden simplemente bajar las armas. —¿Acá está bien? —preguntó ella, sin esperar respuesta. Se sentaron en el borde de piedra, con las piernas apenas colgando, y el silencio se volvió una música natural. Los ruidos del mercado eran ya un eco lejano, irrelevante. El universo, en ese instante, parecía haberse reducido a dos respiraciones y un taiyaki a medio comer. Muichiro la observó, de reojo, un poco tímido, como si fuese prohibido sentir placer en su compañía, parecía recién salida de una sesión ejercicios orientales para relajar las tensiones, su piel clara parecía no desvanecerse inclusive las horas excesivas bajo el sol. Estaba fresca y tranquila. ‘No me extraña que sea una belleza en su pueblo’. Repitió en su mente, Muichiro. Retiró rápidamente su mirada cuando ella se acomoda más sobre la piedra. —¿Puedo preguntarte algo? —rompió ella la calma, otra vez, cómo quien tira una piedra al agua para ver qué secretos guarda el fondo. —Claro. —¿Qué sentiste cuando recibiste mi carta? Él no respondió de inmediato. La pregunta había sido formulada con demasiada honestidad como para responder con frases mecánicas. —Sentí... miedo. Va, no sé, no por lo que me dijiste —. se revolvió un poco su flequillo, casi con violencia, despeinándose, confundido, tratando de formular su respuesta —. sino porque no sabía si estaba preparado para habitar ese tipo de ternura. Me pareció que si te respondía —suspiró, esperando que lo que dice sea correcto —, todo podría cambiar. Nezuko lo enfrente, mirándolo firmemente a los ojos, casi muriendo por dentro. —¿Y si cambia? —Quizá no sea tan... grave. Quizá cambiar es lo único que vale la pena. Hubo silencio, el silencio más silencioso, pero pleno. Y entonces, sin demasiada ceremonia, sin chárcharas, Nezuko se inclinó apenas y apoyó la cabeza en su hombro. El contacto fue sutil, casi tímido, pero tenía la contundencia de una decisión tomada sin necesidad de proclamas. —¿Querés repetir esto alguna vez? —musitó él, como si le costara confiar en la posibilidad de que algo tan sencillo pudiera ser deseado de nuevo. —Sí, bastante. Y sin decir más, estiró su mano para acariciar su cabello color tinta. Pensó un poquito, y otro poquito más, en casarse. extra. — Nezuko. — ¡Muichiro, hola! —Acá tenés. —Aah ¿Y esto? —Un jabón perfumado, importado de Europa. —...Sí, puedo verlo. —... —... ¿Por qué? —Me sobró. —¿Entonces esto es para mí y mi hermano? ¡Gracias! Muichiro no sabe por qué dijo que le sobró, si lo compró. Te ganó los nervios, le dijo Tengen. De ahí en más, no pretende seguirle los consejos a Kanamori... ¿Quién regala un jabón?
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