ID de la obra: 1553

VÍNCULO: porque ''Tokito Nezuko'' Suena mal.

Het
NC-17
Finalizada
3
Tamaño:
64 páginas, 35.190 palabras, 14 capítulos
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IV: Donde arde el silencio, hay preguntas.

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La relación no oficializada que había llegado a tener el joven de puntas mentoladas con la cazadora, de alguna manera, había dado sus frutos. Seguían sin ser particularmente una pareja, no se habían dicho nada más, ni un te amo, ni nada. Pero sabían que había algo ahí, por ello mismo no podían reprochárselo mutuamente. Una parte de él mismo logró empatizar con la idea del matrimonio, de enamorarse, de permitirse y de claro, de entender a los más bajos. Poco a poco lograba entenderse, él mismo se había aferrado a una idea que supo muy tarde que no le serviría, 'es algo que hacen todos en algún punto de su vida' le explicó el señor Himejima. Si bien este no era casado, ni tenía hijos, lo encerró en una habitación y lo forzó a estar solo con sus pensamientos. Raro método de autodescubrimiento. Así, sin nadie en el medio, continuó con esa tarea en su propia finca. Esto es una pesadilla, pensó, en algún punto; y luego se reconciliaba con su cerebro. Cuando sentía que lograba establecerse de cierto modo, una voz que no era chillona lo llama fuera de su finca. A su suerte, el entrenamiento con los otros cazadores ya había terminado antes de lo esperado. Muichiro recorrió los interiores de los pasillos antes de pasar por la entrada, estaba contento, por fin habían salido bien las cosas. —Me voy a quedar acá unos días —Nezuko, firme y decidida, remarca: —Me queda cerca de ida y vuelta... de lo de Sanemi. Eso fue cómo una bala pérdida, cómo si un bastardo haya disparado al cielo y para su mala suerte haya sido atrapado por él. La tarde descendía con pereza sobre la finca. Las nubes, grises y espesas como pensamientos no dichos, se amontonaban sobre los campos mientras el viento susurraba con cierta inquietud a través del bambú. El mentolado, permanecía ahí, en el pórtico, cómo un fenómeno; apoyado con la espalda contra uno de los pilares de madera y desde ahí, sus ojos observaban el jardín con la distancia de quien —fracasa — no enamorarse, lo inevitable, podría decirse a este punto. Ella estaba ahí, agachada frente al pequeño estanque que tenía él, al lado recogía piedras planas con ambas manos, girándolas entre los dedos como si fuera secretos que le habían sido confiados por la tierra misma, ella era así, carismática, el tacto: elegante, y el semblante alegre lograba también neutralizar su temperamento desquiciado, cómo aquella vez que la observó pelear por un segundo con la cuarta luna superior. A veces, con la delicadeza de una oración antigua, las alineaba en un semicírculo, rodeando las raíces de una azucena blanca que acababa de florecer. Era una escena vulgarmente cotidiana, sí, ya llevaba dos días instalada en su finca, pero en su aparente simplicidad había algo que perturbaba el eje sobre el que Muichiro intentaba sostener en su mundo. Y él lo sabía. Sólo que se hace el tonto. —Estas mirándome —dijo ella, sin alzar la vista. No fue pregunta. La afirmación, sin asomo de reproche, lo sorprendió más de lo que habría admitido. Podría poner excusa de que es la amnesia, pero ya no la tiene, va, no tan presente cómo antes, tiene sus secuelas, pero podría poner excusa. —Observo —respondió él, como si esa palabra lo absolviera. —¿Y qué observás exactamente? Las piedras no son tan interesantes para tu gusto, no es un origami. El pelinegro no supo qué decir. Su silencio fue una grieta que ella no intentó llenar. Solo se puso de pie, sacudiendo las manos con suavidad, como si el polvo de las piedras pudiera contaminar el momento. —¿Te molesta que me quede? —preguntó entonces. No era una pregunta capciosa; había en su voz una transparencia... desarmante. —No —dijo él, en automático, demasiado rápido para su gusto—. No me molesta, me confundís. Y se lleva la mano a la boca, arrepintiéndose de lo que dijo. Y desvía la mirada, avergonzado. —¿Confundirte es lo mismo que molestarte? —No... pero tampoco es cómodo. Ella lo estudió con una expresión serena, aunque en sus ojos flotaba una trsiteza leve, como la de un niño que teme haber roto algo sin querer. —¿Querés que me vaya? Él niega con la cabeza. El gesto fue casi imperceptible, pero en ese acto temblaba la fragilidad de una decisión postergada demasiado tiempo. —No quiero que te vayas. Solo me cuesta comprender por qué estás acá. —Estoy acá por el entrenamiento de Sanemi. Él me respeta, pero no es de una dama compartir techo con un hombre si no estoy casada. No puedo simplemente pasar las noches en los arbustos. —Pero tampoco es de una mujer que estés acá, Nezuko —Ataca él—. Kanroji está a nada de la finca de Shinazugawa. Soy un hombre yo también, estás acá y estás compartiendo techo conmigo, ya decime por qué— Y antes de que pueda seguir cuestionando, le lanza una piedra en los pies. —Compartimos techo, pero no lecho. Tokito, estoy acá porque me gusta cómo se siente estar cerca tuyo. La frase, dicha con naturalidad de quien nombra lo que vende, lo dejó paralizado. No era una confesión romántica, ni una seducción velada. Era una verdad simple, y por eso mismo, le fue devastadora. —No me mires cómo si esperaras a que me convierta en otra cosa —dijo ella, suave, dando un paso hacía él —. Ya enfrentamos mucho, no deberíamos de temerle a nada. Pero por ahora elegí estar acá, estar con vos. Él se quedó quieto. No por frialdad, sino por el vértigo de quien camina al borde de un acantilado y de pronto comprende que ha olvidado cómo se regresa. —No sé si puedo amarte. —Tampoco lo sabes si no lo intentás. —Ah... El silencio que se instaló fue distinto al anterior. Bastante íntimo, cómo si Nezuko le estuviera abriendo una puerta y él no sabría si entrar o seguir observando desde lejos. —Voy a prepararte arroz con castañas, es mi forma de agradecerte por hospedarme —dijo con ligereza, sin dramatismos —. Pero, si querés venir, hay lugar para dos en la cocina. Y se fue. Él no la siguió. No todavía—Se quedó solo, con el ocaso hundiéndose en sus pensamientos y el eco de una elección latiendo en el pecho. Hace unos meses temía y repudiaba la miserable idea del matrimonio, odiaba el control. Sin embargo, está maldiciendo el hecho de que, ahora, entiende completamente a los cazadores que no están y si están casados. La luz se fue extinguiendo, ya le quemaba el alma lo suficiente la confusión. Le nación hablar con alguien, alguien que es brutalmente honesto. — Salió por la noche, con la excusa de que va a entrenar, pero es una simple plática. — Es una nena preciosa —replicó Sanemi procurando dar a su voz un tono convincente—Le gustás, jodete, incluso te ha dado todas las señales ¿no? Te quiere a vos, hablá con ella, a lo mejor ella sabe que le darás críos fuertes. O que serías un muy buen yerno, al boludo de Tanjiro le agradas y eso que todavía no es humano. — No he pensado muy bien en casarme, créeme. Mi mente solo divaga en morir en cumplimiento del deber. Él lo observó, de pies a cabeza. Y bufó en burla. — ¿Y si el deber acaba antes de lo esperado? ¿Qué vas a hacer? —Bebió de su té mientras le pegaba un mordiscón rápido al ohagi que tenía a su lado, mastica y casi con la boca llena, dice: — ¿Le vas a dejar el corazón en sus manos? No seas hijo de puta, no sos un bebé. Ya estás en la edad. Tengen se casó cuando tenía quince y tenía las ideas más claras que vos. — Realmente no sé si tengo intenciones de casarme con ella —Buscó entre sus dedos el yunomi para mantener sus manos ocupadas por los nervios ante la conversación y presencia de Sanemi —, capaz solo me agrada y ya, no la conozco muy bien. — Si no tenías intenciones de casarte con ella, ¿Para qué fue toda la paranoia del paseo? —Expuso, intentando ser lo suficientemente lógico— ¿Y las cartas? Está ahí con vos por algo, Tokito, dale. Muichiro no respondió de inmediato. Los vapores del té ascendían en forma de volutas finas, como pensamientos que se negaban a coagular ideas firmes. El silencio entre ellos se tornó denso, no incómodo, sino cargado de ese tipo de tensión que nace cuando alguien nos dice algo que no queremos aceptar, pero sabemos, en el fondo, que tiene razón. Sanemi, con la paciencia de quien ha perdido demasiadas veces como para permitirse dilaciones innecesarias, esperó. No dijo nada, solo lo miró, masticando despacio lo que tenía en la boca, y los ojos los tenían tal cual como filos que resplandecen bajo una luz tenue. —A veces —empezó finalmente, con voz baja —. me parece que es ella quien me está enseñando muchas cosas, no solo a vivir como humano, es que, es complicado. Hasta de mi papá me hizo acordarme. —Jodete. —... ¿Puedo seguir? —Nada te detiene. —... aah, no estoy acostumbrado a pensar en mí mismo como alguien que pueda ser querido... como un hombre, quiero decir, no como camarada, no como pilar. —Boe, no sé si te podés llamar así en este punto. —¿PUEDO seguir? —suspira, cansado de que él tenga algo para decir, siempre— no sé si pueda ser querido, menos como alguien que alguien elija, con ternura. No sé si sé corresponder eso. —¿Y qué mierda querés hacer? ¿Esperar a que la vida te convierta en alguien perfecto? —le interrumpió Sanemi, con una voz que raspaba como piedra seca —. No se trata de merecer. Se trata de dar el paso. Incluso si es torpe. De quedarte, aunque no entiendas todo —. Se lo dijo rápido, demostrando que no seguiría escuchando su sentencia llena de tonterías por mucho tiempo. Muichiro sonrió con una melancolía que no le era ajena. —¿Lo decís porque siempre supiste querer, aunque te partieran por dentro? Es que realmente no imagino qué me ve. Sanemi dejó el cuenco sobre la mesa, haciendo un leve ruido. Lo miró con un brillo nuevo, más suave. Y a Muichiro se le pasó por los ojos la imagen de Yuichiro. —Boe, mirá, yo aprendí a fuerza de perder, Tokito. No es necesario que vos también lo aprendas así. Si ella te mira cómo si fueras algo sagrado, no la obligues a creer que está equivocada ¿no? Y, ella está a nada de ser la que dé el paso. Un silencio, esta vez más amable, se derramó. Muichiro bajó la vista hacia el té, como si ahí pudiera encontrar la forma exacta de lo que sentía. —Dos días... —dijo de pronto, casi en un susurro —. Exactamente hace dos días está hospedada en mi finca. Había regresado exhausta de tu entrenamiento —rió sanemi y muichiro arruga la nariz—. Tenía una rama en el cabello, el haori suelto, los pies sucios de tierra. Y se veía tan... serena. Como si nada en el mundo pudiera alcanzarla, cómo si su meta está a punto de ser alcanzada. No quería respirar fuerte, ni quería decirle nada. Sanemi entrecerró los ojos, burlón y apenas sonríe. —¿Y no te das cuenta todavía? Muichiro es quien ríe esta vez, casi decidido. —Realmente no sé si puedo con todo esto —musita —. Casarme, formar algo. O todo lo que implica antes de. Apenas y siento que soy una espada. —Entonces afilá los bordes para defenderla, no para negarla. La confundís, nadie te está pidiendo que seas un santuario. Ella se enamoró de lo que sos, no del que podrías llegar a ser ¿O acaso no te fijaste cómo sus pupilas se dilatan enseguida cuando están platicando? —respondió Sanemi, levantándose. Le hizo una señal a Tokito de que ya era hora de marcharse —Es de mala educación quedarse mucho tiempo por la noche sin previo aviso en la casa de alguien —. El pelinegro se levanta y toma la parte superior de su uniforme antes de marcharse — Ah, y si querés una señal para estar más seguro, Tokito... —lo detuvo, lo agarra de los hombros y le dice: — prestale atención al modo en que ella te escucha cuando no decís nada. Es ahí donde uno sabe. El joven pilar se quedó solo en la entra. Era de noche, el té se había enfriado, sus pensamientos, del otro lado empezaban a inflamarse con una calidez que no lograba extinguir. Esa misma noche, al regresar a la finca. Nezuko estaba regando las hortensias que estaban descuidadas, sus manos se movían con lentitud, el uniforme de la cofradía estaba sucio y se agitaba con la brisa. Se sintió culpable por no ofrecerle ni un cambio de ropa esos dos días que se quedó, apenas y utilizaba su haori cómo ropa. ¿Por qué no le dijo nada? Ella lo vió desde lejos y sonrió, como si lo hubiera estado esperando. No va a fingir demencia, chillaba de hambre, por un segundo pudo percibir que forcejeaba furioso su andar. Nezuko entró a la finca nuevamente, empezaba a darle frío, aún envuelta por la tierra a pesar de la sacudida que se dió y de cabellos bravos, sin decirle nada besó en las mejillas al muchacho y siguió su paso por los pasillos hacía la cocina con lo que dejó a fuego. Se quedó helado, no le dio tiempo ni de corresponderle un pequeño abrazo. Suspiró con dar muestras de aprecio hacía el afecto, añoró aquel calor que se transmitió por un instante, lo quemó vivo y se puede decir que le dio vida a su rostro. Tenía el hábito de hablar con él mismo y se dio cuenta que no lo hace dos días, y hace dos días, está compartiendo techo con la mujer que ama. Y aunque su conversación con Sanemi aún repicaba en su mente como una campana mal apagada. No había podido volver al interior sin sentir algo que lo jalaba hacia ella. Se hizo paso a su propia cocina, las puertas del ala oeste estaban entreabiertas, desde dentro, una luz cálida palpitaba con lentitud. El resplandor del shoji dejaba entrever la silueta menuda de Nezuko, le ardió el estómago, ella sigue con el uniforme, pero sin la parte superior, solo la camisa blanca y tiene puesto un delantal de andá saber dónde porque él nunca cocinó en su vida. Y su mente nuevamente tiene una lucha aparatosa ¿Por qué no le dijo nada? Parecía concentrada en algo que tenía entre las manos, quizá arroz, no, olía a rábano y a jengibre. —Estás pensativo —dijo ella, de espaldas, sin apartar la vista de la pasta miso que puso en esa ollita —. ¿Pasó algo? Me imagino que estuviste con el pilar del viento, olés a él. A té... y a ohagi. Él dudó. No por falta de palabras, le sobraba, casi en exceso y se olió la ropa. Se acercó y cuando estuvo lo suficientemente cerca, se permitió hablar. Se apoyó sobre la mesada de madera. —Sí, estuve con él y hablamos. Dice que te gusto. Ella sacó del fuego con suavidad la olla. No se inmutó, pero pensó que era un estúpido. Alzó la mirada, fija, serena, limpia, pero al mismo tiempo cuestionándole las palabras, las horas, los paseos, el hospedaje, los besos en las mejillas, sus roces secretos ¿Con qué descaro viene a decirle eso? —¿Y vos qué decís? —Quiero saber qué sos, cómo persona —respondió él —. Las cartas no son suficientes. Hubo un momento de suspensión. Luego, ella asintió. Su voz apenas un hilo, pero no tembló: —Entonces no tardes ¿está? No quiero que me conozcas cuando ya no quede nada por mostrar. Ella sirvió lentamente el platillo, furofuki daikon. Se lo puso enfrente, y lo abrazó por la cintura, apretujándolo, inhalando de su esencia, pasando sus manos de sus hombros a la espalda, casi remarcando sin querer entre sus dedos los músculos formados. Más allá de todo, Muichiro era un hombre prodigio, casarse era casi una manera de asegurarse una vida digna y segura. No sabía si estaba desventajada, tenía dinero y podría abandonar la cofradía para vivir de su riqueza como cazadora, pero ya estaba muy mal visto la escena íntima que compartía con el muchacho, tampoco tenía un trabajo apto cómo mujer. Le carcomió la cabeza, parecía un concubinato. ¡Y si Tanjiro no la aceptaba, el drama que haría! Eventualmente se sintió horrorizada. Lo soltó, no por cómo se sentía, sino por pese a ser una ferviente defensora de no caer ante la impulsividad, tiene que ponerse ella misma en su lugar, y no usurpar terreno. Él la agarró de sus antebrazos, de esa misma piel pálida que estaba expuesta por haberse arremangado para servirlo a él. Lo pensó, la analizó cada segundo efervescente. Tenía las palabras justas en la punta de la lengua, tenía diecisiete años y sabía que por la maldita marca caería muerto a los veinticinco. Y ella estaba absolutamente preciosa. Por favor, que alguien controle a la bestia. El silencio entre ambos no era ausencia, sino una forma distinta de diálogo. Él le sostenía los antebrazos con una delicadeza inusual para un guerrero, como si la carne que tocaba estuviese hecha no de hueso ni de piel, sino de un material más frágil, tal vez un recuerdo, tal vez un augurio. En la penumbra cálida de la cocina, donde los vapores del rábano se mezclaban con la tibieza humana, Muichiro se encontró temblando y no de frío exactamente, sino de certeza. Porque había cosas que ya no podían evitarse. —¿Cuánto tiempo más pensás en quedarte? —preguntó, sin soltarla. Su voz tenía la textura de una grieta: seca, precisa, pero quebrándose por dentro. Nezuko ladeó el rostro. Sus ojos además de ser grandes eran almendrados pero afilados, como si en cada mirada él pudiera leerse un libro que nunca quiso escribirse. No respondió enseguida. Supo que, si hablaba, sellaría un destino que quizás aún no estaba listo para ser vivido. —¿Querés que me quede por vos? —preguntó con una calma que disimulaba la tormenta—. Porque no soy sólo esta piel ni esta manera torpe de besarte sin pedir permiso. El muchacho bajó la vista. Había algo insoportablemente bello en que ella lo desafiara incluso en su fragilidad. Nezuko no era una flor; era como la tierra húmeda que la nutre, la raíz que nadie ve pero que sostiene la vida entera. —Quiero que te quedes por vos —respondió—. Porque cuando no estás, esta casa parece demasiado grande. Y cuando estás, incluso el frío es distinto. Ella suspiró. Un suspiro que no era de alivio ni de rendición, sino de esos que arrastran consigo la herencia de todas las mujeres que han tenido que pensarse a sí mismas entre el deber y el deseo. Le tocó el rostro. La yema de sus rozó la mandíbula de él como si lo estuviera moldeando. Pero no era barro; era hombre, y la arcilla viva de sus sentimientos era volátil y peligrosa. —¿Vos sabés que esto no se puede sostener así, no? —dijo, sin apartar la mirada —. No podemos vivir entre pasillos, cartas y comidas servidas a media voz. O me amás y me enfrentás con el cuerpo entero, o me dejás ir y comés solo. Pero no más a medias. El mundo se le afiló alrededor. Sintió el peso de cada año que no viviría. A los veinticinco, quizás estaría muerto, y ella está en la misma. Lo que le ofrecía no era estabilidad. Era fugacidad, la ternura de lo breve, el amor como una herida que se supura a besos. —Ambos sabemos que no vamos a vivir mucho ¿Y si me muero antes de darte una vida entera? —Entonces dame los días como si fueran siglos. Pero no te me vuelvas sombra cuando aún sos sol. Una ráfaga de aire entró por la rendija de papel del shoji. Casi silbando. El viento trajo el olor de las hortensias recién regadas, de la tierra mojada y del miedo ancestral a perder lo amado. Pero también trajo algo más; la sensación de que, en esa cocina, humilde como una escena sin testigos, algo acababa de declararse. Él se inclinó hacia ella. No con urgencia, sino con reverencia. La besó, no en la boca, sino en la frente, donde habitan los pensamientos y las dudas. Fue un beso de promesa, no de pasión. Y la de cabellos cortos, sin decir nada, se apoyó en su pecho, aumentó la presión que ejercía sobre ella en cada momento que florecía en su mente la adoración que mantenía sobre él. Pensando que sería evanescente, plañía levemente en silencio; y sus mechones revoltosos que se zafaron del lazo que siempre llevaban, termina siendo cómplice cubriéndole el rostro cual sonrojado estaba. Ya no temía parecer concubina ni escándalo familiar. Había algo más grande que la mirada ajena: la certeza íntima de que su historia —aunque corta, aunque trágica— sería suya. En el plato, el furofuki seguía tibio. Afuera, la noche avanzaba. Adentro, por fin, lo suyo comenzaba a tener nombre.
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