Una escena: la mañana después.
La luz se colaba despacito por los shōji. Esa claridad pálida que aparece justo antes de que el mundo decida despertarse del todo. Muichiro ya estaba despierto. No sabía a qué hora había abierto los ojos, pero no había vuelto a cerrarlos. Sentía el cuerpo cansado, pero no quería moverse. No todavía. Desde el futón miraba hacia la cocina, que estaba a unos pasos. Había olor a ceniza tibia y a comida del día anterior. Frente al brasero, acurrucada en una manta que claramente no era suya, estaba ella. Nezuko se había quedado dormida ahí, en el piso. Tenía los pies recogidos bajo la tela, el delantal mal atado, el pelo un poco enredado. Había platos sin lavar, restos de verduras que no llegaron a cocerse y una tacita de té dada vuelta. Muichiro no pudo evitar sonreír un poco. No se burlaba. Le parecía hermosa. Ridículamente hermosa. Se levantó en silencio, con cuidado de no hacer ruido. La observó un rato más. No porque fuera un momento perfecto, sino porque se le clavó en la memoria de una forma rara, como si ya supiera que iba a acordarse de esa imagen dentro de muchos años. Con una especie de ternura que dolía. Se acercó con sigilo. No la tocó. No se atrevía aún. Pero en su pecho se gestaba algo tan vivo que dolía: la idea de un “nosotros” que pudiera existir más allá del deber, de los demonios, de las misiones y de las cicatrices. Cuando ella despertó —con el rostro enrojecido por el calor y la vergüenza de haber quedado allí—, él sólo dijo: —Te estaba esperando para desayunar. Ella alzó una ceja, desconfiada. —... ¿Eh? ¿Desde qué hora? Él todavía no se había despabilado. —Ni idea, recién me despierto. Nezuko soltó una risa chiquita, genuina, tan natural que se cubrió la cara con las manos un momento, como si le diera vergüenza haberse relajado tanto frente a él. Por favor, llevaba tres días ahí. Al final, calentaron lo que había quedado del rábano. No era un desayuno como tal, pero lo comieron sentados en el piso, sin hablar demasiado, la mañana suele ponerlos de mal humor. Terminaron, lavaron los platos juntos en el patio. Ella que hundía las manos con calma en el agua ligeramente ahumado, frotaba con un estropajo de paja trenza cada plato que giraba con delicadeza, él enjuagaba y secaba, pero también le acercaba otro poco de agua en ese cubo que utilizaban para agarrar del pozo. No era algo que habían planeado, solo ocurrió así. Y fue en ese ritmo compartido de una coreografía sin nombre, que ella lo dijo. —¿Te das cuenta de que si seguimos así... la gente va a pensar que vivimos juntos? Muichiro no la miró ni de casualidad, siguió enjuagando un cuenco. —¿Y? Ella frunció los labios, ofendida por esa respuesta, pero pensativa. —Andá a saber igual, parece demasiado a estar casados. —... ¿Y? No me molesta. Dijo él, como si fuera obvio. —Bueno, si no te molesta, ¿nos casamos? Ah, ahí sí que la miró. Casi que le da tortícolis del movimiento rápido que hizo con su cuello. A Nezuko se le revolvió el estómago, sintió que lo que dijo estaba fuera de lugar, los ojos se le entristecieron y quiso desaparecer del lugar. Lo observó mordiéndose los labios. Disimuladamente, dirigió nuevamente su vista al estropajo, aunque ya no había nada qué refregar, hizo cómo que sí. Como si la cotidianeidad fuese ya parte de ellos, ella dijo: —Me disculpo, Tokito. Mi broma fue de muy mal gusto, lamento incomodarlo —señaló con la barbilla el segundo balde, el hundimiento en su corazón prevalece sobre todos los demás síntomas—. Por favor, olvidal— —Ah, no. No te vas a escudar diciendo que es una broma. Ella siguió lavando, aunque le haya acercado el balde para enjabonar y enjuagar: nada. Se le subió la sangre al rostro y le hizo picar las orejas. —Mirá, te estuve evadiendo. Pero ya no, Nezuko. Como si te diera miedo saber lo que contestaría si me lo hubieses preguntado en serio. Te mandé cartas, incluso me pediste que te enfrente. Muichiro dejó lo recién lavado a un lado. Los ensució otra vez... Con tierra. —¿Ah...? Me conoces un poco más de lo esperado —respondió con una sonrisa nerviosa. Tenía la garganta seca, los dedos que le temblaban cómo nunca. Qué mala técnica de respiración, la concentración se le fue al carajo y la compostura, había poca. —Elegiste un buen momento para decir algo así. Es mejor que me lo hayas dicho ahora, que cuando esté entrenando a los demás. —O cazando un demonio. Ambos sabemos ya rompimos las reglas del cuerpo por distraernos así —replicó, tratando de recuperar algo de control. —Entonces no pierdo más el tiempo. Acepto. —¿Ah? ¿Eh? —Obvio, si tu propuesta malísima de matrimonio sigue en pie. Se le nubló la vista. El corazón, galopando; la boca, de nuevo, seca, ¡agua! ¡agua! Era como si todos sus sentidos se negaran a cooperar. Lo único que pudo ver con claridad era a Muichiro, que la miraba con seriedad, pero sin frialdad. Sus palabras eran muy firmes, que daban vértigo. —¿Y? ¿Sigue o no? —AH, sí... sí, sigue... —Entonces está decidido. —¿Podemos ir adentro a hablarlo cómo corresponde? —Ahora sonás más razonable —respondió él, y levántandose—. Dejá las cosas ahí, después las venimos a buscar. Nezuko caminó delante de él, cruzando la casa como si sus pies se deslizasen por el tatami sin tocarlo. La puerta corrediza se cerró con un leve quejido, en la cabeza todavía no le cabía lo que estaba por decirse, parecía de esas epidemias o accidentes irremediables que si e debilitaba y no sanaba en un plazo prudente acabaría desquiciada o en la tumba —aunque quiera o no, ese es su destino—. Afuera, el sonido de carretas y el silencio natural de la mañana se callaron, cómo si quisieran escuchar qué iban a decirse, chusmetas. ¡Nezuko Kamado casándose! ¿Quién lo hubiera pensado? Bueno, no sabe muy bien qué tanto podría cambiar. Pero era natural estar feliz por eso. Él la siguió en silencio, sosteniendo en los brazos la gravedad de un ‘’sí’’ que, aunque había salido de sus labios, aún no terminaba de aterrizar en su conciencia. La siguió hasta el cuarto más amplio de la finca: ese que estaba destinado a veces para las reuniones del cuartel, pero que ahora parecía prestarse para algo más suyo. Lo incierto. Ella se arrodilló con los movimientos suaves de quien ha aprendido a respetar el espacio ajeno incluso en su vulnerabilidad, y esperó. Él, frente a ella, se sentó con torpeza, acomodando las manos sobre sus rodillas como si buscara aferrarse a algo tangible en medio del vértigo. El silencio se estiró sin vació, pero delicado que los envolvía a ambos, obligándolos a mirarse, a respirar el mismo aire y a no esconderse más. —¿Estás seguro? —preguntó, con una voz que no tembló, aunque le hubiera temblado todo el cuerpo por dentro, hasta que, ella misma se acercó a picarle la frente porque Muichiro aunque estaba quieto, estaba rojo e hizo cómo que los rededores eran la cosa más interesante del mundo—. Sabía que necesitabas tiempo para pensarlo ¿Viste? ¡Al final sí querías, pero estabas encaprichado! Lo picó la frente otra. Y otra. —Sacá la mano de ahí, querés. Me asustaste cuando te escuché decirlo —. Intentó calmar la vida roja que tenía en el rostro, estaba avergonzado por haberla hecho esperar—. ¿Y si no me lo decías de vuelta? —Uy. Si querés te lo propongo otra vez, Muichiro —. Dijo ella acercándose más. Pero la detuvo. —No hace falta. Ya acepté y me ponés nervioso. ‘‘Muichiro’’... —Esperá, ¿ya me vas a llamar así? —¡Obvio! No vamos a tener dos ‘‘Tokito’’ en los informes, sería un lío. Pero en los papeles tomo tu apellido. Así el futuro epitafio dice lo mismo y, ah si también llegamos a tener hijos. Aunque... —Somos muy jóvenes para tener crías. Además, nos vamos a morir. —Oh... Cierto, bueno, si vos no querés. A mí me da igual. Él la miró un ratito, analizándola. Era demasiado pronto, pero... —Nunca dije que no quiera. Pero no ahora. —A-ah... pero no tendríamos mucho tiempo, sos un pilar. Tenemos idea de cómo se hace uno, pero, si alguna vez querés hacer ‘‘ese tipo de visitas’’ sería más fácil si compartimos residencia. —Eso está decidido hace rato, Nezuko. Llevas 3 días consecutivos en mi hogar y vos realmente no tenés uno por el momento. Te mudás vos acá. —Está bien, entonces... A ver, sé que te gusta comer, hago quehaceres y tengo buen sueldo... Y... ¿qué más falta? —El permiso de Oyakata-sama. Y el de tu hermano. —¡Ajá! Obviamente —dijo ella, con ternura inesperada—. Si alguno de los dos nos lo prohíbe, nada de esto pasó. —Creo que eso se sobreentiende. —Más allá de la cofradía ¿esto sería una vida normal, no? —Supongo. Muichiro le tomó de la mano. La miró fijo, con una pequeña sonrisa y un brillo en los ojos. —Lo que me queda de vida. Lo que te quede de la tuya. Lo compartimos. Sus manos eran más pequeñas y rasposas de lo que había imaginado. Y calentita. Pero cuando la sonrisa de boba apareció de nuevo en su rostro, y los ojos suaves de Nezuko eran lo que quedaba. Muichiro sintió que esa era la mujer con la que quería compartir todo. —Lo entiendo. Estoy feliz por eso —susurró ella—. Y de tenerte también. Él apretó su mano con fuerza. — Nezuko se quedó una semana más. Se saltó las veces que pudo el entrenamiento. Nadie lo dijo en voz alta, pero se quedó. Y el hecho de nombrarlo, de pactarlo verbalmente, lo convirtió en algo más que cualquier contrato. La finca del pilar de la Niebla comenzó a oler distinto —milagrosamente, logró conseguirle mudas de ropa y se disculpó con ella apropiadamente—. No porque ella perfumara los espacios, sino porque el tiempo, con su andar invisible, empezaba a depositar otra clase de polvo sobre los objetos: el polvo del hábito. Las ventanas y las puertas se abrían con más frecuencia, el brasero ya no ardía en soledad, y las noches tenían un murmullo constante, mezcla de conversación baja, risas contenidas, y el ruido tenue del agua cayendo sobre los platos compartidos. Y, cuando el sol todavía brillaba, aunque no quisiese, borraba rastro de sí misma de la vista de los cazadores. No vivían juntos. Vivían mientras tanto, capaz como pareja. El varón comenzó a desarrollar un sentido insólito del gusto. Ya no comía por protocolo, sino porque deseaba probar lo que sus manos preparaban. Un día, discutieron por el arroz. —Insisto, está crudo —le comentó mientras la miraba de reojo con media sonrisa. —No está crudo, está al dente —replicó ella, pinchándolo con los palillos como si fueran flechas. Discutieron de forma ridícula sobre la cocción exacta del arroz durante tres días —cuando él no sea el indicado para discutir sobre temas de cocina—, hasta que el cuarto día él dejó el grano entero y frío sobre su lengua y declaró. —Está perfecto. Como vos. Ella se sonrojó tanto que se golpeó el dedo con la tapa de la olla. Por las noches solía divagar por la mansión, era grande, y solía husmear las pertenencias de Muichiro sin permiso. Un día, ella cosió. Algo que nadie le había pedido, pero que hacía con obstinación. Había encontrado un yukata ligero sin mangas, estaba viejo, desgarrado por alguna batalla, y se dedicó a repararlo. Puntada tras puntada, no hablaba. Pero Muichiro comprendió que en ese gesto estaba quizás, su respuesta más profunda de: sí, quiero estar, aunque no me lo digas. Sí, quiero cuidarte. Sí, quiero quedarme y tener una boda, por favor dame bola. Y, sin embargo, a pesar de la ternura el temor seguía ahí. A pesar de la armonía doméstica, la muerte seguía ahí, a la vuelta de la esquina, enfrente de ellos cómo si fuese perro hambriento. Dormían en la misma habitación —con el cuerpo contenido, como si se negara a invadir su espacio, aunque lo deseaba con la intensidad de un sol encadenado—, ella se sentó a su lado y lo miró; tenía los labios entreabiertos, pálido y la frente sudada por algún sueño, ella no dudó en acariciarle el rostro, sin que él despertara. —¿Qué hago si me muero yo primero? Él abrió los ojos. No estaba dormido. La había escuchado. No respondió, sólo la abrazó. — —Mi hermano no habla. Lo sabés ¿No? —Le digo que pestañee dos veces si me acepta como yerno. Tanjiro observaba a ambos con ojos vacíos, pero escuchaba, atento y los entendía. Si su hermana se casaba, dejaría de ser Kamado, por lo que su, hermanita, su hermana; menor... Dejaría su hogar ¡Lo abandonaría! ¡Qué desgracia! Y empezó a llorar desconsoladamente. Haciéndose pequeño.V: que me duelas pero que me seas.
26 de diciembre de 2025, 16:37