ID de la obra: 1553

VÍNCULO: porque ''Tokito Nezuko'' Suena mal.

Het
NC-17
Finalizada
3
Tamaño:
64 páginas, 35.190 palabras, 14 capítulos
Descripción:
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VI: malas costumbres que piden permiso.

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Había amanecido. Dentro de la habitación que no deberían compartir, el tiempo parecía quieto. El abrazo entre ambos en ese futón que NO deberían compartir no era apretado, ni tembloroso, ni siquiera apasionado. Era de esos que cargan un peso difícil de nombrar, como si con solo entrelazarse pudieran evitar que el mundo se les desmoronara. Muichiro tenía la frente apoyada sobre la sien de Nezuko, y respiraba despacio. Ella estaba despierta, con el corazón cómo gato cuando ve un pescado descuidado en la orilla. La pregunta había sido escuchada y la respuesta la estaba consolando de verdad ¡Está cumpliendo el sueño de toda chica! ¡Se está por casar! ¡Nezuko Kamado ahora sería Tokito! Bueno, no del todo. ‘¡Tanjiro! ¡Tanjiro! ¿En qué me metí? ¿Pensaste en esto alguna vez? Me pregunto cómo hubiera reaccionado nuestra madre, o nuestro padre’ . Lo meditó unos segundos: ‘Seh... Capaz lo hubieran aceptado. Es un buen chico’. Ella se dispuso a respirar sobre su cuello, sintiendo cómo el calor la protegía de cualquier cosa. No pensó más, pero sabía que no estaba completa pero sí suspendida. Muichiro empezó a revolverse entre sus brazos, a soltar quejidos hasta ser libre, para decir en voz alta mientras arreglaba su cabello: —Tenemos que pedir permiso. Antes de que esto se convierte en costumbre. Ella lo miró sin entender. —¿A quién? —Al patrón. Le escribiré una carta pidiendo una petición para verlo personalmente. A Nezuko se le borró la expresión por un segundo. Una mezcla de miedo por el peso que esa figura, Ubuyashiki, conllevaba. No se trataba de un permiso cualquiera, el mencionado no era sólo el líder. Era casi la conciencia del Cuerpo. Pedirle su bendición era, en cierta forma, pedirle permiso al universo para vivir como si fueran humanos. —¿Ahora? —preguntó ella, apretando las manos contra las piernas, todavía envuelta en esa sábana ajena. —No, mañana —. Respondió sarcástico, con picardía y ella sólo rodó los ojos—. Miento, sólo dame un momento. Ella gruñó, haciendo el mínimo esfuerzo para alcanzarlo con sus brazos nuevamente, sintió cómo se le aflojaban las manos. Lo abrazó fuerte, trayéndolo consigo a aquel colchón fino, con la certeza absurda de que podía protegerlo así, con su cuerpo delgado, pero robusto y tibio. —Primero durmamos un rato más, Tokito —le dijo con voz bajita, la mañana le estaba cobrando el poco descanso que tuve por la noche de tanto pensar, pero tuvo que cerrar los ojos para no morir—. Siento que no duermo desde hace años. —No me digás Tokito, ya acepté casarme con vos. Ella se rió apenas, esa risa cansada, agria, de quién está al borde de dormirse sin haber podido cerrar los ojos, le empujó suavemente la frente y murmuró algo totalmente inaudible, algo privado que prefirió no repetir. Él terminó rendido ante la imagen tranquila de ella con los ojos cerrados, la boca entreabierta y el cabello de tinta totalmente derramado sobre la almohada blanca y el rostro. No se movió. La rodeó mejor. Como si pudiera guardarla entera dentro del cuerpo. Como si en esa forma compartida de la mañana hubiera menos posibilidades de que algo malo les pase. Durmieron así, no supieron cuánto. El sol pasó por el techo, y la casa se calentó como un horno manso. Cuando ella abrió los ojos, ya no estaban abrazados, pero él le había dejado las sábanas sobre los hombros y una nota escrita a mano, con una caligrafía extrañamente cuidada cómo solía hacerlo él siempre. ‘‘Querida, perdón por no despertarte temprano y seguramente interrumpir descaradamente alguna rutina tuya. Pero te veías serena. Pasé temprano por el mercado a buscar arroz que no esté al dente. Está en almacén. Por lo tanto, cuando leas esta carta ya estaré entrenando a los demás. No tardes en levantarte. Te quiero en la cocina cuando vuelva. Tu prometido. Muichiro.’’ Ella sonrió. Tonta y encantada. Se sentó en el futón y dejó que los pies tocasen el suelo como si bajara de un sueño al mundo real. Había un cuenco con agua fresca al costado, y una pequeña trenza de flores secas —no era de él, no podía serlo, ¿o sí?— puesta en la bandeja de madera. Se levantó. Caminó por la casa como si ya le perteneciera. Se lavó el rostro, y decidió que ya no le importaba que la noten en la mansión del pilar de la niebla, estaba comprometida. Cuando abrió la alacena notó que había tres bolsas de tela de té perfectamente ordenados. El infierno del orden. Era su casa, sin dudas. Se iba a casar, se casaría pronto. No sabe si les daría tiempo para esas cosas, pero e ese instante, quiso jugar a que sí. — El cuervo negro descendió en la tarde con una ceremonia aterradora. Aleteó apenas sobre el techo de la finca del pilar de la Niebla y graznó: ‘¡MENSAJE, MENSAJE URGENTE! ¡Respuesta del patrón! ¡Se concede audiencia! ¡Al anochecer, los kakushis pasarán a buscarlos!’ Muichiro recibió la nota escrita en un papel de arroz fino. Nezuko la leyó por encima de su hombro, sin emitir sonido. El corazón le golpeó como si hubiera aceptado un combate. ... La tarde estaba espesa, con un calor que se pegaba a las paredes del refugio como una segunda piel. La residencia de las sanadoras estaba en relativo silencio. Los aprendices se habían retirado a entrenar, otros que estaban en rehabilitación tomaron nuevamente sus actividades, y las curanderas, por milagro, no tenían heridos que atender, a menos que sea por algún accidente no tan grave. Nezuko sostenía un paquete de gasa entre las manos, parada en la entrada. No se había atrevido a entrar del todo. —¿Tenés fiebre o venís por otra cosa? La voz de Aoi, la hizo sobresaltarse. Estaba agachada frente a una olla revolviendo agua con jengibre. Llevaba un delantal blanco manchado de raíz de cúrcuma, y el flequillo se le pegaba en la frente por el sudor. —No... no vengo por fiebre —respondió ella, con un tono torpe. Aoi la divisó por encima del hombro, no le dijo nada, pero ladeó la cabeza como si supiera perfectamente qué clase de conversación se avecinaba y se rio por dentro, sus ojos volvieron y contaban los trozos flotantes de la olla. —Entonces sentate —dijo por fin—. Y hacé algo útil. Pelá estos nabos. Nezuko obedeció por inercia. Se sentó con las piernas cruzadas sobre el tatami, agarró el cuchillo de cocina como si fuese su propia katana y empezó a pelar con demasiada concentración. Aoi se cansó de escuchar su silencio, se giró a ver la ventana, tratando nuevamente de contar a los cazadores y revisaba los menores detalles para asegurarse del cumplimiento de sus órdenes, sonríe satisfecha, pero se había estirado demasiado, y suspiró: —Ya sé lo que venís a decirme. La de cabellos cortos se detuvo con el cuchillo en el aire. —¿Qué? —Que te vas a casar. Y que me replanteo nuestra cercanía, te tardaste mucho en contármelo. —¿Ah? ¡¿Cómo sabés?! Y por favor, no replantees nada. Recién ayer me volví su prometida. —Sos un desastre disimulando, Nezu. Tenés el brillo en los ojos de las que ya se decidieron, pero igual quieren que alguien les diga que no están locas. Se cubrió la cara con las manos, ¿Cómo es que la gente nace con el don de leer a los demás con facilidad? Se preguntaba Nezuko, como si fuera una niña pequeña. —...¿Tanto se me nota? —No —dijo Aoi—. Pero soy mujer. Te vi entrar con esa forma de caminar como si flotaras. Nezuko, yo también estoy de la misma forma que vos. Sólo que, el mío, no tiene idea de cómo funciona un acta. Ni un compromiso. La pelinegra soltó una risa chiquita. Tenía los dedos mojados de jugo de nabo, pero no importaba. —Él ya solicitó un encuentro con el patrón. —¿A Ubuyashiki? Ella asintió, y Aoi silbó bajito, sin humor. —Ah, mierda. Hablando en serio. —Sí. —¿Y tu hermano? —Lloró, pero me dejó. Y casi cae al suelo. —¡Pero no puede ni hablar! —dijo la de las coletas mientras como podía se sacaba los pelos rebeldes a manotazos—. ¿Y vos querés? Kamado la miró como si la pregunta le doliera. —Creo que más de lo que puedo explicar. Aoi asintió, sin emoción aparente. —Entonces no entiendo qué hacés acá. —Estoy pelando nabos. Pero también necesitaba que me digas que estpa bien, o alguien. O que está mal, que soy demasiado joven. No sé, Aoi. —Estás demasiado viva, más bien —replicó—. Y eso jode más. Nezuko la miró sin bulla, como si quisiera encerrase apretadamente para acallar algún escándalo, sin embargo, habló: —¿Qué querés decir? Aoi dejó la cuchara en el borde de la olla. Se limpió las manos en el delantal y se sentó de golpe frente a ella. Acercó su rostro a su frente y tiernamente, tal cual, a una hermana mayor, le besó la frente. Y le acarició la tinta negra que traía cómo hebras en su cabeza. —Que no todas podemos permitirnos eso, ¿sabés? Una casa. Un hombre que nos mire cómo si fuéramos aire sagrado. Un espacio para dormir sabiendo que hay alguien que va a despertarse a tu lado. —Yo no lo pedí. —No —la miró directo—. Pero lo aceptaste. Y eso es peor. Porque ahora te lo pueden arrancar. Y no hay medicina para eso. El róseo de la chica inclinó para abajo, Aoi no tenía veneno en la voz, solo realismo. Ese tono cansado de quienes curan a otros, pero no saben cómo curarse a sí mismas. —El pilar de la niebla te ama, ¿no? —Sí. —¿Y vos? —Desde antes de saberlo. Y sonrió, una sonrisa pequeña, retorcida. —Entonces andate, boluda. —¿Qué? ¿Por qué? Todavía no terminé de pelar. Aoi se encargó de arrebatarle la verdura y el arma blanca de sus manos. —Andá a arreglarte un poco. Tenés que volver con él. Si ya decidieron compartir la vida, entonces no pierdas el tiempo pelando nabos conmigo. —Pero... Pero tampoco sé si va a querer tocarme. La miró sin piedad, que vergüenza le daba esto. —¿Y vos querés que lo haga? Calladita quedó que eso la delató. La forma en que se mordió el labio, en que bajó la vista, en que la piel se le enrojeció hasta las orejas cómo si estuviera enferma y realmente haya ido hasta ahí por una fiebre. —Faa... —dijo Aoi, retomando su cuchara, todavía estando sentada—. No hay receta para eso. Pero si va a pasar, que sea porque ustedes lo desean, ojo. No por culpa, ni por miedo, ni por el deber. Tampoco por caridad. El caldo comenzó a hervir. Un vapor suave perfumó la habitación. La comprometida se levantó. Le temblaban las manos, pero no se las miró y camino un poco solo para agacharse a mimarle la mejilla cómo despedida antes de retirarse. —Ya, ya. No me agradezcas con tus besitos. Pero tráeme nabos cuando se te acaben. Y no lo arrastres de vuelta si se vuelve adicto a tus comidas, ¿eh? Nezuko rió fuerte, ya desde el umbral. —No prometo nada. Y la saludo vívidamente, agitando la mano cómo nunca. Se fue y no flotando, tampoco corriendo. — Al caer el sol, los kakushis llegaron en silencio. Eran dos, completamente cubiertos por sus capaz oscuras y las capuchas blancas. Uno de ellos llevaba una linterna con aceite perfumado; el otro, en manos traía vendas para los ojos. No hablaron más que lo justo. —Tokito, Kamado. Hemos venido a escoltarlos a la residencia. Fueron cargados por las espaldas de los kakushis. El trayecto fue largo, y aunque ya lo habían recorrido antes—cada uno por separado—, jamás en la vida habrían podido encontrarlo sin guía. Lam ansión no estaba anclada a ningún punto físico: era una sombra errante, un susurro en el bosque, siempre moviéndose, siempre protegida por rutas cambiantes. Los kakushi no hablaba. Pero sus pasos eran exactos. Cada cruce, cada desvío en los bosques húmedos, era una oración muda que parecía conducirlos a un santuario. Acorde pasaban los minutos, Muichiro apretaba su agarre, no hacía tanto frío, pero la conciencia de estar yendo a pedir permiso, lo ponía nervioso. La mansión apareció entre los árboles como una pintura. Rodeada de jardines que no parecían tocados por el tiempo, con un silencio que no era vacío, sino devoción. Los kakushi se detuvieron al llegar al umbral exterior, al quitarles las vendas, dar un pasa hacia atrás y les indicaron:‘de aquí en adelante, caminen en silencio. Laven sus manos. Y hasta que las niñas avisen la llegada de Ubuyashiki, deben callarse a menos que se les hable’. Ambos inclinaron sus cabezas. Los recibieron las hijas de Oyakata-sama. Les ofrecieron agua tibia con pétalos para purificarse las manos, y un paño suave para secarse. Luego caminaron descalzos por los tatamis interiores, hasta que llegaron al salón central. Allí, estaba Kagaya esperándolos. Semi-acostado. La luz de la linterna le pintaba la piel con un resplandor suave. Su enfermedad le había carcomido casi todo su rostro, pero su presencia era la de un hombre cuya fragilidad solo lo volvía más sagrado. Se inclinaron y fueron directo al grano, pidieron con vergüenza permiso, y se disculparon de antemano por haber, en todo caso, roto algún mandato del Cuerpo. Las voces eran bajas, pero firmes, tímidas, pero coherentes. Y Kagaya, sólo sonrió. Estaba más marcado que la última vez que lo habían visto, la enfermedad avanzó con calma impiadosa. Pero los ojos le brillaban cómo nunca. —aah, nunca imaginé presenciar algo así en vida. Pensé que la guerra nos robaría hasta eso —dijo, y luego los miró como si los viera por dentro—. Obvio que les doy mi permiso, y mi bendición. Nezuko bajó la cabeza, aliviada, a punto de llorar. Agradeció en silencio. Muichiro asintió apenas, incapaz de hablar —pobre muchacho, sintió que estaba por cruzar el puente del Río Sanzu—. Entonces, sucedió. Kagaya alzó una mano muy, muy despacio. —No tienen que esperar. Si su decisión está tomada, yo mismo puedo ser su testigo. —¿Ah...? ¿Ahora mismo...? —preguntó Nezuko, temblando. —Tenemos sake en la despensa —respondió Amane con ternura en la voz—. Las formalidades no están en el protocolo. Y se retiró a buscar dicha bebida. Fue una ceremonia breve, de esas que no necesitan más adornos que el silencio y las miradas compartidas. Amane trajo bandejas lacadas con cuencos de sake. Muichiro y Nezuko se miraron a los ojos, bebieron esos tres sorbos y sellaron. Estaban casados. Amane anotó algo en el libro del Cuerpo. Luego, con una delicadeza casi maternal, les ofreció una tela blanca para cubrirse del polvo del camino, como si la unión reciente los hiciera vulnerables otra vez. — Antes de partir, kagaya les habló una última vez: —Vivan como si cada noche fuera la última, pero también como si el mundo aún pudiera ser salvado. Ese es el equilibrio de los que aman sin garantías. Y luego, con un dejo de ironía luminosa, agregó. —Ahora vayanse. No me interesa escuchar qué harán esta noche bajo el mismo techo. Y se fueron, cómo fueron ordenados, pero avergonzados. En el camino de regreso, el sol caía tras los pinos. La luz los envolvía en oro viejo. Ella lo miró y lo tomó de la mano. —¿Ya está? ¿Somos algo distinto? —No. Somos lo mismo. Solo que ahora hay testigos. Sonrió. —Entonces —susurró—, que nos sigan mirando. Esa noche fue distinta a otras. Estaban recién casados y volvieron a la finca sin apuros, y sin palabras mayores. Nezuko se desató el cinturón de la cofradía en cuanto cruzó el umbral. Muichiro dejó su katana junto a la puerta, sin mirar atrás. No se buscaron de inmediato. No se tocaron ni una sola vez durante la comida escasa que compartieron sentados en el suelo, al lado del otro por insistencia de Kamado, a la luz temblorosa del brasero. Pero el aire —espeso, denso, casi húmedo de presentimientos— ya los había empujado hacia un punto sin retorno. Se dieron un baño rápido, con el cabello todavía goteando. 'Parecemos gatos callejeros' pensó la de pelo corto. Fue ella quién se acercó primero. —Ah, Tokito —intentó llamar su atención, con un tono distinto al que usa siempre— ¿te gustaría saber si tengo un paraguas? Aunque las manos le temblaban al alisar la tela del yukata contra sus muslos. Muichiro no respondió enseguida. La observó como si estuviera contemplando un cielo que nunca terminaría de entender del todo. Entonces, inclinó su cabeza y le dijo: —Vos sos Tokito —terminó dejando el cuenco sobre la mesa de madera, sus cejas se fruncieron por la confusión—. Aparte ¿Por qué querría yo saber eso? Ella bajó los ojos. Después levantó la cara, suspirando, el rubor le subía como un incendio por las mejillas, pero no retrocedía, creo que, era normal que ninguno de los dos sepa correctamente los deberes de ser marido y mujer. Ahí se dio cuenta, no se conocen tan bien, pero lo quería, pero también esperaba esa clase de respuesta, por lo que conversó con Mitsuri. Eso la avergonzaba aún más. —Iré al futon primero. Te espero, porque parece que va a llover. Él la tomó de la muñeca, sin permitirle que se levante. Ese movimiento natural, le aceleró el corazón, otro síntoma normal que Aoi le mencionó antes de marcharse. Muichiro se inclinó tanto a su rostro, que sentía cómo su respiración era entrecortada sobre sus labios, ella con su olfato se volvió más consciente del olor a él. A su marido. Era la primera vez que estaba muy cerca, se le iban a salir los órganos por la boca si seguía sin controlar el volcán de emociones que estaba sintiendo en ese momento. Cuando sintió el suelo en su espalda, su piel zumbó cuando inevitablemente la pierna ajena del varón rozó con su muslo. Su corazón empezó a palpitarle hasta en la cabeza. ‘¡Dios mío, Dios mío! Tanjiro, Aoi’ se tomó un segundo para perderse en sus pensamientos ‘Estoy casada, soy una novia o una esposa, lo que sea ¡Pero está pasando!’.Anata. Ella lo miró, sin ironía. Sin burla. Estaban tendidos, sus manos sin seguridad buscaron los brazos ajenos, remarcó cada vena por encima de las mangas, cada músculo que fue marcado y utilizado en la batalla, en los entrenamientos, en el esfuerzo. Y de ahí, se apresuró a ingresar sus dedos. Cada protuberancia de alguna cicatriz marcaba noches duras, las manos de ella eran tibias, pero dejaron de temblar. No dejó de memorizar cada pliegue que ella recorría. Salió de la tela que sus extremidades se habían incorporados, y subió tentativamente, quemando desde lo más profundo, hasta su rostro que empezó a pasar las yemas delicada y deseosa de acercarlo más a ella. —En serio que va a llover. Vayamos lento ¿Sí? Muichiro se acercó, le respondió con un sonido de aprobación de su garganta, no se animó a hablar, la miró de arriba abajo como si no supiera de dónde empezar. Como si verla ahí, entera, viva, disponible, lo desbordara. Ella tragó saliva, se acercó más, le tomó la mano con una lentitud ceremonial y lo guio a su pómulo, como quien guía al fuego hacia la leña. El primer beso no fue en la boca, fue en la mejilla, esta vez se lo dio él a ella, esta vez con permiso. El segundo en el cuello, electrizante que casi se le olvida la ternura. El tercero, en la frente. Le estaba haciendo perder la paciencia, la estaba desafiando, pensó ella, pero después de eso, se encontraron los labios, torpes, llenos de timidez, no es como en las novelas, no es una danza o un idioma que sus cuerpos ya dominaron. Era casi una caricia, un roce. La cazadora no supo dónde poner sus manos, estaba perdida, pero le tomó del cuello del yukata y se posó por sobre él. Muichiro, la buscó sin técnica, primero fue el roce de una mano tímida sobre la cintura. Después, como recién casado, dispuesto y laborioso, se apartó un segundo, sólo para mirarla. Era una mirada desafiante y vulnerable a la vez, como si dijera: mirame bien, porque no te vas a olvidar nunca de esto. Le abrió la yukata y fue ella la primera en quedarse desnuda. Su piel estaba marcada por cosas pequeñas, pero significantes: cicatrices, quemaduras de cocina, la marca del cinturón, rasguños antiguos y lunares que nadie había contado. El de ojos menta, pensó casi con ternura que noera perfecta, pero es la hacía real. Y la besó nuevamente; y pese a la ternura, eso sólo le daba paso a la pasión tan rápido que Nezuko casi pierde la cabeza al sentir humedad en su labio inferior y abrió la boca torpemente. La primera zalamería íntima de lengua fue gloriosa, y se disculpó mentalmente por sentir cómo aquel primer contacto le revolvió los interiores sin un atisbo de pudor. Eran torpes, errático, sin experiencia, caricias con retraimiento, como si se disculparan por cada centímetro invadido —sobre todo el varón que se volvía loco por la primera imagen desnuda—. Después, se volvieron urgentes, ya con seguridad, el beso se profundizó, aún con inexperiencia al encuentro, se enredaron y se halaron entre sí. Muichiro deslizó sus dedos por su espalda con lentitud. No había tanta desesperación, ni ansiedad. Solo descubrimiento de sensaciones, de piel nueva que era suave, tibia y al mismo tiempo fuerte. —Tenés miedo —susurró él entre beso y beso, jadeó, cuando lo envolvió con sus brazos el cuello. —Mucho. Pero le desató la cinta del yukata, no se movió, así como ella le dio la libertad de desnudarla, la dejó hacer. No era rendición. Era confianza. Dejó que ella le deslizara la tela por los hombros, que le tocara los brazos, que bajara la mirada hasta la clavícula, y la rozara con la yema de los dedos. Estaba templado. Vibraba. Cuando le acarició el rostro nuevamente, él cerró los ojos. Ambos quedaron sueltos, pero quedaron con lo interior, la tela ligera y blanca, que les dejaba entrever la forma de sus cuerpos, el calor de sus vientres, la línea suave de las caderas. El mundo dejó de existir un instante cuando sus cuerpos se rozaron por primera vez sin telas de por medio. Era vergonzoso, pero sagrado, estaba recién casados, después de todo. Y se permitieron estar ahí, presentes, respirando el mismo aire, temblando por las mismas razones, deseando sin culpa. —¿Estás bien? —preguntó ella, cuando notó que él no se movía. —Sí. Es que sos real. Y la besó; esta vez sin miedo. Se buscaron con las manos, se acariciaban con la lentitud de quienes no tienen apuro de llegar, porque saben que cada parte del camino, del proceso, del primero encuentro vale. Nezuko exploró sin pudor. Quería saber cómo era él, qué lo hacía estremecer, qué parte de su pecho se contraía cuando lo besaba ahí, qué lugar de su cuello era más sensible. Lo conocía en batalla, ahora quería conocerlo en calma. Él hizo lo mismo, la rodeó con los brazos. Le besó los hombros, la parte interna de los muslos, el hueco detrás de la oreja. Descubrió que ella se reía bajito cuando le rozaba la cintura, que se le erizaba la piel cuando le acariciaba la parte baja de la espalda. Que se le nublaban los ojos si la miraba demasiado tiempo sin hablar. Cuando por fin se unieron, fue con todo el peso del mundo. Hubo suspiros, palabras entrecortadas, manos que se apretaban con fuerza, por estímulo, por vivir, cuerpos que no querían soltarse, una coreografía torpe y perfecta, pero al ritmo de ellos, de dos que no necesitaban más explicación del roce. Y todo terminó, no fue un fin, fue el principio, porque se quedaron ahí, sudados, abrazados, jadeando entre risas silenciosas. Él con la cara en su cuello, respirando su aroma y ella enredaba sus dedos en el cabello del varón. —¿Decís que te embaracé? ‘aah, ¿tener un hijo en este mundo infestado de seres que comen humanos?’ fue un, escenario bastante gráfico, casi horrible, lamentable. Se le secó la boca. Y lo miró con una cara confundida. —Muichiro, no podés preguntarle eso a las mujeres. —Sos mi mujer —Muichiro se preocupó, frunciendo el ceño aún más—. Si voy a acostarme con vos—se enrojeció—... No va a ser siempre dentro. Pero me da derecho de preguntar. Perdiste tu virginidad conmigo. —Es la primera vez, lo hicimos —le hizo piojito suavemente—. Y te‘dími virginidad’, era un regalo para ambos ¿no lo crees? —lo corrigió con una sonrisa que era casi difícil de predecir qué significado tenía. —Hm, cuando me lo entregaste entonces —se acurrucó más, aunque la pregunta quedó al aire. —Aunque, si tenés la duda. Aoi y Shinobu me hicieron un té anticonceptivo. —... ¿Lo tenías planeado? —Planeado no, pero soy joven y estaba por casarme. Dedujeron que iba a tener una noche larga. —aah, entonces por eso tu té tenía un olor y color distinto. A ella se le escapó una risita. —Probablemente —lo besó ligeramente en los labios—. Pero, si lo estuviese ¿Preferirías un niño o una niña? Un cambio drástico de tema, se lo dijo con desdén, pero maliciosa. —Cualquiera. No hagas preguntas tontas —Se lo dijo tan rápido como él que beso su boca. —¿Tus ojos o los míos? —... Voy a estar contento sin importar cómo se vea. —Pareces pensarlo desde hace rato ¿Planeabas embarazarme desde que me hospedé? Wow, Muichiro —ella se preguntó y luego largó una risa que parecía estar guardada entre tanto polvo. Muchiro, por lo tanto, suspiró corto y bajo. —No lo pensé así, no antes pero sí ahora que me lo preguntaste —y le mordió el hombro a modo de juego. Se quedó desconcertada, sin dejar de reír. Muichiro, quien había pensado odiado tanto la idea de casarse, pasó a ser su esposo y a cuestionarse cómo suhijo , o hija, se vería. Oyakata-sama, sus palabras que resonaron fuertemente en su mente fueron muriendo de a poco, el viento que era silencioso marcaba que, por fin, el día finalizó, pero todavía silbaba afuera. ‘Pensé que la guerra nos robaría hasta eso...’ ... Extra. —aah, ¿Te hubiese gustado verme en un shiromuku? ¡Casémonos otra vez así puedo usarlo! A Muichiro le dió un escalofrío. —No... Sí, la quería ver en uno de esos. Solo que, nada lo había preparado para el dolor estomacal de los nervios que tendría por tomar ese sake. Aunque a Nezuko nada la preparó para el olor del alcohol, arrugó la nariz cuando era la ceremonia. Nunca habían probado alcohol. Era un buen sake igual.
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