ID de la obra: 1553

VÍNCULO: porque ''Tokito Nezuko'' Suena mal.

Het
NC-17
Finalizada
3
Tamaño:
64 páginas, 35.190 palabras, 14 capítulos
Descripción:
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VII: Donde la mirada se vuelve lanza.

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El sol del mediodía se desparramaba sobre la finca del pelinegro, tibio como gato dormido. Las mariposas, o insectos que volaban libres, ajenas a toda urgencia humana, seguían danzando entre los arbustos. En el interior, la recién casa colgaba ropa mojada en una cuerda improvisada que iba desde el cerezo al cobertizo, las mangas de su kimono arremangadas, el cabello corto le bailaba en las mejillas y el único listón daba todo de sí por sostener el mechón que daba a vista el color de sus ojos. No hacía falta que nadie la viera para saber que la escena era serena, cómo un cuadro doméstico, en silencio, lleno de ese tipo de belleza que no grita, pero permanece ahí. En el interior, el otro recién casado, la miraba. No lo hacía con deseo animal, cabe aclarar, ni muchos menos con esa ansiedad que tienen los hombres que todavía creen que amar es poseer. La miraba con esa clase de atención que ser reserva a lo frágil, a lo que no se quiere perder. Era raro en él. Esa forma de observar sin intervenir. Dejarla ser. De no tocarla cuando más lo deseaba. Pero era feliz. Le bastaba saberla ahí, estirando la ropa húmeda, colgando el yukata que había usado él esa misma mañana, con las marcas de su cuerpo aún impresas en la tela. Antes de irse, la saludó con un beso en las mejillas, se despidieron por el entrenamiento. Y se fueron, con pasos que ya no sonaban secos sobre la madera, sino suaves, como si el hasta el suelo lo supiera distinto. ... El terreno de entrenamiento era un lugar áspero. No en apariencia, sino en energía. Muchos cazadores jóvenes, otros un poco mayores que el mismísimo pilar, sudor, gritos, madera astillada y muchos que de los nervios vomitaron o se desmayaron. Un kakushi lo saludó con una leve reverencia y le señaló a los aspirantes que lo esperaban. Muichiro entrenaba con eficiencia, sin pause, sin exagerar por órden de su esposa. Su voz apenas se alzaba cuando daba una instrucción, pero todos lo obedecían como si cada palabra fuera una orden sellada con sangre. Después de la práctica, se quedó solo, sacudiéndose el polvo de las mangas, con una toalla humedecida en mano se lo pasa por el cuello, la nuca y la frente. Pasarse la lengua por los labios le sabía salado. Fue entonces que lo escuchó. Dos cazadores hablaban a unos metros. Uno era de los nuevos, el otro, un rubio que traía por la cintura un haori amarillo con un patrón de triángulos pequeños que se repetían. —¿Viste que Kamado anda con Tokito? Qué desperdicio, no sé qué le ve. La tendría doblada en dos contra el primer árbol que encuentre. ¿Le viste las piernas cuando entrenó una vez con nosotros? Fue exquisito verle la figura con el uniforme todo pegado —el joven Agatsuma suspira con el corazón roto cómo si hubiese sido digno de pensar en el tupé de ser su amante —. Una vez la invité a tomar un té, pero no fue recíproco. A los minutos me enteré de que me cambió por él. Los he visto en el mercado ¡Con mis propios ojos! Mi Nezuko, con el insípido ese. Su lengua chasqueó. —Además, lo puedo leer en sus ojos, y escuché cómo latía su corazón hoy... Es evidente, viene de una noche de amor —. Lo dijo apenas. El otro rió, pero sin entusiasmo. Era de los que no sabían decir que no. Muichiro salió de la puerta, lento. Con los ojos entrecerrados. Y caminó hacia ellos. —¿Podés repetir lo que dijiste? —preguntó. El tono era plano. No alzaba la voz, no necesitaba hacerlo. El aire cambió, como si el bosque, de pronto, se hubiera quedado sin hojas. —Eh... Yo... nada, es-es una joda. —¿Una joda? ¿Andás en vivo? —Es que no lo dije en serio. Ella es... su mujer, ¿no? No fue con mala intención. Muichiro lo miró como si la palabra ''mujer'' tuviera espinas. No le gritó. No sacó su katana. Pero alzó la mano y con un solo gesto, lo tomó del cuello del uniforme, lo arrastró dos pasos hacia atrás y lo empujó contra la puerta más cercana. —Las palabras que usás para nombrar a alguien, son las mismas con las que te nombrása vos mismo. El otro lo miró, atónito. Con miedo, y con vergüenza. —La próxima vez que hables de ella, o que te escuche hablar de ella, cerrá bien la boca antes de que yo, lo haga por vos. Lo soltó. El cazador cayó al suelo, sin heridas, pero con la cara blanca y balbuceando excusas que ni él entendía. Muichiro se giró, ya sin mirarlo. Pero tenía el ceño fruncido esta vez. —No soy celoso. Pero soy justo. Y vos no sos digno ni de verla colgar la ropa. ... Al volver, encontró a Nezuko dormida bajo el alero. Se ve que, cuando terminó el pesado entrenamiento, volvió para comer algo, porque tenía un cuenco de arroz sobre el regazo y la mano apoyada sobre el pecho, como si estuviera soñando algo demasiado delicado para nombrarlo. Él no la despertó. Se arrodilló a su lado. Suavemente le corrió un mechón de pelo de la cara, estaba roja y sudada. Cuando se inclinó para darle un piquito, abrió los ojos, lo primero que dijo fue: —¿Dónde está mi arroz? Él le apretó los muslos, indicándole que estaba en su regazo. —Ahí. Ella sonrió. —Ah, ¿Por qué tenés tierra en las medias? Él no contestó. Solo la miró. El chico aprovechó, el descuido del rubio, es más, él desde hace rato sabía de los goces perversos que solía observar cuando ella estaba cerca, le provocaban quizás un poco de celos despiadados. Pero estalló, poco, pero lo hizo. Aunque seguía con la esperanza de disimular que ella es su única debilidad y, el que sólo la vean, le hervía la sangre. Y sus medias llenas de tierra, por patear piedras en el camino y por haber arrastrado al descarado, eran la evidencia. Ella no pasaría nunca por alto estas situaciones, lo que conlleva a que, de viva fuerza, a enfrentarlo. Sin embargo, lo entendió. —¿Fue por mí? Se recostó sobre el paredón, se revolvió el cabello a modo de calmar sus nervios por haber pensado que lo tomaría a mal. —Siempre va a ser por vos. Ella lo abrazó, él no era frágil, pero si sabía lo que valía. Como alguien que ya no necesitaba más pruebas. En toda su vida, pensó que no pudo haber recibido algo mejor que él. Lo apegó más ella y le prometía hasta la última gota de lluvia que cayera. Él también estaba aprendiendo a conocer el alma femenina, viéndola a ella sin tapujos. En las noches él solía susurrarle al oído que la amaba, probaba mimarla exhaustivamente con regalos, pero entendió con el tiempo que ella no era de lujos o de capaz de transformar su vida, así como tal, su mera presencia le bastaba y para él era más que sentirse suficiente. ... Esa noche comieron juntos frente al brasero. El arroz estaba bien cocido. El curry tenía el pollo perfectamente cocido. Él siempre le alagaba sus comidas cómo si fuese la última que comería esa noche, aunque siempre le decía que no le creía, pero le agradeció igual. Dramática. Cuando se acostaron, ella le acarició el pecho. Despacio. Con un dedo apenas. ... El inicio fue casi imperceptible. Un cambio en los saludos, claro. Una pausa incómoda cuando ella entraba a las reuniones. Una risa ahogada, apenas contenida, cuando alguien veía a Muichiro con el uniforme mal cerrado y la marca roja por debajo del lóbulo de la oreja, como mordida, como confesión. Y fue inevitable, la cofradía empezaba a murmurar. Sin embargo no era secreto, pero sí privado. No lo decían en voz alta. Nadie se atrevía. Pero los kakushis —esas sombras fieles— tenían ojos entrenados para advertirlo todo. Y los aprendices que dormían en la mansión Wisteria hablaban mientras compartían arroz y hierbas medicinales. —Dicen que la cazadora Kamado está durmiendo en la finca del Pilar de la Niebla. —¿Durmiendo? ¡Por favor! ¡Se ha instalado! —¿Y qué con eso? No es ilegal. —No. Pero vos viste cómo la mira, ¿no? Parece que se la va a tragonear... Uno de los cazadores, con el uniforme aún sin terminar de ajustar, Zenitsu murmuró con tono picante e irritante: —Dicen que la hizo su esposa en secreto, como los nobles en los cuentos. Que no avisaron a nadie. Que se la lleva al pozo a lavar juntos y después la agarra de la cintura... Murata lo calló de un manotazo. —¡Callate! Que uno de esos cuervos chismosos lo escucha y nos mandan a cazar demonios en la montaña natagumo otra vez. ... Mitsuri fue la primera Pilar en enterarse formalmente —si se puede llamar ‘’formal’’— a una confesión entre lágrimas, pasteles de arroz y el canto nocturno de las cigarras. Había ido a visitar a Nezuko con una canaste de panecillos, pensando que la muchacha se encontraba aún en la finca de Shinazugawa. Pero no. Un kakushi confundido le indicó que ‘’la señorita Kamado reside temporalmente con el Pilar Tokito y que su entrenamiento con los pilares ya había terminado’’. Y la de trenzas casi deja caer la canasta. Fue corriendo a una velocidad extrema a dicho lugar, ¿Casados? ¿Cuándo? ¿Por qué no dijeron nada? No, esperen, ¡Ni la habían invitado a ser una testigo! Entró por los jardines sin permiso, ni se tomó la molestia de tocar la puerta o gritar nombres ajenos. Caminó por los pasillos a paso apresurado —todo esto asegurando su agarre a la canasta— y corrió esa puerta Shoji donde dejaba entrever las siluetas de ambos jóvenes que quedaron estupefactos ante la llegada de la Pilar del amor. Y tranquilamente, sin voz para nada chillona y alterada, dijo: —¡¿Casados?! ¡¿Pero cuándo pasó eso?! ¡Y sin avisar ni nada! —exclamó con una sonrisa entre incrédula y emocionada, mientras le estrujaba las manos a Nezuko con cariño brutal—. ¡Ah, qué romántico! ¡Qué valiente! ¡Qué desvergonzado! ¡Lo amo! ¡Estoy tan feliz por ustedes! Nezuko bajó la mirada, riéndose por lo bajo. —No fue algo planeado. Se dio así... —¡Qué importa! Lo importante es que se aman, ¿nooo? Es que, ay, yo lo supe desde que lo vi mirarte cuando casi matan a tu hermano... Y desde el otro lado de la habitación, Muichiro se aclaró la garganta. Mitsuri le guiñó el ojo —¿Te molesta que haya venido sin avisar? —preguntó ella con voz cantarina. —No. Pero te equivocaste en una parte. Yo no me acuerdo del todo ese día. Y no tocas tanto a mi mujer —respondió él, seco, sin mirar. A la pelirosa se le escapó un chirrido, le encendió las alarmas. No de peligro, pero de que era verdad, la quería de verdad y estaba visto que no tenía intención alguna de ocultarlo. ... Los días se volvieron más cotidianos entre los dos. Pasaron semanas, pero los rumores crecían. Se deslizaban por las paredes de las mansiones Wisteria, se coló en las mochilas, en los informes de misión, en los yunomis de té de los cazadores veteranos. Nadie lo decía con certezas, pero todos lo sabían. Y cierto rubio, como era de esperar, no se lo tomó con humor. El cazador usuario de la respiración del rayo, apenas mayor que Nezuko, con fama de bocón y lengua suelta, cometió el error de abrir la boca nuevamente delante de Muichiro. Estaban en el dojo del oeste, Muichiro había ido a inspeccionar por orden del patrón el entrenamiento de nuevos reclutas. Nezuko se había acercado también, por curiosidad o para acompañarlo. Llevaba su uniforme, casi suelto, limpio y una sonrisa radiante que contrastaba con el aire rudo del ambiente. El muchacho, al verla, le silbó por lo bajo. —Así vestida da gusto dejarse exorcizar por vos, Nezuko-chan. Algunos rieron. Tímidamente. La mayoría se quedó en silencio. Ella, por reflejo, frunció el ceño e intentó envolverse más en su haori. No por pudor, sino por molestia. Ya no era una niña. NI una flor para decorar conversaciones. Pero se olvidaron de Muichiro, él estaba ahí y lo escuchó todo. Se dió vuelta tan despacio que sabían algunos que el tono en que hablaría sería bajo, letal. Esperaron el impacto de la voz masculina, sin embargo, no sonó. Él pasó por al lado suyo, con su hombro, le empujó y lo miró hasta tomar la mano de la joven Kamado para llevársela. El cazador tragó saliva y supo que no podría usurpar tierra cómo antes. ... Esa noche, cuando regresaron a la finca, no hablaron del incidente. Ella preparó té de jazmín. Ella sabía, era muy evidente, esa inquietud en el estómago que migraba desde un cosquilleo a ganas casi irrefrenables de acercarse más a ella parecía no alcanzarle. Es como si, el estar casados desencadenaba malentendidos y le llevaba mucha frustración ‘’innecesaria’’. Y se pone a pensar, ¿qué más podía dar ella? Le sirve en la casa, hacen el amor los momentos que pueden, el afecto mutuo en público no era un tabú para ellos —aunque la gente se burlase por lo bajo cuando le lanzaba un beso al aire— ni mucho menos pretendían que su, matrimonio, no existía. Tras los acontecimientos que se llevaban a cabo más seguido, le asustaba, le parecía lindo que la defendiera, que le haga saber al mundo sin gritos que la amaba, ¿Pero él se sentía inseguro de algo o de alguien? Ahora Nezuko ya no sonreía en el brasero, estaba callada y a ella le tocó revivir esa acidez en el estómago. Unos besos que viajaban de su cuello a las mejillas y de las mejillas a su propia nariz pequeña y respingada le bastó para salirse de sus pensamientos y se olvidara de aquella molestia que tenía en dichoso lugar. Él se sentó cerca de ella, en silencio. —Estás celoso —dijo ella, con tono neutro, como si le estuviera ofreciendo arroz sin salsa de soja. —Estoy cansadito —mintió él. —Cansado de que te miren, sí. Te entiendo. Muichiro la miró de reojo y la abrazó. —No me molesta que te miren. Me molesta que crean que pueden tocarte con palabras. Nezuko se acurrucó más, le tomaba de las manos y las besaba. —Y dígame, ¿Qué va a hacer con esa molestia? —La cofradía no indica que hagamos de un tabú nuestras emociones, Nezuko. Nezuko exhala, esperanzadora y juguetona, ella acerca sus manos al escote de su yukata, tira y juega con él maliciosamente. — ¿No es bello todo esto, Tokito? —de a poco, sus manos viajan al vacío que hay detrás de su espalda — ¿No es un milagro que de vez en cuando haya un poco de ternura? Ella le tomó el rostro, lo iba empujando cada vez más al suelo con su cuerpo, ella desarrolló el hábito de acariciarlo, aunque fuera de maneras sutiles porque sabía que él nunca le prohibiría en su pudor. Le pasó la punta de la nariz por la piel de su mejilla. Y en un murmuro, a centímetros de sus labios le reprochó un: ‘vos sos Tokito’. Y se rindió, la besó, un beso tierno pero bueno. Supuso que, si se iban a demostrar las molestias, que sea de la mejor forma.
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