ID de la obra: 1553

VÍNCULO: porque ''Tokito Nezuko'' Suena mal.

Het
NC-17
Finalizada
3
Tamaño:
64 páginas, 35.190 palabras, 14 capítulos
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VIII: cercanías y figuras (parentales).

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Se oían pisadas suaves en la tierra, un aroma dulce inmutable que dejaba a su paso y el corazón taladrando de la menor. Pues bien, que la casa de los Rengoku exhalaba todavía la memoria del fuego; cada viga de madera parecía guardar en su interior la risa estruendosa de Kyojuro, y al mismo tiempo el silencio solemne de Shinjuro, aquí entre nos, la muchacha no tenía una buena imagen ante el ex-pilar de la respiración de la llama, al querer enfrentar y quedar casi inconsciente a manos de un golpe de su superior por tratar de defender al menor y casi último de los Rengoku, no se atrevía realmente a volver a pisar la mansión ajena. Aunque el sol declinaba sobre el horizonte con un resplandor dorado que tenía la madera de la entrada de la casa de los Rengoku, Nezuko estaba sentada en el tatami, las manos inquietas por su estadía y del grito del señor Shinjuro. Aun estando borracho, tuvo la osadía de reprocharle de pisar su casa, que era una descarada, pero se mantuvo fuerte y le ignoró incluso si sus gritos eran una encarnación viva de la cólera. Shinjuro por su parte pensó que era una mujer pequeña, ágil, envuelta en esperanza y alegría. Pero maleducada ¿Cómo se atrevía a ignorar a su superior? ¡Estúpida! ¡Descarada! Ella sólo fue a visitar a su querido amigo, que a diario mandaba cartas, pensó que era tiempo perfecto de darle una pequeña visita. Se iban a entretener sin cesar, tenía chismes y otras historias de su entrenamiento, misiones o patrullajes en la noche. Nada exigía por sus servicios, pero vivía de su oficio como cazadora, de su matrimonio y por delante de todo, su hermano mayor convertido en un demonio. Aah, aun en los peores tiempos de miseria, cuando se arruinaban las noches por muerte de víctimas que no pudieron ser salvadas, trataba de mantenerse viva en alegría, aunque sus ojos no digan lo mismo. Sin embargo, la señorita Kamado seguía siendo una joven que está a punto de revelar un secreto demasiado grande para guardárselo sola o escribirlo en una carta. Senjuro con su sonrisa tímida, pero genuina, de aire apacible y todavía adolescente cómo ella, traía en manos dos yunomis tibios con té de jazmín, y todavía se sienta frente a ella en el chabudai. Se arregla la ropa, y la miró de reojo, con la curiosidad inocente de quien sospecha algo y espera la confesión. Ah, y sí, mirando de reojo, no vaya a ser que su padre esté de chismoso escuchando su conversación secreta ¿No? Digo, son dos adolescentes, el señor Rengoku también fue uno ¿Qué tanto tendrían que hablar? Y efectivamente, sí estaba escuchando la conversación, pero era más sigiloso. Bueno... El señor está bajo los efectos del alcohol a diario, con más moderación tras la muerte de su hijo, sin embargo, estaba lo suficientemente consciente para recordar cada palabra que saliera de sus bocas. — aah, te noto distinta, Kamado —dijo finalmente, con voz suave—. Como si llevaras un verano entero escondido en el pecho. Ella rio, bajando los ojos. Aún tenía esa risa temblorosa, casi infantil, que la traicionada. Se mordió el labio y, en un impulso, se estiró hacia él, golpeándole el hombro con suavidad. —¡No digas cosas raras! —exclamó, y el rubor le coloreó las mejillas. Senjuro arqueó las cejas, pensando y pensando, ‘oh, nezuko, nezuko, ¿quién es el metido en esa cabeza tuya que está por las nubes?’ hizo una pausa dramática, como quien parecía estar a punto de acertar. Hizo una revisión larga sobre los flechazos que tuvo la joven en su estadía cómo cazadora, pequeños flechazos como Giyuu y Sanemi que eran tan fugaces que ni ella misma se debe acordar de eso, o Kanao cuando la conoció por primera vez... No, Inosuke estaba fuera de la lista, era un hermano pequeño. Quedaban dos... Genya o Tokito... Tokito... Genya... — mmm, ¿acaso es tan raaaro notar que brillas diferente? Será que... de tantas cartas que me has enviado sobre Genya o Tokito... ¿Tendrán algo que ver? La mención del apellido fue como una campana: el corazón de Nezuko saltó, descontrolado. Cubrió con ambas manos y bufó, entre divertida y avergonazada. —¡No! O... Bueno... —no pudo terminar. La risa de Senjuro estalló, juvenil, contagiosa, llenando la sala de un calor que no provenía del sol. Aquí entre nos, la muchacha no era buena ocultando sus mentiras o su vergüenza, su cara hacía una mueca muy graciosa que la delataba, era un circo de emociones puesta una sola máscara. —¡Ya! ¡Ya! ¿Quién de los dos es? Nezuko, todavía recuperándose, responde: —Tokito... Y tragó la saliva que se acumuló, y orgulloso de su perspicacia, Senjuro gritó silenciosamente un ‘’lo sabía’’. —¿Pero es serio? Pensé que sería como esas cosas pasajeras de los entrenamientos, cuando uno se distrae mirando a otro cazador o cazadora. Nezuko bajó las manos y lo miró con intensidad, como si quisiera que sus palabras pesaran más que cualquier broma. Si bien el joven Senjuro tuvieron que despertar en él la viveza de un guerrero, pero que ha sido fallida, a sus dieciséis casi diecisiete años estaba sacudido por turbulencias interiores, ansioso de aventura. Las emociones borrascosas a menudo lo perturbaban, más que nada en la noche cuando se quedaba solo en la mansión y afiebraban su día. Aunque era muy buen lector, ha encontrado libros antiguos casi reliquias sobre la respiración de la llama, a pesar de la actitud de su padre queriendo censurarlo, aprovecha esos momentos para husmear cualquier libro a su alcance, erótica o romántica, leía aquello que no podía exhibir ante su único pariente o conocidos, los leía a medianoche o al mediodía cuando sabía que nadie lo observaba. Fue así como obtuvo información de la ‘inusual’ éxtasis privada que solía abrazarlo y suplía también sus fantasías románticas, lo que la misma experiencia le negaba. —Es serio, Senjuro. Es... demasiado serio. Tokito y yo... nos casamos. Cuando por fin estaba por degustar su té, el cuenco cayó de las manos del joven rubio con un sonido seco contra el tatami, quejándose en el momento por el líquido derramado. Senjuro abrió los ojos y en seguido estalló en una risa nerviosa, incrédula. Esas risas que llevan guardadas hace mucho o cómo si algo o alguien no le permitía expresarse como tal. —¿Qué...? ¡¿casados?! ¡pero si vos...! —Se detuvo, enredándose en sus propias palabras, y agitó las manos frente a ella como si quisiera apartar una idea imposible —. ¡Tenemos la misma edad! Aparte, ¿vos no quería que tu hermano vuelva a ser humano? —¿Por qué dejaría de lado a mi hermano? —preguntó Nezuko, con un puchero que acentuaba su expresión juvenil. —¡Ay, pero! ¿Casada ya? —dijo al final, y ambos soltaron la carcajada, aunque en la de Nezuko se escondía un orgullo extraño, como de niña que presume un secreto demasiado grande para su edad. La pregunta de Senjuro rebosaba de curiosidad traviesa, casi tropezando con las palabras. Nezuko, que aún no se acostumbraba a escuchar la palabra esposo asociada a Muichiro, bajó la vista, pero la sonrisa le ganó la batalla. El rubor le encendió las mejillas y las memorias de la conquista le pasó por la mente. Se dio cuenta que el muchacho que parecía tener niebla espesa en la mente se preocupaba por ella mucho antes de que suba de rango, los caprichos, los mimos, las cartas... Las cartas... cuando importante e íntimo existiera cedería siempre parte de su corazón a él, pensarán que es una payasada, pero a pesar de ser amenazados por la muerte, las noches y los demonios, continuaría su cruzada con entusiasmo si eso significaba estar el resto de su vida con él. La tildarán de loca o regalada, pero soportó mucho y la vida le dio la oportunidad de experimentar la poca humanidad que sentía que le estaban arrebatando, de ser joven, de ser adolescente, de ser amada, aunque tenía al mismísimo diablo respirándole en la nuca. Tokito y Kamado, los más jóvenes de su familia, tuvieron la fortaleza suficiente para soportar las extravagancias del combate, de ser guerreros y para resistir el impacto de cada peligroso enfrentamiento. —Sí... bueno... —murmuró, y al instante estalló en una risa nerviosa, estaba muy enamorada—. ¡No lo digas tan fuerte, me da vergüenza! Senjuro soltó una carcajada franca, de esas que llenaban la casa con ecos luminosos. —Es que es raro imaginarlo. ¡Muichiro! ¡El serio! Es casi parecido a Tomioka ¿No crees? —agitó las manos como si la idea fuera demasiado grande para él. —¡Pero no lo digas así! ¡Bruto! —protestó Nezuko, golpeándolo suavemente en el hombro—. Muichiro no es tan serio cuando está conmigo... Bueno, sí lo es, pero... —se llevó las manos a la cara, riendo detrás de ellas, las imágenes prohibidas de su noche de bodas pasaron por su mente. Senjuro la observó con la picardía de quien disfruta de ver a alguien perder el control. —¿Entonces ya le cocinaste algo? Porque la señorita Kanroji solía decirle a mi hermano que una esposa debe aprender a hacer udon perfecto. Y si no... —se inclinó, inspirador, hablando bajito como si estuviese por decir algo totalmente explícito —, tal vez deberías practicar antes de que él te pida uno. —¿Udon? ¡Pero si apenas estamos peleando por arroz! —y ambos estallaron en risas, rodando casi sobre el tatami como naranjas. La conversación continuó ligera, juvenil, llena de pequeños secretos y consejos ridículos: cómo preparar té sin que sepa a hierba amarga, guisados exquisitos y como cortar las verduras perfectamente sin amputarse o morir en el intento —atentamente, Senjuro—. Nezuko escuchaba, reía y respondía como la muchacha de su edad que era, sin cargas, solo saboreando la extrañeza de saberse casada tan joven y al mismo tiempo feliz. ... —¿Ya se ha ido? El ocaso yacía presente y el silencio atacó por todos los rincones de la propiedad Rengoku, Senjuro terminaba de limpiar la entrada de su hogar luego de refunfuñar y refregar el tatami con las manos enrojecidas. Estaba feliz, hace mucho que no lo visitaban y mucho menos había recibido una carta, por lo que se había preocupado, la presencia de la muchacha lo alegró tanto que cuando llegó casi se cae al intentar correr hacía ella y abrazarla. No esperó una buena reacción de su padre, pero logró integrarla en el hogar y pasar una buena tarde, con deliciosos platos porque la cocina era la especialidad de Senjuro y Kamado era una buena degustadora. Pero a pesar de la mala relación con su padre, seguía siendo su padre y no podía evitar preocuparse por él. Cada tanto le servía herbolarias que calme su resaca, su truco era servirlo en una botella de sake para distraerlo de que no era la bebida alcohólica en sí, de todos modos, era descubierto, pero valía la pena intentarlo y no podía dejar que la última petición de su hermano no sea cumplida. Las conversaciones entre ellos no pasaban más de los gritos, porque era solo eso, no había una comunicación efectiva para Shinjuro. ¿Será que hoy podría ser distinto? El cuerpo de Senjuro se paseaba por los pasillos con una bandeja llena de dulces tradicionales, se respiración entrecortada y su corazón que no dejaba de amenazarlo con salirse de su pecho le indicaban que estaba cerca de la puerta shoji dónde estaría semi acostado su padre, probablemente mareado o nauseabundo o violento producto de los efectos de la bebida. Suavemente golpeó la madera de la puerta y la abrió, se acercó, por suerte su padre no estaba cómo pensó que estaría, sino que estaba sentado sobre el brasero que daba al patio, con una paz que lo asustaba. —Padre... padre, perdón mi insistencia ¿podría contarle algo? Verá, la señorita Kamado... Nezuko, se casó con el pilar de la niebla ¿No le parece una linda noticia? Padre, usted cree-- —el azote en el suelo lo sacó de trance y le eliminó todo rastro de felicidad ante la interrupción sobre su habla. —Ya lo he oído todo, ni yo en mis días como pilar... Fui tan boludo como esos dos —. Le hizo seña de que se vaya, para Senjuro no solamente le estaba diciendo eso, sino que le decía más bien un... ‘andate a la mierda, salí de mi vista’—. Andate antes de que te encaje una piña a vos, y a la pendejita esa que tenés de amiguita. Y si servís de algo, podés traerme más alcohol ¿No? Y no esa cosa a la que llamás té. Tomátela. Sin embargo, el señor Rengoku, Shinjuro se veía reflejado en esos dos. No solamente por la viveza de enamorarse, sino de casarse, haber tenido hijos, de dejarse dominar por una mujer de al menos un metro cincuenta. Vivió una buena vida casado con Ruka, su fallecida mujer, y si un demonio no se la arrebataba la misma naturaleza lo haría. Shinjuro sabía de los más jóvenes en la cofradía, temía por sus vidas, tenía cara de malo y sin embargo tenía el corazón tan blando cómo un postre recién hecho. Temía que la pareja recién casada, terminé de igual o peor forma que él al quedarse viudo, sabía que la cofradía se preparaba para algo grande, no era casualidad, y aunque él rece todas las noches, le pedía a Kami con toda su fe, que salieran todos vivos de esta y pedía perdón por todo mal que estaba haciendo en él mismo, en la gente, en su hijo. Y que los cónyuges puedan seguir viviendo. Senjuro no reprochó ni nada, pero lo atacó. —Mi hermano me dijo que te cuidaras. Y se retiró. ... La joven de cabellos cortos caminaba con el silencio húmedo de la tarde, ella, cuando el sol apenas atravesaba los pinos inclinados y el viento arrastraba un arome a tierra mojada, camino a la residencia del Señor Tomioka, lo encontró sentado en el corredor de la casa, la espalda recta, los ojos fijos en un punto que parecía perderse más allá del jardín. Esa quietud suya, tan impenetrable como una roca, siempre le había causado a Nezuko una mezcla de respeto y desconcierto. Esa tarde casi noche, sin embargo, ella llevaba consigo un cosquilleo en el pecho. Y a la jovencita se le iluminó el rostro. —¡Señor Tomioka! ¡Giyuu! —El de rostro inexpresivo desvió un poco la vista para visualizar la imagen de Kamado correr hacía él con los brazos abiertos, no obstante, Giyuu no era ajeno a ese afecto que tenía Nezuko sobre él. Incluso se acuerda las eternas noches donde gritaba su nombre y le pedía con voz afónica que la entrenara incluso si tenía la pierna mocha. Cuando los brazos lo envolvieron él se quedó quieto, fijo, y se alejó por fin dejando tras de sí un suspiro de alivio que retumbó en los oídos de la chica. Agitada, por haber corrido; —Giyuu... —comenzó ella, inclinando un poco la cabeza, como si pidiera permiso para irrumpir en su silencio—. ¿Puedo sentarme? Él apenas la miró de reojo, asintió con un gesto mínimo. Nezuko, que tenía la risa a flor de piel como cualquiera, se dejó caer a su lado sin la solemnidad que otros hubieran tenido con el Pilar del Agua. Sus rodillas rozaron la madera y balanceó los pies, como si la inquietud la desbordara. —No sé si ha leído mis cartas, pero me casé, ¿sabe? —soltó de golpe, con una sonrisa traviesa, mirando de reojo para ver si lograba arrancarle alguna expresión. —Lo sé —respondió él, su voz seca como tronco partido—. Todos lo saben ya. Ella giró hacia él, inflando las mejillas de manera juguetona, como si le reprochara la falta de sorpresa, aunque era de esperarse. —aah, pero no lo dice con emoción, Señor Giyuu. ¡Debería felicitarme, o al menos preguntarme cómo va todo! —replicó, dejando escapara una risita que parecía encender la penumbra. El pilar se quedó callado unos segundos. El silencio de Tomioka, denso como un estanque sin brisa, era capaz de incomodar a cualquier. Pero Nezuko, acostumbrada a él, lo llenó con su propio desborde juvenil. Giyuu comprendía cuánto matrimonio se trataba, un poco asustado, el pensamiento de que una niña joven se case lo sorprendió, avergonzó y a la vez, le llenó de una ternura nueva y una necesidad de protegerla demás. No se familiarizaba con las noticias o la presencia de la joven en sí, no esperaba que se acercase a él con toda confianza, eso creía hasta que un día le dijo ‘¿Por qué no podría? Si usted le salvó a mí y a mi hermano la vida, nos la perdonó ¿Cree que está mal eso?’ La rebosante actitud positiva de la joven Kamado se le hicieron rutina: un vaivén de alegría por unos minutos u horas de su día, almuerzos compartidos y si podía la mimaba con joyas o kimonos de calidad por su arduo trabajo, aunque esta rogara que por favor no hiciera eso. —Estoy feliz, muy feliz, señor. A veces me asusta ser tan feliz. ¿Está mal eso? —preguntó, bajando la voz, como si temiera que la respuesta la anclara al suelo. Quizás de tanto verla como a una niña, no se dio cuenta de su pasión de vestirla por completo en ese shiromuku, envolverla en el uchikake y ayudarla a peinarse con una gran variedad de horquillas o simplemente ponerle él mismo el Wataboshi. Ella por su lado percibía un olor más a la protección y tranquilidad, breves de nota de alegría y melancolía, todo muy reconfortante. No se creía del todo que estuviese casada pero lo que sí esperaba es que no se olvide de su deber, que ella estaba en la cofradía por algo y que tenía que vivir para eso. Él ya sabía que desde la pubertad tuvo varios enamorados rondándola como moscardones, incluso si ella nunca lo sabía, pero él mantenía la distancia para que no la distrajeran. Hasta que empezaron las cartas como coqueteos inocentes y se desplazó a algo muchísimo más comprometedor de lo esperado. Tomioka giró el rostro, sus ojos serenos parecían sostenerla con la firmeza de un padre que, aunque no lo diga, se preocupa. —No está mal —dijo finalmente—. Sólo no lo pierdas de vista. La felicidad también pesa. Hay que saber llevarla. Nezuko lo observó con los labios entreabiertos. Había algo en esa frase que la hizo estremecerse, como si la vida misma le hablara a traves de ese hombre callado. Pero no quiso quedarse en la solemnidad; su juventud le exigía quebrar el peso con risa. —Habla como si fuera mi papá... —murmuró, dándole un codazo suave—. Pero menos simpático. El gesto apenas se notó, pero Tomioka desvió la mirada, incómodo. Ese leve rubor que apenas se insinuó en sus orejas fue suficiente para que Nezuko estallara en carcajadas. ¡Hubo señal de humanidad! ¡Un tic! ¡Una arruga al inhalar! ¡El leve estremecimiento! —¿Lo hice sonrojar? ¡Ah! ¡Lo hice sonrojar! —canturreó ella, palmeando el suelo con alegría—. Voy a contarle a mi marido. —No lo hagas —dijo Tomioka sin alterar el tono, pero sus labios temblaron un instante, como si una sonrisa quisiera abrirse paso y él la hubiera sofocado con su costumbre. El viento entró por el corredor, moviendo las ramas del jardín y trayendo un frescor que alivió la tarde casi noche. Nezuko, aún risueña, se recostó un poco sobre Tomioka y dejó que la brisa le despeinara y el cabello le acaricie el rostro. Siempre tuvo esa sensación o anhelo de buscar en gente mayor aquella calidez que solía sentir con su familia, vió a sus hermanos más pequeños en las niñas de la finca de las mariposas, vió a su madre en la señora Tamayo, en Shinobu, en Amane... Y a su padre en Kyojuro, en Tomioka, en Kagaya. En favor de Kamado pesaba su linaje honorable, a pesar de que a los ojos de Tomioka existían antecedentes de la respiración del agua, ya sonaba el rol de ser sucesora. Ella suspira, todavía aspirando del olor a limpio que siempre traía el haori de su superior. —Gracias, Giyuu —dijo de pronto, con la voz más tranquila, casi tierna—. No sólo por escucharme, ambién por... por esta ¿sabe? Aunque no hable mucho, siento que usted me cuida. Él no respondió de inmediato. El silencio se volvió un puente extraño, sostenido por el murmullo del viento y el crujir de la madera. Finalmente, Tomioka inclinó apenas la cabeza y le revolvió el cabello a modo de afecto. —Es mi deber —dijo, pero la firmeza en sus palabras era más íntima que cualquier juramento. Nezuko sonrió, con la inocencia de quien todavía podía reírse del mundo y, al mismo tiempo, con la madurez de quien amaba de verdad. En ese instante, mientras el sol se ocultaba y el corredor quedaba en penumbra, ella supo que aquel hombre taciturno, torpe en sus gestos, era uno de los pocos pilares que sostenían su nueva vida. ... La habitación, apenas ilimunada por el resplandor trémulo de una lámpara de aceite, Nezuko se cruzó de brazos con un gesto de falsa indignación. Muichiro la miraba con esa calma de río quieto, aunque sus labios escondían una sonrisa que amenazaba con asomarse. —¿Así que —dijo Nezuko, fingiendo solemnidad—, el gran Hashira de la niebla ronca como un oso? Me pregunto cómo voy a sobrevivir a eso todas las noches. Muichiro parpadeó, ladeando la cabeza, como si trata de comprender si aquella acusación era cierta. — Llegas a tales horas de la noche y así saludas a tu esposo? No ronco, cariño. —Claro que sí. —Nezuko avanzó hasta él y le dio un golpecito suave en el pecho—. ¿Si hasta pensé que era un demonio acechando bajo la ventana! Muichiro entrecerró los ojos, como si se sintiera ligeramente ofendido, pero no puedo contener la risa baja y suave que terminó por escapar de sus labios. —Entonces tendrás que acostumbrarte —respondió, más coqueto—, porque no planeo dejarte dormir tranquila. Ella rodó los ojos con dramatismo, pero en el fondo, la chispa de ternura en su mirada lo delataba todo. Nezuko se dejó caer sobre el futón y extendió los brazos, como si lo invitara a un combate teatral. —Vení, monstruo roncador, que voy a domarte otra vez. Muichiro se inclinó sobre ella, con esa mezcla de timidez y osadía que lo convertía en un enigma delicioso. S cabelló oscuro cayó en cascada, rozándole las mejillas, y Nezuko no pudo evitar soltar una risita nerviosa. Le encantaba cuando estaba así. —No vale usar la espada —dijo, intentando sonar firme aunque su corazón repiqueteaba como un tambor. —Entonces usaré esto —susurró él, y rozó la punta de su nariz con la de ella. Fue un gesto ridículo, casi infantil, pero lo acompañó con un beso ligero que apenas rozó sus labios. Nezuko se retorció de risa. —¡Eso no es un ataque serio, Mui! —lo acusó, aunque se aferraba a su yukata para que no se apartara. —Es el más peligroso de todos —replicó Muichiro, ahora más seguro, y volvió a besarla, esta vez con un poco más de firmeza, con una dulzura que crecía en intensidad. La risa de Nezuko se mezcló con un suspiro, y entre empujones juguetones, palabras enredadas, roces cómplices, mordiscos en la oreja que la hacían chillar de sorpreso y comentarios absurdos sobre quién ganaría una pelea de cosquillas, ambos cayeron rendidos por el juego. Sus brazos le envolvieron la cintura y sintió cómo Muichiro se refregaba contra su pecho con fuerza, inhaló y exhalo hasta sentir que respiró toda la esencia de ella, sintió que le ardía la cara cuando supo que esos ojos intensos los tenía sobre él, y se estremeció cuando sus dedos empezaron a acariciarle el cuero cabelludo. Por instinto, le besó los senos por encima de la ropa, subió a la clavícula e hizo un camino hasta sus mofletes y morderlos. —Te extrañé ¿Sabés? Me dejaste solo tan temprano... —Lo sé, yo también te extrañé —lo besó fugazmente—. ¿No recibiste mi carta? Te decía hasta que te amaba. —¿En serio? —hizo su agarré más firme, juntando pelvis y pecho—. Creo que estabas muy entretenida con Senjuro. —Pff ¡Entonces sí recibiste la carta! —y estalló en una risita que fue inmediatamente interrumpida por un beso hambriento—. Sos malo —le dijo empujándolo suavemente, sin apartarlo—. No solamente eso, pero no dejas de mirarme como si me fueras a devorar ¿Acaso no cenaste? Muichiro arqueó una ceja, con esa calma suya que en realidad escondía una intensidad vibrante. —¿Y si fuese cierto? —susurró, acortando la distancia de manera súbita. El primer beso fue breve, apenas una chispa que encendió la mecha de algo más ardiente. Nezuko respondió con una risa nerviosa, pero la segunda vez fue ella quien buscó su boca, con una urgencia que la sorprendió. El aire pareció espesarse; ya no era un beso tímido, sino uno hambriento, de labios que se chocaban con fuerza, de respiraciones agitadas que parecían reclamar más. Las manos de Muichiro temblaron apenas al rozar la cintura de Nezuko, como si dudara entre contenerse o dejarse arrastrar por el vértigo. Ella, en cambio, no dudó. Le rodeó el cuello con los brazos y lo atrajo hacia sí, temiendo que escapara, como si todas sus risas que habían flotado en el aire se transformaran en deseo insaciable, sí, lo extrañaba demasiado. El beso se volvió una guerra dulce pero erótica: mordidas leves en los labios, jadeos que aprecían incendiar el silencio del cuarto; las manos de Nezuko se encargaron de tirarle del cabello suavemente y logró robarle los ruidos más hermosos que sus oídos podían escuchar. Todo se volvía en una mezcla de dientes, lengua y saliva. Se vuelve completamente embriagador, jadean lo suficiente cuando alguno de los dos desliza más profundo sus lenguas y acarician el paladar. —Muichiro... —runruneó, casi en un reproche entrecortado—. Vas a terminar... dejándome sin aliento. Él la miró con una sonrisa breve, casi traviesa, que rara vez mostraba. —Ese es el plan. El tatami volvió a crujir y el futón se desordenó cuando ella lo empujó a un costado para luego dejarse caer encima de él entre carcajadas. Sus labios volvieron a encontrarse, esta vez con una ferocidad juguetona, y en cada beso había tanto amor como hambre. ... Extra. En una reunión improvisada, los pilares se reunieron para conversar sobre los entrenamientos y mejoras de los cazadores, o de que si alguno desbloqueó la marca. —¿Se ha sonrojado? ¡De lo que me perdí! —dijo el señor Uzui, colado en la reunión. —Pero ¿cómo que se ha casado la niña? —la más pequeña de la reunión hablaba mientras dejaba en la mesa los palillos. —Todo el mundo sabe ¡Se supone que todos ustedes ya lo sabían! —dijo Mitsuri mientras mordisqueaba un mochi de papas. —¿Quién se casó? —preguntó el señor Himejima. —¿No teníamos que hablar sobre nuestros aprendices? —interfirió Shinazugawa. —Pero no está Tomioka y no planeo dirigirle la palabra —replicó Iguro. —¿Me puedo ir? —pregunta Muichiro. ‘para qué abrí la boca’ se preguntó Tomioka, del otro lado de la puerta.
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