ID de la obra: 1553

VÍNCULO: porque ''Tokito Nezuko'' Suena mal.

Het
NC-17
Finalizada
3
Tamaño:
64 páginas, 35.190 palabras, 14 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
Compartir:
3 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección Descargar

X: ruptura, infernale.

Ajustes de texto
Quemado, un olor espeso, férreo, casi aceitoso de tan denso, se adhería al aire como un manto que se negaba a disiparse. La ceniza flotaba en partículas diminutas, suspendidas en la luz del fuego, y Nezuko, al aspirarla, sintió que algo áspero y doloroso le raspaba las fosas nasales; por un instante temió que no fueran goteos nasales sino un fino hilo de sangre. Estaba petrificada, no por cobardía pero sí por la violencia abrupta de lo incomprensible. La confusión tenía un olor preciso, un peso, lo sabía porque lo había sentido antes. La alarma de los cuervos había estallado con una urgencia distinta a otras veces: un graznido cortado, como si la garganta misma del mensajero hubiese comprendido que no había retorno posible. Y unos latidos después, la onda expansiva, una presión brutal de aire que no la derribo, pero sí confirmó lo que ya ardía en su nariz. El patrón estaba muerto, y Kibutsuji Muzan, el origen de toda desgracia había sido alcanzado por algo capaz de derrotarlo. Pero lo que para cualquier otro cazador sería esperanza, para ella tenía el olor más fétido de un recuerdo imposible de olvidar: el olor a él. Ese mismo olor que empapó el amanecer en que halló a su familia convertida en trozos inertes; el mismo que impregnó en Asakusa cuando vio por primera vez en carne propia. A medida que avanzaba junto a Giyuu, ese aroma se volvía más nítido, más antiguo, como si el pasado y el presente mismo se fusionaran dentro de sí para fastidiarla. Fue entonces cuando lo vio, a ese hombre cuya humanidad lo abandonó hace mil años, cuya sombra se había aferrado a su infancia como un murmullo sin forma. Recordaba sin saber si eran memorias o intuiciones, él cuando los observó, les sonrió con una sonrisa despiadada que brillaba en una hilera de perlas blancas, cada muerte allí acumulada pulía un poco más su superficie. Todo ocurrió rapidez, pero no con desorden. Los pilares rodearon al demonio con una precisión que solo la desesperación verdadera concede. Sonaron choques de metal y brillaban las chispas que largaban sus armas al blindarlas, estallidos cortos de respiraciones avanzadas, un fulgor de colores que danzaba entre los cuerpos. Y entonces, en el corazón mismo de aquella refriega, a su vez que susurra 'hinokami kagura'... Unas puertas que ella vio abrirse a los pies de todos como un abismo hambriento. Y ni un grito ahogado pudo soltar. Sus pies se despegaron del suelo. La gravedad se deshizo como un tejido podrido y la caída no era vertical, sino oblicua, vertiginosa, ondulante, como deslizarse por un río que se había olvidado de dónde empezaba y dónde terminaba. Los pasillos de madera, torcidos y superpuestos, otros absurdamente perfectos; surgían y se desvanecían al rededor que daban una ilusión terrorífica de que las paredes parecían respirar. Caían en abismos súbitos, tras su enfrentamiento con Muzan, tras haber sentido de cerca la fractura del límite entre vivir y morir, no podía permitirse algo tan vergonzoso como quebrarse por una caída. Hizo un mal movimiento al querer aterrizar, su mano no tuvo la suficiente fuerza para agarrarse de uno de los barandales y siguió cayendo, intentó perforar una de las maderas con su katana, le erró. Se maldijo en voz baja, y sin embargo, un agarre mortal casi le asfixia, antes de que cualquier otro golpe la partiera, el pilar del Agua apareció encima suyo, la tomó del cuello del uniforme y la jaló hacia sí desviando su caída. Por un instante respiró y quiso agradecer, alzar la voz, pronunciar siquiera una palabra para no dejar que el sentimiento se evaporara. Pero un demonio menor surgió detrás de ella, de la nada, como si el castillo lo hubiera exhalada. Nezuko se giró y con un movimiento instintivo de la respiración del agua, lo decapitó antes de que alcanzara a tocarla. Los minutos siguientes fueron una danza de abismos inesperados. Caídas repentinas se abrían como trampas, recordándole que ese lugar no era un espacio físico sino una criatura caprichosa y cruel. Una muerte confirmada por un cuervo, dicha con una neutralidad cruel que solos los mensajeros conocen. Nezuko sintió que algo dentro de sí —quizá una grieta vieja, de cuando le dijo que olía a ira. Y de pronto comprendió: esa edificación metafísica, ese laberinto que primero los mataba en la mente y después se las arreglaba en el cuerpo. Ella tiembla por la respiración que parecían ajenos a su control, su corazón latía con tal violencia que sintió que podría romperle las costillas recién curadas. Y entre todo surgió la pregunta más íntima, había intentado sofocar desde que el caos comenzó: ¿Dónde está él? ¿Está herido ¿Está vivo? La madera cruje, tiembla y parece colapsar. Sintieron el temblor primero en la planta de los pies, luego escuchan estruendos exagerados, quebrarse, partiéndose, hay polvo cayendo y astillas mortales que caen desde ese pasillo donde estaban. Giyuu se tensó con una precisión automática, levantó la mirada apenas un instante antes de que sucediera esa fractura y el estallido que desgarró la estructura misma del lugar, la madera retumbó, las vigas gimieron, los pasillos se deformaron y un agujero se abrió a varios metros sobre ellos con un rugido insoportable, escupiendo a como dé lugar su polvo y escombros que caían como lluvia de metralla. Nezuko retrocedió en un salto ágil; Giyuu alzó el antebrazo para cubrirse parcialmente del vendaval. Esa figura que los acechaba apareció envuelta en un aura azulada que parecía quemar con solo mirarla, golpeó el suelo con tal fuerza que el propio piso hundió varios centímetros en un círculo perfecto, como si el impacto hubiera pretendido marcar territorio. La onda expansiva que se desprendió de ese choque barrió el polvo acumulado, empujó el aire hacia adelante en una oleada que hizo crujir las paredes, y le sacudió el estómago de Nezuko con la violencia de una caída interminable. Ella nuevamente quedó derrotada en miedo e ira, ese demonio se negó a ser combatido por ella, el estrépito poco considerable de la muerte de Rengoku la persiguió desde siempre y ella alcanzó a asegurarle que era un cobarde al dejar el campo de batalla de tal manera. Ella no había podido llorar en brazos de alguien hasta que el gran pilar de la llama estaba al borde la muerte, se había doblado en el piso como un libro cerrado y lloraba con gritos desgarradores que hacían empeorar la herida de esa apuñalada. Al amanecer de ese día, por algún tiempo se quedó arrodillada ante él, sin soltarle la mano por miedo a que si llegase a reaccionar no tuviera quien lo auxilie, pero definitivamente, ese agujero que destruyó sus órganos vitales, lo mató en pocas horas. Le hervía la sangre. El demonio se irguió lentamente, sacudiéndose la ceniza del torso desnudo como quien se quita pétalos marchitos. Cada movimiento dejaba tras sí a una muchacha con la cólera a fuego vivo. Ambos poseedores de la respiración del agua permanecían inmóviles, detenidos en una especie de suspensión trágica, como si todo el aire hubiese quedado estancado entre una exhalación rota y presentimiento oscuro. Frente a ellos, el cuerpo del demonio recién abatido —o más bien, un hombre deshecho de lo que alguna vez creó ser un guerrero— se inclinaba hacia adelante con sumisión. Su torso, cercenado de manera grotesca y aún temblorosa por los espasmos finales, levantaba los brazos en un gesto desesperado que muy bien pertenecía a lo humano: era el ademan de quien precipita hacia un vacío que no perdona, como si en el último instante se aferraba a un recuerdo o a una fe ya perdida. El cuerpo disipó lentamente, deshaciéndose en volutas de ceniza rojiza y anaranjada, las mismas que todos los demonios solían acompañar cuando su esencia se extinguía, pero esa vez lo hizo con un silencio tan aplastante que incluso Nezuko sintió que debía inclinar la cabeza por respeto, hasta por haberle sonreído antes de que se ataque él mismo. Entonces, solo entonces, se permitió respirar. Una inhalación profunda, temblorosa, que parecía provenir de lo más antiguo de su ser, allí donde la disciplina del cuerpo de Cazadores se mezclaba con los jirones de la memoria de una vida más cálida. Sus hombros cedieron apenas, como flores que, exhaustas, decidieron dejar caer sus pétalos al fin. Quiso mirar a Giyuu, asegurarse de su presencia —su firmeza, su mutismo casi paternal— seguía siendo un punto fijo en aquel laberinto distorsionado. Si intención fue alcanzarlo con una mano, pronunciar su nombre. Pero su cuerpo, fiel únicamente al agotamiento que venía postergando desde hacía horas —o minutos, segundos, no sabe—, se negó. La fuerza cedió primero en sus piernas. Después, un mareo espeso que la envolvió con la suavidad engañosa de un manto tibio. Intentó luchar contra ese sopor traicionero, con la misma fiereza con que enfrentarían a un enemigo superior, pero sus párpados descendieron como compuertas que ya no obedecían a su voluntad. El mundo se plegó y colapsó bajo ella; un sueño breve, urgente, casi violento la reclamó. Un desmayo. Giyuu testigo del derrumbe de la joven, sintió una punzada helada abrirse paso entre sus costillas. No era miedo, exactamente, ni una emoción tan simple como la preocupación. Era algo más íntimo, más hondo: la certeza de que aquella muchacha —cargada de cicatrices antiguas, de pérdidas que no merecía y de una valentía que a veces parecía superar a su propio cuerpo— había sobrepasado los límites de lo que cualquier cazadora podía soportar. Quiso avanzar hacia ella, sostenerla antes de que tocara el suelo, murmurando quizá un reproche suave por haber excedido sus fuerzas pero muy adentro suyo le llenaba de orgullo ver que se superó de maneras extraordinarias. El movimiento le resultó insoportable: los músculos le ardían a llama de un brasero, encendido dentro de su carne y sus articulaciones se tensaron con la rigidez del acero recién enfriado. Intentó enderezarse. La cabeza le dio un giro lento, luego otro más rápido, y después una serie de espirales que lo hicieron perder el norte. La visión se le fracturó en manchas de luz y sombras que se dilataban como si quisieran enceguecer. Apretó los dientes, buscando en su aliento el rastro de la concentración que siempre lo había caracterizado, pero en lugar de eso solo encontró un vértigo antiguo, heredado de todas las batallas que había librado sin permitirse jamás desfallecer. Ese lugar parecía inclinarse, luego enderezarse; luego hundirse bajo sus pies. Tomioka dejó escapar una exhalación ronca, aferró su katana por mera intuición y la hincó contra el suelo para no desplomarse de inmediato. El arma, quebrada a la mitad, emitió un sonido tenue, vibrante, que se asemejó al lamento de un río herido. Ese eco lo sostuvo apenas unos segundos, los suficientes para que su cuerpo aceptara la derrota con una dignidad silenciosa. Finalmente, sus rodillas cedieron. Su peso descansó sobre la empuñadura. La vista se oscureció desde los bordes, como tinta espesa derramando su sombra sobre él, borrando todo aquel contorno del mundo.
3 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección Descargar
Comentarios (0)