ID de la obra: 1553

VÍNCULO: porque ''Tokito Nezuko'' Suena mal.

Het
NC-17
Finalizada
3
Tamaño:
64 páginas, 35.190 palabras, 14 capítulos
Descripción:
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XI: ruptura, infernale: — secundo.

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Cada paso que daba no lo llevaba hacia adelante sino hacia adentro, como si avanzara por las capas de un organismo vivo, respirante, que lo reconocía y lo aceptaba con una hostilidad silenciosa. Las paredes cambiaban de ángulo sin previo aviso, los pasillos se estiraban y contraían como arterias tensas, y el suelo parecía ceder bajo sus sandalias con la blandura de algo que no estaba hecho para ser pisado. El mensaje de la victoria de Giyuu y Nezuko recorrió los pasillos como una corriente eléctrica, Muichiro cerró los ojos un instante al escucharla. Pensó en Ubuyashiki, en Nezuko. Pensó en todo lo que aún dolía, y en todo lo que, contra toda lógica, seguía vivo. Sintió alivio. —Eso es una buena noticia —murmuró con una voz débil pero firme, mientras continuaba avanzando como podía por los pasillos cambiantes junto a Gyomei. Que, por órdenes del patrón, que en paz descanse, el amanecer estaba un poco más cerca. Sintió el terror antes de comprenderlo. Con certeza profunda se filtró por sus huesos con la lentitud de una enfermedad antigua. Estaba allí frente a Kokushibo, y su cuerpo lo sabía antes que su mente. Cada músculo se tensó con una obediencia involuntaria, como si una parte de él reconocieron que aquel encuentro no era fortuito, que había sido trazado mucho antes de que él empuñara una espada por primera vez. Sí, definitivamente era una luna superior, muchísimo más alto que el título que se le había dado. Durante un instante —brevísimo, casi imperceptible—, la respiración se le desordenó, además de que el aire le resultaba tremendamente ajeno. Su razonamiento ansioso, consumido firmemente por la vorágine de sentimientos familiares le susurraba que, quizás, si cerraba una vez sus ojos, estaría muerto. Y cerró los ojos un segundo y buscó el centro de sí mismo, el miedo se ordenó, se volvió manejable. Cuando volvió a abrir los ojos, su expresión se tornó peligrosamente vacía. Kokushibo lo observó con atención renovada, era un descendiente y uno poco común. Los cazadores, incluso el más hábil de la respiración de la niebla, solían traicionar su terror con temblor o alguna alteración mínima del pulso. Tokito, en cambio, cómo era de esperarse de esa maravilla, se había aquietado como un lago antes de la tormenta. Aquella fortaleza mental —tan impropia de su edad, que le resultaba incluso más allá de lo excelente— despertó algo en el demonio. No admiración, pero sí posiblemente algo de asombro. La revelación de Kokushibo —de que Muichiro descendía de su propia sangre y llevaba en sí una fracción de un linaje que daba por perdido— fue como una llave que abrió una puerta en la mente del joven. Por un instante el muchacho quedó suspendido entre la certeza de su propia existencia y la sombra de un pasado que jamás había conocido, pero cuyo eco vivía en su respiración. Sin embargo, por más profunda que fuera el lazo, Tokito no era un espectro para ser invitado al pasado o aferrarse a dicho tiempo. Él, templado por la disciplina y el deber, rechazó la tentación del conflicto interno y se aferró a su propia voluntad. De ese rechazo mismo nació una determinación silenciosa, entre un compromiso con la vida que no cedió ante la familiaridad que se le ofrecía. El combate se tornó entonces inevitable. Radicaba en él brutal perfección de un ser que había convertido la noche en su predilecta: desenvainó su espada con la serenidad de una luna tras ser atacado y, como acto de hospitalidad por no verse egoísta, ejecutó la primera forma de la respiración Lunar, un corte tan limpio y certero que la katana de Muichiro fue desviada sin que él siquiera pudiera sentir el filo de su propia derrota. La mano izquierda voló por los aires, quedando atrás como un gesto inexorable de lo efímero, y la sangre broto con lentitud. Kokushibo, sin mostrar ni un ápice de malicia en sus ojos múltiples, observó mordiendo la tela de su propio uniforme, atando el vendaje con la dignidad de quien niega la rendición. No era piedad lo que se reflejaba en su expresión, sino reconocimiento profundo: ante él estaba alguien que se negaba a desaparecer a pesar de la fragilidad de su carne. Fue entonces que, con la misma lentitud inmutable con la que alzan la primera luz de la mañana, el demonio ejecutó otro gesto que no era ataque sino interrogación cruel: la empaló contra un pilar, haciendo penetrar su propia katana en la carne del Hashira y preguntándole, con voz suave como historia antigua, si aceptaría convertirse en abolición para seguir viviendo, sirviendo a un mundo que se sustentaba en sombras. No hubo respuesta, ni siquiera hubo algún margen de pensamiento. En esa tensión casi ceremonial, en ese encuentro tan emotivo cuando el fragor de la batalla cedió por un segundo. Genya, irrumpió en la escena con un estallido de furia que desgarró el silencio con un estruendo de arma. No obstante, su presencia fue contestada con el mismo sermón que se le dio al descendiente, en movimientos que parecían solo ejecutarse en daguerrotipos, el demonio desató un corte que acabó con ambos brazos de Genya en un instante. El grito de Muichiro resonó trágica, un sonido que atravesó hasta la herida de su propio cuerpo afectado. La batalla se volvió un río de acero, sangre, respiraciones que se entrelazaban y se rechazaban, un concierto de dolor y voluntad que desbordaba los límites del cuerpo. El más joven de los pilares se sentía lo más cercano a un obstáculo en la batalla. Era inservible sin su extremidad faltante y pronto la hemorragia terminaría de matarlo. Bajo la convergencia de viento, piedra, sangre demoníaca y niebla, Kokushibo comenzó a resentir el peso de esa colaboración inquebrantable. El resplandor de las katanas iluminaba cada gesto, cada corte, cada defensa; sus formas convergían hasta que la resistencia del demonio por fin quebró. Tokito hizo un corte que alteró el ritmo del demonio, fue un gesto desesperado, nacido de toda ansiedad. Fue profundo, decisivo. Fue un milagro que la katana se tornara roja. Indispensablemente, el demonio nunca dio tregua, espadas emergen de él por doquier y rebotan como burbujas sobre tela, Shinazugawa y el señor Himejima tuvieron la suerte de recibir daños menores. Al contrario de Genya... Sin embargo, Tokito, aún con su espada atravesada entre la pelvis y el abdomen del demonio, que salía a la luz por encima del oblicuo externo del abdomen, sus piernas caen, se desgarran de su cuerpo; y en su mente solo gritaba:'¡Hace unos instantes lo teníamos acorralado! ¡Monstruo! ¿Cómo puedo ser de ayuda si me muero?' Era un joven hambriento de vida, que cuando miraba al sol disparaba diamantes de sus ojos. En la otra mitad de su cuerpo que fue arrebatada y desprendida de él, se le vino a la mente la imagen permanente de Nezuko, de la primera imagen de ella en esa noche donde regaba y cuidaba las hortensias, aunque había un chorro permanente de agua alimentando a las plantas gigantescas. Él ya sabía que haberse casado fue un paso definitivo en dirección prohibida, las noches de amores le sirvieron para cambiar su personalidad estoica, mediante cartas apasionadas y vivas en sentimientos; o de unas cuantas miradas o roces secretos, la cofradía se le desprendió del sentido y por primera vez quería alejarse de dicha cofradía que le oprimía la vida como una camisa de fuerza militar, o la misma que utiliza en este momento. El sonido metálico de su espada rubí, le hizo ver que caería, sabiendo que había cumplido. Respiró una vez más, sabiendo que su existencia breve, mutilada, humana. Había sido suficiente. ¿Estarán ellos esperándolo en el más allá?
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