xii: ultimum somnium crudeli aurorae.
26 de diciembre de 2025, 16:37
—¡aah!
El grito le brotó del pecho antes de que pudiera detenerlo, áspero y quebrado, como si hubiera atravesado varias capas de sueño para salir a la superficie. Muichiro se incorporó de inmediato. Todavía con el cuerpo rígido por ese estado intermedio en el que la vigilia no termina de imponerse sobre la memoria. Nezuko ya estaba sentada, jadeando con una mano aferrada a la tela del futón como si el tatami pudiera desaparecer bajo ella. Tardó unos segundos en reconocer el espacio. La habitación era estrecha, sobria, iluminada apenas por la luz lunar que se filtraba a través del papel de arroz. El canto persistente de los insectos nocturnos—constante, indiferente— le devolvió poco a poco la noción del presente. Ya no estaban en ese lugar marcado por la muerte. No había sangre en las paredes ni mucho menos había lunas deformes, ni un amanecer que destruyera todo. Ya no había nada, lo habían logrado.
Era una simple pesadilla, otra noche de terror, supongo. Después de todo lo ocurrido, después de haber derrotado incluso al origen del horror, el descanso se había vuelto un territorio hostil. Las batallas no terminaban con la victoria: simplemente cambiaban de forma. Los pilares caídos, la reconstrucción silenciosa, el trabajo incansable de los kakushi tras el amanecer, la mansión de las mariposas colmada de cuerpos humanos heridos y exhaustos: todo eso había quedado atrás, y aun así seguía regresando en sueños, reclamando espacio en su descanso. No podía pedir más. Aunque la idea regresaba con frecuencia, casi como una oración. Tanjiro había vuelto a ser humano gracias al último legado de Shinobu y ella también, tras el último ataque de Kanao. Estaba viva. Su futuro descendiente —todavía creciendo dentro de su vientre— estaba salvo pese al esfuerzo, el grado de las heridas y su transformación. Agradecía cada una de esas verdades con una intensidad que a veces dolía. Pero el precio había sido alto. Muichiro se movió con cuidado para acercarse. La ausencia de su brazo izquierdo era una presencia constante, un vacío que el cuerpo todavía no terminaba de aceptar. El derecho, atravesado y dañado, conservaba movilidad limitada, suficiente para las tareas simples y auxiliar a su esposa, insuficiente para olvidar lo que había perdido. Aun así, la sostuvo con la delicadeza de sostener cualquier ornamento.
Ella, en cambio, cargaba sus propias marcas. El brazo izquierdo, regenerado solo a medias tras aquella transformación breve y necesaria. Era ahora una extremidad ajena: la piel arrugada, la sensibilidad quebrada desde el codo, los movimientos torpes, casi inútiles, que la hacía cuestionarse el cuidado de su futuro hijo o hija. Su ojo derecho, había quedado sumido en una oscuridad permanente. Y, aun así, cada vez que despertaba, por mera costumbre, lo primero que hacía era llevar la mano al vientre. El bebé estaba bien. Eso se lo habían repetido Kanao y Aoi —esta última con el llanto más desamparado que pudo haber visto, era claro que la vio a ella y a demás conocidos moribundos, y otros que no llegaron a abrir sus ojos, incluso después del coma. Además, por todos los dioses, se estaba volviendo en algo que se asemejaba en ser 'mujer'— con una seguridad que bordeaba lo milagroso. El hecho de haber sido demonio por, aunque sea unos instantes no había dejado huella en esa vida nueva. Esa certeza era el ancla que la mantenía respirando cuando el miedo se volvía demasiado espeso.
—Perdón... Otra vez lo mismo —dijo finalmente, con la voz baja, todavía temblorosa—. Es difícil dormir así.
Con ayuda de Muichiro logró incorporarse por completo. El futón era delgado, casi insuficiente, y el tatami devolvía el cansancio como si quisiera recordárselo. Él se preocupaba por cada detalle de su bienestar, quizá en exceso. Desde el final de la guerra, su atención hacia ella se había vuelto casi constante, una vigilancia silenciosa que no sofocaba pero tampoco cedía. El agua tembló en el vaso de vidrio cuando lo tomó. Bebió despacio, tratando de calmar la garganta seca que siempre le dejaban las siestas interrumpidas. El calor era sofocante. La primavera, a pesar de estar finalizando, no ofrecía consuelo, y el cabello largo, pesado, que no le pasaba más de los senos, se le pegaba a la piel con una insistencia molesta. Agitó la mano con torpeza, señalando que se sentía acalorada y en el peor de los casos que la ponga de malhumor. Nezuko empezaba a sentir que su existencia transcurría otra vez, en un constante sobresalto. Ahora su vida se dividía por una invisible frontera que debía atravesar con frecuencia, vivía orinando en exceso, comía demás, visitaba a su hermano y por mera costumbre a sus anteriores colegas, pero llegaba la noche y era una niña violentada por la pesadilla de la 'posible muerte de su marido y sus seres queridos', por dios no aguantaría la idea de ser una mujer viuda a sus ya, diecisiete años. Las noches luego del coma, y las recuperaciones, encuentros emocionales, empezaron a sonar como campo de batalla nuevamente. Normalmente no recordaba mucho después de esa pelea final, pero cuando dormía eran tan frescas las imágenes que despertaba con la seguridad de ya no tener ningún ser querido.
A pesar de la insistencia, el mayor de los Kamado se negó a pasar sus días en la residencia de los Tokito —trágica noticia para él tras el recordatorio de que ya no es Kamado— aunque Tanjiro la invitó a pasar unas semanas al hogar que tenían una vez que nazca su sobrino, después de todo, seguía siendo su hogar y para no sentirse tan solo, o para no lidiar con el luto él mismo, invitó a Inosuke y a Zenitsu a vivir en su residencia ya que estos dos no tenían un hogar o alguien que los esperara. Según sus cartas, le informó que los pasillos del hogar empezaron a sonar casi igual que antes con los gritos de ambos hombres.
'Es reconfortante, me alegra haberlos conocido, a pesar de que no los recuerde con exactitud, sus aromas son suaves y no emanan malas intenciones', dijo.
—Los listones... —intentó decir, ya pensando en levantarse.
Muichiro la detuvo con un gesto suave.
—Decime dónde están.
Fue él quien se levantó, con movimientos medidos, fue él quien abrió el cajón indicado y volvió con los listones entre los dedos. La ayudó a recogerse el cabello con una paciencia que no había tenido antes de la guerra. Tal vez porque ahora entendía el valor de cada segundo compartido. O más bien, después de que su hermano, su madre y su padre lo haya regañado mientras estaba en un estado de alucinación grave. Pensó, no por primera vez, que debía sacar otro futón. Definitivamente ese sería el suyo. Verla así, incómoda, cansada, asustada, lo desgastaba más que cualquier herida física. Así fue siempre, ajeno a las penas de sus seres queridos. Incluso llegó a preguntarse si había sido un error no haber aceptado aquella propuesta de la señorita Kocho. Y ella estaba distinta, su cuerpo había cambiado, regordeta, muy distinta a la joven de movimientos ágiles que había sido, redondeado en algunos puntos, afinado en otros. Las mejillas conservaban un rastro de suavidad infantil, pero sus ojos—el único que veía— cargaban una profundidad antigua. Estaba agobiada y no solo por el embarazo, sino por pensamientos que regresaban con insistencia cruel: el futuro del próximo Kamado-Tokito, la brevedad de la vida, la posibilidad de no ser recordados si se da el caso.
'Ah, nacerá, crecerá, tal vez no recuerde nuestras voces. Siquiera nuestros rostros'
No era que estuviera sola. Tanjiro estaba allí, ahora sí que estaría hasta el fin de sus tiempos, pero aun así, el miedo y la culpa de encargarle una cría que no le correspondía se infiltraba como una sombra persistente. Se frotó el rostro exhausta. Era la cuarta noche consecutiva en que veía el cuerpo mutilado de su marido, dando la impresión de que estuviera muerto y en una de esas escenas su madre aparecía interrumpiendo su descanso con imágenes que oscilaban entre lo tierno y aterrador. No le desagradaba verla. Lo que la asustaba era esa frontera borrosa entre lo real y lo irreal, ese sentir que podía extender la mano y tocarla... o perderse con ella y sus hermanos, y su padre. Se empeñaba en normalizar las difíciles noches que le restaban hasta que su bebé nazca, ¿Cuánto faltaba? ¿Cuatro...? ¿Cinco...? No sabe, perdió la cuenta y no valía la pena arriesgarse a pensar en aquello, y que le punce la cabeza. Para colmo, su pequeña cría parecía decidido a no concederle tregua alguna. Era un niño completamente inquieto —maldita cosa grosera, pensó sin verdadera ira—, eran etapas tempranas y sin embargo parecía crecer con cada segundo con una insistencia que no dejaba espacio a sus otros órganos, reclamando cada centímetro de su cuerpo... y sus comidas. A veces tenía la absurda sensación de que incluso robaba el poco oxígeno que lograba respirar —es una pena que ya no pueda utilizar la constante, Aoi se lo prohibió, exigió profesionalmente que en serio se olvidara de las posturas, del entrenamiento y de algunas costumbres de sus días como cazadora—, como si desde ya exigiera su lugar en el mundo con una determinación feroz. Muichiro se quedó ahí con el vasito de vidrio en la mano, en silencio durante un largo instante, midiendo cada gesto, cada respiración irregular, consciente de que no había técnica ni disciplina que lo preparara para esto. Bueno, podría consultarles a vecinos cercanos para que le aconseje cosas en su pronta paternidad. Se inclinó hacia ella con cuidado, como si temiera romper algo invisible.
—¿Podés volver a dormir? —preguntó al fin, en voz baja, sin exigir respuesta, sin esperar realmente que la hubiera.
Y ella no respondió de inmediato. No porque no hubiera escuchado la pregunta, le sale muy mal hacerse la boluda, sino porque la idea de dormir le resultaba lejana, muy ajeno y como un recuerdo prestado de otra vida. Se limitó a negar con la cabeza, un gesto pequeño y cansado, y apoyó una mano sobre esa protuberancia buscando sin saber muy bien qué. Que suerte la que tenía, el joven no insistió y se levantó con torpeza, acostumbrándose todavía a un equilibrio nuevo e imperfecto; y comenzó a preparar el futón con movimientos lentos y medidos. El roce de la tela contra el suelo sonó demasiado fuerte en la quietud de la habitación, y aun así le resultó un sonido tranquilizador, una prueba concreta de que algo podía hacerse aunque fuera poco.
—No tenés que quedarte despierto —murmuró ella al cabo, con una voz que ya no tenía la urgencia del sobresalto, claramente, el desgaste de las horas sin descanso.
Muichiro esbozó una sonrisa breve, apenas perceptible.
—No estoy cansado, voy a estar acá, dormí tranquila —mintió con esa sinceridad imperfecta
que solo se permite cuando no hay necesidad de convencer a nadie. Era evidente que, tanto esmero para hacerla dormir era casi en vano, porque la muchacha nunca siguió indicaciones por miedo a despertar nuevamente gritando como cría. Llora, grita, va de un lado a otro y toca el suelo, porque escapa de las sábanas y se filtra la desgracia por todos los resquicios, no puede detenerlo y cada día es más difícil conciliar el sueño. Él cuando ve esos ojos que tanto le gustan y están errantes no puede dejar de pensar en que parece estar despidiéndose y cree que vivirá muy poco, no muy cercano a los veinticinco.
Nezuko midió el odio inmenso de Muzan antes que ella misma se perdiera en él. Pues es más que claro que todo es su culpa, y debe estar casi segura que de algún lado esa blasfemia escuchó sus interminables reproches con la mirada fija en su katana. La desvelaba un poco de la indescriptible ansiedad en los huesos que tenía en ese momento. Cerró los ojos y el sueño no llegó enseguida, pero el temblor de a poco empezó a ceder.
...
—Me cansé de estar acá.
Nezuko dió un mordisco más al dango —cortesía de su marido tras un sin fin de reproches— y dejó el palillo sobre un plato pequeño. Él, la miró confundido
—¿...? ¿Cómo? ¿Querés que vayamos a ver otro hogar?
Sacó en conclusión en que, quizá el quedarse en esa residencia, marcado por la batalla misma porque estaba todo relacionado con todo, es la raíz de las pesadillas de su querida esposa. Sí, capaz sea eso, ¡Mudanza!
—No, quiero ver a mi hermano y no sé si Aoi le debe estar chismoseando.
No hay mudanza.
—¿Él no estaba en su casa?
—Me dijo que se mochó los dedos talando un árbol y fue a la mansión de las mariposas—dijo gruñendo mientras se levantaba para estirarse un poco, haciendo entrever que esa pancita ya estaba haciendose ver a los ojos de todos—. Para mí es una excusa para ver a la señorita Kanao, en su anterior carta, me contó que le parecía una muchacha muy linda, al igual que Aoi.
—Tiene mejores pretendientes que vos, entonces.
Nezuko le frunció el ceño—Callese, eso no es asunto tuyo —le dijo con falso fastidio y al continuar hablando exhaló como si hubiera descubierto algo— Su herida no fue tan grave para que su estadía sea de cuánto... ¿Cúanto me dijo? No me acuerdo, pero creo que fueron muchos días.
Muichiro entendió de inmediato a lo que se refería, probablemente el joven de pelo rojizo encontró al amor de su vida y está tratando de conquistarla, o a lo mejor no, no sabe. Pero, según ella, aquella chica empezó a mostrar cambios cuando estaba con Tanjiro,'¡Por dios es tan libre cuando está con él!' atentamente Aoi. ¿Estarían de mal tercio en ese hogar? Obvio que no, la mansión empezó a funcionar como un hospital más y cada que podían le enseñaban lo básico a futuras curanderas por la falta de personal. Lo que eso lleva que, cada tanto se llene de gente. Se deslizó hasta quedar frente a la mejor aprendiz que pudo haber tenido el señor Tomioka, la alegre pero temible Nezuko. Le tomó el rostro con las manos y le dijo que se prepare. Es como si, el hecho de visitarlo le hizo olvidar de a poco los rastros de una noche inquieta: enseres olvidados, futones mal plegados y cuerpos que no habían descansado lo suficiente. Ella seguía en pie, y esa simple constatación resultaba, para muchos, casi ofensiva.
Apretó los labios para evitar reírse, las pisoteadas felices que hizo cuando fue a buscar lo justo y necesario en una visita a la que, antes se llama la finca de las mariposas.
—¿Cuánto tiempo crees que debamos quedarnos? —Cuestionó ella mientras se hacía una coleta baja con los listones.
—Lo que nos digan ellas, ¿Tremendo viaje por dos días?
Y partieron esa misma tarde, cuando llegaron a la mansión, encontraron a las niñas jugando a lo que vendría ser molestar a Aoi mientras colgaba finas sábanas de blanco. Se le iluminó el rostro cuando la vio y fue corriendo a recibirlos, las chiquillas se encargaron de aliviar el peso que cargaba la Kamado y sobar con esmero su barriga —y ahogarla en preguntas que toda niña ilusionada por una cría hacía—. Aoi les pidió que se quedaran los días que deseasen, si eso significa estar con su hermano pues entonces dijeron que no más de cuatro días estaría bien, no es que quieran interrumpir la labor de ser médica o perjudicar la salud de algún residente cercano. La de coletas azules profundos los dirigió a un ambiente un poco más alejado del bullicio de los pacientes para no perturbar la condición en la que estaba la Kamado y además, para darle privacidad.
Hicieron de su camino a la residencia principal y encontraron a Tanjiro con la joven Kanao. Él tan brillante cuando la ve, le reconfortaba demasiado ver a su hermano mayor así, tan humano. Cuando su mano salió para saludarla, observó esos dedos mallugados, cómplice de su transformación efímera y otra, bueno por que 'se lastimó los dedos'. Por lo menos no había en él rastro alguno del demonio que había sido, ni de la fuerza desmedida, ni de la sombra persistente. Era su hermano, sí que lo era. Nezuko avanzó un par de pasos y lo abrazó.
—hace calor —dijo él finalmente con una sonrisa torpe que parecía no estar seguro de merecer.
—siempre hace calor a esta hora —respondió ella, todavía sin soltarlo.
—Oles distinta —le dijo, por cierta protuberancia que siente en el abrazo, ella asiente porque sabe muy bien que lo notaría más que antes, ella ya cargaba con otro peso, ya está haciendo su vida, él no puede hacer nada ¡Allá él! De lejos le tocará observar y apoyarla como puede.
—No te acostumbres, viene pronto y ya no voy a oler igual —dijo ya separándose, aunque Tanjiro la miraba con cariño pues de cierto modo, estuvo entre presente y ausente en esos años transformado, de repente parecía más joven y a la vez, más madura ¡Dios mío! ¿Dónde estaba su hermanita? No pudo evitar tomarla de ambas mejillas y besarlas con una ternura abrumadora. Es una verdad, un tanto incómoda. Dirigió sus ojos al hombre que acompañó a su hermana en esa trayectoria, después de todo es su cuñado. Claramente, el de puntas mentoladas se detuvo cuando avanzaba con cuidado aún torpe en su nuevo equilibrio. Tanjiro lo olfateó con una atención analítica, al igual que su hermana —además de poseer aquel fenómeno de su sensible olfato— desprendían un olor parecido al de sus padres en sus días de oro como compañeros de vida.
Tanjiro se cercioró e inclinó la cabeza en un saludo breve y respetuoso.
—Gracias por cuidarla.
Muichiro nervioso respondió del mismo modo, con un gesto mínimo.
Los tres permanecieron ahí formando una figura extraña e incompleta. Kanao, andá a saber dónde está, porque era claro que Tanjiro la buscaba con la mirada por dejarla en una conversación a medias, Nezuko se dio cuenta de eso y fue la primera en girar sobre sus pasos.
—Voy a acostarme —dijo—. Anoche no dormí bien y se ve que mi hermano pronto me va a presentar formalmente a mi cuñada.
Tanjiro, la miró con complicidad ¡Caramba! Sí que había crecido, y sus travesías se tornaron en algo mucho más allá del término 'avanzado'. No hizo más que reírse.
—Es una muchacha muy linda —le responde—, pero debo conocerla mejor.
Muichiro ante la sensación de deja vú que presenció en ese momento, comentó: —Eso dije yo cuando...
No, mejor no. Aunque Tanjiro sabía a qué se refería, gracias a Aoi.
—Qué va hermano mío —dice ella, ya alejándose—, vos sabés que sentís ¿La querés? ¡Andá por ella! Los dejo.
Abrió cuidadosamente una de las puertas que daban al jardín exterior, pero pasaba por la cocina de la mansión de las mariposas. Ese lugar parecía existir fuera del calendario. A esa hora incierta en que la tarde todavía no terminaba de nacer, el vapor que subía de las ollas no solo calentaba el aire, sino que parecía arrastrar consigo recuerdos antiguos, como si cada hierba sumergida en el agua hubiera sido testigo de otras vidas, de otras mujeres que también se sentaron allí a recomponer el cuerpo y el ánimo después de la catástrofe. Aoi no solo conocía a Nezuko, no era el primer vínculo cercano que había formado en la cofradía, cazadores y cazadoras —incluso aquellos que ya no están— se quedaban con ella hasta tales horas de la noche en sus recuperaciones, y cuando pasaban por la mansión sus saludos iban casi siempre dirigida a ella, a pesar de ser su cuidadora y sanadora, llegó a creer que podía ser algo más allá que ese puesto profesional que se le había dado cuando se volvió parte de la cofradía, era humana, podía anhelar muchachos, tenerle miedo a sus superiores y si quería, podía hacer muchísimas amistades. Podía, eso pudo haber hecho y ahora es testigo de la melancolía, le tuvo que haber hecho caso a su mentora.
'Róbele un beso a algún cazador, o cazadora si gusta. Pero con las ganas no se quede'. No pasaba más de los dieciocho años, recién cumplidos exactamente. No estaba ni lejos de esa 'etapa' en la que estaba Nezuko. Era humana, después de todo.
La de cabellos negros, avanzó despacio, sosteniéndose el vientre abultado con una mano instintiva, y tuvo la sensación —no del todo irracional— de que el suelo la reconocía, que la madera cedía apenas bajo su peso para acomodarse a ese cuerpo transformado que ya no respondía del todo a su voluntad. Aoi Kanzaki estaba de espaldas, removiendo una olla con una concentración tan absoluta que parecía estar conteniendo algo más que hervor del agua. Sus movimientos tenían una cadencia aprendida en la urgencia, pero ahora ejecutada con armonía. Al volverse, evaluó a Nezuko con mirada rápida y precisa, que no buscaba fallas pero sí señales, y le alcanzó una taza humeante cuyo aroma terroso prometía alivio.
—Tomalo despacio, querida.
Nezuko obedeció sin discutir, era como tomar un medicamento y si te negabas podías sacar lo peor de ella, 'Nada ni nadie te dice que te quedes, pero si necesitas ayuda, pedilo antes y no cuando estás al borde de la muerte, ¡Así que ya mismo vas tomando eso!' recordaba escucharla marcando autoridad, aunque no muchas veces haya sido efectivo. Al rodear la cerámica con ambas manos, sintió que el calor le trepaba por los brazos y se instalaba en el pecho con la obstinación de un animal doméstico. Bebió un sorbo mínimo y, al cerrar los ojos, tuvo la certeza de que ese gesto simple estaba sosteniendo el equilibrio de su mundo más de lo que cualquier espada lo había hecho antes. Era ella, su Aoi y esa gentileza impecable con la que siempre la trató, y mimó.
—Mi cuerpo ya no me responde como antes —dijo cuando encontró la voz—. Es como si se hubiera convertido en una casa habitada por alguien más.
Aoi apoyó la cadera contra la mesa y cruzó los brazos. No pareció sorprendida; más bien, como si esa frase hubiera estado esperando ser dicha desde hacía días.
—Las casas nunca pertenecen del todo a quien las construye —respondió—. Con el tiempo, se llenan de otros pasos, otras respiraciones. Y una aprende a convivir con eso.
Nezuko bajó la mirada hacia su vientre. A veces juraría sentir —o quizá por delirio suyo, todavía no entró a esa etapa infernal en donde el niño se volvería una criatura completamente inquieta— que la cría no solo se movía, sino que escuchaba y estaba atento a cada palabra. Como si ya estuviera aprendiendo el ritmo del mundo desde adentro.
—Tengo miedo, Aoi —confesó— Al parto, de no saber cómo hacerlo ¡Mirá si se me cae por mi brazo inepto! Además, podría asustarlo con mi aspecto.
Aoi soltó una risa breve, sin burla; —Serás su madre, y todas tuvieron miedo en algún punto —dijo—. Miedo no va a tenerte, pero orinarte y vomitarte encima, es lo más cercano a la realidad.
Ella se acercó para abrazarla y mimarle la frente con besos de mariposa que viajan de dicho lugar para convertirse en besos esquimales que la hacen reír con carcajadas muy impropias de una dama y le estampó un beso sonoro en la mejilla.
—No te preocupes, estás en buenas condiciones —Aoi relajó su agarre—, además ya he ayudado a traer niños al mundo. Estas en mis manos, y te digo eh, muy buenas manos.
Eso la convenció, se habían jurado estar cerca una de la otra una vez que las últimas fases estuvieran cerca para evitar algún inconveniente y la criatura nazca de una forma sana, y segura. Primero por la misma preocupación de Aoi hacía la jovencita, sin embargo, con el paso del tiempo supo que no podría confiarle dicho parto a otras manos que no fueran las de Aoi. El silencio que siguió no fue vacío. Afuera un grupo de mariposas tardías golpeaba suavemente contra las ventanas, confundidas por la luz, insistiendo en entrar como si presintieran que allí dentro algo estaba cambiando. El tiempo pareció plegarse sobre sí mismo, y Nezuko pensó que, si se quedaba lo suficiente en ese lugar tal vez podría escuchar las voces de todas las mujeres que habían sobrevivido antes que ella.
—¿Y vos? —preguntó entonces—. ¿Cómo estás con Inosuke?
El nombre cayó en la cocina como una piedra en el agua quieta. Aoi bajó la vista, y por un instante Nezuko creyó ver cómo esa joven severa, acostumbrada sostenerlo todo, se reordenaba por dentro.
—No es algo que yo haya esperado, no tengo expectativas —admitió—. Es ruidoso, imprudente y no tiene la más mínima idea de normas sociales —añadió—. Pero tiene su encanto cuando mastica de mis comidas y me da abofeteadas de, lo que para él sería un halago.
Nezuko sonrió. Reconocía esa sensación.
—Eso suena a algo que no se puede controlar —dijo—. Espero ver esas hermosas bellotas como decoración en lo que queda de la mansión —menciona con picardía.
—No lo es —asintió Aoi algo más roja que antes—. Y creo que, no me queda de otra. Mis cajones van a explotar de tanto esconder esos detalles.
Aoi apoyó sus manos sobre las de ella, el contacto fue firme y anclado en la realidad, como promesa silenciosa.
—Cuidate mucho, en serio lo digo.
Nezuko sintió que esas palabras se le quedaban adheridas al cuerpo. Bebió otro sorbo de té, y en ese gesto mínimo, doméstico, comprendió que seguía empeñada en abrirse paso, obstinada y milagrosa, incluso en una cocina silenciosa al amanecer.
—Ah, si vas a descansar, andá ahora —le ordenó— que las nenas vienen y no te sueltan como siempre.
Ella dejó el yunomi sobre la mesada y le agradeció.
...