ID de la obra: 1560

Guilty

Gen
NC-17
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planificada Mini, escritos 97 páginas, 51.334 palabras, 6 capítulos
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3. Acorralando al abogado sin escrúpulos

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En su apartamento, Shaoran intentaba poner en orden toda la información que había recabado hasta entonces. Como estaba suspendido de empleo por haber agredido a Ryo tras sus provocaciones, se veía obligado a trabajar en casa. El mayor inconveniente era que no podía contar con la información que tenía la policía en sus archivos y que sin su placa, no le sería tan fácil acceder a lugares o interrogar a gente, pero no le importaba. En casa estaba mucho más tranquilo, al poder evitar al idiota de su jefe y sus “súbditos”. Para él, estar suspendido de empleo no iba a ser un impedimento para seguir investigando por su cuenta. Es más, así no tendría que rendirle cuentas a Kaito. –Yoshiyuki Terada. Director emérito de la Secundaria Tomoeda. Saltó de la azotea de un edificio. Resultado: muerto. –dijo Shaoran poniendo la foto del susodicho encima de la mesa. A continuación puso la siguiente foto. –Toshiya Suganuma. Antiguo alumno graduado en la Secundaria Tomoeda. Empleado de banca. Tomó una píldora con veneno en el andén de la estación de metro. Resultado: muerto. Dos casos de suicidio antinaturales conectados por la Secundaria Tomoeda. Después cogió la foto de Wei y las puso en medio de las otras dos. –Wei investigaba a los dos, y también el caso de los pastelitos envenenados de chocolate. –añadió Shaoran cogiendo el artículo que le había pasado Kero. –¿Qué conexión hay entre ellos? ¿Sakura Kinomoto?

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–Son tan pequeñitos cuando nacen. –decía Misaki a Sakura, en otra de sus visitas de voluntariado. Ambas veían el vídeo que Sakura le pasó anteriormente por medio de una enfermera. –Son igualitos que su madre. –añadió Sakura. –Muchas gracias, Sakura. Ver los perritos me anima mucho. Quiero curarme cuanto antes, volver a casa y tener un perrito. –deseó Misaki. –Seguro que lo logras. ¿Hay más cosas que te gustaría hacer? –preguntó Sakura. –Me gustaría ver a mi verdadera madre. –dijo Misaki mientras miraba como los perritos tomaban leche de las mamas de Ruby Moon, que permanecía acostada mientras sus cachorros comían. –No la he visto en mucho tiempo. Mi padre y mi madrastra me dicen que no debo verla. –Lo siento mucho. –lamentó Sakura.

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–¿Qué pasa con el trasplante de mi hija?¿Piensas hacerme esperar toda la vida? –preguntó Matsunaga con contundencia al médico que llevaba el caso de su hija. –Hacemos todo lo que podemos. –dijo el médico. –Pero debe esperar su turno en la lista. –¿Acaso no sabe quién soy yo? –preguntó Matsunaga. –¿No sabe quién me apoya? Si mi hija muere, usted no volverá a ejercer la medicina lo que le reste de vida.

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–Parece que esta vez el que ha desaparecido es Li. –le comentó Ryo a Takabe en la comisaría obviando que Kaito había suspendido de empleo a Shaoran. Kaho trabajaba desde su mesa mientras escuchaba la conversación de esos dos. Kaito, desde la suya, también presenciaba la conversación. –Ryo, con lo que ha pasado, creo que serás el próximo en la lista en ascender. –dijo Takabe. –Bueno, entre él y yo está claro que siempre iba a ser yo desde que ocurrió lo de Tsukishiro. –dijo Ryo. –Eres detective. ¿No tienes una motivación diferente que el ascenso en tu carrera? –preguntó Kaho sin poder evitar morderse la lengua por más tiempo. –Si no subes en el escalafón, no puedes proteger lo que te importa. ¿No crees? –contraatacó Ryo. –Mitzuki, venga un momento. –ordenó Kaito levantándose y entrando en la sala de reuniones. Con pesar, Kaho obedeció. Kaito cerró los estores, aunque la sala seguía iluminada por la ventana que daba al exterior. Sin mediar palabra, acorraló a Kaho e intentó besarla, pero ella lo empujó para evitarlo. –¡Pare! –exclamó ella apartándolo mientras él reía. –Tranquila, sólo bromeaba. –dijo él quitándole hierro al evidente acoso. –Dime, ¿cómo va la vigilancia de Li? –Lo vigilaré si a cambio le devuelves el empleo y la placa. –dijo Kaho. –¿Es necesario? –Si le digo que trabajaremos juntos, no sospechará de que en realidad le estoy vigilando. –dijo Kaho. –Creo que tienes demasiado corazón. –dijo Kaito. –¿O acaso es un pretexto para volver a conquistarlo y meterte en su cama? –No tengo esas intenciones. –dijo Kaho con firmeza antes de salir.

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Mientras Shaoran buscaba en su teléfono el contacto de Kero, recordó parte de la conversación que mantuvo con él en la grada cuando quedaron. Flashback. –Touya Kinomoto, el hermano mayor de Sakura era la persona a la que ella más deseos tenía de ver morir. Y al final acabó suicidándose. –le explicó Kero. –¿Se suicidó? –preguntó Shaoran mientras seguía mirando el artículo de la revista. –Eso la deleitaría mientras estaba en la cárcel. Pero no debió calcular que su madre Nadeshiko le seguiría. –dijo Kero. –¿Su madre también murió? –No. Acabó salvándose y vive en una residencia. Esa chica se entristecería cuando se enteró que seguía viva. Lo que está claro es que Sakura Kinomoto atrae desgracias. –dijo Kero. Fin del flashback. Finalmente, Shaoran marcó el número de Kero. –Shaoran Li. ¿Echabas de menos mi voz? –dijo Kero reconociendo el número, que estaba en un banco a las puertas del Hospital Memorial Kanayama leyendo un periódico. –¿Sabes dónde está la madre de Sakura? –preguntó Shaoran. –Por supuesto. Vive en la residencia Honoka. Por cierto, en cuanto al caso de los pastelitos envenenados, se rumorea que el verdadero culpable es otra persona. –dijo Kero, al que le gustaba dosificar la información. –¿El verdadero culpable? ¿Me estás diciendo que se trata de cargos falsos?–preguntó Shaoran. –Sólo son rumores. –dijo Kero. –¿Qué sabes? –No sé nada más. No me interesa quién es el verdadero culpable. –dijo Kero. –Piensa en ello. ¿Acaso no te parece más sensacional que la familia de su hermano muriera por los celos? Quiero material que pueda vender, y la verdad no vende. Tengo que irme. Pero Kero colgó porque de la entrada del hospital vio salir al abogado Seiichi Matsunaga, y unos metros detrás, sin que éste se percatara, salía Sakura. Kero se escondió detrás de un árbol y comenzó a hacer fotografías con su pequeña cámara digital, asegurándose de que salieran los dos. En las fotos se podía apreciar la mirada de odio que Sakura le dedicaba a Matsunaga. Kero sabía que el abogado sería el próximo objetivo de Sakura.

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–Sakura, me impresiona cómo te obedecen todos los perros. –dijo Meiling. La morena terminaba de acicalar a un pequeño caniche mientras que Sakura le cortaba el pelo a otro perro que parecía muy relajado, a pesar de que Sakura llevara unas tijeras en la mano. –Cuando estaba conmigo no se estaba quieto. –Soy muy popular entre los perros, ¿verdad? –dijo Sakura riendo mientras miraba cariñosamente a su cliente de cuatro patas. –¿Sólo con los perros? –preguntó Meiling con picardía. –¿Qué? –preguntó Sakura con inocencia, sin saber que su compañera se refería a cierto castaño ingeniero de sistemas. –Sakura. Ha llamado el veterinario que se llevó a Ruby Moon y los cachorros. –dijo Tomoyo saliendo de la oficina. –¿Les ha pasado algo a los cachorritos? –preguntó Sakura con preocupación. –Los cachorritos están bien, pero Ruby Moon ha empezado a rechazarlos. –dijo Tomoyo. –A veces ocurre con el primer parto. No piensa en ellos como sus hijos y los ataca.

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Con los nuevos datos aportados por Kero, Shaoran se dirigió a la Residencia Honoka donde estaba ingresada Nadeshiko Kinomoto. Cuando preguntó por ella, le dijeron que estaba en la azotea tomando el sol. Efectivamente, allí estaba mirando al horizonte desde su silla de ruedas, mientras otros pacientes paseaban también por allí. –Bonita vista, ¿verdad? –dijo Shaoran acercándose a Nadeshiko. –¿Quién eres tú? –preguntó Nadeshiko sin ni siquiera mirarlo. Shaoran se agachó para ponerse a su altura. –Soy un amigo de Sakura. –respondió Shaoran. –¿Sakura? –preguntó Nadeshiko como si no se acordara. –Su hija. –añadió el castaño. –Ella no es mi hija. –dijo Nadeshiko mirándolo por primera vez. –¡Te equivocas!¡Ella es la hija del diablo!¡Esa chica ha destrozado a toda mi familia!¡No!¡No! Nadeshiko comenzó a alterarse severamente. No dejaba de gritar y de hacer aspavientos. Al notarlo, un enfermero acudió raudo para tranquilizarla. –Señora Kinomoto, tranquilícese. No pasa nada. –decía el enfermero intentando calmarla. Finalmente, optó por llevársela de allí para ver si se calmaba. El enfermero se la llevó mientras Nadeshiko seguía gritando que Sakura no era su hija. Mientras el enfermero se llevaba a Nadeshiko, a Shaoran le sonó el teléfono. –Soy Sakura. Verás, nos ha dicho el veterinario que Ruby Moon rechaza a los cachorritos y no puede estar con ellos. –le informó Sakura. –Parece que Ruby no quiere ser madre. –Entiendo. –dijo Shaoran. Al decir aquello, no pudo evitar girar la mirada hacia Nadeshiko, algo más tranquila, pero todavía realizando algún aspaviento. Era increíble el paralelismo que había entre Ruby Moon y Nadeshiko. Ambas rechazaban a sus respectivos hijos. –Quería hablar contigo para ver cómo nos organizamos. –dijo Sakura.

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Matsunaga hablaba por teléfono desde su despacho. –Entonces, ¿tenemos donante? –preguntó Matsunaga. –¿Cuándo le harán el trasplante? Por supuesto. Si pones a Misaki en el número uno de la lista, yo me ocuparé de que no te ocurra nada. Me aseguraré de que en el próximo juicio de la Cámara de Representantes tus manos estén limpias. Por fin Misaki tendría su trasplante. Tuvo que pagar a un alto cargo del Ministerio de Sanidad para ello, pero así salvaría a su hija. Por eso, ahora que había conseguido un órgano en el mercado negro, necesitaba que la priorizaran en la lista. Evidentemente, eso conllevaba riesgos, y por eso necesitaba hacer ver que los corruptos que le habían ayudado no correrían ningún peligro.

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Ahora que había tranquilidad en el salón, Sakura decidió practicar sus dotes informáticas. A pesar de recibir algunas lecciones de Shaoran, también había conseguido un libro con el cual ir formándose. Para ello, aprovechó su práctica para chatear con Misaki. Misaki le decía que cuando mejorara su estado de salud, criaría un perro. Después se interesó por Ruby Moon y los perritos. Para no preocuparla, simplemente le dijo que estaban bien, omitiendo el hecho de que Ruby Moon rechazaba a los cachorros. –Parece que vas mejorando. –Sakura pegó un bote al no notar que Shaoran había entrado al salón. Cerró la pantalla y se levantó abruptamente, hecho que para Shaoran no pasó desapercibido. –He tocado a la puerta. –Lo siento, estaba tan concentrada que ni me he dado cuenta. –dijo Sakura. –¿Puedes ponerme un café, por favor? –le pidió Shaoran. Cuando consiguió alejarla del portátil, aprovechó para abrirlo para ver qué se había afanado por esconder, pero la pantalla le pedía una contraseña, cosa que le extrañó mucho. ¿Cómo podía ser que Sakura supiera establecer una contraseña si acababa de empezar a aprender los básicos de la informática? Shaoran intuía que Sakura sabía más de lo que quería hacer ver. Así que cerró la pantalla. Unos minutos después, Sakura apareció con una bandeja. –Gracias a ti voy mejorando. –dijo Sakura. –Y también he estado leyendo por mi cuenta. Siento todos los problemas que te estoy causando. –No importa. ¿Cómo está la perra de Wei? –preguntó Shaoran. –Por teléfono me dijiste que rechaza a los cachorros. –Sí, parece que se lanza a morderles. –¿Crees que los ha aborrecido? –Sí. Por lo visto es como si no los reconociera. –dijo Sakura. –Sin sus dueños con ella, se ha vuelto mentalmente inestable. –A pesar de ser su madre. –añadió Shaoran. –Sí. Cada uno es como es. No todas las madres pueden amar a sus hijos adecuadamente. –dijo Sakura. A Shaoran le dio la impresión de que hablaba con conocimiento de causa. –Así que, traeré a Ruby Moon de la clínica veterinaria, pero tal y como dijo Tomoyo, esto no es un hotel canino. –Aunque fuera, podría llevármela por las noches. –dijo Shaoran intentando buscar una solución con Ruby Moon. –¿De verdad? –Sí, como trabajo durante el día, si te parece bien, podrías tenerla tú, y cuando salga del trabajo, podría recogerla. –dijo Shaoran. –¡Por supuesto! –dijo Sakura entusiasmada. Estaba claro que todo lo que fuera hacerse cargo de un perro la animaba mucho. –¡Muchas gracias! –¿Por qué me agradeces? Eres tú la que me hace el favor a mí. –dijo Shaoran. –Simplemente me preocupaba qué pasaría con Ruby Moon. Pero ahora ya estoy mucho más aliviada. –dijo ella. Shaoran no pudo evitar sonreír. Entonces, a Shaoran le sonó el móvil, y vio que era Kaho. –Disculpa. –dijo Shaoran levantándose para hablar con más privacidad. –Lo siento, pero me ha surgido algo y tengo que irme. –Vale. No importa. Mañana recogeré a Ruby Moon en el veterinario. –dijo Sakura. –En ese caso, iré contigo. –No hace falta. Puedo hacerme cargo yo. –Me gustaría hablar con el veterinario. –insistió Shaoran. –Creo que por la mañana podré tomarme un rato libre. Nos vemos mañana.

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Kaho había quedado con Shaoran en el bar de Yue. –¿Quieres que te prepare algo de comer? –preguntó Yue mientras Kaho esperaba. Pese a ser un bar tipo pub, Yue tenía una pequeña cocina con la que preparar cosas sencillas si la ocasión lo ameritaba. –Omurice está bien. –dijo Kaho. –Esperas a Shaoran, ¿verdad? –¿Cómo lo sabes? –preguntó Kaho, que no le había dicho nada a Yue. –Cuando eráis pareja solíais pedir eso, ¿te acuerdas? –explicó Yue. Entonces se escuchó la puerta. –Ahí lo tienes. –Lo de siempre. –le pidió Shaoran a Yue. –¿Qué intenciones tienes al llamar a alguien suspendido de empleo? –preguntó Shaoran sin rodeos. –Van a levantarte la suspensión. –le informó Kaho. –Mañana podrás recoger tu placa. –Eso me lo podrías haber dicho por teléfono. –dijo Shaoran. –Me han pedido que investigue la desaparición de Wei contigo. –dijo Kaho. –Quería que me pusieras al día. –Y luego le irás con el cuento a Kaito. –dijo Shaoran, intuyendo las intenciones ocultas que había detrás de aquella decisión. –Ese no es el único motivo. –dijo Kaho sin desmentirle esas suposiciones. –¿Entonces? –La corazonada de una detective, supongo. –dijo Kaho. A Shaoran le salió una risa irónica por la absurda razón que le había dado. –Al final tú también te has rebajado para convertirte en el perrito faldero de Kaito. –dijo Shaoran. –Bueno, como intuyo que tus comentarios van a estar llenos de sarcasmo, mejor cambiamos de tema. –dijo Kaho. –Dime, ¿qué escondes? –Si fueras mi compañera, confiaría en ti. –dijo Shaoran levantándose para irse. Por lo visto, Shaoran ya no se fiaba de nadie, y no le extrañaba dadas las circunstancias.

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Sakura preparaba su próximo movimiento. Trabajaba con un procesador de textos y acababa de terminar de escribir la palabra peligroen el portátil. Justo al lado, había un sobre rojo con una pluma de cuervo grabada en él. Entonces, sostuvo el teléfono móvil de Tanabe y recordó cómo lo convenció para que desplumara a Matsunaga. Flashback. El primer paso que había dado para acabar con Matsunaga fue arruinarlo. Para ello, necesitó la colaboración de su secretario Tanabe, el cual estaba sometido por su jefe al encargarle tareas que legalmente él no podía realizar. Matsunaga siempre le había restado importancia haciéndole ver que no le pasaría nada, pero cuando se presentaron los problemas, Matsunaga no dudó en responsabilizarlo a él como si hubiera actuado a sus espaldas. Esa sumisión le vino muy bien a ella para llevar a cabo su venganza. Cuando Tanabe estaba derrumbado después de que Matsunaga le dijera que se marchara de su despacho, Sakura apareció. –Ha ocurrido tal y lo que te dije, ¿verdad? –le dijo Sakura. –Matsunaga es un hombre que sólo piensa en capturar a gente inocente, aunque les destroce la vida. No le podrías importar menos. –Todo este tiempo, se ha aprovechado de mí buena fe. –se quejaba Tanabe. –¿Y si te quedaras con todo el dinero que tiene oculto ? –propuso Sakura mirando la caja fuerte que había en el despacho. –No podrá denunciarlo a la policía. Al fin y al cabo, es un dinero que no debería tener. Para volver a empezar necesitas dinero. Pero no te preocupes. Mis labios están sellados. A diferencia de Matsunaga, yo no voy a traicionarte. Convencido de que ya no tenía nada que perder, y que más bien tenía mucho que ganar, Tanabe se dirigió hacia la caja fuerte de Matsunaga. Mientras, Sakura le robó el teléfono móvil y se lo guardó.

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Por su parte, ya en casa, Shaoran buscó por internet cualquier cosa que pudiera encontrar sobre el caso de los pastelitos de chocolate envenenados. Para ello, además del nombre del caso, incluyó en el buscador el detalle de verdadero criminal.Sabía lo que tenía la policía porque ya lo buscó en su día, pero con ese nuevo detalle, pensó que quizás en internet, donde se habla de tantas cosas, encontrara algún hilo del qué tirar. Pero no parecía haber nada. Sin saber ya qué hacer, volvió a coger el informe del caso que imprimió desde la comisaría y vio algo que le llamó la atención. –Esto es…

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Tal y como quedaron, Shaoran y Sakura fueron a recoger a Ruby Moon al veterinario. Una vez recogida, volvían al salón canino dando un paseo. –Parece que por lo menos no ha perdido el apetito. –comentó Sakura. Cuando fueron a recogerla Ruby Moon estaba comiendo con bastante energía. –Sí, eso parece. –dijo Shaoran. –Cuando se les confina en espacios pequeños, los perros no vuelven a ser los mismos. –dijo Sakura. –Bueno, supongo que a los humanos les pasa lo mismo. –Sakura…–Shaoran quería decirle algo, pero se vio interrumpido por la propia Sakura. –Si te vas a llevar a Ruby Moon a casa necesitarás algunas cosas. –dijo Sakura mientras sacaba una lista de su bolso. –He puesto lo esencial aquí. Debes comprar todo lo que he rodeado. Para Shaoran era una lista demasiado larga. Parecía necesitar más cosas que él mismo. No estaba muy convencido de que realmente un perro necesitara tantas cosas, pero pasó por el aro obedientemente. –¿Puedes venir conmigo? –le pidió Shaoran. –No sabría qué coger. –Por supuesto. –dijo Sakura tímidamente. –Te llamaré luego, entonces. Ahora tengo que ir a trabajar. –Es cierto. Y yo tengo que ir al hospital. –dijo Sakura. –¿Estás enferma? –preguntó Shaoran preocupado. –No. Cuando puedo hago voluntariado. Es terapia canina. Hago que los niños que están ingresados pasen un ratito agradable con los perros. –explicó Sakura. –Bueno, tengo que irme. Adiós. –Adiós. –dijo Shaoran. El castaño estaba desconcertado. Por un lado, Sakura tenía un oscuro pasado que necesitaba desentrañar, y que parecía totalmente incompatible con lo que él había visto en ella. Al tratar con Sakura, él veía a una persona muy amable, dulce y servicial. Y lo peor es que no se la quitaba de la cabeza. La cuestión era cuál era su verdadera personalidad. Cuando Shaoran se dirigía a casa, alguien tocó el claxon antes de introducirse en su bloque de apartamentos. Al girar la mirada, vio a Kaho desde un coche y se dirigió hacia ella. –¿Qué quieres tan temprano? –le preguntó Shaoran tras bajar ella la ventanilla del coche. –Sube. Vamos por tu placa. Cuando llegaron a la comisaría Shaoran se presentó frente a Kaito, que le dejó su placa sobre la mesa con desgana. –Estoy sorprendido con tanta generosidad. –dijo Shaoran irónicamente cogiendo su placa e introduciéndola en el bolsillo interior de su chaqueta. –En realidad, te la doy porque Kaho necesita un chófer. –respondió Kaito devolviéndole la ironía. –En la investigación por la desaparición de Wei, Kaho es la que estará al mando. ¿Podrás acostumbrarte a que te manden? –Si me disculpa. –Shaoran se dirigió a la mesa de Kaho. –Vamos. Dame las lleves del coche. –Ya conduzco yo. –dijo Kaho levantándose con las llaves. Pero Shaoran le agarró de la muñeca, se las quitó y salió hacia los garajes. –¡Espera! Ryo y Takabe no habían quitado ojo a la escena. –Parece que Kaito se ha ablandado un poquito, ¿no? –le comentó Takabe a Ryo en voz baja. –No es sólo eso. –respondió Ryo. –Algo me huele mal aquí. ¿No está demasiado focalizado en el asunto de Wei?

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Shaoran llegó a los garajes y abrió el coche, seguido de Kaho, que puso su mano en la puerta para que no la cerrara. –Ahora que ya tienes tu placa, ¿no podrías tener más delicadeza con tu situación? –preguntó Kaho. –Te devolveré el favor. –dijo Shaoran. –No se trata de eso. Se trata de los líos en los que te metes por actuar por tu cuenta. –Pues déjame solo. Lo encontraré por mi cuenta. –dijo él. Kaho apartó la mano de la puerta. En seguida, el castaño arrancó y se marchó. No tenía remedio.

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En su despacho, Matsunaga hablaba por teléfono con el director del hospital, intentando aparentar que su estatus seguía intacto, cuando en realidad estaba completamente arruinado. –Sí, todo va bien. Una vez que se realice el trasplante, aumentará el prestigio de tu hospital, conseguiremos una gran venta y obtendremos grandes beneficios. Unas veces me rascas tú la espalda y otras te la rasco yo a ti. –Matsunaga vio a su mujer entrar en el despacho. –Tengo que colgar. Nos vemos. –Aquí tienes: el sello y el registro oficial. –dijo su mujer, llevándole el sello que los japoneses solían emplear para firmar. –¿Por qué tanta urgencia? –La operación de Misaki se ha programado para mañana. –le informó su marido. –Como ahora mismo no tengo la liquidez necesaria voy a vender tu casa. –¿Cómo que vas a vender mi casa? ¡Te recuerdo que mis padres siguen viviendo allí! –le recriminó su mujer. –No será por mucho tiempo. Mientras tanto, pueden mudarse a un apartamento. –dijo Matsunaga decidido. –¿Por qué por la hija de otra mujer tienes que vender la casa de mis padres? –insistió la señora Matsunaga. –¿Crees que podré perdonarte tanto egoísmo? –¿Egoísmo? ¿Qué estás diciendo? Al fin y al cabo, la casa es mía. –dijo Matsunaga. –¿Qué quieres decir? –¿Recuerdas los acuerdos que tuvimos sobre la herencia de tus padres? Durante los trámites los puse a mi nombre. –dijo Matsunaga. –No lo permitiré. –dijo la mujer indignada. Matsunaga había actuado a sus espaldas. Confiaba en él para que realizara el proceso según lo acordado y abusó de esa confianza para arreglar las cosas en su propio beneficio. –¡Te demandaré! –¿De verdad piensas que puedes ganar contra un abogado? –dijo Matsunaga riendo. –Si crees que la casa tiene tanto valor, cómpramela. Una vez que obtenga el dinero, no me importa lo que hagas. Desde el coche del salón canino, aparcado muy cerca del despacho de Matsunaga, Sakura había escuchado más que suficiente. Había oído toda la conversación que había mantenido con su actual esposa. No podía negar que Matsunaga era un hombre de recursos y a pesar de estar arruinado, conocía todas las argucias legales y triquiñuelas para seguir sobreviviendo. Eso sí, para seguir en pie, siempre acababa machacando a alguien. Esta vez, los damnificados parecían ser su propia mujer y sus suegros. Cuando entendió que Matsunaga se había quedado sólo en su oficina, lo llamó por teléfono con el teléfono móvil de Tanabe. –¿Diga? –contestó él. –Estás volviendo a destrozar la vida de muchas personas. –dijo Sakura. –¿Otra vez tú? –preguntó Matsunaga reconociendo a su antigua cliente. –¿Por qué lo dices? Yo te ayudé cuando nadie quiso defenderte. –Eso sólo lo hiciste para estafarme. –dijo Sakura. –Pero esta vez, utilizaré la vida de tu hija. Eres muy codicioso todo el tiempo. ¿Qué pensarán los medios si supieran todo lo que yo sé? La persona a la que le arrebataste ese corazón tampoco se quedaría quieta, ¿no crees? Al decirle eso, Matsunaga comprendió que Sakura sabía que el corazón que había conseguido para su hija no lo obtuvo por medios demasiado lícitos. –¡¿Cómo sabes eso?! –exclamó Matsunaga, que comenzó a sudar. Pero ella colgó, dejándolo con la incertidumbre. –¡Mierda!

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Shaoran esperaba paciente a que llegara la persona con la que había contactado. Mientras lo hacía, seguía ojeando el informe donde había encontrado algo que no le cuadraba. Cuando vio a un hombre dirigirse a él. –¿Es usted Hirata? –preguntó Shaoran. –Sí. –asintió el hombre. –Soy Shaoran Li. –se presentó el castaño dándole una tarjeta de contacto, donde vio que era detective de la PMT. –Siento haberle hecho quedar conmigo de forma tan abrupta. Hirata pidió un café y se sentó. Hirata también trabajó para la PMT, pero ya estaba felizmente jubilado. –Iré al grano. Se trata de este caso de hace quince años. –dijo Shaoran pasándole los informes policiales. Hirata se puso las gafas para poder leer mejor. –Usted fue uno de los forenses que estuvieron a cargo de la investigación, ¿verdad? –Ah, el caso de los pastelitos envenenados. –dijo Hirata recordándolo. –Estás investigando un caso muy antiguo. –¿Recuerda usted algo de la sospechosa? –preguntó Shaoran. –Era una chica obstinada. No dejaba de insistir en que ella no lo hizo. –dijo Hirata. –¿Qué probabilidades hay de que no lo hiciera? –preguntó Shaoran. –Había toda una retahíla de pruebas inculpatorias. Y las pruebas circunstanciales nos las proporcionaron testigos oculares. No hay duda de que esa chica se metió en la boca del lobo. –explicó Hirata. –¿Sabe algo que no esté escrito en este informe? –preguntó Shaoran. –Como por ejemplo, quién era el investigador criminal. Hirata se puso a ojear el informe. –El nombre del investigador criminal no viene por ninguna parte. Tan sólo viene el suyo. –dijo Shaoran ahorrándole la lectura. –Eso es ridículo. Debe venir reflejado. Todos los encargados de los departamentos implicados en un caso firmamos los informes. –dijo Hirata. Pero efectivamente, Shaoran tenía razón y no aparecía por ninguna parte. Sólo aparecía su nombre. –¿Quién era? Ahora mismo no me acuerdo. Han sido muchos casos y ya ha pasado mucho tiempo. –Si recuerda algo, llámeme, por favor. –le pidió Shaoran. –De acuerdo. –dijo Hirata.

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Meiling y Sakura estaban atendiendo cada una un perro en la peluquería canina. –¿Has encontrado ya a alguien para que se haga cargo de Ruby Moon? –le preguntó Meiling. –Sí, yo me haré cargo de ella durante el día aquí en la peluquería y Shaoran lo hará por la noche. –dijo Sakura. –Vaya, primero unidos por la informática y ahora por Ruby Moon. –comentó Meiling con guasa. –Shaoran parece una persona muy proactiva. –Sakura, cuando acabes con ese perro, puedes tomarte el día libre hasta mañana por la tarde, tal y como pediste. –le dijo Tomoyo. –Siento haberle pedido libre la mañana. –le dijo Sakura. –Me pregunto a dónde irás mañana. ¿No tendrás una cita? –preguntó Meiling. –Sólo voy a hacer el voluntariado de terapia canina. –¿Estás segura? –preguntó Meiling, que todo lo hacía sonar como si Sakura fuera a reunirse secretamente con un novio. –Meiling, dale un respiro. –le pidió Tomoyo para que dejara de fisgonear, aunque en realidad le hacía mucha gracia. –Perdónala. –No importa. –dijo Sakura, que no le daba la mayor importancia. Entonces cogió al perro que estaba atendiendo. –Ya estás bien guapo.

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–¿Está de acuerdo con proceder con el trasplante de corazón? –preguntó el doctor tal y como exigía el protocolo de consentimientos. –Obvio, ¿verdad Misaki? –aceptó el señor Matsunaga. –Papá, estoy asustada. –dijo Misaki. –No digas tonterías. Piensa en todos los problemas que he tenido que solucionar para llegar hasta aquí. –dijo Matsunaga de forma dura. En lugar de tranquilizar a su hija, sólo pensaba en lo que había tenido que pasar él. –Tienes que someterte a esta operación. ¿Entendido?

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Kaho esperaba paciente en la puerta del edificio de Shaoran. Comenzaba a desesperarse porque por la hora que era, él todavía no había aparecido. Lo que no sabía era que a unos metros del edificio llegaba Shaoran con Sakura. Fue entonces que Kaho escuchó la voz del castaño y sin saber por qué, se escondió. –Me has sido de gran ayuda. –dijo un Shaoran cargado con una gran caja en una mano y una bolsa en la otra. Mientras, Sakura iba a su lado llevando a Ruby Moon y otra bolsa. –No es nada. Además, es por el bien de Ruby Moon. –dijo Sakura restándole importancia. –¿Podrías subirla? Voy muy cargado. –dijo Shaoran, al que ya no le quedaban manos para hacerse cargo de la perra. –Claro. –dijo ella. Kaho no dejaba de preguntarse quién era la chica que subió con Shaoran. Era la segunda vez que la veía con ella. ¿Acaso mantenían una relación? Una vez arriba, Shaoran por fin desocupó sus manos dejando la bolsa y la caja. –Gracias. –dijo él. –De nada. Bueno Ruby. Nos vemos mañana. –dijo Sakura despidiéndose del animal. Pero en cuanto la dejó en el suelo, Ruby se levantaba llegando a la altura de las rodillas de Sakura, como si no quisiera que la dejara allí. –¿Qué pasa Ruby? –Vamos, Ruby. –la llamó Shaoran, pero la perra no hizo ni caso. Sakura la cogió en brazos. –Ruby, esté será tu hogar a partir de hoy. –le dijo Sakura como su fuera un niño, pero la perra no dejaba de gemir. –No hay manera. ¿Puedes quedarte hasta que se calme? No quiero que moleste a los vecinos. –le pidió Shaoran mientras apartaba algunas cosas de en medio. –¿Qué haces en la entrada? Pasa. Perdona el desorden. Shaoran seguía apartando unas cosas cuando encima de la encimera de la cocina vio una carpeta que ponía Asociación Policial de Ayuda Mutua. Si Sakura veía esa carpeta descubriría su verdadera profesión, así que la invitó a sentarse en el sofá, mientras que él tapaba aquella carpeta con un periódico. Una vez que puso la carpeta a salvo, Shaoran abrió la caja que había comprado y comenzó a montar el espacio que ocuparía Ruby Moon. Parecía una cuna pero se ponía a la altura del suelo. De esa forma, Ruby Moon no deambularía por todo el apartamento ni arañaría nada. De todas formas, sólo estaría allí para dormir. –Esto ya está montado. –dijo Shaoran tras apretar el último tornillo con el destornillador. –¿Qué falta? –Coloca el colchón. –dijo Sakura. –¿No estarías más cómoda sentada en el sofá? –preguntó Shaoran al verla sentada en el suelo con la perra en brazos. –Estoy bien. –contestó ella rápidamente. –Pareces tensa. –dijo él con suspicacia. –Te repito que estoy bien. –Me refería al perro. –Ah, bueno. Da igual. Ruby Moon, no has cenado. Voy a darte algo de comer. –dijo Sakura intentando desviar la atención. –En ese caso, nosotros también deberíamos cenar. Estoy hambriento. –dijo Shaoran. –No te preocupes por mí. Estoy bien. –dijo Sakura con la bolsa de pienso en la mano. –No hay problema. Además, no será una cena gourmet, precisamente. No he tenido tiempo de ir a comprar, así que tenemos que conformarnos con fideos instantáneos. –dijo Shaoran. Así que, tanto Ruby Moon en su nuevo comedero, como Sakura y Shaoran, se pusieron a cenar. –Gracias por la cena. –dijo Sakura dejando su bote de fideos instantáneos. Parecía que ella también estaba hambrienta porque había devorado el contenido. –Siento que la cena haya sido esto. –dijo Shaoran. –No te preocupes. Me ha gustado mucho. –dijo ella sonriente. –Desde luego, eres buena comiente. –comentó él al ver el recipiente casi reluciente. –La próxima vez te invitaré a una cena con algo más de categoría. –No es necesario, de verdad. No tienes de qué preocuparte. –dijo Sakura. –¿Dónde pongo esto? –No te preocupes. Ya me encargo yo. –dijo Shaoran al ver que Sakura estaba dispuesta a tirar el recipiente de los fideos. –¿Te parece bien que lo ponga en la encimera de la cocina? –dijo Sakura, señalando precisamente hacia donde estaba el periódico que cubría la carpeta que quería ocultar. Cuando fue a coger el recipiente de Shaoran, éste la agarró de la muñeca deteniéndola. –Ya me ocupo yo. Eres mi invitada. –insistió él, temiendo que descubriera la carpeta. Se sostuvieron la mirada durante varios segundos, que al final rompió ella. –Será mejor que me vaya. Parece que Ruby Moon ya se ha calmado. –dijo Sakura. Cogió su bolso, se agachó a la cuna para darle una caricia a Ruby y se encaminó hacia la salida. –Te acompaño. –se ofreció Shaoran. –No es tan tarde. Estaré bien. –se negó ella. –Adiós. Cuando Sakura llegó abajo dio un gran suspiro. Había estado nerviosa durante toda la velada. Últimamente Shaoran le estaba rompiendo los esquemas y pensó que debía de tranquilizarse un poco. Disfrutaba el tiempo que pasaba con él, a pesar de lo callado que era, pero últimamente, Shaoran parecía que estaba ganándose sitio en sus pensamientos y no podía dejar que eso ocurriera. Lo que no se esperaba cuando empezó a andar por la calle era que Shaoran volviera a aparecer de nuevo. –Insisto en acompañarte. –dijo él. –Para, por favor. Yo… no tengo experiencia en estas cosas. –dijo Sakura. –No estoy acostumbrada a que me traten tan bien. Lo siento. Tras una pequeña reverencia, Sakura se marchó. Esta vez, Shaoran decidió no seguirla. No quería atosigarla más de lo que ya parecía estarlo. Cuando Shaoran volvió a su apartamento, se arrodilló junto a la cuna en la que estaba Ruby Moon tranquilamente. –De alguna manera, te pareces a ella. –dijo Shaoran mientras acariciaba al animal. Por su parte, Sakura caminaba sin poder apartarse de la cabeza el momento en el que sintió la mano de Shaoran en su muñeca y aquella mirada que mantuvieron. Jamás se había sentido así. No podía dejar que aquellos sentimientos que comenzaban a florecer fueran ganando terreno. Con urgencia, se sacó la cadena con la pluma de cuervo. Necesitaba mirarla para no apartar su concentración de lo que realmente tenía que conseguir.

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Por fin llegó el día del trasplante de corazón de Misaki. Una celadora llevaba la cama a quirófano mientras un par de enfermeras la tranquilizaban diciéndole que no tenía nada que temer y que no se enteraría de nada. Misaki no soltaba el peluche de un perro mientras la trasladaban, como si eso fuera a darle la fuerza necesaria para pasar por ese trance. –El hospital de origen del corazón dice que en seguida envían el corazón a trasplantar. –dijo la enfermera de quirófano. Un trabajador del hospital de origen del corazón metió una nevera azul en un coche del hospital, equipado con una sirena para llevar el órgano vital hacia su nueva dueña. Sakura, con el coche amarillo de la empresa, fue tras él.

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–Señor, ¿no es el día de la operación de su hija? –preguntó la recepcionista del despacho de Matsunaga, extrañada de que no estuviera en el hospital. –Iré cuando termine la operación. De todas formas, aunque vaya no podría hacer nada. –respondió Matsunaga. –Pero aún así, es su hija. –dijo la recepcionista. –Lo que importa ahora es que arregles el asunto del partido político. Lo necesito para esta tarde y cierra la boca si vas a decir tonterías. –ordenó Matsunaga. Cuando Matsunaga entró en el despacho, recibió una foto de un corazón dentro de una nevera. Cuando lo vio, casi se le para su propio corazón. –Señor, acabamos de recibir una llamada del hospital. Por lo visto ha habido un problema con el corazón de su hija. –dijo la recepcionista entrando al despacho tan sólo un par de minutos después de que Matsunaga la hubiera echado. Entonces, le sonó el móvil, viendo que era Tanabe, su antiguo secretario personal. Lo que no sabía era que Sakura le había robado el móvil a Tanabe. Con un gesto, le hizo entender a la recepcionista que se marchara. –Tanabe. ¿Cómo te atreves a llamarme después de desplumarme? –preguntó Matsunaga sin esperar quién le contestaría. –Buenos días, abogado sin escrúpulos. –dijo Sakura, que previamente había llamado a la recepción del despacho haciéndose pasar por el hospital. –Asómate a la ventana. Tengo algo muy interesante que mostrarte. Matsunaga hizo lo que le pidió. Cuando se asomó, vio a Sakura en la esquina de la acera de enfrente. Con una mano sostenía el teléfono de Tanabe y colgado del hombro llevaba una nevera azul. –Menuda cara de sorpresa. –dijo Sakura. –¿Has visto las fotos? Si lo has hecho, me imagino que sabrás qué tengo aquí. –¿Qué piensas hacer? –dijo Matsunaga corriendo hacia la salida. –No me cuelgues. –le advirtió Sakura. –¿Imaginas por qué, no? Cuando Matsunaga llegó a la calle, Sakura ya no estaba en la esquina en la que estaba cuando se asomó por la ventana. –Ve al lugar que te indique. –le ordenó Sakura. Después, le indicó hacia dónde debía ir. Matsunaga comenzó a correr hasta llegar a un lugar desde donde podía ver a Sakura a lo lejos. La castaña estaba en una pasarela peatonal y puso la nevera encima de la barandilla. –Si llamas a la policía, hablas con alguien o haces algo extraño, lanzaré el corazón.

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Shaoran fue al salón canino para llevar a Ruby Moon, pero Sakura no estaba, por lo que Meiling le dijo que se ocuparía de ella hasta que Sakura llegara. –¿Dónde está Sakura? –preguntó Shaoran con curiosidad. –Ha ido al voluntariado. Hace terapia canina con niños ingresados en el Hospital Memorial de Kanayama. –dijo Meiling.

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–Justo al lado tuyo hay una cabina telefónica. Deja el teléfono fuera, entra en la cabina y ciérrala. –le ordenó Sakura. Matsunaga colgó e hizo lo que le ordenó. Una vez que lo hizo, el teléfono de la cabina comenzó a sonar. Sabiendo que era Sakura, contestó. –¿Puedes verme desde ahí, verdad? Me pregunto qué le pasaría a esta nevera si la soltara. –dijo Sakura mientras balanceaba la nevera, crispando así, los nervios de Matsunaga. –Lo siento tanto por Misaki. Sobre todo por tener un padre como tú. Sería una pena que pudiendo salvar a tu hija, muriera. –¿Qué clase de persona eres? –preguntó Matsunaga sudando profusamente. Jamás imaginó a esa chica capaz de llegar tan lejos. Es más, jamás se imaginó que pudiera ponerlo en jaque. Pero Matsunaga no se dio por vencido e intento darle la vuelta a la situación. –¿Intentas volver a matar a un niño? –¿Me estás amenazando? ¿Lo haces para salvar la vida de tu hija, o quieres que el trasplante tenga éxito para obtener beneficios? –preguntó Sakura. –¡Para salvar la vida de mi hija, por supuesto! ¡Es sangre de mi sangre!–exclamó Matsunaga. Pero Sakura no se lo creía. Ese hombre exprimiría a cualquiera si veía oportunidad de negocio. –Escucha, no tiene sentido que me guardes rencor. Si no fuera por mí te podrían haber condenado a muerte. Gracias a mí la condena fue de cadena perpetua. Todavía no entiendo cómo estás en libertad. –Incluso a mí me importa mi familia y yo no los maté. –dijo Sakura. –No importa las veces que te lo dijera. No me escuchaste y no quisiste escucharme. Siempre me trataste como si fuera culpable. –Estaba todo lleno de pruebas que te incriminaban. ¿Qué querías que hiciera? –preguntó el abogado. –¡Cualquiera te hubiera considerado culpable! Esa era la verdad con la que contaba. –¡No te interesó ni lo más mínimo en saber cuál era la verdad! –le recriminó Sakura. Matsunaga se calló de golpe. –Dime, ¿a qué se debió la actitud que tuviste conmigo? Me imagino que por dinero, ¿no? Al mandarme a prisión, podías cerrar el caso rápidamente. Es más, todo lo que haces lo haces por dinero, ¿me equivoco? –Eso… –Si no fuera así, no habría manera de que un abogado como tú levantara un despacho legal como el tuyo, con una oficina como esa. –dijo Sakura. –Grabé una conversación muy interesante con tu mujer. En realidad, he grabado varias conversaciones, y sé que has cambiado el orden de prioridad en la lista de espera de trasplantes. ¿No crees que eso son suficientes pruebas como para hundirte? Eres abogado, deberías saberlo. Pero te lo diré yo. Para empezar, perderás tu licencia para ejercer la abogacía. –Hagamos un trato. –le pidió Matsunaga, al confirmar que Sakura lo tenía completamente acorralado. –¿Quieres dinero, … o probar tu inocencia? –¿Dónde está el idiota al que le pedías hacer todo? –preguntó Sakura hablando de Tanabe, recordándole así que no tenía dinero. Y tampoco se fiaría de un abogado como él para demostrar su inocencia. –¡¿Entonces qué quieres que haga?! –gritó desesperado. –Ignorar la verdad es un pecado por el que merece la pena morir. Quiero que lo pagues con tu vida. –dijo Sakura. –¿Quieres que me suicide? –preguntó Matsunaga. –Exacto. Una vez muerto, me aseguraré de que lo que hay aquí dentro llegue al hospital en perfectas condiciones y no enviaré las grabaciones a la prensa. –dijo Sakura. –No tengo nada contra Misaki. Detrás del panel, verás un sobre rojo. Matsunaga metió la mano detrás de un panel donde venían números de urgencia y sacó el sobre. De allí sacó un tubo con un líquido transparente. –He preparado una deliciosa mezcla con veneno especialmente para ti. –dijo Sakura. –Bébetela de un trago. Matsunaga no dejaba de mirar el tubo pensando en qué hacer. –¿Crees que es buen momento para dudar? –preguntó Sakura. –Si no te das prisa, Misaki no podrá utilizar este corazón. ¡Bebe! Después de dudar, Matsunaga sonrió. –¿Piensas que voy a beberme esto? –dijo él con prepotencia. Jamás aceptaría órdenes de nadie. Y mucho menos de ella. Entonces lo tiró al suelo. Pero entonces, del líquido comenzó a emanar un gas que llenó la cabina telefónica. En seguida, Matsunaga comenzó a asfixiarse, siendo consciente de su propia muerte al sentir que le faltaba el aire. –Sabía que no te lo beberías. –dijo sonriendo. Conociendo a Matsunaga, que no le gustaba que le dijeran lo que tenía que hacer, Sakura ya había previsto la posibilidad de que no bebiera el líquido. Por lo que utilizó una sustancia con la que moriría si la bebía o si la rompía, porque se mezclaría con el aire, haciéndolo irrespirable. Cuando Kero llegó, Matsunaga ya estaba muerto dentro de la cabina. En la puerta había un cartel que le había pasado desapercibido a Matsunaga porque cuando llegó estaba la puerta abierta. En el cartel se podía leer lo siguiente:

PELIGRO

No se acerquen. Gas tóxico por suicidio.

Avisen a la policía.

Kero no se conformó con una sola foto en la distancia. También hizo una del cartel y del cadáver de Matsunaga en la posición en la que había caído muerto, con los ojos bien abiertos por la sorpresa. Bajo su rodilla, había un sobre rojo. Entonces, se fijó que al lado de la cabina había un teléfono móvil, seguramente de Matsunaga, que decidió guardarse.

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Shaoran se extrañó mucho cuando preguntó en la recepción del Hospital Memorial Kanayama por la terapia canina y le dijeron que ese día no había terapia canina. Pero no tuvo tiempo de darle vueltas a eso por lo que un médico le contaba a una enfermera por los pasillos. –¿Sabes que el padre de Misaki se ha suicidado? –le dijo el médico. –¿En serio? –dijo la enfermera. –Sí. Menudo día para hacerlo. Justo cuando le hacen el trasplante de corazón a su hija. –Desde luego. Ni si quiera han terminado de operarla. –dijo la enfermera. –¿Por qué crees que lo ha hecho? –Quién sabe. Al escuchar aquella conversación, a Shaoran se le vino a la cabeza los suicidios antinaturales que había estado investigando. Después, vio un cartel de la terapia canina en el panel de anuncios. Pensó en Sakura y una asociación se le vino a la cabeza: –Perro. Mujer. Suicidio. –¿Acaso Sakura estaba relacionada con esos supuestos suicidios? Para Shaoran eran demasiadas casualidades, pero se negaba a creerlo.

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Sakura aparcó el coche en un lugar apartado. En la radio escuchó que el trasplante de corazón llevado a cabo en el Hospital Memorial Kanayama había sido realizado con éxito y que si evolucionaba bien, la niña podría hacer vida normal muy pronto. Japón no era muy puntero en cuanto a trasplantes se refería, por eso, cuando se llevaba a cabo alguno lo suficientemente llamativo atraía el foco de los medios. En este caso, era llamativo porque se realizaba a una niña de doce años, algo no muy común. Sakura se alegraba por Misaki. Realmente le caía bien esa niña, especialmente porque compartían su amor por los perros. Sabía que ella no tenía culpa de nada, pero tener a un padre así era más una maldición que una bendición y estaba segura de que Misaki estaría mejor con su verdadera madre, con la que la niña deseaba encontrarse, pero por culpa de las maquinaciones de su padre no podía. Cuando la periodista terminó de informar, Sakura miró al asiento del copiloto, donde estaba la nevera azul. Flashback. Sakura se pasó por un mercado, concretamente a una carnicería y pidió un corazón de cerdo. –Nuestros cerdos tienen una carne de gran calidad. –dijo el carnicero mientras le servía el pedido. Fin del flashback. Después, se dirigió al mirador al que solía ir. Acudir allí se había convertido en una costumbre para ella después de provocar el suicidio a alguien. Como si yendo allí sirviera para purgar su alma. Como siempre, se agarró la cadena. Cada vez que provocaba el suicidio a alguien era como si su alma se rompiera un poco más. Entonces, el silencio se rompió por el sonido de su teléfono. Respiró hondo para que cuando contestara su voz no pareciera afectada. –¿Diga? –Soy Shaoran. ¿Dónde estás? –dijo con voz grave. A pesar de haber respirado hondo, Sakura se rompió y se vio incapaz de contestar. –¿Ha ocurrido algo? Oye, ¿estás bien? ¿Qué pasa? Contesta. Aunque Sakura intentó guardar la compostura, sin saber por qué, no podía contestar cuando se disponía a ello. –¿Dónde estás? Iré enseguida. –dijo Shaoran con evidente preocupación en su voz. Pero Sakura le colgó bruscamente para seguir llorando en el mirador, con el único sonido de los graznidos de los cuervos.

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Kaho le dejó una nota a Kaito informándole de Shaoran. En ella afirmaba que Shaoran no evidenciaba ningún comportamiento sospechoso. Pero Kaito no se creía nada. Para él, era evidente que Kaho intentaba proteger a su ex novio.

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Kaho entró en el salón canino Mon Ange. Por la mañana había seguido a Shaoran porque su comportamiento le parecía un poco extraño, a pesar de la nota que le dejó a Kaito. Como lo vio entrar al salón canino, decidió entrar. Quizás aquel lugar le proporcionara los datos que le faltaban sobre la actitud de Shaoran. Quizás averiguara quién era la chica con la que lo había visto ya dos veces. –Hola, ¿qué desea? –preguntó Tomoyo recibiendo a la nueva clienta. –Hola, quería saber si Shaoran Li ha estado aquí. –dijo Kaho, que sabía de sobras que la respuesta era afirmativa. –¿Y por qué viene? –Disculpe, ¿quién es usted? –preguntó Tomoyo. –Soy su novia.

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Shaoran se había quedado muy preocupado por Sakura, pero no sabía dónde ir a buscarla. No estaba ni en el salón canino ni tampoco en el hospital, donde se suponía que había avisado que iba a estar. Después, tras la llamada, sabía que algo la atormentaba. Siempre había sido amable con él y de repente le colgó de forma muy brusca. El hilo de sus pensamientos se rompió por el tono del móvil. –Soy Hirata. –dijo el forense jubilado con el que se reunió Shaoran. En el informe policial del caso de los pastelitos envenenados sólo aparecía su nombre, y al menos, debía aparecer también el de los detectives encargados del caso. Aquello había llamado la atención de Shaoran y por eso lo localizó para que le dijera quién estuvo a cargo del caso de hacía quince años. Lamentablemente, cuando se reunieron, Hirata fue incapaz de recordarlo. –He recordado quién es el detective responsable del caso de los pastelitos envenenados y que acudió a la escena del crimen. –¿En serio?¿De quién se trata? –preguntó Shaoran. –El agente Tamura participó en la investigación, pero el responsable de la investigación fue tu mentor: Wei Wang. Continuará…
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