ID de la obra: 1563

Las olimpiadas de CityCalithi

Gen
G
Congelada
5
Tamaño:
63 páginas, 23.596 palabras, 20 capítulos
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Capítulo 3: El primer susto

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—Chicos. —Y ojalá y se atrevan a hacerlo de nuevo, pero esa vez no seré tan considerado. Les torcere el... —Chicos... —... Pero para ese entonces ya estaremos muertos así que no importará, porque... —¡Chicos! Por fin Eli calló su repertorio que ya tenía traumados a los demás y atendió los ahogados chillidos de J. Pero ya era tarde, cuando menos lo pensaron vieron frente a ellos a un pequeño humanoide de piel verdosa, quizá por vivir tanto tiempo en los árboles, con una máscara de madera con ojos alargados y plumas verdes. Estaba ahí, de pie frente a ellos inmóvil completamente, sólo los observaba. Pero eso era suficiente para causar terror en los seis hombres. —¿Creen que sería conveniente atacar? — murmuró con su voz profunda el castaño Geoff al que el arco se le había resbalado de las temblorosas manos y que solo sostenía la flecha como si fuera una espada. —No, propongo una retirada estratégica, seguiremos nuestro camino sin darle la espalda —sentenció Eli aferrándose a sus barras de metal. Por supuesto, el miedo pudo más que los sabios consejos de Eli. Earl le lanzó varias bolas de fuego a la cara al fascinante nativo y Geoff intentó infructuosamente apuntarle y derribarlo a flechazos sin el arco, solo lanzando las flechas a lo loco. Pero el nativo ni siquiera se movió, principalmente porque ningún ataque le dio, y los hombres, al ver inútiles sus métodos de defensa, desistieron. —Es nuestro fin —escupió en un murmullo el mayor. El ser verdoso profirió un profundo ruido como el de un dilyeridú. Los seis hombres intercambiaron miradas dándose cuenta de que nada relevante ocurrió después de ese grito musical. Pero no pudieron cantar victoria ya que de todos los árboles empezaron a bajar miles y miles de humanoides verdosos como el ya presente con mascaras iguales que vociferaban los ruidos profundos en distintas notas que al oírse en conjunto eran insoportables y obligaban a la banda a cubrirse los oídos. —A correr —chillaron ellos emprendiendo la vertiginosa carrera de escape hacia adelante. —¡Corran, eso no les servirá para nada!— gritó la alcaldesa que miraba el escenario desde las cámaras de seguridad en el coliseo, mientras todo era transmitido a las pantallas del pueblo. Todos reían viendo a los pobres hombres correr despavoridos siendo perseguidos por la masa de cosas verdes que corrían en cuatro patas a por ellos. Desde la perspectiva de los chicos no era tan bonita tal persecución. Tony lanzaba sus bombas a lo loco pero estas explotaban cuando los aborígenes ya las habían pisoteado y dejado atrás, por lo que no tenían ningún efecto. Geoff, que no tenía tiempo para apuntar con su arco, solo corría con Layne del brazo, él si quería probar el filo de su espada pero el castaño no lo dejaba. Earl e Eli tampoco tenían tanta suerte con sus armas pues los humanoides parecían inmunes al fuego y de nada le servirían las barras de metal que funcionaban mejor en el combate cuerpo a cuerpo. Ya todo parecía perdido hasta que los chicos fueron atrapados uno a uno por unas manos que literalmente los succionaron hacia el suelo. De la tierra salió una uniformada con un cañón de nieve que congeló a la primera fila de humanoides que osaron acercarse. Al ver a sus hermanos convertidos en estatuas escarchadas los demás aborígenes se dieron a la fuga tan rápido como sus pies les permitieron. Al introducirse de nuevo al suelo la joven mujer se encontró con los asustados voiceplay. Traía una máscara anti gas y un traje pegado al cuerpo con un pico colgado de un costado. Todos la miraban con el corazón en la boca, así de asustados estaban los chicos al verla. Cuando los pasos presurosos de los aborígenes se hicieron nada más que un acompasado eco en la lejanía, la enmascarada salvadora se sacó esa molesta cosa de la cabeza descubriendo su cabello oscuro y su flequillo. —¡Rachel! —gritó Eli saltando y envolviendo a la mujer en un apretado abrazo al que se sumaron los demás miembros de la banda. —No es para tanto, solo los vi en apuros y decidí salvarles el pellejo —dijo esta sintiéndose asfixiada por los hombres. —Siempre tan oportuna —suspiró aliviado Geoff soltándola. —Es que te daría un beso si no estuviera casado —exclamó Layne. —Yo si te besaría, pero también estoy casado —resaltó Earl. —Yo te invitaría a cenar, pero ya me has rechazado mucho —bromeó entre risas Tony recordando las cachetadas que sus mejillas recibieron de Rachel en otros tiempos. —Yo estoy completamente libre y sin compromisos —se jactó el único de piel oscura mirándola coqueto. —Y yo estoy casada y tú eres feo. Otra vez todos reían, era bueno que por lo menos pudieran seguir riendo como amigos de una tontería luego de hace un momento estar gritando y casi llorando. —Bien chicos, les diré algo antes de irme y dejarlos dormir —les dijo ella pasándose una mano nerviosamente por el cabello— ¡Usen esas armas! o las perderán y les prometo que lo que viene es peor, si un grupo de aborígenes es mucho para ustedes, quizá no sobrevivan. Layne tragó en seco estremeciéndose ante esa idea— Ahora tendré pesadillas —se encogió abrazando sus piernas con terror. —Lay, tú eres el que tiene la espada —le recordó Reachael riendo— Geoff, ese arco confía en tí sólo falta que tú también lo hagas. Tony, te habrás dado cuenta de que hay nuevas bombas en tus cinturones, úsalas sabiamente genio, debes calcular el tiro, la distancia, tu objetivo, el viento, y aprende rápido que tampoco tienes toda la vida. Earl, lanza las bolas de fuego cuando se tornen verdes, es cuando su potencia y calor es mayor. Jnone, no tienes idea del poder y la precisión que llega a tener tu bumerán si lo lanzas como debe ser. Eli...— hizo una pausa para mirar al mayor que contenía el aliento en espera de algún factible consejo, pero este no llegó. —Descansen, yo debo irme. —Pero Reachael, ¿Qué pasa si nos vuelven a atacar? ¿y porque te vas? —dijo alarmado Geoff. —De ustedes depende salir con vida, ciao ciao y suerte. Reacheal se fue por el túnel contrario al que estaban los chicos. Todos repararon en los consejos de la azabache con el flequillo, todos menos Eli que sostenía las barras de metal frente a su rostro. ¿Acaso no había nada mágico que hacer con ellos... además de golpear? Dentro de algunas horas lo sabría.
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