Las olimpiadas de CityCalithi

Gen
G
Congelada
5
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63 páginas, 23.596 palabras, 20 capítulos
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Capítulo 8: Una ayuda inesperada

Ajustes
Tras incrustar los dos mangos en las barras de metal no ocurrió nada extraordinario más que la mirada desorbitada de los otros cinco chicos que desde atrás también miraba la escena. Cuando Eli tomó entre sus manos sus dos barras de metal sintió como si estas temblaran ante su contacto, como si estuvieran vivas y lo reconocieran. Toonks sonrió de medio lado y se puso en pie— Eli —le llamó para que este se pusiera en pie también— Creías que no podías pelear junto con tus compañeros porque tus armas eran las peores —la voz gruesa del hombre los intimidaba a todos resonando en sus pechos como el retumbar de un tambor, a pesar de ser una voz normal. —Mírame cuando te hablo. Así. Sé que darías todo por ellos así como ellos por ti también morirían mil veces... Pero debes pensar en ti, ¿Qué tal si alguien viene y te apunta con una de estas? —Toonks le apuntó con su escopeta directo a la cara— ¿...y te dispara?— continuó jalando del gatillo tres veces. Ocurrió algo muy raro, para Eli el tiempo empezó a ir más lento, vio las balas y su trayectoria y también vio como estas cortaban el aire con dirección a su frente. Sintió el mismo cosquilleo en sus palmas que hace unos segundos y pareció que lo siguiente que hizo ocurrió por pura inercia. Como si fuera instintivo Eli alzó sus barras de metal girándolas entre sus manos creando una barrera entre él y las balas que rebotaron en varias direcciones. Tony, Geoff, Earl, Layne y Jnone actuaron también por instinto y se pusieron frente a Eli listos para hacer tragar lodo a Toonks, el mismo que sonreía de lado con arrogancia por haber ganado. —Ya están listos, espero que sean un buen dolor de cabeza para la estirada alcaldesa —dijo guardando su escopeta y retirándose sin nada más que decir. Eli salió de entre sus compañeros sonriendo muy agradecido. —¡Toonks...! ¡Gracias!— le dijo y este sólo asintió volviendo a las montañas. —¿Qué acaba de ocurrir? —pensó en voz alta Jnone guardando su bumerán en su nueva bolsa de pelo de conejo-ave. —Supongo que ahora tenemos un nuevo aliado —sonrió Earl bajando sus ojos a sus guantes y nuevos anillos. Enbreve amanecería, por lo que luego de varias risas de Layne y de burlas de Earl hacia el gruñón Tony y de que Geoff comentara lo hermoso que era su arco con las cosas azules y doradas, emprendieron otra vez el camino llevándose el pez dentro del morral de bolsa de conejo-ave de Jnone, que por cierto parecía más amable y agradable con los chicos. Eli silbaba mientras trotaba suavemente más feliz que nunca, era seguido por un Tony bailarín y un Layne muerto de risa. Geoff y Earl bromeaban ciertas tonterías en las que Jnone no podía parar de contradecir mientras reía también. Parecía un día de campo y no un campo de batalla. Llegaron a un inhóspito paraje cuando el sol ya estaba sobre ellos. Se abría ante ellos un campo repleto de hojarasca y enredadera, que trepaba por sobre varias estatuas rotas sobresalientes del terreno. Brazos, cabezas y miembros de granito y piedra se alzaban de la tierra y formaban laberintos entre sus dedos. Parecían gigantes petrificados y conociendo la temática de el mundo en el que estaban a lo mejor se trataba de una guerra entre gigantescos monstruos de roca y los perdedores eran esos mismos derrotados seres destrozados. Por su puesto que los chicos ya estaban tomando estas cosas con humor y ya no tanto con la precaución de antes. Solo bastaba con conocerles para saber que Earl se pondría a juguetear sobre la cabeza de una mole de granito imitando su expresión; que Layne se caería de la risa y que Geoff se exasperaría por no poder detener a J de colgarse de la nariz rota de otra estatua. Tony y Eli también reían con las torpezas de Earl y J, pero se mantenían al tanto de los sonidos y movimientos a su alrededor, debían estar alerta por si algo dejaba de ser divertido. Eso no tardó en suceder, pero no de la manera que esperaban. Jnone vió algo moverse entre la yerba que estaba bajo una mano de piedra a la que le faltaban algunos dedos, estaba más o menos alzada sin tocar por completo el suelo por lo que cualquiera de los chicos cabria ahí. Su experiencia con las serpientes marinas le dijo que no podía permanecer más tiempo ahí parado. Tony lanzó un agudo grito acompañado por el de Jnone al caerle encima y derribarlo. —¡Cobarde! —le acusó el ojos claros cuando entendió lo que pasó. —¡Ja! Por lo menos yo no grito como niña. —Pero actúas como una, quítate. Eli se acercó a donde la yerba se había movido y con ayuda de sus barras de metal, de las cuales no se separaba nunca, hizo a un lado las zarzas. Había una trampilla bajo la mano de una de las mismas estatuas. —Ni se les ocurra —dijo señalando la trampilla— Ya es suficiente con todo lo que hay en la superficie, no quiero ni imaginar lo que habrá debajo. J se acercó con Earl a un paso, Layne tiró de la anilla y la abrió. Geoff se asomó pero con el arco y flecha bien preparados por si algo le saltaba a la cara. Ese era su miedo ciertamente, que algo le atacara en su parte favorita de su cuerpo. La abertura era oscura y se veía profunda. —Oh vamos —exclamó luego de confirmar que nada le saltaría a la cara— Estamos aquí para vivir al máximo o morir en el intento ¿Qué es lo peor que puede pasar? —¿Quién vota por ir? —sugirió Layne con lodo en el cabello y una gran sonrisa de aventurero. Todos muy entusiasmados alzaron la mano, menos Eli. Este último suspiró derrotado.— Sólo espero que no nos trague ningún monstruo o bestia salvaje. Geoff quiso ser el primero en entrar y cuando los demás le cedieron el paso, respiró hondo una vez y se dejó caer de cabeza dentro. Los demás escucharon el golpe seco al caer al fondo. —Estoy bien —dijo y todos suspiraron aliviados— ¿Qué esperan? No hay nada malo aquí, ni siquiera es tan profundo. —Sigo sin estar seguro —replanteó Eli negando al ver a sus compañeros saltar adentro. —Hermano, deja de ser tan aguafiestas —le regañó J riéndose aun de la caída de Geoff. —¡Auch! —se escuchó chillar desde adentro cuando saltó luego que Earl. Tras la sonora risa de Layne y los quejidos dolorosos de Earl, se lanzó Tony con más precaución que los demás, pero fue inútil ya que los otros cayeron sobre los demás, es decir, cayeron en algo blando, al contrario de él que lo único que lo recibió fue el duro suelo. —Gracias chicos, por atraparme —gruñó entre dientes levantándose lentamente. —De nada —Dijeron al unísono sin importarles la cara de fastidio del de ojos claros. —Esto es una muy mala idea —recalcó Eli saltando junto con J que por alguna razón ya no estaba asustado.— Nada bueno saldrá de esto, se los aseguro.
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