Capítulo 18: Doce horas
28 de diciembre de 2025, 17:22
Layne y Tony seguían discutiendo cuando Geoff despertó. Sentía como si le hubieran dado en la cabeza con un mazo en repetidas ocasiones, por supuesto que eso no había pasado, pero así lo sentía él. Lentamente, los recuerdos tomaron coherencia en su mente y pudo ver la sucesión de acontecimientos con bastante claridad mientras luchaba por soportar el dolor de cabeza. La gruta bajo la mano del coloso de piedra, los seres felinos, la cárcel que era en realidad una bodega, Emoni, el polvo que se le metió en la boca al ser tirado contra el suelo, las armas en el guardia, la cúpula rompiéndose, el monstruo... lo recordaba todo hasta cierto punto, todo se volvía confuso después.
Abrió los ojos, o eso creyó él, porque la oscuridad que lo rodeaba era tal que lo hizo dudar de si veía o no. Y se halló repentinamente en pánico al pensar en que no sabía donde estaba ni si sus amigos estaban bien o era él el único sobreviviente. Esa idea le golpeó el pecho con un dolor más fuerte que el de su cabeza. Ante la confusión inicial, sus sentidos empezaron a regresar. Olía a tierra mojada y agujas de pino. Oía la lluvia, truenos y voces, medio lejanas, medio cercanas, eran conocidas, pero no tenía idea de quienes eran hasta que reconoció una risa que le transmitía sensaciones de camaradería y bienestar: Layne.
—... no me comeré eso. —decía una voz con cierto tono de fastidio: Tony.
—Pues tendrás que hacerlo —se reía Layne.
—¿De verdad no quedó nada en la bolsa? Mira el fondo.
—No, ya revisé tres veces.
—Si es otra bromita tuya... —amenazó.
—No, hermano, puedo jurarlo si quieres.
—¿Entonces porqué te ríes?
Geoff descubrió que estaba sobre un lecho de hojarasca que picaba y era incómodo en muchos sentidos. También sintió el rudimentario vendaje alrededor de su cabeza y agradeció seguir vivo y escuchar a dos de sus amigos estar igual de bien.
—¿No puedo estar feliz porque sí?
—No si me estás ofreciendo una rata medio cocinada para comer, hermano. Es decir... tengo limites ¿No creas que tengo derecho a sospechar siquiera?
Su interlocutor soltó otra risa larga y contagiosa— ¿es que el principito teme ensuciarse las manos?
—Ah ¿me retas? Porque eso cambia las cosas.
Layne se echó a reír una vez más— te reto formalmente a que no puedes darle una mordida.
Se hizo un silencio entre ambos en el que Tony pareció pensárselo seriamente— pero Layne... esta maldición ni siquiera está bien cocinada.
—¿Es que tienes miedo?
—¿A una intoxicación? pues si, hombre —esta vez ambos rieron.
Geoff, aliviado en parte porque dos de sus amigos estaban bien, trató de incorporarse. Necesitaba saber qué pasaba, que había pasado y porqué estaban en esa oscuridad con la lluvia afuera sonando con tanta fuerza. Y, lo más importante, ¿Dónde estaban Eli, Earl y J? Su cabeza no había dejado de doler con pulsaciones intermitentes de vez en cuando, no obstante creyó que debía dar muestras de que estaba bien para que Layne y Tony le prestaran atención a él y dejaran lo que sea que estaban haciendo y diciendo. Descubrió que fue mala idea cuando el dolor se intensificó al incorporase. Soltó un quejido bajo que hizo que los dos voltearan en su dirección.
—Bienvenido de regreso, Geoff —le murmuró Tony.
—Creímos que te habíamos perdido, viejo —le saludó con emoción Layne, arrodillándose al lado de su camastro improvisado.
—San pedro les envía saludos. —bromeó él y Layne echó la cabeza hacia atrás para reírse— ¿Dónde estamos?
—En un refugio. —le dijo Tony— bastante modesto, pero aceptable.
—Es impermeable, eso nos bastó —asintió Layne.
—¿De qué estaban hablando hace un momento?
—Layne quería envenenarme —acusó Tony mirando de reojo al otro hombre.
—Oh Dios, que dramático eres, solo quería hacerte una broma.
—¡Ah! ¡Lo admitiste! —le dio un golpe en el brazo, amistoso, porque ambos rieron, no obstante Layne se agarró el brazo con un gesto de cierto dolor. Pero eso no le impidió seguir riendo.
—Chicos, no hablen tan alto, por favor, mi cabeza sigue doliendo.
Los otros dos bajaron la voz y pusieron al día a Geoff con los pormenores. La roca que le había dado en la cabeza, el heroísmo de Earl y la forma en la que Eli había ideado salvarlo a él y a ellos dos, prometiendo reencontrarse pronto. Tony habló de como Dark había venido en medio de la lluvia y le había revelado que sus amigos estaban bien, hambrientos, pero bien. Que la alcaldesa había dado esas doce horas de "descanso" en forma de premio para que ellos se pudiesen reunir de nuevo y que Dark les había instado a ir en busca de Eli y los demás tan pronto despertara Geoff.
—También nos ha explicado que todo esto es como en los juegos del hambre, —continuó Layne— así de loco, hermano, y que literalmente hay espectadores viéndonos las veinticuatro horas. Según las cosas que hagamos, nos dan pequeños premios, lo que pasó en la cueva de los felinos, mereció una medicina para ti. Por eso estás mejor.
—¿Cómo...? —esto era imposible de creer— ¿Qué cosa?
—Mira, no hay tiempo para explicar. —empezó Tony, pellizcándose el puente de nariz— ¿Puedes caminar?
Geoff se encogió de hombros— Si caminamos lento y alguien me ayuda, supongo que si.
—Entonces arriba, hombre.
Por otro lado Eli se retorcía las manos mientras masticaba rápidamente y sin saborear los trozos de pan duro que Earl había sacado de un cajón. J seguía inclinado de cara hacia el fuego, absorbiendo todo el calor posible, llevándose rebanadas de cecina a la boca de vez en cuando. Estaba cercano a un ataque de nervios, pero se controlaba, la preocupación era demasiada. Cuando Dark había intervenido en la casa y les había dicho todo, estuvieron a nada de no creerle, pero Eli sabía que era una esperanza a la que deberían aferrarse. Sabía que Geoff estaba herido aun, pero que se le había administrado una medicina.
—Ya deberían haber regresado.
—No comas ansias. —le dijo con la boca llena, Earl— aún falta media hora para que...
—Chicos —exclamó J, en un rincón. Se había puesto de pie de un salto y había derribado a Eli que pasaba a su lado en ese momento— Dios, lo siento, Eli. Pero esto es importante ¡miren! ¡Miren por la ventana!
Earl y J pusieron en pie a Eli y le sacudieron el polvo mientras él rodaba los ojos. Los tres fueron a la ventana a tiempo para que vislumbrasen la sombra que se acercaba a la puerta de la choza. No había mucha luz adentro, porque ellos temían que así como el anaranjado resplandor del fuego en la chimenea los hizo a ellos acercarse, así podrían venir otros seres.
La puerta de la choza se abrió de golpe y un personaje trillado hizo su aparición. Los chicos lo observaron con atención, boquiabiertos, hasta que después de unos segundos comprendieron quien era. Estaba vestido bastante estrafalariamente, pero era reconocible en cualquier sitio.
—¡John Pinto! —exclamó Eli.
Él les sonrió de lado— ¿Qué tal, chicos?
Todos se acercaron para darle una calurosa bienvenida, aun sorprendidos por la idea de tener otro compañero cantante en esa pesadilla. No obstante, todos reían alegres de tener a alguien más a su favor. Con este chico, ya eran tres personas que la alcaldesa les concedía para apoyarlos en sus desventuras. Eli le ofreció asiento a John, porque el chico parecía en algún sentido bastante cansado.
—Es bueno volver a verlos, chicos. —les sonrió calmadamente— este mundo es peor que el infierno.
—Puedo decir lo mismo. —asintió J— no tienes idea de la cantidad de monstruos que hay por doquier.
—Ya me han puesto al tanto de todo —asintió el joven— sé la cantidad de monstruos que han querido detenerlos, chicos y quiero felicitarlos. He visto algunas de las grabaciones de sus peleas con el wendigo, la serpiente marina y aquel monstruo en la cueva. Han sido muy valientes, no sé como no han manchado sus pantalones.
Earl desvió la mirada y tomó el trozo de pan duro que Eli había dejado caer cuando J lo empujó.
—Espera... ¿Porqué estás aquí, John? —se le ocurrió preguntar a Eli— según he estado pensando, hay un patrón en las apariciones de Rachel y Emoni, ambas vinieron cuando estábamos en apuros. Y justo ahora, no está pasando nada realmente importante.
—Cierto —secundó j con el ceño fruncido por la extrañeza que le producía la situación— es decir, Layne, Geoff y Tony están bien. Dark nos lo dijo, hay que esperar a que vengan, pero ya sabemos que están fuera de peligro.
—Estoy aquí porque necesitan más ayuda de la que creen. —les dijo John cruzando una pierna y tomando un trozo de la cecina que le ofrecía Eli— La alcaldesa les ha concedido doce horas sin monstruos. Lo han estado haciendo mejor de lo que todos esperábamos. La alcaldesa planeaba subir cada vez más la dificultad de las olimpiadas hasta matarlos. Pero el pueblo mítico de Citycalithi se ha rebelado, las apuestas están a favor de ustedes. Pero eso no significa que los haya perdonado por estar viviendo por tanto tiempo. Quiere matarlos, chicos, estos son los juegos de CityCalithi menos sangrientos que se han vistos, según me dijeron, y la alcaldesa está decidida a destruirlos.
Un pesado silencio calló entre ellos. Los chicos intercambiaron miradas entre ellos.
—Perdónenme si no soy la ayuda que esperaban. Solo estoy aquí de paso —se disculpó John cuando vio las reacciones de todos, mordiéndose ligeramente el labio inferior— solo puedo seguir con ustedes un poco más. Miren, y escúchenme atentamente.
Les explicó que estaban a mitad de camino entre el inicio de la ciudad de citycalithi y el final. El objetivo de los juegos era, antes que la diversión de la alcaldesa y el pueblo, llegar al otro lado de la ciudad. Si conseguían llegar serían recompensados recibiendo lo que más querían: volver a sus vidas normales. Si lograban llegar todos sin que faltase ninguno, serían recompensados grandemente.
Eli pensó inmediatamente en Layne, Tony y Geoff.
—Dark me explicó que estas doce horas deben tomarlas para hacer un plan para llegar lo antes posible al otro lado. Antes de que la alcaldesa los destruya de verdad.