Amor de verano

Femslash
PG-13
En progreso
5
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planificada Mini, escritos 43 páginas, 15.533 palabras, 15 capítulos
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El resto del día transcurrió despacio y cargado de un nerviosismo infantil. Se distrajo dando un paseo por la zona, sorprendiéndose con cada edificio nuevo que aparecía ante ella, lo observaba y trataba de descubrir qué había allí antes y cómo era. Era extraño, pero en cierto modo gratificante. Comió en un restaurante italiano nuevo y mató el resto del tiempo viendo la tele en la habitación de la pensión. Rebuscó en su equipaje algo más de vestir que un vestido para la playa, no sabía a qué lugar pretendía llevarla Esther, pero ir como una pordiosera no era apropiado para ningún lugar, a menos que fuera un descampado. Se dio cuenta de una cosa, lo que había sacado del piso que compartía con Albert, era todo ropa con valor sentimental. No había pensado en coger ropa de vestir. —Bien por ti, Laia —se reprendió observando las piezas sobre la cama. Tenía unos tejanos negros que había comprado en uno de sus viajes con Albert, le encantaban porque le recordaban a la maravillosa noche que habían pasado en un minúsculo refugio de montaña. No eran elegantes, pero el negro siempre se veía lo suficientemente formal. Tenía también una camisa que le había regalado su cuñada, Matilde, su bonito tono azul celeste hacía destacar las pequeñas florecitas bordadas. Tendría que pensar en comprar algo que fuese más práctico y menos emocional. Quedaba media hora, si no se daba prisa acabaría llegando tarde. Se vistió. Miró su reflejo en el espejo, se había cortado el pelo hacía un par de meses, siempre había cuidado mucho su imagen, adoraba su larga cabellera, pero Albert siempre se quejaba porque se enredaba con sus mechones y, al final, se lo había cortado a la altura de los hombros para, en cierto sentido, complacerlo. Ahora maldecía el momento en el que había tomado esa decisión y aún más viendo cómo habían acabado. Si aún tuviera el pelo largo se haría algún recogido bonito, sin embargo, con aquella medida podía hacer más bien poco. Lo dejó suelto. No usó maquillaje, nunca le había gustado mucho hacerlo, estaba bien así. Dejó la habitación cuando el reloj marcaba que faltaban escasos quince minutos para su cita. El punto de encuentro estaba a unos diez minutos, pero no podía entretenerse, había prometido ser puntual. A aquella hora la calle estaba mucho más animada. Había niños jugando en la calle con sus padres, grupitos de adolescentes charlando y riendo, gente mayor en los bancos disfrutando del aire fresco de última hora de la tarde. Laia subió la cuesta, las escaleras, rodeó la iglesia y se aventuró al parque en el que más adolescentes pasaban el rato antes de cenar. Hubo un tiempo en el que ella hacía lo mismo, la nostalgia se extendió por su piel. —Bien, eres puntual. —No me alabes, casi llego tarde. Sin embargo, a Esther no pareció importarle. Ya no llevaba los pantalones cortos ni la camiseta de tirantes, si no un vestido corto de color rojo. A Esther siempre le habían gustado los colores vivos y le favorecían. Ya no era una niña, ninguna de las dos lo eran. —Espero que tengas hambre, porque vamos a tu restaurante preferido —soltó alegre. —¿De verdad? Esther asintió. Laia intentó recordar si, en algún momento, le había dicho cuál era su restaurante preferido, habían pasado tantos años que, aunque se lo hubiera contado, le parecía imposible que se acordase. —No pongas esa cara, está aquí al lado, no vas a morirte de hambre. «Aquí al lado» en un pueblo pequeño podía significar en cualquier lado. Sin embargo, lo decía de manera literal. Rodearon la iglesia, bajaron las escaleras y se detuvieron casi a mitad de cuesta. Las grandes puertas de madera estaban abiertas de par en par, el interior bien iluminado. Estaba igual a como lo recordaba. —Hola Quimet —saludó Esther—. ¿Cómo tienes lo de mi mesa para dos? Laia le reconoció. Era unos diez años mayor que ellas, su padre tenía un estanco en la entrada del pueblo, cuando era una cría le parecía muy guapo. —Está lista, la de siempre en la terraza interior. —Genial, eres el mejor, por eso me caes tan bien. Quimet rió cómodo y las siguió con la mirada hasta que cruzaron las puertas de cristal. Se sentaron junto al pozo, miraron la carta y pidieron su cena en cuanto la camarera se acercó a ellas. —Dime, ¿qué te ha traído de vuelta? Laia la miró un poco incómoda, le dio un trago a su copa de vino y suspiró. —Necesitaba paz. Y este es el último lugar en el que me sentí en paz. —¿Estrés? —No exactamente. —Puedes contármelo si te apetece —musitó Esther—. No voy a juzgarte. En sus ojos había preocupación y ella necesitaba desahogarse con otra cosa que su almohada. —Me enamoré de un tío, Albert —soltó dándose cuenta de lo anodino que era lo que estaba diciendo—. Él… yo… No sé muy bien por dónde empezar. —¿Qué tipo de persona es ese Albert? —Creía que era un hombre fantástico, pero ha resultado no serlo. Laia guardó silencio cuando las cocas humeantes llegaron a su mesa. Le dio otro trago a su copa de vino. —Yo tenía diecinueve, él veinticuatro. Me enamoré de él como una idiota —lo dijo de golpe como si temiese perder el valor para seguir hablando—. Todo era mágico, bonito, cómodo, agradable… A mi madre no le gustaba ni un poquito. Esther enarcó las cejas. Recordaba a la madre de Laia, era dura, estricta y no existía nadie que le pareciese lo suficientemente bueno para ella. A Esther nunca le había caído bien y le sorprendía que Laia fuese tan opuesta a la mujer que la había criado y educado. —Me dijo que si quería seguir con él podía coger mis cosas y largarme, que no iba a tolerarlo. Y yo lo hice. »Con veinte años me fui a vivir con él, busqué un trabajo que compaginar con los estudios y de alguna manera sobrevivimos. »Yo… —Suspiró al darse cuenta, por primera vez, que había estado cargando con un peso que no le correspondía, que Albert tenía un puesto de trabajo y un sueldo estupendos gracias a los que podrían haber vivido la mar de cómodos mientras ella acababa sus estudios—. Fui una idiota. He pasado los últimos diez años de mi vida con un tío que se ha aprovechado de mí económicamente, un tío que me ha aislado del mundo y que no valía la pena. —Diez años, mi relación más larga ha durado tres —musitó Esther con tono distendido—. ¿Qué ha hecho que te des cuenta? —Volví a casa y me lo encontré con otra en el sofá. La mano de Esther se congeló en el aire con la comida a medio camino entre el plato y su boca. —Menudo hijo de puta —sentenció antes de llenarse la boca—. Míralo así, tú no has perdido nada, es él quién lo ha perdido. Eres joven, somos jóvenes, tienes toda la vida por delante y hay una cantidad increíble de gente por el mundo que le da mil vueltas a ese imbécil. No le conozco, pero no necesito conocerlo para saber que no merece que pierdas un segundo más pensando en él. —Ya… Trabajaba en la empresa de uno de sus mejores amigos, me despidió, por eso volví a casa pronto, por eso le pillé. Estaba furiosa por el despido, pero gracias a él ahora sé que me estaba engañando. »Me fui de casa, pasé la noche en un hotel de mala muerte y por la mañana fui a casa de mi madre. Realmente no sé qué es lo que esperaba que pasase, pero no me dejó entrar. Me dejó en la calle como una idiota y me senté en la portería como si fuera un perro abandonado. »Estaba tan desesperada. De repente me di cuenta de que estaba completamente sola, que no tenía ningún amigo o amiga a quien recurrir que, con el tiempo, su círculo de amistades había borrado al mío. —¿Y entonces te acordaste de este rincón del mundo? Asintió, probó la comida. Empezar a hablar le había abierto el apetito por primera vez desde el día en que todo empezó a derrumbarse a su alrededor. Estaba delicioso, tal y como lo recordaba. —No podía dormir y salió La Riera en un reportaje sobre modernismo. Supe que tenía que volver, que aquí, al menos, podría encontrar un poco de paz. —Bien hecho. Aquí paz hay para dar y regalar. —Dejemos a los hombres imbéciles, háblame de ti, ¿qué ha sido de tu vida en estos años? Esther le sonrió y se echó hacia adelante. —Prepárate, porque va a ser apasionante. Laia esperaba que lo fuera, sería una novedad en su vida.
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