Amor de verano

Femslash
PG-13
En progreso
5
Tamaño:
planificada Mini, escritos 43 páginas, 15.533 palabras, 15 capítulos
Descripción:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
Compartir:
5 Me gusta 1 Comentarios 0 Para la colección Descargar

5

Ajustes

5

Esther soltó una risita y le dio un largo trago a su copa de vino, nerviosa ante las expectativas que ella misma había creado. Al parecer en eso tampoco había cambiado, seguía siendo la chiquilla extravertida, pero algo insegura y tímida. —Acabé el insti, me matriculé en la uni y la hora y pico en tren de ida y la de vuelta estaban acabando conmigo —canturreó con aquel tono despreocupado—. La parte buena es que me deba tiempo a leer un montón de libros. Laia rió. Si existía alguien en el mundo capaz de encontrarle el lado bueno a que el transporte público te drene la vida a diario esa era, sin duda, Esther. —Y un día me dije: Esther, imagínate poder dormir dos horas más cada día y llegar a casa a una hora decente. —Soltó otra risita infantil—. Y como siempre había querido irme a vivir a la ciudad vi las puertas del cielo abiertas ante mí. »Al principio estuvo bien, me sentía bastante libre, pero con el paso de los meses me fui arrepintiendo. Me dije que tenía que aguantar hasta acabar la carrera y ¿sabes qué? —¿Qué? —Que no lo conseguí. Una mañana me levanté, me preparé el desayuno, me vestí y salí del piso dispuesta a meterme en ese infierno que los de ciudad llamáis metro. Me dio un ataque de pánico en un vagón abarrotado en plena hora punta. »Algunas personas se interesaron por mí, me ayudaron a bajar, pero las caras de enfado de los que llegaban tarde a algún lado me hicieron darme cuenta de que eso no era para mí. »¿Cómo de muerto por dentro tienes que estar como para que sólo te importe la hora a la que llegas al trabajo? Aquella era una de las cosas que la propia Laia se preguntaba, ¿en qué momento la gente renunciaba a su humanidad a cambio de un sueldo más o menos alto? —La gente vive demasiado deprisa para preocuparse por el de al lado. —Eso no pasa en los pueblos —determinó Esther encogiéndose de hombros—. Aquello fue lo que me empujó a volver aquí, aunque no lo único. »Aquel día conocí a alguien, nos hicimos amigas y un día surgió la chispa. La chispa. Laia se dio cuenta de que nunca la había oído hablar de ningún chico que le gustase. Igual debería de haberse dado cuenta de que su interés iba en otra dirección y que una sociedad, aún plagada de tabús, le había impedido decirlo en voz alta. El no haberse dado cuenta debía de convertirla en una mala amiga. La risa de Esther volvió a sonar, esta vez con timidez y acompañada de unas mejillas ruborizadas. —Sí, me gustan las mujeres —declaró con naturalidad—. La cuestión es que me enamoré como una cría, pero no salió bien porque ella no estaba preparada para que el mundo lo supiera. —¿Qué quieres decir? —Bueno. Ya sabes. Me presentaba como su amiga. Siempre era su amiga y al principio no me importaba, sin embargo, con el paso del tiempo me empezó a resultar muy cargante. Lo hablé con ella, por supuesto, pero nada cambió. Intentó ponerse en su piel, imaginar esa relación a escondidas, sintiéndose como si fuera algo de lo que avergonzarse. Seguramente, en su lugar, Laia se habría enfurecido, su carácter era más volátil y tenía mucha menos paciencia. —En fin, que le dije que si íbamos a seguir de aquella manera lo mejor era dejarlo y ella me contestó con un sencillo «vale». Vale. Como si le hubiese preguntado si le apetecía tomar un café. Me sentí ridícula e irrelevante. »Así que cogí mis trastos y mis sueños de vivir en la gran ciudad y volví a casa. No parecía apesadumbrada por ello si no todo lo contrario, se le veía aliviada y no pudo evitar envidiarla por ser capaz de recomponerse de aquella manera. —La verdad es que soy un desastre con las relaciones. —Las relaciones son complicadas. —Bueno, no dejo que eso me afecte. Por ahí habrá alguna mujer perfecta para mí. Laia acompañó su carcajada con una risa contenida. No se sentía incómoda, ni violentada por ello, al revés, se sentía bien con aquel tema de conversación. —Cuando volví empecé a trabajar en el supermercado de mis padres, pero ahora trabajo en la heladería de La Riera. —¿No has buscado trabajo relacionado con lo que has estudiado? —Magisterio —soltó y se encogió de hombros—. Me siento muy a gusto con lo que estoy haciendo. No es el trabajo perfecto, pero me siento muy cómoda haciéndolo. —Entonces me alegro por ti. —En serio. Cuando lo digo la gente no me toma en serio —susurró en confidencia—. Creen que me he conformado con eso porque me da miedo enfrentarme a un grupo de niños salvajes porque hui de la ciudad y eso, por lo que se ve, me convierte en alguien frágil. —¿Frágil? ¿Tú? Eres la persona más fuerte que he conocido jamás. —Igual tampoco es para tanto, pero no soy frágil y, desde luego, no tengo miedo. No sé, sólo me apetece estar tranquila, ¿tan malo es eso? No lo era y Laia la comprendía. Estar cómoda era importante, sobre todo, en un mundo en el que todo va siempre tan deprisa y vives en una competición constante por demostrar que eres válida para la tarea más minúscula. —No, es magnífico. Todos deberíamos hacer lo mismo, cuidar más de nosotros mismos. Laia se apresuró a cambiar de tema, no porque estuviera incómoda con ello, sino porque acababa de darse cuenta de que jamás se había preocupado por sí misma. Siempre le aconsejaba a todo el mundo que se cuidase, que hiciese aquello que le hacía feliz, pero llegado el momento de aplicárselo nunca lo hacía. Priorizaba el bienestar de los demás al suyo. Por eso se había cortado el pelo para complacer a Albert. Se enfadó consigo misma por haberse maltratado así. Apuró su copa de vino de un trago y se sirvió más bajo la atenta mirada de Esther que le sonrió sin juzgarla. Tenía que cambiar tantas cosas en su vida…
5 Me gusta 1 Comentarios 0 Para la colección Descargar
Comentarios (0)