6
Aquella noche, estirada en la cama de la pensión mirando al techo sin poder dormir, Laia se dio cuenta de algo: no había vivido su propia vida. Era un poco triste descubrirlo durante una cena con alguien a quien no veía desde hacía catorce años. Pero gracias a Esther había abierto los ojos. Siempre había intentado encajar en un molde que le resultaba incómodo, estando en sitios en los que se le esperaba, relacionándose con personas que la dejaban vacía. Flotando a la deriva como una medusa arrastrada por la corriente. Laia había tirado a la basura sus primeros treinta años viviendo como se esperaba y no como ella deseaba. Igual, lo de Albert, no era tan malo. Había puesto en marcha el mecanismo para redirigir su vida, para vivir la que ella deseaba y no la que los otros querían. Por primera vez en años, mirando el techo de una vieja habitación de una pensión, se preguntó qué quería hacer ella y se dio cuenta de que quería hacer muchas cosas. Durmió del tirón, se despertó tarde sintiéndose bien. Se dio una buena ducha, se peinó, se vistió y salió a la calle dispuesta a encontrar algo para desayunar. Encontró una panadería a la que habían añadido un espacio de cafetería y le pareció un buen lugar. Pidió un café con leche y una ensaimada que devoró con parsimonia con la mente ocupada en el camino que pensaba seguir pasado aquellos días para sí misma. Laia había estudiado económicas, algo que odiaba, pero que tenía buena salida. No se quejaba porque le abría muchas puertas, sin embargo, no se parecía en nada a su vocación, a lo que sentía que deseaba hacer. Recordaba su sueño infantil de ser veterinaria y el momento en el que viró a algo menos científico. Al empezar en el instituto se dio cuenta de que las humanidades le llamaban mucho más la atención que, de hecho, le habría encantado estudiar algo relacionado con la filología o la historia. Aunque al final, por supuesto, la corriente de la presión social y familiar, la habían arrastrado a económicas. Sabía que no le costaría demasiado encontrar otro trabajo, pero ¿sería uno que le interesase? O ¿uno que la empujase de nuevo hacia la Laia que no quería seguir siendo? Soltando un suspiro se levantó de la silla y pasó por caja para pagar su consumición. Estaba intentando correr antes de haber aprendido a andar. Tenía que ir poco a poco. Primero se recuperaría, reencontrándose consigo misma. Segundo encontrar un piso en el que vivir. Tercero volver a la casa que había compartido con Albert para recuperar sus cosas. Y por último reconstruir su vida. Tenía ahorros, además podría cobrar la prestación por desempleo, así que podía permitirse pasar unos meses sin trabajar buscando el cauce correcto de su vida. Echó a andar y sus pasos la llevaron al lugar en el que confluía todas las calles, la Riera. Pensó automáticamente en Esther que trabajaba en la heladería, no sabía qué horario hacía, podía asomarse y ver si estaba, aunque no podría fingir que era algo casual y no quería que pensase que era una acechadora psicópata. —Un helado, hace calor —susurró. Tenía una excusa perfecta, comprar helado no la marcaba como una psicópata, sólo como una turista acalorada. Bueno, bien, de acuerdo, podía hacerlo. Cruzó la carretera y la sobrecogió la breve altura del bordillo, como un recordatorio de que el tiempo todo lo cambia. Se olvidó del bordillo y se concentró en el cartel de color crema y letras negras que anunciaba helados artesanales. Se concentró en la pizarra de la entrada donde se promocionaba el sabor del día «cereza» y las recomendaciones. Las burlas de un niño en el interior llamaron su atención, Laia se asomó con curiosidad justo en el momento en el que una niña arrancaba un llanto desconsolado. Dos adultos, que supuso eran los padres de las criaturas, intentaban reconducir la situación a aguas más tranquilas sin éxito. —No le hagas caso. ¿Sabes una cosa? —Reconoció la voz de Esther sin necesidad de verla—. El de fresa también es mi preferido. Comprendió que estaba agachada ofreciéndole su helado a la niña que lloraba hasta hacía unos segundos por las burlas de su hermano mayor. La niña lo tomó con emoción y salió al trote de la heladería mientras, sus padres, le pagaban al hombre tras la barra para después guiar a su hijo al exterior de morros. Esther se incorporó, le sonrió al verla sin dar muestras de considerarla una acosadora psicópata. —Mentirosa —susurró en cuanto los padres de la niña salieron también—. Recuerdo que siempre decías que el helado de fresa te daba asco. —Y me lo da —contestó riendo animada—, pero ella no tiene porque saberlo y nadie debería burlarse de ti por tu sabor de helado preferido. »Iván, esta es Laia, ¿te acuerdas de ella? Él la miró con curiosidad, uno poco como si acabara de darse cuenta de su existencia. Iván, ella conocía a un Iván que era cuatro o cinco años mayor que ella y tenía un hermano de su edad, de nombre Marcos, que siempre estaba pegado a ella. —Sí, me acuerdo, mi hermano no paraba de hablar de ella, igual que tú esta mañana. Sintió una súbita vergüenza. Solía permanecer junto a Marcos con la esperanza de ver a Iván, tal vez aquel hombre que ahora tenía delante había sido su primer amor. Se preguntó si se lo habría contado a Esther alguna vez, pero no logró recordarlo. —Dios mío, Iván, no te habría reconocido. ¿Cómo está Marcos? —Él está… bien. Creo. Esther, rauda como el viento, se plantó frente a ella, al otro lado de las vitrinas y señaló los contenedores de helado. —¿Cuál te apetece? ¿Aún te gusta el de vainilla? Tenemos uno de vainilla con nueces que vuelve loco a todo aquel que lo prueba. —También tenemos sabores más atrevidos como el de regaliz —continuó Iván arrastrado por el entusiasmo de Esther—. Los preparamos nosotros mismos. Si te apetece probar uno dilo, así podrás elegir mejor. —Gracias, lo cierto es que acabo de desayunar. —No seas tímida —soltó Esther tendiéndole una cucharita de plástico rosa con helado de regaliz—, te encantarán. La aceptó bajo la atenta mirada de Iván. El sabor era extraño y atípico, pero le gustó más de lo que esperaba. —También tenemos café si te apetece más —murmuró Iván y Laia aceptó tomarse otro.6
21 de enero de 2026, 13:58