7
Resultó que las mañanas eran insultantemente tranquilas, por lo que los tres acabaron sentados en la terraza compartiendo cafés y charlando de los viejos tiempos. Iván nunca había pertenecido al grupo, él tenía su propia pandilla, pero no le importaba hablar con ellos cuando los planes de los suyos no le interesaban, eso había marcado una grata diferencia entre él y el resto. Laia le recordaba como una persona amable y discreta, también como a uno de los chicos más guapos por el que muchas de sus amigas suspiraban. Laia se dio cuenta de que cada vez que preguntaba por Marcos, Esther, encontraba la manera de cambiar de tema. No dijo nada, pero era raro y en cuanto se le presentase la ocasión pensaba preguntarle por ello. La ocasión se le presentó mucho más rápido de lo que esperaba en forma de clientes. Iván se levantó con su sonrisa radiante dispuesto a atenderles. —¿Qué pasa con Marcos? —preguntó en un susurro Laia. —¿Qué pasa con él? —Cada vez que lo menciono cambias de tema. —Oh, te has dado cuenta —musitó como si fuera la reina del disimulo—. Es que Marcos se largó e Iván está un poco sensible con eso. —¿Sensible? —Digamos que la cosa acabó muy mal. Iván es un tío genial y no quiero que tenga que remover la mierda. Laia asintió comprensiva, aunque deseaba saber qué había pasado. Recordaba a Marcos como un chico tranquilo y algo pegajoso, amable y considerado. ¿Qué podría haberse torcido tanto para ocasionar un desastre? Iván se sentó de nuevo con su bonita sonrisa. —¿Cómo sienta lo de volver a este rincón del mundo? —Es agradable. Echaba de menos este ritmo tranquilo. —Te entiendo. Cuando estuve estudiando en Italia vivía agobiado por el ritmo, fue un alivio volver. —¿Estudiaste en Italia? Iván rió. Su risa, como la Esther, estaba cargada de esa tranquilidad de quien vive a gusto con lo que le rodea. —Hacer helados no consiste en echar cosas aleatorias en un contenedor, meterlas en el congelador y esperar un milagro. —Sí, me lo imagino. —Iván estudió en la academia más importante de Roma. Laia sintió que Esther se lo estaba vendiendo como si pudiera acabar siendo el hombre de su vida, aunque ella no estaba interesada en él. Era pronto para amores, Albert seguía enredado en su pecho asfixiándola y recordándole la escena del sofá. Sacudió la cabeza deseando apartarlo de su mente, Albert ya no pintaba nada allí, no quería que siguiera condicionando su vida. —Tuvo que ser toda una experiencia. —Ya te lo contaré si te interesa. —Iván miró el reloj y suspiró—. Es casi la hora de comer, puedes irte ya, Esther, si aparece alguien ya le atenderé yo. —Como quieras. —Hazme un favor —continuó. Esther que se había levantado como una exhalación le miró con curiosidad—. Ya que vas para tu casa, acércate al restaurante de Júlia y pregúntale si necesita que le adelante el pedido de trufas y helado. Sé que tienen una fiesta de cumpleaños el sábado, no tengo ganas de acabar corriendo. —Sí, claro, sin problema. Os dejo. —Espera —rogó Laia, volvió a detenerse—, te acompaño. Tengo que buscar un sitio para comer. La mirada de Esther viajó de ella a Iván cono si buscase alguna respuesta mágica en él, se encogió de hombros y volvió a sonreír con aquella despreocupación suya. —Muy bien, pues vamos. Se sintió un poco extraña, como si Esther no quisiera caminar con ella. Tal vez no le había gustado que pasara a verla por su puesto de trabajo, quizás estaba siendo demasiado invasiva y se estaba haciendo pesada. Esther era el único vínculo con la vida que dedeaba vivir que le quedaba. —Lo siento —musitó de repente—. ¿He sido demasiado obvia? ¿Por eso has decidido venir conmigo? —¿Qué? —Iván. No la entendió, Esther suspiró sin dejar de caminar ni voltear a mirarla. —A Iván le gustabas mucho cuando pasabas los veranos aquí, me ha preguntado por ti muchísimas veces y, cuando le dije que habías vuelto se le iluminaron los ojos —confesó sin un ápice de timidez en la voz—. Sé que a ti también te gustaba él. He pensado que, si os dejaba solos, igual lograbais reconstruir vuestra vida juntos. —No juegues a las casamenteras conmigo. Después de lo de Albert no me apetece mucho intentar algo con un tío. —Lo siento, no debería de haberlo hecho. No podía enfadarse con ella por eso. —Gracias, igualmente. —Es aquí —susurró señalando una elegante puerta de madera y cristal—. Entra conmigo, así podrás ver la carta. El interior permanecía fresco gracias al aire acondicionado, la decoración era rústica, pero tenía un cierto toque moderno que llamaba bastante la atención. Laia cogió la carta que Esther le ofrecía y la curioseó mientras ella hablaba con la dueña. Era algo parecido a una brasería, pero no había nada que le apeteciera especialmente, así que cerró la carta y la dejó sobre las demás como si nunca hubiera estado entre sus manos. Siempre podía volver al italiano del día anterior, aunque la idea de repetir pasta o pedir una pizza no le entusiasmaba demasiado. Salió a la calle junto a Esther acusando el contraste térmico. —¿Nada que te guste? —Nada que me apetezca. Ayer comí en el italiano, ¿hay algo más por aquí cerca? —Pues... está el frankfurt un poco más arriba, un chino justo antes de llegar al instituto... ¿qué tipo de comida te apetece? Abrió la boca para contestar, pero volvió a cerrarla, en realidad no lo sabía. Igual el problema no era la comida si no que no quería estar sola. —Te vas a reír, pero cuando venía en el tren no podía dejar de pensar en que me encantaría comer en el restaurante de tus tíos. Esther rió con suavidad. Laia había podido comprobar que estaba cerrado y abandonado. No era el mejor restaurante del mundo, no tenía una gran variedad de platos, pero a ella le encantaba por el ambiente y por estar pegado a la playa. Allí había conocido a Esther cuando apenas tenían cuatro años. —Bueno, igual podemos arreglar algo, si no te importa comer conmigo. No le importaba, no quería estar sola.7
22 de enero de 2026, 13:31