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Esther vivía en el mismo edificio que cuando eran niñas, la única diferencia era que, en vez de la planta de arriba, lo hacía en la de abajo. Era un piso sorprendentemente grande con una terraza llena de plantas de todo tipo. —Estás en tu casa —declaró dejando algo para picar sobre la mesa y una jarra de agua fría—, come lo que quieras ahora vengo. Laia se quedó allí, prácticamente inmóvil. Esther era muy confiada. Hacía catorce años que no se veían, podría ser una ladrona o una asesina en serie y ella la había dejado entrar como si no hubiesen perdido el contacto y siguieran siendo las mejores amigas del universo. —Tieta, ¿te acuerdas de Laia? Se puso en pie de un salto haciendo que la silla se tambalease. Aquella mujer, ahora anciana, había sido muy importante en su infancia. Ir a su restaurante los sábados suponía una rutina maravillosa que rompía la sensación de frustración de tener siempre encima a una madre demasiado estricta. —La nena de la doce. Carne de la playa y patatas fritas —musitó. Cuando era niña, por algún motivo infantil y absurdo, la palabra «lomo» la repelía, así que aquella mujer, en una jugada maestra, le había dicho «no es lomo, es carne de la playa, ya verás como te encantará» y le había encantado, porque la tía de Esther tenía una mano mágica para la cocina y el toque ahumado de prepararlo a la brasa había sido un plus. Dudó en si acercarse a ella, sin embargo, la mujer recortó la distancia y la abrazó con fuerza. —Estás igual, nena. —Usted sí que está igual, me alegra mucho volver a verla. —He invitado a Laia a comer, espero que no te importe. —Donde comen dos, comen tres —determinó. Y, al parecer, había hecho comida suficiente para cuatro personas. Una gran fuente con ensalada, arroz, pescado de playa y flanes caseros. Era fácil cerrar los ojos e imaginar que estaba en el restaurante frente a la playa. Durante aquella comida, Laia, despejó algunas dudas que tenía sobre Esther. Cuando eran pequeñas sus padres apenas estaban por allí, Laia, imaginaba que debía ser, lo que los adultos denominaban, gente de negocios. Nunca le había preguntado, por timidez o por dejadez. Ahora descubría que su padre era de Lisboa, que pasaba largas temporadas allí, por asuntos propios, y que su mujer había decidido acompañarle dejando atrás a su hija, que se había criado con su tía, la tieta. Resultaba que Esther estaba acostumbrada a dejar ir a la gente y a recibirla de vuelta con los brazos abiertos como si nunca se hubiesen ido. Conformándose con ser algo así como el premio de consolación. Se sintió mal por haberla dejado atrás y no haber pensado en escribirle ni una sola vez ni volver antes, aunque fuese para pasar un fin de semana. Para ella nunca había sido el premio de consolación o el segundo plato, había sido su mejor amiga. A pesar de la infancia solitaria no se había vuelto desconfiada, ni rencorosa, siempre estaba dispuesta a retomar la relación previa y a perdonar cosas que, para otros, serían motivo suficiente como para mandarte a la mierda sin billete de vuelta. Mientras Esther atendía una llamada la tieta le explicó que, aquella noche de hacía catorce años, tras decirle a Esther que su madre no iba a llevarla más al pueblo porque cerraban el campin y no pensaba buscar otro, había entrado en casa desanimada y, a oscuras, se habían sentado en el sofá a llorar como si el mundo fuera a acabarse de verdad. Esther era la única persona con la que había congeniado rápido, la única con la que se había sentido realmente en paz y cómoda. Nunca había sentido la presión de cumplir ningún tipo de expectativa con ella. Se odió a sí misma por haberla dejado atrás acallando su recuerdo cada vez que trataba de aflorar. Tal vez si no la hubiera dejado atrás su vida sería mucho mejor, aunque eso era algo que nunca podría saber. Después de comer salieron de nuevo a la calle, desandando el camino para regresar a la heladería que Esther tenía que abrir a las tres. El sol pegaba con fuerza, seguramente por eso, no había ni un alma en la calle. —¿Qué planes tienes para esta tarde? —le preguntó de repente. —No lo sé, puede que me acerque a la playa. —Genial, deberías hacerlo. El mar es curativo. —Oye, Esther. ¿Aún tienes relación con los del grupo de entonces? Sacudió la cabeza agitando su melena atrapada en una coleta alta. —Cris y yo nos vemos a veces, Dani se marchó a no sé dónde, Laura tiene una familia y pasa de todo... —Suspiró con pesar logrando que se arrepintiese de haber preguntado—. La única persona con la que sigo teniendo relación es Iván. »Cuando te fuiste hubo como una hecatombe. Acabé quedándome prácticamente sola. —¿Por qué? —inquirió sorprendida. —Porque te echaba de menos, no les apetecía escucharme hablar de la amiga que se había ido y desaparecido dejándome atrás. Sintió aquellas palabras como una puñalada entre las costillas. Esther dejó escapar aquella risita infantil y miró al suelo con timidez. —Ha sonado fatal, lo siento, no pretendía que sonase como un reproche. —No. Yo lo siento. —La abrazó con fuerza consciente de cuánto la había herido con su actitud de entonces. Tenía todo el derecho del mundo a reprochárselo—. Cuando comprendí que mi madre no pensaba volver a aquí y que yo no podría hacerlo sola, no fui capaz de escribirte. Era más fácil fingir que no existíais ni tú ni este sitio. Era una cría estúpida, lo siento mucho. —No pasa nada, estás aquí ahora. —No volveré a desaparecer, te lo prometo. —Si lo que quieres es helado gratis para el resto de la vida tendrás que camelarte a Iván, yo sólo trabajo ahí, no tengo poder sobre el helado —bromeó y aquel tono distendido las hizo reír. En aquel momento se dio cuenta de que, a lo mejor, Esther no había sido sólo una buena amiga.8
25 de enero de 2026, 15:18