9
Laia pasó los siguientes días recorriendo el pueblo, haciendo alguna pequeña caminata por la montaña. Compró algo de ropa y un par de libros con los que entretenerse mientras tomaba el sol en la playa. Procuró darle espacio a Esther, al fin y al cabo, tenía su propia vida y no necesitaba a una vieja amiga pegada a ella todo el día como si fueran siamesas. Iba a buscarla a la hora de cierre de la noche y, sentadas en un banco al fresco, hablaban un rato de lo que habían hecho durante el día, comían helado y, algunos días, cenaban juntas en algún restaurante o en casa de Esther. Cerró el libro que leía sentada en la terraza de su habitación y revisó la hora. Eran casi las diez, eso significaba que ya estarían recogiendo las cosas para cerrar. Cambió la ropa de playa por algo un poco más adecuado y recorrió la corta distancia entre la pensión y la heladería. Aún había algunos clientes sentados en la terraza apurando sus consumiciones, también algunos adolescentes en el interior comprando cucuruchos y tarrinas mientras reían de cualquier tontería. En la acera de enfrente esperó hasta que los clientes de la terraza entraron a pagar, se sorprendió al ver a Iván salir para recoger las copas de helado vacías y las botellas de agua porque era Esther la encargada de ello. Cruzó para acercarse a él que la miró con una sonrisa amable. —Esther no está. Laia se sintió decepcionada, se habían despedido con un «hasta mañana». Se recompuso. Temió que le hubiera pasado algo. —Tranquila, no es grave —continuó Iván, supuso que había notado como su decepción demudaba en preocupación—. No se encontraba muy bien y la he mandado a casa a descansar. —No me ha dicho nada. —¿Quieres un café o un helado? Podemos hablar un rato. —Sí, de acuerdo. Ayudó a Iván a acabar de recoger las cosas de la terraza y se acomodaron dentro del local con la persiana a medio bajar. El interior estaba fresco gracias al aire acondicionado, la radio reproducía la canción del verano de hacía unos cuantos años. Le plantó delante una bola de helado de vainilla bañado en café solo y él se puso un par de bolas de helado de regaliz que, al parecer, era la especialidad de la casa. —Esther me ha contado que estás aquí de paso porque has tenido algunos problemas. —Es un buen eufemismo para decir que pillé a mi ex montándoselo con otra y que mi jefe me despidió, sí. Iván rió, aunque no era algo divertido, Laia lo hizo también. —Ella nunca lo diría así, es más sutil. —Es la realidad, no hay porqué esconderla. —Recuerdo que cuando éramos unos críos no te parecías en nada al resto. No corrías arriba y abajo tratando de que nadie se fijase en ti —explicó con un tono que no alcanzaba a comprender—. Eras preciosa e interesante. Por un momento creyó que iba a declarársele, se sintió incómoda. Trató de calcular cuánto tenía que agacharse para huir por la persiana a medio bajar. Él habló de nuevo: —También que siempre estabais juntas, erais inseparables. Y eso llamaba la atención de todo el mundo. —Era mi mejor amiga. La miró con intensidad. —Cuando Esther salió del armario la martirizaron por lo unida que estaba a ti —continuó como si no la hubiera oído—. Todo se volvió burlas y gente dándole la espalda. Iván guardó silencio. Suspiró. —Mira, no quiero parecer cruel ni mala persona —empezó a decir dejando de remover el helado—, pero desapareciste de la noche a la mañana y ahora estás aquí de nuevo como si nada hubiera ocurrido. Igual crees que me meto donde no me llaman, pero Esther es amiga mía también. Laia asintió despacio sintiéndose como si la estuvieran regañando por haber robado galletas. —Si tu intención es la de volver a desaparecer te pido que cortes la relación ahora. No se merece volver a pasar por todo el silencio y la preocupación constantes. —Iván la miró con seriedad—. Eres importante para ella, ¿lo entiendes? —También lo es para mí —contestó con la sensación de que se estaba perdiendo algún detalle importante. —¿Por qué? ¿Por qué te has quedado sola y necesitas a alguien que te apoye? Se sintió casi ofendida, aunque era fácil suponer que desde fuera se veía justamente así. Estaba sola y herida, acercarse a alguien que le consolase y diera amor era lo normal, algo que haría cualquiera. Sin embargo, no era sólo eso, había algo más que aún no lograba comprender y definir. —No es eso —musitó con una serenidad que no sentía—. Es cierto que me siento apoyada y que lo necesito, pero... Suspiró al darse cuenta de lo infantil y ridículo que iba a sonar lo que estaba a punto de decir; no obstante, no quería dejar espacio para dudas en ese sentido. No quería que Iván creyese que se estaba aprovechando de Esther, ni que sólo buscaba un apoyo al que desechar cuando ya no lo necesitase. Ahora que se habían reencontrado no pensaba volver a dejarla atrás, la distancia y las dificultades ya no eran las mismas. —Desde que me fui hasta que la reencontré sentí un vacío. Como si tuviera un agujero en el corazón. Como si hubiera estado viviendo con el piloto automático hasta que me la encontré en los columpios. »Y me dirás que es absurdo o que podría haber hecho más. Pero cuando me fui de aquí me pasé semanas desconsolada, no podía pensar ni en escribirle porque estaba segura de que si recibía respuesta el vacío tras leerla sería aún más intenso. »No quería perderla tras cada carta. No quería dejar de tenerla a mi lado. —¿Te gustaba? —¿Qué? —inquirió desconcertada. —¿Te gustaba Esther? ¿Estabas enamorada de ella? ¿Es eso lo que intentas decirme? Laia quiso contestar que no, que eran amigas, sin embargo, guardó silencio. ¿Amigas? ¿Eso es lo que eran?9
26 de enero de 2026, 13:33