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Laia pasó la noche estirada en la cama con la mirada clavada en el techo sin poder conciliar el sueño. La culpa no era del café, sino de las palabras de Iván que seguían haciendo eco en su memoria. «¿Te gustaba Esther? ¿Estabas enamorada de ella? ¿Es eso lo que intentas decirme?» ¿Era eso lo que había intentado expresar? ¿Era aquello lo que había sentido por ella? ¿Había estado disfrazando de amistad el enamoramiento? ¿Había algo más oculto entre las sombras de una vida llena de exigencias abusivas? Intentó recordar aquellos días largos y calurosos, a la Laia y la Esther de entonces, la relación estrecha y las horas de confidencias. Las noches sentadas en una barca puesta boca abajo sobre el arena de la playa. Los días más felices de su vida. El tiempo a su lado volaba a un ritmo mucho más rápido de lo que lo hacía junto a cualquier otra persona. La comprensión sin necesidad de palabras. La comodidad. Las ganas de verla. La necesidad de tenerla cerca. La paz a su lado. Quiso atrapar todas aquellas sensaciones y emociones, también ponerles un nombre concreto sin éxito. ¿Le gustaba Esther en aquel entonces? ¿Era eso lo que significaba aquella calidez que le invadía el pecho estando con ella? ¿Amor? ¿Atracción? ¿Las había sentido por ella? Ella siempre se había considerado una de esas personas estándar, dentro de su género y con la orientación sexual alineada con lo que la gente retrógrada consideraba "normal y natural". Nada a destacar, sólo una persona hetero más en un océano de personas cortadas por el mismo patrón. No obstante, Iván la había hecho dudar. Se acordó de un instante borroso de su infancia en el que había declarado que, una compañera de su clase de preescolar, era su novia y la consiguiente regañina porque las niñas tenían novios, no novias. Se recordaba a sí misma pequeña y confundida con esa idea de no poder elegir con auténtica libertad quién era su pareja. El preguntarle constantemente por un "novio" había acallado el resto de ideas, como si cualquier cosa fuera del molde de lo esperado debiera de ser eliminada. Tal vez había absorbido aquella lección como un escudo para evitarse discusiones incómodas o debates absurdos, dispuesta a mimetizarse con ello para no acabar enzarzada en batallas perdidas que la agotasen. Quizás tras aquella máxima había escondido a la Laia real para protegerla de un daño que no quería ni podía soportar. La Laia de entonces lo único que quería era huir de posibles conflictos, que bajaran las expectativas sobre ella, que la dejasen en paz, que ni la vieran. Sólo quería que la dejasen ser y existir. La posibilidad de haberse estado escondiendo de sí misma la atosigó. Si lo había hecho era porque se estaba juzgando por cosas por las que no debería de hacerlo. Que se estaba privando de su propia libertad. Se sentía confusa en todo, menos en que Esther era lo más valioso que había existido en su vida, aunque pareciese absurdo, si le apetecía meterse en un coche siendo una niña era por la perspectiva de verla. El mundo, en cierto sentido, empezaba y acababa en ella. La posibilidad de haber sentido algo más que una amistad por ella empezó a tomar forma. Pero ¿era real o algo provocado por tres preguntas saliendo de la boca de otra persona? Dejó a un lado a Esther. Intentó pensar en si alguna vez se había sentido atraída por otra mujer. Podía recordar haberse maravillado con la belleza de alguna chica o tener algún tipo de fascinación secreta con una modelo que era bastante famosa. Aunque desde que Albert había entrado en su vida había dejado de ver nada más. «Maldito seas» pensó tratando de apartarlo de su cabeza. En cuanto bajaba la guardia volvía a asaltarle con sus vibrantes ojos verdes. Aquellos ojos que le habían cortado la respiración las primeras veces, aunque no le parecían tan cálidos como los negros de Esther. Eso era así, siempre lo había sido, no estaba motivado por las tres preguntas de Iván; era una realidad, quizá incómoda, pero realidad al fin y al cabo. Se dio cuenta de que le daba miedo descubrir que Iván tenía razón. Eso cambiaría su vida por completo, saldría de aquella comodidad que le confería ser normal y tendría que enfrentarse a un mundo lleno de gente imbécil y corta de miras. Aunque, por otro lado, puede que aliviase esa constante sensación de desasosiego que la perseguía desde los trece o catorce años. A lo mejor llevaba toda su vida empujándose hacia un camino marcado, pero que no quería seguir, torturando a la Laia que buscaba ser libre, silenciándose sin piedad. ¿Cómo podía descubrirlo sin delatarse? ¿Existía un modo de hacerlo? ¿Había una manera de nadar y salvar la ropa? No, no la había. El debate consigo misma no estaba llevándola a ninguna parte. Sería más sencillo prestarse más atención en adelante, escucharse a sí misma y no reprimirse para seguir un camino preestablecido. Algo que le daba miedo, pero a lo que debía enfrentarse si quería hacerse con las riendas de su vida. La Laia que había ido a buscar allí era la persona alegre que un día fue, la que seguiría adelante tenía que encontrar su propio camino abrazándose a sí misma y permitiéndose la libertad que le pertenecía. Hallaría sus propias respuestas. También daría con sus sentimientos por Esther. Fuera cual fuera la respuesta la aceptaría, se aceptaría, y no tenía por qué compartirla con Iván. No era asunto suyo por más que fuese amigo de Esther. —Habría sido más fácil que te me hubieras declarado —farfulló en la oscuridad. De Iván podía huir, de ella misma no.10
27 de enero de 2026, 16:40