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La noche en blanco la dejó agotada y confundida. Pasó la mañana en la playa intentando desconectar y olvidar las tres preguntas de Iván, volver al momento anterior al haber aceptado tomar un café con él a solas. No funcionó. Ni siquiera consiguió leer un par de páginas sin que las preguntas o Esther cruzasen por su cabeza desconcentrándola. Era desesperante. Comió, de nuevo, en el italiano. Paseó por la zona, subiendo hasta la iglesia grande y la más importante del pueblo, se acercó al campo de futbol que estaba justo al lado. Seguía siendo un campo de tierra con sus gradas de cemento desnudo. Estaba desierto, aún era temprano para que hubiera alguien entrenando. Había pasado muchas tardes allí, animando al equipo de fútbol local e invadiendo el campo durante los descansos. Habían sido buenos tiempos, las largas charlas con los amigos y la rivalidad absurda con los hinchas del equipo contrario. ¿Qué habría sido de toda aquella gente? ¿Recordarían aquellos fabulosos días al pasar por allí? Miró el camino de tierra que ascendía por la montaña y decidió seguirlo un rato. Las últimas casas salpicaban el camino sin asfaltar para desembocar en un mar de pinos que tapaban el sol. El sendero polvoriento y serpenteante ascendía varios kilómetros. En su adolescencia lo había subido cargada con su mochila y una tienda de campaña dispuesta a pasar la noche en la explanada que todos llamaban “La Cruz”, era un espacio donde se celebraba un festival de verano, también dónde los jóvenes acampaban una noche de verano, algo que ya no recordaba cuando se celebraba. Podría ir hasta allí, sola, enfrentarse a un posible cambio. Sin embargo, prefirió tomar el desvío que llevaba hacia el castillo. Cuando subiera allí quería estar segura de estar preparada para lo que se encontrase, allí le habían dado su primer beso con quince años, había sido uno de los chicos del campin, alto, guapo y que sólo hablaba holandés. Ella tenía ocho y él diez cuando se conocieron, verano tras verano se encontraban, de algún modo habían conectado y acabaron gustándose. Tres días después de aquel primer beso, él y su familia habían regresado a Ámsterdam y no volvieron nunca. Era un recuerdo bonito, pero también triste. Tras una caminata de algo más de cuatro kilómetros, llegó al castillo que estaba vallado y era imposible de ver. Le dio un poco de pena, porque pasear por allí y ver el majestuoso castillo era una maravilla. Sabía que lo habían comprado y rehabilitado, que una parte funcionaba como hotel de lujo y que también servía de plató para alguna películas y series históricas. Se detuvo un instante, en la frontera entre la parte alta del pueblo y la última fila de pinos, para disfrutar de la mezcla de aire cálido y fresco. Revisó la hora en el móvil, aún era pronto, un poco más abajo había un bar, descansaría un poco tomando un café. ¿Qué iba a hacer? ¿Acudiría a su cita a la hora de cierre con Esther? ¿Tenía fuerzas para hacerlo? ¿podía volver a enfrentarse a Iván? A lo mejor Esther no estaría trabajando, si estaba enferma era posible que tardase un par de días en regresar, era natural. Si se presentaba en la heladería y no estaba allí, debería de acercarse a su casa, teniendo en cuenta que sabía dónde vivía, sería lo más correcto. Revisó de nuevo la hora en el móvil comprobando que era casi la hora del cierre, pagó su consumición. Dio un rodeó para apurar un poco más el tiempo y subió por La Riera hasta quedar casi frente a frente con la heladería. Quedaban tres mesas ocupadas, aunque parecía que en el interior no había ningún cliente. Tenía miedo de asomarse y ver a Iván, incluso de ver a Esther. No sabía si quería ver a ninguno de los dos, pero no pensaba volver a desaparecer sin dejar rastro. Esther no lo merecía. Si Esther no estaba por allí se marcharía fingiendo ni haber pasado, no le apetecía volver a tener una conversación incómoda que desatase otra noche en blanco. Se aseguró de permanecer en un ángulo muerto desde el que no ser vista y esperó. Los clientes de una de las mesas se levantaron entre risas y desaparecieron. Laia contuvo la respiración aguardando que alguien saliera a recoger las copas y a limpiar la mesa. Fue Esther la que apareció con su sonrisa alegre e infantil, se sintió aliviada al comprobar que estaba bien. El verla le dio el valor suficiente como para acercarse. —Hola, Esther. —¡Ah! Laia —saludó abandonando la bayeta sobre la mesa—. Creía que no te vería, es tan tarde… Estaba segura de que habías hecho planes por ahí con alguien. —Lo único que he hecho ha sido hacer la vaga. La risita de Esther sonó cálida y nítida coreada por unas sillas al moverse. —Hasta mañana, Esther —pronunció uno de los clientes. —Hasta mañana. Laia miró, por encima del hombro, el interior de la heladería. Estaba desierta. —¿No está Iván? Esther miró a dentro como si tuviera que comprobarlo antes de responder. —No, como ayer me dio el día libre le he dicho que hoy cerraba yo. —Pasé por aquí y me dijo que estabas enferma. —Es un exagerado —musitó alegre, aunque puso los ojos en blanco—. Sólo me dolía un poco la cabeza. Creo que piensa que soy una pobre niña tonta e indefensa. —Te aprecia. Quizá por eso le había hecho aquellas tres preguntas, porque quería a Esther y odiaba la idea de que alguien pudiera romperle el corazón. No dijo nada, pero ahora estaba convencida de que le había dado el día libre para tener la ocasión de enfrentarla a solas. —Desde que Marcos se fue me trata como si fuera su hermana pequeña —replicó encogiéndose de hombros—. No me molesta, faltaría más, pero se preocupa en exceso por mí. La pareja de la última mesa se levantó también, se despidieron cortésmente de Esther y se alejaron. —¿Por qué no entras y te tomas algo mientras acabo de recoger esto? Así podremos hablar un rato tranquilas. Laia miró el interior dudando, pero finalmente entró.11
28 de enero de 2026, 14:19