Amor de verano

Femslash
PG-13
En progreso
5
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planificada Mini, escritos 43 páginas, 15.533 palabras, 15 capítulos
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Ajustes

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—¿Café o helado? —preguntó Esther desde detrás de la barra. —Helado. Como el día anterior la persiana estaba a medio bajar, el frescor del aire acondicionado era agradable. Estaba menos tensa, no necesitaba calcular la vía de escape, aún y así se sentía un poco incómoda a causa de las tres preguntas de Iván. —¿Te sientes mejor? —¿A qué te refieres? —atinó a preguntar, parecía que le había leído la mente. —Cuando nos encontramos el primer día, en los columpios, estabas hecha polvo —musitó Esther dejando las copas de helado sobre la mesa y sentándose a su lado—. Pero ahora se te ve mejor, un poco más como la Laia que recuerdo. —Sí, un poco sí. Estar aquí me está sentando bien. Había consumido la mitad del tiempo y sí, en cierto sentido, se estaba reencontrando con la persona que era antes de conocer a Albert. Aunque seguía lejos de sanar, eso iba a llevarle mucho tiempo, pero estaba dispuesta a lograrlo. —Me alegro mucho. ¿Has pensado en qué vas a hacer cuando vuelvas a la ciudad? —No lo sé, no estoy segura de querer volver. Los ojos oscuros de Esther se clavaron en ella, parecía sorprendida con aquella respuesta. Era una chica de ciudad, siempre lo había sido, era de las que estaban acostumbradas a ir siempre a toda prisa. Cambiar el ajetreo por la calma de un pueblo pequeño era raro e inusual, pero sí, Laia, necesitaba seguir inmersa en aquella calma. —¿Por qué no? —Porque no tengo ganas de volver a perderme en una marea sinsentido. —¿Y por qué no quieres volver a cruzarte con él? —Eso es fácil de evitar —contestó Laia encogiéndose de hombros—. Albert es un animal de costumbres, siempre va a los mismos sitios, a la misma hora y con la misma gente. Sé a qué lugares no acercarme para no cruzármelo. —Entonces lo tienes fácil. »¿A dónde irás cuando se acabe tu estancia en la pensión? —Tengo unos ahorros, he pensado en quedarme por aquí un poco más —explicó probando su helado—. No en la pensión, es demasiado cara. Había pensado en un campin o alquilar alguna de las casas de la montaña. —Estamos entrando en la temporada alta, un alquiler te puede salir caro. —Por eso he pensado en alejarme todo lo que pueda de la playa. Esther meneó la cabeza con suavidad. —Conozco a alguien que alquila la casa de su abuela, no quiere a turistas porque… bueno ya sabes como es la gente de por aquí a veces. —Laia lo recordaba, no eran racistas, pero no les gustaba tener a gente de fuera viviendo en sus casas, aunque sólo fueran unos meses. Eso incluía a extranjeros y autóctonos. Algo absurdo teniendo en cuenta que sobrevivían del turismo—. Puedo hablar con ella, explicarle la situación y conseguirte un precio decente. Bueno, si es que quieres. —Me harías un gran favor. —Hablaré con ella mañana, tengo el día libre. «¿Te gustaba Esther?» la voz de Iván resonó en su cabeza. No lo sabía, no era capaz de discernirlo. ¿Le gustaba ahora? Tampoco lo sabía. ¿Cómo podía llegar a descubrirlo? —Había pensado en hacer un poco de senderismo mañana —murmuró Laia viendo la puerta abierta—. Ya que tienes el día libre, ¿te apuntas? —¡Claro! Siempre me da pereza hacerlo sola, así que me viene perfecto. Acababa de jugar sucio. Sabía que a Esther la entusiasmaba la montaña, que dar largos paseos entre los pinos la llenaba de calma y de felicidad. Se estaba aprovechando de la situación, pero ¿para qué? ¿para descubrir sus propios sentimientos? ¿por necesidad? ¿por egoísmo? —Podemos desayunar juntas y elegir la ruta —soltó a toda velocidad, se echó hacia adelante en la silla y le sonrió—. Como la primera vez que conseguimos que tu madre te diera permiso para venir con nosotras. Había sido tan difícil de convencer. A pesar de ir acompañadas de adultos, era la única a la que nunca le daban permiso para asistir a aquellas excursiones. Acababa siempre sentada en la escalerilla de la caravana leyendo o mirando la nada, esperando a que el resto de sus amigas regresaran, aunque, cuando lo hacían, se sentía aislada y mal porque hablaban de una experiencia que ella no había vivido. Así que la primera vez que le permitió ir, con doce años, había sido como una gran victoria. La Laia aislada había pasado a ser la Laia emocionada e incluida en el grupo. —Será genial. Tras un rato más de charla para planificar la salida dejaron la heladería. Esther regresó a su casa. Laia entró en restaurante para cenar, cuando era pequeña era muy diferente, no recordaba qué tipo de comida hacían, pero sí las crepes que ya no ofrecían. Era un lugar informal y bastante concurrido, con las paredes llenas de mensajes manuscritos por la clientela venida de todos los rincones del mundo. La comida era deliciosa, definitivamente volvería a comer allí. Dio un corto paseo para bajar la comida y disfrutar del aire fresco de la noche antes de volver a la pensión. Estaba segura de que Esther estaba al día de las rutas que podían seguirse, al fin y al cabo, vivía allí, pero sentía la necesidad de curiosear por su cuenta. Se sentó en la terraza de su habitación curioseando en internet. Descubrió que existían algunas urbanizaciones nuevas, por lo que no todos los viejos senderos que recordaba seguían allí. Fue a la vez decepcionante y excitante. Buscó el camino que ella había recorrido, y dejado a mitad, con cierto nerviosismo por si descubría que desembocaba en una urbanización, sin embargo, se encontró con la explanada que recordaba. Se preguntó si Esther querría subir hasta allí, si podría proponérselo. Era un lugar cargado de significado, aunque estuviera lejos de ser bonito. Pasó unas cuantas horas más revisando el mapa por satélite, imaginándose mientras recorría todos los caminos siendo libre, viviendo sin prisa. La sorprendió la madrugada, enchufó el móvil y se estiró en la cama dispuesta a dormir y a levantarse fresca como una rosa. Estaba impaciente por aquella salida.
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