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Laia acudió al punto de encuentro cargada con una mochila pequeña en la que había metido un par de botellas de agua fría, unos sándwiches, alguna cosa para picar, el móvil y el monedero. Esther estaba sentada en una de las mesas a la sombra, con la mirada fija en un librito abierto frente a ella. Toda concentración, con una arruga marcada entre las cejas, como si estuviera estudiando para un examen dificilísimo. —Buenos días, ¿llego tarde? —¡No! Soy yo quien llega pronto —pronunció con tono cantarín—. He pedido café y tostadas, ¿te va bien? —Sí, fantástico. Esther hizo una seña hacia la puerta abierta del bar y casi al momento, el camarero, salió con el desayuno. Supuso que había pedido que esperasen hasta que llegase para llevarlo a la mesa. —¿Y ese libro? —Es del grupo excursionista, lo tengo desde que era pequeña. —Lo cerró con ímpetu y le enseñó la portada antes de volver a abrirlo sobre la mesa—. Estaba pensando cuál sería el mejor camino a seguir. »Han hecho muchas urbanizaciones para gente que viene de veraneo —explicó pasando el dedo por la página—, pero aún queda montaña. —Lo estuve viendo anoche por internet. —Dan ganas de llorar, ¿eh? Seguramente lo decía en un sentido literal, Laia asintió a pesar de no sentirlo con tanta intensidad. —He pensado que podríamos seguir este camino —musitó señalándolo—. Ya no se ve el castillo, levantaron un muro hace unos años, pero el camino está prácticamente igual. »Podemos pararnos a comer en La Cruz, ahora hay un merendero. Si quieres compramos unos bocadillos aquí o pan y embutido en el mercado. —He traído unos sándwiches de la panadería —declaró Laia sacándolos de la mochila—. Nada raro. Dos de fuet y dos de queso. —¡Qué previsora! Ella lo llamaría paranoia al desabastecimiento. En la ciudad podrías encontrar de todo en cada esquina, en un pueblo pequeño no. La perspectiva de pasar hambre desataba a la Laia urbanita y ansiosa. —También he traído agua, chocolatinas y alguna porquería más. —Creo que te voy a contratar como preparadora de excursiones. —¿Cuál es el plan para después de comer? Esther volvió a concentrarse en su mapa. Señaló La Cruz y deslizó el dedo sendero arriba hasta llegar al pueblo vecino. Era un poco más pequeño y estaba alejado del mar, pero en él se respiraba aquella misma serenidad. —He pensado que podríamos dar una vuelta por aquí. Recordar los tiempos en los que veníamos a animar al equipo y a robar madroños del árbol junto al pabellón, para no comérnoslos. —Tú animabas al equipo contrario. Esther soltó una carcajada. —Era por las animadoras, una de ellas era muy guapa y quería que se fijara en mí. Y ella no se había dado cuenta de nada. Se sentía estúpida y egoísta por no haberle prestado suficiente atención a la que había etiquetado como su mejor amiga. —¿Lo lograste? —No, pero nadie puede acusarme de no haberlo intentado. —Pues peor para ella. —Lo que decía —retomó sonriente—, damos una vuelta y podemos quedarnos a merendar por allí. Para bajar he pensado en usar este camino —declaró resiguiéndolo con la punta del dedo—. La hípica sigue allí, ¿aún te gustan los caballos? —Claro que sí. —Genial, pues cuando quieras no ponemos en marcha. Laia se levantó dispuesta para la aventura. Esther pagó el desayuno y ambas pasaron por el baño antes de subir las escaleras hacia la pequeña iglesia y rodear el parque en el que se habían reencontrado. En el mercado, Esther, se desvió a la izquierda y callejearon hasta la parte más moderna del pueblo para iniciar el ascenso. Miró a la izquierda a pesar de que ya sabía que no vería nada, le encantaría volver a ver el castillo. A medio camino se encontró con un enorme agujero excavado en la montaña y reforzado con hormigón, habían puesto unos pivotes rojos y blancos para que la gente despistada no se cayera. —Es por la riera. La canalizaron directamente en el pueblo, pero el agua seguía rebosando y saltando por encima de la nacional —explicó Esther dando unos toquecitos sobre uno de los pivotes—, al final decidieron empezar aquí, que es donde se juntan varios senderos, así cuando empieza a tomar fuerza ya va por debajo de tierra hacia el mar . —¿Ya no se inundan las calles? —Sigue pasando, pero ya no es tan espectacular. Ya no se ven coches atrapados en el puente ni en la playa. —Entonces ahora lo más peligroso es que te pille la tormenta en la montaña. —Eso es, siendo previsora puedes evitarlo, aunque la calle de tu pensión sigue siendo un riachuelo salvaje. —No he mirado la previsión del tiempo —declaró Laia, había previsto el quedarse sin comida, pero no que pudiera sorprenderla la lluvia. Esther hizo un gesto suave e impreciso con la mano. —Hablaban de posibilidad de algún chaparrón, pero no es seguro. Estaremos a salvo. —Eso espero, no quiero acabar flotando en el mar después de haber pasado por el parque acuático del infierno. Esther no le dio importancia siguió subiendo ignorando las tímidas nubes que entre tapaban el sol de vez en cuando. Laia sabía que si alguien que vivía allí todo el año no le daba importancia ella tampoco debería hacerlo, pero como buena chica de ciudad sentía cierta ansiedad ante la perspectiva de pasar un mal rato. —Si tienes miedo pégate a los árboles —musitó Esther divertida—. Ahí estarás a salvo. —Qué tontería, no tengo miedo. Pero lo sentía, un miedo absurdo a decir verdad. Compartieron una de las chocolatinas y continuaron ascendiendo hasta llegar al gran claro en lo más alto del bosque. En el centro La Cruz se alzaba orgullosa como un espejismo en mitad del bosque de pinos. —Sigue aquí —musitó emocionada Laia. —¿Creías que ya no estaba? Asintió sintiendo un nudo en la garganta atado por la emoción de reencontrarse con aquel pedazo de su vida anterior. —Si hubiesen tratado de urbanizar aquí y tirarla habrían tenido problemas. Es un símbolo del pueblo. Nadie en su sano juicio haría nada por destruirla. Un par de lágrimas resbalaron por sus mejillas. Estaba entera, ella también volvería a estarlo.13
1 de febrero de 2026, 12:26