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Nadie se lo había pedido, aún y así Jordi se puso a hacer carteles con la foto de Silvia, estaba dispuesto a empapelar con su cara el mundo entero para encontrarla. Los Mossos d'Esquadra que habían acudido al hostal tras su llamada se habían limitado a revisar las imágenes de la cámara de seguridad que Aleix les había facilitado. Les habían dicho que al ser adulta no podían interponer denuncia alguna hasta que no pasasen cuarenta y ocho horas. Eso estaba mal, muy mal. Para entonces podría estar muerta o en otro continente. Igual que Fany estaba convencido de que no se había marchado por voluntad propia, por más que su relación de amistad se hubiese enrarecido, nunca, se iría sin avisar y menos aún dejando atrás todas sus cosas. «Igual su amiga no quiere que la encuentren, por eso ha dejado el móvil y el resto de sus enseres» en su memoria el Mosso alto repetía aquella afirmación que, a todas luces, era una auténtica gilipollez. Si Silvia hubiese querido desaparecer lo habría hecho antes, ni siquiera habría viajado con ellos hasta Barcelona para esfumarse. Aquellos dos maderos no la conocían, no tenían ni idea del tipo de persona que era, de haberlo sabido no habría soltado tantas estupideces y se habrían puesto a buscarla. —Joder, Silvia —refunfuñó haciendo clic sobre el botón para imprimir—. ¿Dónde cojones te has metido? ¿Qué es lo que te ha pasado? Su teléfono móvil vibró a su lado, se abalanzó sobre él deseando que fuese Silvia, pero no era ella; el nombre de Aleix permanecía fijo en la pantalla. Descolgó. —Dime. —¿Habéis tenido noticias de vuestra amiga? —No, nada —respondió Jordi mirando como la impresora escupía folio tras folio con la cara sonriente de Silvia estampada—. Estuvimos en su casa, no ha vuelto. —Seguro que está bien y aparece cuando menos te lo esperes. Una risa amarga acudió a la boca de Jordi, la siguió una intensa ira que le encendió el rostro como un fogonazo. —¡Por arte de magia! Por supuesto, igual sale de debajo de una piedra. A lo mejor sólo se ha puesto la capa de invisibilidad y se está descojonando de la risa en algún rincón. Es una persona, no las llaves de casa. Colgó sin esperar réplica, sin querer añadir nada más de lo que pudiera acabar arrepintiéndose cuando la ira se enfriase. No debería de haberse enfadado con Aleix, él no tenía la culpa. En realidad, sólo estaba enfadado con una persona y era él mismo. Llevaba enamorado de Silvia desde que la conociera en el instituto, pero nunca se había atrevido a decírselo y la única vez que estuvo a punto de hacerlo ella le explicó que salía con alguien. Así pues, llevaba años silenciando y enterrando su amor por ella, guardándolo como si fuera el tesoro más valioso del universo. El tiempo fue pasando y el secreto cada vez más pesado había desembocado en su primera bronca seria. Se habían distanciado, pero quería arreglarlo y por eso se le había ocurrido aquella salida. Previendo que la salida podía ser incómoda de ir los dos solos invitó a Fany. Fany la mejor amiga de Silvia y la única que conocía sus sentimientos por ella. Con ella por allí sabía que no había de qué preocuparse, que conseguiría que la situación fuera cómoda, porque si por algo destacaba Fany era por su alegría desbordante. Le explicó su plan, por supuesto, para que les dejara a solas cuando le hiciera la señal acordada. Todo perfectamente planeado para nada. Silvia no estaba y no había podido decirle que la amaba. Con la vana esperanza de reencontrar a su amiga, el lunes, se acercó a la tienda en la que trabajaba Silvia. No entró, porque no quería ver a su jefa, una mujer desagradable siempre cargada de ostentosas joyas baratas, pero se detuvo frente al escaparate y revisó el interior. Sólo pudo ver a algunas clientas y a la dueña atendiendo a toda aquella gente haciendo aspavientos, aunque sus labios esbozaban una sonrisa tensa y falsa. De Silvia no había ni rastro. A pesar de ello se quedó un buen rato pegada al escaparate, deseando que apareciese de repente. Se dio cuenta de que la buscaba en cada rostro, en cada manera de caminar y el repiqueteo de los pasos a su alrededor, pero ella no estaba. La certeza de que no iba a volver a verla nunca empezaba a tomar fuerza y amenazaba con derribarla de un fuerte golpe. Las lágrimas acudieron a sus ojos, nublando su visión, desdibujando el mundo frente a ella. ¿Por qué había tenido que ocurrir aquello? ¿Por qué? No era justo. No lo era. Justo cuando Jordi había decidido acercar posiciones con ellas, cuando tras años de silencio quería decirle que estaba enamorado ella, pasaba aquello. Se había alegrado tanto de que él diera el paso, estaba tan feliz entonces, y ahora… Estaba muy intranquila, no sólo por la desaparición de Silvia, lo estaba, sobre todo, por el modo en el que se había desvanecido dejando todas sus cosas atrás. Si hubiera sido algo voluntario se habría llevado, al menos, su teléfono móvil, aunque se hubiera desecho de la tarjeta SIM, nunca habría renunciado a las fotos de su adorado gato, a todos sus recuerdos. Ni de broma, jamás lo habría hecho. Saber que tenían que esperar para poder denunciar oficialmente la desaparición de Silvia la desesperaba, sabía que sólo eran unas horas más, pero aquel puñado de horas le parecían demasiadas y una pérdida de tiempo. Si alguien se la había llevado podría hacerle cualquier cosa mientras esperaban de brazos cruzados.4
19 de enero de 2026, 7:29