6
Jordi tomó el móvil que vibró sobre la mesa. La fugaz esperanza de que fuese Silvia que le había embargado las primeras veces no le asaltó. Ya no tenía esperanza, sólo una muda resignación a no volver a verla. Era Fany quien llamaba, descolgó sabiendo qué era lo que quería. —Hola. —Hola —musitó ella con voz apagada—. Me preguntaba si mañana vendrás conmigo a denunciar la desaparición de Silvia. —Sí, claro que sí. Era una pregunta que no necesitaba hacer, ya debería saber que lo haría. Que para él, Silvia, era igual de importante que para ella, que no se limitaría a contentarse con la no investigación de la policía. —Voy a ir a primera hora. —Si te parece bien pasaré a buscarte —murmuró Jordi—. A las siete y media estaré en tu casa. —Vale, estaré preparada para cuando llegues. »Ah, Jordi, lo siento mucho. Ni siquiera te he preguntado cómo te encuentras. Una sonrisa acudió a sus labios. —¿La verdad? No lo sé, Fany. Era complicado, muy complicado. La mujer a la que amaba se había evaporado en mitad de una pequeña escapada que había organizado para sincerarse con ella. Estaba triste, dolido y derrotado por ello, también se sentía culpable al saber que, si él no hubiera preparado todo aquello, Silvia, estaría sana y salva en casa. Sentía que había propiciado aquel desastre de algún modo. Se odiaba a sí mismo. —No es culpa tuya, Jordi. No has hecho nada malo. Lo sabía, una parte de él lo sabía, sin embargo, no podía dejar de culparse y martirizarse por ello. Ojalá todo fuese más sencillo, ojalá apareciera de repente y todo volviera a la normalidad. Ojalá pudiera dar marcha atrás en el tiempo y evitar que aquello pasase. —Ya. Hablaremos por la mañana. Buenas noches, Fany. —Buenas noches, descansa. La alarma del móvil le sorprendió aún despierto. Se había metido en la cama a eso de las once y media, pero no había logrado pegar ojo. Apagó la alarma, se levantó y se metió en la ducha antes de desayunar. Tenía la vaga esperanza de que el agua caliente le ayudase a silenciar y calmar la culpabilidad que le carcomía por dentro. No funcionó, ya lo suponía. Se vistió, aunque prescindió de su inseparable gorra. Se tomó un café con leche y mordisqueó distraído un par de galletas de mantequilla, no tenía hambre, su estómago se había cerrado. Revisó la hora en la pantalla del móvil y se preparó para salir, no quería hacer esperar a Fany, aún menos teniendo que hacer algo tan importante como lo era denunciar, de manera oficial, la desaparición de Silvia. Bajó por las escaleras en vez de usar el ascensor, a pesar de vivir en una séptima planta. Fue a buscar su Toyota y se puso en camino. Fany le estaba esperando sentada en el escalón de su portería revisando su móvil, se le veía decaída. Bajó la ventanilla del coche y se asomó. —Fany. —Ella alzó la mirada de la pantalla y le sonrió débilmente antes de ponerse en pie—. Su carruaje la espera, señorita. —Buenos días, qué puntual. La muchacha abrió la puerta trasera, se acomodó en el asiento y se abrochó el cinturón de seguridad. La radio permaneció igual de muda que ellos dos mientras recortaban la distancia con la comisaría de los Mossos d’Esquadra. No había mucho que decir a parte de compartir el desánimo y la inquietud. Encontró aparcamiento gratuito cerca de la entrada, algo siempre sorprendente y de agradecer. Entraron juntos al edificio y le explicaron a la agente apostada en la entrada el motivo de su vista, esta llamó al alguien por teléfono y a los pocos minutos un par de agentes con ropa de calle se plantaron ante ellos. Jordi había temido que fueran el alto y el pelirrojo, pero no lo eran. Siguieron a los dos policías hasta una sala vacía, se sentaron en las sillas rodeados por un incómodo y denso silencio envolviéndoles. —Explíquennos desde el principio lo ocurrido. Fany asintió con energía, animada de repente porque aquellos dos agentes parecían mucho más profesionales que los que habían atendido a su llamada desde el hostal. —El sábado después de comer, a eso de las cuatro y media pasamos a recoger por su casa a nuestra amiga Silvia —explicó Fany con tono serio—. Jordi quería invitarnos a ambas a dar una vuelta y después íbamos a pasar la noche en un hostal y durante el domingo queríamos dar un paseo por Barcelona. —Las llevé a un lago que descubrí por casualidad hace unas semanas, me pareció un sitio bonito y tranquilo para pasar un buen rato. —¿Sabe el nombre del lago? —interrogó uno de los agentes, el que se había identificado como Comas. Jordi parpadeó confuso como si acabaran de arrancarle de un sueño profundo. —No, no lo sé. Puedo facilitarles las coordenadas GPS si quieren. —Hágalo —pidió el otro agente, el tal Márquez, ofreciéndole su teléfono con la aplicación de mapas abierta. Las tecleó y le devolvió el teléfono al agente Márquez. —Continúe. —Como decía, las llevé al lago. Estuvimos charlando un buen rato, reviviendo la vieja amistad que nos une desde el instituto. »Después de eso las llevé al hostal en el que les había dicho que nos alojaríamos. Es de un amigo mío, se llama Aleix. —Es un lugar muy bonito —retomó Fany—. También muy cómodo. Fuimos a cenar a un italiano tras instalarnos. Dimos un pequeño paseo y regresamos al hostal para dormir. —Entramos al hostal a eso de las doce. En recepción estaba la chica del turno de noche, Lídia, creo —pronunció Jordi. Se encorvó sobre sí mismo al llegar al punto doloroso de la historia. Fany se mordió el labio y cerró los puños con fuerza—. Por la mañana ella pasó a despertarme llamando a mi puerta. —La señaló y ella asintió—. Después fue a la de enfrente para despertar a Silvia, pero no abrió la puerta. —La llamé al móvil. Silvia estaba muy cansada y pensé que igual no me había oído, pero el móvil sonó y sonó sin respuesta. —Le dije a Fany que igual se estaba duchando y no podía contestar, que no había nada de qué preocuparse y le sugerí ir a buscar un sitio para desayunar mientras le dábamos tiempo para acabar. Comas dio dos golpecitos sobre la mesa con el bolígrafo interrumpiendo su discurso con suavidad. —¿Por qué buscar fuera? —Aleix aún no tiene permiso para ofrecer desayunos. —De acuerdo, continúen. —Encontramos un buen sitio —musitó Fany, su voz tembló en el mismo instante en que sus ojos empezaban a humedecerse—. Volvimos al hostal, en recepción ya estaba el amigo de Jordi. Subimos las escaleras y volvimos a llamar a la puerta. No hubo respuesta. Tampoco había respondido al mensaje que le envié, ni devuelto las llamadas. —Estábamos muy preocupados por si le había pasado algo, le pedí la llave maestra a Aleix y entramos en su habitación. Sus cosas estaban allí, pero ella no. —Pudo salir sin decirles nada. Una risa amarga escapó de entre los labios de Fany. Otra vez con ese cuento, como si la gente decidiera evaporarse en mitad de la noche sin dejar rastro. —No —replicó Jordi—. Revisamos con Aleix las grabaciones de la cámara de seguridad que hay en la puerta, se nos ve entrar por la noche y ni un movimiento más hasta la llegada de Aleix y nuestra salida y regreso. —Llamamos para denunciarlo, vino una patrulla, pero no nos ayudaron nada. No nos tomaron en serio. —Sugirieron que si no había salido tenía que seguir en el edificio, así que con la llave maestra abrimos todas las habitaciones y no estaba allí. —También revisamos la azotea. Al volver pasamos por su casa para comprobar lo que ya sabíamos que no había regresado. —Ayer pasé por su puesto de trabajo, tampoco estaba. Comas y Márquez intercambiaron miradas. La historia que explicaban era extraña, si no había salido por la puerta tendría que estar en el hostal, si no estaba en el hostal es que había salido por la puerta. Registraron la denuncia por desaparición. Tirarían de los pocos hilos que abría la narración de aquellos dos jóvenes y verían a dónde les llevaba. —Permanezcan localizables —rogó Comas. Fany estaba nerviosa. Los dos agentes les habían asegurado que investigarían, sin embargo, tenía la sensación de que no harían gran cosa. Si bien le habían parecido mucho más serios y profesionales que sus compañeros de Barcelona había algo en su actitud que le dictaba que no les habían tomado demasiado en serio. Jordi dejó un batido de chocolate frente a ella y un café con leche en su lado de la mesa. Ambos se resistían a volver a sus vidas. Ella le había pedido el día libre a su jefe, él, que trabajaba diseñando videojuegos, optó por tomarse un día de descanso. —¿Qué te han parecido los agentes? —inquirió ella rodeando el vaso con las manos. Tenía frío, aunque no lo hacía. —No sabría decirte. Quiero pensar que se lo van a tomar en serio, que darán con ella, pero... —disintió con pesar—. No lo sé, Fany, todo esto es tan extraño que hace que me pregunte si no nos habremos vuelto locos ambos. —No lo estamos. —He llegado a preguntarme si pudo saltar por la ventana y escapar —continuó como si no la hubiera escuchado—. Lo he dibujado en mi mente tantas veces que creo que es incluso posible que lo hiciera y milagrosamente no se rompiera nada. »También he pensado en si alguien podría haber trepado por la pared hasta la ventana para secuestrarla. Ese escenario me asusta bastante más porque implica que alguien quería hacerle daño. »Y es que, maldita sea, no hay nada que tenga sentido en esta historia. No se la han podido tragar las paredes. No me extraña que piensen que nos lo hemos inventado. Ella suspiró, le comprendía, era consciente de que desde fuera debía parecer una locura, pero era real, había pasado de verdad. —La encontraremos y estará bien —musitó, puso su mano sobre la de él. No sabía si estaba intentando animarle a él o a sí misma—. Todo se arreglará. —Ojalá tengas razón.6
21 de enero de 2026, 13:47