7
Ya podía ver la puerta que daba al exterior, apenas la separaban unos pasos de ella, se veía maciza, sus goznes eran de pesado metal negro. Se recargó contra la pared para recuperar el aliento y reponer un poco las fuerzas. Espió la puerta preguntándose si sería capaz de abrirla, no había nadie allí a quien pudiera pedirle ayuda. Tendría que arreglárselas por sí misma. Si había logrado llegar hasta allí no iba a permitir que una maldita puerta la frenase. Volvió a preguntarse cuánto debía faltar para que amaneciera. Tal vez, cuando lograse abrir y salir, vería despuntar el alba. Con la luz del día podría ubicarse mejor, sería más fácil encontrarse con alguien que la ayudase a regresar a casa. «Sólo un poco más» se dijo a sí misma. Un pequeño esfuerzo más y estaría fuera. Su cuerpo aún no respondía como querría, pero al menos se sentía algo menos entumecida, eso sí, la fuerza aún se resistía a regresar a ella. Inspiró hondo ignorando la fría humedad de la pared contra sus dedos. —Puedo hacerlo —susurró—. Puedo hacerlo. Se sentía como una frase estúpida de autoayuda pegada en el espejo del cuarto de baño dándose ánimos de una manera patética. La risa le ardió en la garganta. Le quedaba el consuelo de saber que no había ningún testigo de la ridícula escena, también saber que algún día podría reírse de ello como si fuera la anécdota más divertida de la historia. Algún día lo explicaría, omitiendo la parte de animarse a sí misma, riendo sentada en la mesa con sus amigos, algo casual como «os acordáis de aquella vez que fuimos a un lago y acabé en una casa abandonada en a saber dónde», entonces todos reirían, brindarían por estar juntos y sería perfecto. Reajustó su posición, deslizando las manos por la pared recortando la breve distancia que la separaba de la puerta de salida. En la distancia no lo había notado, pero la ventana junto a la puerta tenía los cristales tan llenos de polvo que parecían completamente opacos, apenas dejaban pasar algo de luz. Sacudió la cabeza, no tenía que centrarse en lo que no dependía de ella, se tenía que centrar en alcanzar la puerta y en abrirla para regresar a casa. Sus dedos rozaron la madera gruesa y porosa con timidez, se recargó contra ella. Tan poco esfuerzo y ya estaba agotada. Necesitaba descansar de nuevo, recuperar fuerzas para poder tirar de ella para abrirla. La mitad del esfuerzo ya estaba hecho, lo lograría, ya no tenía ninguna duda al respecto. Se entretuvo pensando en Fany y Jordi, en lo que les diría cuando volviera a verles, tal vez les explicaría aquella odisea y teorizaría con ellos sobre lo que le había ocurrido. Jordi tendría alguna loca teoría sobre cómo la habían sacado de su habitación en el hostal y, en plena, noche la había llevado hasta aquella casa abandonada. Seguro que, incluso, montaba una teoría sobre por qué lo habrían hecho y sería algo absurdo y truculento que las haría reír. Fany sería mucho más sensata y le recriminaría por tener tanta imaginación para las cosas más turbias y horrorosas y ella reiría cómoda después de darse una buena ducha. Sería fantástico, lo deseaba tanto que imaginarlo, en cierto modo, le dolía. Bien, suficiente descanso. Iba a abrir esa maldita puerta, aunque le llevase horas. Asió con fuerza la maneta, la empujó hacia abajo y tiró con fuerza de ella. La puerta crujió y los goznes chirriaron resecos y oxidados. Cedió un poco, pero se quedó atascada. «No me jodas. Ábrete, maldita sea» rogó. La puerta no obedeció. Volvió a tirar reuniendo toda su fuerza sin resultado. Dejó escapar un leve gemido frustrado. Era consciente de que si no podía abrir a puerta siempre le quedaba la opción de romper la ventana y dejarse caer al otro lado. La perspectiva no la apasionaba, aunque sería una opción tan buena como cualquier otra mientras le permitiera salir de allí. Por el momento haría otro intento más con la puerta, usaría su fuerza y se ayudaría con todo su peso. Sujetó de nuevo la manilla, con cuidado para no perder el equilibrio, apoyó el pie desnudo sobre el marco de la puerta y tiró con fuerza. La puerta se quejó cuando la rendija se amplió dejando entrar una bocanada de aire fresco desde el exterior. Casi lo tenía, no necesitaba que se abriera del todo, bastaba con que hubiese espacio suficiente para deslizarse por él. «Vamos, vamos, por favor, un poco más» hizo presión con el pie, empujando contra el marco, sus músculos se quejaron. La rendija se amplió, le pareció lo suficientemente ancha como para pasar por ella. Respiró aliviada, se apoyó brevemente contra la pared y se deslizó hacia el exterior. Miró a su alrededor. Se quedó paralizada.7
22 de enero de 2026, 13:24